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jueves, 3 de junio de 2010

"...querría que...desafiásedes a este rústico indómito y le hiciésedes que se casase con mi hija..."


Foto tomada en la exposición "Vistiendo el rito"

"...querría que antes que os escurriésedes por esos caminos desafiásedes a este rústico indómito y le hiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo antes y primero que yogase con ella..."

Comentario al capítulo 2,52, del Quijote, el cual se publicará en "La acequia".

Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez.

El narrador, la voz textual anónima, nos cuenta lo que el cronista Cide Hamete nos dice . Al parecer, una vez que don Quijote curó de los arañazos gatunos, la vida del castillo, tan regalada, le parece impropia de un caballero andante. Ha de pedir licencia a los duques, porque desea acudir a las fiestas de Zaragoza, para ganar el codiciado arnés reservado al vencedor, en las justas. Aquel día, sentado a la mesa de los duques, iba a poner en obra su intención, mas irrumpen dos mujeres enlutadas, como dos frascos de tinta.

¿Qué le pasa a este ordenador? Ventana emergente. Vaya, otra visita, a ver qué personaje secundario aparece ahora. Es una vieja conocida, con sus albas tocas y su negro hábito monjil. No, no se enfade por lo de vieja, doña Rodríguez, un placer verla de nuevo. Hable, hable, soy toda oídos.

Saludo a vuestra merced y leo el título del capítulo. Su autor estuvo acertado al llamarme “segunda dueña Dolorida o Angustiada” porque así es. Y mi hija, mi pobre niña, no lo está menos. ¡Ay, que desgracia la nuestra!¡Lo de Trifaldi fueron tortas y pan pintado! Le cuento:

Entro en la sala y me arrojo a los pies del caballero andante, mi tabla de salvación. Tendida, le beso repetidamente los pies. Suspiro, gimo, lloro. Todos están confusos. Los duques, tal vez, piensan que los criados han preparado una nueva burla,como ya tienen costumbre…

Me presento tan cubierta que nadie conoce mi identidad. Mas don Quijote,con presteza me levanta del suelo y hace que me descubra. Mi pobre niña, ay, la pobre imprudente que yació con aquel mal hombre, ay, también alza su espeso velo.

Admirados quedan los que me conocen y más mis señores, los duques. Saben que soy mujer pobre y discreta. Muy lista no soy, tonta tampoco. La desesperación me lleva hasta aquí.

Me vuelvo hacia sus excelencias y les pido licencia para departir con el andante caballero. Es mi única esperanza, ha de deshacer este tuerto. Mi señor, el duque, me la concede. Enderezo la voz y me dirijo a don Quijote, tal y como, pienso yo, se ha de hablar a un valeroso caballero andante. Lecturas caballerescas no me faltan, sé hablar en arcaico.

¡Esa sinrazón y alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi fija.! Prometiome enderezar el tuerto que le tiene fecho. ¡Cuántas efes! Agora me llega la noticia que quiere partir deste castillo, en busca de las buenas venturas que Dios le depare.
Antes de que se me escurra, como una anguila, ha de desafiar al rústico indómito y forzarle a cumplir con la promesa que a mi hija fizo, antes de yogar con ella. Y ya se sabe que una vez de haber yogado, nada de lo prometido. No rima, pero vuestra merced me entiende.

Y con el duque no puedo contar, que es pedir peras al olmo. Y así lo digo delante de las ducales narices. Espero no ser castigada por mi atrevimiento.

Don Quijote responde, con gravedad y prosopopeya caballeresca. Se dirige a mí como “buena dueña” y, con exquisita cortesía, me exhorta a templar o enjugar mis lágrimas y a ahorrar suspiros; que él toma a su cargo el remedio de mi hija… fija, a la cual hubiera estado mejor no creer promesas de enamorados, lo que le digo yo.

Y, con licencia del duque su señor, está dispuesto a partir en busca del desalmado, para hallarle y matarle si no cumple. Es su oficio…

El duque, satisfecho, menos mal, da todas las facilidades. No hay que buscarlo, ni pedir licencia para desafiarle; que él le da por desafiado, se lo hará saber y acudirá al castillo, donde dispondrá de campo franco para combatir.

Don Quijote renuncia transitoriamente a su hidalguía para poder combatir con el dañador y le reta, en ausencia, en razón del mal que hizo con la doncella que ya no lo es, mi pobre niña. Cumplirá o morirá.

