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miércoles, 30 de enero de 2013

"...limpia, fresca, con el moño muy empingorotado y unos zapatos nuevos y relucientes".

Un señor Custodio actual.

Comentario en torno a "La Busca" de Pío Baroja, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Pobre Manuel, tan a gusto en su trabajo de aprendiz de trapero. No va a poder seguir con el señor Custodio, en la hondonada junto al vertedero, allí donde la tierra purifica toda la inmundicia que los madrileños arrojan a la basura, un lugar tan adecuado para él, asimismo un residuo. Así se siente.

Adiós al amo bueno y juicioso, al orden de un hogar de hojalata, a la comidita caliente en puchero murmurador, al carro con sus borricos, al perro "buena persona", a las gallinas que picotean, al cerdo que hoza ...Hacer girar la chatarra de un Tío Vivo  y  subir al columpio, aquella estampa de felicidad imaginada, a la que él añadiría "una mujer que me quisiera".


Gran error. Precisamente, va a perder su Paraíso por una mujer. Y eso que no llega a probar fruta alguna.

Un mes después, un domingo después de comer, ve bajar por la pendiente "con las faldas recogidas, una muchacha". Manuel enrojece y palidece, la conoce, es la chiquilla de la modista, la que llevaba los trajes a la Baronesa, en la pensión de doña Casiana. 

"Se acercó la muchacha, levantando las faldas y las enaguas almidonadas, cuidando de no ensuciarse los zapatitos de charol."

Ay, que la de las enaguas es la hija del trapero, la Justa, a quien había imaginado "muy flaca, muy esmirriada y desagradable". Quién le iba a decir que la chica del trapero era la aprendiza, la protagonista de sus fantasías, recién llegado a Madrid:

"Fue para  Manuel...como una música encantadora, fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína"

Ricardo Baroja dibujó así a la Justa, aprendiza de modista.

En casa de sus padres, la Justa habla por los codos y Manuel:

"...la escuchaba silencioso; la verdad es que no era tan guapa como se había figurado, pero no por eso le gustaba menos."

Y, atención, que estamos ante el único personaje al que Baroja concede una detallada descripción física. Baroja no suele conceder a sus criaturas algo más allá de un ligero esbozo. Mas, aquí, el escritor se deleita en la pintura. ¿Pasó por su vida una mujer así?

"Tendría unos diez y ocho años, era morena, bajita, de ojos muy negros y muy vivos, la nariz respingona y descarada, la boca sensual, de labios gruesos. Era algo fondoncilla y abundante de pecho y caderas; iba limpia, fresca, con el moño muy empingorotado y unos zapatos nuevos y relucientes."

En esta muchacha de "·moño empingorotado"vi a la Justa.

Entra en casa del señor Custodio un trapero jorobado, el "Conejo", un "bufón" de gracias amargas, que mueve convulsivamente su nariz como "el simpático roedor":

La Justa ríe y ríe, y no para de reír hasta que percibe el entusiasmo de Manuel . En ese momento, elige  a su víctima, comienza el ataque seductor, aunque el ayudantillo de su padre no le parezca gran cosa. A por él:

"...a pesar de que no le parecía una gran conquista, se puso seria, le animó y le dedicó miradas furtivas, que hicieron latir apresuradamente el corazón del muchacho."

Manuel sólo piensa en las dos o tres semanas que ha de vivir "con el recuerdo de las miradas incendiarias". Pregunta quién es el novio de la chica. Ha de aguantar las burlas del trapero conejil  que le asegura: "yo creo que es el obispo de Madrid Alcalá". 

La Justa ya tiene entretenimiento dominguero, se va a dedicar a "entusiasmar a Manuel" con sus conversaciones escabrosas. De vez en cuando, viendo que la chica no se incomodaba , la abrazaba  a traición". Ella "se desasía con facilidad y se reía al ver al mozo,  con su cara seria y la mirada brillante de deseos".

Libertad de palabra sorprendente en una jovencita de aquellos tiempos, frases de doble sentido, "alusiones candentes", que si una compañera de taller perdió "la flor de azahar", malicia, "coquetería desgarrada"...


"Manuel sentía por ella un anhelo doloroso de posesión, mezclado con gran tristeza y hasta con odio, al ver que la Justa se reía de él"

La Justa es desigual, unas veces se deja abrazar y besar, otras le propina una bofetada. El flirteo es, para ella, "un simulacro de amor". Para él es "un doloroso despertar de la pubertad", con "vértigos de lujuria que terminaban en atonía y en aplanamiento mortales". A veces, se llega junto al río; "pero el agua sucia y negra no invitaba a sumergirse en ella". Un giro de ironía barojiana salva a Alcázar del suicidio, no es para tanto, muchacho.



