Mostrando entradas con la etiqueta El hereje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El hereje. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de septiembre de 2013

"Hermano...decid Romana, solamente eso..."

 

 
Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:
 
Concluye definitivamente tu cautiverio, Cipriano, "en la madrugada del 21 de mayo de 1559, más o menos un año después de haber comenzado". Hoy pagarás en la hoguera tu "desviación religiosa". ¿Desviación? ¿Cómo pueden estar tan seguros, tus graves acusadores, de estar siguiendo el camino no desviado? ¡Qué peligrosos son los que dicen  poseer toda la verdad!
 
La procesión ha de partir una hora antes del alba. Los condenados, "aplastados por el rigor de la sentencia", aguardáis en los camastros. Dato, "el tontiloco ayudante de carcelero", es incapaz de reprimir su júbilo ante el festejo, no es el único. Agradecido a vuestros maravedíes, pasa con vos vuestros últimos minutos en prisión, os habla de los preliminares del auto como si fuerais un forastero visitante, en lugar de una pobre víctima a la que van a asar viva.
 
Pregoneros a caballo anunciando el auto, cuarenta días de indulgencia, prohibición de andar a caballo y portar armas, os cuenta. Y cuántos forasteros, "más de doscientas mil almas", muchos no han encontrado alojamiento y duermen al sereno. Y el Rey nuestro señor en persona, preside el acto, con los Príncipes y la Corte. "Y los azules ojos desvaídos de Dato rutilaban" al dar cuenta de todo eso.
 
 
"La Plaza Mayor ha sido transformada en un enorme circo de madera, con más de dos mil asientos en las gradas, cuyos precios oscilaban entre diez y veinte reales..." Un macabro circo. Dato se hace lenguas contándolo a voacé, cuidado que es tonto el albino del gorro rojo.
 
 
Como un cristiano ejemplar, lo sois, con los ojos cerrados, encomendáis vuestra alma  y pedís luz a Nuestro Señor para distinguir el error de la verdad. Apenas escucháis a Dato que sigue su monólogo: se anuncia un día sofocante, muchos vecinos se han instalado en los tejados, miles de personas esperan al Rey en la plaza con hachones...parece el Juicio Final. Y tiene razón el tontiloco, es un Valladolid fanatizado o aterrorizado, con tintes apocalípticos.
 
 
Empiezan a oírse carreras, golpes apremiantes en las puertas y voces que gritan: ¡a formar! Al liberaros de los grilletes, notáis las piernas sueltas pero sin fuerzas para sosteneros en pie.
 
En el zaguán, Dato os deja en manos de dos "familiares", junto a los demás condenados varones, con las miserias morales al aire."Aquella reunión ocasional era como  el envés de los conventículos, los mismos hombres pero  dominados por el recelo y la desconfianza, cuando no por la hostilidad o el odio". Carlos de Seso sin su "aticismo y nobleza". El bachiller Herrezuelo amordazado para que no blasfeme. El criado Juan Sánchez señala vuestro sambenito y el suyo, se ríe y subraya que habéis sido "facturados al mismo infierno".
 
 
Su risa aumenta la tensión porque buena parte de los allí reunidos se han delatado y rehuyen las miradas. Pedro Cazalla busca un oscuro rincón, huye de todos y especialmente de vos. El enloquecido Herrezuelo logra soltarse la mordaza, insulta a Cazalla y jura contra Dios y la Virgen hasta que logran acallarlo. Las cosas aparentan serenarse en la calle cuando se forma la lúgubre comitiva. Vamos contigo.
 
 
¡Cuánta grandeza! Estandartes, blasones, dominicos, enseña carmesí del Pontificado, reos con sambenitos de demonios y llamas, burlescos muñecos de los condenados en efigie, uno de ellos el de doña Leonor de Vivero, cuyo ataúd desenterrado llevan cuatro familiares...de la Inquisición. El resto: condenados a penas menores, comunidades religiosas y  cantores que entonan un "Vexilla regis" que suena como un"Dies irae".  Día de la ira, implacable incluso con un cadáver.
 
 
 Se va insinuando el día, te mueves casi a ciegas; solo si alzas la cabeza y tus pupilas enfocan el objetivo consigues ver algo.
 
 
Dos densas murallas humanas que os abren calle, "afligidas y silenciosas"; aunque no falten voces desagarradas que insultan, la masa es muy desvergonzada.
 
"Al abandonar la calle Orates, la procesión de los reos hubo de detenerse para ceder el paso al séquito real que subía por la Corredera"
 
 
Música de pífanos y tambores, cascos de caballos, muchos caballos, damas enlutadas, dignatarios, nobles, cortesanos, obispos y arzobispos. La espada desnuda del de Oropesa defiende y precede al Rey nuestro Señor. Ahí va, con sus diamantes y su grave porte bajo la capa. El pueblo sencillo aplaude el paso de los Príncipes. Bateria de ruidos y ambiente sofocante, no parece mayo.
 
Entráis en la plaza y la multitud, impaciente y apretujada, prorrumpe en voces y gritos destemplados. Los reos formáis "una comitiva lastimosa y estrafalaria, los sambenitos torcidos, las corozas ladeadas".
 
No exageraba Dato, se quedó corto. "La mitad de la plaza se había convertido en un enorme tablado, con graderías y palcos, recostado en el convento de San Francisco y dando cara al Consistorio adornado con enseñas, doseles y brocados de oro y plata"
 
 
Os recibe un público "soliviantado y chillón" que silba cuando desfiláis ante el Rey. Aposentado en un tabladillo, "transido, angustiado, tenso", esperas la llegada de los reos absueltos, miras obsesivamente la escalera de acceso hasta que ves aparecer a doña Ana Enríquez. La cárcel ha "ahilado" su figura pero no ha mancillado "la frescura y resplandor de su rostro". Sube con arrogancia, mira a los reos con ansiedad y sus ojos se detienen un momento en los tuyos. ¿Te habrá reconocido?
 
