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miércoles, 12 de octubre de 2011

Una casa de lenocinio, unos cuadros poco valiosos, un José Antonio del alto plumero, una Venus inédita y un Velázquez irritado.


Comentario, muy a mi manera, de algunos capítulos de la novela "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.


Mientras leo "Riña de gatos", mi  vecino Milo busca la sombra y se refugia  debajo de mi tumbona veraniega.  Sigo contándote,  amigo gato.

Dejamos a Anthony Whitelands a punto de sopapo en la  taurina taberna, menos mal que un "benefactor" le saca de allí a tiempo. Y recordamos como termina, borreguilmente, en una casa de lenocinio, de las de paredes desconchadas.

Su acompañante le dirige. Ha de subir y preguntar por la Toñina, él espera abajo; pero antes es mejor que deje todo lo que le puedan robar, no por las honradísimas chicas sino por  los taimados descuideros. Así lo hace, entrega dinero, documentación, reloj y pluma. ¿Parker?


Pregunta y se acuesta con una chiquilla  guapa y algo esmirriada. Emerge satisfecho, baja y en el zaguán no hay nadie. Ya en el hotel, le asalta la sospecha de haber sido víctima de un timo. Recordemos que el tabernero llenaba continuamente el vaso.

Al día siguiente, bajo el "calabobos", piensa que ha de acudir a la Embajada. No hay más remedio. Sueña con un café y unos churros aceitosos, pero está sin blanca. Se refugia en el Museo del Prado, ración de Velázquez en ayunas, toca "Menipo".

Cesa la lluvia, a casa del Duque. ¡Qué desilusión! La colección no vale gran cosa: Madrazo, Regoyos y otros pintores españoles del XIX. Tal vez en una casa de subastas y en otros tiempos...El de la Igualada agradece su delicadeza, se hace cargo.


Antoñito se queda a comer. Con el estómago vacío, qué largo se le van  a hacer los corteses preámbulos esta vez.  En  la sala de música Lily toca el  piano,  Paquita gorjea una tonadilla  de la zarzuela "Luisa Fernanda"; eso , tan increiblemente cursi, de"Caballero del alto plumero, ¿dónde camina tan pinturero?"


El pinturero del plumero es un hombre de treinta y pocos,  bien plantado, distinguido. ¡Cómo se miran la soprano y el barítono !

Al inglés se lo presentan como marqués de Estella, sin su nombre, el de José Antonio Primo de Rivera; lo cual despista bastante al lector. A los españolitos que ya no cumplimos los cincuenta, nos choca esta imagen de  señorito elegante  y seductor, acostumbrados al fascista arremangado y mitinero. Franco, crucifijo y José Antonio, ¿os acordáis?


Sirven unas copitas de oloroso y pasan de las cortesías a la  política, aterrizando  en la pintura.


El duque  tira de la lengua a Whitelands : "Todo lo que no sea Velázquez lo arrojaría a la hoguera. ¿O no?".

En ayunas, el vino le nubla el entendimiento y le traba la lengua. ¿Apasionado o erudito? Anthony se considera sólo un "estudioso", pero se dispara apasionadamente cuando el marquesito  califica a Velázquez como "pintor dramático".

¿Dramático ? Nada de eso. "Distante, tranquilo, pinta como a desgana, deja los cuadros a medio hacer, rara vez elige el tema, prefiere la figura fija a la escena de movimiento; hasta cuando pinta el movimiento lo pinta estático, como detenido en el tiempo."


¿Y su vida personal? " No le interesó la política, no participó en intrigas palaciegas y prefirió ser funcionario a ser artista . "

Paquita, al oír todo esto, le desafía. Le lanza la idea de  que ,"a fuerza de conocimientos" se ha apoderado de Velázquez y "lo ha moldeado a su imagen y semejanza". Le plantea la posibilidad de que el pintor llevara una doble vida, metido como estaba en la corte española, "un laberinto de ceremonias, falsedades y ocultamientos".

Y Anthony se rinde ante "una mujer hermosa" que le plantea un cuerpo a cuerpo. Lo reconoce, Velázquez es un enigma y nunca podrá resolverlo.

Sigo leyendo, leyendo esta premiada novela; paso la veraniega tarde , al aire libre, junto al gato Milo.



