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jueves, 18 de abril de 2013

"Para Chamorro el deber, incluido el más fastidioso, no tenía nada de opcional"



 
 
Se presenta la sargento Virginia Chamorro, de la Guardia Civil.

Como usted dice, le miro como si quisiera fulminarlo. Y le espeto: "Tú te estás guardando algo". Porque mi sexto sentido femenino no me falla y le conozco como si lo hubiera parido. Son quince años juntos. Me salto la benemérita jerarquía: "No te lo consiento". Él había comenzado por hacerse el idiota, ahora se planta ante mí y me sostiene la mirada. Me explica:

"No tengo por qué contártelo...si no es imprescindible...No lo sé y, mientras no lo sepa, mi deber es guardar discreción"

Estoy enfadada, no merezco esa desconfianza. Me da la razón, no la merezco, me promete que no dejaré de saberlo si llega a hacer falta que lo sepa. Dejo caer, agriamente, que no espere una medalla. Me voy hacia el coche y lo dejo en sus cavilaciones;  sabe que esperaré el tiempo que haga falta, el deber fastidioso no es opcional.


Espero a Ruben y al joven guardia Arnau, al volante, con el ceño fruncido. Bevilacqua es un viejo zorro que sabe esperar a que desaparezcan los nubarrones. Ahora atraviesa una etapa de resignación, ha caído en la cuenta de que, en un país en crisis, la "pobreza moderada" del funcionario no deja de ser un privilegio costeado con los impuestos. Ha andado preocupado por los estudios del chico  y le hizo mucho daño lo de aquel criminal que el juez echó a la calle, con lo que le costó atraparlo. Fisuras del sistema, escasos recursos, negligencia y errores de sus señorías...con esos toros lidiamos. Vila estuvo tentado de pedir la baja en el Cuerpo...
  
Ya no van en bici...
 

 Habían matado a uno de los nuestros, a un subteniente en la reserva, en Logroño. No, parecía tener nada que ver con "los cuatro gatos" que seguían en la lucha armada... El brigada Vila lo conocía, había trabajado y aprendido  con él, era Robles, yo también lo conocí...mucho menos.
 
El coronel Pereira le mostró la foto del cadáver, atroz. Colgado en un puente, tras torturarlo y matarlo. No era un amigo íntimo, hacía mucho tiempo que Bevilacqua no hablaba con él; pero eran muchas las horas y leguas de camino compartidas. Y mi brigada siente agradecimiento por los que le enseñaron el oficio, siempre lo manifiesta así. La vida les condujo por caminos diferentes. Robles se pasó al lado oscuro, traspasó el meridiano...
 
 

 
El coronel duda de la frialdad de Vila, tan sentimental, ante la muerte de un amigo, pero no tiene a otro mejor´; así que adelante. Nuestro jefe inmediato, el comandante Rebollo, solo puede decidir los medios que pone a nuestra disposición; qué poca gracia le hace que se metan en su parcela para organizársela, pero son órdenes del gran jefe. "Dios ha hablado y los fieles obedecemos".
 
El brigada pide el equipo habitual: servidora y Arnau. La cabo Salgado se le queja: "nunca me llevas". Es una cuarentona que conserva el cetro de "tía más maciza de la unidad" y lo cultiva con entusiasmo; a pesar de los suplicios a los que se somete. Porque la talla 36 a los cuarenta es muy costosa. Vila prefiere reservarla para la retaguardia, opta por mi experiencia...supongo. ¿O hay algo más?
 
 
Así que, a levantar el culo, a la carretera los tres. En el maletero, los tres macutos de emergencia. Ya voy siendo un poco mayor para tantas jornadas imprevistas e interminables lejos de casa. La treintena se me acaba, tal vez una oficina, una familia...No, y es porque yo lo quiero, aunque alguno de la unidad lo dude. No tengo vocación de casada ni de arrejuntada, perdón por la palabra.
 
Soy como la Marcela del Quijote, sí, aunque estudié Matemáticas, me gusta la Literatura, leí el Quijote y subrayé aquello de "Yo nací libre". En lugar de hijos propios, cuido a una "especie de niño malcriado con galones de brigada". Y tengo que aguantar que algún deslenguado grosero cambie Chamorro por Machorra.
 