Luego cumple con el ritual retador: arroja un guante y el duque lo alza, aceptando el desafío, en nombre de su vasallo. Será dentro de seis días, en la plaza del castillo y con las armas acostumbradas de los caballeros: lanza, escudo y arnés.

Para la debida ejecución del desafío, he de poner el derecho de mi justicia en manos de don Quijote. Así lo hago de buen talante, pero mi hija disimula mal su disgusto y su vergüenza, aunque acepta. Eso de que se airee su desliz…

Nos retiramos y la duquesa da la orden de que no nos traten como a criadas sino como a señoras aventureras que vienen a pedir justicia. Nos alojan en un cuarto aparte y nos han de servir como a forasteras. Espantadas y enojadas están mis compañeras. Las oigo murmurar, dicen algo de la sandez y desenvoltura de la Rodríguez y su malandante hija. Son unas víboras…

Desaparezco.

(Sigue el comentario, aunque se vaya la Rodríguez)


(Sigue)

lunes, 10 de mayo de 2010

Me destornillo de risa cuando pienso en la pinta que tienen que tener los dos, queriendo, sin querer y a la vez con miedo por si ocurre algo


Doña Rodríguez y don Quijote en el lecho, según Doré.

Ele Bergón, mi amiga Luz del Olmo dice:

Esto no va bien para ninguno de los dos andantes.

Mi padre Sancho que estará en su Ínsula muerto de hambre y gobernando. Yo creo que no lo hará bien, porque cuando tienes hambre y no de dejan comer pues se te pone una leche que me imagino los desaguisados que estará haciendo.

Al larguirucho tampoco tiene nada de que alegrarses pues está malherido, encerrado y encima se le cuela la Doña Rodriguez. ¡Ja, ja, ja! Me destornillo de risa cuando pienso en la pinta que tienen que tener los dos, queriendo, sin querer y a la vez con miedo por si ocurre algo. Es que me parto. De sobra se que estos dos no llegan a nada.

El Cervan no los tenía que haber separado porque los amigos son para estar " a las duras y a las maduras"

Choque de manos.

El Sanchico

jueves, 6 de mayo de 2010

"no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo "


Don Quijote, está mohíno y señalado por las uñas de un gato, desdicha ajena, que no aneja, a la caballería andante.(Ana Queral pinta al Quijote)



No se imaginaba la dueña Rodríguez las dolorosas consecuencias de sus indiscreciones. Esta dueña también es dolorida.(Ana Queral pinta al Quijote)

Comentario al capítulo 2,38 del Quijote, segunda parte, publicado en "La acequia":
"De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna."

Miro la pantalla de mi ordenador y veo algo que no me es desconocido. ¿Qué imagen es ésa? No es una extraña publicidad de esas que emergen en Internet, no se trata de ningún anuncio, no. ¡Es una mujer vestida monjilmente, con ropajes negros y enorme toca blanca! ¡Es doña Rodríguez, la “reverenda dueña”! ¡Está ahí dentro, como la otra vez, en la pantalla de mi ordenador! Parece que quiere decirme algo, subo el volumen y escucho una voz algo fantasmal. Me dice:

“Ruego a vuestra merced, mujer amanuense, cese su movimiento digital, sobre ese extraño artefacto y me preste atención. Conoce vuestra merced mi procedencia, vengo de ese limbo, tan aburrido, en que viven los personajes secundarios de aquel genial libro, dado a la estampa con el título de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Sé que vuestra merced me concedió, anteriormente, su atención; por eso me presento, ahora, para representarle lo que pasó tras lo ya relatado. Verá vuestra merced:

Don Quijote, está mohíno y señalado por las uñas de un gato, desdicha ajena, que no aneja, a la caballería andante. Seis días lleva encamado, nadie lo ha visto; pero yo no me resisto, el llavero está a mi alcance. He de verlo y entablar amena conversación.

Me hago con la llave del aposento donde se repone el malferido don Quijote. Abro, sigilosamente, la puerta. Tal vez esté dormido y, si le despierto con brusquedad, puede echar mano a la espada y emprenderla a tajazos conmigo, confundiéndome con algún encantador follón y malandrín.

No hay por qué temer, que mi caballero permanece desvelado, pensando en sus desgracias y en el acoso de esa tontuela Altisidora. ¿He dicho mi caballero? Borre, por Dios, ese mi; un lamentable lapsus linguae, fruto de la precipitación. Decía que el caballero , a pesar de mi cautela, percibe el girar de la llave.