Cierras los ojos para protegerlos, oyes rumor de conversaciones y al teólogo Melchor Cano que desgrana  su sermón sobre los falsos profetas y la unidad de la Iglesia. Los abres y te sobrecoge la gran masa, su estruendosos vocerío. El relator hace comparecer uno a uno a los condenados. El primero es el doctor Cazalla que rompe a llorar cuando le anuncian la sentencia de muerte en garrote antes de ser arrojado a la hoguera. Lo miras como a un ser ajeno, desconocido, no es ese el arrogante Doctor del conventículo.
 
Los dos relatores se turnan para leer las sentencias a los condenados que han de subir penosamente al púlpito para escucharlas. "Era una ceremonia que, aunque escalofriante y atroz, iba degenerando en una tediosa rutina, apenas quebrada por los abucheos o aplausos con que el pueblo despedía a los reos condenados a muerte".

 Beatriz Cazalla, Juan Cazalla, Constanza Cazalla, Alonso Pérez...Ana Enríquez.

 

 
Vacila el relator y la muchedumbre calla. Ana Enríquez sube la escalera de la mano del duque de Gandía,  una vez arriba dedica al relator "una mirada retadora". Impávida oye la pena simbólica a la que es condenada: "...subirá al cadalso con sambenito y vela, ayunará tres días  con tres noches, regresará con hábito a la cárcel y, una vez allí, quedará libre". Hay rechifla general, el pueblo no perdona la insignificancia de la pena, los aires de superioridad, rango, belleza y suficiencia de Ana. Vos, Cipriano, miráis tembloroso a vuestra amada, irritado con la masa y con el aire protector del duque de Gandía. ¿Celos ahora, Cipriano? ¿Puede haber un hueco para el amor en tan terribles circunstancias?
 
Se sigue convocando, pronuncian tu nombre. No aciertas a echar el paso. Te dejas alzar del suelo en volandas. Un sol despiadado hiere tus párpados, te bamboleas y aumenta el rumor compasivo de la multitud. El relator acampana la voz: "Cipriano Salcedo...confiscación de bienes y muerte en la hoguera".
 
 
 
No pareces afectado por la sentencia. Da la impresión de que, aún indultado, no volverías a la vida. "Vejado, confundido, degradado". Suplicas a ese Dios que no te escucha: "Dame ya la muerte, Señor".
 
Sigue el auto, el público inquieto espera "la fase dramática", algo de distracción. Eufrosina, Catalina, don Carlos de Seso...El corregidor de Toro escucha su sentencia "erguido y noble". Simula retirarse, mas al llegar a la altura del palco real, se encara con el Rey y le pregunta con ironía:
 
-"¿Cómo permitís, señor, este atentado contra la vida de vuestro súbdito?"
 
Su Majestad replica ceñudo:
 
-"Si mi hijo fuera tan malo como vos, yo mismo apilaría la leña para quemarlo."
 
 
 Tal vez Felipe II recordó alguna vez esas palabras, porque ese hijo le dio muchos quebraderos de cabeza. Y su muerte estuvo rodeada de muchas sombras.
 
 El público abuchea al de Seso, más por sus modales que por sus palabras que la mayoría no oyó.  El público aburrido ya no atiende, aunque siguen desgranándose nombres y penas. Lo que quieren es algo fuera de programa.
 
Seguidamente, toca la degradación de los cinco clérigos condenados. Se despierta de nuevo la expectación de la masa. Los cinco reos se arrodillan, con cálices y patenas en las manos. El obispo les va despojando de ellos y se los cambia por sambenitos; luego procede a raerles boca, dedos y palmas con un paño húmedo, ordena al barbero que les afeite la cabeza para colocar las corozas. Los gritos y lágrimas del doctor Cazalla durante el ritual hace sollozar a unos y encoleriza a otros que gozan llamándole "leproso y alumbrado".
 
Leídas las ejecutorias y degradados los curas sectarios, se da por concluido el auto,  a las cuatro de la tarde. El pueblo abandona las gradas comentando a gritos las incidencias y  bebiendo bota en alto, como si estuvieran en la era. Todavía han de presenciar el espectáculo gratuito del bachiller  Herrezuelo volviéndose hacia su "reconciliada" esposa, para insultarla y abofetearla. Lo reducen y amordazan, más entretenimiento por el mismo precio.
 
Los indultados regresan a la cárcel y vosotros, los condenados a muerte, os dirigís al cadalso, encaramados en borriquillos. Cuando te disponías a subir al asno, ves a tu tío Ignacio. Quieres darle la paz pero tu tío se dirige al familiar que conducía la borriquilla, le aparta y coloca en su lugar a una agraciada mujer de cierta edad. Llorosa, te acaricia la barbilla con ternura. ¡Es Minervina! La reconoces enseguida, no puedes hablar, quieres mostrarle tu cariño pero una oleada os separa.
 
 
 Tu tío ordenó buscarla por todos los pueblos del alfoz mediante pregones y la halló en Tudela de Duero. Le pidió que te acompañara a la hoguera, para que no te encontraras tan solo. Ella aceptó y añadió que moriría en tu lugar si se lo pidieran.
 
"Niño mío-dijo-¿Qué han hecho contigo?"
 