Marcela quijotesca
 
Tenemos muchas horas de camino hasta la Rioja y hablamos del pobre Robles,  jefe de Bevilacqua durante tres años, en Barcelona:
 
 "Sesenta y dos años, subteniente del cuerpo en la reserva. Hoja de servicios brillante, dos cruces...diez años en el norte...policia judicial en Cataluña"
 
 
No es muy ortodoxo que mi brigada lleve este caso, habiendo trabajado con el subteniente asesinado; pero si Pereira ha dado la bendición...Le pregunto si tiene alguna teoría acerca del crimen. Vila opina:
 
"...Robles, después de cuarenta años de benemérito y de haber llevado ante los jueces a decenas de malos, podía tener una legión de gente que lo quisiera bastante mal, como para desear hacerle daño. Pero como la tengo yo, o la tienes tú...estaba jubilado...alguien que hubiera rumiado durante años la venganza...los desquites...se dan mucho más en caliente"
 
¿Sólo eso? Le busco los ojos en el retrovisor, no esquivo su mirada. Recalco: "era tu amigo". Le manifiesto que si Arnau y yo estamos en la cacería tenemos derecho a saber si le mueve "algún afán particular".
 
Al cabo de los años, el brigada y yo sabemos leernos más allá de las palabras. Seguro que, en su interior,  reconoce nuestro derecho y  le inquieta. Nos dice que no tiene sospecha ni afán particular, más allá de su gratitud con el que fue su maestro. Y añade:
 
"Creo que hay cierta justicia poética en que el saber que él me transmitió sirva para que ahora los suyos tengan consuelo y para que quien le hizo esa canallada acabe en el agujero que merece"
 
 
Arnau se siente incómodo entre los dos. No puede más y manifiesta, conciliador,  que por su parte ya le basta.
 
Le castigo con el silencio. Hay que repostar, necesito un café, que soy yo la conductora.
 
Tomo el desvío de la gasolinera. Seguiremos hablando. Un saludo de:
 
Virginia Chamorro, sargento de la Guardia Civil.
 
Un abrazo de
 
María Ángeles Merino
 
Las palabras en naranja están copiadas directamente de: "La marca del meridiano", Lorenzo Silva, editorial Planeta, primera edición.

lunes, 26 de marzo de 2012

"Paréceme, señor Vivaldo , que habemos de dar por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro..."

Un entierro mucho más antiguo que el de Grisóstomo.

Comentario a mi lectura del capítulo 13,1 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al día 7 de agosto de 2008, titulada "Hacia el entierro de Grisóstomo".

Ya sabéis que me faltan algunos capítulos del Quijote, unos pocos, por comentar. Quiero poder decir: comenté todo el Quijote. Bueno, me voy al capítulo:


Es de noche. Sentada en la cama, releo el capítulo 13,1 del Quijote. A mi lado, una ventana orientada al norte. Fuera, tiritan los tilos bajo la luz amarilla de las farolas. Pero el hada mágica del sueño hace de las suyas y mi ventana desaparece porque:

Ventana, que no balcón, y da al norte.

 Me asomo a “los balcones de Oriente”. Comienza “a descubrirse el día”, contemplo un tópico amanecer de novela caballeresca.  No es el sol con sus rayos sino el “rubicundo Apolo” tendiendo “las doradas hebras de sus hermosos cabellos”.

William Blake

Veo encinas, muchas encinas, un rebaño de cabras con sus cabreros.

De aquí.

¡Los conozco de los dos capítulos anteriores!  No son pastorcillos de égloga, son aquellos que mascaban  tasajo y bellotas. ¿Recordáis como escuchaban el quijotesco discurso de la Edad de Oro?



Despiertan a su huésped. Le dicen si está todavía con el propósito de asistir “al famoso entierro de Grisóstomo”. Nuestro caballero no desea otra cosa, se levanta y manda a Sancho que ensille y albarde. Se ponen diligentemente en camino y yo les acompaño. Aquel cabrero ya nos lo contó, ahora quiero vivirlo en directo.