 Otra vez a casa de la Toñina, cena de potaje sin moje , aterriza en  la Embajada inglesa, allí saben algo de lo que se trae entre manos, un funcionario le devuelve lo que dejó al anónimo benefactor, demostrado: aquel hombre no era un ladrón, ahora dispone de parné, recibe una mensaje de Paquita, caña y ración de calamares, entra en el Palacete de la mano de Paquita a través de un corredor, de allí a un almacén lleno de bultos y ...

Como un bulto más, surge fantasmalmente el señor duque que le muestra "el cuadro que... ha motivado su viaje a Madrid." Nadie conoce su existencia, nadie debe verlo. Es un Velázquez insólito, Anthony no puede creer lo que está contemplando. ¡Otra versión de "La Venus del espejo"!


Dejo la lectura  en esa improvisada lección sobre Velázquez que Whitelands imparte a un cuadriculado funcionario de la Embajada, un tal Parker, como las plumas. Lección que el plumilla escucha con muy poca atención, qué me estará contando a mí éste, que si ese pintor español no era tan buen marido...Que si nunca pintó a su mujer...y "estiró la pata hace tres siglos".

Y aquella noche soñé...soñé con don Diego de Silva y Velázquez, tal y como aparece en "Las Meninas". 


Muy irritado, don Diego hojeaba la novela y decía algo parecido a esto:

¡Vive Dios! ¿Cómo es posible que esto  haya sido dado a la estampa?

¡Que si no soy dramático, como lo era el gran Caravaggio! ¿Cómo puede dedicarse al dramatismo   un retratista de la familia real? ¿Creen acaso que me quedaba tiempo para pintar sangrientas escenas? Dicen que el claroscuro de mis primeras obras, las sevillanas,  recuerdan al maestro romano.


¡Que si dejé los cuadros a medio hacer! ¡ Ignorantes! A la pincelada suelta de mis últimas obras se llega después de muchas pinceladas apretadas. De mi aprendieron muchos pintores que vivieron muchos años después de mi muerte...


¡Que  rara vez elegí el tema! En Sevilla lo decidía la clientela. En la corte, lo determinaba Su Majestad.

¡Que  hasta cuando pinté el movimiento lo pinté estático, como detenido en el tiempo! Y citan al del príncipe Baltasar Carlos a caballo. Me dijeron que el heredero habría de mostrarse majestuoso, como el  futuro Rey que nunca fue. Si le hubiera pintado  esforzándose en sostener las riendas su gesto habría sido otro muy distinto. ¡Y el caballo estaba disecado! ¿Es que no se nota?

Príncipe Baltasar Carlos a caballo (Velázquez). Movimiento detenido en el tiempo.

¡Que  pasé toda mi vida en la corte sin participar en las intrigas palaciegas! Las intrigas palaciegas en que intervine...algunas, esas forman parte de secretos que me llevé a la tumba y ahí siguen.

¡No! ¡No tuve roces con la Inqusición! Buen cuidado puse en ello. Fui buen cristiano y puse freno a mi lengua.

¿Funcionario o artista? Deberían conocer lo que me costó ocupar un lugar en la corte, un nido de envidiosos. En aquel tiempo un pintor era un artesano, nada más.

En eso sí estoy de acuerdo. Soy un enigma, así quise que fuera. Soy persona reservada. ¿Doble vida? Tal vez...

Me ha dolido mucho que entren en si soy buen o mal marido. Retraté a mi joven esposa, Juana Pacheco, en "La adoración de los Magos". Ella es la Virgen María, mi pequeña hija me sirvió de modelo para el niño Jesús. No la llevé conmigo a mis viajes a Italia por razones personales que no deseo explicar, hubo correspondencia entre nosotros, cómo no. No siempre se conservan las cartas ni quedan registradas.


¡El tema más espinoso! ¿A quién utilicé como modelo para mi "Venus del espejo"? Una prostituta, no, por Dios. Tampoco fue una amante del libertino don Gaspar Gómez de Haro, valido de Su Majestad. ¿La esposa de don Gaspar posando desnuda? No...y no lo voy a revelar. Sí, atravesé una tremenda crisis después de pintar ese cuadro. De hecho, no levanté cabeza, mi muerte no estaba muy lejos.

