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lunes, 26 de agosto de 2013

"Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo"

No hay salida para Cipriano Salcedo.
 
Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:

En mi última entrada, el Inquisidor anuncia "procedimientos persuasivos" y vuesa merced  sabe que no tardarán en llegar. Tres días, muy de mañana, solo una palabra: "síganos". Del zaguán al corredor y de ahí a los sótanos. Allí os esperan el inquisidor, el secretario, el escribano, el médico y el verdugo. Y "unos extraños artilugios, como los aparatos de un circo".

 Vuelven a la pregunta clave, quién os pervirtió y os ordenó viajar a Alemania en 1557. Y vos decís "suavemente" que en el interrogatorio ya habíais contestado. Se acabó, el verdugo os ata las muñecas a la polea de la garrucha, os iza y quedáis suspendido en el aire. No se imagina el sayón que vuestra musculatura de atleta os va a permitir flexionar los brazos. Como la garrucha se torna  ineficaz, os atan a los pies una gran pesa. Flexionáis igualmente. Delibes os pinta como a un atleta.

 
"El inquisidor sentía fría y torcía la boca; experimentaba una rara frustración":
-El potro-dijo lacónicamente."
 
Os atan por las cuatro extremidades al temible potro. El verdugo gira el husillo hasta alcanzar un punto doloroso, el inquisidor vuelve a preguntar quién os convirtió "a la maldita secta de Lutero". Guardáis silencio y gira el maldito artefacto. Intentáis aplicar vuestra vieja filosofía: si me meto en el dolor, si lo acepto,  se hace más soportable. No sirve eso aquí porque os están descoyuntando, intentan "sacar las apófisis de los huesos de sus respectivas cavidades". Axilas, ingles, espinazo, codos, rótulas, cabezas de músculos y nervios. El verdugo interrumpe para dar ocasión al inquisidor que ya no pregunta nada, para qué, y  vuelven a girar las tuercas. Los dolores se funden en un dolor, todo confluye en el cerebro; "una horrible punzadura" va creciendo, perdéis el control, gritáis y perdéis el conocimiento. Delibes nos hace vivir con vos el relato minucioso y magistral de una auténtica tortura inquisitorial. Alguien lo dejó escrito, pensamos. Y el escritor contó con las mejores fuentes disponibles...
 


 Recuperáis el conocimiento ya en la celda, "bajo las atenciones del médico", qué médicos más extraños los que se prestaban a esto. Sentís como si todos vuestros  huesos estuvieran fuera de su sitio. Si permanecéis inmóvil, podéis cambiar el dolor por "un cansancio infinito".

Fray Domingo de Rojas muestra ahora una sensibilidad  insospechada con vos y trata de convenceros de la sinrazón de vuestro silencio. Un día, ya harto,  le replicáis, "con muy poca voz":

-Y...y ¿no cree vuestra paternidad que el perjurio, aparte un fracaso personal, es un grave pecado?
 
Escucháis escandalizado  las palabras de vuestro compañero de celda. Trata de convenceros, hay que adaptarse a las circunstancias.  Al dominico no le habléis de mártires, piensa que ya no es preciso el testimonio, que el cristianismo ya está bien asentado.
 
Dos semanas después de la tortura, Dato os pasa un billete directo de doña Ana Enríquez. Sabe que os han dado tormento por no revelar el nombre de vuestros pervertidores. Os pide que no seáis obstinado:
 
"Satisfacer en algo a los inquisidores, pronunciar una palabra que les sea grata y les haga sentirse momentáneamente victoriosos, no significa doblegarse. Téngalo presente, pues su vida, sin que usted lo sospeche , puede un día ser necesaria para alguien..."
 
 Y recuerda vuestra visita a La Confluencia, la finca de su padre. "Aquellos minutos felices de un otoño dorado, paseando en su amable compañía por el jardín, me han dejado honda huella. ¿Nos darán ocasión de revivir aquellas horas algún día?..."


Vanas ilusiones. Bien sabéis, y bien sabe ella, que no os darán ocasión, mas la carta os anima. Las palabras no acuden, se enredan, al cabo de unos días lográis contestar. Agradecéis el interés por vuestra salud, recordáis aquel paseo, la atención que prestaba en los conventículos, aquel adiós efusivo el día de la huida que tanto os confortó. Le rogáis que no sufra por vos porque cumplir con el deber ya encierra recompensa. Saludáis, muy comedidamente, con "respeto y estima".

El otoño viene muy frío y pasáis los días tendido y cubierto con una manta que suponemos raquítica. El alcaide no ha ido en vuestra busca, en la interrupción del tormento veis la mano del tío Ignacio. Recibís de su parte un zamarro de jineta y una capa segoviana. Pero no se deja ver, visitar frecuentemente a un inculpado de herejía perjudicaría su carrera en la Chancillería.

Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.
 
