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sábado, 12 de marzo de 2011

"Yo sé quién soy...y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia..."



Comentario al capítulo 1,5 del Quijote, titulado "Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero", publicado en "La acequia", en la entrada del 12 de junio de 2008.

Don Quijote no puede menearse y se acoge a su ordinario remedio. ¿Triaca? ¿Ibuprofeno? Borro lo último, que en el siglo XVII no conocían eso. Nada que se pueda preparar en la botica. Nuestro hidalgo acude a los registros de su memoria, donde están grabados, a fuego, los relatos de sus amados libros de caballería.

Mas, como en ellos no se da fe de tamañas derrotas, recurre al registro oral, al romancero. A ver, a ver, sí, aquel de Valdovinos, sobrino del marqués de Mantua, apaleado con su misma lanza, herido en la montiña y abandonado por Carloto, éste le vale para hacer su propia versión. Adelante con ella.



El narrador cree conveniente advertirnos de la falsedad de tal historieta, "no más verdadera que los milagros de Mahoma". Cide Hamete, estás en todo y don Miguel también.

María Ángeles, ya has escrito más líneas de comentario que las que van del propio capítulo, repórtate parlanchina. Te han pillado con hambre de Quijote.

A lo que vamos, los octosílabos le vienen de molde para expresar sus cuitas y, revolcándose en tierra, pregunta dónde está tal señora suya que no se duele de su mal, tan falsa y tan desleal. Sigue hasta el final, donde clama por el de Mantua.

Cuando está con "su tío y señor carnal" , qué mal suena eso, acierta a pasar por allí un labrador, vecino suyo, que viene del molino.



Ve a aquel hombre tendido, se acerca a él y le pregunta quién es y qué mal tiene.

La pantalla se mueve, me parece que tengo un visitante, de esos del limbo de secundarios, no que ya se clausuraron los limbos. Ahora que caigo, tal vez sea un purgatorio de personajes. ¿Tendrán que vagar, un tiempo, por los canalículos, a la espera de que alguien escriba de ellos?

Ahora veo, veo… ¡Es el labrador del que estaba escribiendo! Se nota que viene del molino, lleva los pies enharinados. Hable, buen hombre.

Con Dios, señora escribana. Ese chico, Andrés, me dijo que me pasara por aquí, que a vuestra merced le placen nuestras visitas. Mi nombre es Pedro Alonso y vengo de llevar dos talegadas de trigo al molino, dos arrobas cada uno, ya sabe.



Vuelvo apriesa a la aldea, me entretuve de más, la molinera diome conversación. Perdone vuestra merced esta licencia, que tal cosa no la escribió nuestro padre don Miguel. La molineras, ya se sabe...

Veo a aquel hombre tendido y, como buen cristiano, le pregunto quién es y qué mal siente. No me responde y sigue hablando del hijo del Emperante y su señora esposa.

Admirado, le quito la visera, le limpio el rostro, cubierto de polvo y descubro al señor Quijana, un viejo hidalgo de mi lugar. ¡Me quedo como un pasmarote! Le pregunto quién le ha puesto así, pero no me contesta y vuelve a ensartar versicos.

Le quito los fierros por ver si trae feridas, ni sangre ni señal. Con no poco trabajo, le subo a su jumento. No se imagina vuestra merced cómo pesa un hombre a cuestas, pese a estar en los huesos. Hago un atadillo con los fierros, también con las astillas. El rocín de las riendas y el rucio del cabestro, sigo mi camino.

¡Qué disparates los del buen don Alonso! ¡Y qué ayes! De nuevo le pregunto por su mal y saca a bailar a un moro y a un alcaide. Voy maldiciéndome de oír tantas necedades. Loco, está para la casa del Nuncio... He darme priesa, que no hay quien sufra estos sermones.

¡Y me llama Rodrigo de Narváez! Y quiere que yo sepa que la mora es una dulce señora del Toboso y que por ella hará caballerías. Despacito, le hago saber que yo no soy tal caballero sino Pedro Alonso, su vecino. Y le recuerdo su nombre de señor Quijana, algo que no debe ser de su agrado. Porque mi hidalgo vecino afirma saber quién es y me da a entender, o eso me parece, que puede ser quien le plazca. Ya sean los doce Pares de Francia o los nueve de la Fama, que las hazañas de todos juntos no aventajan a la suyas.

Llegamos al anochecer, es mejor esperar a que esté oscuro, que no vean ansí al señor Quijana.