Un guardia palmea la grupa de tu borrico, aprietas las rodillas contra tu montura y miras a la dulce figura que te precedía. Minervina tira del ronzal y llora en silencio. Avanzáis entre una multitud indecisa, hombres que discuten con otros que les obstaculizan el paso, mujeres llorosas, niños sorteando puestos de golosinas. La plaza despide un vaho agobiante, no hay quien soporte el calor, la gente se queda en jubón o en camisa, fuera ropa de fiesta. ¿Qué clase de fiesta es esta?
 
Viendo a Minervina te sientes tranquilo y protegido como cuando eras niño. Gentil y confiada, nadie pensaría que te lleva a encontrarte con la muerte. Es tal la gracia de su figura que los rústicos la requiebran y acosan con frases soeces.
 
Vas detrás del doctor Cazalla, recogiendo los insultos que sus palabras de arrepentimiento despiertan en el pueblo: "hereje, pelele, viejo loco".
 
Entráis en la calle de Santiago donde la masa de gente es más densa aún. Los chiquillos lo invaden todo y aturden soplando sus silbatos. Y todavía llega a tus oídos el onterminable soliloquio del Doctor. Pero tu atención se desplaza hacia Minervina, "su airosa figura" abriéndose paso entre la multitud. Te recreas en su gentileza, se te llenan los ojos de agua.
 
"Sin duda era Minervina la única persona que le quiso en vida, la única que él había querido, cumpliendo el mandato divino de amaos los unos a los otros".
 
 Evocas los momentos cruciales de tu convivencia con ella, desde "su calor ante la helada mirada del padre" hasta que es despedida y desaparece de su vida. Ahora, veinte años después, reaparece para acompañarte "en los últimos instantes como un ángel tutelar".

Te preguntas si es Mina, en realidad, la única persona que has amado. Piensas en Ana Enríquez, "un proyecto apenas esbozado", su fracaso con Teo, las sombras que cruzaron por tu vida, la fraternidad de la secta que creíste haber encontrado. Luego todo fue "perjurio y fácil delación".

"Una vida sin calor la mía", te dices. Tu cerebro evita la idea de la muerte y se dedica a reflexionar en la limitación humana, en tu conversión. ¿Dónde encontrar la certidumbre? Pedías a Dios "una palabra, un gesto, un ademán". Nuestro Señor permanece mudo porque respeta nuestra libertad, piensas. Sentiste el soplo divino leyendo "El beneficio de Cristo", pero todo se ha venido abajo.

Docenas de sotanas revolotean como moscas alrededor de fray Domingo de Rojas. ¿Les mueve la salvación de su alma o el prestigio de la orden dominicana? Tu compañero de celda muestra entereza, no y no.

Vais llegando al Campo y crece la expectación y el alboroto. Se aproxima el broche final de la "fiesta". Carruajes lujosos, mulas y borricos. Damas y mujeres del pueblo, hombres con niños al hombro, todos toman posiciones y algunos se entretienen "en las casetas de baratijas, el tiro al pim pam pum o la pesca del barbo". El último número está a punto de comenzar: quema de los herejes, contorsiones, alaridos, expresiones de sus rostros...

Campo Grande de Valladolid, 13-7-2013
 
Divisas los palos, la leña, las escalerillas, las argollas, los verdugos. Los alguaciles dan agua de botijo a Cazalla que tiene unas bascas aparatosas, no vayan a quemar a un muerto.
Te desmontan del borrico, no puedes tenerte de pie, aún susurras: "¿Dónde te metiste, Mina, que no pude encontrarte? Pero no puede contestarte, te llevan al palo en volandas y te atan.
 
Todavía te resta ver agarrotar a Fray Domingo y arrojarle inmediatamente a la hoguera, a Juan Sánchez trepando por el palo como un mono huyendo del fuego, al gallardo Carlos de Seso arrojándose a las llamas donde murió dando brincos, las muecas y contosiones del bachiller Herrezuelo...¿Dónde está tu verdugo?
 
Ahí viene, cierras los ojos y encareces de Nuestro Señor una señal. Un cura corre hacia él, es el padre Tablares, aún es tiempo para que afirmes tu fe en la Iglesia y te agarroten como reducido. Levantas la cabeza y haces tu profesión de fe, la mala, la que no les sirve:
 
"C...creo...en la Santa Iglesia de Cristo y de los Apóstoles"
 
El padre os insta: "decid Romana, solamente eso, os lo pido por la bendita Pasión de Nuestro Señor".
 
La gente se impacienta, silba e insulta. El verdugo está con la tea en la mano, el escribano con la pluma en ristre. Y tú vuelves "a pedir una seña a Nuestro Señor". Murmuras como excusándote: "Si la Romana es la Apostólica, creo en ella con toda mi alma, padre".
 
El jesuita, en un impulso paternal, te acaricia la mejilla: "Hijo, hijo, ¿por qué has de poner condiciones?".
 
Buscas una fórmula que exprese tus sentimientos y dé satisfacción a Tablares, unas palabras ambiguas:
 
"Creo en Nuestro Señor Jesucristo y en la Iglesia que lo representa"
 
No hay más tiempo, los espectadores piden a gritos el sacrificio. Vocean, brincan, alzan los brazos, los niños aturden con sus silbatos y una mujer gruesa come buñuelos tan tranquila.
 
"El verdugo arrimó la tea a la incendaja y el fuego floreció de pronto como una amapola, humeó, rodeó a Cipriano rugiendo, lo desbordó".
 
 

 
 
Murmuras un "Señor, acógeme". Sientes un dolor intensísimo, como si te arrancaran la piel a tiras, en los muslos, en todo el cuerpo, sobre todo en los dedos. Aprietas los párpados y no mueves un músculo. El pueblo enmudece, sobrecogido por tu entereza, pero en el fondo decepcionado.
 
