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jueves, 18 de febrero de 2010

"En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cuán bien iba respondiendo a su intención don Quijote..."



Cuando se abra el telón ante el joven público aparecerá un gigantesco guiñol con títeres de hasta siete metros de alto.

Don Quijote reacciona tal y como los duques esperan. En extremo, se huelgan los duques; como niños que se regocijan tirando del hilo que mueve al títere. El títere puede acabar machacado…

Comentario al capítulo 2, 37 del Quijote, publicado en "La acequia":

Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

Saludo a vuestras mercedes. Soy el mayordomo de los señores duques, aquel que hizo de Merlín ¿recuerdan? El capítulo anterior terminó con una comitiva negra y triste, tocando melancólicos instrumentos. Tras ella venía Trifaldín, el escudero de la condesa Trifaldi, el cual expone los deseos de su señora. Elegí a Trifaldín entre los numerosos criados con que cuenta este palacio ducal. Buena memoria, pronuncia bien un discurso, mantiene el semblante grave y no estalla de risa. Creo que, en su mocedad, sirvió de cómico en una compañía ambulante; aunque no lo reconoce, dada la mala reputación que conlleva haber trabajado en la farándula. No es el único…

Tras oírlo, Don Quijote está radiante: la condesa Trifaldi, también llamada Dueña Dolorida, viene a pie y en ayunas, nada menos que desde el lejanísimo Candaya. Solicita audiencia con nuestro caballero, ha de exponer sus cuitas y recibir la pertinente ayuda de su fortísimo brazo. Que pase, que pase la cuitada.

Y clama por la presencia de aquel “grave eclesiástico”, el que demostró tanta ojeriza a los caballeros andantes, para que vea si son necesarios en el mundo. Menudo rapapolvo le echó, yo lo vi…las cortinas son mis aliados.

Don Quijote reacciona tal y como los duques esperan. En extremo, se huelgan los duques; como niños que se regocijan tirando del hilo que mueve al títere. El títere puede acabar machacado…

Tras lo de Trifaldín, he de esconderme para vestirme de Dueña Dolorida. Me pongo rápidamente los monjiles ropajes, la triple falda y la toca blanca. Mas, antes de incorporarme a la comitiva, tengo tiempo de escuchar, escondido tras un frondoso arbusto, los razonamientos del escudero con los duques. Cuando no hay cortinas, me sirvo de la vegetación.

Sancho va a su avío. Tiene muy mala opinión de las dueñas y podría ser que la cuitada dueña estorbara su ansiado gobierno insular. Y el gran mentecato se pone a hablarnos de un boticario toledano, el cual hablaba como un jilguero. ¿Piaba, hablaba “polido” o era un correveidile? El escudero le oyó decir un día que “donde interviniesen dueñas no podía suceder cosa buena”. Y si todas son enfadosas e impertinentes... ¿cómo serán las que, además, están doloridas? ¡No habrá quién las soporte!

El escudero es algo malicioso. Llama a la condesa Tres Faldas o Tres Colas para dejar caer eso de que “en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno”.

Don Quijote le manda callar, la de las “lueñes tierras” no es de esas del boticario toledano. Le explica que, al ser condesa, tiene dueñas “señorísimas” que a su vez son servidas por dueñas. Y estas dueñas menores serán servidas por otras inferiores y, así, se establecerá una jerarquía dueñil.

Parece que viene alguien. ¡Es doña Rodríguez! Está furiosa. Me dice:

¡Alto ahí! Cállese, que no voy a permitir que cuente lo mío un mayordomo farandulero. Estoy presente cuando ese majagranzas de escudero habla mal de las de mi condición, incluso da a entender que somos de costumbres lujuriosas, que si colas y faldas…Procuro tener control sobre mí misma y, con mucha serenidad, le indico que hay dueñas, por aquí, que pudieran ser condesas si la fortuna hubiera querido…mas no quiso. Defiendo a mis compañeras dueñas, que nadie diga mal de ellas. Y si son doncellas y antiguas, merecen más respeto; aunque yo no sea de esa condición, que mi doncellez queda ya muy lejos. Cuando reinaba nuestro augusto emperador Carolo , en nombre de su augusta madre, doña Juana.

“Quien a nosotros trasquiló, las tijeras le quedan en la mano”, sentencio. Y este escudero, tan amigo de refranes, lo agarra para manifestar que hay mucho que trasquilar en las dueñas y mejor es no menar ese arroz, aunque se pegue. ¡Cómo encaja refranes el villano!