Y ni un cuarto de legua llevamos andado cuando vemos venir hacia nosotros seis pastores con pellicos negros. Sus coronas de ciprés y adelfa, señales de luto y muerte por desamor, me dicen que  son pastores señoritos, de los que conocen el amor cortés. Vienen con dos de a caballo y tres de a pie.

El Quijote entre hojas de ciprés.
Se juntan las dos comitivas. Como  todos van al entierro, caminan juntos.

Uno de los de a caballo habla con su compañero, al que se dirige respetuosamente como “señor Vivaldo”. Acabo de leer en CVC que “Se ha visto en este nombre un homenaje a Adán de Vivaldo, banquero genovés, vecino de Sevilla y amigo del autor”.

-Para servir a vuestra merced.


-¿Eh? ¿Quién me habla?

-El señor Vivaldo, señora mía, como voacé dice. Banquero, genovés, amigo del autor...puede ser. Ni afirmo ni niego. Yo sólo puedo decir aquí lo que don Miguel dejó en la estampa.

¡Cielo santo! Esta vez no es mi ordenador. Vivo dentro del capítulo 13,1. No sé cómo, pero me he convertido en personaje secundario. ¡Yo también! Debo ser la única mujer de la comitiva.


Camino con el grupo que se dirige al entierro de Grisóstomo. A mi lado va Vivaldo, ya se ha presentado y saludado; ahora me cuenta su reciente conversación con don Quijote. Y su punto de vista:

Como le digo a mi compañero, doy por bien empleada la tardanza que hiciere "en ver este famoso entierro". Un día o cuatro, nadie me espera en casa y mis rentas están a salvo. Este cuento de la bella y desdeñosa. Marcela bien lo merece.

"aquella endiablada moza de Macela"

Mi interés se acrecenta al ver a ese don Quijote, armado como un caballero andante de esas novelas que tan gratamente llenan  mis horas de ocio. Le pregunto qué le mueve a andar así y proclama su profesión caballeresca , a la cual está tan obligado. Todos mis compañeros le dan por loco y yo, por averiguar más, le torno a preguntar qué quiere decir "caballeros andantes".


¡Todos mis héroes desfilan por su boca! El rey Arturo, Lanzarote, la reina Ginebra con la dueña Quintañona, Amadís de Gaula, Felixmarte, Tirante, Belianís...No deja ni uno. Se los ha leído todos. Más que yo. Y dice que así se va por " estas soledades y despoblados buscando las aventuras". Y ofrecerá su brazo "en ayuda de los flacos y menesterosos".

De aquí.
Yo, por "pasar sin pesadumbre" el camino, quiero darle ocasión a que pase "más adelante con sus disparates". Le tiro de la lengua asegurando que la suya es "una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra". Tiro un poco más y afirmo que "aun la de los frailes cartujos no es tan estrecha".

De aquí.

No esperaba esto. Sus razonamientos son propios de  hombre cuerdo y de claro entendimiento. Concluye que ni se le pasa por pensamiento que sea "tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado religioso". Sólo opina que "es más trabajoso y más aporreado, y más hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso". Don Quijote sabe que hay que ser prudente cuando se toca a la clerecía. Buenas pulgas se gasta el Santo Oficio.

Después le planteo un comportamiento poco cristiano  de los novelescos caballeros. Y es que , ante los peligros, se encomienden a su dama en lugar de encomendarse a Dios. Me responde que es uso y costumbre andantesca volver "blanda y amorosamente" los ojos hacia su señora; pero que no por eso dejan  de encomendarse a Dios, que tiempo y lugar les queda.

De aquí.

Y yo, deseando pillarle en falta, le expongo otro escrúpulo: si se les enciende la cólera y han de enfrentarse y uno cae muerto...¿cuándo se  encomienda a Dios el caído? A esto no me da respuesta alguna. Pero cuando añado que no todos los caballeros son enamorados, me contesta contundentemente "que eso no puede ser", no sería caballero legítimo.

Me viene a la memoria el caso de Galaor, caballero sin dama señalada. Se lo planteo y me sale al quite con eso de
"una golondrina sola no hace verano" .  Y que él lo sabe bien, estaba secretamente enamorado.