Cuando ya no lo esperabais, en Navidad, Dato os entrega unas líneas halagüeñas de Ana Enríquez. Leéis con el corazón desbocado: "me di cuenta de que vuesa merced no me era indiferente...Ahora quizá comprenda mejor vuesa merced mi interés por su suerte". Os sentís como un adolescente enamorado, por primera vez en vuestra vida; pero no podéis dar alas al amor, en qué momento llega...

 Escribís: "vos sentís, señora,  la ilusión de que algo nace...la idea de que algo concluye prevalece en mí". Reconocéis  vuestra ferviente admiración por su persona, su aplomo y discreción. Y, cómo no, por su belleza. Al llegar a esto último, tenéis una explosión de sinceridad. Una dama tan joven y hermosa para Cipriano Salcedo...


Las misivas se cruzan "y ponen un punto de luz y esperanza en la sordidez de las mazmorras". Pero os mostráis cauto ante el optimismo de la joven dama que afirma: "algún día nos dejarán ser felices". Decidís que no podéis alentar los proyectos de la muchacha conociendo, como bien conocéis, cuál será vuestro triste final. Porque estáis decidido a no delatar a quien os acristianó, actitud que nunca disculpará la Inquisición. Y se suma el obstáculo insalvable del voto de castidad que tenéis ofrecido a Nuestro Señor...La amáis pero es imposible. ¿Acaso ella no lo sabe también? ¿Por qué insiste en hacer castillos en el aire? ¿Os ama de verdad o  entretiene sus largas horas de celda con un juego galante?

Recibís la noticia de la muerte de Carlos V, en Yuste. En su lecho de muerte, el Emperador lamenta no haber matado a Lutero cuando lo tuvo a mano en Worms. En el testamento, pide a su hijo y sucesor, Felipe II, castigue con todo el rigor a  los herejes. Os llega a través de "un informe de procedencia imprevisible".


Maravedí a maravedí, Dato os va suministrando muchos "papeles de toda laya" que os entristecen profundamente: "declaraciones, noticias, informes, mensajes en torno a los procesos de los hermanos Cazalla, don Carlos de Seso, su vecino de celda, Fray Domingo, un informe del arzobispo de Toledo y varias comunicaciones más...". La delación y la mezquindad campea en todos ellos, no os impresionan pero aumentan vuestra desolación.

Vuestra debilidad os impide arrastrar los grilletes y pasáis los días y las noches tendido en el catre, cubierto con la capa. Ahora desestimáis algunos documentos que os aporta Dato, por cobardes, falaces o maledicentes. El carcelero os permite leer por encima antes de decidir si os lo quedáis. Lo que esperáis , en el fondo, es una respuesta de doña Ana, una pequeña dosis de los "dulces mensajes de antaño". Pero sois consciente de que vos mismo, inflexible, habíais dado carpetazo a aquella correspondencia. Ella respeta vuestra conciencia. ¿Respeto o despecho?

A mediados de abril, comienza "un martilleo fragoroso" que acelera el ritmo del penal. Están levantando los tablados para el auto, en la Plaza. Al día siguiente recibís un informe urgente, escrito con prisas por "el explotador del negocio". Buscáis el eje de visibilidad entre vuestros párpados inflamados. Después de tanta "humildad y acatamiento", don Carlos de Seso se desdice de "su expreso deseo de morir en el seno de la iglesia". Al saber que lo han condenado a la hoguera, ya no merece la pena fingir, expresa su fe en la de los apóstoles, que no romana. Purgatorio... ¿a quién se le ocurre si Cristo murió por nosotros?

"Ruta del Hereje", Plaza Mayor
 
"Los acontecimientos se encadenaban en una noria sin fin..."Se presenta el alcalde en persona para anunciaros una visita. Os quitan los grilletes, os hacen lavar los pies con agua y sal, ya no podéis andar. Dando tumbos seguís al alcalde, apoyado en el carcelero. Os bandeáis "como dos bueyes uncidos".

Es el tío Ignacio que os mira afligido y  habla con prisa para evitar preguntas. Pero, después de hablar de tus ojos enfermos y del proceso al arzobispo Carranza, basta una pausa para que formuléis la temida pregunta. "¿Cuál ha sido mi suerte?... ¿La hoguera tal vez?". El tío asiente: "Vas con otros veinte"



 
Preguntáis quiénes son esos veinte. "Los Cazalla, incluida su hermana Beatriz y los restos de doña Leonor, fray Domingo de Rojas, don Carlos de Seso, Juan García, tres mujeres de Pedrosa, el bachiller Herrezuelo, Juan Sánchez..." El tío Ignacio os da la lista y añade que esa misma noche os visitará un confesor y que mañana, en el auto, podréis cambiar la hoguera por el garrote. No piensas en ti, preguntas por doña Ana Enríquez. Quedará libre con unos días de ayuno. "Es una criatura demasiado bella para quemarla". Y demasiado linajuda, pensarán muchos. Y la pervirtieron demasiado joven...