Entro en el pueblo, hasta su casa. La encuentro toda alborotada, con la visita del señor cura y del Maese Nicolás, el barbero. El ama pregunta al señor licenciado, a voces, qué le parece la desgracia de su señor. La mujer se lamenta, ha tres días que falta su señor y , bien segura está, han sido los libros los que le han vuelto el juicio; que ella recuerda cuando don Alonso decía que iba a hacerse caballero andante, para ir en busca de aventuras. "El más delicado entendimiento de la Mancha" dice que era su señor y no le falta razón, así era. Y que malditos sean tales papelotes , con Satanás y Barrabás han de estar, no con la gente cristiana.



La sobrina habla con maese Nicolás, el barbero de nuestro pueblo, más amigo de charlas y lecturas que de enjabonar barbas. Cuenta la mochacha que su señor está , muchas veces , leyendo dos días enteros, al cabo de los cuales, arroja el libro, toma la espada, acuchilla las paredes y asegura haber muerto a cuatro gigantes que le han manchado con su sangre. Cubierto de sudor, que no sangre, se bebe una jarra de agua fría y quédase sosegado. Piensa la Quijana que debía haber avisado a cura y barbero, sus mejores amigos, para que pusieran remedio; que tales libros han de ser abrasados como herejes.



Al señor cura le gusta la idea; al fuego han de ir los culpables, mañana mesmo, en un acto público, que no den ocasión a otros.

Don Alonso y yo estamos ante la puerta y oímos todo eso. Acabo de entender la enfermedad de mi vecino, en cuyos ojos leo la indignación. Y ahora el loco soy yo, pues comienzo a decir a voces que abran "al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido , y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera." ¡Qué bien me lo tengo aprendido!

Sobrina, ama y amigos salen y corren a abrazar a su tío, señor y amigo; el cual pide que le lleven al lecho y llamen a la sabia Urganda que cure y cate sus heridas.

El ama maldice, ya sabía ella. Y no necesitan a la "hurgada" esa, sabran curarle ellas.

Le llevan a la cama , le catan las feridas, mas no hallan ninguna.Don Alonso dice que todo es molimiento, por una caída del caballo, peleando con diez jayanes "desaforados y atrevidos".

El cura oye lo de los jayanes y le crece el deseo de chamuscar libros.

Le hacen mil preguntas, a las que sólo responde que le den de comer y le dejen dormir.

El cura me pide que le cuente cómo hallé a don Quijote y así lo hago. Le repito todos sus disparates y pongo más deseo en él de hacer lo que hizo al día siguiente. Llamaría al barbero y...no digo más que lo que sigue no me corresponde.Me despido de vuestra merced, quede con Dios.

Un abrazo para los que aquí me visitáis de:

María Ángeles Merino


Pedro Ojeda dice en: "La acequia":

"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, comenta el capítulo 5 de la primera parte y da voz a un nuevo secundario: el labrador vecino de don Quijote que lo auxilia tras su doloroso encuentro y delirio romanceril."

martes, 14 de septiembre de 2010

Sauces enamorados. Son dos.


¿Un sauce?




¡Son dos!

Aquí están:


La siesta de los patos.

La extraña burbuja.


"...las ramitas que se alcanzan,
fuertes abrazos se dan,
y las que no se alcanzaban,
no dejan de suspirar."

AMOR MAS PODEROSO QUE LA MUERTE (Anónimo)

Dedicado a mi amiga Estrella, que pasó una vez por donde yo pasé cientos de veces. Y vio lo que yo no vi, en Fuente del Prior, junto a las orillas del Arlanzón, en Burgos. Descubrió unos sauces enamorados y así me lo dijo.

Amigas poetas ¿Tenéis algún poema para estos árboles?


Estrella me dice que no es poeta ni comenta en los blogs , pero añade estos adjetivos a "nuestros amigos los sauces":

"Acogedores (sus ramas llegan casi al suelo, como si abrazaran a los que se ponen debajo. No me extrañaría que fuera lugar de parejas).
Dignos (porque están muy derechos, casí siempre se inclinan hacia el agua)
Íntimos (porque se juntan por abajo)
Independientes (se separan por arriba aunque entrelazan ramas)"




Luz del Olmo, nuestra Ele Bergón, nos deja este haiku, para nuestra amiga y compañera Estrella.

En el paseo
el amor de dos sauces
dejo su huella.


Gelu dedica estas palabras, para "esos árboles felices, de Fuente Prior", en su Ciudad.

Los sauces, estaban hartos.
de que los llamaran llorones.
Ellos lo eran a medias.