Lo reconozco, pinté más de una Venus. La que vuestras mercedes conocen, con las facciones difuminadas. La mitología es un buen subterfugio, tiene razón quien lo dice. Y otra, con las facciones claramente definidas, nada mitológica, mi amor...Me estoy ablandando. ¿Qué les importa lo que pintó un "mequetrefe" muerto y bien muerto? Ni polvo queda ya...

Me despierto al mismo tiempo que la figura velazqueña se deshace en polvo y desaparece. No contaré más de "Riña de gatos". el inglés se mete en un montón de líos, a causa del inédito cuadro. Todos le quieren matar, el tren será su salvación. Pero todo eso está en la novela y lo podéis leer.

¿Era falso el cuadro? Velázquez no me lo dijo, pero Mendoza sí lo dejó escrito.

¡Adiós Milo!  Has sido un gran oyente, tal vez el próximo verano me siente otra vez a leer algún libro, frente al trigal de las monjas.

Adivinad dónde está Milo.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


Mª Ángeles Merino, tras comentar la opinión del inglés protagonista de Riña de gatos sobre Velázquez tiene un sueño en el que el pintor protesta y con razón.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Provocación y enfrentamiento en vísperas de una guerra civil. Dos novelistas lo ven así.



Comentario, muy a mi manera, al capítulo 6 de la novela "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza. Dicho comentario lo presento junto a  otro, por afinidad del tema tratado, en torno a un episodio narrado en "Inquietud en el Paraíso", de Óscar Esquivias (capítulo 3, "En la Casa del Pueblo"). Ambos los incluyo en la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.


¡Hola Milo! Vienes a escucharme, he de advertirte de que algún contenido del libro "Inquietud en el Paraíso"  puede herir tu gatuna sensibilidad. Bueno, puedes estar tranquilo, aunque estemos pasando una  crisis, no hay peligro de que corras la misma suerte que el gato Sebastián, aquel "minino escuálido"sacrificado por el hambre de los humanos.


¿Óscar Esquivias digo ? ¿No estaba yo  comentando "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza? Así es, pero se me han cruzado  dos lecturas tan diferentes porque coinciden cronológicamente en el desdichado 1936. Las dos respiran  en el clima de provocación y enfrentamiento que precede a la guerra civil, en Burgos o en Madrid; las capitales de las dos Españas. Me pongo con esta entrada, muy en mi línea "Cerros de Úbeda".

Comencemos por la planetaria "Riña de gatos". Anthony pide la llave en  su hotel, el empleado le comunica que alguien ha preguntado por él , en recepción. ¿Quién puede ser el visitante? ¿Policia? ¿Embajada? ¡ A nadie comunicó su alojamiento! Sube a su habitación intranquilo, intenta leer, un paseo le sentará bien.

Por las céntricas calles  se rodea de mucha gente sin prisa, entretenida en "escaramuzas verbales". Se contagia de la "alegría de vivir que flotaba en el aire",  la tópica España que llena de gozo a un "guiri "hispanista y que provoca la ironía del escritor.

Entra en una taberna, se abre paso y se acoda en la barra. Una ración de gambas y un vino, le atienden como si fuera el único cliente. Recuerda agradables incursiones en ese mismo lugar.


Carteles de corridas, toreros famosos con toda su peña, enconadas disputas taurinas clausuradas  entre canciones...y el recuerdo de aquella horrible traducción que él mismo hizo de un poema de García Lorca, el que dedicó a la muerte del torero Sánchez Mejías.


Antoñito se ríe de si mismo, mas  su risa corre el riesgo de ser mal interpretada. Porque, a  sus espaldas, dos grupos discuten violentamente de política, que no de toros. Son "muchachos muy jóvenes, bien parecidos, bien vestidos y bien alimentados"contra  "tipos rudos, menestrales y obreros", con gorra y pañuelo al cuello. Ya van por los insultos: "fascistas", "rojos" y  "cabrones".



 Por esta vez, no pasa nada grave. Uno de los señoritos echa la mano al bolsillo,  pero un compañero le detiene, le advierte algo y todos  salen fuera,  sin dar la espalda, por si acaso. Las miradas son de basilisco.