Don Ignacio os atrae hacia sí, os besa en las mejillas y os retiene entre sus brazos. Y musita al oído una frase profética: "Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo. Pide por mí, hijo mío." Un santo, hereje pero santo; así os ve el hermano de don Bernardo.

 Por la tarde comienzan las confesiones. Fray Luis de la Cruz llega a tu celda cuando el sol declina.



Acoges con afecto al confesor, al contrario que tu compañero de celda que no quiere saber nada de otro dominico como él. Le dices que en tu vida había tres pecados de los que nunca te arrepentirías bastante, ya los tienes confesados pero se los confías al padre en prueba de humildad. El odio hacia tu padre, la seducción de tu nodriza aprovechándote de su cariño maternal y el desafecto hacia tu esposa que la condujo a la locura. 


 Fray Luis asiente sonriente pero esos pecados no le interesan, lo que espera el confesor es un arrepentimiento por adscribirte a la doctrina de Lutero. Le respondes que abrazaste la teoría del beneficio de Cristo de buena fe, obraste en conciencia y ésta no te lo reprocha.


Como sin darle importancia, el dominico te pregunta quién te había pervertido y contestas que no puedes decirlo, lo has jurado, pero que tu inductor no obró con intención perversa. Al fraile, ya cansado, le impacienta y le irrita tu obcecación. No puede absolverte, pero aún estás a tiempo, desde medianoche el padre Tablares, jesuita, seguirá a disposición de los reos. Te recomienda que reflexiones y, antes de marcharse, te tiene cogido por las dos manos un largo rato y te llama "hermano mío".

A continuación, se produce en la celda de enfrente, la del Doctor, un gran alboroto. Suenan sus "gritos implorantes" pidiendo a Dios que le ilumine y le ayude a alcanzar su salvación. No cesa de proclamar que acepta la sentencia "como justa y razonable". Ha cesado el martilleo de la plaza y le oyes nítidamente. Cuando le entregan el sambenito manifiesta que es la ropa que vestiría con mayor gusto, la más apropiada para "purga de sus pecados".


Vuelve al arrepentimiento, reniega de cualquier doctrina contra la Iglesia, persuade a todos los reos a que hagan lo mismo. Cesan los gritos al poco rato, el médico debe de haber tomado alguna medida...

No duermes en tu última noche. Te agobia pensar en el procedimiento del auto de fe: "la luz, la multitud, el griterío, el calor". Un ardor de orina te obliga a visitar la cubeta cada pocos minutos. A la una empezaron a doblar las campanas. Toques lentos de agonía. Se convocan misas por el alma de los condenados, en una ciudad que no duerme.

Campanario vallisoletano.

Cuando cesa el tañido, se oye  gentío,  cascos de  caballerías, rechinar de ruedas. Comienza "el gran día", aún sin luz. A las cuatro, entran a despertaros, os sirven un desayuno extraordinario y con vino, no pruebas bocado. Te arden los ojos y sientes los bultos en las cuencas.

En la cárcel, reina el desorden, gente que entra y sale, reparto de corozas y sambenitos, los familiares de la Inquisición esperan charlando a que se organice la procesión.


Se presenta Dato en la celda y os entrega un papel doblado. Le pagas dos ducados por el servicio, el carcelero tontiloco emite un silbido, el último gasto de tu vida, qué te puede importar ya el dinero. El mensaje es de Ana Enríquez, solo dice "valor". Y trae su firma: Ana.

Te acompañaré hasta el final, nos queda un capítulo, Cipriano. Valor.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

 

martes, 6 de agosto de 2013

“Ése es el rincón más íntimo del alma”

 
 
“Ése es el rincón más íntimo del alma”

Comentario en torno a la parte final de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:

En mi entrada anterior, tras viajar a caballo reventado, llega vuesa merced a Cilveti, el pueblo navarro donde le espera Echarren, el guía que ha de conduciros al otro lado de los Pirineos. Entráis en su casa y allí os están esperando. Había demasiados caballos a la puerta...


“En nombre de la Inquisición, daos preso”. Y el mundo entero se os cae encima con las palabras del alguacil bizco. Os someten a un interrogatorio de urgencia: aseguráis ser el comerciante vallisoletano Cipriano, el de los afamados zamarros, en viaje de negocios e ignoráis todo acerca del grupo luterano de Valladolid.

Y os conducen hasta la “cárcel santa” de Pamplona. Una celda pequeña, “apenas el petate, una mesa, una silla y un gigantesco orinal con tapadera”. Allí van a parar también el gallardo don Carlos de Seso, corregidor de Toro, y fray Domingo de Rojas, dominico, de verde y con plumas. Y Juan Sánchez, el criado de los Cazalla, al que apresan en Flandes, tierras del Emperador al fin; pero inaudito.

