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domingo, 15 de febrero de 2026

Se nace, se despierta. Se despierta, se nace. María Zambrano.

 


Era un día "entresemana", llovía dentro y fuera. Hay días así, las palabras explotan y causan dolor, los almendros se anegan, se ahogan, en un mar de malentendidos.

A mitad del paseo, me desvio de mi querencia cotidiana, tal es para mí el Paseo de la Isla, cruzo la pasarela, el Arlanzon baja con brío, hinchado de lluvias. 

Mis pasos me llevaron junto a una residencia de ancianos, la del Carmen, clínica y maternidad  en otro tiempo, en la Castellana de Burgos, en la zona señorial, de "chalés", de toda la vida. 

Allí nací, un día de finales de abril, pasada la mitad del siglo pasado. 

Mi madre me contó que nací en el "antequirófano", con una comadrona muy vieja  que le dio mala espina, largo y penoso el parto, pero normal. 

Desperté mi primer despertar, sin imagen, sin nombre, ni para mí ni para las cosas, con la ingenua pretensión de "ser por separado", pobre niñita "deslumbrada y ofuscada", salida de un "baño de purificacion" en el "amor preexistente". 

-¿Qué dices? 

-Escucha. Leo  a Maria Zambrano, en sus Claros del bosque:


"Un despertar sin imagen, así como debemos de estar cuando todavía no hemos aprendido nuestro nombre y nombre alguno.

Se nace, se despierta. El despertar es la reiteración del nacer en el amor preexistente, baño de purificacion cada despertar y transparencia de la sustancia recibida, que así se va haciendo trascendente. 


Y la existencia, surgia de la pretensión de ser por separado, deslumbra y ofusca al individuo naciente que, sin ella sería como una aurora...". 

"Y el existir lo arranca del amor preexistente, de las aguas primeras de la vida y del nido mismo donde su ser nace invisiblemente para él, pero no insensiblemente...

Y él, el que nace en cada despertar surgiría por levemente que fuese, en una especie de ascensión...en ese lugar primero que parece sea como un agua...

Mas el ímpetu del existir se precipita...se ve arrastrado hacia la realidad, lo que lo pone frente a ella, a que se las vea con ella...

Y la luz tendrá que ser por el ser humano reducida...y el milagro...tendrá que ser tenido por deslumbramiento, del que hay que huir y hundirnos en el olvido. Y asi el olvidar desconociendo comienza..."

-Pero Maria, en cada despertar, se dejará "alzar desde el insondable mar de la vida":

"Una centella del fuego que no abrasa, aunque traiga a veces pena, la fatiga de respirar por entero, como si el respirar todo de la vida atravesara ese ser que entra en ella...Y la respiración se acompasa por esta luz ...El que así alienta el encuentro de la luz es alumbrado por ella, sin sufrir deslumbramiento...vendría él a ser como una aurora...".

-El "fuego que no abrasa", a la manera de la "Llama de amor viva" que "tiernamente hieres", de San Juan de la Cruz. 


"Se nace, se despierta". Se despierta, se nace de nuevo, se sale al encuentro de la luz, en un claro del bosque. Volvemos al "amor preexistente", sin ser deslumbrados. ¿Las "lámparas de fuego" de las cavernas de Platón? Los "amigos de la sabiduría" nos podrían explicar. Yo solo estudié retales de Filosofía, casi siempre en relación con pedagogías.

Sigo con la lectura de Claros del bosque, no es fácil. Ahora viene la " inspiracion" y "el despertar de la palabra". Leo un poco y tengo que detenerme, corro el riesgo de ahogarme en un mar léxico.

Vuelvo a casa, ya no miro el río. Me sale al encuentro el homenaje a Trótula de Salerno, una mujer médico del siglo XI que escribió el primer tratado de Ginecología, cuando el nacer podía llevarse una vida, o dos. 

Se nace, se despierta. Se despierta, se nace. Y a "los claros del bosque".

Ya veis, una filósofa muy poeta: Maria Zambrano. 

María Ángeles Merino Moya

Club de lectura de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda. 

(Entresacado de las páginas 39, 40, 41 y 42. El amor preexistente. El despertar. Claros del bosque. María Zambrano. Alianza editorial)



lunes, 9 de febrero de 2026

Soledades y claros del bosque.





Me pareció ver a una amiga de lecturas, desde Barrantes, en la pequeña cuesta que sube a Santa Águeda, hacia un pequeño ultramarinos que abre los domingos y es amigo de los peregrinos. Subí, me asomé al interior de la tienda, a la cola de los "olvidos". No estaba allí, en otro momento hablaré con ella de los Claros del bosque, de la Zambrano. 