Le respondo que los escuderos siempre son enemigos nuestros. Son los “duendes de las antesalas “que suelen estar ociosos y se dedican a enterrar nuestra fama. A galeras les mandaba yo, que aunque les moleste, tenemos nuestro sitio en el mundo, aunque no muy confortable.” No hay virtud que no se encierre en una dueña”, puedo demostrarlo.

Mi señora, la duquesa, sale en mi defensa. Reconoce que tengo mucha razón, pero me dice que conviene esperar, antes de defenderme a mí misma y a mis compañeras. Ya veo que limpiar la mala fama de las dueñas, aunque sea ante el desconocido boticario y el escudero gobernador, no es prioritario para esta altísima señora. Lo que corresponde al momento actual, es reírse a costa de este resucitado caballero andante, como recién salido de sus librotes caballerescos. Dejemos a la criatura con sus juguetes…

Sancho replica que ahora, con sus humos de gobernador, las dueñas le importan un cabrahígo. Eso es cosa de escuderos. Hasta aquí, mi participación en este capítulo, así que me voy. Quédense con Dios.

La dueña Rodríguez desaparece y yo he de vestirme rápidamente, que suenan los pífaros y los tambores. La dueña Dolorida va a entrar y soy imprescindible.

Mientras lucho con las tres faldas y la toca, oigo hablar a los duques. La señora pregunta al señor si han de recibirla, puesto que es condesa y principal. Sancho da su opinión, que nadie le ha solicitado: hay que recibirla como condesa, que no como dueña.

Don Quijote, irritado, le pregunta quién le mete en esto, a lo que Sancho contesta que lo hace por cortesía, la misma que aprendió en su compañía.

El duque da la razón al rústico y opina que , al ver a la condesa, tantearán la cortesía que se le debe.

Suenan los tambores y pífaros, me ajusto la toca y me incorporo a la comitiva.

Un abrazo de María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dijo en este blog:

"¡Veo que también el pobre mayordomo se las tiene tiesas con dueña Rodríguez! Mujer de armas tomar, sin duda."

También dijo en "La acequia":

"Abejita de la Vega publica su comentario en única entrada: bueno, ella no, que sigue el mayordomo de los duques, quien también se las tiene tiesas con la dueña Rodríguez. Finalmente, publica la carta del Sanchico -gracias, como siempre, a Ele Bergón- que cuenta alborozado cómo ha llegado la carta que su padre dirigió a su madre, Teresa. El muchacho, que es muy listo, nos da palique con Nabokov y todo.."


Pedro: Doña Rodríguez defiende al colectivo de dueñas, literariamente tan denostado.¡Una sola entrada! Sigamos, que todavía queda mucho para "el fin de fiesta". Esto marcha...Sanchico nos da palique intelectual de lo mejor. Un abrazo para ti y para Ele Bergón.



jueves, 3 de diciembre de 2009

Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui (1)


Don Gaiferos con una espada de su propiedad , que el primo no quiso prestarle la Durandana. Hay cosas que no se prestan.

Melisendra con su faldellín, se le quedó así de corto, tras engancharse en el hierro del balcón.

El emperador Carlomagno con su cetro de dar coscorrones al yerno amnésico.

El caballero, la princesa y el rey.

Primera parte del comentario al capítulo 2,26 del Quijote.

Sigo siendo el primo, al que atribuyo esta frase apócrifa: "Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui."

"Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas".

Callamos todos, tanto tirios como troyanos estamos pendientes del teatrillo. Atabales, trompetas y mucha, mucha artillería.

De nuevo estoy aquí, soy el primo del señor licenciado, el maestro de esgrima; aquel que condujo a don Quijote, hasta la mismísima cueva de Montesinos. Vuestras mercedes saben de mi gran afición a dar a la estampa ciertos volúmenes que desentrañan grandes misterios y alumbran a la humanidad. Un esforzado humanista, como yo, embobado ante un teatrillo de títeres. Mas, he de confesar que estos muñequillos movidos por una mano oculta, atraen mi voluntad cual piedra imán.

Maese Pedro, ahí dentro, alterna los atabales, rataplán rataplán, con la trompeta, tararí tararí, o con las cargas huecas de un cañón de juguete, bum bum. Coge uno, suelta otro; los espectadores no sabemos nada de esa actividad apremiante que existe detrás del telón.

¿Qué cómo lo sé yo? Pues…no lo sé, pero mi imaginación me lleva hasta mi infancia, allá en el pueblo, el de Basilio. ¿Recuerdan? Muy niño era, efectivamente, cuando, un día de mercado, un artista ambulante montó su retablo de títeres, junto a los puestos de venta. Allí los campesinos vendían o compraban animales y, ya de paso, se abastecían de lo que no daba la tierra; pero, en ese momento de mi recuerdo, la atención de las buenas gentes ya no se centraba en la vaca coja o en el bonito retal floreado que iban a comprar. En ese momento, todos los ojos permanecían clavados en la humilde función.

Todos los ojos menos los míos. Escapado de las manos de mi distraída aya y, agazapado, en los entresijos del teatrillo, miraba embobado como aquel titiritero , tirando de unos hilos, insuflaba vida a unos toscos muñecones con corona, cetro, espada o garrote. Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui.


Volvamos al de Maese Pedro. Alza la voz el muchacho de la varita y nos presenta la historia. Los personajes son los de siempre: el rey, la bella princesa, el héroe y el malvado. El trujamán nos asegura que sigue al pie de la letra las “corónicas” francesas y esos romances españoles que, transmitidos de padres a hijos, viajan de boca en boca, sin necesidad de estampa ni manuscrito. Les diré, con la autoridad que me da mi erudición, que sigue mucho más lo español que lo francés. Y al Carolo le dan un toque muy de aquí…

El héroe, don Gaiferos, yerno del emperador Carlomagno, ha de liberar a la bella princesa, su esposa Melisendra, cautiva por los moros en España, en una Zaragoza a la que llamaban Sansueña. En una relación de antiguos topónimos que compuso un amigo mío, tan docto como yo, no figura Sansueña como Zaragoza. Lo más parecido a Sansueña es Sansoigne o Sajonia…qué más da.

Mas don Gaiferos, jugando a las tablas, no tiene prisa en liberar a su esposa, un tanto olvidada la tiene y ha de ser el emperador Carlomagno, padre putativo de Melisendra, el que ha de recordárselo. La gente se ríe al oír la palabra “putativo” y sigue riéndose cuando el emperador amenaza con el cetro y el yerno recibe su ración de coscorrones para refrescar la memoria y que se entere de lo que vale una honra perdida. Toma, toma…y la chiquillería: bieeeeeeen. En realidad, no hay chiquillos en esta venta, pero estoy recordando el escándalo que se montaba en funciones como ésta, en mi pueblo.

Enrabietado, tira el tablero, le entra una prisa de mil demonios, pide prestada la espada Durandana a su primo Roldán. No se la presta, mas se presta a acompañarlo. Gaiferos. se basta él solo, además …no quiere testigos si hay cuernos. Así que coge el caballo y tocotó, tocotó, Mira, allí está Melisendra, asomada al balcón de una torre de la Aljafería. Vestida a lo moro, mira el camino de Francia y piensa en su esposo.
Por ahí viene el malo, un moro que a sus espaldas llega “callandico y pasito a paso”. Tiene la desfachatez de pedirnos silencio, con el dedo en la boca. Me veo, de chico, pataleando y chillando para llevar la contraria al del dedo. “La* da un beso en mitad de los labios”, ella escupe, se limpia con la manga, se lamenta y se arranca algunos cabellos.

Entre los malos, también hay buenos o…menos malos. Aparece otro rey, éste con turbante y más oscuro, el rey Marsilio de Sansueña. Ha visto la insolencia del besucón y, aunque sea de la familia, le manda detener y que le den doscientos azotes, llevándole por las calles, pregonando su delito. La sentencia se cumple enseguida, que en la justicia los moros no hay fórmulas jurídicas que dilaten el proceso.

Don Quijote protesta, bien está la justicia cristiana con sus alargamientos. Aconseja al niño no desviarse, seguir la historia en línea recta. Maese Pedro, desde dentro, le ordena que haga lo que el caballero manda. Así lo hará, que el que paga, manda.

Don Gaiferos aparece a caballo, habla con su esposa. Ay, que no le conoce. ¿Tan viejo está? Melisendra cree estar hablando con un pasajero y le dice aquello de “si a Francia ides, por Gaiferos preguntad”. Éste se descubre, Melisendra se descuelga del balcón para saltar sobre el caballo. Mas ¡ay! que el faldellín se engancha en un hierro y la dama queda ondeando al viento, como una bandera. Los espectadores ríen ante la embarazosa situación de la damisela.Se le ve el ... La chiquillería de mi pueblo se hubiera mostrado mucho más ruidosa.


Un abrazo

(Continuará)

Mañanana cojo el hipogrifo. Enviaré lo que falta, si no es posible aquí, en camino hacia Vandalia. El hipogrifo es un animal muy paciente y no le molesta el ordenador.


La* en vez de le. Ved este enlace acerca del leísmo y el laísmo en el Quijote.