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miércoles, 22 de julio de 2015

Desamorado, cerrojos, puente, cortejo, insatisfacción, Perú, exilio, parva y reducto. Nueve palabras para nueve libros.

Lecturas 2014-2015

Comentario final para la lectura colectiva de "La acequia", curso 2014-2015.

Como cierre a nuestra lectura colectiva del curso 2014-2015 y, antes de que nuestro profesor Pedro Ojeda nos dé la lista de los libros que leeremos a partir de septiembre, quisiera hablar de las nueve obras leídas; pero han de alojarse en una entrada no demasiado larga, que estamos en verano, en pleno desierto bloguero. 

¡Que sí! ¡Que no me voy a enrollar! Palabra.

¡Eso es! ¡Palabra! Voy a resumir cada una en una sola palabra. Manos a la obra.

...

Después de una semana de cavilaciones, aquí están:

Desamorado, cerrojos, puente, cortejo, insatisfacción, Perú, exilio, parva y reducto.

Preséntese el primero, el Quijote apócrifo, el firmado por Alonso Fernández de Avellaneda.

Desamorado. Un Quijote sin Dulcinea. ¡Inaudito! Avellaneda desenamora a don Quijote y lo inactiva. Cervantes lo activará de nuevo y la obra genial será más genial.



Cerrojos. En "Nada" de Carmen Laforet, Andrea llega al piso de la calle Aribau,  los cerrojos se descorren, entra en la pesadilla. Al final, nada. 

"...unas manos torpes descorriendo cerrojos.
Luego me pareció todo una pesadilla".


Puente. En "La sonrisa robada" de José Antonio Abella, conocimos a Edelgard y a José sobre "el brillante puente de estrellas" que tienden sus apasionadas cartas. Un amor imposible como imposible es construir puentes de estrellas. ¿O es posible?

"En esos momentos deja que tus pensamientos y tus ensueños vengan sobre mí sobre el brillante puente de las estrellas"



Cortejo. En  "Usos amorosos del dieciocho en España" de Carmen Martín Gaite, conocimos el "cortejo", una extravagante costumbre de algunas mujeres privilegiadas dieciochescas que , sin embargo, dio "ensanches", abrió una brecha por la que se colaron aires de libertad femenina. 



Insatisfacción: En los personajes de "Entre visillos" de Carmen Martín Gaite, "de la insatisfacción nace el que todos estén atentos a la vida de todos", tal y como nos dijo Pedro Ojeda en la reunión mensual. El ambiente de una ciudad de provincias de la que todos quieren escapar. Como Elvira que desearía:

"...ver de golpe a sus pies una gran avenida con tranvías y luces de colores, y los transeúntes muy pequeños, muy abajo, que el balcón se fuera elevando y elevando como un ascensor sobre los ruidos de la ciudad hormigueante y difícil. 


Perú: Con Mario Vargas Llosa vivimos las desventuras de héroes discretos, "El héroe discreto", en un Perú emergente en el que todavía queda mucho del pasado.

"Todo igual a todos los días, desde tiempo inmemorial".


Exilio: En "Sefarad" de Muñoz Molina, "una novela de novelas", el autor nos cuenta su novela, la de un exiliado de sí mismo, la de su transformación; "pero no eres una sola persona y no tienes una sola historia". Hemos de acompañarle a través de múltiples exilios de personajes reales o imaginarios, en un siglo XX de ideologías autoritarias. 



Parva: En el poemario "La gratitud", de Fermín Herrero, escuchamos a los alisos y sentimos nuestra condición humana. Somos "parva bajo la parva", debemos gratitud a los que nos precedieron.


"...Parva bajo la parva
el hombre puja sin mirar atrás, le parece
que nada debe, te parece..."


Reducto:  En las "Crónicas periodísticas de la Guerra de África"de Núñez de Arce, los moros atacan reductos pero las verdaderas razones de la guerra las conocen muy pocos.  



"Atacaron al amanecer, a la hora del relevo, en los reductos de Isabel II y Francisco de Asís".




Nueve palabras para nueve libros. Mañana conoceremos los títulos de nueve más. Leeremos, comentaremos, el placer de la lectura nos acompañará.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí. Feliz verano para todos los lectores.

María Ángeles Merino

miércoles, 11 de febrero de 2015

"Usos amorosos del dieciocho en España": el cortejo deja huella en la lengua...y en la vida de maridos, cortejos y cortejadas.

Comentario, en forma epistolar, al ensayo "Usos amorosos del dieciocho en España", de Carmen Martín Gaite. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Recordáis de mis tres entradas anteriores, las cartas de Rosita a su amiga Mariquilla, aquí tenéis la cuarta y última. 

La lectura del ensayo de Carmen Martín Gaite condujo mi loca imaginación hasta  una ficticia mujer del pueblo del XVIII que asiste, como espectadora muda, a una pequeña revolución femenina dentro de la aristocracia y alta burguesía de nuestro país: el cortejo. El cortejo fue una "tontería" pero abrió un mínimo agujerito que se iría agrandando: la libertad de la mujer para gobernar su vida. Y ya no habría vuelta atrás.

Rosita aprende a leer a escribir y tiene a su lado al dómine Juan que le regala un poco de la luz del conocimiento. Ya nada será igual para Rosita, es el poder de la educación, la clave de todo. Desgraciadamente, en la realidad, esa luz alumbrará muy poco a las mujeres del XVIII, y del XIX y del XX.

Madrid, a 23 de septiembre de 1795

Mi querida amiga Mariquilla:

Me dices que taces cruces de lo mucho que aprendo en ca la señora Baldomera, en este su palacete de Madrid, villa y corte de nuestro rey don Carlos IV, a quien Dios conceda larga vida. Y a la reina nuestra señora doña María Luisa de Parma y a nuestro bien amado Príncipe de la Paz. Sí, ya pienso que la que te lee mis cartas, doña María, mujer más buena y de toa la confianza, te habrá de desentrañar el sentido de mucho de lo que te escribo.

