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sábado, 18 de diciembre de 2010

"Aun vuestra merced, menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho..."


"Mujer maltratada", imagen proyectada en la pared exterior del Centro "Victoriano Crémer",de Burgos, el 25 de noviembre de 2010. Maritornes también lo era.

Comentario al capítulo 1,17 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada del 4 de septiembre de 2008.

Leo el capítulo 1, 17 y, en esta ocasión, no voy a esperar a que la pantalla del ordenador se agite, anunciando la presencia de un personaje secundario. La pastora Marcela y la hija del ventero ya me dieron su punto de vista. Esta última desapareció porque, según sus palabras, la moza Maritornes requería su presencia. No debe estar muy lejos, la llamo a gritos, tal y como lo harían en la venta. ¡ Maritoooorneeeeeees! ¿Estás ahí?

Sí, aparece una ventana emergente. Ahí está, es una mujer pequeña, encorvada, tuerta, muy, muy fea. Debe estar algo picada, no le habrá gustado nada el que hablemos de sus trapicheos carnales.

-Con Dios señora mía. No tenga cuidado, a mí no me molesta eso que vuestra merced dice, mis negocios carnales me permiten reunir unos dineros. Tal vez, como fruto de este negocio, pueda volver a mi tierra, la verde e hidalga Asturias. Me envía la hija del amo, dice que vuestra merced quiere preguntarme alguna cosa.

-Con Dios, Maritornes. Sí, te llamo porque me gustaría oír de tu boca cómo vives el encuentro con don Quijote, aquel viejo caballero que te habla con amorosa voz, mientras te tiene en sus brazos.

- Así es, extraña señora. El único hombre que, en esta trabajosa vida mía, me regala dulces palabras; aunque realmente no fueran a mí dirigidas. Así es y no las olvido, aunque pensara en la hija del amo, la que derrite al viejo con sus picaronas sonrisas.

Le cuento. Voy yo con las manos delante buscando al arriero cuando me agarra de la muñeca, me hace sentar sobre la cama y me tienta la camisa. ¡Qué amorosas palabras las suyas! Yo soy su fermosa y alta señora. Y mi gran bondad le ha puesto en venturosa ocasión, ay.

Gran pesar me da verle así de molido y ensangrentado. Más tarde, ya vuelto de su parisismo, habla con su criado Sancho Panza. En un rincón, escucho y suspiro, hecha un ovillo. No saben de mi presencia.


La hija del señor del castillo, esa soy yo. “La más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar”. Se hace lenguas de mi adorno, de mi “gallardo entendimiento”. Y tantas cosas que no osa decir por la fe debida a la señora Dulcinea, mi rival, al parecer. Y el cielo envidioso le envía las puñadas del arriero y las quijadas ensangrentadas. Y las patadas en las costillas ¿celestiales fueron acaso?

Sancho se queja de los porrazos recibidos, los mayores de su vida. Y se burla, el muy bellaco, diciendo que, aun su señor, “tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho”. Me gusta oírlo de los labios de mi don Quijote, que no en los de este villano harto de ajos.

Amo y criado achacan los golpes recibidos a descomunales gigantes y a encantados moros
El gigante es para el amo. El criado asegura que más de cuatrocientos moros le aporrearon. Cuatrocientos golpes es posible que recibiera, mas las manos moriscas ejecutoras no fueron tantas. A mí también me cayó alguna puñada, mas la paliza propinada por mi amo. Y nadie me oye un ay, para qué.



En esto, entra el cuadrillero, con el candil encendido, para ver al “muerto”. Se queda suspenso al oírles hablar y pregunta al vapuleado algo que molesta mucho al hidalgo: ¿cómo va buen hombre? El caballero considera ofensivo eso de “buen hombre” e, indignado, le reprende por su mala crianza. El de la Santa Hermandad explota y estrella su candil en la cabeza del viejo.

