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lunes, 5 de octubre de 2009

¡Así parece que se le derretía el cerebro de tanto leer y pensar!


Ele Bergón dijo...
Hola troncos y troncas.

¡Qué cachondo es mi padre con eso del requesón y el casco del Alonso. ¡Así parece que se le derretía el cerebro de tanto leer y pensar! Tened también cuidado vosotros y vosotras que si pensáis mucho, leeis y luego escribis, se os puede derretir los cascos y hacerse requesón. Ja, ja, ja, Por mi no tengais cuidado que en ese aspecto yo estoy a salvo.

Lo de los leones también está bien.
Eso es ser valiente y mi padre y los otros "poniendo pies en polvorosa" y "pies para qué os quiero" Jua, me los imagino a todos corriendo muertos de miedo y el Alonso, allí tan tranquilo retando al león. Menos mal que parece que el felino era cobarde que si no ...

Ahora el Alonso se llama " El caballero de los leones" Me parto de risa.

Este año todavía no me centro con mis coleguis de clase, no sé, los encuentro algo sosainas. Ya no está el Richi, ni la Vane, ni mi Churry y yo parece que estoy algo así como atontolinao. En fin, que ya me pondré las pilas como dice mi hermana Teresa que sigue de novia con el guarda de seguridad del Mercamona, pero está un poco nerviosilla porque andan despidiendo a gente. En fin, ya veremos.

Choque de manos para todas y todos.

El Sanchico.

domingo, 4 de octubre de 2009

De leones y requesones (2)


Los leones protagonistas de este capítulo, se dedicaron después a posar para los escudos como éste.

Continuación del comentario al capítulo 17, segunda parte del Quijote, publicado en http://laacequia.blogspot.com/

En esto llega el carro de las banderas, con su solitario carretero que va en las mulas. Otro hombre va sentado delante, luego conoceremos su inusual y peligroso oficio, mucho más que el de profesor de la E.S.O., que ya es decir.

Don Quijote se planta en medio y pregunta por el vehículo, los ocupantes, la mercancía y las banderas. El carretero contesta que ,en su carro, van dos leones enjaulados, león y leona, regalo del general de Orán, para Su Majestad, Felipe III suponemos. Son muy, muy grandes y tienen mucha, muchísima hambre. Pero don Quijote no retrocede ante esta información, todo lo contrario. Pide que le echen encima a los “leoncitos”, así sabrán los selváticos felinos quién es don Quijote de la Mancha y que chinchen y rabien los encantadores.

Sancho ruega al de verde que consiga disuadir a su señor, que los leones harán trocitos a todos los que allí están. ¿Loco? ¿Atrevido? Don Diego de Miranda se siente capaz de conseguir el que Don Quijote se porte como persona cuerda y sensata .Está convencido, el muy incauto.

El de la Triste Figura ya está instando al leonero para que abra la jaula. El caballero no andante utiliza sus argumentos: los caballeros andantes no emprenden aventuras sin esperanza, la valentía temeraria es más locura que fortaleza y los leones son propiedad real, que no se le olvide.

En los sesos ablandados, cual requesón, de don Quijote, están registradas las palabras con las que el que don Diego describía sus plácidas cacerías, sin galgo ni halcón. Se produce una sinapsis en sus maltrechas neuronas. ¿Quéeeeeee? ¿El del perdigón manso dándome lecciones? ¡Que se vaya a meter en las huras conejeras a su hurón atrevido! Él con su estilo de vida y yo con el mío. Pero ¿qué hace ese hombre que no me suelta ya a los leones? El leonero se convierte en don bellaco, voto a tal…don Quijote amenaza con coserle con la lanza al carro.

El carretero le suplica que le deje desuncir las mulas, su medio de vida, y ponerlas a salvo. El loco caballero accede, aunque le parece una petición innecesaria.

El leonero, a grandes voces, declara que abre forzado la jaula y que los daños van por cuenta de don Quijote. Y pónganse todos a salvo, que él no tiene problemas.

