| "Arlanzón entre dos luces" |
Utilizo un ejemplar de la colección Austral y http://es.wikisource.org/wiki/Sonata_de_invierno
“Don Carlos, a pesar del temporal de viento y de nieve, resolvió salir a campaña”.
Con su caballería, sus trescientos lanceros y sus ayudantes. ¡A jugar a la guerra! Ahí van el Conde de Volfani y el marqués de Bradomín, tan felices, cabalgando con las monturas emparejadas. Dos “grandes amigos, como puede presumirse”. El lector sonríe, tiene en mente la reciente visita del marqués al lecho de María Antonieta, señora de Volfani. Nos divierte imaginar la sonrisilla de don Xavier.
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| De aquí. |
“Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines”. ¡No! Que eso es de Rubén Dario. Aquí:
"Los clarines sonaban rompiendo marcha hay clarines, el viento levantaba las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada: ¡Viva Carlos VII!"
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| De aquí. |
Una vez en la carretera, hacen alto un instante. El viento azota "bravío", relinchan algunos caballos "encabritados" y unánimemente se afirman en sus sillas. La columna se pone en marcha.
¿Alfonsinos a la vista? No, ni uno, sino la conjunción de viento y lluvia batiendo "con grandes ráfagas". Los ponchos flamean cual banderas y las furiosas boinas se tienden hacia atrás.
"Una gran casería", una humilde casa, en un cruce de caminos, va a hacer las veces de Cuartel Real. Se reúnen en la cocina al amor del fuego. Sientan al Señor Rey don Carlos en la silla del abuelo.
La lluvia bate los cristales. Todos hablan del borrascoso tiempo, si no fuera por ese pérfido enemigo ya castigarían a su gusto a la facción alfonsina.
Se calma el temporal y don Carlos exclama: "¡Bradomín, qué haríamos para no aburrirnos! "
Nuestro marqués se permite responder socarronamente: "Señor, aquí todas las mujeres son viejas. ¿Queréis que recemos el rosario? "
El Rey le mira con expresión de burla, tal vez piensa que el marqués se toma demasiadas confianzas, ahora verá. Le pide que, subido a una silla, les recite el soneto que ha compuesto a su odiado primito Alfonso. Los cortesanos se ríen de la real broma, Bradomín contesta, muy digno: "Señor, para juglar nací muy alto". El Rey le abraza, no ha querido ofenderlo...
Silencio. La cocina comienza "a ser invadida por las sombras"; pero "a través de los vidrios llorosos" ven que "en el campo aún era la tarde".
En los caminos reina una soledad amenazadora. Don Carlos quiere que Bradomín y Volfani le acompañen a Estella. Nadie ha de enterarse. No, no es preciso avisar a Volfani: "él ha sido quien preparó la fiesta". Esperarán "a que cierre la noche".
Mientras tanto, escuchan las batallitas de dos ancianos militares, las que ganaron y las que piensan todavía ganar. Se enternecen ponderando las virtudes de sus soldados. ¡Qué decir de los navarros, tan buenos conservadores de "la lealtad, la fe y el heroísmo" de los viejos tiempos! La ironía del viejo marqués carga contra los ingenuos "que aún esperan de las rancias y severas virtudes la ventura de los pueblos". Los admira, compadece su ceguera y proclama heréticamente: "¡Los pueblos sólo son felices cuando se olvidan de todo eso!"
Ya es noche cerrada, don Carlos hace un gesto a Volfani y a Bradomín. Salen a la luz de la luna, les esperan con los caballos.
¿Sienten miedo? Leamos:
"Los peñascales que flanquean la carretera parecían llenos de amenazas, y de los montes cercanos llegaba en el silencio de la noche el rumor de las hinchadas torrenteras"
Entran en Estella a pie y se detienen ante el caserón, aquel tan blasonado, de su "bella bailarina elevada a duquesa de Uclés".
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| Estella |
Un hombre con pata de palo les franquea las puertas. Bradomín lo reconoce: "un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza, amigo de las juergas clásicas con cantadores y aristócratas". En otros tiempos, se dijo que sustituyó al marqués en el corazón de la bailarina.
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| De aquí |
Su corazón palpita cuando aparece la Duquesa. Don Carlos, impaciente, pregunta si ese alguien que espera ha venido ya. No tardará.