Una golondrina no hace verano, ¿dos?
¿Y la dama de don Quijote? Le suplico que "nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama". Aquí da un gran suspiro y me la presenta así: "su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y señora mía; su hermosura, sobrehumana..." ¿Princesa? ¿Reina? Aquí desvaría.
"Los cuentos de la abuela" (Kety Morales)

Muchas horas de lectura tiene este loco. Demuestra ser buen conocedor de  los "quiméricos" tópicos con que los poetas adulan a las damas. Y  todos adornan a la suya: "sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve..."



Sigo con mi examen y le pregunto por "el linaje, prosapia y alcurnia" de la tobosina. Me responde con una relación de antiguos linajes, comenzando por los romanos "Curcios, Gayos y Cipiones". Dulcinea no desciende de ninguno de ellos sino que "es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos". No pongo objeciones, me limito a reconocer que "semejante apellido no ha llegado a mis oídos".

Dulcinea del Toboso

El señor Vivaldo calla. Por la quiebra baja la comitiva fúnebre que buscamos. Cuatro pastores llevan a Grisóstomo en unas andas cubiertas de flores. Estamos "donde él mandó que le enterrasen". Al pie de una "dura peña", comienzan a cavar la sepultura.

Todos los allí presentes contemplamos al difunto Grisóstomo: "cubierto de flores... vestido como pastor, de edad, al parecer, de treinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición gallarda".

"Entierro de Grisóstomo", Doré.
Libros y papeles rodean su cuerpo. Uno de las andas, su amigo Ambrosio, ha de cumplir lo dispuesto en el testamento. Al pie de esta peña vio por primera vez a Marcela, a la que llama "aquella enemiga mortal del linaje humano". Aquí"le acabó de desengañar y desdeñar". Aquí quiso que le sepultaran, "en las entrañas del eterno olvido".  
Ambrosio pronuncia un discurso, todo son alabanzas para Grisóstomo y reproches para Marcela:

"Único en el ingenio, solo en la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol..."

¿Fiera? ¿Mármol?  Me muerdo la lengua para no soltar yo otro discurso paralelo, en defensa de la libertad de Marcela. No puede ser,  yo no soy personaje del Quijote, sólo lectora y comentarista entusiasta.

De aquí.
Todos miramos los papeles. Ambrosio nos dice que bien pudiera mostrárnoslos pero no puede. La orden del difunto fue "que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra".
El señor Vivaldo interviene y manifiesta que "no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso". Emplea buenos argumentos. Le pone el ejemplo de Augusto que desobedeció la orden de quemar la Eneida. Y expone que , dando vida a estos papeles, servirá de ejemplo "a los vivientes para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos". Y ruega al "discreto Ambrosio" "que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos".

De aquí.
Vivaldo está acostumbrado a hacer su voluntad sin que se lo impidan. Sin aguardar la respuesta, alarga la mano y toma algunos de los papeles más cercanos. Abre uno de ellos y ve que se titula "Canción desesperada".

Ambrosio no se ha  atrevido a quitárselo. Resignado, le pide que lo lea en voz alta, por ser "el último papel que escribió el desdichado". Vivaldo lo hará de buena gana. Todos los "circunstantes" nos ponemos  a la redonda. Yo también estoy deseando oírle, pero...



Me despierto, la ventana es ventana y el Quijote sigue ahí. Es de día. ¿Cómo pude entrar ahí dentro?


Un abrazo para todos los que me seguís de:


María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino sigue haciéndonos el regalo frecuente de volver al Quijote para completar el comentario de aquellas entradas que tenía pendientes. En este caso, toca el capítulo 13 de la Primera parte. Tiene un giro sorprendente: ahora su ordenador no será poseído por un secundario, sino que..."

domingo, 11 de diciembre de 2011

"...aquella endiablada moza de Marcela..."

Las cabras sin los cabreros.

Comienzo a leer el capítulo 1.12. En el anterior, tuvimos por aquí los cabreros y don Quijote nos obsequió con un áureo discurso. Es que nuestro hidalgo  se embala cuando tiene el estómago lleno. ¿Os acordáis del tasajo y las bellotas? ¿Y de la música de rabel y de la ingrata Olalla? Ya, ya sé que estamos en el duodécimo.

