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sábado, 31 de octubre de 2009

Soy el cura que los casó...¿a Camacho y a Quiteria? (3)




Los funestos cipreses cuyas ramas servían de corona funeraria a Basilio. Son unos árboles muy literarios: su "sombra es alargada"," creen en Dios" y alguno, incluso, es un "enhiesto surtidor de sombra y sueño". Para Cervantes es "funesto ciprés"

Tercera parte del comentario al capítulo XXI de la segunda parte del Quijote.Publicado en "La acequia"
.
Muda y afligida se acerca a su moribundo enamorado que murmura entre dientes: Quiteriaaaa. Por señas, le pide la mano. Éste no se ha de morir como gentil, que para eso estoy aquí, para que sea un muerto como Dios manda. La mira ¡con unos ojos! y habla, ¡cómo habla! , a pesar de su aliento corto y apresurado. Dice cosas como: “Tu piedad ha de servir de cuchillo… la gloria que me das… la espantosa sombra de la muerte, oh fatal estrella mía”. Y le pide que manifieste la libertad con que actúa…

Se desmaya. ¡Ay que se nos muere! La “vergonzosa” Quiteria coge la mano del agonizante y dice que, con libre voluntad, da su mano de legítima esposa y recibe la que él le da de su libre albedrío. Basilio se entrega por esposo, ella por esposa y añade: “ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis brazos a la sepultura”.

Ese tal Sancho Panza me ha leído el pensamiento: cómo le da a la lengua este malherido. El sensato rústico me pide que le haga atender a su alma y “se deje de requiebros”. Así que se me saltan las lágrimas, soy un sentimental, les doy la bendición y pido al cielo que dé buen alojamiento al nuevo desposado. Pero el cielo no debe desear, de momento, recibir a tal huésped…El agónico se pone en pie de un brinco y extrae limpiamente el estoque de su cuerpo. Ya me parecía a mí…La parejita estaba conchabada. ¡Ay, Camacho, macho!

Todos los presentes quedan con la boca abierta y los simplones gritan: ¡Milagro! A lo que Basilio replica que no hay milagro sino industria. Lo compruebo, soy un nuevo Santo Tomás que ha de tentar la herida. La cuchilla no había atravesado el cuerpo de Basilio sino un cañón hueco de hierro que, lleno de sangre, habíase colocado en el lugar preciso. Parece ser que se lo prestaron unos cómicos ambulantes que andaban por allí. Ya decía yo que en qué comedia había visto esto…

El rico Camacho, los invitados y yo…todos burlados. Muchos dicen que el matrimonio por engañoso no es verdadero; pero la flemática esposa dice que ella le confirma de nuevo; de lo cual deducen el consentimiento y sabiduría de los dos.

Camacho y sus valedores, qué vergüenza, remiten su venganza a las manos y las manos, a las espadas. Y muchas espadas se dirigen hacia Basilio, aunque Inmediatamente se desenvainan otras que le defienden.

No habíamos tenido en cuenta a don Quijote que toma la delantera a caballo, con su lanza y su escudo. Sancho corre a esconderse tras las olorosas tinajas, las que contienen gallinas y gansos en pepitoria, qué pena de comida…

Don Quijote, a grandes voces, nos exhorta a guardar las armas, con el razonamiento de que el amor y la guerra son una misma cosa y en la guerra se usan estratagemas. Por lo tanto, en las contiendas amorosas se han de tener por buenos los embustes y marañas. Este loco no habla tan desatinado…

Nos dice que, “por favorable disposición de los cielos”, Quiteria era de Basilio y Basilio de Quiteria. Que Camacho es rico y se puede comprar lo que quiera., que Basilio sólo tiene una oveja, que lo que Dios ha unido… ¿Pero cuándo lo unió Dios? No entiendo nada…Y lo de comparar mujeres con ovejas…No dejan de ser seres humanos, aunque sometidas al varón.

El caballero andante blande su lanza con tal fuerza y destreza que causa pavor a los de las espadas. A Camacho se le fija tan intensamente el desdén de Quiteria que se le borra de la memoria, se le acabó el caprichito. Le hablo como sacerdote prudente y bien intencionado, que esa fama tengo.

Las espadas vuelven a sus vainas y Camacho culpa ahora más a la facilidad de Quiteria que a la industria de Basilio. Estas mujeres…E incluso razona que debe dar gracias al cielo por habérsela quitado. Consolado y pacificado, el rico ordena que siga la fiesta, aunque no haya boda.