El vecino de barra de Anthony le comenta que "a los españoles nos cuesta llegar a las manos"; aunque  sentencia proféticamente :"el día que empecemos, esto no lo para ni Dios".


Y, como aquí no tiene importancia meter baza en conversaciones ajenas, a los pocos minutos ya tiene un montón de parroquianos ofreciéndole "un diagnóstico sobre los males de España y su sencilla solución". El debate es sonoro y sentencioso.

Forges, recordándonos el Duelo a garrotazos de Goya, pero en versión moderna…

Los ponentes son casi todos obreros , aunque hay algo de clase más o menos media: "oficinistas, artesanos, comerciantes y currinches". Le cuentan: los de la camisa azul son falangistas, pocos, jóvenes la mayoria, impetuosos, irreflexivos, mal parados en las elecciones, agitadores, hijos de papá con pistola de papá y zurrados por los de izquierdas...de vez en cuando y ahora más. Aquella misma mañana, unos de esos  la han emprendido a perdigonadas contra un mitin socialista.

Hay quien echa la culpa al terreno abonado por la izquierda. A saber: atentados, huelgas, sabotajes, quema de iglesias y conventos, bombas, dinamita y las "afirmaciones taxativas"; sí esas que defienden la destrucción del Estado, la familia y la propiedad privada.


 
Y no falta, cómo no, quien echa la culpa a los catalanes. El señor Mosca, de la U.G.T. dice que por haber roto la unidad de España. No dejan zumbar a la mosca, le acallan.

El camarero no ha dejado de llenar de vino el vaso de Anthony, el cual osa " expresar su convicción de que todo se podía resolver mediante el diálogo y la negociación".


Ahora sí que se le echan todos encima, cómo se le ocurre. "Al no defender la postura de nadie, todos le consideraban un aliado del contrario". Alguien le saca de allí, para evitarle un buen sopapo. Su "desconocido benefactor" le ofrece , en un principio, acompañarle hasta su alojamiento; pero vamos a ver como le conduce, como a un corderito, hasta una casa de lenocinio.

Dejamos la mancebía, que daría para otro comentario,  y vamos a buscar en la novela "Inquietud en el Paraíso",  la de mi paisano Esquivias,  ese enfrentamiento prebélico de las dos Españas.


Asistimos a un ataque a la Casa del Pueblo, en la capital burgalesa. Si la de Mendoza transcurre en marzo, ahora estamos en julio, muy cerca del fatídico día 18. El ambiente está más radicalizado.


El ingenuo relojero Julián, tanto como Anthony pero sin rentas ni estudios universitarios, se dirige hacia allí, con su sobrino Román. Ha de arreglar un reloj, El edificio está cerrado, unos tablones protegen las ventanas. Han asesinado a Calvo Sotelo, el ambiente es muy tenso. Julián entretenido en ilustrar al muchacho, no se ha enterado de nada.


Julián  grita y aporrea,  asoma el cañon de una carabina y un bigotudo le informa temblando del "magnicidio". El relojero finge conocer la noticia y no le da importancia, no es "algo gordo de verdad". ¿Y qué le parecería grave a este personaje tan buenazo y pacífico?. Leemos sus insinceras palabras, algo chulescas:

"Pues, por ejemplo, que hubiera caído uno de los nuestros. Desde luego no que maten a un fascista de Renovación Española, que fue ministro de la Dictadura y que animaba en todos sus discursos a los militares a sublevarse. Él se lo ha buscado y para mí es un alivio: ahora hay más aire y se respira mejor en España, ¿no lo notas?"

Tío y sobrino viven, desde dentro,  un ataque a la Casa del Pueblo por unos jóvenes albiñanistas , más fascistas si cabe, aunque el azul sea más claro. ¿Recordáis? Banderas de las de dos colores, jóvenes señoritingos con camisas azul celeste, disparos, muebles acribillados, cae el retrato de Pablo Iglesias, el de la República pechugona a la que llaman "Catalana"...


De momento, en la Casa del Pueblo no disponen de armas; es patético ver como el inocente Román, el sobrino recién llegado del pueblo, apunta con el palo de una escoba y dice: "pum pum". Y los fascistas gritando:  "¡Asesinos! ¡Bolcheviques! ¡No sois españoles, sois unos miserables! Os vamos a matar a todos."



