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miércoles, 11 de junio de 2014

"El sí de las niñas": "excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo"



Rápido, Simón, monta a “Moro” y a toda carrera, alcánzalo y tráelo de vuelta a la posada de Alcalá de Henares. Amanece, se salvarán los obstáculos que impiden vuestro amor. Que se superen también los que han impedido frecuentemente a España “el progreso rápido de las luces”…eso llevará más tiempo, el escritor lo sabe. ¡Menudo siglo XIX le esperaba a este maltrecho país!

Pero vosotros, Paquita y Carlos, gozaréis de la libertad de amar y os espera la posterior vida ficticia que cada lector o espectador de “El sí de las niñas” pueda pintar en su imaginación. Ya sabes: “y fueron felices y…”. 



Mi señora doña Paquita:

En la escena VIII del tercer acto, por fin hablas a solas con Don Diego que también está deseoso de oír tus palabras sin las interrupciones de doña Irene. Calor, insomnio, desazón; la conversación anodina pronto desemboca en la pregunta clave: “¿Qué siente usted?" No sientes nada, no tienes nada, solo un poco de algo que no puedes expresar. Don Diego no se conforma con una respuesta así y sondea: “Algo será, porque la veo a usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero tanto?”.




Te quiere, tendrá mucho gusto en complacerte, tienes en él a un amigo; lo sabes. Don Diego no se rinde y sondea tus sentimientos.

"¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?"

Que, por fin, asoman tímidamente: “Porque eso mismo me obliga a callar”.

Don Diego tira un poco más del hilo: “Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su pesadumbre de usted.” No lo admitirías nunca," no señor", replicas, "usted en nada me ha ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar". A ver cómo contestas ahora, que vienen las preguntas directas:

“Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen a usted entera libertad para la elección no se casaría conmigo?”



Y tú que “ni con otro”. Y don Diego:

“¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?”

Y tú, Paquita, que no y que no. Y que de monja…tampoco.

Llanto y tristeza, no parecen señales de casarse gustosa, no anuncian ni alegría ni amor. Y así te lo expone el que va a ser tu marido que no cesará en su empeño de hacerte hablar.

Se va iluminando la escena, llega la luz del día y “las luces de la razón”.



Reaccionas, don Diego te está llevando a donde él quiere. Preguntas, airada: 

“Y ¿qué motivos le he dado a usted para tales desconfianzas?” 


Otra vuelta de tuerca:

“ ¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola y llega el caso de...” 



Respondes, sin titubeos, que harás lo que tu madre te manda, te casarás con él y, después, serás mujer de bien. Pero él no se rinde:

“Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor?”


Don Diego se ha de emplear en tu felicidad, no es mal ofrecimiento; pero tú ya no puedes más:

-"¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.
-¿Por qué?
-Nunca diré por qué.”

Para romper tu obstinado silencio, él también rompe el suyo, no está ignorante de lo que hay y tú debes saberlo. Tu respuesta es rápida: "Si usted lo ignora, señor Don Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte".  

A continuación,  establece un plazo corto para que te rindas ante la evidencia: "hoy llegaremos a Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer". Pero no consigue que rompas la línea de tu discurso: darás gusto a tu madre, vivirás infeliz, lo sabes. Don Diego no te culpa, son los frutos de una educación cuyo principal objetivo es el disimulo y la insinceridad:

"Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo mandan, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas, y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo"


"El sí pronuncian y la mano alargan al primero que llega", Goya como Moratín.

Eso exigen de vosotras, eso os enseñan, lo reconoces, así fue la educación femenina durante siglos. Como esclava de un sí perjuro, pides ayuda a don Diego que se muestra "como un buen amigo". Bien sabe el genio de tu madre, no te abandonará en la situación dolorosa en que te ve. Quieres arrodillarte, no te lo permite...¿Ingrata? No, todo ha sido una equivocación, tú, inocente, no has tenido la culpa. 

Tras mostrarle la carta, Don Carlos, tu don Félix, relatará a su tío vuestra historia de amor. Todo comprobado y arreglado:

"Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella..., y sean las que fueren las promesas que a ti te hizo..., ella misma, no ha media hora, me ha dicho que está pronta a obedecer a su madre y darme la mano, así que..."