Como es natural, ni Basilio, ni su esposa, ni sus secuaces, se quedan a celebrar las no bodas. Se van a la aldea de Basilio proclamando a voces el triunfo del Amor. Se llevan consigo al caballero andante, ahora muy estimado por su valor. A su lado va Sancho, algo triste, diciendo no sé qué de las “ollas de Egipto”. La locura se contagia…
Y este cura acabó su relato.

Un abrazo a todos y, en especial, a los de Priego.


Pedro Ojeda Escudero dijo el 2 de noviembre de 2009, en la entrada El español y Cervantes, más fotos bejaranas con un tesoro (El Quijote de Calleja) y noticias de nuestra lectura" de su blog "La acequia":

Abejita, a su vez, nos regala otra voz de secundario: ahora nos habla el cura de las bodas de Camacho, que relata a su manera lo sucedido, aunque no sé si se guarda algo y ni en el final nos lo cuenta. No os perdáis las imágenes.

Gracias Pedro, le estoy cogiendo cariño a los secundarios. Mi curilla asegura que no se guarda ningún as en la manga.

Soy el cura que los casó... ¿a Camacho y Quiteria? (2)



El Quijote coronado de funesto ciprés, como Basilio.



El cura en su capítulo.

Continuación al comentario del capítulo XXI,de la segunda parte del Quijote. Publicado en "La acequia".

Se dirige a ella, a la “desconocida Quiteria” y le advierte de que no puede tomar esposo mientras él viva, según la “santa ley” profesada por ambos. ¿Santa Ley? ¿Acaso están casados ante la Santa Madre Iglesia Católica? Porque si no es así, aunque Quiteria le hubiere dado, en alguna ocasión, su palabra…sigue siendo una mujer libre. No sé de qué obligaciones habla este muchacho, que si ha estado esperando a mejorar sus bienes de fortuna… ¿Para ser tan rico como Camacho? Necesitaría vivir cien vidas…por lo menos.

Vamos, pequeña, no atiendas las razones de este loco y cásate con el que te ofrece seguridad y bienestar. El amor surgirá más adelante…una obediente y sumisa esposa puede ser muy dichosa.

Pero ¿qué dices? ¿Qué te vas a quitar la vida para que Camacho tenga colmada la ventura? ¡El suicidio es un pecado grave y no podrás ser enterrado en suelo sagrado! Basilio, hijo mío, encontrarás otra mujer, la pobreza no tiene por qué ponerte en la sepultura. Parecerás rico a una esposa de más humilde condición. Te olvidarás de la ingrata…mujer al fin y al cabo, no hay que pedirle firmeza.

¡Ay! ¿Qué haces? ¡Ay, que el bastón escondía un estoque! ¡Ay, que se ha arrojado sobre él! ¡Traspasado de sus mismas armas! ¡Bañado en su sangre! ¡Misericordia, Señor, Misericordia! ¡Acudid! Aún no ha expirado… ¿Dónde va el caballero andante? Señor, no le quitéis el estoque, que he de confesarle y si se lo sacáis morirá.

El enamorado vuelve en sí y se dirige a Quiteria, calificándola de cruel. ¡Y le pide la mano de esposa! No está dispuesto a emprender su viaje al más allá, sin casarse con ella. Uy, que esto tiene truco…Le pido que atienda a la salud de su alma y me chantajea: si Quiteria no le da la mano de ser su esposa, no se confiesa. Un moribundo exigente, lo nunca visto.

El que se hacía llamar don Quijote se pone a decir en altas voces que el herido pedía una cosa justa y hacedera. Que Camacho quedaría tan honrado recibiendo a Quiteria como viuda de Basilio que como soltera. Camacho no sabe qué hacer ni qué decir. Los amigos de Basilio piden, a voces, que Quiteria consienta para que su alma no se pierda. Piadoso deseo , mas…

Camacho se ve forzado a decir que “si Quiteria quería dársela, que él se contentaba”. Ahora hay que convencer a la novia. Para ello, los amigos del herido se dirigen a ella con lágrimas o con razonamientos. Me parece haber visto esto en alguna comedia… Más dura que un mármol a sus quejas, como diría el gran poeta Garcilaso. Ella como una estatua y yo pidiéndola que se apresure, que su alma…

(Continúo, que los curas vamos despacito)

viernes, 30 de octubre de 2009

Soy el cura que los casó... ¿a Camacho y Quiteria?( 1)




Comentario al capítulo XXI, segunda parte de "El ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha"Publicado en "La acequia"

"Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos"


“Los novios venían acompañados del cura”…y ese cura soy yo. Llego acompañado de los escandalosos jinetes que reciben a los contrayentes. ¿La hermosa Quiteria y el rico Camacho son los contrayentes? Bueno, no adelantemos acontecimientos.