Unas páginas más adelante, descubriremos los verdaderos  y buenos sentimientos de Julián:
"...él también tenía el corazón encogido. Cada vez que recordaba el destino del desdichado diputado se llenaba de indignación y de miedo. Si empezaba a derramarse la sangre de los políticos, pronto correría la de cualquiera". Estas cosas son así-pensaba Julián-, nunca hay perdón ni justicia."

Y correrá la sangre de cualquiera, como la de su sobrino fusilado, un pobre muchacho campesino que había llegado a la ciudad con la ilusión de ganar algo de dinero y mandárselo a su madre.

Vamos a sacar conclusiones Milo. En la España del 36, a  los neutrales y a los inocentes también se les considera enemigos. No hay perdón ni justicia para nadie, tampoco para ellos. Una vez que empieza a derramarse la sangre, sigue corriendo y no hay quien la pare, ni Dios la para.

Y el hambre no perdona ni a los gatos, dirías tú. También es verdad, ni la última tajada reseca...

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Antoñito y la extraña familia.

Comentario, muy a mi manera, a los capítulos 4 y 5 de la novela "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

¡Hola Milo! ¿Se te ha dado bien la caza en el trigal segado? Te he visto desde casa, vas aprendiendo; así varías tu dieta, no todo van a ser croquetas multicolores y multivitaminadas.

El gato Milo trisca animalillos en un trigal ya segado (Palacios de Benaver, Burgos)

Siéntate aquí, gato vecino, que voy a seguir hablando del inglés Anthony; ese tan rarito, al que dejamos en el vestíbulo de un palacete de la Castellana, reflexionando en torno al cuadro "La muerte de Acteón". ¿Recuerdas? Un señor con cabecita de ciervo, al que sus perros devoran como si fuera un ciervo . Un ciervo es como ese corzo que , a veces, asoma tras el cerro.


Pronto va a conocer a su cliente, don Álvaro del Valle y  Salamero, duque de la Igualada, un aristócrata reformista y muy correcto, tal y como indica su título y apellido. Con mucho sentido común, se pregunta: "¿De qué sirven las riquezas si la propia servidumbre está afilando el cuchillo que nos cortará el gaznate?". Pero como ya no es posible  una solución pacífica, dados los desmanes sangrientos de unos y otros,  le urge sacar a su familia del país;  aunque él no tenga miedo a la revolución...Y sus cuadros podrían, tal vez,  proporcionarle liquidez. Aquí está Whitelands, un experto y enamorado de la pintura española, para tasarlos convenientemente.

Revolución anarquista. Sacado de aquí. 

Un poco antes que a don Álvaro, había conocido a Lilí, su hija pequeña. Una colegiala pizpireta que, así en frío, le  pronostica la condenación eterna, por inglés y por protestante.

Caldera del Infierno con su protestante dentro. ..es broma. Puerta de la Coronería (catedral de Burgos)

Aunque, en realidad, la criaturilla está pensando en actores de cine. Hay que ver lo que se parece este señor a  Leslie Howard, un galán orejudo y soso.  El que hace de Ashley, el capricho tonto  de  Escarlata O´Hara.

Escarlata y Ashley. Tomada de aquí.

¡Qué espabilada la colegialita del Sagrado Corazón! Aunque la calle es peligrosa y ya no estudia con las monjitas. Ahora tiene su dómine  particular,  el cavernícola padre Rodrigo, experto en infiernos, limbos y demás moradas de ultratumba. Para que la niña no se convierta en  un "hotentote", como dice su papá. No sé yo con semejante profesor en qué se va a tornar.

 Mariquita Pérez con uniforme del Sagrado Corazón. Sacado de aquí.
Suena un carillón: la una y media. El duque, muy "salamero", se pone de pie como un autómata y señala que "no es cuestión de ponernos a trabajar a la hora de comer los cristianos". Comerán una hora después, sin embargo.


Sería un honor que se quedara a compartir el "refrigerio", el inglés no quisiera "inmiscuirse" pero se queda a comer. Y mientras llega el momento de tasar cuadros, don Álvaro irá observando a Whitelands, a ver si es de fiar.

