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martes, 26 de julio de 2016

río


Foto Agustín Merino (Sauces y río Arlanzón)

Recuerdo el río que nos lleva y mi hermano Agustín me envía :


Naces del más puro blanco frío.
Desciendes rápido,
aún sin saber hablar 
llevas melodía.

Tu frente se va serenando,
para unirte humilde al trabajo del hombre.

Te hundes en la negra tierra
para renacer como primavera
de verdor alado.

En el estío pagas tributo
a los alambiques del cielo.

Libre de barro hojarasca 
vuelves a vestirte de blanco.

Mides mi tiempo en fulgores
que brillan, cantan y se alejan,
soñando con ser sal
que encienda la sed
de tus dulces aguas.

Dame tu boca de río,
yo te daré mi vientre
de inmenso mar fecundo.

(Agustín Merino)



lunes, 25 de julio de 2016

Recuerdo de cuando un río nos llevaba (12 de julio de 2014).


"Los hombres contemplaban satisfechos su obra final. El último adobo en la última presa: la del molino de Aranjuez, al pie mismo del jardín real de la Isla…"

Palacio de Aranjuez y río Tajo (Wikipedia)

"... el ángulo blanco y rosa del palacio real, con su graciosa cúpula emplomada"


"Sí, desde aquel momento conducir la maderada era un jugoso paseo por la orilla del río,  a la sombra de los árboles frondosos..."


"Parece que allí florecen todavía los discretos galanes y los placeres del Real Sitio".


"Hay como un aire más denso y vivo a la vez, de pasión y de picardía..."


"...llegó el maestre con todos los cuadrilleros a ejecutar la última y tradicional ceremonia del viaje"


"Aquí olía a fresco..."


"el agua susurraba por todas partes en lugar de los secos aletazos del aire"


"Y después de recibir las felicitaciones  de todos..."


"Por encima de las frondas seguía la furia del fuego, la garra del verano..."


He aprovechado las palabras del capítulo "Real Sitio", el último de "El río que nos lleva", para confeccionar un pequeño reportaje "collage"de la última lectura colectiva de este curso, la que disfrutamos en Aranjuez, el pasado sabado, 12 de julio. 

Era "la última y tradicional ceremonia". El agua susurraba y las altas frondas nos protegían de la garra del verano. Y Pedro Ojeda nos cautivó con sus palabras, a la sombra del dios Apolo. Los lectores terminamos de tejer nuestra visión de "El río que nos lleva", de José Luis Sampedro. Los árboles de Aranjuez nos prestaron hilo verde para rematar una satisfactoria labor. Porque la novela nos había gustado a todos. Y todos aprendimos de todos, por eso es una lectura colectiva.

Gracias a todos los que lo hicieron posible.

María Ángeles Merino

Enlace interesante: este pequeño vídeo publicado en la página de la AAAAUBU. Comprobad con qué ímpetu hablo del palio que compró el cura de Viana. 

lunes, 8 de septiembre de 2014

"El río que nos lleva": "Me dijeron que era un niño pero yo no lo vi nunca"




Viene de la entrada anterior:

Aquel día, en La Esperanza, Shannon, el irlandés, me buscaba. El pobre Royo había perdido la esperanza conmigo, otro se le había adelantao, qué buen nombre le dieron los gancheros.

Me encontró río abajo, chapoteando con los pies en el agua. Me senté en la peña, la falda negra me tapaba todo, sólo asomaban mis dedos blancos, un poco rojos por el agua tan fría. Suficiente.

Roy se quejaba de que yo le huía, que era difícil hablarme, Y lo decía triste, triste. Las mujeres solemos elegir mal, dicen que muchas veces buscamos los caminos más difíciles, caminos entre piedras.



Le digo que nos vemos tos los días, sonrío. No es eso y bien lo sé yo. Me contesta que al menos esta vez llega a tiempo. ¿Qué quiere decir?

¡Acabáramos! Me compró algo en Trillo. Habla y habla, está nervioso. No sabe si me gustarán, las gasto tanto por estas breñas. ¿De qué habla? Abro el paquete, aparecen unas alpargatas y unas medias negras de grueso algodón. Mis pobrecitas medias remendadas lucían sobre una  roca. Me hacían mucha falta pero yo que todavía se podían arreglar.