Don Quijote, descalabrado al parecer, pide a Sancho que vaya donde el alcaide y le solicite aceite, vino, sal y romero. Ha de preparar un bálsamo que sanará sus heridas. El criado se lo requiere al cuadrillero, el cual da cuenta al ventero, que acude con lo de la medecina. En la cocina hay de eso, que no en la botica.

Dos chichones algo crecidos, nada de sangre. Sudor sí, muchísimo sudor de la congoja. Eso es, al fin, el mal del caballero; el cual mezcla y cuece aceite, vino, sal y romero. Un adobo...Lo echa en una alcuza y reza un montón de oraciones santas, con muchas cruces. Lo bebe y comienza a gomitar y a sudar. Lo tapan bien y le dejan que descanse. Duerme más de tres horas y se despierta muy feliz, el bálsamo le ha curado. Ya pueden venirle batallas, a partir de ahora. De Fielabrás lo llama.

Sancho tiene a milagro la mejoría de su amo y se decide a beberse lo que queda en la olla. Mas el efecto no es el mismo, le dan tantas ansias, bascas, trasudores y desmayos que cree llegada su última hora. ¡Qué espumarajos salen de su boca! Y crece su enfado cuando don Quijote dice que como el Panza no es armado caballero…Maldice y se le van las aguas por todas partes. ¡Cómo puso la estera de enea y la manta de anjeo! ¡Lo que me costó luego quitar aquella inmundicia! Dos horas le dura el mal, pobre. Y queda muy quebrantado, que el Fielabrás debe ser sólo pa señores.

Y don Quijote tan fresco, decide salir de la venta, en busca de nuevas aventuras. Proclama que el mundo lo necesita y no quita el ojo de la niña, la hija de los amos. Y suspira, cómo suspira, ay mi caballero andante, que yo iría contigo por esos mundos, no mires tanto a la mochacha y a su camisa de pechos. Y piensan algunos que es el dolor de las costillas...

¡Mira que yo ayudé a la ventera cuando te bizmaba! ¡No te vayas! ¡Llévame!
No me dejan seguir, hay una fuerza que me arrastra. Debe ser la venterita, no soporta que hable de mi amado…

-Se fue, adiós Maritornes, vuelve cuando puedas, cuando te dejen.

María Ángeles Merino
Un abrazo a los que me visitáis, conocidos y desconocidos.

sábado, 11 de diciembre de 2010

"una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer"


Al pensar en la hija del ventero, me he acordado de esta muchacha que ofrecía chupitos en un conocido paseo burgalés.

Comentario en torno al capítulo 1,16 del Quijote , publicado en "La acequia".

Estoy leyendo el discurso de Soledad Puértolas, el de los aliados secundarios. Después de Marcela, la nueva académica busca el contraste con la hija del ventero, un personaje “sin halo”, que nos baña en la realidad. Una jovencita sin nombre, ni pícara ni soñadora, inocente unas veces, malintencionada otras. Si Marcela, falsa pastora, se mueve en unos idílicos e ilimitados prados, al aire libre, a la hija de Juan Palomeque la imaginamos trajinando en estancias cerradas, oscuras, poco limpias y ventiladas.

Permanece silenciosa, al margen de la acción, pero Cervantes la enfoca, de vez en cuando, para que nos fijemos brevemente en ella, lo suficiente para que sepamos de su “muy buen parecer” y de las miradas y sonrisas que dedica a nuestro don Quijote.

También leo la entrada que hizo Pedro Ojeda, en “La acequia”, titulada “Una noche de sexo frustrado en la venta (Cap. 1.16). Nuestro profesor nos presenta a la hija adolescente como a “una joven atractiva que provocará la ensoñación del caballero.” Y, sin embargo, Cervantes no nos da ni una pincelada de su tierna belleza y “prefiere detenerse en la caracterización de la moza asturiana, Maritornes, uno de los varios personajes femeninos de la obra que sirven de contraste barroco con la belleza de tantas mujeres idealizadas que aparecen”.