Pasan al salón grande y frío, don Carlos extiende sus manos sobre el rescoldo de un brasero. La Duquesa envía una sonrisa a Bradomín. Él, al verla con tocas de viuda, recuerda a la dama del negro velo que vio en el cortejo de doña Margarita.
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| "Fernanda con mantilla negra", Picasso |
| Don Carlos María de Borbón y Austria Este. |
La Duquesa se ríe ¿Acaso las conoce el marqués? Él desea besarle las ducales manos, ella las retira con una sonrisa y le regaña: "Ten formalidad. Mira que somos dos viejos".
| Detalle de foto Ele Bergón |
La galantería de él no se hace esperar: "¡Tú eres eternamente joven, Carmen!". "Maliciosa y cruel" le replica: "Pues a ti no te sucede lo mismo". Para restañar la herida provocada le atrapa con "su boa de marta" y "le ofrece los labios como un fruto". Recuerda:
"¡Divinos labios que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos! "
Un pasado de olés y un presente de rezos. Se aparta "vivamente", el golpe de la pata de palo ha despertado "los ecos del caserón" y los de su dueña. ¿Qué temes? pregunta él. Ella protesta ante la insinuación:
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| De aquí. |
"¡Nada! ¿También tú crees esa calumnia? "
Besa gitanamente la cruz de sus dedos, jura y protesta, jamás ha tenido nada con ése. Explica demasiado: "somos paisanos y le guardo ley". Lo recogió "cuando un toro le dejó sin poderse ganar el pan".
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| De aquí. |
Para borrar aquel recuerdo, la Duquesa cambia bruscamente de tema con un amoroso e inesperado reproche: "¡Ni siquiera me has preguntado por nuestra hija!"
Las palabras del viejo marqués no pueden ser más cínicas. Dice quedar "turbado, porque apenas hacía memoria". No se atrevió, no quería nombrarla "viniendo en ventura con el Rey".
"Una nube de tristeza pasó por los ojos de la madre". No la tiene aquí, está en un convento.
El de Bradomín dice sentir "de pronto el amor de aquella hija lejana y casi quimérica". ¿Se parece a su bella madre? La respuesta de la Duquesa es poco maternal: "No... Es feúcha".
Temiendo una burla, se ríe y pregunta osadamente: "¿Pero de veras es mi hija? "
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| De aquí. |
Le mira fijamente "con sus ojos morunos" y , "con un profundo encanto sentimental...el...que hay en algunas coplas gitanas", asegura:
"Esa criatura es tan hija tuya como mía. Nunca lo oculté, ni siquiera a mi marido. ¡Y cómo la quería el pobrecito! "
Sólo falta el rasgueo de una guitarra que acompañe a la declaración de la de Uclés.
"Se enjugó una lágrima", el pacífico Duque de Uclés murió "oscuramente"al comienzo de la guerra. ¿Oscuramente?
La Duquesa sigue fiel todas las tradiciones:
"La antigua bailarina, fiel a la tradición como una gran dama, se estaba arruinando por la Causa. Ella sola había costeado las armas y monturas de cien jinetes".
Con qué cariño habla de su "precioso" príncipe don Jaime y de la infanta doña Blanca, tan "barbiana". Como si también fueran sus hijos. ..Su hija de verdad, la "feúcha" está en el convento.
De pronto, resuena la voz del Rey:
"A Volfani acaba de darle un accidente. Ya se habían ido esas damas y estaba hablándome, cuando de pronto veo que cae poco a poco, doblándose sobre un brazo del sillón"
"Deshecho, encogido, doblado y con la cabeza colgante...De su boca inerte, caída, hilábanse las babas". La Duquesa las limpia "caritativa y excelsa como la Verónica".
| "Verónica" (El Greco) |
Volfani les mira, o parece que les mira, "con sus tristes ojos mortales". ¿Qué van a hacer con él? Se impone un traslado secreto como aquel que Bradomín realizó con el cuerpo de Concha. Volfani no puede morir donde ha muerto.
El de la pata de palo todavía dice: "¿Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?"
La Duquesa, indignada, le impone silencio.
Iremos en busca de la feúcha.
Un abrazo para todo los que pasáis por aquí de:
María Ángeles Merino
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