 El palacio es frío como un mausoleo. Les sentará bien una copita de oloroso en la sala de música, más calentita. Allí, el duque le presenta  a la duquesa consorte, muy natural ella, con su piano y el inevitable busto de Bethoven  Simpática, graciosa, enérgica, andaluza, melómana y  lista; algo  feílla y  metepatas, pero nadie es perfecto. Gracias a ella,  Anthony va a ser  "Antoñito". ¡Qué señora tan culta! Asiste a conferencias que defienden la genealogía esquimal y mallorquina de Colón!


Entra Lilí acompañada de su hermana, una joven huraña que le es presentada como Victoria Francisca Eugenia María del Valle y Martínez de Alcántara, marquesa de Cornellá. Paquita, que así la llaman, es muy atractiva, a pesar de parecerse a mamá. Un  poquito mayor para no estar casada o prometida, calcula "Antoñito"; mas  con su excesiva desenvoltura quiere dejar bien clara la voluntariedad de su soltería. Y somete a duro examen al  inglés mientras le conduce del brazo al comedor. Qué opinión le merece Picasso y qué opinión le merece ella, la de Cornellá.


Una criada  "enteca", "cejijunta" y "pazguata" anuncia a gritos la comida.  El servicio de esta casa no se parece al de "Downton Abbey". En su momento, se me pasó lo del mayordomo agitanado, con patillas de banderillero.


Se sientan cinco, en una mesa enorme para siete servicios. El duque bendice la mesa, todos inclinan la cabeza excepto Anthony. El inglés aclara a la niña sus dudas al respecto: "los anglicanos nunca bendecimos la mesa y, en justo castigo, en Inglaterra se come muy mal".


En ese momento aparece el padre Rodrigo, el sexto comensal, y la broma se torna irreverente. El cura lanza una mirada inquisitorial al invitado. ¡Cómo le disgusta todo lo extranjero! Una sotana, aunque sea con lamparones, da cierto empaque a una comida.

Entra la chacha gritona con la sopera y se incorpora el engominado  Guillermo, el menor de los dos hijos varones del duque. El "botarate" se dedica a cazar por ahí, tras el cierre de la Universidad. Ha tenido que salir por piernas, con sus amigos, huyendo de  un pueblo donde la banda ameniza  con "La Internacional" en vez de los  pasodobles de toda la vida.


Y , al volver la vista atrás, ven como la iglesia echa humo. La caza ha sido escasa , avutardas ni una, y ha faltado poco para ser ellos los cazados.

La vajilla es espléndida, sin embargo la comida es "sencilla, nutritiva y frugal". Salvo la duquesa, algo desganada, todos comen con apetito, sin melindres. Pero el libro no nos dice lo que realmente están comiendo. ¿Cocido madrileño tal vez?


Whitelands  compara a la aristocrática familia del Valle  con la nobleza de su país y  saca unas conclusiones extrañísimas y poco patriotas. En la española, según él, se combina el lujo con la sencilla vida familiar, la simplicidad del campo con el refinamiento de la corte, "la llaneza con la inteligencia y la cultura". A la "advenediza aristocracia británica" la ve "despectiva en el trato, petulante e inculta". Algún desplante le ha debido dar algún milord o alguna milady a este señor blanco, blanquísimo.



Al acabar la comida, Anthony supone que cada uno  irá a sus ocupaciones y él podrá dar comienzo al trabajo encomendado. Pero nada de pinturas. Café, licores, habanos  y más música en la salita de antes. Y una actuación impecable por parte de la familia del Valle, lástima que no esté el hijo varón mayorcito. Ése está en Italia, contemplando obras de arte.

La duquesa y Lilí al piano, Guillermo rasguea la guitarra, Paquita canta con voz sensual. El inglés embelesado, menudo abrazo le ha dado la cría. 



Fandangos, seguidillas y la luz del crepúsculo diluye las formas del jardín, como en un cuadro impresionista. Se enciende una lámpara, se acabó el hechizo, fin de la representación, los actores quedan un poco desorientados.



Se ha hecho tarde, con luz artificial no se aprecian los colores, tendrá que volver a visitarnos, si no le incomoda demasiado, será un placer...faltaría más.

