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domingo, 26 de junio de 2011

"...sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese"

Detalle de un cuadro de Ana Queral, la autora de una excelente serie sobre el Quijote.


Comentario al capítulo 7,1 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al 26 de junio de 2008.
¡Hola, visitantes de este blog!


Algunos ya sabéis ´lo que me suele suceder, en estos casos. Comienzo el comentario a un capítulo del Quijote, recibo la fantasmal visita de algún quijotesco personaje secundario que, de manera misteriosa, tras viajar por los canalículos de Internet, asoma por la pantalla del ordenador. El último fue la joven Antonia Quijana, sobrina del viejo hidalgo.


Espero un poco, que alguien me visitará.


Sí, es lo de otras veces, oscila la imagen... ¡Antonia Quijana otra vez! Olvidé que vuelve a intervenir en el capítulo 7, que remata el “donoso escrutinio” de los libros. Escuchémosla.



Saludo a voacé, señora doña María Ángeles, que ya conozco su nombre. Sigo narrando  lo que ocurrió aquel día, tras salvar de la quema a un ejemplar de “Las lágrimas de Angélica”.



¡Qué voces las de mi señor tío al despertarse! ¡Aquí, aquí, valerosos caballeros!



Con tanto ruido y tanto estruendo ya no hay más escrutinio libresco. El ama echa al corral, sin más, muchos otros libros, Creo que va al fuego uno con los hechos de nuestro emperador Carolo, que Dios guarde.











Cuchilladas y reveses, hay que emplear la fuerza para volverle al lecho. Algo más sosegado, se dirige al cura, llamándolo arzobispo Turpín y animándolo a no dejarse ganar por los "cortesanos". Ahora mi tío es uno de los "Doce Pares de Francia". ¡Don Reinaldos de Montalbán! ¡Vivir para ver!




El cura le aconseja que atienda a su salud y mi tío responde que ha de moler a palos a ese bastardo de Roldán. Llegado aquí, el estómago le avisa y pide que le traigan de "yantar", dicho a la manera de antaño.




Come, queda él dormido y nosotros admirados de tanta locura. El ama, émula del Santo Oficio, remata la faena quemando cuantos libros hay en el corral. Sin duda, arden libros dignos de "ser guardados en perpetuos secretos archivos"; mas ya sabemos lo que, en ocasiones, pagan los justos.




El cura y el barbero dictaminan que sea tapiado el aposento de los libros y se le comunique que un encantador se los ha llevado, con muros y todo. Y así se face.




A los dos días, don Alonso se levanta y lo primero que hace es ir a ver sus amados libros. Tienta el muro que ocupa el lugar de la puerta, mira a uno y otro lado y, desesperado, pregunta al ama hacia qué parte está el aposento. Ella, ya advertida, le dice que  no hay tal, que todo se lo llevó el diablo.



Yo me veo obligada a intervenir y a explicarlo en clave de caballería andante. Nada de diablo sino encantador que cabalga en una sierpe, en algún libro vi algo así y me gustó. Sigo con mis invenciones: que el señor encantador dijo hacerlo por enemistad con el amo de los libros y que se llamaba Muñatón. Mas  el ama, tal vez pensando en sus fritangas, lo bautiza como Fritón. Esto último da pie a mi don Alonso para traducirlo como Frestón, que uno con ese nombre le tiene ojeriza.


Mi señor tío ha de vencer a ese su enemigo, mas yo le aconsejo que no se meta en pendencias, que se esté pacífico en casa. Y cómo se encoleriza al recordarle la suerte de los que van por lana y vuelven trasquilados. ¿Trasquilar a don Quijote? ¡Ni un pelo!



Pasa quince días muy sosegado, distraído con el cura y el barbero, pasando graciosísimos cuentos sobre la necesidad que tiene el mundo de caballeros andantes. El cura no siempre le quita la razón, por ver si entra en ella.





En este tiempo solicita mi tío a un vecino nuestro, un labrador pobre y hombre de bien, "pero de muy poca sal en la mollera". Sancho Panza es el nombre del tal villano, el cual se determina de salirse con él y servirle de escudero. ¡Tanto le persuade y le promete mi tío!




Ni el ama, ni el cura, ni el barbero, ni yo misma. ¡No supimos nada de aquello! Me pregunta voacé cómo supe de las promesas al buen Panza. Su mujer, Teresa Panza que no Mari Gutiérrez, fue la que me lo reveló, poco después de la partida. Detrás de la puerta, hubo de poner la oreja la buena Teresa; mas no podía imaginar que iba a partir tan presto y sin despedirse.





Don Quijote, ya me voy acostumbrando a llamarle ansí, promete a su "escudero", dónde habrá visto un escudo el porro de Sancho, nada menos que una ínsula.