Así hay que contárselo a la fiera...digo a tu madre. Siéntese, no hay que asustarse ni alborotarse. Y ahí va la bomba: "Su hija de usted está enamorada...". Doña Irene, encantada de la vida, que ya se lo dije yo mil veces, escuche señora y no interrumpa; que está enamorada... pero no de mí. Y ella: qué dice usted, quién le cuenta esos disparates...Y don Diego que es verdad... se echa a llorar y lloriquea, compadeciéndose a sí misma.

Dios mío, una pobre viuda, con sus años y sus achaques, verse tratada como "una puerca cenicienta". Ay, si vivieran sus tres difuntos, sobre todo el último que tenía un genio como una serpiente y repartía mojicones que era una bendición.





Don Diego pierde la paciencia, por Dios...que se calle y me deje hablar. Y tu madre que si busca pretextos para zafarse de sus obligaciones...y venga a llorar. Por fin, se presta a escuchar a don Diego que lo cuenta así:

"Pues hace ya cosa de un año, poco más o menos, que Doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y, por último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuido eficazmente a hacerla mayor"


¿Amante?  Eso es un chisme inventado...la hija de mis entrañas encerrada en un convento, bonita es Circuncisión para haber disimulado a su sobrina un desliz. Que no, señora, que no hay deslizamiento alguno, que se trata de "una inclinación honesta". Mire esta carta...todos estábamos equivocados.Y tu madre, sin leerla, invoca a la Virgen del Tremedal y te llama a gritos. Y, ahora, quiero que nos cuentes tú el final de esta historia.


Con gusto lo haré, señora, aquí deposito mis palabras:

Así es, mi madre me llama picarona y...la reprimenda no es pequeña:


"¿Qué amores tienes, niña? ¿A quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son éstos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice? "

Don Diego lee la carta que me arrojó don Félix por la ventana:
«Bien mío: si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue a sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mí enemigo, y al verle no sé cómo no expiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fue preciso obedecerle. Yo me llamo Don Carlos, no Don Félix. Don Diego es mi tío. Viva usted dichosa y olvide para siempre a su infeliz amigo.- Carlos de Urbina.»


Mi señora madre se encamina colérica hacia mí, en ademán de querer maltratarme. Asegura que me ha de matar. Mas, en ese momento, aparece mi don Félix, como un héroe calderoniano, me toma del brazo y me aparta para defenderme. Y la que me dio a vida gritando:

"¿Qué es lo que me sucede, Dios mío? ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son éstas?... ¡Qué escándalo!"




 Don Diego explica la situación:

" Ése es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos viene a ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza a tu mujer."

Don Carlos y yo nos abrazamos y nos arrodillamos a los pies de don Diego. Mi madre cambia la cara, sonríe, así que era el sobrino de don Diego...le gusta la idea, ve arreglada nuestra maltrecha situación económica. Era su principal preocupación, al fin y al cabo es el heredero...si no hay pan, buenas son tortas.

A don Diego le hemos dado la peor noche de su vida, con música y palmadas. Nos perdona y nos hace felices, nos hace levantar con ternura. Reconoce la dolorosa impresión que le deja en el alma el sacrificio que acaba de hacer, se califica a sí mismo como "miserable y débil". ¡Qué buena persona es el señor don Diego! ¡Qué hermoso ejemplo de buenas costumbres ha de dar a los espectadores del teatro!



Mi don Carlos le besa las manos, nuestro amor y agradecimiento le compensarán de la pérdida. Don Diego habla ahora de su error, y de las tías monjas y de mi madre. Qué bien explica lo de abusos de autoridad y lo de ese sí, más falso que Judas, que dan algunas niñas como yo:

"Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras que usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece; éstas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!"


Ahora todos son abrazos y a mi madre le parecen hechiceros los ojillos de mi don Carlos. Rita añade con guasa: "Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... señorita, un millón de besos. " Y la beso con ganas qué buena amiga es mi Rita, si no es por ella..., me quiere tanto...

Don Diego me abraza como un nuevo padre y nos asegura que ya no teme a la soledad. Nos coge de la mano y ¡nos habla de nuestro primer niño!:


"Vosotros seréis la delicia de mi corazón; el primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquél... no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa."