Ustedes disculpen, me presento. Soy un personaje secundario del Quijote. No se oye mi voz, aunque el escritor cuenta lo que hago y digo, no mucho. Vivo en el segundo tomo del Quijote, esperando a que alguien llegue al XXI. Lo confieso: me hubiera gustado ser como Pero Pérez, el cura de la aldea quijotesca, el amigo del barbero. Aparece con voz propia, en varios capítulos y ¡en los dos libros! No me quejo, peor lo tiene el “mozo de campo y plaza”, el que ensillaba y podaba, al comienzo de la obra.

Como decía antes, llego acompañado al “teatro que a un lado del prado estaba, adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios”. ¿Teatro? No adelantemos acontecimientos…

Espera allí la gente honrada de pueblos cercanos y no tan cercanos; junto a…mendigos, truhanes, mozas del partido, lazarillos con ciego, peregrinos desviados…y ¡un caballero andante! Sí, como recién salido de esas novelas que, ya en el seminario, y a escondidas, llenaban mis escasas horas de ocio. Armadura, lanza, algo metálico en la cabeza, un rocín y un labriego como criado…o escudero. Éste repite lo que las mujeres comentan, comiéndose a la novia con los ojos. Corales, terciopelo, lienzo blanco, sortijas de azabache, anillos de oro, perlas, cabellos rubios, dijes, pendientes, el brío, el talle… Chapada, chapadísima, como para desposar con un banquero flamenco…pero con la cara descolorida, como de no haber dormido. Lo natural en una doncella…

Oímos grandes voces, aparece un apresurado personaje, pide que lo esperemos. ¡Es Basilio! ¡El viejo amor de Quiteria! Viene con un sayo negro y carmesí, va coronado con una corona de ciprés y porta un bastón acerado. Todos estamos suspensos y temerosos, esperando en qué va a parar todo esto. Hinca el bastón en el suelo, mira a Quiteria y le expone sus razones con voz temblorosa y ronca.

(Continuará, que los curas vamos despacito)


Un abrazo

viernes, 23 de octubre de 2009

Febo enjuga líquidas perlas,el buen patrono se estira y el proletario Sancho ronca tranquilo.



Una ilustración del Quijote de la "Biblioteca didáctica Anaya" "La acequia" al fondo.

Comentario al capítulo XX, de la segunda parte del Quijote : "Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre".Publicado en "La acequia"

Divido el capítulo en estas dos partes:"Febo enjuga líquidas perlas,el buen patrono se estira y el proletario Sancho ronca tranquilo"."Habla el cocinero que espumó tres gallinas y dos gansos de una vez".

Febo enjuga líquidas perlas, el buen patrono se estira y el proletario Sancho ronca tranquilo.

Amanece mitológicamente. Contemplamos a la blanca aurora y al luciente Febo licuando las perlas de sus áureos cabellos. Pero el rubicundo Apolo no va a perseguir inocentes ninfas, de esas que luego se convierten en laurel, sino que va a extender sus rayos. ¿Qué vamos a ver los mortales? Don Quijote se estira, un brazo por aquí, otro brazo por allá. ..Al mismo tiempo oímos resoplar a Sancho. Y, tras el barroco contraste, escuchamos el exclamativo discurso de un seráfico caballero andante convertido en ejemplar patrono. ¡Qué bienaventurado es Sancho! ¡Qué suerte la suya! No le acosan los encantadores, los celos de su dama no le quitan el sueño…Hasta aquí, el mundo irreal del caballero andante.

