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sábado, 10 de octubre de 2009

Soy doña Cristina, esposa de don Diego de Miranda




Comentario al capítulo 2.18 del Quijote, publicada en "La acequia".

Alguien, con un libro en la mano y un extraño y luminoso artefacto al que llaman ordenador, se ha interesado por mí, sacándome del limbo en que habitamos los personajes secundarios del Quijote.

Soy doña Cristina, esposa de don Diego de Miranda, ése que aparece como Caballero del Verde Gabán. Nací en casa solariega, linajuda e hidalga, mejor blasonada, y con escudo de armas menos tosco que la de mi señor esposo. El nombre de mi linaje no interesa al autor; aunque aparezco, casi como un mueble de mi amplia casa, en el último de los tres capítulos dedicados a mi don Diego, en su famoso libro. Sí, el del Verde Gabán...mi trabajo me cuesta su impecable y armoniosa apariencia; siempre detrás de sastres, costureras, bordadoras, lavanderas, planchadoras…

Aquel día volvió mi marido de cierto viaje, mas iba acompañado de un extraño caballero. Flaco, seco, avellanado, armado como los caballeros de mis novelas, ésas que escondo bajo los almohadones del estrado. Cuando salimos a recibirle, mi hijo y yo, tenía los ojos clavados en las tinajas de la entrada. Me pareció oír suspiros y algo del Toboso y de unas dulces prendas mal halladas. Se apeó de un viejo rocín y me pidió, muy cortésmente, las manos para besarlas. Solicitó recibiera con agrado, al caballero andante don Quijote de la Mancha. Mi hijo Lorenzo y yo, tras superar nuestro asombro, le hicimos el recibimiento, con amor y cortesía; ante lo cual, él se nos ofreció discreta y comedidamente.

El escritor no quiso ofrecer detalles de mi bien equipada y adornada casa, cosas de mujeres…

El caballero iba acompañado de un rústico criado, al que llamaba Sancho. Éste se ocupó de desarmarle y ayudarle en su aseo. Los valones y el jubón hubieran precisado de una enérgica y hábil lavandera, capaz de eliminar la mugre y ¡el óxido! de las armas. Se lavó la cabeza y, cuando iba por el sexto y último caldero, todavía el agua salía de color oscuro y con un olor como de queso rancio. Su espada, su tahalí y…a la sala, donde mi estudiosos hijo le estaba esperando, para entretenerle mientras ponían las mesas. Me precio de ser una excelente anfitriona y, ante tal noble huésped, quería mostrar que sabía y podía hacerlo.

Mi Lorenzo había tenido ocasión, mientras se desarmaba el tal don Quijote, de preguntar a su padre por la condición de caballero andante de nuestro huésped. Mi esposo no sabía contestar con precisión, más loco que cuerdo era el balance. Hablaba discretamente; mas hacía cosas propias del mayor loco del mundo.

Don Quijote dedicó a mi muchacho unas palabras que dieron en el blanco de su vanidad. Es mi hijo, pero reconozco que, desde chico, es algo vanidosillo y gusta de las palabras que le regalan los oídos. Su “rara habilidad”, su “sutil ingenio”, “un gran poeta”… Lorenzo se declaró aficionado a la poesía y a los buenos poetas. Protestó modestamente por lo de “gran poeta”, menos mal, de algo le valen las buenas maneras que yo le he enseñado.

Don Quijote aprobó su humildad porque, bajo su punto de vista, la arrogancia de todo poeta le hace considerarse el mejor. Tras admitir que, como excepción, hay unos pocos grandes que no se lo creen, se interesó por los versos que inquietaban a mi Lorencito. Tenía noticias de que existía cierta glosa, para una justa literaria, que le traía de cabeza. Tenía razón mi don Diego, con qué sensatez le aconsejó que procurase llevar el segundo premio que, en realidad, es el primero. El primero, ya sabemos, es para alguien muy conocido o muy favorecido. Y, de todos modos, el primero es el primero… ¡Cuánto sentido común en un personaje tan poco común!

Mi estudiante se animó a preguntarle por las ciencias cursadas. Al llegar aquí, ya empezó a desvariar. Manifestó haber cursado la ciencia de la caballería andante que encierra a todas las demás porque el caballero ha de saber Leyes, Teología, Medicina, Herboristería, Astrología, Matemáticas, nadar, herrar al caballo…cuánto disparate dice este hombre. Y ha de ser casto, honesto, liberal, valiente, sufrido, caritativo, sincero…Que haya habido y haya caballeros adornados con tantas virtudes le parece dudoso a mi hijo y así se lo manifiesta a su interlocutor.