¡Cuantas palabras nuevas, amiga de mi alma! Don Juan me dice que lo del cortejo es moderno y lo del recato es tradicional. Creo que lo tradicional tes más familiar, que otra cosa no, pero a la iglesia sí acudes y seguro, seguro, que el cura de nuestro pueblo, don Roque, os cuenta de la vida recoleta, el retiro, el encierro, el recogimiento, la sujeción y la retentiva. To eso es el cuento que os habéis de aplicar las casadas, bueno a ti te lo aplica el boticario, cual cataplasma. Me lee mi maestro algunas cosillas de los escritores tradicionales, con los cuales no está de acuerdo, pero él dice que es preciso analizarlos y ver sus razones, fuera de toda razón.  Sí, ya sé ques un lío. Copio lo que escribe un tradicional pa que veas:
“A las mujeres se les debe eximir de empleos y ocupaciones incompatibles con la modestia y la retentiva del sexo”.  Así es, señor tradicional, retenemos  nuestros sentimientos y afectos, los ahogamos, no nos es lícito dejarlos que manen cual manantial.  No nos pongan en malas ocupaciones que dejemos de ser modestas y retentivas.
También me lee los escritos de los modernos pa los que to eso del recato es encogimiento, poquedad o pusilanimidad.  Sí, señores modernos, nos apocamos, nos encogemos, nos reducen al silencio, a la vergüenza, a fingir lo que no sentimos, no hay otra. De lo contario, la mala fama caería como una losa sobre nuestras cabezas. Y una vez que se despluma la gallina, no hay quien recoja todas las plumas. Mas ahora, dicen ustedes, que hemos de sacudirnos esos estorbos y ser despejadas. Despejo, desembarazo, desenfado, desenvoltura, soltura, soltar nuestra lengua, vivan las mujeres pizpiretas.  Libertad y a las mujeres, doble peligro...dirán algunos.
Mi señora, doña Baldomera, en su salón, sí habla de libertad, cómo no; aunque la regañe su confesor, mas con cuatro padrenuestros se lavan tos los pecaos. Le contaba a una amiga, la otra tarde, lo que desgranan los curas que ella conoce cuando se les habla de libertad pa las señoras: “libertinaje, licencia, liviandad, desvergüenza, descaro, insolencia y descoco”. Lo que mejor entendemos tú y yo es lo de la desvergüenza, que, de niñas, la palabra desvergonzada solía ir delante de alguna bofetá, o tirón de orejas.

Pero ahora la libertad es cosa buenísima y este mundo ya no ha de ser un valle de lágrimas. Hay que gozar y relacionarse, gritar a los cuatro vientos que viva la alegría y viva la sociedad, el buen gusto, el amor y la amistad. Creo que son ideas de los franceses. Don Frasquito lo leía en un libro, mientras yo le servía el chocolate de la jícara. ¡Qué pico se gasta el cortejo de mi señora! Ya nos gustaría a los pobres, que la vida fuera siempre una pradera de San Isidro, el día del santo, al aire y al sol, con mucho amor y buena merienda.

Alabado sea Dios, tal vez algún día nos llegue a los humildes la libertad esta que proclaman algunos ricos can leído. Me dice mi maestro que es bueno quellos empiecen, que llegará un día...aunque ya estemos en compañía de malvas y jaramagos. O en el cielo, vete a saber.
La libertad para las mujeres, pobres o ricas, tardará más. Las de arriba han empezao con el cortejo, un agujero por donde han conseguido salir del estrado, que antes, me lo cuentan las criadas viejas, to el día encerrás, apoltranás en los almohadones, esperando al señor esposo.
Lo del buen gusto, te cuento. To ha de ser más delicado y ligero. Los hombres han de afinarse, ni barbas de jabalí ni atavios del baúl del agüelo. Han de tener gracia pa cortejar, vestir, acicalarse y andar. Fuera to lo grueso y ordinario, to lo que termina en on o en azo: hombrón, hombrazo, chicarrón, chicazo...Ahora to ha de ser finura y fineza, lo macizo es disgustante, deguntant dicen los gabachos. Fuera lo rancio, lo grosero, lo rústico, lo añejo...que un currutaco fino precisa ser social, civil, civilizado...


Todo tie que acabar en ito, le verás alargar el chocolate a su madamita y ponerle un bizcochito en el plato pa quella  lo moje en la jícarita y se lo alargue a la boquita ¿Y los mariditos? Les sueltan indirectillas, si no quieren que les traten de ridículos, han de tragar con que su mujer pele la pava con cualquiera.

A mi majo Pepón podían ir con ese cuento. Y a tu boticario, mismamente, por mu viejo y chocho questé. Pelar la pava con otro, antes muerto. Es mucho hombre mi majo.

Hombres y mujeres se aplican en la ciencia del buen gusto y ya nada se llama con su nombre verdadero. Dicen de una marquesa que tie una granja y la llama "seminario del buen gusto acerca de los conocimientos y ensayos agrónomos". Los cerdos de esa granja olerán a agua de colonia y las vacas a jabón de olor. No te me rías.

Los del bando contrario, tienen también sus palabrillas. Que de vez en cuando, acude a la casa el director espiritual, ya sabes, el canónigo que confiesa a madama Baldomera. Ya sabes que donde hay´curas no pué faltar el chocolate. ¡Y los picatostes! Que la cocinera no da abasto. A lo que iba, el buen sacerdote acude una vez al mes a confesar a la señora. Y ahí va Rosita con la jícara y la fuente del pan frito. Y la señora se siente confortada con la confesión y las regañinas que vienen después. Que el padre Jacinto le afea su conducta en los salones, pero muy poquito, muy finamente. Que a los pater les importa una higa las tonterías de las madamas, siempre que lo hagan sin dar escándalo afuera. Los picatostes se han de servir sin escurrir, bien cargaditos de aceite y con mucho azúcar. Como le gustan al padre, dice...Así con la pesadez de la merienda, no hay lugar para muchos sermones. No sabe nada la madama.