Bendita sea la bondad de don Diego, proclama mi futuro esposo. Y bendita sea la de Dios, añade mi nuevo padre. Para que luego digan que don Leandro Moratín no es un buen cristiano.

Me despido de ustedes, aquí permanezco en la sala de paso de la posada de Alcalá. Ya saben, en un libro o en un teatro. Soy un inmortal personaje de ficción. Que las luces de la razón les alumbren. Se despide:

Doña Francisca, la niña que dio el sí, mas fue un buen sí, ni perjuro ni sacrílego. Porque don Leandro Fernández de Moratín quiso impartir una buena enseñanza y yo fui un buen ejemplo.


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de.

María Ángeles Merino

miércoles, 4 de junio de 2014

"El sí de las niñas": "¿Y a quién debo culpar? ¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo?"




Simón acercó la luz. Era inevitable, se produjo el encuentro entre don Diego y su sobrino don Carlos. Porque no lo sabías, pero tu galán era el sobrino…qué sería del teatro sin estas felices coincidencias. Ya has visto, al tío le incomodaba su presencia, precisamente cuando estaba a punto de concertar la boda, contigo, con doña Francisca, la niña del “sí”, del terrible “sí”. Más tarde lo sabría, mas ahora estorbaba. ¿Temía acaso que los ojos del apuesto teniente se posaran en ti? ¿O eran los tuyos el problema? Si es así, no andaba descaminado.



Lo reprendió como a un chiquillo ¿Qué haces aquí, lejos de tu guarnición en Zaragoza? ¿Qué has hecho? ¿Desafío, deudas, algún problema con tus jefes? ¿No? Aquí tienes dinero, paga el gasto, vete con los caballos al mesón de afuera y mañana con la fresca tomarás la de Aragón, la puerta de los Mártires, no la de Madrid, no te desvíes, no hagas como la última vez que… tus soldados esperan a su oficial, que para eso te puso el Rey allí. 




Y tu don Félix, sumiso, le besa la mano y obedece…demasiado. Este chico es "una malva", tanto que don Diego enjuga una lágrima:

“Demasiado bien se ha compuesto dispuesto... Luego lo sabrá enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo que... Después de hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como una malva es.”

"Como una malva es"

-Cuéntamelo tú, Paquita.

-Así lo haré, mi señora que escribe. 
Mi don Félix desapareció... Cuando supe que el oficial y el criado se habían ido para Zaragoza, los que ocupaban la habitación 3... temblaba, no comprendía, me preguntaba en qué le había podido ofender. 

“ ¿Pues no le quise más que a mi vida?... ¿No me ha visto loca de amor?
“Que no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así! “


¿Celos? ¿Miedo de su competidor? ¿Algún otro motivo? No, ni Rita ni yo alcanzábamos a comprender. Pérfido, monstruo, cruel…duros calificativos salían de mi lengua.



Nos recogimos, qué noche más calurosa, y más triste, sin poder conciliar el sueño.

Dieron las tres en la iglesia de San Justo…oímos  tres palmadas y un punteo de guitarra. ¿Sería algún barberillo buscando amores con alguna Maritornes? ¡Era don Félix! 

Nos acercamos a la ventana, a oscuras, tanteando la pared. Volvió a sonar la sonata que tan bien conocíamos, la seña no podía mentir. Rita abrió la vidriera y dio otras tres palmadas. Cesó la música. Me asomé a la ventana y pude, por fin, hablar con mi galán:




Yo soy... Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acaba de hacer?... ¿Qué fuga es ésta?... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, Don Félix! Nunca le he visto a usted tan tímido... 

Mas no me explicó el misterio. ¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de boca de usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece a usted que estará el mío?... No me cabe en el pecho... ”

Tiraron una carta que cayó por la ventana, yo la buscaba, ansiosa, la oscuridad la ocultaba a mis ojos.
¡Infelices! No sabíamos que don Diego y su Simón habían oído el rasgueo de la guitarra y las palmadas, que habían seguido tras la puerta nuestra aventura, que sabían lo de la carta arrojada. Y Simón la buscó, la encontró y se la entregó a su amo. ¡Ay! Un farol y la leerá, ay Dios mío, mi madre me matará con sus propias manos.