Royo corta. Parece mentira que le diga eso, a él que no pide nada. Y es verdad. En mi cara se dibuja un puchero, casi lloro. Pero enseguida río y extiendo las medias, las acaricio, como una niña. Confieso lo que me molestaban ya los remiendos, que pensé en ir sin nada, no podía, hacía frío todavía. Le miré con cariño y le agradecí el detalle, piensa en todo, en lo que no piensa ningún hombre, en que las medias se rompen. Y hay que zurcirlas, hasta que ya no caben más puntadas. Y molestan.


Sus palabras están bañadas de tristeza:
"Sí, ya lo sé. Yo soy el hombre que piensa en todo. Eso es lo malo en la vida: pensar."

¿Por qué no me las dio antes? No quería delante de los demás. Creerían. ¿Por qué habían de creer cosas malas? Royo buscaba un momento para estar conmigo, para hablar, sólo pedía unas palabras a cambio, bien poca cosa. Se hizo la ilusión, yo le diría muchas cosas, él me quitaría las penas. Pero Paula ya no era la de la ermita, la que le trajo hasta el río y la maderada. Me confesó: "yo vine por seguirte, por cuidarte, como por el destino. Estoy aquí por ti". 

No pudo seguir. Me miraba y yo...silenciosa, sumisa, cerrada como una piedra. "Y nadie se cierra así más que sobre un secreto". ¿Cuál era mi secreto? ¿Cuál era mi herida? Yo era una piedra, él pensaba y pensaba. ¿Era un tonto? No, era un hombre bueno. Se lo tenía que decir, no podía más. Si callaba, parecería un engaño. Y vería lo mala que era, y ya no me buscaría.



¿Mala Paula? Sí, mala, mala, o desgraciá. Y le conté, y se lo cuento a ustedes.

"Soy de Peñalén y bajé a servir a Cuenca". La historia de tantas. Perdí la cabeza por uno...Cuando supo que iba a tener un hijo suyo no quiso saber nada. Vi cómo era de verdad, nunca daría a un hijo un padre así, ni aunque hubiera querido volver. Viví en casa de una tía, en Cuenca, hasta que nació el niño. 

Me ahogaba al contarlo, callé. Apretaba el brazo de aquel hombre tan bueno, tan distinto al mal nacido que me dejó preñá. Por fin:

"El niño, o la niña. Me dijeron que era un niño, pero yo no lo vi nunca. Mi tía...mi tía lo mató". 

Me costaba tanto sacar fuera aquello, era un parto de palabras. Royo quería hablar, iba a consolarme, no...Seguí:

"-Sí, estoy segura...Yo, al tenerlo, medio perdí el sentido, pero su llanto me revivió. No, no fue ilusión...aún le volví a oír bien despierta, y aún otra vez más. Y ya nunca, ya nunca"

"El recién nacido". La Tour

Mi madre y mi tía entraron en mi cuarto, muy blancas, temblaban. Pedí a mi hijo y mi tía me dijo que había nacido muerto. Mi madre callaba y no me miraba. Yo sabía que era mentira. ¡Cómo lloraba el pobrecito!  Hasta que ya no pudo llorar más.

No querían que volviera al pueblo deshonrá, tenían ya uno con quien arreglarme allí. Me escapé de mi casa. Fue cosa de mi tía que en la parte de atrás de su casa criaba cerdos, Y era allí donde lloraba mi hijo. Le hubiera querido, le hubiera lavado, le hubiera vestido, como toas las madres. Como toas no, como la mía no, la mía no me defendió. "¡Cómo lloraba!". 

Silencio. Shannon, ya me salió el nombre, con cara de dolor, miraba al cielo, donde solo podía ver peñascos y nubes blancas. 


Parque Natural del alto Tajo

Acabo.  Fui a parar a la maderada. 

Un poco de aire, un poco de río, un poco de tiempo. Roy me preguntó qué iba a hacer, no hubo tiempo para responder. Como caído de un peñasco, apareció el Dámaso con su gancho.

No sé a dónde iré; pero nunca volveré a mi casa. Ahora ya saben por qué huyo y de qué huyo.  Y por qué me sentó tan mal la broma del Cacholo. 