Y manifiesta en voz alta sus pensamientos. Cree que la alta doncella Isidora, viene a turbar su honestidad de casto doncel. ¡A forzarle, Dios no lo quiera! Tal vez, cayendo en las redes traicioneras, falte a su Dulcinea. ¡No, eso nunca!

Grabada, estampada, escondida en sus entrañas; así la siente. ¿Qué demonios tendrá la tobosana? Cebolluda labradora, dorada ninfa del Tajo, con Merlín, con Montesinos…le da igual, es suya de todas maneras. No entiendo eso, pero suena muy bien.

Abro la puerta y acaba sus enamoradas razones. Se pone de pie, en la cama, y luce una imagen fantasmal. La colcha de manto, la galocha de corona y una cabeza toda vendada. Esos bigotes tiesos y vendados podrían haber movido a risa, mas la verdad es que estoy asustada.

Espera, no hay duda, a aquella que tan impúdicamente se le ofreció, en el jardín. Me ve entrar, arrastrando mis blancas tocas, con la vela medio encendida, mis anteojos. La expresión de su rostro es la de quien ve a un fantasma. Se santigua apresuradamente.

Él medroso, yo asustada. Doy una gran voz y con el sobresalto se me cae la vela de las manos. Uy, yo me voy de aquí. Me enredo con las faldas y las tocas, vuelan los anteojos. La caída no es pequeña. Buena liebre…

Don Quijote conjura al “fantasma”, para que diga qué quién es y que quiere Si es alma en pena, le ofrece sus servicios como caballero andante, incluso en el purgatorio.

Por mi temor deduje el de don Quijote. Desolada le digo quién soy, en verdad. Me presento como doña Rodríguez, dueña de honor de la duquesa, con una necesidad de las que su merced suele aliviar.

Y, en lugar de indagar el origen de mi cuita, me pregunta si vengo “a hacer alguna tercería. ¿Me está llamando Celestina? Me hace saber que él no es para nadie, si no es para la sin par Dulcinea. Qué empecinamiento el de este hombre. Y que si olvido “todo recado amoroso”, puedo departir con él de todo lo que quiera.

Dejo el enojo que lo de la “tercería” me ha causado y contesto, reprimiéndome, que aún no soy tan vieja, para tener que dedicarme a esas actividades celestinescas. Que tengo todos los dientes y muelas, a excepción de los que se me cayeron.

Le pido que espere, mientras salgo a encender la vela, que le contaré mis cuitas, como al gran “remediador” que es. No sé si me remediará, que mi don Quijote, lo sé, tiene muy mala opinión sobre nosotras, las vituperadas dueñas. Impertinentes, fruncidas, melindrosas, inútiles para el humano regalo…eso es lo que opinan por ahí.

Si para tan poco servimos ¿por qué no colocan una dueña de bulto, una estatua, en sus salas, para dar autoridad? Labrar y callar.

Cuando vuelvo al aposento, con la vela, encuentro levantado al arañado caballero. No me parece “honesta señal” el verlo levantado, temo por mi seguridad y así se lo hago saber.

Me responde, irritado, que él mismo se pregunta si está seguro, si no corre el riesgo de ser”acometido y forzado”. ¿Un varón hablando como una indefensa doncellita?

Le pregunto a quién pide esa seguridad, Me contesta que es a mí a quién la demanda, porque ni él es de bronce, ni yo soy de mármol. Es más de medianoche y estamos en una estancia cerrada.

Pero, al fin, confía en su “continencia y recato”, así como en mis “reverendísimas tocas”.

En esto, inicia una singular ceremonia. Ambos besamos nuestra mano derecha para, a continuación, asir la del otro. ¡Si alguien nos viera de esta guisa!

Mi recatadísimo caballero se entra en el lecho, se acurruca y se cubre hasta el cuello. Yo me siento en una silla algo desviada de la cama, por si acaso...es un hombre, al fin y al cabo.

Nos sosegamos y me da licencia para contar mis cuitas. Me asegura que me escuchará con “castos oídos” y me socorrerá con “piadosas obras”. Así lo creo y comienzo con lo mío. Desbucho:



La dueña Abejita haciendo "vainillas" o vainicas.

Comienzo presumiendo de mi limpio linaje procedente de las Asturias de Oviedo. Así es aunque me veáis en hábito de asendereada dueña, en el reino de Aragón.