Estaban alegres siempre,
sólo por verse.
Eran la excepción,
los raros.

Eran valientes,
y querían estar juntos,
y gritarlo,
que lo supieran:
"Estaban enamorados".

Y se iban acercando.
Y lo consiguieron,
mientras sus corazones reían,
cayendo las ramas inoportunas
con su abrazo de escándalo.

¡Ay, las miradas curiosas!,
¿por qué no harán otro tanto?.

Kety Morales, la de "Los cuentos de la abuela" nos escribe estos versos.

Unos versos para los sauces:

Como dos enamorados
Abrazados uno al otro
Saludando al nuevo día
Que Apolo les regala.

Unos dicen que si lloran.
Otros que si lagrimean.
Sus ramas mecen al viento
Como prueba de su amor

El sauce no es llorón.
Pero si se entristece
Si a sus pies...
No se respira amor

besos

Estoy de albañiles en El Toboso y la inspiración ha volado. ;-)

Mis amigas poetas no me defraudarán, pensé. Y así ha sido. Gracias a las tres.

jueves, 24 de junio de 2010

"...cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima..."(1)




"... donde le tomó la noche algo escura y cerrada, pero como era verano no le dio mucha pesadumbre"

Comentario al capítulo 2,54 del Quijote, publicado en "La acequia".

De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

Las del camino y otras…lee y entérate, apreciado lector. Si en el capítulo anterior no nos anticipa nada, en éste tampoco. Ya sabemos que Sancho está en el camino, vamos en su busca. Se entretiene con Ricote y se le echa la noche encima, a media legua del castillo ducal.

Noche oscura y cerrada, pero las noches de verano son apacibles. Se aparta del camino, a esperar tranquilamente la mañana, no hay prisa. Mas la fortuna tuerce sus intenciones, un paso desafortunado y cae en una honda sima. Mientras se hunde, cree llegada su última hora y reza todo lo que sabe. No es un insondable abismo, poco más de la altura de tres hombres medianamente altos. Sigue sentado en el rucio, se tienta todo el cuerpo, comprueba que “está entero y católico de salud” y da gracias al Señor.

A ver si hay algún agarradero por aquí, no, qué lisas son estas paredes, no podrá salir. El burrillo se queja y no es de vicio, que el pobre debe estar magullado.

Sancho Panza se lamenta filosóficamente, a la manera del rey don Rodrigo. Ayer entronizado como gobernador en la ínsula, rodeado de sirvientes. Hoy sepultado en un agujero, sin nadie que acuda a su socorro. Será su tumba, la suya y la de su jumento. Si su señor don Quijote contempló visiones hermosas y apacibles, él verá sapos y culebras. Esta sima no es la mágica cueva de Montesinos, aquí no hay Merlines, Durandartes ni Dulcineas. Ni una soga tendida desde arriba por un paciente escudero…

Sacarán sus huesos mondos, también los del buen rucio…al menos sabrán que nunca, nunca, se apartó de él. Puesto que morirán en soledad, que su cuadrúpedo compañero le perdone el mal pago a sus servicios. Mejor que pida a la “fortuna” les saque de esta situación. Sería herético que el burro se lo pidiera a Dios…Y, si así es, le promete una corona de laurel y piensos doblados.

Cervantes, que ya ha cargado un poco las tintas humorísticas, remata con el silencio del angustiado animal, que le escucha “sin responderle palabra alguna”. Porque se encuentra mal, no por su asnal condición…

Cuando llega la luz del día, recurre a las voces; pero ni un alma pasa por allí. Ya se da por muerto.

Sancho acomoda al rucio, lo pone de pie y saca de las alforjas un pedazo de ese medio pan que sacó de la ínsula y que ha dado tanto de sí. Se lo da de comer a su cuadrúpedo compañero. No le sabe mal. Nos dedica uno de sus refranes, uno muy popular, el de “los duelos con pan son buenos”.

Descubre un agujero. Cabe una persona si se agacha y se encoge. Entra el de dos patas y comprueba que, por dentro es espacioso. Y entra un rayo de sol que deja ver otra concavidad espaciosa. Vuelve por el amigo de cuatro patas y agranda el agujero, para que pase su fiel amigo.

Los dos van caminando gruta adelante, buscando la salida. A veces sin luz, a veces a oscuras. Ya no tiene miedo.


(Sigue)

sábado, 7 de marzo de 2009

Doña Clara duerme ¿por qué la despierta Dorotea?



