sábado, 26 de marzo de 2022

"El hombre mojado no teme la lluvia" de Olga Rodríguez. El drama de los desplazados.




 El hombre mojado no teme la lluvia de Olga Rodríguez.

Para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda. Este mes corresponde la lectura de El hombre mojado no teme la lluvia (Voces de Oriente Medio) de la periodista Olga Rodríguez. que, en este libro, "nos muestra la sangre y la vida que fluyen por las calles de Oriente Medio", "nos acerca a esta conflictiva región a través de sus habitantes, hombres y mujeres aparentemente comunes cuyas vidas conforman sin quererlo la Historia con mayúsculas". 

En el primer capítulo, Irak, conocemos a un traductor, Yaser Alí, que participó en la resistencia armada iraquí y es uno de los protagonistas del libro. En una ocasión, Olga le preguntó si prefería ocultar su identidad, para publicar su historia. Yaser contestó "Como dice el refrán iraquí, "el hombre mojado no teme la lluvia". Ya no tengo nada que perder. No me preocupa que aparezca mi nombre, y si quieres, con fotos". La periodista enseguida supo que ése sería el título de su libro, un poco chocante para una española  como yo,  acostumbrada desde siempre al refrán que viene a decir justamente lo contrario: "gato escaldado del agua fría huye". Un título acertado porque, como explica en el prólogo, en Oriente Medio hay muchos hombres y mujeres "mojados" como Yaser que ya no tienen nada que perder;  los ha ido conociendo en Irak, Israel, los Territorios Ocupados Palestinos, Líbano, Siria, Egipto y Afganistán. 
 
Yaser y su familia tuvieron que huir:

"Rida y él decidieron abandonar inmediatamente el país. Apenas les dio
 tiempo a llevarse nada. A primera hora de la mañana metieron ropa y calzado en un par de maletas y cogieron la escritura de propiedad de su vivienda. Yaser dejó a su madre Noor con su hermana mayor y volvió a su casa, donde le esperaban  ya metidos en el coche Walid, los niños y Rida. Se aseguró de que la reja principal del jardín quedara bien cerrada y se metió la llave de su vivienda en el bolsillo. Después salieron rumbo a la vecina Siria, el país del mundo que más iraquíes acoge desde el inicio de su éxodo y el que menos obstáculos ha puesto a su entrada. Durante el trayecto vieron dos cadáveres abandonados en la autopista y fueron retenidos en varios controles militares. Llegaron a la frontera cuando el cielo ya había oscurecido.

Allá se encontraron con dos largas hileras de coches que esperaban su turno para acceder al otro lado, Siria. Eran familias que, al igual que ellos, optaban por el exilio. Más de dos millones y medio de iraquíes han terminado abandonando su país a causa de la violencia, para instalarse en los Estados vecinos, principalmente en Siria y Jordania. Y más de dos millones de iraquíes se han desplazado dentro dentro del propio Irak. En 2006, Naciones Unidas alertaba ya de que se trataba de uno de los mayores éxodos del mundo. Y Yaser formó parte de él."
(Copiado de la página 62 de El hombre mojado no teme la lluvia)

Me cuesta leer, ahora, precisamente ahora, este libro y huyo a una lectura diferente, a Galdós,  al Episodio Nacional número 11, El equipaje del rey José, Y la casualidad quiere que no sea tan diferente: 


-¡Oh, qué horroroso aspecto ofrecen esas pobres gentes!... Fíjese usted e aquella pobre mujer que abraza llorando a sus niños...Estos otros no hablan más que de huir...¡Jesús crucificado! ¿Adónde iremos nosotros?...Será preciso abandonarlo todo. ¡Aquí están diciendo que no hay esperanza!... Allí gritan: "¡Sálvese el que pueda! ". Miren usted a ésos sacando atropelladamente su ropa de las arcas. Será preciso llevarlo todo a cuestas... ¡Oh! Los que por allí vienen, ¿no son los heridos de la batalla? …¡Malditos ingleses!...Por piedad... no me abandone usted…Es imposible huir en coche…Yo no sé montar a caballo…¿Podré ir a la grupa?...¡Qué desolación!...Vamos por aquí…Los gritos, las blasfemias, los juramentos de esos hombres desesperados que parecen demonios me hacen temblar y me pongo mala…Por aquí…¡Qué bullicio, qué algarabía!...¿Y mis alhajas, y mis encajes, y mis ropas?...Corramos allá, corramos...Mas no veo a mi marido por ninguna parte...