Ocurrió que mis padres empobrecieron y me trajeron a la corte, de Madrid, donde me acomodaron como doncella de labor de una principal señora. Nadie como yo para hacer “vainillas y labor blanca”. Todo el día de Dios sacando hilos…

Pronto fui una criadita huérfana, sometida a un duro trato y a un mísero salario. En ese tiempo se enamoró de mí un escudero de casa, hidalgo como montañés que era y ya mayorcito. Tras tratarnos secretamente, nos casamos católicamente. Nació mi hija y, poco tiempo después, murió mi esposo a consecuencia de un desgraciado accidente. Lloro recordando mi desgracia.

Mi montañés era el que llevaba a mi señora a las ancas de una negrísima mula, por las calles madrileñas. Pero un día, mi señora, doña Casilda le clavó un alfiler en todos los lomos, por empeñarse en dar la vuelta, sin su permiso, para acompañar a un alcalde de corte, el cual venía en dirección contraria. El sobresalto fue tan grande que dio con la de las ancas en el suelo, tras el aguijonazo.

Su excesiva cortesía fue divulgada y comentada con muchas risas, incluso los muchachos se burlaban de él. Por esto y por corto de vista, mi ama, Casilda, la que no era duquesa, lo despidió y, al poco tiempo, murió de pesar.

En la anterior visita a vuestra merced, mujer amanuense, convertí a mi difunto en soldado caído, en los Viejos Tercios. Ruegole perdone mi falta, quedaba más heroico morir al servicio del Emperador que hacerlo de pesadumbre, sin ocupación y siendo el hazmerreír de la chiquillería.

Quedé viuda desamparada y con una hija, de creciente hermosura. Mi señora, la duquesa, esta sí lo era, me llevó consigo a este reino de Aragón, movida por mi buena fama como costurera. Aquí creció mi hija con sus donaires: canta, danza, baila, lee, escribe, cuenta y más limpia, no la hay. Dieciséis años, cinco meses, tres días…creo que tiene. Soy precisa, incluso, en la inseguridad.

¿Qué pasó con mi bella niña? Pasó que un labrador riquísimo se enamoró de ella, la burló y faltó a su promesa de matrimonio. No sé dónde estaría yo cuando se juntaron...pero lo hicieron.

Mi señor, el duque, lo sabe puesto que me he quejado a él, muchas veces. Sólo le pido que le mande casarse con mi niña. Pero “hace orejas de mercader”, que el padre del burlador le presta dineros y es fiador de sus trampas. Incluso los grandes se endeudan…

Después de este relato, pido al caballero andante, aunque malherido y rasguñado, que deshaga el agravio, con ruegos o con armas. Enderezar tuertos, amparar a los miserables, para eso está la caballería andante. Si lo dicen los libros ¿quién va a dudar de que sea así? Huérfana es mi hija, ha de ampararla.

Le hago saber que de cuantas doncellas tiene la duquesa, no hay ninguna que le llegue a la suela de su zapato. Quiero que don Quijote sepa que” no es todo oro lo que reluce”. Le advierto que esa Altisidorilla es más presumida que hermosa, demasiado desenvuelta, poco recatada y no muy sana. Que ese aliento insufrible, de alguna enfermedad nace.

Y reconozco que soy demasiado atrevida. Aunque las paredes oyen, ahora le toca el turno a la duquesa. Don Quijote, sorprendido, me pregunta qué tiene la señora duquesa, por vida suya.

Y no me puedo callar. La hermosura duquesil, su tez tersa, sus mejillas de leche y carmín, su gallardía. ¿A quién se lo tiene que agradecer? Primero a Dios y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde desagua los malos humores. Humores de los que está llena. Menudo trabajo el del cirujano con su lanceta.
Don Quijote pregunta si es posible que la señora tenga “tales desaguaderos”. Lo cree, porque lo digo yo. Pero me corrige, tales fuentes, en tales lugares, en tal señora…no pueden manar humor sino ámbar líquido.

De repente, se abren de golpe las puertas del aposento. Se me cae la vela y quedamos a oscuras. Entran varias personas. Mientras uno me agarra la garganta, otro me alza las faldas y con un objeto duro se pone a darme muchos y dolorosos azotes, dejándome las posaderas en carne viva. Ay, bien conozco esas manos que se vengan de mi indiscreción. Ay, que se me ha olvidado mi humilde condición, perdón, perdón.