Rompe el silencio el desgarrado sollozo de Minervina. Tu cabeza cae de lado "y las puntas de las llamas se cebaban en sus ojos enfermos"
 
Preguntada Minervina por el Santo Oficio, manifestó que, "en todo caso, de lo que vio aquella tarde, lo que más la conmovió fue el coraje con que murió su niño, que aguantó las llamas tan tieso y determinado, que no movió un pelo, ni dio una queja, ni derramó una lágrima...ella diría que Nuestro Señor le quiso hacer un favor ese día".
 
¿Un favor divino a un hereje? Tu Mina responde que "el ojo de Nuestro Señor no era de la misma condición que el de los humanos, que el ojo de Nuestro Señor no reparaba en las apariencias sino que iba directamente al corazón de los hombres, razón por la que nunca se equivocaba".
 
Me despido de ti, Cipriano Salcedo, después de acompañarte en tan penosas circunstancias, qué infierno el de aquel día en Valladolid.  Mueres como un santo, un santo hereje. Desde el viaje en el Hamburg, creces y creces, nos vamos poniendo de tu parte, aunque no compartamos tu fe.  Paladín de la libertad de conciencia, fuiste el último gran personaje de un escritor muy grande.
 
Un abrazo para los que pasan por aquí de:
 
María Ángeles Merino
 
 

lunes, 26 de agosto de 2013

"Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo"

No hay salida para Cipriano Salcedo.
 
Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:

En mi última entrada, el Inquisidor anuncia "procedimientos persuasivos" y vuesa merced  sabe que no tardarán en llegar. Tres días, muy de mañana, solo una palabra: "síganos". Del zaguán al corredor y de ahí a los sótanos. Allí os esperan el inquisidor, el secretario, el escribano, el médico y el verdugo. Y "unos extraños artilugios, como los aparatos de un circo".

 Vuelven a la pregunta clave, quién os pervirtió y os ordenó viajar a Alemania en 1557. Y vos decís "suavemente" que en el interrogatorio ya habíais contestado. Se acabó, el verdugo os ata las muñecas a la polea de la garrucha, os iza y quedáis suspendido en el aire. No se imagina el sayón que vuestra musculatura de atleta os va a permitir flexionar los brazos. Como la garrucha se torna  ineficaz, os atan a los pies una gran pesa. Flexionáis igualmente. Delibes os pinta como a un atleta.

 
"El inquisidor sentía fría y torcía la boca; experimentaba una rara frustración":
-El potro-dijo lacónicamente."
 
Os atan por las cuatro extremidades al temible potro. El verdugo gira el husillo hasta alcanzar un punto doloroso, el inquisidor vuelve a preguntar quién os convirtió "a la maldita secta de Lutero". Guardáis silencio y gira el maldito artefacto. Intentáis aplicar vuestra vieja filosofía: si me meto en el dolor, si lo acepto,  se hace más soportable. No sirve eso aquí porque os están descoyuntando, intentan "sacar las apófisis de los huesos de sus respectivas cavidades". Axilas, ingles, espinazo, codos, rótulas, cabezas de músculos y nervios. El verdugo interrumpe para dar ocasión al inquisidor que ya no pregunta nada, para qué, y  vuelven a girar las tuercas. Los dolores se funden en un dolor, todo confluye en el cerebro; "una horrible punzadura" va creciendo, perdéis el control, gritáis y perdéis el conocimiento. Delibes nos hace vivir con vos el relato minucioso y magistral de una auténtica tortura inquisitorial. Alguien lo dejó escrito, pensamos. Y el escritor contó con las mejores fuentes disponibles...
 


 Recuperáis el conocimiento ya en la celda, "bajo las atenciones del médico", qué médicos más extraños los que se prestaban a esto. Sentís como si todos vuestros  huesos estuvieran fuera de su sitio. Si permanecéis inmóvil, podéis cambiar el dolor por "un cansancio infinito".

Fray Domingo de Rojas muestra ahora una sensibilidad  insospechada con vos y trata de convenceros de la sinrazón de vuestro silencio. Un día, ya harto,  le replicáis, "con muy poca voz":

-Y...y ¿no cree vuestra paternidad que el perjurio, aparte un fracaso personal, es un grave pecado?
 
Escucháis escandalizado  las palabras de vuestro compañero de celda. Trata de convenceros, hay que adaptarse a las circunstancias.  Al dominico no le habléis de mártires, piensa que ya no es preciso el testimonio, que el cristianismo ya está bien asentado.
 
Dos semanas después de la tortura, Dato os pasa un billete directo de doña Ana Enríquez. Sabe que os han dado tormento por no revelar el nombre de vuestros pervertidores. Os pide que no seáis obstinado:
 
"Satisfacer en algo a los inquisidores, pronunciar una palabra que les sea grata y les haga sentirse momentáneamente victoriosos, no significa doblegarse. Téngalo presente, pues su vida, sin que usted lo sospeche , puede un día ser necesaria para alguien..."
 
 Y recuerda vuestra visita a La Confluencia, la finca de su padre. "Aquellos minutos felices de un otoño dorado, paseando en su amable compañía por el jardín, me han dejado honda huella. ¿Nos darán ocasión de revivir aquellas horas algún día?..."


Vanas ilusiones. Bien sabéis, y bien sabe ella, que no os darán ocasión, mas la carta os anima. Las palabras no acuden, se enredan, al cabo de unos días lográis contestar. Agradecéis el interés por vuestra salud, recordáis aquel paseo, la atención que prestaba en los conventículos, aquel adiós efusivo el día de la huida que tanto os confortó. Le rogáis que no sufra por vos porque cumplir con el deber ya encierra recompensa. Saludáis, muy comedidamente, con "respeto y estima".