Seguí hasta Aranjuez, allí...




Se despide:

Paula

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Aunque "El río que nos lleva" es un libro muy denso y daría para muchas más entradas, doy por concluida la serie que he dedicado a Paula y me despido de un gran libro, de un gran escritor: José Luis Sampedro.
El río nos lleva.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

"El río que nos lleva": "Bueno, señoras, esto se ha terminado. No pienso acostarme con ese tío, conque vámonos."



Las hermanas Ruiz, Jesusa y Cándida (imagen de la película tomada de You Tube)


Comentario de algunas páginas de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Todas giran en torno al personaje de Paula.

¡Hola! Aquí estoy de nuevo y les cuento.

Aquellas dos brujas, Jesusa y Cándida, las hermanas del cacique Benigno, me tenían preparada una sorpresa. Allí estaba, tras una puerta nueva. La abrieron y me empujaron suavemente hacia la parte de la casa oculta, pegada a las faldas del monte.

-"¿Ves muchacha? Aquí estarías como una reina si te colocaras en la casa. Duerme esta noche y piénsatelo."


La luna del armario, la cama enorme, los felpudillos, los lacitos de la lámpara, ¡uf! Me cegaba la luz estrellada sobre la colcha de seda roja. Qué asco tanto primor, aquel perfume dulzón...¿Pensarán que soy tonta? Sé donde se montan alcobas así...



Se fue la Paula modosita. Me revolví, fui de nuevo la Paula que saca las uñas:

"Bueno, señoras, esto se ha terminado. No pienso acostarme con ese tío, conque vámonos."

Hacían aspavientos, decían que "la pobre moza" se había vuelto loca de vivir en el monte. Y me cerraban la salida. Pedí paso y, no hubo más remedio, eché la mano al escote y saqué la navaja. Iban a salir, me iban a dejar encerrada. 



Fue todo de repente, una sombra cayó desde la tapia. Era el Encontrao que apareció en la puerta,  las hermanitas se hicieron a un lado, asustadas. Vino hacia mí y me preguntó si me habían "dañao". Ellas aprovecharon para salir y echar la llave, qué rapidez, las muy zorras. Por la ventana, Jesusa, qué valiente, nos gritaba:

-"Ahora veremos esas calumnias y ese allanar las casas honradas saltando tapias. Ahora darás cuenta a las autoridades, tú y tu amigo, ¡desagradecida!"

Corrió a llamar a su hermano, mientras Cándida nos animaba a  aprovechar la alcoba mientras venían a llevarnos a la cárcel, qué simpática. 


Pero yo ya no tenía miedo, sólo asco. Miraba a mi hombre, le preguntaba cómo llegó tan a tiempo. Se le atravesó don Benigno, "ese verraco" y sus atenciones, hasta arriba de "miel envenená". Me vio entrar y se quedó junto a la casa, esperaba algo y no sabía qué. Sintió hablar a dos mozas:

"La nueva ya está cayendo", decía una. "¡Cómo se les iba a escapar a las viejas!..."

Arrebatao, buscó una entrá por la parte datrás de la casa. Cayó mismamente por el patio. Yo sentía haberle metido en un lío de los gordos pero él no le daba importancia, alguien tenía que hacer frente a gente tan mala. Señalaba la habitación y decía: "¡Mira que esto!". 

Teníamos que salir, desde los barrotes insultaba a la Cándida que nos arrojaba sus palabras burlonas:


"Ahora, ahora abriré, ladroncillo de patios. A ti y a tu palomita. Ahora, en cuanto vengan con la red."



Y el Antonio que no es hombre tu hermano pa querer cogerme. Y ella que más hombre que tú, galán, ya lo verás. 

Se abrió la puerta que daba al patio. El Encontrao se echaba patrás, mudó la color. Eran los civiles, no llevaba papeles y era buscado.



De pronto recordé, ¡yo tenía papeles!, en la faltriquera, entre la falda y las enaguas. Se los di a Antonio que me preguntaba, con cara asombrá, de qué los tenía. Luego se lo diría. 

¿Os acordáis de aquel ganchero herido en el pie? Aquel que acompañé, camino de su pueblo, montado en el burro "Canalejas". Sí, fue el día en que conocí a Royo, el irlandés. No me acordé de devolverle los papeles cuando lo dejé con el carretero, camino de Villanueva. 