Don Quijote no entiende aquello y permanece mudo, en el lecho. Oye mis lamentos y teme que vayan a por él. Y, así es, porque en cuanto acaban de molerme, le destapan y le pellizcan, aunque él se defiende a puñadas. Cuando se van las fantasmas, recojo mis faldas y salgo del aposento, gimiendo mi desgracia. Dejo solo a mi caballero dolorido que, tal vez, esté pensando en algún perverso encantador. Sí, sí, encantador. Encantadoras…

Un abrazo a todos de María Ángeles Merino

Desaparezco

(Sigue)




Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Abejita de la Vega vuelve a pasear por la Isla de Burgos y mostarnos a Cervantes, ahora que viene la primavera, para después irse a comer sin Pedro Recio. Después, su ordenador es asaltado por una vieja -vieja- conocida y así es cómo doña Rodríguez nos cuenta su versión de la historia, ilustrada por Ana Queral. Después publica el mensaje del Sanchico -gracias a Ele Bergón- que se ríe de las pintas de don Quijote y doña Rodíguez: bien puede afirmar que no llegarán a nada, que eran otros tiempos..."

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz0neOLT7Br
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Atrapados en la golosina quijotesca, Pedro. Gracias por tu comentario.

domingo, 24 de enero de 2010

"...créame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso" (2)



¿Cómo se imaginaría Cervantes el castillo palacio de los duques? ¿Algo así?
Esta mañana he conocido este castillo, restaurado y convertido en establecimiento hotelero, en Olmillos de Sasamón (Burgos).

Segunda parte del comentario al capítulo 33, 2 del Quijote, publicado en "La acequia"

Sigue hablando la dueña Rodríguez.

No sé por qué se dirige a mi señora con el absurdo tratamiento de “vuestra altanería”. Querrá decir alteza…Aunque ha recibido un jarro de agua fría, se muestra cristianamente resignado, tal vez suba mejor al cielo como escudero…

Y empieza a ensartar refranes, que si el pan francés, que si los gatos pardos, los estómagos, las avecitas, el paño de Cuenca...el Papa, el sacristán y al meternos en tierra, todos iguales. ¡Qué revoltijo de refranes!

Y si no le dan la ínsula por tonto, no le importa, que podría ser para su mal. ¡Y sabe de reyes godos! Que si Wamba pasó de labrador a rey, don Rodrigo pasó del trono al agujero de las culebras. Demasiado para un labriego, aunque los romances cuentan todo eso…y no mienten. Hablando de esto, intervengo yo, para insistir en que el romance no miente e incluso recito un par de versos. No sé por qué me gusta tanto de eso de “ya me comen por do más pecado había”.

Y hago reír a mi duquesa, cuando afirmo que mejor ser labrador que rey, puesto que a los reyes les han de comer bichos repugnantes. Ahora, tras el varapalo, quiere tranquilizar al escudero y le asegura que el duque es un caballero no andante que cumple con su palabra y, así, cumplirá con lo de la ínsula. Sancho empuñará su gobierno y ella le encarga que mire cómo ha de gobernar a sus vasallos.

Eso de gobernarlos bien, no le parece difícil. Cree que basta con ser caritativo y tener compasión con los pobres. Muy blandito le veo yo. Suelta más refranes, que si es perro viejo y entiende los tus tus…. A los malos no les dará ni pie ni entrada, menos mal. Piensa que todo es comenzar y, a los quince días, pan comido. Cómo puede creerse que va a ser gobernador de verdad, qué habrán preparado para este pardillo…

La duquesa le da la razón, que nadie nace enseñado…Y le hace volver al encanto de Dulcinea, que es de lo que desea hablar. Y deja caer algo que le deja con la boca abierta: la villana brincadora era realmente Dulcinea del Toboso. Si Sancho cree que ha sido una invención suya, es por las malas artes de los encantadores que persiguen a don Quijote. Los duques tienen encantadores benéficos que les informan y por ellos lo han sabido. A los ricos no les falta de nada, incluso tienen encantadores a su servicio.
A la del Toboso, la veremos en su verdadero estado y el escudero saldrá del engaño en que vive. Pero ¿qué majaderías estoy diciendo?

Sancho relaciona lo que le está diciendo la duquesa con el suceso de la cueva de Montesinos, que si don Quijote decía que Dulcinea llevaba el mismo traje y hábito que Sancho dijo… que llevaba… cuando la encantó…por su gusto…No entiendo a este villano. Luego dice que fingió aquello por escapar de una riña, no por ofenderle…

Mi señora pide que le cuente lo de la cueva de Montesinos. Y punto por punto se lo cuenta. Y la duquesa saca en conclusión que era la misma y verdadera Dulcinea, la de la cueva y la de la salida del Toboso.