Lorencito había hurgado en la llaga de la inexistencia de tales caballeros. Temí que don Quijote se enojase; pero no fue así sino que, con gran flema le contestó que pensaba rogar al cielo para sacarle de su error. ¡Por un momento vi la cabeza del niño abierta como una sandía! Pero dieron fin a su plática y mi esposo tuvo ocasión, antes de comer, de preguntar la opinión de nuestro vástago. ¡Un entreverado loco! Esa fue la definición que dio. Entreverado, como el buen jamón y el lomo que guardamos en nuestra cueva. Y no hay galeno que lo pueda sanar.

Comimos y la comida fue tal yo acostumbro a agasajar a mis convidados: limpia, abundante y sabrosa. No faltaron ni la enjundiosa sopa, ni el cabrito asado, ni las verduras de nuestro huerto, ni las frutas de árbol y de sartén. Todo regado con vino de nuestra bodega. Y, en silencio, que no permito yo a los sirvientes el que alboroten.

Levantados los manteles, don Quijote insistió en escuchar los versos de la justa literaria, a lo que accedió Lorencillo, sin hacerse rogar. Y, antes del recitado, ya nos dejó claro el loco caballero que sabía de la dificultad que entrañaba la glosa, con unas leyes demasiado estrechas.

Los versos hablaban de lo imposible de volver al pasado, cuántas vueltas para algo que es de sentido común. Pero cómo lo dice este hijo mío, incluso parece que dice algo nuevo…No, no soy una mujer ignorante. Que mi padre se preocupó de mi educación, ordenando que el dómine de mis hermanos también se ocupase de mi instrucción.

Mi hijo se sintió halagado ante los comentarios elogiosos de don Quijote. “El mejor poeta del orbe” accedió a recitar algo de sus versos mayores. Un soneto vino a continuación, uno dedicado a Píramo y Tisbe, los amantes que se comunicaban a través de una grieta en el muro…¡Qué historia más triste!

El loco caballero hizo un juego de palabras muy ingenioso para alabar, todavía más, a mi bisoño poeta: “Bendito sea Dios…, que entre los infinitos poetas consumidos que hay he visto un consumado poeta”. ¡Oh fuerza de la adulación! Baja hijo de ese pedestal en el que te han subido, con cuidado, no vayas a besar el suelo…

Cuatro días estuvo don Quijote regaladísimo, en nuestra casa. Yo procuré que no le faltara de nada, n a él, ni al rústico criado, menudo comilón, que decía ser su escudero.

Don Quijote pidió licencia para irse a mi señor esposo, agradeciendo el buen trato recibido; pero que los caballeros andantes no deben estar ociosos ni regalados mucho tiempo. Debía cumplir con su oficio, buscar aventuras…que si Zaragoza, que si la cueva de Montesinos, las lagunas de Ruidera…no oí bien. Los que se despedían eran el padre y el hijo que, por supuesto, eran los que habían trabajado para regalar al huésped…

Furiosa, me fui al estrado y saqué mi Amadís, escondido bajo un almohadón. Puse el libro encima del bastidor. Si se acerca Diego, lo escondo y hago como que bordo…

Un abrazo a todos

Pedro Ojeda Escudero. dijo en este blog:
Excelente, excelente, excelente.
En http://laacequia.blogspot.com/ dice:
También ha dado voz a un nuevo personaje secundario del Quijote que, sin duda, tiene muchas cosas que contar: doña Cristina, la mujer de don Diego.

Gracias, Pedro. Doña Cristina me ha gobernado y yo le sigo, le sigo la corriente.

domingo, 27 de septiembre de 2009

"La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa"


"La poesía, señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa"

Tercera entrega del comentario al capitulo XVI, segunda parte del quijote.Publicado en http://laacequia.blogspot.com/

¡Qué mala suerte! En vez de estudiar leyes o Teología, el muchacho dedica su tiempo a hurgar los entresijos a los versos grecolatinos. No a los escritos en romance, esos ni tocarlos. Parece ser que el joven es tan pijo como su padre y no va a prestar atención a esos “romancistas” de ahora: Lope de Vega, Cervantes… ¡puag! No ha estado seis años rompiéndose la cabeza con las declinaciones para estudiar a poetas que escriben en lengua castellana ¡qué ocurrencia! Aunque ahora, el niño tiene “desvanecidos los pensamientos” en glosar unos versos, en lengua castellana, para un concurso literario; lo cual parece ser que irrita todavía más al amantísimo padre. Todo un modelo de progenitor que nos dejó helados con sus palabras: “tengo un hijo, que, a no tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy, y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera”.