Aplanado, entonces no se decía deprimido, el enamorado no se arroja al Manzanares pero le acomete la idea de "la inutilidad de su vida, de la seguridad de su destino adverso". Solloza.

La Justa deja de aparecer los domingos por ´casa de sus padres, será el mal tiempo. Un domingo decide apostarse en una esquina por donde ha de pasar.  El corazón le da un vuelco:

"Venía acompañada por un joven elegante, medio torero, medio, con un sombrero cordobés y capa azul llena de bordados"

Y, al domingo siguiente, toca la presentación del novio en ca los traperos, encantados de que este chico tan fino pida relaciones a su hija, con esa frase que hace relamerse a todas las mujeres, ya sean princesas altivas o porteras humildes. Bueno, eso último es opinión del solterón Baroja, eran otros tiempos, ya sabéis.

Se trata del hijo de un carnicero de la Corredera Alta y muy rico. En aquella casa se torna "prototipo de todas las perfecciones y bellezas", Manuel lo fulmina con miradas asesinas.

De la melancolía, nuestro héroe pasa a la ira y a la desesperación. Demasiadas ventajas: "alto, gallardo, esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil..."

Chulo madrileño
Manuel se pregunta cómo no notará la Justa que ese tipo sólo se quiere a sí mismo. Espía a la pareja en el baile y tiene que aguantar los contoneos ceremoniosos del "Carnicerín". Y la Justa, "frenética":

"...sus ojos brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería sujetar, tragar, devorar".

Una tarde, el Carnicerín le dice a un amigo que la tiene "chalá". Manuel lo oye, "en aquel momento, le hubiera arrancado el corazón". La decepción amorosa le hace pensar en abandonar la casa del señor Custodio. Reaparece su instinto aventurero, reforzado por un encuentro con el "Bizco" que le califica de panolí, al saber que está trabajando.

El noviazgo se formaliza, los traperos se bañan "en agua de rosas" y sólo Manuel cree que no habrá boda. "Demasiado estirado y señorito para casarse con la hija de un trapero".

El Carnicerín tiene delicados obsequios con los padres de su novia. Un día de verano los convida a todos, Manuel incluido, a una corrida de toros. El espectáculo le decepciona: miedo de los hombres y de las bestias, crueldad del público, sangre, suciedad, el caballo del picador que pisa sus propios intestinos y cae fulminado. Aquello le parece una "asquerosidad repugnante y cobarde". "Me voy, esto es una porquería". La Justa se ríe.


 

"Aquello no podría gustar más que a gente como el Carnicerín, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes"

Baroja pone en boca de su personaje la opinión que le merece la "Fiesta Nacional", algo intocable entonces. Don Pío no se calla...

Pasa el verano, la hija del señor Custodio prepara la boda y Manuel proyecta marcharse fuera de Madrid, no sabe dónde, cuánto más lejos mejor. En noviembre se celebra la boda de una compañera del taller de la Justa, Manuel la acompaña porque los traperos no pueden ir, qué horror de boda...

"Se presentaron los novios...él tenía facha de hortera, ella esmirriada y fea, parecía una mona"

Pasa toda la tarde viendo bailar a la Justa con su novio. No puede más.

Al anochecer, Manuel se acerca a la Justa dice bruscamente "vamos, tú". Ella replica que la deje en paz. El Carnicerín le pregunta quién le ha dado vela en este entierro. A Manuel le han encargado, el otro que se calle, Manuel que no le da la gana, el otro que le hará callar con un tirón de orejas.

Nuestro héroe se echa sobre el chulito, pero uno de los amigos de este le arrea un garrotazo que lo deja atontado. Intenta volver al ataque pero le empujan y lo zarandean hasta ponerle en la carretera, fuera de la fonda.

"...avergonzado y sediento de venganza, medio aturdido aún con el golpe, se tapó la cara con la boina y fr el camino, llorando de rabia"

Alguien se le acerca corriendo detrás de él, es la Justa, cariñosa y burlona. "¿Qué tienes? Anda vuelve. Iremos juntos"

No, déjame, echa a correr camino de Madrid. No ´volverá a casa del señor Custodio, aunque se muera de hambre. Y al Carnicerín:

"...le echaría las zarpas al cuello hasta estrangularle, le abriría en canal como a los cerdos y le colgaría con la cabeza para abajo y un palo entre las costillas y otro en las tripas..."