Paquita le acompaña a la puerta, le aclara un poco el cuadro que acaba de contemplar. No debe juzgar con ligereza  a su  familia, si actúa de un modo exagerado es fruto de unos tiempos inciertos, poco normales.

Y a todo esto no hemos visto la famosa colección. Nos vamos con Anthony camino de su hotel. Esperemos que este pardillo sobreviva en este Madrid de preguerra.

Hasta otro día, Milo. Milooooo. El sol se pone, es una buena hora para la caza.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino



miércoles, 14 de septiembre de 2011

"Riña de gatos" con gato (1)

Milo, un gato vecino, en Palacios de Benaver.

Comentario a los tres primeros capítulos de la novela, "Riña de gatos" de Eduardo Mendoza, premio Planeta 2010, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

El gato Milo me mira, aunque el objeto que tengo encima de las rodillas no es de su interés,  no se come. Me escucha,  le gusta oír mi voz, busca compañía; aunque  sea uno la de un extraño ser  que anda sobre dos patas. Le hablo.

Este libro se llama "Riña de gatos". No,  no aparece ninguno de los de tu especie. Son "gatos"  los de un lugar grande llamado Madrid, unos dicen que por su habilidad al escalar murallas, otros que por su afición a  la vida nocturna. Y riñen, ya lo creo que riñen, no por una sardina sino por ver qué clase de gato es el que va a mandar en los tejados.

Muralla árabe de Madrid. Tomada de aquí.

El escritor no es "gato". Se llama Eduardo Mendoza y nació en Barcelona, otro lugar grande, pero sin "gatos". Bueno, sí, hay algunos...

Vamos a ver qué nos cuenta. Un señor inglés, Anthony Whitelands, viaja en tren, un 4 de marzo de 1936, hacia un agitado Madrid de preguerra. Escribe una carta a su "adorada Catherine", para acabar con "un sórdido adulterio ".

Señoras británicas, más o menos de la época de Catherine. Postal cortesía de nuestro amigo M. Vivanco.

Considera llegado el momento de devolverle la libertad  y es el sol de España el que se lo ha revelado. ¿El  sol?


¡Ay, qué inglés más raro! Atormentado, casi llorando, se queda dormido tras cruzar la frontera, bajo un cielo nublado. Pero, al despertar, el tren recorre "la yerma meseta castellana" y luce "un sol radiante en un cielo sin límites".



"¡España por fin! " ¿Y cómo es España para este británico? "Algo sublime" que va más allá del cambio de paisaje. Tierra árida, campos secos, mustios matojos..."pero el cielo es infinito,  y la luz heroica". Sus hombres miran al horizonte, con la cabeza erguida; "tierra de violencia, de pasión, de grandes gestos individualistas". Un quijotesco inglés.

Tan enamorado de España que no deja en buen lugar a  su verde y fértil patria : "el cielo es bajo y gris y húmedo...andamos con la cabeza baja...oprimidos...uncidos a nuestra estrecha moral y a nuestras nimias convenciones sociales". Me parece un juicio exagerado, pero así es este señor tan "white". ¿Un mirlo blanco? Porque  la España del 36 no me parece un dechado de virtudes.

Campiña inglesa. Tomada de aquí.

En el tren, no  falta un fervoroso republicano bigotudo que da información no solicitada en inglés macarrónico: "Ahora no más rey...Ahora República...Políticos sinvergüenzas. Everibodi cabrones". Ni el  cura que se enzarza con el del mostacho. Las dos Españas siempre tan abiertas.


El tren se detiene en Venta de Baños, los viajeros para Madrid han de transbordar al expreso. En un tiempo record, salta al andén, entra en la cantina, le invitan a una copa, la toma de un trago casi a la fuerza, deja la maleta custodiada por el desconocido de la copa , compra sellos, echa la carta, vuelve por la maleta y alcanza el último vagón ya en marcha.


 Aliviado, manda mentalmente a la porra al género femenino. Ahora su único amor va a ser Velázquez. Eso piensa, Milo, no sabe lo que le espera, la que va a liar.

En el tren ve de nuevo al que le invitó. Se llama Gumersindo Marranón, un apellido revelador. Es policia, nada menos que Teniente coronel, y le advierte de  que en este país no se puede ser tan confiado, si nadie le robó la maleta fue porque él estaba allí. Si es que este inglés parece tonto...¿verdad Milo?