Don Quijote, cuando no habla de caballerías, es muy razonable y va a recordarle a don Diego lo que dicta el sentido común. A los hijos hay que quererlos sean buenos o sean malos. Los padres deben encaminarlos bien y no han de forzarles a dedicarse a una u otra ciencia, aunque pueden persuadirlos, lo cual no es malo. Y, cuando no hay que ganarse el pan, como en este caso, no hay inconveniente en que el afortunado estudiante siga la ciencia a la que se siente inclinado. Al escribir esto, posiblemente, Cervantes esté recordando los “tira y afloja” con su padre, aunque él sí tuvo que ganarse pronto el pan y no pudo seguir los estudios de Gramática que inició con López de Hoyos. Dedicarse sólo a estudiar y a escribir, qué suerte tiene el hijo del de Verde Gabán.

Y el autor pasa a hablarnos de poesía, de “la gracia que no quiso darle el cielo”. Y nos la define con una bella metáfora: “una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa”. Esta bella doncellita ha de servirse de otras ciencias, pero es delicada y no debe ser “manoseada” por ahí, no ha de utilizarse en “torpes sátiras” ni “desalmados sonetos”. Puede habitar, eso sí, en poemas heroicos, tragedias o comedias; pero nunca ha de caer en manos del vulgo o de la gente ignorante. Y el que dé buen trato a esta tierna jovencita conseguirá ser famoso y estimado.

A continuación, Cervantes, defiende la poesía en romance, algo muy obvio ahora, pero que no lo era tanto entonces. El hijo de don Diego no anda muy acertado en su opinión, según don Quijote, que expone sus razones impecablemente. Todos los poetas antiguos escribieron en su lengua materna: “Homero no escribió en latín, porque era griego…” De esta manera, se valorará al poeta alemán que escribe en alemán, al castellano que escribe en castellano e incluso al vizcaíno, sí al vizcaíno…El joven poeta no debe ser enemigo de la poesía en romance sino de la mala poesía, de los “meros romancistas”. Aunque el poeta nace, será mejor si es auxiliado por el arte. La suma de arte y naturaleza será la clave para obtener un “perfetísimo poeta”. Como se trata de un buen estudiante y ha subido el primer escalón de las lenguas, llegará a la cumbre de las letras y ello puede ser un buen adorno para un caballero de capa y espada , que es lo que le gusta a papá don Diego. Así que “deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama”. Eso sí, éste deberá reprender a su retoño si se dedica a perjudicar con sátiras las honras ajenas, podría acabar desterrado. Y deberá alabarle si compone sermones para fustigar los vicios en general, a la horaciana manera, sin señalar a nadie en particular. Y cuando los reyes ven “la milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no ofende el rayo”. Téngalo en cuenta el aspirante a poeta famoso.

Leemos la frase“La pluma es lengua del alma”. Con el alma escribió Cervantes que, sin embargo, no fue honrado, estimado y enriquecido por reyes y príncipes. No gastaron mucho laurel con él.

El del Verde Gabán se arrepiente de haber tomado a nuestro caballero por mentecato. Admirado queda de su buen discurso y discreción.

Iban a seguir con la plática, cuando don Quijote ve, a lo lejos, un carro con banderas reales y vocea a Sancho, para pedirle la celada, que aventura “habemus”. El escudero había ido a pedir leche a unos pastores. Oye a su señor y pica al rucio para llegar hasta donde está su amo. ¿Quiénes llegan? Lo sabremos en el próximo capítulo.

Un abrazo para todos


Pedro Ojeda dijo en http://laacequia.blogspot.com/

Finalmente, termina Abejita el comentario del capítulo con una excelente entrada que habla de su amor a la poesía al hilo de la defensa que hace don Quijote de este género literario.

Pedro Ojeda dijo en este blog:

Qué sensibilidad en el comentario de la defensa de la poesía que hace don Quijote. Cómo se ve que te ha llegado.

