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miércoles, 6 de julio de 2011

"Non fuyades cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete."


Comentario al capítulo 8, 1 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al 3 de julio de 2008.


Comienzo el capítulo 8, leo: “En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento”. Ya he llegado a lo más conocido del Quijote, el comentario no ofrece dificultades.


Aquí tengo al caballero y el escudero: don Quijote y Sancho Panza. La ventura va guiando sus cosas mejor de lo que acertaran a desear, allí se descubren unos desaforados gigantes con quienes piensa hacer batalla y quitarles la vi… ¿qué es esto?


 

¿Se cuela el viento dentro de mi casa? Porque las ventanas están cerradas, vuelan los papeles que tenía sobre la mesa, se agitan los visillos, cae una silla… ¡Ay, qué susto!



-¡Uhhhh! Salud, señora mía.

-¿Quién me habla?


- Soy un molino de viento de la Mancha, un ingenio harinero avanzado, traído recientemente desde Flandes hasta estas hispanas tierras, a finales del pasado decimosexto siglo. En el celebérrimo libro no me dan nombre alguno, pero puede llamarme... Molen, en honor a mi flamenco origen.

-¿Un molino? ¿Cómo ha podido introducirse a través de estas estrecheces, por muy ancha que sea la banda?


-Pues...como se cuelan miles de imágenes de cosas grandes, grandísimas que asoman por aquí, en reducido tamaño. No comprendo cómo voacé pregunta tamaña niñería.

-Sí, claro. Pero por aquí suelen desfilar personajes humanos, siendo vuestra merced sólo un ingenio, una máquina, como decimos en este vigésimo primer siglo.



 
-Pero, para don Quijote somos enemigos humanizados, como a tales se dirige, aunque nos  atribuya brazos gigánteos. El de la péñola, así lo quiso.

-Bueno, de acuerdo, señor molino Molen. Cuénteme, que deseo oír su versión del famoso capítulo 8. Y cese el viento, quietecito con sus aspas, que me está despeinando.

-Prosigo con el octavo, para complacerla. El loco protagonista, Don Quijote, nos ve, nos califica de "desaforados gigantes" y proclama que nos va a quitar a todos la vida, en justa batalla. Su criado Sancho Panza no ve gigante alguno e intenta convencerlo de que no hay brazos sino aspas. El loco le pide que se aparte y rece, que él ha de entrar con nosotros "en fiera y desigual batalla".


Sancho vocea, su amo no atiende y da de espuelas al caballejo. Decidido, viene hacia nosotros, voceando en antiguo: "Non fuyades , cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete".


En esto, se levanta un poco de viento y nuestras aspas se mueven. El loco nos amenaza y dice no sé que de un gigante y de una señora llamada Dulcinea. Se cubre con su rodela y, con la lanza en ristre, a todo galope, me embiste y lancea una de mis aspas. No sabe lo que le espera. El viento despedaza la lanza, la cual se lleva tras sí al caballo y al caballero. Vuelan, grita, relincha, ruedan…


 Doré

Don Quijote no se puede menear, Sancho acude a socorrerle y se lamenta: él bien le advirtió de que éramos molinos de viento.


 Doré
Mas su amo sigue soltando disparates por su boca. Asegura que un sabio llamado Frestón le robó sus libros y volvió los gigantes en molinos, para quitarle la gloria de su vencimiento. Sube, con ayuda, sobre su medio descoyuntado rocín.

Todavía les oigo hablar de la aventura pasada. Les veo tomar el camino de Puerto Lápice porque don Quijote considera que, al ser lugar de paso, no es posible dejar de tener aventuras. ¡Con los huesos molidos y buscando más oportunidades de que se los vuelvan a moler!


El loco va pesaroso y no sólo porque le hayan usurpado la gloria de su vencimiento. Sufre, además, por la falta de su apreciada lanza, la que mi aspa destrozó. Pero este hombre encuentra soluciones para todo. Dice algo de desgajar una rama de un árbol y fabricarse una lanza, como hizo un caballero español, un tal Machuca. Les pierdo de vista, ya no les oigo...los disparates que ha de acometer todavía ese don Quijote.