¡Y lo peor! Mi tío da orden en buscar dineros. Al parecer, vende, empeña, malbarata y llega a una razonable cantidad. Espero cobrar presto algunas rentas porque yo quedo aquí, sola, administrando su hacienda y sin un ducado. El huerto, los frutales, las gallinas, el palomar, algo que cace nuestro mozo, habrá que administrarse.



Alguien, no sé quién, le presta una rodela. Pertrecha la celada, la que tenemos criando polvo en el desván. Encarga a Sancho que lleve alforjas. Desaparecen las camisas de lino, tan bien planchadas, que guardo en el baúl.


 
Salen de noche, nadie los ve, don Alonso en su rocín y Sancho en su asno.




No se despiden de nadie y, cuando amanece, nuestro mozo, el de  campo y plaza, se apercibe de la ausencia.


Un pastor diz que los vio por el campo de Montiel, no nos queda otra que esperar su regreso. Esperar, es  condición de la mujer, sea cual sea su estado.





¿Quién verá a Teresa Panza con corona de gobernadora insular? Ja, ja, qué risas cuando me lo contó la villana.



Como le dije la vez anterior, la del capítulo 6, 1, volveré en el 6, 2. Saludo a vuestra merced.



Un abrazo de María Ángeles Merino para los que pasáis por aquí.

sábado, 18 de julio de 2009

"si fuese menester en una necesidad podría subir en un púlpito "


"¡Que sepa vuestra merced tanto, señor tío, que si fuese menester en una necesidad podría subir en un púlpito e irse a predicar por esas calles, y que con todo esto dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo; que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad agobiado , y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres..."

Comentario, en forma epistolar, al capítulo 2.6 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Afirmación del camino personal", correspondiente al día 16 de julio de 2009.

Habla Antonia Quijana, sobrina de don Quijote.

Aquel día en que oímos a ese mentecato de Sancho hablar a su juiciosa Teresa de ínsulas y gobiernos, nos dimos por vencidas, predicábamos en desierto, sermón perdido. Lo habíamos ido comprendiendo, a medida que los sustanciosos caldos del ama iban haciendo efecto, cambiando aquel color amarillo por otro rosado más saludable. Irremediablemente volvería al ejercicio de la malandante caballería.

Mas no era empresa poco dificultosa cerrar la boca al ama, metamorfoseada en basilisco, que manifestó estar dispuesta a quejarse ¡nada menos que a Dios y al rey! , si mi tío persistía en sus intenciones aventureras. Confío en que nadie lo entienda como blasfemia…que las paredes oyen y el Santo Oficio... Don Quijote, como lo llamáis los que alentáis insensatamente sus locuras, no se inmutó. Dijo no desear causar pesadumbre a Su Majestad, que harto tenía con responder a los pesados memorialistas que escribían y escribían…

Y, a continuación, ¿qué creéis que se le pasó por el magín a mi buena y ocurrente nodriza? Pues le propuso que se hiciera caballero cortesano. ¡Discurso habemus!, dio en el blanco de su tema favorito. Efectivamente ya no cerró la boca hasta que llamaron a la puerta y… 


¡Caballero cortesano! De esos que conocen al enemigo sólo en pintura, bien comiditos y abrigaditos en sus aposentos, con su mapa en la mano, jugando a los soldaditos, mientras los caballeros andantes soportan el hambre, el frío y el calor, enfrentándose a un enemigo que mata. Nada de niñerías y desafíos, la guerra de verdad. Y un caballero andante no se ha de espantar por nada. ¡Ni por diez gigantes, de los que alcanzan las nubes, con tajantes cuchillos y amenazadoras porras con púas! No le han de espantar, gigantitos a mí, los acometerá de igual manera. El ama ha de ver la diferencia…y los príncipes también.

Pero, a continuación, fui tan sincera que provoqué la ira de mi querido tío, afirmando que todas esas historias son “fábula y mentira” e insinuando que debían ser señaladas como inmorales. ¡Nunca lo había visto tan enfadado conmigo! Si no fuera hija de su hermana, no sé qué terrible castigo haría conmigo, una “rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas “y se atreve a censurar a los caballeros andantes. Bueno, Amadís me perdonaría, no hace falta que me lo diga, lo conozco bien porque aprendí a leer con mi tío y el “Amadís de Gaula”, sin la ayuda de silabarios ni abecedarios… pero otros no son tan corteses y bien mirados, los hay “follones y descomedidos”…qué miedo.

Mi ánimo no quedó encogido con la filípica recibida y mi atrevimiento tocó techo: viejo, enfermo, agobiado, demasiado pobre para ser caballero… ¡Qué atrevimiento,qué poca vergüenza, Antonia!

En vez de castigarme, me dio la razón y me soltó una exposición sobre los linajes. Allí salieron a relucir faraones, ptolomeos, césares, príncipes, monarcas, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros. ¡La Historia entera! Y algo muy hermoso, el camino a seguir por el caballero pobre que ha de ser: “afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso, no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo”. Si cuando mi tío habla de cosas serias…podría subir a un púlpito y los dejaría a todos con la boca abierta.