Ahora leo el Quijote aquí, en la edición de Francisco Rico.





Una doncella está durmiendo plácidamente, alguien la despierta para que oiga una bella voz. ¿Quién canta? Le comunican el posible origen del cántico, pero no, no es eso… la joven reconoce inmediatamente el tono de su enamorado. ¿Qué me recuerda esto? …¡Ya está! ¡El romance del Conde Olinos! Doña Clara, la hija del rey, Dorotea, la reina-madre de la princesa, el mozo de mulas y la sirenita del mar.

Madrugaba el conde Olinos,

mañanita de San Juan,

a dar agua a su caballo

a las orillas del mar.

Mientras el caballo bebe

canta un hermoso cantar:

las aves que iban volando

se paraban a escuchar.
...

Desde la torre más alta

la reina le oyó cantar:

-Mira, hija, cómo canta

la sirenita del mar.

-No es la sirenita, madre,

que esa no tiene cantar;
es la voz del conde Olinos,

que por mí penando está.

...

Hemos visto, en muchas ocasiones, a Cervantes, beber en la fuente del romancero .La última, cuando el cautivo cita a la Cava de don Rodrigo ¿Tendría ahora, en su pensamiento, una de las múltiples versiones de este conocidísimo romance viejo? El esquema es el mismo. Un jovencísimo “señor de lugares”, que no mozo de mulas, se acerca a la venta, entonando armoniosamente una canción. Un marinero navegando en un piélago profundo, guiado por una “estrella”…Clara, la hija del oidor, duerme profundamente y Dorotea la despierta porque ¡no quiere que la jovencita se pierda el oír tan buena voz! ¿No queda esto un poco forzado? ¿A santo de qué se despierta a una muchacha a la que se acaba de conocer? …

Y en cuanto oye el cantar, se pone a temblar como si tuviera fiebres de las que se repiten al cuarto día, padecimiento muy habitual en aquellos tiempos, en los cuales cierto mosquito campaba por sus respetos. Pero no se trata de mosquitos sino de moscones, o mejor dicho, de noble moscón cantor.

Clara se abraza a una Dorotea, confidente de una muchacha sin madre y, ay, perdidamente enamorada .El señor de lugares tiene el mejor lugar en su alma. Y, ante lo imposible de su amor, mejor no ver, ni oír para no sufrir. La del bello pie se solidariza con la adolescente, ella ha vivido algo semejante, y se admira de la discreción mostrada, a pesar de sus dieciséis años no cumplidos. Un amor juvenil nacido entre lienzos y celosías, recordemos aquello de “madre la mi madre guardas me ponéis, mas si yo no me guardo, no me guardaré”. Manifiesta la hija del oidor: “yo no sé lo que fue, ni lo que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni sé si en la iglesia o en otra parte”. Un amor prohibido por las distancias sociales, Clara lo ve muy claro: “¿qué fin se puede esperar, si su padre es tan principal y tan rico que le parecerá que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto más esposa?”.

Él la seguirá cuando ella parta, con su padre, hacia Sevilla, donde tomarán el camino de las Indias. El estudiante la sigue en hábito de mozo de mulas, de venta en venta; pero estamos ante una hija obediente que no se casará jamás “a hurto” de su padre. Dorotea, experta en estas lides, ríe al oír las palabras de una niña inexperta que expresa no saber “por dónde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y él tan muchacho”.

En la venta se impone el sosiego pero las dos “semidoncellas”, Maritornes y la venterita, tienen ganas de oír los disparates de don Quijote que está fuera de la venta, armado y a caballo. Y si pueden gastarle una broma… El discurso de nuestro caballero andante no tiene desperdicio, tras declarar la perfección absoluta de Dulcinea en todos los ámbitos, se dirige a la luna y al sol. A la luna, luminaria de las tres caras, para que le dé nuevas de su enamorada. Al sol, para que salude a la del Toboso, pero ojito con acariciarla, que nuestro hidalgo es muy celoso.