La sociedad le niega todo, él se pondrá en contra de la sociedad, "se reuniría con el Bizco y asesinaría a diestro y siniestro..." Y, en el patíbulo, miraría a todos "con un supremo gesto de odio y desdén".

Se está haciendo de noche, llega a la Puerta del Sol, la están asfaltando. Al calor de las calderas está el Bizco. Pero la casa del trapero había sido para él una gran esperanza, no tardará mucho en abandonar a los randas, decidido  a ser "de los que trabajan al sol".



Le seguiremos en la segunda novela de la trilogía. "Mala hierba".

Un abrazo para todos de:

María Ángeles Merino

Los enlaces con palabras textuales de la obra están sacados de http://es.wikisource.org/wiki/La_lucha_por_la_vida_I

sábado, 29 de diciembre de 2012

Un famélico hormiguero. Oscuro, maloliente, caótico, ruidoso e inmisericorde. ¿Una fotografía retocada?




MADRID. Estación del Mediodía. Tarjeta postal antigua de Fototipia J. Roig, Madrid.

Comentario en torno al contenido de la novela "La busca", de Pío Baroja, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Mi entrada anterior, con el primer comentario a "La busca", concluía cuando al grillo "virtuoso obstinado" le sustituye la codorniz, con la luz del sol. Comienzan las rutinas diarias, el sereno, el panadero, se abren las tiendas, una criada que echa la basura a la acera, se oye vocear un periódico, la calle entra en movimiento.
 
Adelanto el reloj, puesto que el tiempo sólo es un cañamazo para bordar nuestras tonterías. Es por la tarde y la criada Petra se da prisa  en servir la cena a los huéspedes. Veamos que se guisa:
Un guiso al estilo del dómine Cabra del "Buscón"de Quevedo. El hambre se pasea por los pasillos de la pensión de Casiana Fernández. Famélico, el primer adjetivo para calificar al hormiguero.
 

Volvemos a las prisas de Petra. Porque su hijo Manuel, no tardará en llegar “medio dormido, medio asfixiado en un vagón de tercera” a la estación del Mediodía, procedente de “una aldehuela pobre, rodeada de áridas pedrizas, sin árboles ni matas”.

Dibujo de Ricardo Baroja.


 Se le amontonan recuerdos, lejanos y próximos, “fugaces impresiones de Madrid ya medio olvidadas”. Siente “verdadera angustia; un crepúsculo rojo esclarecía el cielo, inyectado de sangre como la pupila de un monstruo; el tren iba aminorando su marcha; pasaba por delante de las barriadas pobres y de casas sórdidas”.


Cielo rojo. Cielo espectacular de Madrid.
Petra le espera en la puerta de la estación, con toda la intención de mostrarse severa; su cuñado le ha dicho en una carta “que allí, en el pueblo, el chico perdía el tiempo, y que lo mejor era que fuese a Madrid a aprender un oficio”. La vuelta desbarata sus planes de que su hijo estudie para cura; pero al verlo lo abraza “con efusión”.
Y prestemos atención al abrazo porque en “La busca” escasean los afectos. Percibimos un hormiguero oscuro, caótico, maloliente, inmisericorde. La lucha por la vida de sus personajes no deja siquiera un hueco para los sentimientos.



A muchos se nos hace muy dura la lectura de "La busca". ¿Por qué la escribió así Baroja? ¿Acaso era insensible ? Busquemos una respuesta en alguien que lo conoció muy bien, su sobrino Julio Caro Baroja:

 "Cuando, después de ensayar en colaboración con otros escritores jóvenes el componer por entregas un folletín misterioso con Madrid como base, se puso solo a la tarea de escribir "La busca",  pensó hacer una obra de observación directa, que él mismo comparaba a una fotografía retocada, "procedimiento que no es, sin duda-añadía-, el mejor para producir una obra de arte". La frialdad y objetividad de "La busca" fueron exageradas por los críticos, al comentarla recién aparecida. El público gustó de esta supuesta característica, pero desde entonces corre también a voz de que Baroja fue un hombre poco sensible, amén de prosista descuidado."