Apunto en la cabeza las palabras del sermón: extravagancias, novelerías, esa alhaja perdida del recato que adornaba antes a toda mujer honrada, bla, bla, bla. Le da la absolución y hasta el mes que viene. ¿Qué cómo sé yo estas cosas? Yo no quiero oírlas, que es cosa sagrada la confesión, más el padre habla muy alto y yo tengo un oído de tísica. Y además he de estar al pie del cañón, digo de la chocolatera.


Y no sólo es el canónigo, que mi señor don Ciriaco conserva amigos viejos que no tragan con lo de los salones. Le visitan y se encierran durante horas en la salita más alejá de las habitaciones de la señora. Allí con los licores, se les suelta la lengua y...peleles, títeres, arlequines, muñecos, chuchumecos, saltimbanquis...to eso son los pisaverdes al estilo de don Frasquito. Proclaman que el hombre español ha perdío el sentido del honor, que estos arlequines han invadido las casas de importancia...pero don Ciriaco no ha de contener la invasión. Da la razón a sus amigos y aguanta en los salones, qué puede hacer si su mujer anda en la maroma del cortejo. Confiar en que no se caiga.


No, no le dice a sus amigotes la verdá. A don Ciriaco le parece de perlas que su señora tenga cortejo, como las duquesas, como la de Osuna talmente. Ahora me doy cuenta, que mi maestro me abre los ojos. Así, el cortejo Frasquito la tie entretenia, desde primera hora de la mañana. Y don Ciriaco va a donde le da la gana, a cazar, a sus negocios, a darle al naipe o a los saraos que sean de su gusto. Y como el currutaco paga perfumes, joyas, vestidos, tos los lujos...mi señor eso que se ahorra y lo invierte bien. Que con esto del cortejo, tos sacan tajada. Las manufacturas contentas, que hay que gastar para tener un salón. Muebles, alfombras, comida refinada, sedas, vajillas, to fino y de lo mejor.

¿Me preguntas qué saca un hombre que socupa en cortejar madamas? Te cuento. Don Frasquito es un hombre rico pero sin relaciones, no le conocía nadie, no es de familia de linaje. Ahora entra en las casas de importancia, trata con la gente principal y sus intereses van pa arriba. Este pisaverdes llega alto, ya te contaré. Le sale a cuenta acudir ca mañana a levantar a la señora y ayudarla a lavarse con agua de rosas. La cotilla abrochá y to el día con ella, que si paseos en carruaje, que si visitas, que si palique en el salón, que si música y tos a bailar.

Ligeros, traviesos, inquietos, vivarachos, tan fáciles de manejar, los cortejos son hombres tan distintos a los padres y maridos tradicionales. Son como uno de esos animalitos que se compran las damas pa entretenerse con sus grititos y muecas. Como un perrito faldero, un papagayo o un monito. Sí, como un mono con su inseparable espejo para ensayar sus gestitos una y otra vez, hacer monadas y monerías . O como una mona.



Y se han acostumbrao de tal manera a la palabra que ahora ya no se dice mona como burla sino como alabanza. "Es muy gitana y muy mona" dice doña Irene en "El sí de las niñas". "Mona mía" llama don Frasquito a la señora. Y le dice de su nuevo vestido que es una monería. ¡Con lo feos que son esos animalillos que yo he visto en el Botánico!

Ahora petimetres y petimetras son monos, pásmate, y también majos y majas, como palabra buena, que antes pa ellos majo era parecio a impertinente o chabacano, cosa mala.  ¡Pásmate! Estos señoritos se fijan en nosotros, los del pueblo, imagina.Y han sacao una nueva palabra que a mí todavía no me suena bien: guapa. Que antes guapo era rufián, chulo, bravucón...Ahora cantan: "¡Ay qué chula! ¡Ay qué bella! ¡Ay qué maja! es esta pulidita tonada". Se aburren y se visten de majos, ya ves tú. Porque un majo, con su aire de taco, tie salero, ques lo contrario del melindre, que es cosa dulzona y empalagosa.


 
Viven la vida como un continuo juego de salón. Hacen el grupo, hacen la rueda, juegan al pique...con el  amante, galán, pique o mueble, de todas esas maneras llaman las madamitas al señor cortejo. Ellas se muestran caprichosas y melindrosas. Siempre atentas a sus humores cambiantes, se sirven de las jaquecas o de los desmayos para ahorrarse respuestas o salirse siempre con la suya Una buena azotaina les daba yo, pues se portan como criaturas.

Seguiré contándote cosas, Mariquilla, que veo te gusta saber de lo que pasa por aquí. Cuéntame tú cosas del pueblo y de tu casa. Tu amiga que lo es y que no te olvida:

Rosita

Aquí termina la cuarta carta de Rosita. Espero que os haya gustado.

Ayer asistí a la lectura presencial que dirige Pedro Ojeda, en la UBU. Fue una reunión muy interesante y divertidísima. Mi lectura, y esta entrada, queda muy enriquecida con las palabras del profesor y las aportaciones de los lectores asistentes. Mayoría de mujeres. Hombres tres. Mujeres que no estamos dispuestas a perder los derechos que tan costosos han sido de alcanzar. Ni los derechos...ni la pensión. ¿Verdad Turri?

Y como dice Paloma Fernández Villa:

"Resulta increíble como de una tesis doctoral que a muchas de nosotras nos había parecido, larga, densa, repetitiva, incluso no pudimos terminar su lectura; tras los comentarios del grupo y las intervenciones de Pedro, resulta una obra interesantísima."

Un buen profesor consigue eso. Increíble pero cierto.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 4 de febrero de 2015

"Usos amorosos del dieciocho en España": de doncellas, casadas o cortejadas, recatadas o despejadas, más o menos instruidas, en la tercera carta apócrifa.

 
"El varón español, despojado- a través de la crisis del papel femenino-de aquella coraza indiscutible del honor, quedaba herido por su flanco fundamental, perdía su función histórica, se convertía en un fantoche, en un pelele como los que pintó Goya, en un muñeco" (Pagina 282 de "Usos amorosos del dieciocho en España").