-Sí, Paquita, don Diego la leerá, se preguntará:

“¿Y a quién debo culpar? ¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo?... ¿Sobre quién... sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo procuro no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable a mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo celos!... Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento, esta indignación, estos deseos de venganza, ¿de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos?”

-No, no soy culpable, no soy yo la delincuente, señora mía. Así me educaron, para que disimulara mis sentimientos y me sometiera a los deseos de mis mayores. Mi madre, las tías monjas con sus sermones...me inculcaron el silencio, el temor, el disimulo del esclavo. Me criaron como al tordo enjaulado...sí, sí, sí...piaré que sí en el momento adecuado.


Me daba lástima mi señor don Diego,  a pesar de todo, es un hombre de bien.  Decepcionado, colérico, avergonzado y ¿celoso? ¿a su edad? Si no son celos, era algo que se le parecía mucho. 

-De vuestro señor don Diego vendrá la solución, se resolverá vuestra contradanza, pero no adelanto acontecimientos. De momento, ordenó a Simón:

"Mira, y haz que ensillen inmediatamente al Moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas a caballo y en una buena carrera que des, los alcanzas... ¿Los dos aquí, eh? Conque, vete, no se pierda tiempo."

No había tiempo que perder. Iba a amanecer, se haría la luz, se salvarían los obstáculos. Asistiremos al desenlace, Paquita. 

Pasará mucho tiempo; pero llegará el día en que se salven también " los obstáculos que han impedido frecuentemente en España el progreso rápido de las luces". Don Leandro lo soñó así.




Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

miércoles, 28 de mayo de 2014

"El sí de las niñas": "Si me dejase llevar de mi pasión, y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad..."


Niñas del siglo XXI, no tendrán nunca que dar un sí como el de Paquita.

Comentario en torno a "El sí de las niñas" de Leandro Fernández de Moratín, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Podemos ser espectadores de la obra entera aquí, a través de You Tube. Aunque es una versión televisiva y viejilla, la actuación de Pablo Sanz, como don Diego, merece la pena. Para leer la obra tenemos este enlace de la Biblioteca Virtual Cervantes.

Mi querida doña Paquita:

Te abandoné, en mi última entrada, en el momento en que Rita te chista porque don Carlos, tú don Félix, ha venido. Y, ni corta ni perezosa, le ha dado "un abrazo con licencia de usted". No hay tiempo para melindres de amor, ella vigilará. Sirvienta, amiga, depositaria de secretos; os abrazáis, os besáis, a pesar de la rígida separación de clases sociales que reinaba en 1806. 


Pero voy a concederte la palabra, quiero que seas tú la que nos lo cuente. 

Mi señora que escribe:

 Con sumo gusto haré lo que usted me pide. Y os hablaré como amiga y en el lenguaje que es habitual en su tiempo. Paso a tutearos.

Sé que muchos de los espectadores y lectores juzgarán nuestro encuentro como frío o falto de pasión, les aseguro que existe fuego entre nosotros. Nos contenemos, don Leandro lo quiso así. 

Mi don Carlos, al que yo llamo don Félix, sale por la puerta y se dirige a mí:

"¡Paquita!... ¡Vida mía! Ya estoy aquí... ¿Cómo va, hermosa, cómo va?"


Al "vida mía" le contesto con un "Bien venido". No es frialdad, es que no puedo disimular mi tristeza, acaban de sucederme cosas que me tienen fuera de mí, me llevan a Madrid, van a casarme con un señor mayor. Voy a ser como el tordo enjaulado que tanto mima mi madre, mi jaula brillará "como un ascua de oro", eso sí. Y yo repetiré, en lugar de la oración del Santo Sudario, un "qué feliz soy señor don Diego". No, no quiero ser el tordo. Amor mío, ayúdame.


 Le pregunto qué piensa hacer y responde:

"Si me dejase llevar de mi pasión, y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será hombre de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien a una mujer tan digna de ser querida..."

No, mi enamorado no es un galán tradicional, opone su pasión al freno de las conveniencias sociales. Nada de temeridades. ¿Un hombre de honor el rival? Sé que algunos espectadores poco ilustrados patearon al escuchar algo así.