Cédulas


Golpeaban la puerta. Mientras las viejas abrían, el Encontrao echó un vistazo a los papeles:

"Había una resobada cédula personal a nombre de Miguel Cofrentes Agudo, jornalero, de veintiocho años, nacido en Checa. Y también un papel del Sindicato como ganchero."

Los guardó, la puerta se abría, los civiles nos mandaban salir. "Estaban en el patio las dos  hermanas, el Benigno y una pareja de la Guardia Civil". 

Ns cachearon. el Encontrao no llevaba armas, sólo una navaja de las que se usan en la tierra, una herramienta pa trabajar, no un arma. El Benigno insistía: "los papeles, guardia, los papeles". El guardía los leyó bien leídos mientras el otro civil miraba los míos; pero no le daba miedo el cacique. Preguntó qué había pasado, Jesusa saltó que si "ese ladrón" que entró por la tapia, les amenazó y "estaría en combinación" con una "mala pécora" que era yo.

Grité que era mentira y el guardia me mandó callar. La vieja desafiaba: "que hable". No sé qué decía de calumnias y gente honrada que ofreció ...techo, pan. Sí,  para una esclava de alcoba. Yo señalaba a los civiles: "¡Ahí, ése era el techo...Pasen, pasen todos  ver la cama de una criada en esta casa". 

Y pasaron y trataron de poner orden entre las acusaciones de uno y otro lado. Pero, ante mi sorpresa, no se llevaron preso a Antonio. Porque "cierto que había saltado la cerca", pero fue porque yo había pedido socorro. Solo le ordenaron que no abandonara la maderada por si volvían a interrogarle. Los del tricornio habían visto el brillo de la colcha, la alcoba tan bien dispuesta. No, no lo prohíbe la ley pero da que pensar.

El Benigno atacaba, mezclando la invasión de su casa con la muerte del perro y el discurso del Negro incitando a la violencia del pueblo. Yo no sabía nada de eso, los gancheros me lo contaron más tarde.


El perro de Benigno muerto en la plaza de toros (foto sacada a You Tube)

El Encontrao  y yo tomamos el camino del río. Cuando pasamos, había un perro destripao en mitad la plaza. Y  gente que rumiaba algo que había pasado. Y un muchacho que había contestado al Negro, como voz del pueblo. El Benigno estaría furioso, no olvidaría todo aquello, bien lo supe después...


El Negro y el muchacho que le sigue como "voz del pueblo"(foto sacada a You Tube)


De la mano de Antonio, caminaba olvidada de todo. Sólo cuando recordaba "aquella alcoba, con su perfume barato para tapar el sudor", me venía a la boca una bocanada, asco, mucho asco. En el cruce, el Encontrao pensó en esperar a los civiles, para darles las gracias. A mí me dio miedo, él me tranquilizó: que no pasara cuidado, que habían sido buena gente y, además, así verían que no les huía.

Cuando Antonio habló con los guardias, el primera contestó con una pregunta: "¿Usted cree que en el puesto no sabemos quiénes son los Ruices?". Me miró y añadió en voz baja: "Yo tengo una hermana, allá en mi pueblo. Tan guapa como esta moza". 

El primera sonrió cuando el Encontrao le dijo: "hemos tenido suerte con usté". Contestó: "Por ahora sí...Pero tenemos que dar parte. No se te ocurra dejar la maderada sin decir bien dónde vas".

Nos despedimos de la pareja de los fusiles y seguimos hacia el río, dando vueltas a las palabras del primera.

Seguiré contando. Solo me falta contarles por qué la broma del Cacholo me hizo tanto daño. Y así sabrán por qué huyo y de qué huyo. El secreto de Paula, la mujer en sombra.


Me despido de ustedes:

Paula

Un abrazo de María Ángeles Merino

Seguiremos con Paula. Y dejaremos las orillas del río que nos lleva en busca de un Quijote avellanado.

martes, 19 de agosto de 2014

"El río que nos lleva": "Eso, eso, como una paloma, como lo que es la moza"

Eulalia Ramón es  Paula en la película "El río que nos lleva", basada en la novela del mismo título (tomada de You Tube)

Comentario de algunas páginas de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Todas giran en torno al personaje de Paula.