Me despido de vuestra merced y le manifiesto mi disgusto por una imagen que he encontrado en estos estrechos canalículos. Dicen que son  los nuevos molinos que ahora gastan en la Mancha, no creo que puedan moler trigo, ni cebada. Los llaman eólicos, creo. ¡Qué extraña época la suya, señora mía! ¡Ni molinos como Dios manda!


Me voy con mis treinta o cuarenta compañeros. Quede con Dios.


-Adiós, don Molino Molen, encantada de conocerle.


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia", en la entrada del 7 de julio de 2011:

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, llega ahora al capítulo 8 de la primera parte... y cómo no, lo cuenta desde un secundario de lujo que no podéis imaginar.

jueves, 21 de abril de 2011

viernes, 10 de julio de 2009

Sanchico y Sanchica, hijos del destripaterrones y de la pelarruecas.


Paisaje con terrones, nubes viajeras y molinos (Camino de San Pelayo, Palacios de Benaver)

"¡Por cierto que sería gentil cosa casar a nuestra María con un condazo, o con caballerote que cuando se le antojase la pusiese como nueva , llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas "



Comentario al capítulo 2,5 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente de "La acequia".

"Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia"

“¡Ay! Este Sancho mío dice cosas tan sutiles, que mis lectores van a pensar que me he vuelto tan loco como don Quijote. Y los críticos, esos que no han escrito nunca ni una novela ni un mal cuento, dirán que mi personaje no posee “decoro”. Y no quiero cambiarlo, mi personaje se ha fortalecido, yo lo he deseado así y me divierto con su metamorfosis. Escribiré, al principio del capítulo, un párrafo. Disculpa: el ficticio traductor del texto arábigo lo tiene por apócrifo y considera imposibles tales sutilezas en un ingenio tan corto como es el del escudero. Y lo repetiré poco antes de finalizar este quinto de la segunda”. 


Algo así ha debido de razonar Cervantes al escribir este capítulo, uno de mis favoritos porque Teresa es mucha mujer…aunque se someta a ese “porro” de marido. ¡Cómo lleva aquí el papel de antagonista!

Llega Sancho a casa muy alegre, su mujer le pregunta el motivo de tal regocijo y él contesta que si Dios quisiera, bien se holgara de no estar tan contento como muestra. ¿Quéeee? ¿Qué le pasa a este hombre que habla de tan rodeada manera que Teresa no entiende? Todo para decir que está alegre de salir a buscar aventuras, para poder ganar otros cien escudos, pero triste de dejar a su familia.

¿Y qué es lo primerito que encarga a su “oíslo”? Las tareas más femeninas: prepara al rucio, dóblale el pienso, dispón la albarda y demás aparejos. Esto me recuerda a las sufridas esposas del siglo XXI que lavan el coche de su media naranja. ¡Los hay y las hay! Digresiones feministas aparte, el pobre burrillo contra gigantes, endriagos y vestiglos…que aúllan, silban ¡Qué miedo! ¡Entramos en la cueva de los dragones! ¡Este quijotizadísimo escudero nos mete dentro de los fantásticos libros que enloquecieron a su amo! ¡Y sin saber leer! ¡Y lo de la ínsula no se le quita de la cabeza!

Teresa intenta que aterrice haciéndole oír la voz del sentido común: sin ínsula naciste y sin ínsula puedes vivir y has de ocuparte del porvenir de tus vástagos, seas gobernador, escudero o destripaterrones. Como madre idea un futuro convencional para sus hijos, dentro de las posibilidades de su clase social: el chico en la Iglesia y la chica casada con un igual. Con su hijo no hay problema, la criaturita ya tiene quince años y debe ir a la escuela, ya es hora, para que su tío cura se ocupe de él y, si no en sacerdote, por lo menos, lo convierta en sacristán. A esto, Sancho no dice ni mu.

Mas la discusión comienza cuando de Sanchica se trata. La muchacha tiene revolucionadas las hormonas da muestras de querer tener marido, la madre nota los síntomas y piensa en casarla con el vecinito Lope Tocho, sano, rollizo, conocido de toda la vida y que mira bien a la chica. No vaya a terminar abarraganada, vaya palabrota. Eso sí, para ayuda de todo esto Sancho ha de traer dineros, otros cien escudos, de los de a ocho, por lo menos.