Me ha llegado y, por eso, he puesto como ilustración una foto de una criatura tierna, hermosa en extremo y de muy corta edad: mi sobrina nieta Aitana, de dieciocho meses.
Un abrazo muy poético.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde.



http://cachodepan.blogspot.com/
El del Verde Gabán y su versión actual: el del Verde Loden.

Comentario al capítulo 16 del Quijote, segunda parte, publicado en http://laacequia.blogspot.com/

Hablando de encantamientos estaban, cuando les alcanza un jinete muy bien vestidito y conjuntado: gabán verde, aderezo de la yegua morado y verde, alfanje con tahalí verde y oro, borceguíes verdes y espuelas verdes. ¡Qué empacho de verde! La yegua es hermosa, las espuelas como el oro, todo es armonioso, brillante, impecable…un pijo del siglo XVII. Nos imaginamos, en contraste, el aspecto desastrado y sucio del caballero andante, su escudero, el caballejo y el rucio.

El caminante no tiene intención de detenerse; pero don Quijote lo invita, con gran cortesía, a ir juntos. El “señor galán” se disculpa, pasó de largo ante el temor de que su yegua alborotara al caballo. Sancho le responde que no se preocupe por el castísimo Rocinante que no se desmandará, se la pongan como se la pongan.

El del verde gabán se detiene y admira al amarillo y desaliñado pero arrogante caballero, con su flacucho rocín. El orgulloso caballero andante no se queda atrás en mirar al del gabán: cincuentón, un poquito canoso, alegre, grave…qué traje, qué apostura, un hombre física y moralmente intachable. A la legua se le nota la curiosidad y su interlocutor está encantado de satisfacerla. Don Quijote está en su mejor momento, sólo así se explica que diga eso de “no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado”. Le dedica un resumen hiperbólico de sus muchas y cristianas hazañas como resucitador de la caballería andante, auxiliador de pobrecitas viudas, huerfanitos, etc. Y que sepa el de verde que su historia está ya impresa: “treinta mil volúmenes” que pronto serán “treinta mil veces de millares”. Qué más da unos millares, más o menos. Y que está ante don Quijote de la Mancha, así que no se maraville el gentilhombre de nada de lo que vea : esas armas abolladas, esa cara tan amarilla, ese cuerpo tan flaco…

El de lo verde tarda en dar una respuesta. Manifiesta que es ahora cuando está maravillado, puesto que no creía en la existencia de verdaderos caballeros andantes ni en “historias impresas de verdaderas caballerías”. Y no lo creyera si en don Quijote no lo hubiera visto con sus propios ojos. Y se alegra de que exista una historia verdadera para que se olviden “las innumerables de los fingidos caballeros andantes”.

¡Está tan feliz que no se irrita ante alguien que llama fingidos a sus admiradísimos caballeros! Responde, con calma, que si la duración de la jornada lo permite, espera darle a entender que “ha hecho mal” en creerlo así.

Don Quijote ha contado lo suyo, ahora le toca al de verde que se presenta como don Diego de Miranda, un hidalgo natural de un lugar cercano. En su casa, caballero y escudero están invitados, ese mismo día, a la primera comida caliente, después de muchos días de fiambre.

Su vida es la antítesis de la vida caballeresca. Es un hombre muy satisfecho consigo mismo y moderadísimo en todo. Rico, pero no exageradamente. Pasa la vida con su mujer, hijos y amigos. Caza sin halcón ni galgo, que eso cansa mucho. Pesca, suponemos que sin mojarse. Tiene setenta y dos libros, un poco de todo. Su biblioteca no cuenta con novelas de caballerías. Le gusta comer con amigos y convidarles generosamente. No es cotilla, oye misa, da limosnas, no se vanagloria, es devoto de la Virgen y confía en Dios.

Después de oír todo esto, no nos extraña que Sancho, el cual ha estado muy atento, se arrodille ante él y le llame santo, el primer santo a la jineta que ha visto. Don Diego le contesta que no es santo sino pecador, que el hermano Sancho sí es un santo, de puro simple. Don Quijote se ríe… ¡No aguanto más al santurrón! Ahora nos va a hablar de un hijo que le ha salido poeta. ¡Vaya por Dios!

(Continúa)




Pedro Ojeda dijo en http://laacequia.blogspot.com/:

Continúa con la segunda parte, bien ilustrada con gabanes y acertada en las razones de Sancho para admirar a don Diego..

Un abrazo, Pedro, y un deseo de no encontrar por ahí muchos santos como éste.