Seguí por la calle de Santa Águeda, camino de Santiago al revés, que santos aquí, en Burgos, no nos faltan. Abria el suplemento dominical, hablaba con Rosa Montero, a través del artículo: "Sobre las soledades". Sí, Rosa, convivir con la soledad, un aprendizaje esencial, muchos no dominan la vital asignatura, conocemos a "demasiadas personas estupendas atrapadas en esa mutilación existencial que es el miedo a estar solas". 

Viene de la niñez. Maria Ángeles nunca fue de mucha calle, ni de muchas amigas, amigos menos, qué brutos los chavales de mi tiempo.   Mejor buscar un rinconcito para los  libros, las muñecas y los cuentos. Jugaba, me hacía compañía. 

Y ahora juego con este aparatejo, engancha, más de lo que quisiera, luego dicen de los niños. Paseo sola y leo, andando, no importa. Cuidado con las piedras del camino, dicen que, por aquí mismo, el Cid hizo jurar al rey Alfonso si fue o consintió en la muerte de su hermano. Buena literatura, excelentes cuentos para mayores, por qué necesitamos que nos cuenten, buena pregunta. 

Buen camino, va algún peregrino y gente a misa a la iglesia de Santa Águeda, hace poco fue su día, recuerdo los hermosos cantos nocturnos de una noche del 4 al 5, coros en la calle, en el  valle guipuzcoano donde viví mis veintitantos y mis treinta y pocos, con ruido de bastones despertando a la tierra, llamando a la primavera. Recuerdos encadenan recuerdos. 

La memoria, buena compañera también. Esta tarde, pienso, correré por los claros del bosque, voy muy lenta, cuesta. 

Acelero el paso, me esperan. A ratos,  disfrutamos del soliloquio con nuestro yo. Nuestro mejor amigo, el que lo sabe todo de ti o cree que lo sabe, también distorsiona, enmascara, borra, cuidado. La conciencia, ahí dentro vive el pensamiento, el que corre "por los claros del bosque", "en instantes como centellas de un incendio lejano". 

Leo:

"Y así se corre por los claros del bosque...abriéndose así un claro en la continuidad del pensamiento que se escucha: la palabra perdida que nunca volverá, el sentido de un pensamiento que partió..."

"Y de lo que llega, falta lo que iba a llegar, y de eso que llegó, lo que sin poderlo evitar se pierde."

"Y de lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa donde, ni si alguna vez volverá ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio..."

¿El ser de las cosas? "La pregunta clásica que abre el filosofar."

"¿Adónde te escondiste?...". 

¿Un ciervo herido? Salto, como con un resorte, a otro libro que guardo en la estantería desde 1978. San Juan de la Cruz, en la colección Austral, Obras escogidas.

"¿Adónde te escondiste, 

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido,

salí tras ti clamando, y ya eras ido..."

(Cántico espiritual. Canciones entre el Alma y el Esposo. San Juan de la Cruz)

María Zambrano "tras el maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido y luego se esconde detrás de la claridad..."

¿Qué busca la filósofa María Zambrano?

"Y al perderse en esa búsqueda, puede darsele el que descubra algún secreto lugar en la hondonada,que recoja el amor herido, herido siempre, cuando va a recogerse."

¿La Conciencia? ¿El ser de las cosas? ¿Dios? ¿El Amor? Filosofía, Mística y Poesía. Así es. O así me parece, María Zambrano.

Ya veis, yo, buscando claros en un bosque filosófico.

San Juan de la Cruz, una fuente donde bebió esta gran filósofa, poeta y amiga de los místicos. El ciervo huía, Maria herida.

¿Era Dios lo que buscaba María en los intermitentes claros del bosque?

El sol entra en mi habitación, después de tanta lluvia.

Ya veis, las soledades de un domingo. Oigo una voz: ¿Me llevas a la cama? Mi madre se aburre con la televisión, no entiende, me dice. ¿Quién entiende algo?

Mañana vuelvo a la calle Santa Águeda, a ver si encuentro a mi amiga lectora y charlamos en torno a Claros del bosque de María Zambrano, entre las dos mejoraremos nuestras entendederas filosóficas. 

Es la lectura de febrero, en el Club de Lectura de La Acequia y Alumni UBU, dirigido por Pedro Ojeda.

María Ángeles Merino Moya

Claros del bosque, María Zambrano, Alianza Editorial, páginas 34 y 35)