"Estando en esto...". En esto estoy  cuando aparece en mi pantalla, tan acostumbrada a visitas quijotescas, un mozo de aspecto rústico. Tiene que ser Pedro, el del "bastimento", a juzgar por la cesta que trae al brazo.

Bastimento

Así es, señora mía. Pedro, cabrero y abastecedor de cabreros, para servirle. Saludo a voacé. Me envían los compañeros. Ellos me dicen que ya pasaron por aquí.


Pedro, el del bastimento.

Le cuento:

Aquel día, ese que cuenta el famoso libro, subo desde el aldea a la majada. Llevoles provisión de pan y noticias frescas. He de contarles lo de la muerte del pastor estudiante Grisóstomo, "muerto de amores, de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico". Sabe voacé, la que va en hábito de pastora por esos andurriales.

"Esa endiablada moza de Marcela"

El desdichado de Grisóstomo muerto está. Y manda en su testamento que le entierren a lo moro, en el campo, al pie de la peña, la de la fuente del alcornoque; donde vio por vez primera a esa ingrata moza de Marcela. No, una moza de Marcela no; Marcela mesma.

Fuente de la peña.

Y manda otras cosas que los abades no han de cumplir, cosas de gentiles, sabe vuesa merced. Pero su amigo Ambrosio, pastor estudiante como el difunto, está dispuesto a cumplirlas. Sobre esto anda el pueblo alborotado:

-
Mira, ahí va Ambrosio. ¡Cómo moro quiere enterrarlo!

-¿Sabéis dónde piensan enterrar al difunto Grisóstomo?

-¡Cuándo se entere el abade!

-Me cuentan que al pastor estudiante lo ponen a escurrir...

Mira, ahí va Ambrosio. ¡Como moro quiere enterrarlo!
¿Sabéis dónde piensan enterrar al difunto Grisóstomo?
¡Cuándo se entere el abade!
Me cuentan que  al pastor estudiante lo ponen a escurrir.

Les digo que será cosa "muy de ver" y  "yo no dejaré de ir a verla". Ellos tampoco se quieren perder el entierro, junto al alcornoque. Echarán a suertes quién se queda junto a las cabras. No, no es preciso tal sorteo, hay un cabrero con el pie malo, él lo hará por todos.

Un extraño caballero, al que llaman don Quijote, pregunta por el muerto y la pastora. Ahora que vivo en el limbo de los personajes secundarios del famoso libro, sé  bien  quién es el "ingenioso hidalgo". Pero, en aquella ocasión, me hacía de cruces escuchando su discurso.


Le cuento lo que sé. El muerto es un hijodalgo rico que fue estudiante en Salamanca. Mu sabio, mu leído era el mochacho.  Anunciaba cuándo iba  a ser el "cris" del sol y la luna , si el año iba a ser abundante o "estil", lo que convenía sembrar...de to.


El señor don Quijote me corrige: que si eclipse, que si estéril, que si astrología es esa ciencia.

Y un día Ambrosio “remaneció vestido de pastor", despojándose de los hábitos  largos de escolar. Lo mismo hizo Grisóstomo, su compañero de estudios.

¡Ah! Se me olvidaba . El difunto era de  componer coplas, villancicos y autos que era un primor.



Cuando los del lugar vieron de pastores a los dos escolares no podían adivinar qué les había movido a tamaña bobería. Ya en este tiempo había muerto el padre de Grisóstomo y heredado su hijo muchos ganaos y tierras. Dueño soluto de to y  buena presona, pa mí que le aburría ocuparse de su hacienda y se puso a jugar a ser pastor como los de sus libros. Ya sabe: prados amenos, aguas como el cristal y to el día de palique con guapas pastorcicas.




Después se vino a entender que era para ir por esos despoblados en pos de esa Marcela, de la cual andaba enamorado. Don Quijote no me ha preguntado entodavía por la rapaza, pero yo le adelanto que no habrá oído nunca algo así, “aunque viva más años que sarna”. Y el viejo me replica, que diga "Sarra" y no sarna. Si sabré yo lo que dura la sarna. Un poco inritado, le cuento ahora quién es Marcela. A la manera de los cuentos, le digo que en nuestra aldea hubo un labrador más rico entodavía quel de Grisóstomo, al cual dio Dios una hija de cuyo parto murió su madre, la más honrada y bella mujer. De pesar muere el padre poco después y queda Marcela, huérfana y sola, en poder de un tío suyo sacerdote.