Comentario, en forma epistolar, al ensayo "Usos amorosos del dieciocho en España", de Carmen Martín Gaite. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Recordáis de la entrada anterior, y de la anterior, las cartas de Rosita a su amiga Mariquilla, aquí tenéis la tercera. 

Madrid, 2 de agosto del año de Nuestro Señor de 1795.

Mi querida amiga Mariquilla:

¡Tantas cosas que contarte y me olvido de las buenas costumbres! Ya sabes, lo de la salud y la familia, lo de siempre. Enmiendo mi falta, aunque seamos amigas del alma; que la cortesía nunca está de más.


Espero que al recibo de estas cuatro letras, te encuentres bien de salud y la familia también, así como el bueno de don Dimas, el boticario, tu señor esposo, a pesar de los alifafes propios de sus ochenta años, muy largos de talle. Yo me encuentro bien de salud, a Dios gracias, y a la Virgen de la Almudena, que es la de aquí, y a San Isidro y sus laboriosos ángeles y su señora esposa, María de la Cabeza. Me aconseja el señor maestro que deposite a los santos en su dorada peana y pise tierra firme, bien pisada está, adelante con la péndola.

Así es, Mariquilla, escribo y leo de corrido. Mi trabajo me cuesta, leo y plumeo todas las noches, agotá y muertecita de sueño, en esta mesa coja del cuarto los trastos. Nunca me falta un cabo de vela desechado, a Dios gracias, que con el candil de mi cuarto me fuera imposible ver una letra. La generosidad de don Juan me proporciona tinta, tintero y pluma con la punta bien afilada. Ya ves que aprovecho las planas de los niños, el papel es caro y ellos dejan en el cesto muchos papeles garrapateados solo por una sola cara. Pero sé que tú lo comprenderás, quien ha sido pobre no lo olvida nunca.

Te decía de las casadas, sí, ellas pueden tomarse libertades; porque las pobrecillas solteras han de padecer la doncellez con recato y con mucho espejo, sin despejo alguno. Tú recordarás al señor cura de nuestro pueblo, que nos juntaba a las mochachas pa echarnos el sermón. Las virgencitas, sin ojos y sin pies, nos decía. Alzar los ojos del suelo, mirar a la cara a los hombres, andar correteando por ahí; graves pecados son. Rrrrrrecato, cómo le gustaba la palabra con su erre. Recato y encierro, que el buen paño en el arca se vende.
El buen párroco, despistao, nos hablaba como a hidalgas bien acomodás en los almohadones del estrado. Bien nos gustaría bordar y menear palillos, sin perder la color; que a las labradoras  no nos dejan los pies quietos: ve a la huerta mochacha, a la era, con el ganao, con el cántaro y a la fuente y lleva la  comida pal padre. Y ten cuidao no pierdas algo en el camino, mira que hay hombres al acecho bajo las olivas.

Recato, tapar algo pa que no se vea. Y si no se ve, la maldad como que no existe, mira tú qué bonito. La buena mujer no alcanza la fama solamente con ser buena, sino con parecerlo. Y es más importante parecer honesta que serlo, mira tú qué ley.

Así  veo yo  a las doncellitas que acuden al salón de mi señora. Para sus padres son una mercancía frágil: han de andar con cuidao, no se rompan, hasta el  momento feliz de pasarlas a otro dueño. Arreglarán la boda con un marido conveniente y se acabó el agobio. El noviazgo será  de pocos meses, los novios apenas cruzarán la palabra en visitas de sí señor, no señor, qué bien habla usté. Si surge algún cariño, a nadie importa. Dinero y propiedades es lo que hay por medio.

Bueno, pa el caso, como en nuestro pueblo, que la familia nos lo compone, pescando al vecino que tie las tierrecillas de al lao. Y si no hay tierras pa la hija, toas pa los varones, con el hatillo vete a servir a la capital, como yo. Y a atarte de por vida al majo Pepón, porque soltera no me puedo quedar, triste destino el de una criada pobre, añosa y sin casar, por mu entera que se mantenga.

¿Qué la mujer escoja marido? Eso sólo rige para la obra del señor Moratín, la del sí de las niñas, la que don Juan me lee de vez en cuando. Un hombre que escribe verdades como puños de lo que enseñan a estas niñitas de buena familia. Fíjate que dice: “y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”. Astutas, miedosas, silenciosas, qué ojo el de don Leandro. Por el salón de mi señora Baldomera, pasan unas cuentas Paquitas bien encadenás a su mamás, menudo rebaño de doñas Irenes que hay por aquí. Don Leandro las conoce, seguro.

Leandro Fernández de Moratín, retratado por Goya.

Vuelvo a contarte de las casás que pa ellas no rige ya el recato sino el despejo, bien pueden. Ahora hay que  ser despejada, pizpireta, desenvuelta, hablar todo seguido y levantar los ojos del suelo para clavarlos en los del hombre. Marcialidad dicen, un nuevo modelo pa las madamitas bien agarrás al que las acompañó a la vicaría, bien pueden echarse un cortejo y jugar a galanterías divertidas. El esposo zanguango  tan contento, así el currutaco paga los hatos de seda y piel, recién llegados de la Francia. Y zapatos, camisas, escofietas, perfumes, pomadas, joyas, carruajes…una fortuna; que la coquetería de estas mujeres es insaciable.



Pa las solteras cuidao, que los caballeros no quieren casarse ni con agua hirviendo. Las casadas han invadido su territorio y andan desesperás. Que los petimetres a la moda no tienen tiempo, ni dinero, pa tener cortejo y novia al mismo tiempo. Y lo digo porque lo he visto, Mariquilla, hay viejas doncellas de treinta años que arremeten contra todo soltero que se le ponga por delante, aunque sea un beato pelón con solideo. Y si se les ocurre imitar a las casadas despejadas y pizpiretas, el pisaverdes huye como alma que lleva el diablo.