El otoño viene muy frío y pasáis los días tendido y cubierto con una manta que suponemos raquítica. El alcaide no ha ido en vuestra busca, en la interrupción del tormento veis la mano del tío Ignacio. Recibís de su parte un zamarro de jineta y una capa segoviana. Pero no se deja ver, visitar frecuentemente a un inculpado de herejía perjudicaría su carrera en la Chancillería.

Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.
 
Cuando ya no lo esperabais, en Navidad, Dato os entrega unas líneas halagüeñas de Ana Enríquez. Leéis con el corazón desbocado: "me di cuenta de que vuesa merced no me era indiferente...Ahora quizá comprenda mejor vuesa merced mi interés por su suerte". Os sentís como un adolescente enamorado, por primera vez en vuestra vida; pero no podéis dar alas al amor, en qué momento llega...

 Escribís: "vos sentís, señora,  la ilusión de que algo nace...la idea de que algo concluye prevalece en mí". Reconocéis  vuestra ferviente admiración por su persona, su aplomo y discreción. Y, cómo no, por su belleza. Al llegar a esto último, tenéis una explosión de sinceridad. Una dama tan joven y hermosa para Cipriano Salcedo...


Las misivas se cruzan "y ponen un punto de luz y esperanza en la sordidez de las mazmorras". Pero os mostráis cauto ante el optimismo de la joven dama que afirma: "algún día nos dejarán ser felices". Decidís que no podéis alentar los proyectos de la muchacha conociendo, como bien conocéis, cuál será vuestro triste final. Porque estáis decidido a no delatar a quien os acristianó, actitud que nunca disculpará la Inquisición. Y se suma el obstáculo insalvable del voto de castidad que tenéis ofrecido a Nuestro Señor...La amáis pero es imposible. ¿Acaso ella no lo sabe también? ¿Por qué insiste en hacer castillos en el aire? ¿Os ama de verdad o  entretiene sus largas horas de celda con un juego galante?

Recibís la noticia de la muerte de Carlos V, en Yuste. En su lecho de muerte, el Emperador lamenta no haber matado a Lutero cuando lo tuvo a mano en Worms. En el testamento, pide a su hijo y sucesor, Felipe II, castigue con todo el rigor a  los herejes. Os llega a través de "un informe de procedencia imprevisible".


Maravedí a maravedí, Dato os va suministrando muchos "papeles de toda laya" que os entristecen profundamente: "declaraciones, noticias, informes, mensajes en torno a los procesos de los hermanos Cazalla, don Carlos de Seso, su vecino de celda, Fray Domingo, un informe del arzobispo de Toledo y varias comunicaciones más...". La delación y la mezquindad campea en todos ellos, no os impresionan pero aumentan vuestra desolación.

Vuestra debilidad os impide arrastrar los grilletes y pasáis los días y las noches tendido en el catre, cubierto con la capa. Ahora desestimáis algunos documentos que os aporta Dato, por cobardes, falaces o maledicentes. El carcelero os permite leer por encima antes de decidir si os lo quedáis. Lo que esperáis , en el fondo, es una respuesta de doña Ana, una pequeña dosis de los "dulces mensajes de antaño". Pero sois consciente de que vos mismo, inflexible, habíais dado carpetazo a aquella correspondencia. Ella respeta vuestra conciencia. ¿Respeto o despecho?

A mediados de abril, comienza "un martilleo fragoroso" que acelera el ritmo del penal. Están levantando los tablados para el auto, en la Plaza. Al día siguiente recibís un informe urgente, escrito con prisas por "el explotador del negocio". Buscáis el eje de visibilidad entre vuestros párpados inflamados. Después de tanta "humildad y acatamiento", don Carlos de Seso se desdice de "su expreso deseo de morir en el seno de la iglesia". Al saber que lo han condenado a la hoguera, ya no merece la pena fingir, expresa su fe en la de los apóstoles, que no romana. Purgatorio... ¿a quién se le ocurre si Cristo murió por nosotros?

"Ruta del Hereje", Plaza Mayor
 
"Los acontecimientos se encadenaban en una noria sin fin..."Se presenta el alcalde en persona para anunciaros una visita. Os quitan los grilletes, os hacen lavar los pies con agua y sal, ya no podéis andar. Dando tumbos seguís al alcalde, apoyado en el carcelero. Os bandeáis "como dos bueyes uncidos".

Es el tío Ignacio que os mira afligido y  habla con prisa para evitar preguntas. Pero, después de hablar de tus ojos enfermos y del proceso al arzobispo Carranza, basta una pausa para que formuléis la temida pregunta. "¿Cuál ha sido mi suerte?... ¿La hoguera tal vez?". El tío asiente: "Vas con otros veinte"



 
Preguntáis quiénes son esos veinte. "Los Cazalla, incluida su hermana Beatriz y los restos de doña Leonor, fray Domingo de Rojas, don Carlos de Seso, Juan García, tres mujeres de Pedrosa, el bachiller Herrezuelo, Juan Sánchez..." El tío Ignacio os da la lista y añade que esa misma noche os visitará un confesor y que mañana, en el auto, podréis cambiar la hoguera por el garrote. No piensas en ti, preguntas por doña Ana Enríquez. Quedará libre con unos días de ayuno. "Es una criatura demasiado bella para quemarla". Y demasiado linajuda, pensarán muchos. Y la pervirtieron demasiado joven...