Sigo con que la niña creció tan bella, tan bella que enamoraba a los más , aunque su tío la guardaba con "mucho encerramiento". Y su fama se extendió muchas leguas a la redonda. Y rechazaba a todos los que su tío le proponía, que todavía no se sentía hábil para la carga matrimonial.


Pero hete aquí que la niña Marcela se viste un día de pastora  y se va con las zagalejas a cuidar su ganao. Y tos detrás, "ricos mancebos, hidalgos y labradores", tos de pastores, requebrándola por esos campos. Uno de ellos, nuestro difunto.
 
Y no se piense nadie que haya dado indicio de faltar a "su honestidad y recato", aunque viva sin recogimiento. Mira tanto por su honra que ninguno se puede alabar de "que le haya dado alguna esperanza de alcanzar su deseo". A todos trata "cortés y amigablemente", pero si les ve alguna intención, "los arroja de sí como con un trabuco".


Y con esto hace Marcela más daño que la peste porque atrae a los corazones y luego los hace desesperar. Por sierras y valles suenan los lamentos, por aquí cerca hay dos docenas de altas hayas, todas con su nombre grabado. Suspiran, quejan, cantan endechas, se quejan "al piadoso cielo".


Triunfa la hermosa y todos esperamos en qué ha de parar "su altivez". Quién ha de ser el que domeñe su terrible condición y goce de tantísima hermosura.

Todo lo que conté a don Quijote es verdad y creo que también lo de la causa de la  muerte de Grisóstomo. Aconsejo al viejo hidalgo que no falte al entierro, que no es más de media legua. Me contesta que en cuidado me lo tiene y que me agradece el gusto que le he dado "con la narración de tan sabroso cuento". 


No me gusta que se lo tome como un cuento y le replico. Mañana, en el camino, podremos encontrar quien nos cuente más "casos sucedidos a los amantes de Marcela". Yo no sé ni la mitad.

Le aconsejo que se vaya a dormir bajo techo, que el sereno puede dañarle la herida de la oreja, Aunque el romero masticado con sal es buena medicina, pienso.

Antes de retirarme, señora mía, le digo que aquí nadie desea vivir su verdadera vida. Los señoritos quieren ser pastores y los honrados hidalgos van de caballeros andantes. Y a los pastores de verdad , como nosotros, ciertamente nos gustaría vivir como los hijos de los labradores ricos, aunque haya que ponerse en hábito de  pastor y recitar endechas.

Me retiro. Quede voacé con Dios.


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Sólo añadir que las imágenes de esta entrada pertenecen al Belén instalado en "Don Colchón", en la Avenida de la Paz, en Burgos. Y aprovecho para desearos Feliz Navidad con esta imagen del portal, del mencionado Belén.

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino llega al comentario del capítulo 12 de la Primera parte del Quijote. Ya sabéis que su empeño es comentar los capítulos que se le quedaron en el tintero en nuestra lectura de la obra. En este caso con un magnífico secundario: el pastor Pedro y su visión de la historia de Marcela. No os perdáis las oportunas ilustraciones, tan de la época."

sábado, 27 de noviembre de 2010

"Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos..."



"Historia del pastor Grisóstomo y la pastora Marcela" de Valero Iriarte.

En mi entrada anterior, a propósito del " Día Internacional contra la violencia machista" recordaba unas palabras del Quijote, las de la pastora Marcela, las mismas que recordó Soledad Puértolas, en su reciente discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua: "Yo nací libre...".



Pedro Ojeda nos decía,el 22 de noviembre de 2010, en una interesante entrada, de su blog "La acequia":
"Su discurso se tituló Aliados. Los personajes secundarios del Quijote. Parte de que el Quijote es una fuente inagotable para el aprendizaje de cualquier escritor porque Cervantes se atreve a todo, en especial a opinar sobre la misma obra al hilo de la trama...Afirma Puértolas que, entre los muchos temas del Quijote, eligió el de los secundarios por su predilección por este tipo de personajes tanto en la vida como en la literatura, tema que tanto hemos abordado en nuestra lectura."