Me preguntas si el cortejo no da en adulterio, to el día juntos, que caminan sobre brasas y se meten entre llamas. No sé qué contestarte, de todo hay. Dicen que antes lo del chischiveo era cosa de la nobleza, tan digna y tan virtuosa. Y que ahora, con tanta burguesa cortejada, ya no se guardan las formas y circulan por ahí libelos difamadores que dicen de relaciones pecaminosas. Y hay quien escribe que to viene de cuando los caballeros imitaron a los majos, o las damas a las majas, mira tú la duquesita de Alba. Mira tú la ocurrencia.


Y cómo cunde el mal ejemplo, que la reina doña María Luisa no es precisamente un buen espejo en que mirarse. Y el príncipe de la Paz, Godoy, ya sabes, que hay cosas que no conviene dejar escritas. ¡Ay si nuestro rey don Carlos III levantara la cabeza y viera a don Carlos IV tan zanguango! Él, tan casto y amigo de la caza, tan piadoso y prudente.

Godoy retratado por Goya. El pintor colocó la espada en el lugar pertinente.

 
Te confesaré que a mí no me indigna que mi señora doña Baldomera se acueste o no con su currutaco, de lo suyo gasta y allá con su conciencia. Lo que no puedo sufrir es ver a hombres y mujeres hablando de tontunas durante horas. Se lo comenté a mi maestro y me devolvió la pregunta. ¿De qué van a hablar si no han recibido instrucción alguna?

Es verdad, estas madamitas no han tenido estudios, pero los petimetres sí los tuvieron. Al parecer, o fallaron sus maestros o fallaron ellos, o los dos. ¿Y ellas?

El otro día, mientras servía el chocolate a una vieja dama, la oí decir: “dicen que las mujeres somos tontas, seríamos tan inteligentes como los hombres si alguien se hubiera molestado en enseñarnos como a ellos”. Tiene razón, Baldomerita pronto dejará de recibir enseñanzas del dómine, en cuanto sepa malamente leer y escribir. Tendrá un maestro de baile para dominar la contradanza, otro de lenguas para chapurrear un poco de francés y el resto del tiempo…pasará las horas muertas con la aguja o los palillos, bastidor o cambrai. Será tan insulsa como su madre.  Ciriaquín, el niño, tendrá más suerte si puede recibir las enseñanzas de don Juan, este dómine tan sabio.


 
¿Y por qué no se abren escuelas para las niñas? Sí, Mariquilla, tengo unas ideas locas. ¿O no? Recibe un abrazo de tu amiga que lo es:

Rosita

Espero que hayáis disfrutado con la tercera carta de Rosita. Con todos mis respetos para doña Carmen Martín Gaite, que vive en nuestro recuerdo.

Recibid un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 28 de enero de 2015

"Usos amorosos del dieciocho en España", con petimetres y petimetras, majos y majas, en otra carta apócrifa.


Los hombres llevan vestidos de cortesanos y las mujeres de majas. Ello responde al interés casi obsesivo de Goya por la mezcla de clases sociales, que era difícil de conseguir en la realidad pero que él lograba con asombrosa maestría en sus composiciones.

Comentario al ensayo "Usos amorosos del dieciocho en España", de Carmen Martín Gaite. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Recordáis de mi entrada anterior, mi pequeña mentira literaria. Aseguraba que había llegado a mis manos un documento que os podía contar mejor lo de los usos amorosos en el dieciocho. Era un manojo de cartas, fechadas en 1795, que apareció entre documentos antiguos sin clasificar, en un archivo municipal de provincias. Y publiqué la primera de ellas, recordáis que la firmaba una mujer llamada Rosita que se dirigía a una amiga llamada Mariquilla.

Recordáis también como, al final, confesaba mi falta: "Perdonadme la mentira literaria. En mi imaginación, el libro de Carmen Martín Gaite bailó una contradanza con fragmentos que yo recordaba de “La escuela de los maridos” de Molière traducida y adaptada por Moratín,y de “La dama boda” de Lope de Vega. Y encontré una manera distinta de comentar la obra de este mes, más divertida que la línea recta".

En vista del éxito, y ya sin mentiras, aquí tenéis la segunda de las cartas, tras la segunda contradanza, bailada por el libro de Carmen Martín Gaite, en mi imaginación.


Madrid, a 25 de mayo del año de Nuestro Señor de 1795.


Mi querida amiga Mariquilla:

Recibí con gran alegría tu carta y tus alabanzas. Me dices de lo bien que escribo, debo confesarte que es mérito de don Juan, el dómine.  Al principio, seguía con disimulo las lecciones que daba a los niños, mientras repasaba la ropita, qué criaturas más destrozonas. Pronto  el maestro se dio cuenta de mi interés y en cuanto los pequeños se iban con el aya, a jugar media horita en el jardín, ya estaba conmigo. Aprendí a leer y a escribir…ay, Mariquilla, qué bonito es aprender. Y cómo me coge las manos, qué hombre más sabio y más guapo. Que no, que no, Mariquilla, que yo no voy a dejar plantado a mi Pepón. Los sueños sueños son y cada oveja con su pareja, siempre que sean del mismo rebaño y yo me entiendo.

Me cuentas que sales poco de casa, ni a misa vas, a no ser los días en que repican recio, de la mano de tu señor esposo, don Dimas, el viejo boticario. ¡Un marido de un rebaño mejor! ¡Qué suerte la tuya! Como ahora puedes pagar a la lavandera, no vas al lavadero, a charlar con las viejas amigas y a reír un poco. ¿Ta acuerdas? Na, ahora te quedas quietecica en casa con tu juboncito de estameña, la ropica de color bien guardá en el baúl, entre bolas de alcanfor, igual que  tú. Pero ahora eres la señora doña María y yo sigo siendo la criá de madama Baldomera.

Como te iba contando, Mariquilla, mi señora doña Baldomera sa echao un cortejo, como las damas principales. Y dice que tie derecho a esparcir las ideas como las semillas en el campo, que pa eso se junta con otras madamas, cada una con su currutaco. Ella con su Frasquito.