-Vamos por aquí...En estos casos es triste llevar consigo el valor de un alfiler. Pobre y desvalido yo, lo mismo tengo vencedor que vencido.

-¡Qué felicidad!-continuó la dama, que por no encontrarse bien en ninguna parte quería estar al mismo tiempo en todas-. Así quisiera ser yo: libre como el aire y con la galana pobreza de los pájaros, que no tienen más que un vestido y adondequiera que van llevan consigo todo su ajuar...Huyamos de este sitio. Los llantos de esas mujeres me hacen llorar también a mí...Dicen aquéllos que los ingleses nos sorprenderán aquí...Me parece que muchas personas han emprendido la fuga por el llano adelante...¿No ve usted? Llevan un lío a la espalda, y los zapatos en la mano para correr mejor...Observe usted a aquélla infeliz que se da de cabezazos contra un cañón...Éstos de aquí hablan de quitarse ellos mismos la vida... (Copiado de las páginas 174 y 175 de El equipaje del rey José, Alianza editorial). 

Palabras que son literatura, ficción; pero confiamos en que Galdós entrevistaría a los mejores  testigos de aquel horror que siguió a la batalla de Vitoria y se documentaría impecablemente.  Huían los franceses y huían los españoles afrancesados, la pluma de don Benito nos dejó para siempre la más viva pintura. Era a principios del siglo XIX. 

Siglo XXI, ahora mismo en Ucrania: seis millones y medio desplazados internamente, tres millones y medio que  han cruzado las fronteras. El drama de diez millones de "mojados" que no  temen a la lluvia, veinticinco mil  han llegado a nuestro país. 

Leo a Manuel Vicent en El País ("Para huir", 13-3-22) :

"Todos los días a la hora del telediario debo elegir entre la compasión que me producen las pobres gentes que huyen de los bombardeos en Ucrania y el equilibrio que requiere mi estómago para que me siente bien el almuerzo. He aquí el dilema, una de dos, los misiles rusos o la sopa de fideos. Todos los días antes de sentarme a la mesa apago el televisor , más que nada para que las bombas sobre Kiev no caigan también en mi plato, pero ignoro si este hecho es una operación de salvamento o una cobarde deserción. Esta crueldad humana tan radiada y televisada remueve hasta tal punto la conciencia que dudo si es lícito mirar hacia otro lado..."

¿Mirar hacia otro lado?

Un abrazo de María Ángeles Merino

jueves, 24 de marzo de 2022

"El mundo está parpadeando" escribe Karmelo C. Iribarren.

Pequeño comentario en torno a un poco de El escenario de Karmelo C. Iribarren, para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda.


El mundo está parpadeando
como una bombilla vieja de desván
a punto de extinguirse.

Los días pasan
como pasan siempre los días,
sin grandes sobresaltos,
con esa rara mezcla de lentitud y vértigo.

Hasta ese día en que ves aparecer al otro lado
-allí, entre la niebla, aún lejos-
una proa apuntando hacia tu orilla. 
...
empiezas a reconciliarte con la vida.
Pero la proa no deja de avanzar.
...
Un gato súbito entonces
puede darte
un susto
de muerte.

Y la luna
-allá arriba, impasible-
ser tu última imagen del mundo.

(Karmelo C. Iribarren, El escenario)

Si leemos y releemos El escenario, pronto encontramos un espejo para lo que nos está cruzando por la cabeza, así de humana es la poesía de Karmelo.  El mundo parpadea, los días pasan y la proa  no deja de avanzar. El gato puede esperar y también la imagen última del mundo. Si solo fuera un gato... Esta primavera da miedo. Nunca pensé en poner una etiqueta titulada "La lectura en tiempo de guerra". Ahí la tenéis.

No a la guerra. Un abrazo de:

María Ángeles Merino


Fragmentos en rojo tomados de El escenario de Karmelo C. Iribarren, colección Visor de Poesía, 2021. 

martes, 1 de marzo de 2022

"Insolación" y un poco más.