La comitiva se pone en camino hacia Valladolid: cuatro alguaciles, los presos flanqueados por los "familiares de la Inquisición" y dos docenas de arcabuceros. Los cuatro maniatados vais caminando, de dos en dos, cinco o seis leguas diarias, bajo el sol. Y la caritativa gente de pueblos y aldeas os acoge “con denuestos y amenazas”, agua hirviendo, huevos, hortalizas, piedras, quema o ahorcamiento de muñecos alusivos...o intentando abrasar el pajar donde dormís. “¡Viva el Rey!” gritan algunos “en plena exaltación patriótica”. El pueblo exige el auto de fe y se adelanta a la autoridad oficial...¿Miedo? ¿Estupidez? ¿Convencimiento?

"El sol apretaba de firme y, a mediodía, los emisarios les esperaban en algún sombrajo próximo al camino, generalmente en el soto de los ríos, en cuyas aguas, los miembros de la escolta se bañaban desnudos, turnándose en la vigilancia de los presos, mientras éstos sumergían sus pies en la corriente...almorzaban, los reos con las manos atadas". Después cambiáis pesimistas impresiones, mientras sestean los guardianes.

 
 
Don Carlos de Seso os informa. Teme tanto a Felipe II como a Carlos V. Conoce la carta del Inquisidor Valdés al Emperador y las de éste a su hija Juana, la gobernadora en ausencia de su hermano, y a Felipe II, pidiendo "prisa, rigor y recio castigo". ¿Fugarse? No hay ocasión.
 

A las dos reanudáis la marcha, hasta las siete. Para huir de tanto horror, recreas tus ojos “en los extensos campos de trigo mecidos por la brisa”. Y vas reconociendo el camino de tu épica fuga a lomos de Pispás.
 


Entráis en un lúgubre Valladolid a medianoche porque “las turbas andan alborotadas y se temía un linchamiento”. “La torre de Santa María de la Antigua, bajo el resplandor violáceo, semejaba una aparición”. Os conducen a la “cárcel secreta”, en la calle de Pedro Barrueco. Es tu descenso a los infiernos.


Te corresponde compartir celda con fray Domingo de Rojas. El alto número de detenciones obliga a Valdés a olvidarse de encerrar a los presos en celdas individuales.  Muros de piedra, ventano alto y enrejado , puerta maciza con cerrojos y cerraduras chirriantes, dos catres con los petates en el frío suelo, mesa con dos banquetas, aguamanil con un jarro de agua y dos cubetas para los excrementos.

La medida del tiempo te la facilita el ritmo de las visitas obligadas: las de Mamerto para las comidas y las de Dato para vaciar los recipientes de inmundicias al atardecer y baldear la estancia los sábados. Mamerto es un guardián imperturbable que se ocupa de las bandejas de hierro sin pronunciar palabra. Dato es un "tontiloco" que no se somete a la rigidez carcelaria y habla contigo, aunque este prohibido. Fray Domingo no lo soporta, tú le tratas con paciencia y esperas conseguir de él alguna noticia.

¿Fray Domingo? "Corpulento, papudo, envuelto en sus ropajes verdes y en una estrafalaria loba doctoral". "Al día siguiente de llegar pidió libros, pluma y papel". Y lee compulsivamente, tumbado en el catre; un libro de caballería o San Juan Clímaco, qué más da. Mantiene muy alta la autoestima, no le importa hablar de su participación en la secta pero se muestra despiadado con algunos compañeros. Y siempre concluye en el arzobispo Carranza, su "bestia negra", "a quién nadie se atreve a echar el lazo". Que el teólogo gozara de libertad mientras sus discípulos...se pudrían en las mazmorras, le irritaba sobremanera. "

Como dominico que es, conoce bien "los entresijos de la Inquisición" y os los da a conocer, no vayas  a confundir al reo relajado con el relapso o el reconciliado...Mantenéis vuestras tertulias de catre a catre, os son imprecindibles. Fuera de ellas, os ignoráis; "pues la compañía obligada podía llegar a ser insoportable".

Permanecéis solo, en la penumbra, inquieto, muy abrigado a pesar del verano, evocáis a Cristo y reflexionáis, intentando olvidar la celda. "Había asumido la doctrina del beneficio de Cristo de buena fe...Creyó sencillamente que la pasión y muerte de Jesús era algo tan importante que bastaba para redimir al género humano". Encogido en vuestro fervor esperáis en vano la visita de Nuestro Señor, le pedís que os muestre el camino, gemís pero el Señor permanece en silencio. Llegáis a la conclusión de que sois vos quién debe decidir, en aras de vuestra libertad.