Bajamos a tierra… ¡Qué feliz el escudero sin deudas que pagar! Sí…mejor no tener deudas ¡Y sin preocuparse de lo que ha de hacer para comer él y su “angustiada familia”! Alto ahí. Con todos los respetos, me parece que lo de llenar el estómago, el de su Teresa, el de su Sanchico, el de su Sanchica…eso no se le olvida. Se nota que, vuesa merced, no nació pobre, ni comió nunca con la salsa que mejor adereza las viandas: el hambre. Y eso de que no le inquieta la ambición…recuerde aquellos cien escudos de la maleta. ¡Menudo anzuelo! Y, ahora, sueña con ser gobernador de una ínsula, algo que ni siquiera sabe lo que es. Sus deseos no son tan simples; van más allá de pensar a su rucio mientras vuesa merced piensa. ¿O piensa que Sancho no piensa?

La naturaleza puso sobre los hombros de los señores una pesada carga. La naturaleza o la costumbre les libraron de otras muchas gabelas. Han de sustentar a sus criados, mejorar su vida y obsequiarles. Mientras los servidores duermen, velan sus patronos…Y miran acongojados al cielo que no derrama el “conveniente rocío”. ¡Qué vida tan dura la suya! Subrayo las palabras que deberían grabar en oro los “señores”, en tiempos de crisis: “ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y abundancia”.

Sancho sigue durmiendo y no se entera del angelical discurso de su angelical patrono. Al fin, despierta soñoliento. ¿De dónde viene ese olorcillo? Vaya, vaya…no huele a tomillo, por aquí sale un olor de torreznos asados, tan rico. Buena boda la que huele así. ¿Basilio o Camacho? Camacho, por supuesto. El pobre “debe contentarse con lo que hallare” Y Basilio es pobre. “Bien boba fuera Quiteria” si eligiera mal. ¿Galas y joyas? ¿O buen tiro de barra y gentil treta de espada? ¿No eras tú el que decías que “el amor mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas”? Unos buenos torreznos hacen milagros…
Don Quijote ya se cansa del parlanchín escudero, y le pide que deje la “arenga”. Sancho se saca de la manga un capítulo en el cual, su amo, manifestó que le dejaría hablar, con la condición de no atacar al prójimo ni menoscabar su autoridad de señor.

El de la Triste Figura responde que no se acuerda del tal capítulo; pero que le permita oír los instrumentos musicales que, ahora, vuelven a alegrar los valles. Camacho y Quiteria se casarán con el fresquito matinal. Montados en sus jumentos, entran por la olorosa enramada.
(Continúa)


Un abrazo

viernes, 16 de octubre de 2009

Soy el bachiller Corchuelo y un licenciado me contó a estocadas todos los botones de mi media sotanilla. Aunque soy más fuerte....


Esta espada por el módico precio de setenta euros.

Comentario al capítulo XIX,de la segunda parte del Quijote.Publicado en "La acequia", de Pedro Ojeda Escudero.
La parte del comentario que se sale del texto cervantino , fruto de mi imaginación, lo señalo con letra cursiva.

Alguien, con un libro en la mano, más un extraño y luminoso artefacto, se ha interesado por mí, sacándome del limbo en que habitamos los personajes secundarios del Quijote. Soy el bachiller Corchuelo y aparezco, con voz propia, en el capítulo XIX, en la segunda parte de la citada obra. No me quejo… Existe otro limbo, más silencioso, para personajes sin voz, con la sin par Dulcinea, al frente. O Aldonza Corchuelo, que tanto monta. La familia de mi padre procedía del Toboso y tal vez algún lejano parentesco…
Aparezco coincidiendo en el camino con Don Quijote y Sancho. Soy estudiante y mi compañero también, aunque nuestras sotanillas puedan relacionarnos con la clerecía. Nuestro equipaje de lo más ligero: un simple lienzo de bocací enrollado me sirve de portamanteo, por el que asoma mi única camisa blanca, además de mis recosidas medias de lana; mi compañero sólo porta sus espadas con zapatillas.

Vamos acompañados circunstancialmente por dos labradores, cargados con las provisiones adquiridas en la villa. Los cuatro venimos sobre pollinas, los cuatro estamos en ascuas por saber quién es el extraño caballero, tan “fuera del uso de los otros hombres”. Su caballo va lento, nuestras borricas son Pegasos, con alas en los pies…el caballero nos pide que detengamos el paso. Nos ofrece su compañía y se presenta como “don Quijote de la Mancha”, caballero andante en busca de aventuras. Los labradores no entienden; pero nosotros, ávidos lectores de novelas de caballerías, no podemos dejar de admirar a este singular loco.