Esta mujer va a volver loco al villano, el cual se defiende como gato panza arriba. Que si Dulcinea está encantada, peor para ella. Con encantadores no ha de meterse, que son gente peligrosa, allá su amo… Él vio una labradora y si era la del Toboso metamorfoseada…no es culpa suya; que le dejen en paz y no anden con dimes y diretes. Que Sancho no es un “quienquiera”, que anda ya en libros, según le dijo un tal Sansón, bachillerado por Salamanca.

Se me hace difícil creer que haya un libro que se ocupe de este majagranzas, aunque mi señora me lo asegura y la he visto con uno titulado “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha “. Creo que todo este teatro que han montado viene de ese maldito libro…Y el duque nunca le vi reír con tanta gana…

El villano vuelve al punto de su interés, puesto que posee buena fama, que le encajen ese gobierno y verán maravillas.

La duquesa suelta algunos latinajos de ésos que aprendió con el dómine. Mi padre, aunque hidalgo, no me proporcionó instrucción…Que si sentencias catonianas, que si un tal Verino que era florentino…

Las apariencias engañan y “debajo de mala capa suele haber buen bebedor”, pero lo entiende como si la duquesa le estuviera llamando borracho. Y se defiende, sólo bebe por sed o cuando se lo ofrecen, por cortesía. Además, yendo por ahí, de escudero andante, agua y gracias. Buenos tragos dará a la bota, como si lo viera…

Tras asegurarle que lo cree así, le manda a descansar, que ya hablarán de encajar el gobierno. El escudero le besa las manos de nuevo y le suplica que tenga buena cuenta con…su rucio. ¿Qué tendrá este hombre con su asno? La duquesa pregunta por el animalito, ya no se acuerda de cuando me llamó vieja por no atender a su rucio. O si se acuerda…

Sancho le cuenta lo de mi enfado y añade que lo de pensar jumentos es algo propio y natural de las dueñas. Pero…qué sabrá este borrico, nunca mejor dicho, de dueñas, la autoridad en las salas de la nobleza. Y que un hidalgo de su lugar…¡majadero!

Mi señora me manda callar, amén. Y para que se sosiegue el señor Panza, el rucio queda ¡a cargo de ella misma! Dice que lo pondrá sobre las niñas de sus ojos.

Todavía le queda un poco de juicio en esa cabezota y declara que eso no lo consentiría, de ninguna manera. Y, como le recuerda la de las niñas, cuando sea gobernador podrá llevarle con él, regalarle e incluso dejarlo descansar.

Y la última que suelta, produce el efecto de hacerla casi estallar de la risa. Va y dice que él ha visto “ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería cosa nueva.”. En esto sí que anda atinado…lo reconozco.

Mi señor y mi señora preparan otra burla, le contaré a vuestra merced.

Un abrazo a Pedro, preciosa voz, y a los que pasáis por aquí.


Pedro Ojeda Escudero dijo en "La acequia":

Abejita de la Vega ha decidido sentarse en una silla baja de forma muy cervantina (¡qué retrato quijotesco para la colección!) para comentar el capítulo de la semana. Después lo desgrana en varias entradas, como siempre, para que disfrutemos más. De nuevo es la voz de la dueña Rodriguez la que comenta lo que sucede en la cámara de la Duquesa, incluso la forma en la que su ama le saca toda la información a Sancho. También nos cuenta la opinión del Sanchico, vía Ele Bergón, que ve cómo a su padre le han pillado con la mentira.

Y yo digo:

Puedo prometer y prometo que todas las semanas hago firme propósito de escribir menos, pero cada vez escribo más...Desgrano en varias entradas, como tú dices...
Gracias, Pedro, por seguir a esta dueña Rodríguez, cincuentona y cascarrabias.
¿Diez meses! ¿Y después?

Un abrazo de María Ángeles Merino

"...créame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso" (1)





Encantadores dibujos infantiles, sacados de un "Resumen ilustrado del Quijote"

Primera parte del comentario al capítulo 33, 2 del Quijote, publicado en "La acequia"

¡Otra vez la dueña Rodríguez! A ver qué me dice esta vez.

Saludo a vuestra merced y le cuento…que el limbo de los secundarios es muy aburrido y tengo ganas de hablar.