Don Ignacio os atrae hacia sí, os besa en las mejillas y os retiene entre sus brazos. Y musita al oído una frase profética: "Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo. Pide por mí, hijo mío." Un santo, hereje pero santo; así os ve el hermano de don Bernardo.

 Por la tarde comienzan las confesiones. Fray Luis de la Cruz llega a tu celda cuando el sol declina.



Acoges con afecto al confesor, al contrario que tu compañero de celda que no quiere saber nada de otro dominico como él. Le dices que en tu vida había tres pecados de los que nunca te arrepentirías bastante, ya los tienes confesados pero se los confías al padre en prueba de humildad. El odio hacia tu padre, la seducción de tu nodriza aprovechándote de su cariño maternal y el desafecto hacia tu esposa que la condujo a la locura. 


 Fray Luis asiente sonriente pero esos pecados no le interesan, lo que espera el confesor es un arrepentimiento por adscribirte a la doctrina de Lutero. Le respondes que abrazaste la teoría del beneficio de Cristo de buena fe, obraste en conciencia y ésta no te lo reprocha.


Como sin darle importancia, el dominico te pregunta quién te había pervertido y contestas que no puedes decirlo, lo has jurado, pero que tu inductor no obró con intención perversa. Al fraile, ya cansado, le impacienta y le irrita tu obcecación. No puede absolverte, pero aún estás a tiempo, desde medianoche el padre Tablares, jesuita, seguirá a disposición de los reos. Te recomienda que reflexiones y, antes de marcharse, te tiene cogido por las dos manos un largo rato y te llama "hermano mío".

A continuación, se produce en la celda de enfrente, la del Doctor, un gran alboroto. Suenan sus "gritos implorantes" pidiendo a Dios que le ilumine y le ayude a alcanzar su salvación. No cesa de proclamar que acepta la sentencia "como justa y razonable". Ha cesado el martilleo de la plaza y le oyes nítidamente. Cuando le entregan el sambenito manifiesta que es la ropa que vestiría con mayor gusto, la más apropiada para "purga de sus pecados".


Vuelve al arrepentimiento, reniega de cualquier doctrina contra la Iglesia, persuade a todos los reos a que hagan lo mismo. Cesan los gritos al poco rato, el médico debe de haber tomado alguna medida...

No duermes en tu última noche. Te agobia pensar en el procedimiento del auto de fe: "la luz, la multitud, el griterío, el calor". Un ardor de orina te obliga a visitar la cubeta cada pocos minutos. A la una empezaron a doblar las campanas. Toques lentos de agonía. Se convocan misas por el alma de los condenados, en una ciudad que no duerme.

Campanario vallisoletano.

Cuando cesa el tañido, se oye  gentío,  cascos de  caballerías, rechinar de ruedas. Comienza "el gran día", aún sin luz. A las cuatro, entran a despertaros, os sirven un desayuno extraordinario y con vino, no pruebas bocado. Te arden los ojos y sientes los bultos en las cuencas.

En la cárcel, reina el desorden, gente que entra y sale, reparto de corozas y sambenitos, los familiares de la Inquisición esperan charlando a que se organice la procesión.


Se presenta Dato en la celda y os entrega un papel doblado. Le pagas dos ducados por el servicio, el carcelero tontiloco emite un silbido, el último gasto de tu vida, qué te puede importar ya el dinero. El mensaje es de Ana Enríquez, solo dice "valor". Y trae su firma: Ana.

Te acompañaré hasta el final, nos queda un capítulo, Cipriano. Valor.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

 

martes, 6 de agosto de 2013

“Ése es el rincón más íntimo del alma”

 
 
“Ése es el rincón más íntimo del alma”

Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:

En mi entrada anterior, tras viajar a caballo reventado, llega vuesa merced a Cilveti, el pueblo navarro donde le espera Echarren, el guía que ha de conduciros al otro lado de los Pirineos. Entráis en su casa y allí os están esperando. Había demasiados caballos a la puerta...


“En nombre de la Inquisición, daos preso”. Y el mundo entero se os cae encima con las palabras del alguacil bizco. Os someten a un interrogatorio de urgencia: aseguráis ser el comerciante vallisoletano Cipriano, el de los afamados zamarros, en viaje de negocios e ignoráis todo acerca del grupo luterano de Valladolid.

Y os conducen hasta la “cárcel santa” de Pamplona. Una celda pequeña, “apenas el petate, una mesa, una silla y un gigantesco orinal con tapadera”. Allí van a parar también el gallardo don Carlos de Seso, corregidor de Toro, y fray Domingo de Rojas, dominico, de verde y con plumas. Y Juan Sánchez, el criado de los Cazalla, al que apresan en Flandes, tierras del Emperador al fin; pero inaudito.

La comitiva se pone en camino hacia Valladolid: cuatro alguaciles, los presos flanqueados por los "familiares de la Inquisición" y dos docenas de arcabuceros. Los cuatro maniatados vais caminando, de dos en dos, cinco o seis leguas diarias, bajo el sol. Y la caritativa gente de pueblos y aldeas os acoge “con denuestos y amenazas”, agua hirviendo, huevos, hortalizas, piedras, quema o ahorcamiento de muñecos alusivos...o intentando abrasar el pajar donde dormís. “¡Viva el Rey!” gritan algunos “en plena exaltación patriótica”. El pueblo exige el auto de fe y se adelanta a la autoridad oficial...¿Miedo? ¿Estupidez? ¿Convencimiento?

"El sol apretaba de firme y, a mediodía, los emisarios les esperaban en algún sombrajo próximo al camino, generalmente en el soto de los ríos, en cuyas aguas, los miembros de la escolta se bañaban desnudos, turnándose en la vigilancia de los presos, mientras éstos sumergían sus pies en la corriente...almorzaban, los reos con las manos atadas". Después cambiáis pesimistas impresiones, mientras sestean los guardianes.