El discurso no acabó ahí, siguió con lo de las armas y las letras, el camino de la virtud, la senda del vicio…lo de siempre. Nos lo sabemos ¿verdad, ama mía? Y esos versos de Garcilaso, también ¿no es cierto?

Parecíame que nunca acabaría. Gracias al Cielo, llamaron a la puerta , mas era el aborrecido Sancho quien la aporreaba. El ama se escondió, caballero y escudero se encerraron en sus aposentos, allí tuvieron otro coloquio.

Vamos coligiendo que nuestro tío y señor quiere desgarrarse la vez tercera. Nada podemos hacer…

María Ángeles Merina, que si Antonia es Quijana yo soy Merina, un poco ovejuno queda el apellido...

Un abrazo a todos.


Pedro Ojeda Escudero dijo en este blog:

Me gusta mucho esta nueva mirada al Quijote. Cómo enriquece nuestra lectura.

Y en http://laacequia.blogspot.com/dijo:

La Abejita da voz a un nuevo personaje de su blog: toca la sobrina (con foto de sobrina), que nos permite una nueva mirada a la obra. Qué acierto tantos personajes para dar nuevos matices. En el comentario del capítulo, ilustrado con un púlpito al que bien podría subirse nuestro hidalgo, tenéis la demostración de esta nueva voz.

Gracias, Pedro, busquemos nuevas miradas y pasémoslo bomba con el Quijote, también en verano.

miércoles, 15 de julio de 2009

Mi nombre es Antonia Quijana


Para las personas solteras, como yo, los sobrinos son parte importante y muy querida de nuestra vida. Don Quijote es un viejo hidalgo solterón que vive con su sobrina, Antonia Quijana, que se desespera con la locura caballeresca de su tío.

Yo también tengo una sobrina extrañadísima de ver a su tía tantas horas con el ordenador y el Quijote! ¡Mirad como contempla el libro! Algún día lo leerá...No desespero.


Introducción al comentario al capítulo VI, segunda parte, del Quijote.

Mi nombre es Antonia Quijana y soy la sobrina de Alonso Quijano, al que conocéis, sin duda, por el disparatado nombre de don Quijote de la Mancha. Cide Hamete Benengeli os ha contado poco de mi persona. Sabéis que vivo en la casa de mi tío, el hermano de mi difunta madre, en una aldea de la Mancha, que no llego a los veinte años y que siempre aparezco con mi querida ama, a la que me unen fuertes vínculos afectivos pues, aunque ese maldito libro de la imprenta de Juan de la Cuesta no lo diga, fue mi nodriza. Si mi tío cobró fama por embestir a un molino de viento, mi ama pasó a la estampa por haber emulado al Santo Oficio, quemando aquellos malditos libros de caballerías. ¡Hizo bien! De haberlos achicharrado antes, no habrían sido vendidas tantas hanegas de tierra de sembradura y no hubiera mermado mi futura herencia.

Cuando mi tío se fue por esos campos a deshacer entuertos, en compañía del monstrenco de Sancho Panza, la casa se quedó solitaria y silenciosa, sólo de vez en cuando se oía el aullido lastimero del galgo. Siempre habíamos aborrecido sus lecturas pero ¡cuánto añorábamos entonces al tío Alonso leyendo en voz alta aquello de “La razón de la sinrazón…”! Una hidalga de diecinueve años encerrada en un caserón manchego, sin más compañía y conversación que la de una mujer mayor que pasa de los cuarenta. ¡Y todo el día recordándome que “la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta"! Y, algo hago, ocupo mis horas en menear doce palillos de randas, que ya no sé qué hacer con tantos encajes… También ayudo a mi ama en los trabajos de la casa y la cocina, que la pobre mujer no puede con todo… no, ociosas no estamos ¡La envidia que siento cuando, a través de una celosía, veo a las muchachas del pueblo que van juntas al río o a la era! ¡Qué alegres suenan sus charlas y sus risas! Y soy hidalga que hidalga era mi madre…

Cosa de lástima fue oír los gritos que alzamos cuando aquel muchacho acudió corriendo a darnos nuevas de que nuestro tío y señor “venía flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un carro de bueyes”. Fueron gritos de lástima por el estado en que venía pero también eran de alegría. Ingenuamente pensábamos: ¡Ahora no se irá!

(Seguiré hablando en el comentario al capítulo VI que toca este jueves)

María Ángeles Merino


Pedro Ojeda Escudero. dijo en este blog:

Qué buen acierto dar voz a la sobrina. Cada vez miramos la obra desde más ángulos. En cuanto a tu sobrina, antes o después leerá el libro, ya lo verás.

Gracias Pedro, buscaremos más ángulos. En cuanto a mi sobrina, después, lo leerá muchísimo después...