Les saludo de nuevo, soy Paula, la mujer que va con los gancheros. Como les prometí, sigo contándoles lo que me pasó en Sotondo. 


La botarga salió a recibirnos. Me daba miedo su cara de diablo. Me contaron que, bajo el sayal y la máscara, se escondía un mozo del pueblo, el  menos vergonzoso de todos. "El más jaque" dicen por estas tierras. Se nos puso por delante y agitaba los cascabeles cosidos a su ropa, mientras le daba y le daba a la carraca. Los chiquillos le rodeaban y le ladraban los perros. ¡Qué saltos los suyos! No nos dejó en paz hasta que el Americano pronunció la frase de costumbre: "En paz venimos y en paz estamos...A traer el cordero y a matar el toro vamos". 


El mozo enmascarado nos saludó con una reverencia y nos acompañó hasta la entrada del pueblo. Los del río conocían a algunos labradores pero no se juntaban con ellos, iban juntos pero no revueltos. Parecían soldados con los ganchos como armas. Algunos se fueron derechitos a la taberna, yo me fui con los que se dirigían a la plaza.



En la plaza, muchas boinas y un sombrero. Chaleco, cadena y sortijón de oro. Conocí al cacique del pueblo, Benigno Ruiz, que no me quitaba la vista de encima.  No se aguantaba sin tirar de la lengua al Americano:

"¡Cómo habéis adelantao! Nunca había visto a los gancheros llevando moza".


Benigno Ruiz, el cacique de Sotondo (imagen de la película tomada con el móvil, de You Tube)

Francisco, para cortar en seco , dejó caer una mentira piadosa: yo era hija de unos amigos y me acompañaban  hasta Trillo. En mi vida conocí hombre más prudente. 

Benigno contestó que si fuera yo su hija no la dejaría, que los de la cuadrilla eran "demasiado granujas" y yo estaba "demasiado bien". Palabras dañinas, peor  la mirada. Camino de la plaza, no dejó de comerme con sus ojos ansiosos.



El alguacil tocó la trompeta y redobló el tamboril. En la plaza vacía, asomó de nuevo la botarga, asustando a los chiquillos con sus saltos. 

Tras un gran silencio, el que hacía de toro saltó a la plaza. Era un mozo joven tapado con una manta parda y una cuerda deshilachada como si fuera el rabo. Corría agachado y sujetaba un cabezón de madera con dos grandes cuernos. La gente se burlaba o le gastaba bromas brutales. Las mozas eran las que más reían las gracias.


El "toro"de Sotondo (imagen de la película tomada de You Tube)

Aquel odioso Benigno tenía ganas de pegar la hebra conmigo, empezó con que  si me gustaba el bicho. Se puso de pie y llamó a voces al toro, ordenándole que se acercase. Y el "bicho" obedeció mansamente, cómo no podía ser de otra manera. Y le preguntaba si le molestaban los cuernos, que bien grandes se los habían puesto. Al final, lo despacha con un "vete a saltar por ahí, desgraciao". 

Por si no nos habíamos dado cuenta, una de sus hermanas, más seca que la salmuera, me explicaba que su hermanito hacía lo que quería con todos. El Ruiz movía la cabezota, así era: todos le debían dinero. Y pagaban, ya lo creo que pagaban.

Sacó un puro y me preguntó si me estorbaba el humo, con maneras de señorito fino que le hacían todavía más grosero, si eso era posible.

Comenzó el paseíllo, con la cuadrilla de gancheros: a la cabeza iba el Coleta que había sido torero maletilla, detrás los peones, el Negro, el Seco...los chapeos como montera. 

El "Coleta" (imagen de la película tomada de You Tube)


La gente iba a marcharse, la lidia no era hasta la tarde. Pero, de repente, entró en la plaza un hombre con aire desesperado, pidiendo un médico para su mujer.

"¡Favor! ¡Favor!...¿No hay un médico pa un caso de apuro? ¡Que se me muere, que se me muere, mi prenda de mi alma!"

Muchos se olieron la broma. Otros se apiadaban del hombre. El alguacil le dijo que no había médico; pero, al verle la cara de guasa, se puso serio y preguntó qué le pasaba. 