 
Una tarde, Dato os entrega un papel doblado en mil pliegues. Es la confesión de Beatriz Cazalla. La lees y permaneces "inmóvil, agarrotado por un extraño frío interior". Te invade el desánimo, nunca pensaste en la delación dentro del grupo. "¿Era posible que la dulce Beatriz denunciara a tantas personas, empezando por su propios hermanos, sin una vacilación? ¿Valía tanto la vida para ella como para incurrir en un perjurio y enviar a su familia y amigos a la hoguera con tal de salvar su piel?

Todavía no habíais sido llamado a la Sala de Audiencias cuando os anuncian una visita. Ay, esa luz. Entras en la sala deslumbrado, después de cuatro meses en penumbra. Entreabres los párpados y divisas a tu tío Ignacio, sientes un sobresalto similar al que tuviste cuando te visitó en el colegio.

Os sentáis frente a frente y tu tío se interesa por tus ojos enfermos, le explicas que la falta de luz los daña, te promete enviarte un remedio. Le acaban de ascender a presidente de la Chancillería y  lo felicitas. Esperabas una regañina, mas él te habla como si nada hubiera pasado y estuvierais en casa. Te informa de las novedades en las tierras, el almacén y el taller.

Deseas pedirle perdón y convencerle de tu buena fe al unirte a la secta. Apenas pronuncias la palabra religíón y al oírla tu tío te coloca una mano efusiva en el hombro y te dice: "Ése es el rincón más íntimo del alma...Obra en conciencia y no te preocupes de los demás. Con esa medida seremos juzgados". No hay duda, el tío Ignacio es un espíritu libre pero no posee tu valentía, no haría frente a los terribles inquisidores; mas tampoco se atrevió con su hermano Bernardo, tu padre, menos peligroso.


Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.

De nuevo en la celda, tienes una sensación de irrealidad. No obstante, con la llegada de ropa y el remedio para los ojos, quedaste convencido de que tu tío era "real y tangible". Visillos, cortinas, pañito de encaje, cuadrito de la Asunción...aquella sala de visitas también era real y no soñada.

Te llega otro papel plegado, la confesión de Ana Enríquez, otra cadena de acusaciones. La lees, ahora no piensas en la delación sino en "en la amargura que aquellas palabras habrían producido en el espíritu de doña Ana".

La sensación de angustia y soledad se acrecenta. El carcelero os anuncia vuestra comparecencia ante el Tribunal al día siguiente. Entras en la Sala de Audiencias, cegado por el sol posado en las vidrieras, del brazo del carcelero que os sienta en una silla. Una mesa larga, el inquisidor en el centro, el secretario y el escribano, todos de negro.


Sientes una sensación de desdoblamiento, nada extraña en situaciones límite. Hay un Cipriano que responde sin tregua a la voz opaca del inquisidor “en un peloteo verbal picado”;  mientras tu otra mitad escucha sorprendido las palabras. Es como si quisieras imponer un ritmo rápido a las preguntas del acusador para que las respuestas adquirieran un tinte de veracidad. Quién os pervirtió, no puedo contestar, hacienda en Pedrosa, así es, conocisteis al párroco Pedro Cazalla, lo conocí y hablamos de pájaros, ¿de pájaros?, de pájaros y de sapos, ¿y don Carlos de Seso?, apenas lo traté, ¿había amistad entre Seso y Cazalla?, conversaban, nunca le habló don Pedro de religión, la religión sería uno de los temas, considera la religión un tema importante…Y desembocas en las palabras de tu tío Ignacio: “la religión pertenece al rincón más íntimo del alma”.
 
La pelota viene y va. “¿Es posible que no recuerde ninguna conversación sobre religión con Pedro Cazalla?”, ¿recuerda lo de los sapos y no lo de Dios?, "el hombre es un animal muy complejo, eminencia"...


"Y ¿con don Carlos de Seso?, ¿con don Carlos de Seso, qué?", ¿hablaron de religión?, lo conocí…iba cabalgando…montaba un pura sangre…"me interesó más la montura que el caballero", ¿le gustan los caballos?," los caballos de raza me producen verdadera fascinación", ¿no hizo un viaje a Francia con su caballo Pispás?, así fue, quién le ayudó a pasar el Pirineo, el guía navarro Pablo Echarren, "¿quién se lo recomendó?, entre la gente que visita Francia es un personaje familiar", ¿llegó hasta Alemania?, estuve en varias ciudades alemanas, quién le indujo, soy comerciante...el creador del zamarro, tengo corresponsales...Tu doble no acusa, no miente, no delata; y va a ser muy claro, y muy valiente, al expresar tu verdadera fe:

 
"-¿No había motivos religiosos en ese viaje? 

-Me parece que lo que vuestra paternidad desea saber es cuál es mi fe. ¿No es así? Si le digo que la doctrina del beneficio de Cristo me cautivó podemos ahorrarnos algunas palabras..."