Entre los personajes secundarios, la escritora se fija especialmente en los personajes femeninos y nos muestra a un don Quijote marcado por Dulcinea,su corazón le pertenece; pero " que no es ni mucho menos insensible
a los encantos femeninos"
Un don Quijote incapaz de negarles su ayuda. Un don Quijote al que le gusta "el juego del amor". Y Marcela irrumpe, dejando "una huella imborrable" en el "universo caballeresco de la primera parte", con su "firme declaración de libertad" y su fama de "cruel e ingrata".

A mí siempre me gustó mucho este personaje y su firme "Yo nací libre". Me gusta especialmente porque,como escribe Soledad Puértolas,"alcanza la plenitud a solas, no en función del otro", no "en función del amor". Aunque, no deje de percibir cierto tufillo tridentino, lo que señalaba Pedro Ojeda en "Una mujer que quiere ser libre a la que sólo hace caso un loco (Cap. 1.14)":

"en las expresiones que vierte, no deja de percibirse cierto contenido contrarreformista sobre la virginidad en la toma de esa decisión -podría ser tolerable la libertad de Marcela mientras no sea en lo sexual y su voluntad de no ceder a los deseos de su tutor le suponen apartese del mundo-."


Concilio de Trento o tridentino concilio contrarreformista.

Mi aventura quijotesca en "La acequia" comenzó con el capítulo 1,17 y no tuve oportunidad de hablar de la libérrima pastora. Don Quijote se muere y termina el secundario baile de personajes, las visitas de mi sufrido ordenador.

¿Qué pasa? Uy, que el baile sigue. Que no, que ya no comento capítulos...

Una bella mujer aparece en pantalla, va vestida de pastora, de pastora pastoril, vosotros me entendéis. Acaricia un corderito por si hay alguna duda de su bucólica condición. Hable, hable, señora Marcela.



Saludo a vuestra merced, mujer amanuense. Traigo muy buenas referencias de vuestra merced, me han dicho que tiene vuestra merced debilidad por los personajes secundarios del gran libro. También tengo noticias de los escritos y discursos de una señora principal llamada Soledad Puértolas, que nos denomina aliados a los humildes secundarios.

Aliada soy de don Quijote porque me brinda su incondicional servicio, mientras los pastores me comparan con el monstruoso basilisco de asesina mirada o con el cruel Nero de Tarpeya.


"¡oh fiero basilisco destas montañas!"


"¿O a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma ?

Ay, qué palabras las de Ambrosio...Rechacé a Grisóstomo, mas no soy su asesina y no vengo a regocijarme ante la vista de su cadáver. De pena murió el pastor o ...¿fueron sus propias manos las ejecutoras? ¡Condenación eterna! ¡Dios no lo quiera!

El cielo me hizo hermosa, tanto que mi hermosura mueve al amor. Mas yo no estoy obligada a amar a quien me ama, que el verdadero amor es voluntario. Amor forzoso no es amor.

¿Y si fuera fea? "¿Fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?"

Yo no escogí ser hermosa, no. Si"la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza"...tampoco yo he de ser reprehendida.



"la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza"

Honesta soy y , como tal, soy " fuego apartado o...espada aguda". No quemo ni corto a los que no se me acercan.



"Fuego soy apartado y espada puesta lejos"

He de vivir apartada,´con la única compañía de los árboles de estas montañas, mirándome en el espejo que me ofrecen las cristalinas aguas.



"Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos..."



"... las claras aguas destos arroyos, mis espejos..."

Me llaman, son mis compañeras : la hija del ventero, Maritornes, Dorotea...Ya voy, amigas. Quede con Dios vuestra merced.

Se va y me deja con ganas de preguntarle tantas cosas.

Un abrazo de María Ángeles Merino.


Ya, ya sé que don Quijote se murió...Es que ese capítulo no lo había comentado y Marcela es mucha Marcela.


¡Ah! Y lo publico en "La acequia", en la entrada correspondiente.

Pedro Ojeda dice en este blog:

"Marcela es una soberbia creación de Cervantes, inolvidable desde el punto de vista narrativo e ideológico.
Estamos todos atrapados por el libro."

Así es, Pedro.