Le cuento, es mucho el empeño que tiene mi madre en que me case con el viejo caballero, en cuanto lleguemos a Madrid. No me habla de otra cosa, me amenaza, me ha llenado de temor. Don Diego me insta, me ofrece tantas cosas. Al llegar a este punto de los ofrecimientos se pone celoso, pero muy poquito. En tono algo irónico repone:

"Y usted, ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?"

Y yo, en lugar de una sarta de injurias trágicas sólo exclamo "¡Ingrato! !... ¿Pues no sabe usted que...? ¡Ingrato!"

No ignora que ha sido mi primer amor, el último añado yo. Ahora se desborda, por fin:

"Y antes perderé la vida que renunciar al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien? "

Dice bien, todo es suyo, de quién ha de ser. Sigue:

"¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... "

Le llamo para que me defienda, me libre, si mañana voy a Madrid, él me promete que irá detrás. Mi madre doña Irene ha de saber de él. Allí contará con el favor de un tío anciano, amigo y muy rico. No tiene otro heredero, los dones de la fortuna pueden contribuir a nuestra felicidad. ¿Qué me importan a mí las riquezas? Sólo apetezco querer y ser querida, pero mi amor me aconseja:

"Pero debe usted serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción presente en durables dichas"


¿Serenarme? No, mi enamorado no se batiría en duelo con su rival. Ni yo tampoco cuadraría como dama de esas comedias que disgustan al señor Moratín:

"¿Y qué se ha de hacer para que a mi pobre madre no le cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que siempre seré obediente y buena..."

Tan preocupada de ser una buena hija obediente...Hay quien no le gusta mi personaje, dócil como un corderito.


¿Confianza? Si no la tuviera me hubieran matado las melancolías. Mi enamorado "ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba de lo mucho que me quiere".

No puedo más y rompo a llorar. Él exclama: Cómo persuade!" ¿De qué he de persuadirle? ¡Qué cosas tan extrañas nos hace decir don Leandro! 

Me asegura que él solo basta para defenderme de mis opresores. Por fin sus palabras me alivian, ahora sí se parece un poco a los héroes de las novelas de amores que Rita y yo leíamos en el convento, a escondidas:


"Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos y sólo la muerte bastará a dividirlas"

Carlos Larrañaga, don Carlos. Isabel María Pérez, doña Paquita,

Rita entra y me dice que he de recogerme. Mamá pregunta por mí. Mañana don Félix verá al "dichoso competidor". Nada ni una injuria, solo "dichoso competidor". Rita le anticipa un retrato:

"Un caballero muy honrado, muy rico, muy prudente; con su chupa larga, su camisola limpia y sus sesenta años debajo del peluquín". 

Pablo Sanz, don Diego televisivo.

Hasta mañana, amor. ¿Descansar con celos? ¿Dormir con amor? Se despide de mí con un "adiós vida mía".

Yo no lo vi, pero me contaron que mientras don Félix se paseaba inquieto, dando vueltas a que yo le fuera arrebatada, a que mi madre se obstinara en verificar un matrimonio que me repugnaba, a la edad y la riqueza del viejo caballero, al maldito dinero...

...Calamocha bromeaba con la mención del cabrito asado que tienen para cenar. Inoportunas bromas en torno a los cuernos, requiebros a Rita que estaba encantada de la vida...Hay que dar a cierto público cierta ración de sal gorda.


El tono jocoso se cortó con la llegada de Simón, el criado de don Diego...me contaron.

Poco después, don Carlos desapareció... Cuando me dijeron que el oficial y el criado se habían  ido para Zaragoza, los que ocupaban la habitación 3... temblaba, no comprendía, me preguntaba en qué le había podido ofender. Se hará la luz, sin duda. Acudiré presto a contarle, señora mía. 


Luces para Paquita y don Carlos y para un país, España, que esperaba también que le salvaran de la tiranía. Una tiranía peor que la de doña Irene.

Un abrazo de María Ángeles Merino para los que pasáis por aquí.