No has vivido en el error, crees en lo que crees de buena fe. No predicaste, solo procurabas ser fiel a tu creencia. Conocías a doña Leonor Vivero, y al Doctor, a través de tu amigo Pedro Cazalla, hijo y hermano. El escribano levanta los ojos por primera vez, no ha parado de escribir, está sometido a una prueba de resistencia.
 
Te escuchas a ti mismo, "con los ojos cerrados, complacidamente". Apuntad esta palabra, complacidamente, ante un severísimo inquisidor. Su voz se hace aún mas opaca cundo os dice:
 
"Vuestra merced trata de eludir más preguntas aunque no ignore que dispongo de sistemas eficaces para desatar las lenguas. ¿Ha oído hablar del tormento?"
 
Has oído hablar de ello, desgraciadamente. Y también del purgatorio, en el que no crees. Porque "si Cristo sufrió y murió por mí, huelga toda pena temporal". Y crees en la "Iglesia de los Apóstoles", eludiendo el adjetivo romana. Simplemente te encontraste con ella, apostataría si su reverencia le convenciera del error, "aunque nunca lo haría por salvar la vida".

No sientes escrúpulos, la nueva doctrina aquietó tu espíritu. Osáis decir a su eminencia que los dos buscáis a un mismo Dios por distintos caminos.
 
El Inquisidor ya no puede más:
 
"-Por última vez, señor Salcedo, antes de apelar a procedimientos más persuasivos, ¿quién le pervirtió? ¿quién le indujo a viajar a Alemania en abril de 1577?"

Y tú, "complacidamente" y con los ojos cerrados, comparas a la herejía ¡con una novia!:
 
"Tropecé con la nueva doctrina, señoría, como se tropieza con una mujer que mañana será nuestra esposa, casualmente."

 Y, en cuanto al viaje, le repites que un hombre de negocios ha de viajar al extranjero, puede preguntar a los mercaderes de Anvers.
 
No, su eminencia no se dirigirá a los de Anvers. Los procedimientos más persuasivos no tardarán en llegar.


Interrumpo aquí mi carta, dirigida a vos, el valiente hidalgo don Cipriano Salcedo, que continuaré en una próxima entrada. Disculpadme la alternancia que hago del tú y del vuesa merced, al dirigirme a voacé, digo...a ti, a Cipriano, "El hereje".
 
Un abrazo, en medio del desierto veraniego, de:
 
María Ángeles Merino


Nota: he cometido la herejía de convertir las ventanas de la iglesia visigótica de Quintanilla de las Viñas (Burgos)  en celda de la Inquisición y los paisajes trigueros de Palacios de Benaver en los que recorrió Cipriano en su vuelta forzosa a Valladolid. Bueno, el camino hacia León no es tan diferente al de Valladolid.

jueves, 18 de julio de 2013

Teodomira Centeno: "como esas palomas o esas becadas, un fruto más de la naturaleza, vivo y espontáneo"



Comentario en torno a parte de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

“En realidad, Teo había sido para él como esas palomas o esas becadas, un fruto más de la naturaleza, vivo y espontáneo…”

Para la señora Teodomira Centeno de Salcedo, también llamada Teo o la Reina del Páramo.

Muy señora mía:

Me dirijo a vuesa merced con respeto y cariño, tras acompañarla  hasta el atrio de la iglesia de Peñaflor de Hornija, lugar donde ha sido enterrada, aunque siga viva como personaje de ficción. Viva seguirá mientras haya lectores de "El hereje", es la ventaja de los de su condición.

Al parecer, unas horas antes, había pronunciado, en un momento de lucidez, el nombre de La Manga; solo dos palabras que vuestro esposo interpreta como el deseo de la Reina del Páramo de volver al páramo, nada que objetar.
Él se emociona cuando la carreta fúnebre se detiene en la explanada de la iglesia. Porque en el porche, esperan tímidamente braceros y pastores, rudos castellanos para los que vuesa merced constituye un símbolo: "puesto que no solo trabajó con las manos como ellos sino que lo hizo con más espíritu y más provecho que los hombres por lo que con justo motivo recibió el sobrenombre de Reina del Páramo". Y rodean el ataúd cuando el párroco reza un responso a la puerta de la iglesia. "Era una esquiladora como nosotros, dijo un pastor viejo, con la voz trémula, para quien el trabajo manual borraba el pecado de su condición adinerada".

El tío Ignacio, los viejos amigos de Cipriano, los amigos nuevos, sí esos herejotes, también asisten a tu funeral. Unos y otros miran a los campesinos como a "seres de otra raza o habitantes de otro planeta". Solo tú, Teodomira, has vivido a uno y otro lado del acompañamiento.

Ahondan la "huesa" que os había de albergar y aparece intacto vuestro padre, el Perulero. La sorpresa es general ante " el cuerpo desnudo, sin descomponer, el pene erecto y los ojos abiertos, inyectados y llenos de tierra". ¿Prodigio? No para vuestro párroco que conoce las propiedades de ciertos terrenos para demorar la corrupción. Que las tierras rojas sean leves con vuesa merced, señora.