 
 
Don Carlos de Seso os informa. Teme tanto a Felipe II como a Carlos V. Conoce la carta del Inquisidor Valdés al Emperador y las de éste a su hija Juana, la gobernadora en ausencia de su hermano, y a Felipe II, pidiendo "prisa, rigor y recio castigo". ¿Fugarse? No hay ocasión.
 

A las dos reanudáis la marcha, hasta las siete. Para huir de tanto horror, recreas tus ojos “en los extensos campos de trigo mecidos por la brisa”. Y vas reconociendo el camino de tu épica fuga a lomos de Pispás.
 


Entráis en un lúgubre Valladolid a medianoche porque “las turbas andan alborotadas y se temía un linchamiento”. “La torre de Santa María de la Antigua, bajo el resplandor violáceo, semejaba una aparición”. Os conducen a la “cárcel secreta”, en la calle de Pedro Barrueco. Es tu descenso a los infiernos.


Te corresponde compartir celda con fray Domingo de Rojas. El alto número de detenciones obliga a Valdés a olvidarse de encerrar a los presos en celdas individuales.  Muros de piedra, ventano alto y enrejado , puerta maciza con cerrojos y cerraduras chirriantes, dos catres con los petates en el frío suelo, mesa con dos banquetas, aguamanil con un jarro de agua y dos cubetas para los excrementos.

La medida del tiempo te la facilita el ritmo de las visitas obligadas: las de Mamerto para las comidas y las de Dato para vaciar los recipientes de inmundicias al atardecer y baldear la estancia los sábados. Mamerto es un guardián imperturbable que se ocupa de las bandejas de hierro sin pronunciar palabra. Dato es un "tontiloco" que no se somete a la rigidez carcelaria y habla contigo, aunque este prohibido. Fray Domingo no lo soporta, tú le tratas con paciencia y esperas conseguir de él alguna noticia.

¿Fray Domingo? "Corpulento, papudo, envuelto en sus ropajes verdes y en una estrafalaria loba doctoral". "Al día siguiente de llegar pidió libros, pluma y papel". Y lee compulsivamente, tumbado en el catre; un libro de caballería o San Juan Clímaco, qué más da. Mantiene muy alta la autoestima, no le importa hablar de su participación en la secta pero se muestra despiadado con algunos compañeros. Y siempre concluye en el arzobispo Carranza, su "bestia negra", "a quién nadie se atreve a echar el lazo". Que el teólogo gozara de libertad mientras sus discípulos...se pudrían en las mazmorras, le irritaba sobremanera. "

Como dominico que es, conoce bien "los entresijos de la Inquisición" y os los da a conocer, no vayas  a confundir al reo relajado con el relapso o el reconciliado...Mantenéis vuestras tertulias de catre a catre, os son imprecindibles. Fuera de ellas, os ignoráis; "pues la compañía obligada podía llegar a ser insoportable".

Permanecéis solo, en la penumbra, inquieto, muy abrigado a pesar del verano, evocáis a Cristo y reflexionáis, intentando olvidar la celda. "Había asumido la doctrina del beneficio de Cristo de buena fe...Creyó sencillamente que la pasión y muerte de Jesús era algo tan importante que bastaba para redimir al género humano". Encogido en vuestro fervor esperáis en vano la visita de Nuestro Señor, le pedís que os muestre el camino, gemís pero el Señor permanece en silencio. Llegáis a la conclusión de que sois vos quién debe decidir, en aras de vuestra libertad.

 
Una tarde, Dato os entrega un papel doblado en mil pliegues. Es la confesión de Beatriz Cazalla. La lees y permaneces "inmóvil, agarrotado por un extraño frío interior". Te invade el desánimo, nunca pensaste en la delación dentro del grupo. "¿Era posible que la dulce Beatriz denunciara a tantas personas, empezando por su propios hermanos, sin una vacilación? ¿Valía tanto la vida para ella como para incurrir en un perjurio y enviar a su familia y amigos a la hoguera con tal de salvar su piel?

Todavía no habíais sido llamado a la Sala de Audiencias cuando os anuncian una visita. Ay, esa luz. Entras en la sala deslumbrado, después de cuatro meses en penumbra. Entreabres los párpados y divisas a tu tío Ignacio, sientes un sobresalto similar al que tuviste cuando te visitó en el colegio.

Os sentáis frente a frente y tu tío se interesa por tus ojos enfermos, le explicas que la falta de luz los daña, te promete enviarte un remedio. Le acaban de ascender a presidente de la Chancillería y  lo felicitas. Esperabas una regañina, mas él te habla como si nada hubiera pasado y estuvierais en casa. Te informa de las novedades en las tierras, el almacén y el taller.

Deseas pedirle perdón y convencerle de tu buena fe al unirte a la secta. Apenas pronuncias la palabra religíón y al oírla tu tío te coloca una mano efusiva en el hombro y te dice: "Ése es el rincón más íntimo del alma...Obra en conciencia y no te preocupes de los demás. Con esa medida seremos juzgados". No hay duda, el tío Ignacio es un espíritu libre pero no posee tu valentía, no haría frente a los terribles inquisidores; mas tampoco se atrevió con su hermano Bernardo, tu padre, menos peligroso.


Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.

De nuevo en la celda, tienes una sensación de irrealidad. No obstante, con la llegada de ropa y el remedio para los ojos, quedaste convencido de que tu tío era "real y tangible". Visillos, cortinas, pañito de encaje, cuadrito de la Asunción...aquella sala de visitas también era real y no soñada.