Algunos meses han pasado desde que me gradué como bachiller, mientras mi compañero finalizaba sus estudios como licenciado, en la misma “Alma mater”. Y, durante ese tiempo, no hemos encontrado el camino que conduce a nuestra aldea manchega, donde nos esperan nuestros padres, labradores medianamente ricos. Bueno, los de mi amigo lo son un poco más.

Para poder sobrevivir, vendimos libros, ropa…A mí me queda la pollina, la ropa que me cubre, el bocací, una camisa y dos pares de medias. Al licenciado, lo puesto, dos espadas con sus zapatillas. ..y la pollina. La mejor salsa es el hambre y, aderezados con esa salsa, hemos comido tagarninas, piruétanos y cabrahígos. Alguna gallina despistada, algún palomino caído del palomar…Mas demos gracias a Dios, que nuestra aldea está cerca de aquí y, en casa de nuestros padres, nos espera el ternero bien cebado del hijo pródigo…

En un cruce de caminos, encontramos a un viejo criado de mi casa que, además de asegurarme que mi padre me recibiría con los brazos abiertos, nos contó que Camacho, el más rico de nuestro lugar, iba a casarse con la bella Quiteria
. La noticia nos causó asombro, puesto que todos sabíamos que Basilio “se enamoró de Quiteria desde sus tiernos y primeros años”. Pero el padre de la bella muchacha” ordenó de casar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza”.

En la venta, nos cuentan que van a ser las bodas más ricas que se han visto en mucho tiempo. Un prado totalmente enramado para que no entre el sol, danzas con espadas, con cascabeles. Y Basilio, desesperado, no come, no duerme, no vive; el sí de la novia ha de ser su sentencia de muerte. El licenciado y yo decidimos saciar nuestra curiosidad…y nuestra hambre.

Volvamos al momento en que el gran don Quijote de la Mancha se une a nuestro grupo viajero y pollinesco. Contemplamos divertidos al loco y, con la mirada, mi amigo licenciado me anima a tirarle de la lengua. Nada mejor que entrar en su terreno y dirigirnos a él como a un caballero andante, recién salido de nuestras novelas favoritas: “Vuestra merced, señor caballero, no lleva camino determinado, como no lo suelen llevar los que buscan las aventuras…” Y, de paso, le invitamos a acompañarnos a la boda de Camacho y Quiteria. Demuestra curiosidad y le cuento la historia del triángulo Quiteria-Basilio- Camacho. Sus razonamientos nos dejan con la boca abierta y rectifico, que es de sabios. En su cerebro, no hay flaqueza alguna ¿o sí?

Le habíamos dado detalles de la boda: la riqueza y liberalidad del novio Camacho, las edades adecuadas, la belleza de la novia y su linaje más limpio, su vecindad desde niña con Basilio, pared con pared como una nueva Tisbe, la decisión interesada del padre…Más las habilidades del rival en diferentes ejercicios, menudo atleta…y lo que más valoró nuestro loco cuerdo: su destreza con la espada.

Don Quijote nos dio un juicioso discurso acerca del derecho de los padres a elegir pareja para sus hijos, sobre todo para sus hijas. Si se casasen todos los que bien se quieren, desaparecería esa “juridición” paterna. Las mujeres, ya se sabe su debilidad, suelen elegir lo que menos les conviene. Se enamoran del primer guapo, o simpático, que se pone delante de sus ojos. El matrimonio es un viaje largo y para toda la vida; hay que elegir una buena compañía…sólo la guadaña de la muerte corta el nudo. Lo de siempre…lo que dice mi padre y ya decía mi abuelo. A mí tan tontas no me parecen…no las veo yo así. No son gallinas que se vayan picar mierda, teniendo trigo al alcance.

Estamos hablando de la sentencia de muerte que caerá sobre Basilio, con el sí de Quiteria; entonces interviene su criado, el tal Sancho, que habla…cómo habla. Crece nuestro asombro, al escucharle su defensa de la libertad para los enamorados. ¿Quién sabe lo que nos depara la “rodaja “de la Fortuna ? Basilio y Quiteria vivirán felices, ya que el amor “mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza, riqueza, y a las lagañas, perlas.”¿Quién ha puesto palabras tan bellas en un rústico?