 



Comentario de la novela Insolación de Emilia Pardo Bazán, para la lectura de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda.

Aquel día, mi amiga Austri , llamémosla así, me  sorprendió en la ventana de mi casa. La había abierto un momento para quitar las hojas secas de los tiestos, sin soltar la novela de Emilia Pardo Bazán, Insolación, que acababa de leer. Desde abajo, me hizo señas, abrí la contraventana y, sin un hola previo, preguntó con guasa si iba a ponerlo a que se solease un poco más. Yo le contesté que, a pesar del título, el sol era inocente. 

No sé cómo podía ver el libro desde la calle. Austri es un personaje misterioso que suele sorprenderme cuando estoy con alguna lectura del Club. Tampoco tengo muy claro de qué la conozco, ella asegura que de toda la vida. Y con un "baja" me hizo bajar y me llevó a una heladora terraza semicubierta de las de ahora, qué os voy a contar. Delante de un café, se puso sin más a hablarme de la novela  Insolación (Historia amorosa). No sé cómo sabía que necesitaba ayuda para redactar mi propia entrada, después de la reunión del martes 25 de enero.

-María Ángeles, vamos con Insolación.

-No sé cómo armar todo esto que tengo escrito. Hay que ver lo que cunde esta obra menor, pequeña joya diría yo. 

-Descansa, mujer. Te has explicado muy bien, pero vamos a hacerlo de otra manera. Nos vamos al final, no, nos vamos a después del final. Reunimos a doña Francisca de Asís,  marquesa de Andrade, con Ángela, la Diabla, en el tren, cuando ya ha pasado todo; pero enseguida se incorpora un personaje sorpresa y Ángela se va al vagón de equipajes. Tú eres la señora y yo la criada que pronto desaparece y aparece quien tiene que aparecer, las dos formamos un "ñaque". 

 Comenzamos: 

¡Viajeros al tren! ¡Viajeras también!

-Ángela, sube ya, que el tren no espera. ¿Lo trajo todo el  mozo?

-Sí, señorita. "Mundos, sacos y maletillas".  Aquí guardo la llavecita," le ato  un estambre colorado, para acordarme mejor". 

-"¡Qué babel, qué trastorno! Nunca sabe uno lo que conviene llevar y lo que debe dejarse. ¿A que no te acordaste de meter más ropa de abrigo? ¿Y el impermeable? Fíese usted del clima gallego. La pamela de la niña, el pajazón, el sombrerito escocés de la cinta, la pimienta para los tapices y el alcanfor, que la humedad lo echa todo a perder.

-Sí, señorita. Y el algodón gris para rellenar los huecos de los cajones, más sufridiño que el blanco. Yo creía que hasta San Antonio no partíamos a  miña terra. ¿Cómo pensaría eu que nos íbamos un mes antes? Ni mi vestido de percal pude alistar.

-Este es muestro departamento. Siéntate aquí, a mi lado. Me parece que vamos a tener una compañera de viaje de lo más ilustre,  he visto en el pasillo a doña Emilia, la condesa de Pardo Bazán. Es una mujer muy lista que sabe mucho y escribe muchos libros. 

-Qué suerte, a las pobres nadie nos enseña nada.

-Y a las señoritas nuestro poquito de piano, nuestro poquito de francés , filtiré, bordado y politesse. Pero Emilia fue muchísimo más lejos, dice mi confesor que una mujer no debe bachillear, ni andar libre por ahí. De lo de Diego no se ha de enterar el buen jesuita, me confesaré en Vigo, con el abade que no riñe.

-Pronto será casada la señorita?

-¿Cómo sabes tú eso? Debes tener oído de tísica, muchacha. 

-Yo non sé nada, pareciome oír que el señorito don Diego sería el afortunado.

-Te contaré a su debido tiempo. Cuando despache la ida a Cádiz y lo vea yo en Vigo, que no sé yo si la cosa va  a cuajar.  "Una presoniya está chalaíta por usté", me dijo la gitana.  ¿Te acuerdas de cuando me dio un "soleado" la víspera de San Isidro? Era como si me barrenasen las sienes. 