Vuestro marido abandona Peñaflor, muy afectado por el hecho de que Segundo Centeno permaneciese "incorrupto y el sexo vivo, como si hubiese muerto con apetito". Al atravesar el monte de La Manga, la frente en el cristal del carruaje, evoca los paseos en vuestra compañía, en silencio y con los párpados entornados. Ha tomado una decisión.


De las tierras rojas a las tierras negras que le recuerdan sus charlas itinerantes con Pedro Cazalla. Un apretado bando de perdices arranca ruidosamente, en las novelas de Delibes vuelan perdices cuando uno menos se lo espera; con más motivo cuando cita los lugares donde don Miguel  dio gusto al gatillo.


 Y se reúne en Pedrosa con su rentero Martín Martín que le sigue por renuevos, majuelos y pinadas. De vuelta a casa, la mala nueva: "la señora Teodomira ha fallecido". "Salud para encomendar su alma" y se produce la misma escena que hace treinta y siete años, entre los padres de ambos, cuando murió la señora Catalina, la madre que vuestro Cipriano no conoció.

Y en la comida, vuestro esposo hace a Martín "una oferta tan inusitada  y generosa" que al rentero se le cae la cuchara, balbucea y no entiende. Se lo explica mejor: "la propiedad de las tierras la partiremos entre tú y yo, tú aportarás tu sudor y yo mi dinero. Los beneficios a partes iguales.". Y remata con una mentira: "era voluntad de la difunta". También desea mejorar los salarios de la "gañanía", Martín se lleva las manos a la cabeza, "el campo se hundiría". Cipriano no quiere renunciar a su largueza pero entra en razón, "había que estudiar las cosas despacio, con personas y abogados competentes"

¿Voluntad  de la difunta? Me hago cargo, vos ignoráis por completo todo eso. Pasasteis vuestros últimos días con la razón perdida, en el Hospital de Inocentes de la calle Orates y en el Hospital de Santa María del Castillo, en Medina del Campo.

De aquí partía la calle de Orates, por aquí desfilará Cipriano en triste procesión. 

No te atan porque puedes pagar vigilantes continuos. Sedada con filonio romano, tan  rico en opio que  provoca "visiones". Consumida, con la mirada vacía, sin hablar, dicen que sin sufrir, aunque te apalancan la boca con dos cucharas para darte de comer a la fuerza. ¿Cómo llegaste a tan lamentable estado, amiga Teodomira?


Adormidera, flor del opio, componente del filonio romano.
Cipriano Salcedo vuelve de una gira por Ávila, Zamora y Toro. Tú no conoces el motivo del viaje, no entiendes de conventículos ni de grupos cristianos por la Reforma del fraile Lutero. Le sorprende tu recibimiento con gritos y lágrimas en un increscendo. Poco a poco entiende tus reproches: olvidó  llevarse la bolsita con las escorias de oro y plata que el doctor recetó para la infertilidad matrimonial, ha anulado cuatro años de medicación...Él trata de convencerte de que una pausa de cuatro días no es significativa, que lo reanudaréis...

Porque la maternidad os obsesiona. Voceas, proclamas que no has vivido para otra cosa que para tener un hijo y ya no lo conseguirás por su culpa. Arrojas  objetos, gritas, le empujas, le dedicas "soeces vocablos escatológicos", le echas en cara la inutilidad de "la cosita". Te tapa la boca, le muerdes, te tumbas en la cama, rasgas telas, gozas con tu furia destructora. Por fin, consigue colocarte boca arriba y atenazarte las muñecas. Al sentirte inmovilizada, reanudas los insultos, preguntas por tu dote, buscas herir.



 La tensión va cediendo, tras dos horas de lucha. Te dejas acariciar, se resuelve una crisis nerviosa magistralmente descrita, seguramente con una buena base de documentación médica. Y solo para una novela...Perdona, Teo, que sigo contigo. Ahora lloras mansamente y él restaña tus lágrimas con el embozo de la sábana. No, no te ama pero es bueno y se compadece. Evoca los días de La Manga, piensa en lo que has sido para él: “En realidad, Teo había sido para él como esas palomas o esas becadas, un fruto más de la naturaleza, vivo y espontáneo…” Le desarmó tu sencillez, le gustaba verte esquilando ovejas...Así se gestó un extraño matrimonio, nada en común, no podía funcionar.

Pero aquella misma noche de la crisis, te despiertas y le amenazas con la tijera grande de esquilar, cuando Cipriano ya se había refugiado en la lectura de "El beneficio de Cristo". Proclamas que vas a esquilar su "maldito cuerpo de mono".