Mi señora, la duquesa se ha vuelto tan mentecata como esta pareja, doctorada ciertamente en mentecatería; la cual tiene a bien honrarnos con su presencia, en este señorial palacio. Hablo, ya me entienden vuestras mercedes, del que se hace llamar don Quijote, al cual, por orden de mi señor, hay que tratarle como a un antiguo caballero andante, tal y como lo cuentan esos librotes que merecían ser quemados. Y hablo de su escudero, ese ignorante que tuvo la osadía de ordenarme a mí, una Rodríguez de Grijalva, que cuidara de su sucio asno.

Me quedo de piedra cuando le oigo decir, dirigiéndose al llamado Sancho Panza, que “si no tenía mucha gana de dormir” , viniese a pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala”. Y el osado labriego responde que, privándose de sus cinco horas de siesta, por servirla, acudiría a su mandado.

Sancho termina de comer en el tinelo, junto a los pícaros de la cocina, me cuentan que éstos no le dejaban en paz con sus gracias de mal gusto, y se presenta en el estrado de la duquesa, una sala muy fresca. Allí nos reunimos doncellas y dueñas de la casa, con nuestra labor en la mano y la lengua suelta, en las calurosas tardes del estío, para la acompañar, como las damas que acompañaban a doña Alda, aunque no seamos trescientas y lo que hilamos sea lana, que no oro.

El falso escudero no se atreve a sentarse en la silla baja que se le ofrece; pero “accede a sentarse como gobernador y hablar como escudero”, según le indica mi señora que sentaría a este destripaterrones en el escaño del Cid. ¡Lo que hay que oír!

Todas, doncellas y dueñas, le rodeamos en silencio. La duquesa toma la palabra y se dirige al “señor gobernador” para que le “asolviese” ciertas dudas que tiene sobre la historia del gran don Quijote impresa. Una gran dama imitando las disparates de un iletrado, qué ganas de burla tiene mi niña, perdón… mi señora. Para mí, sigue siendo aquella chiquilla que se escondía debajo de mis tres sayas. Y sigue con sus chiquilladas…

El buen embustero Sancho cambia la color cuando mi señora le plantea que, si nunca vio a Dulcinea, si nunca le llevó la carta de don Quijote, cómo pudo contar que la halló cribando trigo; siendo todo mentira y daño para la buena fama de la del Toboso, además de incompatible con la fidelidad escuderil.

El fingido escudero, como respuesta, se levanta despacito y, con el dedo sobre los labios, levanta los doseles, para asegurarse de que no nos escucha nadie a escondidas. Parece un cómico de esas disparatadas comedias, tan alabadas hoy en día.

A continuación, nos revela que, aunque algunas veces diga cosas sensatísimas, tiene a su señor “por loco rematado”. Y, a pesar de ello, le hace creer cosas sin sentido como la respuesta de la carta o lo de Dulcinea encantada. ¡Qué poca vergüenza gasta este villano!

Ruega mi señora que le cuente la novedad del encantamiento y Sancho obedece. ¡Con qué gusto lo escuchamos doncellas y dueñas! ¡Y no es menor el regocijo de nuestra ama!

En sus ojos brilla una chispa de malicia y pasa a exponer, al desvergonzado escudero, un escrúpulo de conciencia que le habla al oído: si don Quijote es mentecato, Sancho lo conoce y, con todo, le sigue y va atenido a sus vanas promesas, debe de ser más loco que su amo. Y pone el dedo en la llaga cuando concluye que si no sabe gobernarse a sí mismo ¿cómo gobernará a otros?

Sancho reconoce que el razonamiento duquesil es correcto, pero…es de su pueblo, ha comido su pan, le quiere bien, le dio sus pollinos ¿Qué va a hacer este estómago agradecido sino seguirle hasta la muerte? Bueno…reconozco que asoma el cariño hacia su amo, en las palabras de este bruto.
(Continúa)
Un saludo de María Ángeles Merino a los que pasáis por aquí.

jueves, 7 de enero de 2010

"Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza y que aquellas tocas más las trae por autoridad y por la usanza que por los años."




A la dueña Rodríguez me la imagino así como la reina Mariana de Austria, vestida con las tocas monjiles propias de las viudas.