Mi entrada desapareció, se la tragó la tierra, he tenido que rehacerla confiando en mi memoria. Cosas que pasan.

miércoles, 21 de mayo de 2014

"El sí de las niñas": "El cariño que a usted la tengo no la debe hacer infeliz"




Comentario en torno a "El sí de las niñas" de Leandro Fernández de Moratín, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Podemos ser espectadores de la obra entera aquí, a través de You Tube. Aunque es una versión televisiva y viejilla, la actuación de Pablo Sanz, como don Diego, merece la pena. Para leer la obra tenemos este enlace de la Biblioteca Virtual Cervantes.

"-¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?
-¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre...Empeñada está en he de querer mucho a ese hombre...Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles...
-Señorita, por Dios, no se aflija usted. "

No te aflijas, Paquita; mira que tu fiel Rita es portadora de buenas noticias. Don Félix está aquí, en la posada. Acaba de encontrarse con Calamocha que llega en compañía de maletas y agujetas. En una breve escena, ha tenido tiempo de ponerla al día en cuanto a noticias, amén de requiebros e insinuaciones.

Sí, recibió tu carta y se puso de inmediato de camino. "Enamorado más que nunca", no va a consentir que nadie le dispute a "su Currita idolatrada". ¿Que te imponen el matrimonio con un señor rico y mayor?  De ninguna manera. No se limitó a un "pobre Paquita". Desde Zaragoza, se puso de inmediato de camino, en Guadalajara ya no te halló y sí paró en Alcalá es porque "los caballitos no podían más"



Hay que traer luces, las que trae Rita y las de la Razón, las que iluminaron el siglo llamado de las Luces, así con mayúscula. 



¿Recuerdas aquel día de asueto en la casa del intendente? Nunca lo olvidarás, el joven militar con  la cruz verde de Alcántara, al que volviste a ver tantas noches. Nadie sospechó nada en el convento,  pues él no atravesó puerta alguna  y mediaba una maldecida distancia. Tres palmadas entre once y doce de la noche y una guitarra sonora "punteada con tanta delicadeza y expresión". A nadie disteis escándalo, tan prudentes, tan comedidos, tan castos...ni siquiera una reja. Eso sí, no faltó la música.



Rita vigilará abajo y la contraseña será una tosecilla. Cuidado, que "pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante". Y si no ensayáis bien "esta contradanza" os habéis de perder en ella.



Don Félix te dijo la verdad, salvo el nombre. Te vas a cuarto de tu madre, acaba el acto I, el del planteamiento, comienza el segundo, el del nudo. Vamos a ver como atamos lo que hay que atar.
Sales, te acercas a la puerta del foro y vuelves, estás impaciente. Hablas para ti y para el público:

"Y dice mi madre que soy una simple, que sólo pienso en jugar y en reír, y que no sé lo que es amor...Sí, diecisiete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta."

Faltan luces. Sale tu madre quejándose, a ver si Rita trae las velas. Y vuelve a la carga. Don Diego está sentido, niña, y con razón. No te riñe, no por Dios, sólo te aconseja porque...tú no tienes conocimiento para considerar el bien que os ha entrado, mira tu pobre madre, atrasada en sus cuantiosos pagos al boticario, veinte y treinta reales por cada papelillo esdrújulo de coloquíntida y asafétida. Mira que algo así pocas lo consiguen, gracias a los rezos, y a los sermones de tus tías, no a tus méritos...que tú...



No dices nada y tu madre se irrita. Los parches de alcanfor no le hicieron efecto, mejor con las obleas. Qué jaqueca, el tordo que no la dejó dormir; toda la noche se  pasó el animalito "rezando el Gloria Patri y la oración del Santo Sudario", muy edificante. Tan "gazmoño" el pájaro como la dueña, el público se ríe...A la censura eclesiástica no le gustó el piadoso rezo del ave canora y lo cambió por "cantando el Malbruc y la jota", quitándole la gracia.



Tordos habladores pero no rezadores

Rita se va a prepararos unas sopas "para el abrigo del estómago" y te quedas de nuevo con tu madre, impaciente porque don Diego no ha llegado todavía, no se le vaya a perder por ahí la joya de yerno. Tan mirado, tan atento, tan buen cristiano...y tan, tan de posibles. Qué casa como un ascua de oro, qué batería de cocina, qué ropa blanca, qué despensa llena de cuanto Dios crió, qué minuciosa inspección doméstica la de tu madre que va...a lo que va. Y se desespera porque no proclamas tu entusiasmo.