Lo hieres en el muslo. Ve el vacío en tus ojos y comprende que te ha perdido, te ingresan en el hospital de Orates. Te escaparás y te conducirán al de Medina. "El dinero es muy amable" pero no puede evitarte la brutalidad de los métodos entonces empleados. Impedir el suicidio a toda costa, el pecado más grave.

Una vez ingresada, Cipriano puede dedicarse a su actividad lanera y herético religiosa. Que si los Cazalla, que si Leonor Vivero, que si Ana Enríquez, ay Ana Enríquez con sus ojos azules...Pero te echa de menos: "era una costumbre en mi vida". Entre quehacer y quehacer te visita, no mejoras, tus ojos parecen mira hacia dentro. Pero aquel dia, de pronto, se avivan tus pupilas, tu boca esboza una sonrisa y musitas dos palabras: "La Manga". Horas después falleces, encuentran tu cadáver "sonriente como si a última hora la hubiese visitado Nuestro Señor". Tal vez sonreías paseando por tu querido monte. ¿Sí?

Ese mismo día, Cipriano llega al anochecer a Valladolid y entra en la iglesia de San Benito. Se siente culpable de tu estado y se exige a sí mismo  una reparación. El enorme tamaño del templo desierto invita a la soledad, aunque la llamita del sagrario "comunicaba una pálida impresión de compañía". Siente la presencia de Cristo a su lado, le abruma su pecado, su egoísmo, tu destrucción. Ofrece su sexualidad y su dinero, castidad y pobreza. De ahí vendrá el ofrecimiento generoso al rentero Martín y a los jornaleros.

Enoooorme iglesia de San Benito.

Antes de tu enfermedad habías pasado por varias etapas. La inmediatamente anterior es la consumista, intentas llenar el vacío de tu vida comprando lujo para la casa de la Corredera de San Pablo, con la complicidad de la tía Gabriela. Manteles, sábanas vajillas, muebles, cuadros; algo inaudito en una muchacha que vestía todos los días una saya vieja. Un escañil, una mesa y poco más; era suficiente.

Os casáis un 5 de junio, en la iglesia de Peñaflor. El templo adornado con flores silvestres, un banquete muy animado y , a los postres, tu padre, con sus calzas acuchilladas y su cachucha, se sube torpemente encima de la mesa e improvisa un sentimental discurso. Menos mal que la encopetada tía Gabriela no ha visto esto, la pobre sufría una oportuna indisposición. Al final, ya se sabe, vivan los novios, viva el cura y viva el acompañamiento. Y un zapateado, de remate.


Tuvisteis la etapa feliz de recién casados, con unas relaciones sexuales satisfactorias, a pesar de la diferencia de tamaños. Cipriano ascendía a tu cuerpo como a lo más alto de los Torozos, le llamabas "chiquillo", te reías, hablabais de las vicisitudes de la "cosita", de lo fuerte que era tu pareja a pesar de su tamaño, "como un toro". Un día se vio reflejado en la cópula de un sapo con una sapina, hembra grande y macho pequeño, la imagen se le quedó grabada amargamente. Porque vas perdiendo interés por la "cosita", a medida que pasa el tiempo y no llega el ansiado embarazo.


Crece en ti la obsesión por "desdoblarte". Todo en esta vida te hablaba de maternidad: los muñecos de la infancia, las parideras en el monte, los nidos de las urracas...No te servía de consuelo que Cipriano te comentara el caso de sus padres que tuvieron un hijo después de nueve años sin descendencia. Tuviste la suerte de que ya no te hicieran la prueba del ajo, paparruchas galénicas. A ti te tocó lo del brebaje de salvia y la abstinencia no sé qué días; mientras tu Cipriano debía tomarse las escorias dichosas. Tu doctor, buen conocedor de la obra de Vesalio, dejó claro que no estabas "opilada", es un consuelo.


Y , mientras crecía tu obsesión de tener hijos, tu Cipriano se obsesionaba con las dudas religiosas, se oía tres misas seguidas, se confesaba una y otra vez. Un cruce letal de obsesiones.

Creo que tu etapa más feliz fue la de Reina del Páramo, pelando una oveja y otra y otra; una burra de carga pero útil. Te desearía que recorrieses feliz  montes celestiales, rodeada de blancos corderos, de sedosas lanas. El cielo se parecería al monte de la Manga. Pero me falta la fe. Adiós, Teodomira. ¿Recuerdas vuestro primer encuentro?

"Entonces la miró de frente y ella le miró a su vez y, bajo su mirada intensa, dulce y afable, se enterneció. Nunca le había sucedido a Salcedo una cosa así...fuera de la expresión de sus ojos y de su presencia amparadora, no descubría en la muchacha  especial encanto..."

Dedicaré una última entrada a tu esposo, cuya muerte será mucho más dura, con serlo mucho la tuya.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Un recuerdo muy especial a los que me acompañaron y guiaron por la Ruta del Hereje, en la ciudad de Valladolid, el día 13 de julio de 2013.