En "La busca" hormiguean doña Casiana dueña de la pensión y su criada Petra, la Isabelona, doña Violante con su hijas busconas, la "mujer cañón" de la portería,  dos comisionistas, un tenedor de libros, un cura que no paga, la Vizcaína, la Baronesa, un periodista, un hombre rubio y muchos más. Abundan las  personas degradadas, venidas a menos... Y entre todos componen el escenario para el protagonista, el adolescente Manuel Alcázar, el hijo mayor de Petra, en su lucha por instalarse socialmente.

El hormiguero ha de ser oscuro, la falta de luz es todo un símbolo de la vida que arrastran personajes y personajillos. Entramos en la casa de doña Casiana, en la calle Mesonero Romanos, antes del Olivo.

"El portal , largo, oscuro, mal oliente, era más bien un corredor angosto, a uno de cuyos lados estaba la portería". Subimos por la escalera "siempre a oscuras".

Nos detenemos en el piso principal. "De día apenas se divisaba, por la oscuridad reinante, una puerta pequeña; de noche, en cambio, a la luz de un farol de petróleo, podía verse una chapa de hoja de lata...Casiana Fernández".

Pasamos dentro de la casa, si es de día nos sumergimos "en las profundas tinieblas". Si es de noche, "a la vaga claridad difundida por una mariposa de corcho que nadaba sobre el agua y el aceite de un vaso" advertiremos "con cierta vaga nebulosidad, los muebles, cuadros y demás trastos..."
Lamparillas de aceite.

Los olores nos guían mejor que las moribundas luces. Al entrar, "lo único que denotaba el cambio de lugar era el olor, no precisamente por ser más agradable que el de la escalera, pero sí distinto".

Al pasillo dan las alcobas
"en las que hasta muy entrada la tarde solían verse por el suelo calcetines sucios, zapatillas rotas, y, sobre las camas sin hacer, cuellos y puños postizos"

Entre todos los aposentos, el peor de los chiscones es el de doña Violante y sus niñas, no sólo ´se cuelan los olores de la vaquería de abajo, además:

"El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban en las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios y, entre la falta de aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz de marear a un buey"

Manuel pasa su primera noche allí:

"El muchacho se acostó, y era tan violento el contraste del silencio de la aldea con aquella algarabía de ruido de pasos, conversaciones y voces de la casa, que, a pesar del cansancio, Manuel no pudo dormir"

Oscuro, maloliente, caótico, ruidoso e...inmisericorde. Pronto lo sufrirá Manuel.

La patrona le permite quedarse, a cambio de hacer recados y servir la comida. ¿Se compadecen los huéspedes del pobre chico recién llegado del pueblo?


“Manuel tuvo que aguantar mientras sirvió la mesa…una serie interminablede advertencias, bromas y cuchufletas... unas veces se encontraba tabaco en la sopa, otras carbón, ceniza, pedazos de papel de color en la botella del agua.”

Dibujo de Ricardo Baroja.
Y "uno de los comisionistas... solía levantarse furiosos, cuando pasaban estas cosas, a pedir a la dueña que despachase a un zascandil que hacía tantos disparates"

Es la darwiniana lucha por la vida, el pobre no se apiada del pobre. Manuel se acostumbra, contesta cuando le riñen y busca sus puntos débiles:

"Pronto se enteró de la vida y milagros de todos los huéspedes, y se hallaba dispuesto a soltarles cualquier barbaridad si le fastidiaban"

En este hormiguero, nadie se compadece de nadie. Incluso ´hay regocijo ante la desgracia ajena. Así reaccionan ante el embarazo no deseado de Irene, una de las hijas de doña Violante.

"-¡Anda! ¡Anda a la Casa de Socorro a que te quiten la hinchazón!
...
-¿Quién le ha hecho ese bulto?-decía entre risotadas la vizcaína...
Todos los huéspedes repitieron con fruición y entusiasmo la pregunta..."

Famélico, oscuro, maloliente, caótico, ruidoso, inmisericorde. ¿Una fotografía retocada? ¿Es que la realidad era todavía más dura? ¿O Baroja cargó las tintas?

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

El texto en letras de color naranja pertenece a un prólogo de Julio Caro Baroja, para la edición ilustrada conmemorativa del nacimiento de Pío Baroja, 1972, editorial Caro Raggio (Madrid).

Las palabras directamente extraídas del texto se corresponden con el enlace:
http://www.escuelahistoria.fcs.ucr.ac.cr/contenidos/biblioteca/esociales/PioBaroja-LaluchaporlavidaI_Labusca_.pdf