El de verde insiste, Sancho suplica llorando, lo de los molinos o batanes no fueron nada …que él ha visto la uña y a juzgar por la uña es como una montaña…no hay nada que hacer. El miedo, Sancho, es el que te hace verla tan grande, tú ya sabes, si muero vas donde Dulcinea.

En el último momento, decide librar al pobre Rocinante, se espantaría. Se enfrenta a pie, con el escudo y la espada, encomendándose a Dios y a su Dulcinea.

Y llegado a este punto, nos encontramos con el panegírico que le dedica “el autor de esta verdadera historia”, aquello de: ''¡Oh fuerte … animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo...”¡Menuda parrafada al estilo de las novelas de caballerías!

El leonero abre la jaula del león macho que se despereza, abre la bocaza, bosteza lentamente, sin prisas, saca la lengua y procede a su aseo personal, quitándose las legañas y lavándose la carita. Saca la cabeza fuera de la jaula y lanza sus fieras miradas a don Quijote, dispuesto a hacerlo pedacitos. Pero, cuando todos esperamos que el león ataque, el animalillo nos da la espalda, nos enseña el trasero y se tumba a la bartola.

El leonero se niega a darle palos, como pide el loco manchego. Que se contente con lo hecho, ya ha demostrado su valentía y ganado “la corona del vencimiento”. Si el enemigo, en este caso el león, no acude, para él la infamia. Lo preocupado que estará el Rey de la Selva.

El leonero convence al triunfante caballero con esos argumentos y, a petición de éste, cierra la puerta y queda como testigo de que el león no quiso salir y se acostó.

El ufano vencedor coloca, en la punta de la lanza el trapo , con que se limpió de requesón y tiene que vocear a los huidos , los cuales no dejan de huir y de volver la cabeza. Sólo se detienen cuando Sancho ve la señal del blanco paño y advierte de que su señor les llama; luego habrá vencido a las fieras.

Se detienen, pero no pierden de golpe el canguelo sino que, poco a poco, se van acercando al carro. Don Quijote ordena dar dos escudos de oro para leonero y carretero, en recompensa por el tiempo perdido. Sancho dice que los dará de buena gana y , ante el anuncio de la paga, el leonero cuenta la contienda exagerando la valentía del caballero, manifestando que el león acobardado no se atrevió a salir de la jaula. Que un escudo es un escudo…

Don Quijote se siente vencedor, por encima de encantos y encantamientos. Sancho suelta los escudos y el leonero besa las manos del loco hidalgo, prometiendo contarlo al mismísimo rey. Menuda cara va a poner don Felipe. Y, siguiendo la usanza de los caballeros andantes, el de la Triste Figura se mudará el triste nombre por el de Caballero de los Leones y así quiere que se le nombre ante Su Majestad.

Todos siguen su camino. Don Diego de Miranda guarda silencio, pensando, llegando a la conclusión de estar ante “un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo”. Como no ha tenido noticia del libro impreso, con las primeras aventuras de don Quijote, no podía saber del “género de su locura”. Tan pronto le parecía cuerdo como le tenía por loco. Una cosa es lo que decía: “concertado, elegante y bien dicho”. Otra cosa muy distinta era lo que hacía: “disparatado, temerario y tonto”. Pero como no conoce el libro, don Diego no se aclara.

De sus quebraderos de cabeza le saca el loco cuerdo que, leyéndole el pensamiento, le da un buen repaso, con un discurso sobre su tema favorito: el caballero cortesano con su blandengue vidorra y sus torneos ficticios frente al caballero andante con sus peligrosas aventuras, por “los rincones del mundo”. Ya sabemos: sufriendo inclemencias e incomodidades, sin asombrarle leones, vestiglos, endriagos…toda clase de bichos. Y que le quede claro a este señoritingo que, dada su condición de caballero andante, no puede” dejar de acometer todo aquello que le “pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios”. Y un caballero andante puede ser temerario, pero nunca cobarde. Así que no le tache de loco…