Marranón pregunta y Whitelands responde como un corderito. Voy a quedarme  en Madrid. Soy especialista en pintura española, en ninguna parte he sido  tan feliz como en el Museo del Prado. ¿Y eso da para vivir? No da mucho, pero dispongo además de una pequeña renta. No tengo amigos aquí, los ingleses somos muy reservados.


El policia se disculpa. No se ofenda, no lo tome como una extorsión; tenga cuidado, los tiempos andan  revueltos y es difícil distinguir  . Todo el mundo tiene su misterio, como usted que se da tanta prisa en echar una carta que bien podía haber echado tranquilamente en Madrid. Mi misión  no es otra que descubrir el verdadero rostro de la gente. Aquí tiene mi tarjeta, si necesita algo pregunte en la Dirección General de Seguridad.

Anthony Whitelands da su nombre y se pone a su disposición. Confía en no ver más a don Gumersindo. Lo verá, Milo, lo verá.

Al día siguiente, el inglés se despierta  en un hotel modesto. Hace frío, aúlla el viento de la sierra;   carteles y pasquines variopintos llaman al enfrentamiento. Hojea un periódico. mientras desayuna aceitosos churros.  Conoce la gravedad de la situación, por ella ha venido; pero es su visión real la que le encoge el corazón.

Hostal en la Plaza del Ángel (Madrid)

Huye a su añorado Museo del Prado, allí se sentirá a salvo. Se detiene ante "Il Furore", la efigie broncínea de Carlos V, de Leone Leoni.  Representa el  orden impuesto sobre la tierra, cueste lo que cueste.

Confortado, va decidido a la Sala de Velázquez.  Nunca examina más de una pintura, es  su método. Esta vez elige un cuadro, como si fuera a implorar la protección de un santo. Se detiene ante el bufón "Don Juan de Austria",  El chiste debe  estar en equiparlo al gran militar de los ejércitos imperiales e hijo natural de Carlos V. Al inglés se le nublan los ojos al contemplar esa batalla, esa técnica impresionista y adelantada.


Siempre le ha gustado Madrid. "Reconfortado por la compañía de Velázquez y la de la ciudad que lo acogió ", Anthony se dirige al Paseo de la Castellana, ha de cumplir una misión. Busca un número, se detiene ante una verja y llama.

Antigua postal tomada de aquí.

 Whitelands, graduado en Cambridge, goza de prestigio, sin fama ni dinero, entre los entendidos en pintura española. No en balde  ha consumido  sus energías tras santos, reyes, infantas y bufones.


Un día le visita Pedro Teacher , un oscuro y gatuno personaje del mundo del arte, relacionado con transacciones poco claras. Lo de gatuno es por su bigote fino y sus ojos redondos, como los tuyos, Milo. Lo del maquillaje y el perfume dulzón...eso es harina de otro costal.

Teacher le propone viajar a España,  para tasar la colección de pintura de un distinguido caballero español que , ante la inminencia de una revolución sangrienta , desea poner a salvo a su familia. Le falta liquidez y ve la solución en sus cuadros.

Whitelands elegirá la obra más adecuada para una transacción, le pondrá precio y lo comunicará telefónicamente mediante un código secreto. Un banco de Londres ingresará esa cantidad, la obra emprenderá viaje y nuestro héroe no participará en esta última parte. Cuentan con su discreción de caballero inglés, faltaría más.

Para que no tenga escrúpulos, Teacher le hace notar que salvará una obra de arte y mucho más: vidas humanas. No, Whitelands no está dispuesto a hacerlo por altruismo. En realidad, lo hace por salir de la rutina y acabar con su devaneo amoroso. No hay ni gota de espíritu aventurero dentro de él. Un mayordomo abre la puerta y pregunta quién es y el motivo de su visita.

¡Milo! ¡Ven aquí! Veo que te interesa más cazar ratones y pajarillos. Luego seguimos.


Milo trisca animalillos en un trigal segado.


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

 
Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, sabe ilustrar y dar vida al inicio de la novela para engancharnos en la lectura. Hasta va con gato de veras.