La hija del ventero cecea para que el buen hombre se acerque al agujero de sacar la paja, lo más parecido a una ventana que posee la venta. Se le representa que una hermosa doncella, vencida de su amor, le solicita .y, aunque no puede traicionar a Dulcinea, no ha de ser descortés. Siempre que no pida amor, aunque sean las guedejas culebreras de la Medusa…Así lo manifiesta, pero Maritornes, en el papel de dueña, le informa de que su señora sólo necesita su mano” por poder deshogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído”.Don Quijote accede, no es para besar sino… para que la dama, palpando nervios, músculos y venas considere la fuerza de su brazo. Nuestro hidalgo no es de piedra y un favorcillo de nada, tratándose de una dama…

La pícara moza lo ata por la muñeca con el ronzal del burro de Sancho y lo deja de pies sobre Rocinante, sin poderse mover. Otra vez, piensa, ha sido víctima de un encantamiento y considera que ya debería haber escarmentado. Qué juiciosos es, a ratos, este hombre. Se alternan en su cabeza los pensamientos propios de un hombre normal y los de un loco que delira. Allí…allí…allí…allí. La espada de Amadís, dónde está Sancho, los sabios en mi auxilio, voy a estar atado eternamente….Bramaba como un toro.

Pero al amanecer llegan a la venta unos hombres a caballo y con escopetas que se burlan de este estrafalario personaje, atado y colgado de un brazo, que denomina castillo a una vulgar venta. ¡Y le llaman ventero! Y la rechifla es mayor cuando les asegura de que, dentro, hay personas con corona y cetro ¡Con corona! ¡Será gente del teatro ambulante!

Una de las cabalgaduras de los visitantes coquetea con Rocinante, que se mueve y tira de su señor, provocándole un tremendo dolor, similar al de la tortura llamada “garrucha”. Cervantes, tal vez, la conocía por algo más que de oídas, ya que nos lo explica así:” puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de acrecentar su dolor, con el ahínco que ponen en estirarse, engañados de la esperanza que se les representa, que con poco más que se estiren llegarán al suelo”.Así cantaban lo que hiciera falta, más que el mozo de mulas.

A ver qué pasa con Clara y su “señor de lugares”. Será en el próximo capítulo.

Un abrazo para Pedro y todos los que visitan “La acequia”.

María Ángeles Merino Moya

 Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

Pedro Ojeda Escudero dijo en este blog:

De tu comentario me gustan, especialmente, dos cosas. En primer lugar, toda la orientación que marca el título de tu entrada y que habla de la perspectiva original de tu lectura. Lo segundo, la forma extraordinaria de aludir a los referentes tradicionales del pasaje. Tienes razón, aunque muy entreverado de literatura, ahí está el origen.Veremos dónde nos lleva en el próximo capítulo.

GRACIAS, PEDRO.

domingo, 25 de enero de 2009

Romance de las tres cautivas. A la verde, verde, a la verde oliva


Una de las pocas olivas, no muy verde, que encontramos en Burgos. Forma parte del monumento a la Paz, en la avenida del mismo nombre. 


Pedro Ojeda, en su entrada La leyenda de la mora cristiana, un autorretrato con cerdito y Quijote y noticias de nuestra lectura, nos da una explicación interesantísima ,a propósito de la Zoraida cervantina. Leyéndola, me he acordado de este romance que cantábamos las niñas, mientras saltábamos con la soga, a ritmo muy rápido.¿Os acordáis , chicas?

"Estas, en esa literatura, eran cautivas -mujeres que, por una expedición militar u otras circunstancias terminaban en territorio musulmán- o hijas de cautivas. Estas mujeres se veían forzadas, según la leyenda, a profesar el islam pero, en secreto, eran cristianas."


A la verde, verde,

a la verde oliva

donde cautivaron

a mis tres cautivas.


¿Qué nombre daremos

a estas tres cautivas?


La mayor Constanza,

la menor Lucía

y la más pequeña

llaman Rosalía.


¿Qué oficio daremos

a estas tres cautivas?


La mayor amasaba,

la menor cernía

y la más pequeña

agua les traía.


Un día fue a la fuente,

a la fuente fría

y encontró a un anciano

que en ella bebía.


- ¿Qué hacéis ahí, buen viejo,

en la fuente fría?

- Estoy aguardando

a mis tres cautivas.


- Padre, sois mi padre

y yo soy su hija.

Voy a darles parte

a mis hermanitas.


- Pues sabrás Constanza,

pues sabrás Lucía,

cómo he visto a padre

en la fuente fría.


Constanza lloraba,

Lucía gemía

y la más pequeña

así les decía:


- No llores Constanza,

no llores Lucía

que viniendo el moro

nos libertaría.


La pícara mora,

que las escuchó,

abrió una mazmorra

y allí las metió.


Cuando vino el moro

de allí las sacó

y a su pobre padre

se las entregó.

Fuentes:
Carmen Carrillo López [Versión de Jaén capital] Transmisión oral.

Gracias, Pedro.