-Cómo no, "se caían los pájaros de calor y usted fuera todo el santo día". La "jaquecona", se le abría la cabeza en dos, pobre señorita. (Si sabrá la Diabla lo que se bebe en romería). Sentole bien la tila. 

- Sí, la jaqueca, la calentura y las bascas se fueron por la posta con la infusión pero enseguida volviome el desasosiego. No paraba de dar vueltas en la cama, buscaba el frescor de las sábanas. Me sentía como un San Lorenzo en la parrilla. Me siento aquí, junto a la ventanilla. Vete a echar un vistazo a los equipajes, en el vagón junto a la máquina.

Ángela se va y Asís se queda pensativa. Habla consigo misma.

-( ¿Y el alma? Grandísima hipócrita, ni el sol ni el calor, no me vengas con historias, una señora intachable, ya necesitaste virtud para querer tu tío esposo y señor natural con sus alifafes, una perfecta viuda, una madre cariñosa, pero te descuidaste. ¿Una pasioncilla? No, sino "un pecado gordo en frío", sin atenuantes, "con ribetes de desliz chabacano". )

Se abre  la puerta del departamento y aparece, despampanante, doña Emilia Pardo Bazán tocada con un aparatoso sombrero y un lujoso traje de terciopelo. Le acompaña una sirvienta, cargada de bolsos de mano. Reconoce a doña Asís y ambas damas se besan y se saludan.

-¡Señora condesa, doña Emilia, qué alegría me da verla! Francisca de Asís, marquesa de Andrade, a su disposición, como personaje principal de su novela Insolación. ¿Se encuentra bien de salud? ¿Y la familia? 

-La salud bien, gracias. Mi hijos en excelente estado, aunque ya sabes mi Jaime se me crió algo canijo, como su niña. Los aires de Galicia le sentarán bien. ¿Qué es de su vida?


-Ahora mismo me preguntaba por mi boda mi doncella Ángela y yo, la verdad, no sé qué contestarla. Usted que maneja los hilos de mi vida, me dirá. Tenemos tiempo hasta el cruce ferroviario, usted a La Coruña, su Marineda, y yo a Vigo, donde me esperan mi padre y mi niña. Le agradezco que mi "historia amorosa" termine felizmente, de momento. Peor suerte ha corrido la desventurada pobre huérfana Esclavitud, en Morriña, también subtitulada  "historia amorosa" y escrita casi a la vez. 

-Te contaré, amiga Asís. Quise dar un giro a mi literatura después del éxito de Los Pazos de Ulloa y La Madre Naturaleza, dos novelones donde demostrar que yo, una escritora española, era capaz de escribir novelas tan naturalistas como las de don Emile Zola. El escritor gabacho aplaudió mi obra, mas me arrojó un jarro de agua fría: yo no podía ser naturalista por católica. Con las palabras admirativas que le dediqué en La cuestión palpitante, tal vez no le gustó que le comparara con un buey, con todos los respetos. 

Ya sabes, novelas naturalistas como la que te pasó el pelmazo de don Gabriel Pardo de la Lage, que no habrás tenido tiempo, ni ganas, de leer, bien escritas aunque escabrosas, algo obscenas, en fin, poco aptas para señoritas;  pero para una señora viuda y de principios como tú no debería haber problema. Mi naturalismo es más humano y para nada determinista, Dios nos hizo libres. Ahora escribo metiéndome en el pensamiento de mis personajes, novelas psicológicas las llaman, como las rusas; por cierto que hablé de ellas en el Ateneo y asistieron muchas señoras. ¿Has oído hablar de Fiódor Dostoyevski? Escribió un genial novelón, lo que le pasa por la cabeza a un estudiante que mata a hachazos a una vieja prestamista. 



Me metí dentro de ti, de las dos personas que luchan en tu interior: la que quiere gozar de las "divinas locuras que abrasan el alma", dando rienda suelta a su deseo y la dama intachable que escucha la voz de su conciencia, temerosa ante la crítica de su círculo social y eclesiástico.

-Sí, ya sé...(Qué voy a saber yo de novelas francesas, ni rusas, ni de psicologías ni nombres raros.  Su "ya sabes" me sabe a cuerno pero, en fin, paciencia, si no supiera yo lo sabihonda y pedante que eres...Y te crees con licencia para entrar en mis pensamientos, paciencia Asís). 