Segunda parte del comentario al capítulo 31,2 del Quijote , publicado en "La acequia"

Miro la pantalla de mi ordenador y veo algo muy extraño. ¿Qué imagen es ésa? ¿Alguna extraña publicidad de esas que emergen en Internet? ¿La de un detergente para lavar prendas de color negro? ¿Un disco de música gregoriana? No, no es un anuncio ¡Es una mujer vestida monjilmente, con ropajes negros y enorme toca blanca ! ¡Es tal y como yo me imagino a doña Rodríguez, la “reverenda dueña” ! ¡Está ahí dentro, en la pantalla de mi ordenador! Parece que quiere decirme algo, así que subo el volumen del altavoz y escucho lo siguiente:

“Ruego a vuestra merced, mujer amanuense, deje de mover los dedos sobre ese extraño artefacto y me escuche atentamente porque vengo del limbo en que viven los personajes secundarios de aquel libro, dado a la estampa con el nombre de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Sé que vuestra merced ha prestado atención a otros personajes secundarios, por eso me presento aquí. No me conceden mucho tiempo y no podré repetirlo.

Mi nombre es doña Rodríguez de Grijalba, aunque ese escudero majagranzas se haya dirigido a mí como señora González. Le pregunto: ¿Qué es lo que mandáis, hermano? Y el mentecato me pide la merced de salir a buscar a su borrico y mandarle poner ¡o ponerle! en la caballeriza, que el pobrecito no se halla a estar solo. Yo, una Rodríguez de Grijalba, hidalga de la cabeza a los pies, acarreando el burro de un villano, con mis blancas y cuidadas manos. Con las mejillas encendidas, no me puedo contener, lo despacho con palabras destempladas, y le hago saber que las dueñas de esta casa, aunque dirigimos y vigilamos a la servidumbre, no estamos acostumbradas a tan serviles ejercicios.

Mas este labriego analfabeto me responde, el muy insolente, con el romance de Lanzarote, que “damas curaban del y dueñas del su rocino”. Y que su rocín no ha de ser menos. Parece ser que su amo lo recita a menudo, ese loco al que mis señores, los duques, han recibido con cortejo de aguas olorosas. Y tenemos órdenes de tratarlo como a un caballero andante, los de esos disparatados libros de caballerías que, a veces, alguien nos lee en voz alta, para pasar mejor las largas tardes de invierno.


Yo no sirvo para estos fingimientos, que me perdone mi señora la duquesita. Aquella hermosísima criaturita a la que, tantas veces, tuve en mis brazos. Entonces era reciente mi viudedad. Al morir mi esposo, capitán de los Tercios Viejos, quedé sola y sin recursos. Dios confunda a quien urde las guerras. Tuve que aceptar el generoso ofrecimiento de mi señora. Desde entonces soy una dueña más, arrastrando mi hábito negro y mis blancas tocas por los salones del palacio ducal, vigilando a los criados, murmurando…Dios me perdone.


Le replico a este escudero, si es un juglar ha de guardar sus gracias para quien se las pague, que yo lo haré con una higa. Me contesta que ésta “aún bien…será bien madura”. Vamos que me la convierte en breva y mi “quínola” es la que suma más puntos…me llama vieja.


Ya no soy la pacífica dueña Rodríguez, la que pasa sus horas dándole a la aguja, y a la lengua, sentada en un cojín del estrado. Soy un basilisco, echo fuego por los ojos. Pronuncio algo impropio de una linajuda y cristiana hidalga, le llamo… “hijo de puta”. Dios me perdone. La cuenta de mis años es cosa de Dios y no de este bellaco, harto de ajos.


Así se lo digo en voz tan alta que me oye mi señora. Me pregunta con quién las he. Bajo el tono y le contesto que las he con “este buen hombre”, el cual me ha pedido que lleve a su asno a la caballeriza, como al rocino de Lanzarote que fui cuidado por unas dueñas. Y, sobre todo, me ha llamado vieja. Cincuenta y dos...


La duquesa habla con Sancho y le dice que, siendo yo muy moza, no llevo las tocas por los años sino por autoridad y usanza. Un punto de socarronería siempre ha tenido esta mi señora…si la conoceré yo.


El escudero se disculpa, el cariño que tiene a su jumento es tan grande que no podía encomendarlo a persona más caritativa que yo. Al amo del escudero le parecen fuera de lugar las pláticas, en el lugar en que estamos. El rústico responde que si aquí se acordó del rucio, aquí habló de él.


Mi señor, el duque, sale en defensa de Sancho. Yo no sé qué pasa aquí, éste no es el amo que yo conozco. Dice que el escudero está en lo cierto y no hay que culparle. Al rucio “se le dará recado a pedir de boca”, no sé de qué boca habla, si de la boca del de cuatro patas o del de dos. Que ande Sancho sin cuidado, “como a su misma persona “dice mi señor que se le tratará. Me pareció percibir un tono de burla en sus palabras.

Me despido de vuestra merced, volveré…


(Continúa)