¿Y de qué crees tú que hablan? Pues de lo mismo que nosotras, si vas a mirar, de trapos y de lo que hace la vecina, pa criticarla. ¡Y de las probes que estamos pa quitarlas la porquería! ¡Valiente conversación! Dicen que en la Francia las mujeres discuten de filosofías y de letras, aquí no, al menos en el salón desta casa. Aquí los hombres se entontecen, con más delito, que ellos sí han ido a la escuela. Como la moda no da para todo el día, se pasa a la maledicencia, creo que lo escribo bien: maledicencia.



Pon que un día hablan de batas, sale a relucir la que llevó una tal Dorina al paseo. Si era o no de buen gusto, si la tela era de Francia o de Valencia, si de calidad las blondas, las espiguillas o los nuditos. Y lo principal: de dónde ha venio la tal bata. Todos lo saben, el señor cortejo es quien la provee de batas, abanicos, encajes y demás. Pero a ver quién aporta el comentario más maligno…y cuando se aburren de tanta mala baba, la toman con nosotras las criás, pa eso estamos, to por cuatro perras mal contás.



Si estuvieras aquí a mi lado, Mariquilla, me preguntarías qué les va a los hombres en meter baza en esas tontunas. Te lo diré, lo hacen para caer en gracia a las mujeres y no dudan en tratar temas de mucho seso, tales son las cintas, los bucles, el tontillo o el limpiadientes. Amanerados dice el dómine, afeminados veo yo a estos del chichisveo. Petimetres les llaman, algunos han estudiado en la Francia y han vuelto hablando raro.
Me dicen que fue cosa de nuestro rey don Carlos III que Dios guarde, que favoreció los viajes al extranjero de muchachos de buena familia que prometían por su inteligencia. Y se pusieron de moda las salidas y salieron muchos que no prometían nada, pisaverdes que sólo sacaron en limpio unas cuantas modas tontas y el desprecio por todo lo español, que ahí nos duele.

Pues, como te decía, los petimetres del salón de mi señora han debido traer la maleta cargada de fenelones y voltaires, amén de antítesis, epopeyas y sindéresis, qué bien copio esas palabrotas que me pone de muestra el dómine, con su rayita encima y todo. Por no hablar de los mil cachivaches gabachos  que llevan encima: hebillas, sortijas, espadines, cajitas y sobre todo relojes con muchos colgantes. Pasmada te quedarías, Mariquilla, de ver a un petimetre con todo lo que le cuelga…de su reloj: regaderas, faroles, bellotas, violines, corazones, llaves, guitarras, miles de juguetitos. Y que si el buen tono, que si el peluquín escarchado o el color de pompadur. Y ni te cuento cuando en la mesa piden un ragú o una sopa a la reina. Yo pasmá, que no me saquen de la carne guisá y las sopas de ajo.

Nuestros hombres, los de nuestro rebaño, mi Pepón sin ir más lejos, a la vista de tanto señorito afeminado, han dao en “majos”, haciendo gala de desafíos, desplantes y bravatas.  To a lo largo y ancho de Lavapiés, el Rastro, Embajadores, nuestros barrios del pueblo. Pobre del señorito de medio pelo que invada su territorio o tenga la desfachatez de fijarse en sus mujeres. Con el rostro oculto a medias por el sombrero y la montera, el gesto bravo y desafiante; estos son nuestros hombres, castellanos auténticos, machos de verdad. Así es mi Pepón. Man dicho que Goya, el pintor maño, se fijó en él para una de sus pinturas. Oloroso a ajo y con los arneses a cuestas, un hombrazo digno de ser capitán de aquella reina católica llamada Isabel que así los prefería, dicen. También cuentan que la tal Isabel era algo puerca y no se cambiaba de camisa…hablillas.



Y lo peor de todo, amiga Mariquilla, estas costumbres extranjeras están acabando con el honor, la fe, las buenas costumbres de nuestra patria. Aquellos caballeros antiguos, de negro y con su golilla, españoles de verdad, buen ejemplo para el pueblo llano. Estos de ahora dicen que hay que gozar del mundo y no sé qué de las luces y las razones. Y los curas abren las orejas, muy atentos a lo que toca a su oficio; no cundan las ideas del tal Voltaire, creo que lo he escrito bien, y se abandone la costumbre de ir a misa y comulgar por Pascua Florida. Y pagar diezmos el que los haya de pagar.


Este ejemplar de la Encyclopedie se guarda en la catedral de Burgos, aunque parezca mentira. Hubo un canónigo que se la compró.

Me dice el dómine que las ideas de esos franceses no son malas, que to lo contrario, que nos darán más luz y menos oscuridad. Tal vez me esté hablando de algo que alumbre más que los pobres candiles que gastamos en nuestras humildes casas. Me ha prestado algunos libros para que lea, me asegura que alumbrarán mi entendimiento. Si don Juan lo afirma, así será. Me gusta leer y si no entiendo, pregunto.

De momento, aquí en el salón paso las tardes, sirviendo el chocolate de la jícara  a los petimetres y petimetras; sí ellas también, gastadoras que agotan la hacienda del marido, horas y horas ante el espejo para poder darse tono con un cortejo que las eche el incienso. Y los maridos zanguangos a mirar, mira tú qué bonito.

A las criadas cada vez nos tratan peor, ya no nos ven como amigas confidentes. Nuestro sitio debe estar al lado de las mujeres que trabajan con sus manos: costureras, escofieteras, bordadoras y empleadas en las manufacturas. Todas ellas han salio ganando, menos mal, por el gasto que hacen las señoras, tan hambrientas de lujo. La industria del país irá parriba.

Nosotras somos majas, pues nuestra media naranja es majo. Dicen que algunas señoras de las altas, altísimas, nauseadas ante tanta petimetra emperejilada, han comenzado a copiar nuestro estilo, el del pueblo. La principal, la duquesa Teresa Cayetana de Alba que se aficionó de chica al trato de criados y criadas y tomó la costumbre de corretear por los barrios donde tie sus palacios, el Juanelo y el Barquillo. Es la que te dije en la otra carta, que su cortejo es el pintor Goya, algunos se hacen cruces asegurando que va a pintarla vestida de maja, con abanico y to. Y sin vestido, pero eso no me lo creo, hablillas, Jesús, Jesús.