- Mi vida también giró, decidí vivir mis pasiones como un hombre, sin dramones. Mi marido pretendía que escribiera  solo de flores, niños o  santos, le molestaba la crudeza de mis novelas y nos separamos amistosamente. Comencé una relación con Benito Pérez Galdós, le quise mucho, poca gente lo supo. También tuve mi "soleado" con Lázaro Galdiano, le dediqué Insolación y muchos pensaron que era autobiográfica, me confundieron contigo, querida Asís. Fui una ingenua, le confesé la infidelidad a mi "miquiño", Benito no me perdonó, aunque seguimos como amigos y colegas. La novela se había escrito antes, pero me pilló mi "insolación" con Lázaro y , ya ves, se coló en las galeradas de corrección, cambié palabras, frases, párrafos enteros, el producto de mi experiencia. 

-Tenemos nuestras debilidades, querida Emilia. (Que no se confundan los lectores, yo soy viuda y la señora condesa es casada, se ponga como se ponga). 

-Quise que acabara bien, sin castigaros, señora marquesa de Andrade. Ni siquiera te maté ni te mandé a un convento, no te quejes. Decidí entender la libertad de la mujer, como mi propia libertad, y  construir, en tono menor, algo muy diferente al mundo de los Pazos. De allí traje a don Gabriel Pardo de la Lage, el tío de Manolita, la hija de su querida hermana Nucha, pobrecilla, que casó para su mal con la bestia parda del señor de Ulloa y solo aquel bendito cura...La pobre Manolita terminó en un convento, no le quedaba otra al enamorarse de su medio hermano Perucho.  Detrás anduvo también don Gabriel Pardo, perejil de varias de mis salsas literarias, que hubiera ido de tu brazo si no llega a ser por don Diego Pacheco y sus encantos. 


-No dejas de sorprenderme, Emilia. Católica y conservadora, como Dios manda, y pones encima de la mesa, quiero decir en tus libros, la doble moral que juzga distinto al hombre que a la mujer, con el mismo pecado. Apruebas nuestro derecho al deseo y te las compones para dejarlo caer, con un narrador que me trata con su punto de severidad y desconfianza, algo de guasa también. 

-Así es, querida Asís, que "lo reprimido y lo oculto es lo más peligroso". Aquella mañana clara y soleada de mayo, ya llevabas predisposición. El día anterior don Gabriel y don Diego, cada uno a su manera, contribuyeron al sofoco. Joven viuda de treinta y dos abriles, ibas como un santa, a misa con tu eucologio y tu mantillita; pero el aire, el cielo, las acacias, los piropos de los chulitos...Se te manifestaba tal exceso de vitalidad que te hubieras dado un chapuzón en la Cibeles, el cuerpo te pedía tonterías. Tras el encuentro con el ladino "meridional", que sabe abrir el camino, a casa a acicalarte y a la aventura en San Isidro, un baño de pueblo. 

-Y los lectores me conocen en la cama, aquejada de una terrible jaquecona. ¡Qué sonrojo! 

- La Españita bufa de la Restauración, mísera y desigual, asoma desde tu cama. Comparten tu malestar físico y tus  intentos vanos de autoengaño. Jaquecona, soleado, no. Calor, alcohol de mala calidad, comidas extrañas y...desliz en toda regla, cómo habrá podido ser. Pobre marquesa, qué aburrida es tu vida, misa y visitas. Deseas vivir tu vida y la sociedad que frecuentas te lo impide, y no digamos el severo confesor, qué bronca. Así que  terminas  en el rebullicio de la pradera, con la algazara de la gentuza, inmersa en escenas como las pintadas en las panderetas, colores, olores, ruidos, ropas, cachivaches, comistrajos, el habla popular, los gitanos...Engolosinada con un señorito andaluz y calavera, más que dulce empalagoso, manipulador  y que ya no te deja en paz, que rabie don Gabriel. 

-Don Gabriel, tan intelectual, tan liberal, qué disparates suelta por esa boca, que si los españoles llevamos la barbarie en la sangre, con educación o sin ella, que todos somos salvajes, que asoma el sol , se nos sube a la cabeza  y nos produce  una fiebre y una excitación endiabladas. 