A don Quijote le irritan las palabras de su criado, qué sabrá él; pero Sancho sabe que sus palabras no son tan desacertadas. Su señor siempre es “friscal” de sus dichos y sus hechos. Y le amonesta por decir friscal en vez de fiscal y le llama prevaricador del lenguaje. Y el rústico se defiende, qué buen razonamiento el suyo; que él ni es cortesano ni ha estudiado en Salamanca. Mi compañero, el licenciado, que hasta ahora no había abierto la boca, completa el razonamiento de Sancho cuando éste alega que no puede hablar el sayagués como el toledano y, aún así, no todos los toledanos hablan bien.

¡Cuánto le gusta presumir de estudioso y bien hablado a mi amigo! Oídle: “Yo, señores, por mis pecados, he estudiado cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de decir mi razón con palabras claras, llanas y significantes “. ¡A mí me va a venir con su superioridad académica! Creo que es el momento de hacerle bajar un escalón. Y le lanzo, cógela amigo, que hubiera sido el primero de su promoción, y no el último, si no presumiera de manejar mejor las espadas que la lengua. Me contesta, cómo no, recalcando mi condición de simple bachiller y respondiéndome que ando errado en mi opinión acerca de la ciencia de la espada.

Le replico que no es opinión sino verdad y que se lo demostraré con mis pulsos y fuerzas, sin círculos, ángulos ni zarandajas de ésas. Yo le haré ver estrellas a mediodía y él me hará poner pie en mi sepultura. Nos dedicamos lindezas de este estilo y terminamos batiéndonos, a ver quién puede más si mi fuerza o su destreza estudiada.

Don Quijote quiere ser el juez y, asiendo de su lanza, se pone en la mitad del camino, cuando ya el licenciado va contra mí. Tiro “cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles sin número”. Me siento como un fiero león pero, de nada me sirve. Me sale al encuentro un tapaboca de la zapatilla del licenciado, la cual beso como a una reliquia, pero sin devoción.

Finalmente, me cuenta a estocadas todos los botones de mi sotanilla, convierte mis faldamentos en colas de pulpo y derriba mi sombrero. Estoy tan agotado que arrojé la espada casi tres cuartos de legua, de lo cual dio fe uno de los labradores viajeros, el cual era escribano. Lo reconozco: la fuerza es vencida por el arte. El buen Sancho me aconseja que no desafíe a nadie a esgrimir, que me dedique a otros ejercicios en los que vale la fuerza.

Estoy contento, a pesar de todo, por haberme “caído de mi burra”. Abrazo al licenciado y ahora somos más amigos que antes. Seguimos nuestro viaje y no esperamos al que ha ido a buscar la espada, que tardará en volver, buen lanzamiento el mío.

En lo que quedaba de camino hasta nuestra aldea, la de Quiteria, mi amigo el licenciado nos da una lección con razones demostrativas, figuras y demostraciones matemáticas. Todos convencidos y yo reducido.

Llegamos de noche, resplandecen las estrellas, suenan las flautas, los tamborinos, las sonajas…Los árboles lucen luminarias, el viento es tan manso que no las apaga, los músicos cantan o bailan en cuadrillas, en el prado corre la alegría y salta el contento. Va a haber representaciones y danzas para solenizar las bodas de Camacho y las exequias de Basilio.

Don Quijote se niega a entrar en la población porque un caballero andante ha de dormir en campos y florestas. Las costillas de Sancho añoran las comodidades de la casa de don Diego.


Un abrazo.


Pedro Ojeda dice en este blog:

¡Cómo me gusta esta mirada tuya a los personajes secundarios del Quijote! En efecto, detrás de todos ellos hay una historia: y tú les das voz de forma bien oportuna. Mil gracias.

Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

Abejita nos muestra a Cervantes en otoño, con el susto que nos da la reforma urbanística proyectada en ese lugar. Luego da voz, como suele hacer con tanto tino, a un nuevo personaje secundario del Quijote: en este caso, el bachiller Corchuelo, que nos hace su propio resumen del capítulo. Después publica nueva carta del Sanchico, un tanto picado por la aparición de tanto secundario, no le vayan a robar el protagonismo: el pobre echa de menos a su padre, claro. Lo sabemos gracias a Ele Bergón.

Mil gracias a ti, Pedro. Confiemos en que la reforma de la Isla sea acertada.Que me perdone Cervantes por inventarme la vida de Corchuelo, tras haber aprendido gramática parda en Salamanca. Que Sanchico no se enfade, que él es el primero. Y para Ele, un abrazo muy, muy especial, ella sabe...

Besos