Pero que Teresa Cayetana no tiene nada que hacer al lado de doña María Josefa Alonso Pimentel, condesa duquesa de Benavente y duquesa de Osuna, casi na. Mi maestro de letras me cuenta que esta señora es muy sabia, que en su quinta “El Capricho” discute de artes, de toros, de pintura, de teatro, de cambiar la sociedad y de libros… con escritores como Moratín o don Ramón de la Cruz, el del teatro. Y con su cortejo, cómo no, que es el marqués de Bondad Real. 



Mas se alía con su rival, la de Alba, para ir en contra de la reina nuestra señora, doña María Luisa de Parma; pues las damas viven toas pendientes de los bailes, vestidos y maneras más o menos chocantes de las dos duquesitas. Y que rabie la reina que no es modelo para nadie, tan antipática, qué fea la pobre, tan vieja y con los dientes de madera. Sí, como oyes, de madera. Y el cortejo de la reina ¿sabes tú quién es? Primer ministro y favorito del rey...y de la reina.



La de cosas que te escribo, Mariquilla, amiga. Como ves, aquí en Madrid, son las casadas las que se toman libertades, las que se apoyan en el nombre del marido para respetarles o para colocarles los cuernos, depende de cada cual. No creo que tu boticario marido te consintiera echarte un cortejo, la mujer casada… la pata quebrada y en casa. De momento, son libres unas pocas con suerte. ¿Lo seremos todas algún día? ¿Seremos algo sin ser señoras de alguien? Esto te lo digo a ti porque hay confianza, me llamarían loca, Mariquilla de mi alma. 

Recibe un abrazo de tu amiga que lo es:

Rosita

Aquí termina la segunda carta de Rosita. Espero que os haya gustado. Es un homenaje respetuoso a doña Carmen Martín Gaite, viva en el recuerdo de sus lectores. 

Un abrazo de María Ángeles Merino

miércoles, 21 de enero de 2015

"Usos amorosos del dieciocho en España" de Carmen Martín Gaite, con el cortejo, dos grabados de Goya y una carta apócrifa.


Grabado de Goya titulado No hay quien más desate.
Comentario al ensayo "Usos amorosos del dieciocho en España", de Carmen Martín Gaite. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
Iniciamos una nueva aventura lectora: “Usos amorosos del dieciocho en España”, de Carmen Martín Gaite, para la lectura colectiva" de "La acequia". Recordamos a Carmen Martín Gaite y su amplia obra narrativa, de extraordinaria calidad, iniciada en 1954 con "El balneario"(Premio Café Gijón de relatos). 



Una buena escritora  que recibió el premio Nadal por dar vida al conflicto de unas inolvidables muchachas condenadas a ver pasar la vida "Entre visillos"



La misma que nos hizo sonreír con los recatados y ñoños "Usos amorosos de la postguerra española", no tan extraños para los que fuimos jóvenes en los setenta, tanto duraron los estertores de aquella longeva y casposa dictadura. 



Recordamos también su aspecto de niña grande y rebelde, con su melena gris y su boina, una niña traviesa que fue capaz de llevar a Caperucita Roja a Manhattan. Una mujer especialmente sensible al papel de la mujer en la sociedad, en el pasado y en el presente. 




"Usos amorosos del dieciocho en España" es un ensayo que tiene su origen en una Tesis Doctoral. ¡Cielos un texto académico! ¡Huyamos! No, no, el lector medio no debe asustarse. Pedro Ojeda nos tranquiliza: "precisamente por la faceta como escritora de Carmen Martín Gaite se lee con pasión no exenta de sorpresas".



Vamos a leer y a sorprendernos con los"usos amorosos" de un siglo que llega de la mano de unos Borbones de peluca empolvada, ávidos de  barrer el tétrico luto de los últimos Austrias,  unos  déspotas muy ilustrados para una sociedad rígidamente estamental.

 ¡Y de la aridez literaria! Porque nuestros manuales de Literatura se explayaban con el XVII para frenar en seco al llegar al dieciocho, los escritores ocupaban escasas líneas  y tan didácticos que debían aburrir a las ovejas, suponíamos. Qué poco se salvaba: Cadalso, Jovellanos, el padre Isla con Fray Gerundio Campazas…y Leandro Fernández de Moratín, el de las niñas que decían sí. 

Viejos clichés de bachillerato para un “siglo tan mal estudiado…en nuestro país desde el punto de vista de la historia de las ideas”, como nos advierte Carmen Martín Gaite, en su “exordio preliminar”. Para conocerlo mejor, la autora va a excavar en unos temas a los que los ensayos prestaban poca atención, los que señala Pedro Ojeda:"la vida íntima de las personas, a los comportamientos habituales en las relaciones sociales y, en especial, a la perspectiva sentimental centrada en la mujer".

Carmen Martín Gaite toma como punto de partida la absurda moda del cortejo que hizo furor entre las damas de la alta sociedad dieciochesca, un conato de rebelión femenina, para coger el hilo de los cambios de costumbres que van a tener lugar en la vida española: el sentido tradicional del honor, la sociedad de consumo, los conflictos matrimoniales, el "majismo", lo tradicional frente a lo moderno, el amor romántico, las primeras reivindicaciones feministas...
Ahora había de hablaros del "cortejo", pero ha llegado a mis manos un documento que os lo puede contar mejor. Es una carta fechada en Madrid, 29 de abril de 1795, apareció entre documentos antiguos sin clasificar, procedentes de una vieja biblioteca particular cuyo dueño falleció, sus herederos lo donóaron recientemente a un archivo municipal de una ciudad de provincias. Allí los encontré yo, entre ellos había un manojo de viejas cartas firmadas por una mujer llamada Rosita. Cual sería mi sorpresa al ver que hablaban del cortejo y de otros temas que coincidían un poco con el contenido de "Usos amorosos del dieciocho en España" (1).

Leamos la primera.

En Madrid, a 29 de abril del año de Nuestro Señor de 1795.
Mi querida Mariquilla:

Te escribo unas pocas letras para contarte cosas de este Madrid de mis pecados, las cuales te dejarán, seguro, con los ojos abiertos como platos, acostumbrada como estás a vivir en el pueblo.