-Eso se llama determinismo, amiga Asís. En cuanto a lo que dice de la libertad de las mujeres, no te fíes, que lo del tarjetero le sentó fatal, se sintió engañado y reaccionó como todos.  De mí dicen que soy feminista, una palabra que no me molesta en absoluto. Me duele que a las mujeres se les eduque "menos y peor", es el principio de todo. Yo fui una privilegiada, mis padres quisieron darme una buena educación, aparte del colegio francés dispuse de profesores particulares y de una nutrida biblioteca. Leí de todo, incluso lo no permitido, casi muero un día en el derrumbe de una estantería. Aún así tuve que ser autodidacta, asistir a la universidad ni pensarlo, cuando entré lo hice en mi condición de catedrática. 

-Usted, doña Emilia, nos mete de cabeza en una sociedad  con distinta vara de medir para el hombre y para la mujer, pasarán cien años y todavía coleará. Me di el gusto y salí al balcón soleado, feliz y despeinada, que me aplaudan los lectores. No parece acertada mi elección, fue un caprichito de niña mimada, tal vez Diego no cumpla nada de lo que me dijo, ni se meterá en política, ni viajará a Galicia, ni habrá boda. 


-Pero fue su libertad, querida amiga Asís.

-¿Me casaré con don Diego Pacheco, doña Emilia?

-Eso no se lo puedo decir, la respuesta está en la cabeza de cada lector y ya van siendo muchos. No, no escribiré la continuación de tu historia. En 1889, inmediatamente después de salir Insolación, publiqué Morriña, también subtitulada "Historia amorosa". Y a la pobreciña Esclavitud, buen nombrecito la coloqué, le negué todo lo que te concedí a ti.  Una criadita gallega, huérfana e hija de un sacerdote, se enamora del  señorito estudiante, el hijo de su señora doña Aurora. No hay salida buena para Esclavitud, termina mal, ya lo sabes. No me atreví a derribar la barrera social. Por cierto, creo que vi a la pobre muchacha en el andén, mirando como su amor se iba para siempre. Creo que doña Aurora y Rogelio viajan en este tren,  pasaré a saludarlos. Seguiremos hablando, así el viaje se nos hará más  corto. 



Doña Emilia desaparece y entra Ángela en el departamento. Asís abre los ojos. 

-Señora Francisca, que se ha quedado usted dormida. Con todos los respetos, cuénteme lo de la boda. ¿Veremos a don Diego en Vigo?

Aquí acaba nuestro "ñaque". Voy a felicitar a Austri,  pero desaparece...

Por fin, consigo darle forma a esta entrada que llega con más de un mes de retraso. 

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


"...y las mariposas, que alzaban el vuelo, con sus alas, teñidas de sangre..."



El domingo leía: "El conflicto bélico en Europa que tiene al mundo en vilo" y me fui a Galdós, junto a "dos desconsoladas mujeres", tras la batalla de Arapiles, la misma pero paralizada, congelada ya por la muerte. Volvía a la emoción de unas mariposas con las alas teñidas de sangre. Así son las emociones que nos regalan los buenos libros: se guardan, esperan su momento y despiertan. 

"Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte. Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas de mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus patas tiesas y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa. Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto y examinaron los cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos por las ruedas y los hoyos que tantos millares de pies abrieron en el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas , y las mariposas, que alzaban el vuelo con sus alas, teñidas de sangre. Regresaron a Salamanca volvieron por la noche al campo de batalla no ya conmovidas, sino desesperadas; rezaban por el camino; preguntaban a todos los vivos y también a los muertos."

(Capítulo 40, La batalla de los Arapiles, Benito Pérez Galdós).

Una impresionante pintura de la guerra, sin pintura. La destreza literaria de Galdós insufló vida a lo que le contaron los mejores testigos, uno de ellos su padre. Merece la pena leer los Episodios Nacionales, aunque no seamos muy amigos de los relatos de guerra, como me pasaba a mí, que dudaba ante Trafalgar. 

No a la guerra. ¿Verdad, don Benito? 

La batalla de los Arapiles, Episodios Nacionales, 10. Primera serie, Alianza Editorial, El libro de bolsillo, tercera edición, 2016). Pagina 305.