Don Diego le responde que lo “dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón” y le anima a darse prisa para llegar a su casa, donde podrá descansar de su trabajo con el león . Que si la lucha no le ha cansado físicamente, le habrá fatigado el espíritu, lo cual termina agotando también el cuerpo. Gran verdad esa…


Les dejamos en la casa de don Diego de Miranda…

Un abrazo para todos


Pedro Ojeda Escudero dijo en http://laacequia.blogspot.com/

Abejita comenta el inicio del capítulo centrándose en el requesón y en la extrañeza de don Diego. Y no os perdáis la sabrosa ilustración con la que acompaña su entrada. Continúa con el comentario del resto del capítulo en la parte de los leones, ilustrado convenientemente. Después anota el relato del león del Cid como ejemplo de precedentes literarios. Finalmente, el Sanchico nos da su versión de la historia de los requesones y el león vía Ele Bergón. El muchacho anda, además, algo despistado en clase: como no se dé prisa en centrarse, le llegan los exámenes.

Gracias Pedro y sigamos con esos tres planos narrativos que nos ha hecho ver.

Besos a ti y a todo acequiano de pro.

viernes, 2 de octubre de 2009

De leones y requesones (1)



El queso de Burgos es lo más parecido al requesón que se me ocurre ¿O son los sesos de don Quijote?

Comentario al capítulo XVII del Quijote, segunda parte.Publicado en http://laacequia.blogspot.com/


De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones.

El título nos lo indica, esta vez don Quijote va a llegar al “estremo”, aunque ya nos anticipa que va a ser acabada “felizmente”. No nos preocupemos por la integridad de nuestro héroe.

Don Quijote apremia a Sancho, tiene que apresurarse, aventura “habemus”…Y el pobre escudero no sabe qué hacer con los tiernos requesones comprados y pagados a los pastores. A manera de “tupper”, qué horrible anglicismo, no se le ocurre mejor cosa que encajarlos en la celada de su señor.

El del Verde Gabán no ve la aventura por ninguna parte, sólo se divisa un carro con las banderas reales, tal vez acarrea moneda del Rey. Ojo, atacarlo es delito contra su Católica Majestad. Bien conoce el que escribe, recaudador de impuestos por vándalas tierras, tan regio transporte. El de Miranda se lo indica; pero el loco caballero, ni caso. Él a lo suyo que cualquier hora es buena para sufrir el ataque de los encantadores en nómina.

Toma la celada, se la encaja en la cabeza y algo pegajoso le chorrea por el rostro y la barba. Don Quijote se pregunta si es que se le están haciendo agua los sesos o es que está sudando. Se limpia con un lienzo y se quita la celada para ver el tipo de sustancia que le está enfriando la testa.

Y no se sale de la realidad para identificar la sustancia blanca como requesones .Por vida de su señora Dulcinea, que lo son. El “traidor, bergante y malmirado escudero” ya se lo tiene bien aprendido, los encantadores, fueron los malditos encantadores. ¡No lo dude! Ellos, los muy ladinos, colocaron esa “inmundicia” en la celada , con la malévola intención de provocar la quijotesca cólera, moledora de escuderiles costillas. Pero Sancho confía en “el buen discurso de su señor, hay que ver cómo le dora la píldora. Si él tuviera requesones , a quién se ele ocurre, los guardaría en su estómago y no en la celada. “Todo puede ser “es la calmada respuesta de don Quijote, siempre dispuesto a bregar con encantadores enemigos.

Y el del Verde Gabán mira y se admira. Y con la boca abierta debía estar cuando, tras limpiarse, el de la Triste Figura se encaja la celada, se ajusta los estribos, comprueba que la espada está en su sitio y ,agarrando la lanza, se declara dispuesto a luchar con el mismo Satanás si viene al caso.

En esto llega el carro de las banderas, con su solitario carretero.

(Continúa)
Un abrazo para todos de María Ángeles Merino