Te contaré que mi señora ha tomado una moda extranjera que dicen “cortejo”. No sé si de Italia o de la Francia. Será de la Francia porque mi ama se hace llamar madama Baldomera.  El caso es que la siguen las duquesas, marquesas y señoras principales. Y dicen, pásmate,  que a la de Alba, la duquesa Cayetana, le sirve de cortejo un pintor maño, Goya creo que se llama.
El cortejo se da solo con maridos de condición principal que consienten  a sus mujeres tener amistad ¡con otro hombre! Sí, lo que estás oyendo, o leyendo. Bueno, ya sé que te lo leen, que tú no sabes leer. No has tenido la suerte de aprender, como yo, que me comía las letras  fijándome en la licción que el dómine da a Baldomerita y a Ciriaquín. Y qué miradas me echa el maestro, tanto que mi Pepón, no sé quien le contó, sería el aya que menuda lengua de víbora, se puso celoso.

Como te decía, el señor permite que la señora tenga un amigo que entre en casa, le dedique atenciones y regalos y galanterías. No, no pienses mal, no hay adulterio, como diría el señor cura. Ni cuernos, aunque todo se andará. El caso es que mi señora tiene dominao  al currutaco  que la corteja, Frasquito le llama. 


Perfecto currutaco.

Por las mañanas, a primera hora ya está en casa, toma con ella el chocolate y le abrocha la cotilla. Por las tardes, toca paseo. De noche juega con ella a las cartas y a no sé qué más cosas. Le trae flores de lo mejor y manda a uno de la corte que le cuente de las modas de palacio, que mi ama quiere saber lo que se estila, no vaya a quedar en ridículo y asome su pasado de menestrala.  Que el pisaverdes se presenta con el último abanico extranjero o la cofia de nueva invención, no veas tú qué elegancia, qué encajes.  Y cuando la señora estuvo delicada,  ahí estaba Frasquito cada cuatro horas a darle las melecinas. Dicen que dejó sus negocios pa a estar a su cabecera, qué exagerao, cobrar rentas no lleva tanto tiempo, digo yo.

Mi señora contenta de que la traten como a una imagen de la iglesia a la que hay que dar incienso, que el señor Cortejo se le ponga de rodillas y le sobe la mano, beso va, beso viene. Y si se le antoja de una joya, allá va don Frasquito a comprársela, perdiendo el cu…, no se le vaya a poner mala su Baldomerita adorada.

Lo de cortejo y cortejar…yo pensaba que era algo pa acompañar a los reyes. Me contaron que antes lo llamaban chichisveo, algo así como hablarse al oído. Y es palabra bien puesta, que no dejan estos dos de chichisvearse. Na, y el marido tan contento. ¿Conversaciones secretas entre un hombre y una mujer? Antes sólo en los confesionarios y había quien veía peligro en ello, que un cura no deja de ser un hombre. 

Porque pa las mujeres honradas regía el refrán “entre santa y santo, pared de cal y canto”. Ahora, las madamas sonríen a su cortejo detrás del abanico, le mandan billetitos amistosos, le estrechan los dedos cuando él se los alarga para ayudarla a bajar de la carroza. ¿Cómo se permite esto en un país cristiano como el nuestro? ¿Dónde queda la jonra de estas señoronas cortejadas?

Que las mujeres españolas estamos acostumbrás de antiguo a “darnos a valer”, que se lo ponemos caro al amante, nosotras que tanto nos han machacado con el pudor y el recato.  Que nos miren como bobalicones, na más y luego si hay boda...la cosa cambia.


El majo de la guitarra, Tiépolo.

Nos casamos y ya sabemos lo que hay. Quietecita en casa, barriendo, fregando y limpiando. Y pa entretener las tardes, remendar y hacer calceta. Sin hablar con nadie, ni con el gato. Bueno...con alguna vecina. Que los maridos de las mujeres probes no quieren ser como el zanguango de mi amo que prefiere que otros hagan lo que él debería hacer. Yo no entiendo na, bueno es mi “majo” pa tolerar a un mozalbete antojadizo a mi vera. Cuando nos casemos, pues seré como toas, como tú. ¿Qué me cuentas ahora, Mariquilla, que eres mujer casá?

Como ves, escribo muy bonito, es el dómine que me corrige. Y me coge la mano, no seas mal pensá, es para decirme como tengo que poner bien los dedos. Si lo hago mal, me da con la palmeta, como a los niños, pero flojito…me hace cosquillas.

Recibe un abrazo de tu amiga que lo es:

Rosita

Nota: como podéis apreciar hay  dos líneas y media que aparecen tachadas. Alguien, no sabemos con qué método, eliminó las tachaduras que lo hacían ilegible. Rosita se arrepintió de contar a su amiga sus intimidades con el dómine. Dice: Y me coge la mano, no seas mal pensá, es para decirme como tengo que poner bien los dedos. Si lo hago mal, me da con la palmeta, como a los niños, pero flojito…me hace cosquillas.
Después de leer la primera carta de Rosita, tenemos claro lo que suponía el cortejo. Si la hubiera leído Carmen Martín Gaite, hubiera pensado que la amiga de Mariquilla era persona que conocía su libro. Por desgracia, doña Carmen ya no puede leer nada, que se nos fue en el redondo 2000.

Para la próxima semana tengo otra carta. Mientras la leo, está un poco borrosa, canturreo una canción popular castellana que dice:

"Cortejo que cortejas a dos madamas, cortéjame a mí sola, que soy contraria. Tienes ojos azules, mala pintura, donde no hay ojos negros, no hay hermosura. Cortejo que cortejas..."

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

(1) Perdonadme la mentira literaria. En mi imaginación, el libro de Carmen Martín Gaite bailó una contradanza con fragmentos que yo recordaba de “La escuela de los maridos” de Molière traducida y adaptada por Moratín,y de “La dama boda” de Lope de Vega. Y encontré una manera distinta de comentar la obra de este mes, más divertida que la línea recta.