 Y se enfada y trata de sacar de mentira verdad. Ahora se le ocurre que como has vivido entre monjas, tal vez quieras serlo tú. Por si acaso, te recuerda que el complacer a tu madre es tu primera obligación.

Se lo aseguras: "La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos". Tus palabras más parecen salir de un mecanismo automático que de un ser humano. Solo deseas que te deje en paz. Vaya, menos mal, por ahí viene don Diego, harto de ser agasajado con chocolate y bollos por sus amistades eclesiásticas.



Pregunta a doña Irene cómo va. Añade ¿y doña Paquita? Tu madre contesta por ti: "Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas". Y añade que a tu edad no se sabe lo que se quiere ni lo que se aborrece. En eso no está de acuerdo don Diego, muy razonable:

"Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más violentos"

Te coge de la mano y te hace sentar junto a él. Te pregunta si te volverías al convento, de verdad. Doña Irene no quiere que respondas y tú pones la voz de autómata para decir: "Bien sabe usted lo que acabo de decirla...No permita Dios que yo la dé que sentir". Don Diego capta el tono de tu voz y el miedo que sientes a oponerte a tu madre. En todo lo que te mande, ella, la obedecerás. ¿Mandar? No, Moratín, a través de su personaje, expresa su desacuerdo:

"En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan, insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!...¿Y quién ha de evitar después las  resultas funestas de lo que mandaron?...matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió a mandar lo que no debiera."


Don Diego sabía que ni su figura ni su edad eran para enamorar a nadie, pero no le parecía imposible que una muchacha de juicio llegase a quererle con "aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece a la amistad y  es el único que puede hacer  los matrimonios felices". Ha buscado una niña que no hubiera estado prevenida en favor de otro amante más apetecible, por eso te eligió a ti, recluida en el convento de Guadalajara. 

Ahora, dice hacerse cargo de lo que han podido influir en ti las santas costumbres que has visto practicar "en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud". Estas palabras suenan un poco irónicas...o bastante. 

Tu maduro prometido, más bien piensa en la posibilidad de que se haya cruzado "un sujeto más digno". Te pide sinceridad, el cariño que te tiene no ha de hacerte infeliz. 

Doña Irene pide la palabra, está que no se aguanta. Don Diego no quiere intérpretes ni apuntadores, habla de una vez, Paquita. Y tu madre: "Cuando yo se lo mande". Y don Diego: "pues ya puede usted mandárselo porque a ella le toca responder. Con ella he de casarme, con usted no"



"Ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?". Tu progenitora finge estar ofendida y busca artillería. Y saca a relucir la carta de tu padrino, el de Burgo de Osma, el "del ramo del viento", que no te ha visto desde la pila  pero  te quiere muchísimo. Y en su misiva, casi toda en latín, buenos consejos daba, tan acertados "que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo". 

Nos quedamos sin saber de qué iba la carta del padrino. Don Diego  asegura que no hay motivo de disgusto. Doña Irene saca la fiera que lleva dentro:

"¿Pues no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que...¡Ella otros amores...!...la mataba a golpes, mire usted...Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años...y los que has adquirido en el convento..."

Comprendo, Paquita, que cada vez estés más aterrada. Don Diego dice que sólo quiere que estés contenta. Veamos tus sumisas palabras:

"Sí, señor, que lo estoy"
"Gracias, señor don Diego...¡A una huérfana, pobre, desvalida como yo!"

A continuación, abrazos y caricias. ¿Ves lo que te quiere tu madre? ¿Y cuánto procura tu bien, que sólo desea verte colocada antes de que ella falte? Y tú: "Bien lo conozco".

Doña Irene cree que ha conseguido su objetivo, está que revienta por todas las costuras de su cuerpo:

-"¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?
-Sí señora.
-¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!
-¿Pues qué? ¿No la  quiero yo a usted?

Los tres lloráis. Cada uno por un motivo diferente. Os vais. Pero Rita sale por la puerta del foro y te detiene:

Señorita...¡Eh! chit...señorita.

Vas a encontrarte al fin con tu don Félix, digo...don Carlos. Seremos testigos, en la escena VII, segundo acto.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino