Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Chaves Nogales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Manuel Chaves Nogales. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de septiembre de 2018

"No tengo por qué huir, yo no he hecho nada".



Ayer leía "El País" y me encontré con la triste historia familiar que tantas veces me contó mi madre, la que nos contó aquí en el blog, para la lectura colectiva de "La Acequia", en un ficticio diálogo con Chaves Nogales, el autor de A sangre y fuego. Sigue contándola, a sus casi noventa y cinco años, y le ha sorprendido verla escrita en un periódico.

El artículo se titula "El anhelado ascenso del teniente coronel Moya". Habla de la petición de un militar retirado de 85 años, héroe de la guerra de Ifni e hijo de un teniente fusilado por Franco. Su nombre: Antonio Moya Muñoz. ¡Uno de los cuatro hijos de Francisco Moya Escribano, el tío de mi madre, el fusilado en Málaga! 

Sorprendida leo:

"Moya es huérfano de un teniente que combatió en la guerra de África. El 17 de julio de 1936, su padre tomó el barco melillero para incorporarse a su nuevo destino en Valladolid. La sublevación le pilló en mitad de trayecto y, al llegar a Málaga, se puso a las órdenes de la autoridad militar. Cuando las tropas nacionales entraron en la ciudad, en 1937, su hermano le ofreció escapar a Almería, aún en manos republicanas. "No tengo por qué huir, yo no he hecho nada", le contestó. Franco no lo consideró así y lo mandó fusilar. Dejó viuda y cuatro hijos. Uno de ellos, entonces de cuatro años, acabó siendo militar."




Vuelvo al diálogo que mantuve con mi madre, en marzo de 2017: 

-Veinte días antes de comenzar la guerra, salimos de Antequera. Un día o dos antes de que nos fuéramos, nos visitó mi tío, Francisco Moya Escribano, que era militar y que, muy poco después, sería fusilado por los nacionales, en Málaga. Recuerdo sus palabras: "Antonio, si te vas a marchar, vete mañana mejor que pasado, porque se va a armar una muy gorda, no me preguntes más".

-Por último, mamá, tengo curiosidad en saber cuándo se enteró mi abuelo de la muerte de su hermano, Francisco Moya Escribano, militar fusilado en Málaga.

-Eso fue muy triste porque no lo supo hasta el fin de la guerra y lo habían matado al principio. Durante los tres años tuvo comunicación con su madre, que estaba en Córdoba, pero la abuela Ángeles no nos dijo nada de la muerte de su hijo Paco. Tu abuelo estuvo tres meses neurasténico, no pudo trabajar ni dar clase en ese tiempo. Las guerras son terribles. Son a sangre y fuego como ese libro tuyo.

Son a sangre y fuego. 



No cabe duda, mi madre es una buena cronista.

Un abrazo desde aquí para el teniente coronel Antonio Moya Muñoz de: 

María Ángeles Merino Moya, hija de María Ángeles Moya García, hija a su vez de Antonio Moya Escribano, el hermano que le ofreció escapar a Almería, aún en manos republicanas. 

https://elpais.com/politica/2018/08/26/actualidad/1535312751_298637.html

http://aranitacampena.blogspot.com/2017/03/mi-madre-dialoga-con-sangre-y-fuego.html

http://aranitacampena.blogspot.com/2017/03/mi-madre-dialoga-con-sangre-y-fuego-2.html

http://aranitacampena.blogspot.com/2017/03/mi-madre-dialoga-con-sangre-y-fuego-3.html

miércoles, 28 de junio de 2017

No estaba para literaturas pero...


CEPA Victoriano Crémer, vista desde el lugar donde estuvo la llamada "Puerta Margarita". 


Ya sabéis que ando de despedidas, en la antesala de los "júbilos" y hablo con la que siempre va conmigo: 

-No estoy para literaturas. Esta semana no voy a dar "pasos en la piedra". 

-Pero no escuches l"pieza musical más triste de la historia". Esa déjala para los programas sensacionalistas de la televisión. 

-Aunque, ya lo sé, he de morir ente de ficción, le cantaré las cuarenta a Unamuno, antes de desaparecer en la niebla:

 "Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno!..."

-Aunque, ya lo sabes, apalearon a don Quijote. Sigue su ejemplo y, si te caes, levántate. Él siempre lo hacía, el de la Mancha y el de Manhattan:

"la autoridad de la ciudad de Nueva York le recitó el derecho a guardar silencio mientras le arreaba tal paliza que ya no sabía él si estaba otra vez en las tinieblas..."



-Aunque por todo haya de pagar almojarifazgo:

-Aunque, ya lo sabes, puedes encontrar quien te diga:


(Sustituye vasca por cualquier otra palabra)

-Aunque, ya lo sé, puede caerte una bomba (hay muchas clases de bombas):


-Eso sí, evita ser como ésta:



-Que las palabras de amor no sean de yeso, de esas "que se desploman como la negra abreviatura del granizo"

-De vez en cuando, haz como el padre Alas, busca un  buen escondite y piensa en soledad: 

"Hasta un tejo sin tronco, cuyas ramas desde el suelo habían cerrado una cúpula espesa en la que Alas se escondía algún día de verano, cuando jugaba a desaparecer del mundo."

-Espero que que la Naturaleza, ya que no Alá, me conceda: "una vejez sana y alegre". ¡El deseo del joven marrueco Gazel a su maestro Ben Beley!

-No estabas para literaturas, pero los nueve libros de este curso, en el Club de Lectura, te dieron la pauta. Los libros nos sirven, incluso cuando no estamos para literaturas. Gracias a :

José Manuel de la Huerga, Luis Ángel Lobato, Care Santos, Fernando Aramburu, Miguel Ángel Santamarina, José Cadalso, Manuel Chaves Nogales, Marina Perezagua...y Cervantes. 

-Mis compañeros me ayudaron, mucho, muchísimo, nunca pensé que mi último claustro iba a ser tan hermoso y emotivo. ¡GRACIAS!

Llegué a mi casa y ya estaba para literaturas. Una tila y a escribir esta entrada.


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

jueves, 6 de abril de 2017

Pequeña crónica de nuestra reunión en torno a A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales.


Pequeña crónica de nuestra reunión en torno a A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales, para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

El pasado martes, 4 de abril, a las cuatro y media de la tarde, los lectores del Club de Lectura presencial nos encontrábamos en la Facultad de Humanidades y Comunicación, de la Universidad de Burgos. Teníamos por delante el comentario de A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales. 

En primer lugar, Pedro Ojeda nos recordó el merecidísimo premio Castilla y León de las Letras 2016, recibido por nuestro admirado, y leído, amigo Óscar Esquivias. 


Y después de algunas noticias en relación con nuestras próximas lecturas, escuchamos a nuestro profesor:

-(P.O)A la mayoría os ha sorprendido. Manuel Chaves Nogales es un desconocido. Escribió "A sangre y fuego" durante la Guerra Civil. Era un liberal republicano que odiaba por igual al comunismo y al fascismo. Va a la Unión Soviética y denuncia, en un libro, lo que está pasando con el comunismo. Va a Roma y denuncia lo que está pasando con el fascismo.


El periódico en que trabaja se colectiviza y sigue trabajando en su puesto. No encaja. Se marcha al exilio, a París, cuando el Gobierno de la República se va a Valencia. Escribe, desde allí, este libro que se publica en español y en inglés, para un público internacional. Denuncia la situación ante las potencias, el mundo ya está encaminado hacia la segunda guerra mundial.

Su libro más conocido es la biografía del torero Juan Belmonte. Como si lo hubiera publicado un marciano, todo el mundo lo leía pero nadie sabía quién era ese autor. Es un modelo perfecto de biografía y de biografía de un torero. 




No hay duda, está en contra de la sublevación militar. Denuncia la barbarie y la desunión del bando republicano. Anuncia que va a haber una derrota y se considera fusilable tanto por  unos como por otros. La edición última incluye dos relatos sucedidos en el País Vasco, se conocían en inglés y han sido recuperados en castellano.

La tensión narrativa es muy fuerte, se nota que está escrito por un periodista. Hoy se diría literatura no ficcional. Se disfrazan nombres pero son casos conocidos.


Ahora habláis vosotros (diálogo de Pedro Ojeda P.O con los lectores L)

-(L) Me ha parecido bien, escribió casos que conocía.


-(P:O) No son casos que él había conocido directamente, cuando se va a Francia conoce todas esas historias. Están muy literaturizadas. El de las lucecitas es el más novelesco. Los mejores relatos son, en mi opinión, los menos literarios. 

-(L)¿Aparecieron los cuadros? (Se refiere a los Grecos de El tesoro de Briesca)

-(P:O) No, es literatura. Se inspiró en la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico que creó la República para evitar la rapiña y salvar el patrimonio. Hizo una gran labor. 

-(L)Tal vez pensó en  los cuadros de El Greco de Illescas, los del Hospital de la Caridad, que estuvieron en una cámara del Banco de España. 

-(L)Me gusta mucho el libro, es superinteresante, se aprenden cosas, está muy bien documentado.

-(L)El de Bigornia es un personaje formidable, un físico básico, un bestia, se mete en el tanque y arde. 


Bigornia está que arde

(L) También he leído y disfrutado La vuelta a Europa en un avión, del mismo autor. 



-(P:O)En otros países, con otra fortuna, hubiese sido uno de los grandes. Un lenguaje muy moderno, mira como un periodista, observa como un periodista, va y lo cuenta. Muere muy pronto.

-(P:O) María Ángeles tiene su historia personal y familiar con este libro. 

-(L)En mi blog, mi madre recuerda como vivió la guerra, después de leer y comentar algunos fragmentos de A sangre y fuego. Lo podéis leer en mi blog. 


-(L)Me revolvió por dentro, como me ocurrió con "Intemperie" de Carrasco, aquel libro del niño y el cabrero.

-(P:O)Es un libro para provocar una reacción, no esconde la crudeza.

-(L)El que más me gusta es Bigornia, el herrero. Es un ogro bueno. 

-(L)Un saco con orejas cortadas, impactante.

-(L)Me gusta el de los caballistas, lo expresa todo.

-(P:O)Es una pieza maestra, literariamente redondo. Dos personas hermanadas por la amistad.

-(L) El punto humano, el otro paga por otro. Personas que no encajan con esa violencia. Y eso está pasando ahora. 

-(P:O) Hay diferentes versiones de cómo actúan ante lo que está pasando. Si no encajas, si eres republicano y no estás de acuerdo, te matan.

-(L)Gente republicana y demócrata que no estaba de acuerdo. Militares moderados que pensaban distinto.

-(P:O) Muchos años de contar la guerra como guerra de dos bandos. Este libro no encaja en la propaganda que nos cuenta las cosas de forma polarizada. La mayor parte de la gente no está en los extremos.

¿Eres blanco con rayas negras o negro con rayas blancas?

-(L) Me ha gustado eso.

-(P:O) El que menos me ha gustado es el de las lucecitas, era algo que existía (las señales de luz en Morse) pero lo cuenta de forma demasiado novelesca.

-(L)Sensación que te lleva a otra pausa.

-(L) Es tristísimo, los comandillos que pillaban a unos cuantos que confesaban y luego los mataban.

(P:O)La Columna de Hierro existió como la Patrulla del Amanecer, la de Onésimo Redondo, que recorrió los Torozos y asesinó a miles de personas. Mucha gente murió cuando llegaba a un pueblo y salía el alcalde o el cura y señalaban: "este" , sin proceso. 

 A Muñoz Molina le gusta mucho Chaves Nogales, se identifica mucho con él, porque su posición es más dura con los suyos que con los ajenos.

-(L) El concepto que tienen del ejército: no hay mandos y hay desorganización. Sus enemigos tienen más organización.

-(P:O)En el ejército republicano, combaten contra los sublevados mientras tiene lugar una revolución doble: la comunista y la anarquista. El anarquismo gobernó en muchas zonas, algo que no había sucedido en ningún país.

-(L)Lo que más me ha gustado es el autor, el prólogo. Su lenguaje es muy moderno. El libro es un alegato a la estupidez y a la barbarie.

(P:O)Todo lo que podáis coger de este autor: leedlo: biografía de Belmonte, "La vuelta a Europa en avión"...


-(L)He leído a Arturo Barea, uno que aguantó más que éste. En la trilogía La forja de un rebelde, describe muy bien lo que pasó en Madrid. "La llama" es el mejor, los otros dos son más flojos. 

-(P:O)Arturo Barea es otro autor sepultado por la historia. Su lenguaje sorprende por la modernidad, no ha envejecido.



(P:O)Poco leído también es Max Aub. Exiliado, vuelve a España a los años cincuenta, cuando Franco permite la vuelta de algunos. Se encuentra con la mediocridad moral del régimen y la gente que quisiera olvidar a guerra civil. Reconoce las calles pero no reconoce a España, no encaja, regresa a México y desde allí escribe La gallina ciega.

-(L)Ayer dieron en televisión la película Sierra de Teruel sobre el derribo de un avión republicano en la guerra. Malraux aparece en A sangre y fuego, "desolado francés", rodeado de Alberti "con su aire de divo", Bergamín "pajarraco" y María Teresa León "Palas rolliza" con revólver. 


(P:O) La Exposición del ochenta aniversario del Guernica de Picasso comienza ahora y no hay que perdérsela.

¿Qué personajes os han gustado?

-(L)La monja del relato final, un homenaje a Indalecio Prieto. ¡La monja era su sobrina!

-(L)Valen y su padre, en "¡Massacre Massacre!", se despiden y saben lo que va a pasar. 

(P:O)En los relatos hay unos pocos momentos de pausa en los que parece que la historia va a ir por otro lado, pero no. El hijo no va a salvar al padre, etc. Llegar a esas dos líneas ya vale el cuento entero.

-(L)El de los cuadros se muere pensando en los cuadros de "El tesoro de Briesca".

-(L)El que se muere delante del moro, muy plástico.

(P:O) Había que rescatar a autores de esa época como Sender o Julio Camba. De Camba me gustaría traer Aventuras de una peseta. 

-(L)¿Sainz Rodríguez? 

(P:O)Es un autor vinculado a don Juan, a Ansón.

En "Los caballistas" hay un esfuerzo de inversión. Cuando los moros eran los malos, cuenta todo lo contrario. El bueno, el civilizado es el Cadi. Las orejas cortadas las lleva el legionario. La comprensión hacia el otro, la empatía, cosas muy modernas.

Empatía

(P:O)El personaje del Inglés, enamorado y siempre borracho.

-(L)Personajes que no encajan, perplejos. Denuncia los extremos.

(P:O)En el prólogo, el autor nos anuncia que va a ganar la violencia. Denuncia los extremos.

-(L) La maldad. Oí en la radio a un especialista. Según un estudio, el 5% de la población tiene algún trastorno que le hace propenso a la maldad. En las guerras, en situaciones extremas, se despierta lo peor, algo químico, la falta de empatía. ¿Cómo hay tanto malo? En situaciones buenas todos son buenos.

-(P:O)Ahora abundan los corruptos. El corrupto no es consciente de que está haciendo daño. Esto lo hacen todos, dice. El malo es muy atractivo y da mucho juego en la literatura. ¿Hay personas malas? El 5%, si existe que sea compensado por la gente buena.

Me alegro de haber traído a un gran autor. Todos habéis oído hablar del nuevo periodismo y se considera como su creador a Truman Capote, el de "A sangre fría". Ya lo hacían los periodistas españoles en la época de la República y algunos fueron sepultados por los dos lados, como Chaves Nogales. Escribían magníficamente bien.

Nosotros también nos alegramos y salimos de la sala comentando ya la próxima lectura, una novela muy de mujeres: "Media Vida" de Care Santos. Un premio Nadal, nada menos. 

Un abrazo de María Ángeles Merino Moya para los que pasáis por aquí. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Mi madre dialoga con "A sangre y fuego" (3)



Comentario a A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales, para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

En los relatos de A sangre y fuego no hay ni tiempo para comer ni comida; pero Manuel Chaves Nogales, en un solo párrafo de ¡Massacre, massacre!, nos pinta un vivísimo cuadro de la lucha por el alimento. Una viejecilla permanece impasible tras una explosión que no la mata de milagro, tras emerger entre cuerpos ensangrentados y, sin embargo, se siente dichosa de colocarse la primera en el turno de los huevos. ¡Ha vencido a todos los de la cola!

Recordáis que mi madre se convirtió en improvisada cronista al comentar algunos párrafos del libro que yo le iba leyendo. Como desea seguir con esa labor, le leo: 

"Se oyó una gran detonación y se vio que algunas mujeres de las que estaban en la cola se desplomaban súbitamente. Las demás echaron a correr aterradas. Entre el amasijo de cuerpos ensangrentados que quedaron en la acera sólo permaneció enhiesta una viejecilla con un pañuelo negro por la cabeza y un capacho entre las manos que, ajena a todo lo que no fuese su anhelo de que le llegase el turno antes de que se acabasen los huevos, aprovechó el revuelo para correrse suavemente por la pared salpicada de sangre y metralla hasta el portal de la tienda, dichosa de encontrarse con que había pasado a ser el numero uno de la cola."

-Nosotros teníamos gallinas, conejos y palomas. No teníamos el problema de esa viejecilla que esperaba con tanta ansia el turno para comprar huevos. Había muy poca comida, la que daban para el mes en la cartilla, donde iban quitando días de un cartón o lo tachaban. Teníamos que hacer muchas colas. Iba Diego, más pequeño que yo, porque el sueldo de mi padre daba poco de sí y tenía que dar clases particulares de Bachillerato a las hijas de los de una finca que tenían vacas, corderos, verdura y de todo. Le pagaban con alimentos, la mejor paga en tiempos de guerra. Sólo los de la confitería Salinas, dos chicos que eran primos, le pagaban con dinero. Cuando acabó la guerra eran los mejores del Instituto que había estado cerrado los tres años. Sin embargo, a nosotros, sus hijos, no quiso enseñarnos, nos hubiera venido bien, decía que para qué si nos iban a matar.


Confitería Salinas en la Plaza de Cervantes.

-Mira, mamá. Aquí habla de los que comían y pagaban con dinero:

"Valero fue a refugiarse en la tabernita vasca donde habitualmente comía y cenaba. Aún no habían comenzado a llegar los clientes, un centenar de milicianos que desde que comenzó la guerra comían y bebían allí sustituyendo a la antigua clientela. El patrón había conseguido reservar un saloncito interior del establecimiento para los comensales que aún pagaban en contante y sonante moneda burguesa: aviadores, oficiales de las milicias, diputados, "responsables", periodistas extranjeros, intelectuales antifascistas y unos tipos raros que nadie sabía quiénes eran ni a qué se dedicaban."




-¿Pagaban los milicianos?

-Pues... parece que no. No están incluidos en el "saloncito".

-No, seguro que los de UHP no pagaban, lo habían tomado como cosa de guerra que no tenía importancia. Así saqueaban todo. A mi hermano Pepe, le daban, en la finca aquella, un pan grande diario, a cambio de estar allí para avisar a la dueña si aparecían los de UHP. Cuando venían, se llevaban corderos enteros. Lo que no sabíamos es que el dueño vivía escondido entre los sacos de arena que había para parar la metralla.

Antonio, mi hermano mayor, cuidaba las vacas de un vecino que necesitaba ayuda porque su empleado se había ido a la guerra. Le daban un litro de leche y algún requesón que otro, tampoco le daban dinero. Así que le tocaba ir a Diego con su capacillo a una tiendecita que estaba muy cerca, a comprar el racionamiento. Era muy poco, por eso había que buscarse comida donde se podía. Contaban que mi hermanito se colaba todos los días y a los guardias les hacía gracia, era tan pequeño y tan salao. No le reñían y las mujeres tampoco le decían nada. Un cuarto de azúcar cada dos días, un cuarto de leche para la pequeña cada dos días, menos mal que Antonio traía más leche y mi padre también. 


Mi hermano Antonio tenía dieciséis años cuando empezó la guerra, pero parecía adulto. Había preparado un palomar en una torreta del patio principal y criaba palomas con trigo que respigaba. Todos los días le entregaba al director de la Universidad dos pichones para que se los hiciera llegar a su sobrino, preso en la Cárcel Modelo. Al final de la guerra, el muchacho apareció a darle las gracias y le dijo que no todas le llegaban, se las comían los carceleros. También se preocupaba de dos mujeres muy viejecitas que vivían cerca, les llevaba leña que él mismo cortaba, verduras, patatas y algún conejo.


Mi padre volvía de la finca donde daba clase con los bolsos llenos, gastaba una gabardina vieja con refuerzos que le había cosido mi madre. Yo no iba a la compra, mi madre tampoco. Se daban casos de violaciones de niñas y mujeres y mi padre no nos dejaba.

Todos los meses, venía un señor de Madrid que decía que tenía un hijo tuberculoso. Nos pedía por favor si le podíamos dar algo de comida. Mi madre le daba un conejo, un repollo, unas acelgas, lo que había. Tenía una zapatería y, a cambio, nos traía zapatos. A mí me trajo unos de charol, muy bonitos. En la capital, lo pasaron mucho peor que en los pueblos.

-Había mucha tuberculosis. Mira aquí, en Y a lo lejos, una lucecita, los milicianos entran en un sanatorio de la Sierra:

"Entre aquellos seres infelices que esperaban a morirse tendidos en las galerías del sanatorio, la guerra civil, aunque pareciera inconcebible, se mantenía también con un encono feroz. Fascistas unos y antifascistas otros, se agredían verbalmente desde sus camastros con una saña verdaderamente patológica. Validos de la prerrogativa de su mal y sintiéndose condenados por una sentencia inexorable, desafiaban todas las coacciones y amenazas. Uno de ellos tenía un trapo con los colores de la bandera monárquica, y cuando la fiebre le hacia delirar se incorporaba en el lecho y tremolando su bandera por encima de la cabeza gritaba frenéticamente: "Arriba España", mientras los enfermos vecinos...llamaban a los milicianos para que los fusilasen...el odio de clase de aquellos infelices".

-Cuánto odio, estaban muriéndose y seguían odiándose por la política. En la guerra había mucho odio, mucha crueldad, mucho crimen; pero también había personas muy buenas. Con el Campesino pasé un rato muy malo. 

-Venga, cuenta lo del Campesino.

-Estaba yo en el patio de Cisneros, a la entrada, cuando vi a un militar grandón, luego supe que era el llamado Campesino que le estaba dando muchas voces a mi padre y le decía tocándose la pistola: "me da miedo de lo que puedo hacer". Porque le había pedido mantelerías y vajillas que había preparadas para una residencia de estudiantes que con la guerra no se abrió, las quería para dar una fiesta o lo que fuera. Oí a mi padre que le decía: "yo creía que las guerras se ganaban con metralletas, aviones y táctica militar". El capitán de los guardias me cogió por la cintura y me dijo: "estate quieta, dónde vas" . Porque yo quería ir con papá, pensaba que lo iba a matar.  Menos mal que ya había avisado al comandante que vino enseguida, se puso en medio y le dijo al Campesino: "para tocar a Moya tienes que vértelas conmigo". 



Luego le vi varias veces, hablaba con mi padre por los patios amigablemente: "mire don Antonio qué le parece esto". Sabía que a mi padre no le hacía gracia, y a mi madre menos, pero Antonio Moya supo vivir con unos y luego con los otros. ¡Qué remedio! Después de la guerra fue sometido a depuración y salió bien parado.


-Bueno, mamá, dejemos al Campesino. Recuerdo que tú me hablabas de una monja que vivió con vosotros. En lo que te he leído antes, del sanatorio, había también una monja que no lo parecía:

"No había quedado en el sanatorio más que una hermana de la Caridad, sor María, que convertida en la camarada María adscrita al Socorro Rojo Internacional y con su carné del Partido Comunista en el pecho, iba y venía de una cama a otra intentando vanamente apaciguar el furor político, el odio de clase de aquellos infelices."

-Pero esta no era comunista. Verás, un día apareció, junto a la puerta principal,
una señora muy tapada y buscaba a mi padre. Pedía por favor dormir allí y realizar algún trabajo a cambio, hasta que terminara la guerra. Mi padre se lo contó a mi madre: nada más que la vio se había dado cuenta de que era una monja que venía huyendo. Se quedó a vivir con nosotros y ayudaba en la cocina de los guardias. Se portó muy bien y era muy buena. Hablaba poco, conmigo algún rato. Yo se lo dije aparte: "si yo se que eres una monja". Cuando acabó la guerra vino a despedirse y dijo que se iba al convento de San Diego, las que hacen las almendras garrapiñadas. Se llamaba Carmen y todas las noches traía un vaso de leche para mi madre. ¿En ese libro hay monjas perseguidas?

-Está la del sanatorio que no sabemos por qué es ahora la camarada María, si es un camuflaje para defender su vida o su cabeza ha dado la vuelta. Al final del libro hay otra religiosa, en el relato titulado Hospital de Sangre. Pero la historia ocurre en Bilbao, donde los republicanos vascos no persiguen a los religiosos. Es un relato que comienza con una monja que escribe una carta, en un silencio solo roto por el rasgar de la pluma y el roce de la toca almidonada. 

"...encontrar un punto de sosiego para recapacitar sobre la tragedia del día-la del día que ha pasado y la del que va a venir"

Porque las sirenas silbarán, los aviones alemanes sembrarán la muerte, los enfermos querrán tirarse de su lechos, retumbarán los estampidos de las bombas, las ambulancias traerán "nuevos cargamentos de carne desgarrada". La religiosa se pregunta:

"¿Cómo es posible que haya en Bilbao mismo quienes traidoramente vayan señalando a los aviadores extranjeros los sitios precisos donde deban dejar caer sus bombas?"

"¿Será posible que quienes así procedan sean cristianos y vivan en el santo temor de Dios?"

"Sabe, sin embargo, que es verdad; que entre las personas piadosas de Bilbao hay muchas que anhelan sobre todo el triunfo del fascismo? "



-¿Te parece rara la monja de la carta?

-Pues, en realidad no, es lo que debe sentir una buena cristiana; pero...¿Cuál es el misterio de esa monja? Fíjate como la insulta el miliciano herido: "¡Estas tías puercas! ¡Dios y su madre! ¡Cuándo acabaremos con ellas!"

-Al final del relato, sabemos a quién dirige la carta, alguien importante que es familiar suyo, y comprendemos, mamá. Vamos a hablar de otra cosa. ¿Qué sabes de las obras de arte que desaparecieron en la guerra civil?

-De las cosas de arte, en la Universidad de Alcalá, nadie tocó nada, que yo sepa. Sé que el Gobierno llamó a mi padre para que fuera con otro a recoger oro que había en los conventos y en las iglesias de Alcala. Le dijeron que lo iban a mandar a Francia y a Rusia, se lo contó mi padre a mi madre.

-Había que pagar la guerra, no nos ayudaban gratis. 

¿Y lo de la estatua de Cisneros que me has contado tantas veces?

-Una madrugada, en el tercer año de guerra, oí mucha voces en el patio y era mi padre que llamaba al comandante y le decia: "mire, qué sinvergüenzas habrán hecho esto". ¡Habían pintado de negro, de arriba abajo, la estatua de Cisneros! ¡Ignorantes, incultos! El comandante, a ver los soldados, que vengan a ver quién ha sido, que se pongan a limpiarlo y lo dejen como estaba. No dijeron quién había sido.




-Mira, mamá, aquí cuadran las palabras del camarada Arnal, personaje ficticio del relato titulado El tesoro de Briesca, designado para formar parte de la Junta de Incautación y Conservación del Tesoro Artístico Nacional: 

"Cada día le parecía más absurda y sin sentido su tarea. Correr de un lado a otro afanosamente para salvar una tela pintada, una piedra esculpida o un cristal tallado a través de aquella vorágine de la guerra y la revolución se le antojaba insensato. ¿Para qué? Cuando la vida humana había perdido su valor, cuando los hombres morían a millares diariamente, cuando una generación entera caía segada en flor, cuando veinte millones de seres pertenecientes a una raza vieja en la civilización se precipitaban a la barbarie de las edades primitivas, ¿Qué sentido podían tener ni el arte, ni los testimonios de un glorioso pasado, ni todos aquellos valores espirituales por cuya conservación se desvelaba?".

-Tu abuelo y otros muchos cuidaron de que las obras de arte se respetasen. Las obras de arte del pasado y hasta...los huesos del pasado.

-¿Me vas a contar lo de los huesos del famoso Divino Valles, el médico de Felipe II? Hablamos de ello en 2011, cuando vino en el periódico que los habían encontrado.

-Los huesos no estaban perdidos, los encontró tu tío Antonio. Al lado de la Universidad hay una capilla que en la guerra estaba abandonada. Mi hermano se metió allí y encontró una caja de metal muy vieja que estaba rota, con huesos dentro. En la caja decía: "Restos del Doctor Valles exhumados". Mi padre nos explicó de quién eran. Supongo que los mandó colocar y tapar de nuevo y allí quedaron hasta que lo volvieron a encontrar, hace poco. 

-Por último, mamá, tengo curiosidad en saber cuándo se enteró mi abuelo de la muerte de su hermano, Francisco Moya Escribano, militar fusilado en Málaga.

-Eso fue muy triste porque no lo supo hasta el fin de la guerra y lo habían matado al principio. Durante los tres años tuvo comunicación con su madre, que estaba en Córdoba, pero la abuela Ángeles no nos dijo nada de la muerte de su hijo Paco. Tu abuelo estuvo tres meses neurasténico, no pudo trabajar ni dar clase en ese tiempo. Las guerras son terribles. Son a sangre y fuego como ese libro tuyo.


Cerramos ya estos diálogos, aunque estoy segura de que mi madre tiene todavía mucho que contarme. 

Dedico las tres entradas tituladas "Mi madre dialoga con "A sangre y fuego"(1, 2 y 3)"a mi tío abuelo Francisco Moya Escribano (+), a mis abuelos: Antonio Moya Escribano (+)  y Luisa García Solano  (+)  y a mis tíos :Antonio (+) , José (+), Carmela, Diego (+) y Aurora. 

Un abrazo de María Ángeles Merino y María Ángeles Moya

Podéis consultar este enlace entre otros:
https://oscarenfotos.com/2015/02/07/galeria-robert-capa/
http://unserenotransitandolaciudad.com/2015/04/06/los-restos-del-divino-valles-medico-de-felipe-ii-pueden-visitarse-en-alcala-de-henares/
http://www.publiconsulting.com/pages/astrana/tomoI/p0000011.htm
https://cordobapedia.wikanda.es/wiki/Valent%C3%ADn_Gonz%C3%A1lez_%22el_Campesino%22

jueves, 23 de marzo de 2017

Mi madre dialoga con "A sangre y fuego" (2)

La semana pasada comenzamos la lectura de A sangre y fuego de Chaves Nogales. Recordáis que mi madre se convirtió en improvisada cronista al comentar algunos párrafos del libro que yo le iba leyendo. Nos hablaba de guerra, muerte y miedo; pero dejaba resquicios por los que se colaba el cariño hacia a los suyos, el agradecimiento al soldado que la salvó, el aburrimiento, las ganas de dar un paseo, la sed, el hambre y, cómo no, el miedo.  Había lugar para unas alubias cociéndose clandestinamente en el infernillo o para la placidez del bebé, mi tía Aurora, que "se hinchaba a dormir" en brazos de mi abuela Luisa, a pesar del refugio. La guerra descansa un poco. 

Sin embargo, en los once relatos de A sangre y fuego apenas hay respiro. Tal vez porque Chaves Nogales cree que eso no interesa a los lectores de los periódicos extranjeros que son sus clientes. Sólo el gesto de abatimiento de Malraux , el coronel escritor, y la forzada sonrisa que dedica a sus camaradas de la pluma aparta, durante breves líneas, nuestra atención de las cadenas que matan. 



Tras los bombardeos en Madrid: la caza a caballo de "la canalla roja", los disparos a quemarropa tras las lucecitas misteriosas, las columnas férreas descontroladas y asesinas, los tesoros artísticos que hay que esconder de la rapiña enemiga, la resistencia épica y sangrante del guerrero moro, la batalla en la sierra madrileña con tres camareritas del hotel que toman las armas, el herrero gigante, casi barojiano, que machaca con su martillo la bigornia del Cuartel de la Montaña y avanza con su tanque abrasador y, por último, el consejo obrero que concede la vida o la muerte. Los dos últimos relatos nos llevan a Bilbao, al refugio trampa mortal e infanticida y al hospital de sangre con monjita y moribundos anticlericales. Nueve relatos más dos, a cual más duro. 



Después de lo de Malraux, sólo hacemos un alto en el camino, en el relato Bigornia, para que la mujer del delantal blanco abrace a su hijo y, unas páginas más adelante, para que el herrero proteja a la chiquilla del " bracito en alto y la mano extendida" que grita aterrorizada: "¡No me mate! ¡No me mate! ¡Yo soy buena!"En el último relato, encontramos otro punto de sosiego, oímos el leve ruido de una pluma y una toca almidonada. Es una monja que escribe una carta en el silencio de la madrugada, tras una jornada terrible en un hospital de sangre. Al final, el misterio del destinatario nos da qué pensar. 

Luego hablamos de monjas. Ahora leo a mi madre:

"...Bigornia tapó los deditos tiernos de la criatura con su manaza velluda y sonriendo tristemente le dijo:
-¡Así, guapa, así!
Y le mostraba el puño cerrado...
-...¿Y tus padres dónde están?
La chiquilla vacilaba antes de contestar.
-¿Tú eres fascista?-preguntó al fin.
-No guapa, no. ¿Dónde están tus padres? ¿Estás sola?
-Papá se fue a la guerra.
-¿Cómo hacía papá? ¿Así? ¿O así? -le preguntó Bigornia abriendo y cerrando el puño. 
-¡Así!-respondió la chica apretando sus cinco deditos..."

-¿Qué te parece mamá? 


-Me parece muy bonito, la niña qué sabía, hizo lo que había visto a su papá o su mamá. El niño no tiene doblez. Yo nunca hice ni lo uno ni lo otro. Después de la guerra, en el cine, al final de la película, tocaban el Cara al Sol y levantaban el brazo. Yo mientras me ponía los botones del abrigo y no miraba a nadie. ¿De qué ideas era ese escritor? ¿Era socialista?



-No, mamá. El escritor se define a sí mismo como "liberal""ciudadano de una república democrática y parlamentaria". ¿Qué era la República para ti?



Mi madre la asocia, inevitablemente, con un tiempo en que ardían las iglesias. Que no mamá, que la República no era eso, pero ella lo recuerda así:

-No sé como explicarte, oí a mi madre: ¡Antonio! ¡Antonio! Yo estaba con las fiebres de Malta, no iba al colegio. Era en Algeciras, cuando nació mi hermana Carmela. Me empiné desde una ventana y vi arder una iglesia que estaba muy lejos. Mi padre dijo algo así como "Dios mío, lo que hemos hecho de  España".

-Busco en la Wikipedia y encuentro este dato: "En Algeciras se quemaron todas los templos de la ciudad: Iglesia de Nuestra Señora de la Palma, Capilla de Nuestra Señora de Europa, Capilla del Cristo de la Alameda."

-Luego fuimos a Antequera, las cosas ya estaban revueltas, decían que los estudiantes falangistas rompían las bombillas por la noche.

Un día estaba en un barrio por donde no solía ir, se me salió el escapulario y me tiraron una piedra. Cayó a mí lado, se veía a lengua que no querían hacerme daño, sólo asustarme.



Veinte días antes de comenzar la guerra, salimos de Antequera. Un día o dos antes de que nos fuéramos, nos visitó mi tío, Francisco Moya Escribano, que era militar y que, muy poco después, sería fusilado por los nacionales, en Málaga. Recuerdo sus palabras: "Antonio, si te vas a marchar, vete mañana mejor que pasado, porque se va a armar una muy gorda, no me preguntes más".



A poco de empezar la guerra, ya en Alcalá de Henares, también vi cómo ardía otra iglesia y decían que habían toreado al cura que tenía ochenta años.

-¿Torear? ¿Qué le hicieron?

-Lo mataron como si fuera un toro, se corrió por todo Alcalá. Eso decían. ¿Qué había hecho de malo ese hombre? Yo creo que se murió del susto primero, si tenía ochenta años. Estaba recogiendo las formas del sagrario, se lo llevaron. Unos salvajes.

-Escucha esto, mamá, del relato ¡Viva la muerte!:

"El cura del pueblo estuvo hasta el último momento haciendo fuego con su carabina desde una tronera del campanario. Cuando, ya de día, los milicianos consiguieron subir a la torre se apoderaron de él, le voltearon y le lanzaron al espacio. Su sotana negra revoloteó un instante en el cielo blanquecino del atardecer como un pajarraco disparatado."

-Me parece un espanto, es una barbaridad. Eso del cura toreado fue al comienzo de la guerra, cuando acabábamos de llegar a Alcalá de Henares. Todavía no vivíamos en la Universidad, estábamos en una casa alquilada. Estaba enfrente de la Casa del Pueblo y, al principio, los de allí venían a vernos y nos preguntaban quiénes éramos. 



Mi padre, camarada por aquí camarada por allá, les contó que había venido destinado al Instituto, en el edificio de la Universidad, pero nos visitaban casi todos los días, a la hora de comer. No nos importaba, no teníamos nada que esconder, eran dos. Echaron una mirada a la carbonera y la abrieron. Pensarían que podíamos tener escondido a alguien. 

Yo creo que fueron ellos mismos los que nos indicaron donde había un refugio, en una casa cuyos dueños se habían ido al extranjero. En el refugio,vimos un baúl grande de esos antiguos, lo abrieron unos soldados y dentro había custodias, cálices, cosas de iglesia, de oro. Mi madre estaba horrorizada.

-Esto que me cuentas me recuerda al relato El tesoro de Briesca:

"Bajo la dirección del hombrín aquel y utilizando las confidencias de los aterrorizados vecinos, los milicianos registraban las casas de los ricos y, una tras otra, iban saliendo a luz las presas ocultas, las casullas y estelas bordadas del XV, los ricos paños de altar, la maravillosa orfebrería de cálices, copones y custodias, las tallas románicas, los crucifijos de oro y plata, los soberbios exvotos de capitanes, justicias y virreyes de las Indias, y los lienzos famosos de los maestros de la pintura castellana. Hasta los dos Grecos que había en Briesca cayeron en manos de los milicianos."

-Como en el baúl que yo vi, lo que no había eran pinturas ni esculturas. Era casi todo oro, mucho oro. 

-¿Qué más recuerdas de esos primeros días de la guerra?

-Que pasaban unos aviones que volaban muy bajo, rozaban los tejados, nunca habíamos visto eso. También chocaba ver a las milicianas porque era algo desconocido, mujeres con mosquetones y vestidas de soldado. Yo las miraba desde las rendijas de la persiana, mi padre no me dejaba asomarme.

-Como Rosario, Carmen y Adela, las camareras milicianas de ¡Viva la muerte!



Comenzaba un tiempo de "no saber nada". ¿Verdad, mamá?

-Sí, mi padre nos decía: si os preguntan algo no sabéis nada nunca. Bueno y a mí que me van a preguntar. Que no habláramos nada, que no sabíamos nada. Se lo decía más que nada a mis hermanos.

Seguiremos dialogando con A sangre y fuego. Mi madre quiere hablarme de como mi abuelo daba clases a cambio de alimentos, de las colas del racionamiento y mi tío Diego que se colaba, del palomar donde su hermano mayor Antonio criaba palomas, de la cocinera de los soldados que tenía pinta de monja por más que intentara ocultarlo, del oro que se iba a mandar a Francia o a Rusia, de la estatua de Cisneros, de los huesos del Divino Vallés y de las amenazas del Campesino, qué miedo pasó. Estoy segura de que surgirán más recuerdos, avivados por los relatos de Chaves Nogales. Mi madre es un baúl de ellos.

Un abrazo de María Ángeles Moya y María Ángeles Merino