Al llegar aquí, mi ordenador, el de la tecla “ce” ladeada, empieza a hacer lo de otras veces. Bailoteo de pantalla, extrañas ventanas emergentes…Estos secundarios no se han enterado de que se acabó la lectura colectiva del Quijote, celebrándolo sus participantes en torno a una contundente olla podrida y que nos vamos a dedicar a otro escritor…vivo. Ya no nos va a valer eso de “que nos perdone don Miguel” porque al escritor propuesto le quedan luengos años, afortunadamente, para abandonar este valle de lágrimas.



Salúdole, señora amanuense. La señora Marcela me habla mucho de vuestra merced y de otra señora principal, doña Soledad, que se interesa asimismo por mi humilde persona. Algunas de sus palabras me placen, otras no tanto. No soy pícara y, en cuanto a lo de soñadora, algunas veces sueño…tengo quince años. Inocente unas veces, malintencionada otras. Bueno…sí. Me ha parecido oír que las estancias de mi venta están poco limpias, ha de saber que las barro todos los días, buena es mi madre para eso. En cuanto a lo de poco ventiladas, los cuarterones agrietados de las ventanas dejan pasar todo el aire que precise vuestra merced.

Me gusta lo de mi buen parecer y, en cuanto a las miradas y sonrisas que dirijo al viejo caballero , don Quijote de la Mancha, son las propias de una muchacha honesta. Y es lícito que las doncellas pobres soñemos con un hombre que nos conduzca a una vida más blanda, su edad no importa tanto.

Ese profesor, el llamado Pedro, dice que provoco “la ensoñación del caballero”. Es cierto, buenas miradas echa a mi camisa de pechos y…a lo que queda fuera de la mi camisa. Su criado, el tal Sancho, me dice que “es caballero aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el mundo”. No entiendo pero suena bien.

Mas todo lo estropea la pícara de Maritornes, nuestra criada, con sus trapicheos carnales. Y creo que don Quijote la confunde conmigo cuando la asturiana entra en el camaranchón, donde duerme con Sancho y el arriero morisco. ¡Con lo diferentes que somos! De muy baja estatura, encorvada, chata, tuerta y con un olorcillo que lleva encima. Aunque peque de presumida, he decir que poseo un buen talle, derecha como un huso, una cara menudilla , unos bellos ojos garzos y ...me enjuago la boca con elixir de hierbas aromáticas.

Maritornes, un poquillo furcia, se dirige al encuentro con el arriero. Y don Quijote se dirige a ella como “fermosa y alta señora” y se disculpa por no poder satisfacerla, a causa de su molimiento. Y añade que de no ser por la fe que le tiene dada a la sin par Dulcinea, no dejaría pasar en blanco la ocasión.

Molido está, me consta porque yo ayude a ponerle emplastos, que mi madre es mujer caritativa, aunque ventera. Y no sé quién es Dulcinea, pero no creo que lo de yacer con la Maritornes sea una venturosa ocasión. Esas dulces disculpas a mí van dirigidas, está soñando que le requiero de amores…

Ya sabe vuestra merced la ensalada de golpes que viene a continuación. El caballero con las quijadas ensangrentadas, el arriero golpea a Sancho, Sancho a la moza, acude mi padre, se apaga el candil, llega un cuadrillero de la Santa Hermandad y anuncia que hay un hombre muerto…No, muerto no había. Pero en este capítulo no hay más, ya le contaré. Me voy, que me llama Maritornes, creo que está enfadada. Que no, amiga, que lo de furcia no era por ti.

¿Maritornes? Sí, me gustaría hablar con Maritornes. De momento, coloco esta entrada en “La acequia”, en la del 28 de agosto de 2008.

Un abrazo de María Ángeles Merino


Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Los secundarios se resisten a abandonar el ordenador de Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega: ahora es la joven hija del ventero quien viene a defender su versión de lo acontecido en la venta en el capítulo 16 de la Primera parte del Quijote."