Llevando la contraria a su costilla, Sancho está dispuesto a romper las rígidas convenciones de la sociedad estamental y, cuando sea gobernador de la ínsula prometida, la casará” tan altamente, que no la alcancen sino con llamarla «señoría»”. ¡Está más loco que su amo luchando con los molinos de viento! Y Teresa no está dispuesta a transigir con la locura social de su marido, piensa que ante cambios tan bruscos, de indumentaria y de trato, la muchacha se equivocará y descubrirá “la hilaza de su tela basta y grosera”. ¿Casar a su hija “con un condazo, o con caballerote que cuando se le antojase la pusiese’ como nueva llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas”? ¡Nunca! Ya de paso, asistimos al desfile “moda femenina del XVII”: zuecos, chapines, sayas parda de catorceno, verdugados, saboyanas y faldas para cubrir grácilmente la cabeza, al entrar en la iglesia.

Bestia, mujer de Barrabás, animalia, mentecata e ignorante…Sancho echa sapos y culebras por la boca. No entiende por qué Teresa no comparte sus delirios de grandeza. Intenta convencerla tocando su vanidad, será Doña Teresa y se sentará en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles para que rabien las encopetadas hidalgas. Si pensaba ablandarla con esto, ha pinchado en hueso. Lo último que ella quiere es que, viéndola vestida de “gobernadora” recuerden su mísero origen y digan: « ¡Mirad qué entonada va la pazpuerca…como si no la conociésemos».

En este tira y afloja salen a relucir los almohades, la infanta Urraca e incluso el suicidio de Melibea…y el traductor que vuelve a insistir en lo de apócrifo. Teresa piensa que el rico que fue pobre es mirado con mil ojos por los maldicientes. Sancho alega que las cosas presentes están en un nuestra memoria mucho más que las pasadas. Bla, bla, bla…la pobre mujer no entiende las arengas y retóricas sanchescas y se rinde. Que haga lo que quiera, que no le quiebre más la cabeza si está “revuelto” a hacer lo que le dé la gana. Sólo pide que se lleve a Sanchico cuando sea gobernador puesto que los hijos han de heredar los oficios de los padres. No hay problema, enviará por él y enviará dineros para que le vista “de modo que disimule lo que es y parezca lo que ha de ser” .Lo de Sanchica condesa es más espinoso que lo de los vestidos pero, recordando la epístola de San Pablo que se lee en las bodas, acepta la carga de obedecer a su tonto marido.

Termina el capítulo con el llanto de Teresa por Sanchica condesa y, en consecuencia, muerta y enterrada para su madre. Para que no llore, Sancho le dice que lo de condesa lo hará lo más tarde que pueda. Y se va a casa de don Quijote que hay mucho que preparar.


Un abrazo quijotesco para Pedro Ojeda y todos los que nos visitan.


María Ángeles Merino

Pedro Ojeda Escudero dice en este blog:

Haces muy bien poniéndote de parte de Teresa: pienso que eso es lo que quería hacer Cervantes, manifestar las fatigas que le daba a este mujer el bueno de Sancho. ¡Qué buenas fotos!

Gracias, Pedro.El personaje de Teresa nos inspira.


También dice en http://laacequia.blogspot.com/,"Noticias de nuestro Quijote", 13 julio 2009:

Abejita de la Vega, al preparar el comentario, nos da una entrada completa en la que el centro de atención es el Sanchico, para enfocarlo luego desde dentro pero con una evidente tendencia a ponerse del lado de Teresa: pienso que tiene razón y que Cervantes lo vio así a la hora de redactarlo. En la siguiente entrada, publica la opinión del Sanchico sobre este diálogo: no os la perdáis, que el pobre hasta ha buscado apócrifo en el Diccionario. Y las fotos de las dos entradas, muy buenas. En algunas, se ve a nuestras lectoras...

Gracias, Pedro y sigamos con estos personajes que cada vez son más humanos.