Te llega otro papel plegado, la confesión de Ana Enríquez, otra cadena de acusaciones. La lees, ahora no piensas en la delación sino en "en la amargura que aquellas palabras habrían producido en el espíritu de doña Ana".

La sensación de angustia y soledad se acrecenta. El carcelero os anuncia vuestra comparecencia ante el Tribunal al día siguiente. Entras en la Sala de Audiencias, cegado por el sol posado en las vidrieras, del brazo del carcelero que os sienta en una silla. Una mesa larga, el inquisidor en el centro, el secretario y el escribano, todos de negro.


Sientes una sensación de desdoblamiento, nada extraña en situaciones límite. Hay un Cipriano que responde sin tregua a la voz opaca del inquisidor “en un peloteo verbal picado”;  mientras tu otra mitad escucha sorprendido las palabras. Es como si quisieras imponer un ritmo rápido a las preguntas del acusador para que las respuestas adquirieran un tinte de veracidad. Quién os pervirtió, no puedo contestar, hacienda en Pedrosa, así es, conocisteis al párroco Pedro Cazalla, lo conocí y hablamos de pájaros, ¿de pájaros?, de pájaros y de sapos, ¿y don Carlos de Seso?, apenas lo traté, ¿había amistad entre Seso y Cazalla?, conversaban, nunca le habló don Pedro de religión, la religión sería uno de los temas, considera la religión un tema importante…Y desembocas en las palabras de tu tío Ignacio: “la religión pertenece al rincón más íntimo del alma”.
 
La pelota viene y va. “¿Es posible que no recuerde ninguna conversación sobre religión con Pedro Cazalla?”, ¿recuerda lo de los sapos y no lo de Dios?, "el hombre es un animal muy complejo, eminencia"...


"Y ¿con don Carlos de Seso?, ¿con don Carlos de Seso, qué?", ¿hablaron de religión?, lo conocí…iba cabalgando…montaba un pura sangre…"me interesó más la montura que el caballero", ¿le gustan los caballos?," los caballos de raza me producen verdadera fascinación", ¿no hizo un viaje a Francia con su caballo Pispás?, así fue, quién le ayudó a pasar el Pirineo, el guía navarro Pablo Echarren, "¿quién se lo recomendó?, entre la gente que visita Francia es un personaje familiar", ¿llegó hasta Alemania?, estuve en varias ciudades alemanas, quién le indujo, soy comerciante...el creador del zamarro, tengo corresponsales...Tu doble no acusa, no miente, no delata; y va a ser muy claro, y muy valiente, al expresar tu verdadera fe:

 
"-¿No había motivos religiosos en ese viaje? 

-Me parece que lo que vuestra paternidad desea saber es cuál es mi fe. ¿No es así? Si le digo que la doctrina del beneficio de Cristo me cautivó podemos ahorrarnos algunas palabras..."

No has vivido en el error, crees en lo que crees de buena fe. No predicaste, solo procurabas ser fiel a tu creencia. Conocías a doña Leonor Vivero, y al Doctor, a través de tu amigo Pedro Cazalla, hijo y hermano. El escribano levanta los ojos por primera vez, no ha parado de escribir, está sometido a una prueba de resistencia.
 
Te escuchas a ti mismo, "con los ojos cerrados, complacidamente". Apuntad esta palabra, complacidamente, ante un severísimo inquisidor. Su voz se hace aún mas opaca cundo os dice:
 
"Vuestra merced trata de eludir más preguntas aunque no ignore que dispongo de sistemas eficaces para desatar las lenguas. ¿Ha oído hablar del tormento?"
 
Has oído hablar de ello, desgraciadamente. Y también del purgatorio, en el que no crees. Porque "si Cristo sufrió y murió por mí, huelga toda pena temporal". Y crees en la "Iglesia de los Apóstoles", eludiendo el adjetivo romana. Simplemente te encontraste con ella, apostataría si su reverencia le convenciera del error, "aunque nunca lo haría por salvar la vida".

No sientes escrúpulos, la nueva doctrina aquietó tu espíritu. Osáis decir a su eminencia que los dos buscáis a un mismo Dios por distintos caminos.
 
El Inquisidor ya no puede más:
 
"-Por última vez, señor Salcedo, antes de apelar a procedimientos más persuasivos, ¿quién le pervirtió? ¿quién le indujo a viajar a Alemania en abril de 1577?"

Y tú, "complacidamente" y con los ojos cerrados, comparas a la herejía ¡con una novia!:
 
"Tropecé con la nueva doctrina, señoría, como se tropieza con una mujer que mañana será nuestra esposa, casualmente."

 Y, en cuanto al viaje, le repites que un hombre de negocios ha de viajar al extranjero, puede preguntar a los mercaderes de Anvers.
 
No, su eminencia no se dirigirá a los de Anvers. Los procedimientos más persuasivos no tardarán en llegar.


Interrumpo aquí mi carta, dirigida a vos, el valiente hidalgo don Cipriano Salcedo, que continuaré en una próxima entrada. Disculpadme la alternancia que hago del tú y del vuesa merced, al dirigirme a voacé, digo...a ti, a Cipriano, "El hereje".
 
Un abrazo, en medio del desierto veraniego, de:
 
María Ángeles Merino


Nota: he cometido la herejía de convertir las ventanas de la iglesia visigótica de Quintanilla de las Viñas (Burgos)  en celda de la Inquisición y los paisajes trigueros de Palacios de Benaver en los que recorrió Cipriano en su vuelta forzosa a Valladolid. Bueno, el camino hacia León no es tan diferente al de Valladolid.