"Mi mujer que está al parir y acaba de darle el dolor de madre. ¡Ay mujercita mía! ¡Ay mi cordera!"


Todos reían , yo no podía reír. Seguía la comedia. Dos ganchos y una manta servían como camilla donde traían tendido al Cacholo que se retorcía. Vestía una blusa ancha como si fuera una mujer preñada. Gritaba:

"¡Ay madre!...¡Ay Virgen del Cuarto de Hora! ¡Si me ayudas te ofrezco una vela como los cuernos del toro de Sotondo!"

El Benigno reía groseramente. Llamó a un borracho llamado Leocadio para hacer de médico. El Cacholo seguía lamentándose con sus lamentos de parturienta: bien se lo decía su madre, los estropicios de los hombres, "si ellos tuvieran los hijos, pronto se acabaría el mundo". 



Pidió agua, un viejo le lanzó una bota, echó un trago largo y siguió con su marido: "Mírenlo, buenas señoras, y qué tranquilo anda...". El Leocadio con su nariz colorada era el partero. Aquello no me hacía maldita la gracia y no digamos cuando sacaron un cabritillo de debajo de la blusa del Cacholo que lo tomó en brazos y exclamó: "¡Eres igual que tu padre!". Y se puso a hacer como si le diera de mamar. 

Yo apretaba los puños, los nudillos se me ponían blancos de tanto apretar. Quieta, quieta, con los ojos llenos de agua. Benigno me decía que no hiciera duelo, que eso lo pasaban toas "sin más allá". Y me dijo bajito algo de los hombres que tienen mundo y "se hace lo que se quiere y no pasa na". ¿Qué sabrá el Ruiz de los dolores de una mujer? Tal vez piensa que me da miedo el parto o la preñez. No, don Benigno, es peor parir y...

Era la hora de comer, a gusto hubiera comido con los gancheros pero fui invitada  a comer con las hermanas Ruiz, en su casa. Yo quise negarme pero el Benigno dijo que "no iba  a estar...sola entre todos los hombres". 

En aquella comida, todo era hablar del poder de su querido hermano. "Puede hacer lo que le da la gana" decía Jesusa, la mayor. Y añadía: "pero en sabiendo pedirle como Dios manda, es un pedazo de pan". Cándida, la pequeña, estaba de acuerdo: "tiene que defenderse y estar en su sitio...porque si no la gentuza nos robaría como en despoblado, pero también es generoso como el oro. Y si se le entra por el ojito derecho, ¡uy!, es todo mieles. 


Las hermanas Ruiz  (imagen de la película tomada de You Tube)

¿Pedazo de pan? ¿Todo mieles? Será pan duro y miel harto amarga. Se pasaban el nombre de Benigno de la una a la otra y fui entendiendo... buscaban colocarme...en la alcoba de su hermano. Que "aunque tuviera sus cosas, como cualquier hombre, también era verdad que todas habían quedado tan contentas y dando gracias a quien les había sacado de la miseria".


¿Miseria? ¿Había mayor miseria que la que me proponía la señorita Ruiz? 

Querían sonsacarme: si tenía parientes para acompañarme, pobrecilla sola y desamparada, ni casa ni nada..."¡cuán dura tenía que ser la jornada con los gancheros!". Dios, qué me estaban insinuando...

¿Por qué no me quedo en su casa?A Jesusa le parece, a Cándida también.  Que su favorecedor hermano les había dicho que ya estaban ya con años para "el desempeño y atender a la enferma". Un poco después, conocería a Felisa, la mujer de Benigno, "la enferma"

Mejor colocación no podía tener, con gente temerosa de Dios y mirada con los sirvientes, ellas se lo decían todo. Nada, nada, no podía decir que no. Debía pensarlo, tiempo había. "Como que aquella noche al menos dormiría en la casa, en vez de hacerlo por el monte, como las zorras, que aún hay compasión en el mundo". Cándida se había ido de la lengua y Jesusa le hizo rectificar. No como las zorras sino como una paloma, como "un animalillo del Señor".


Brotó una voz doliente de una alcoba que comunicaba con el comedor: "Eso, eso, como una paloma, como lo que es la moza". Era Felisa, quería verme. Entré en aquel dormitorio triste, me acerqué, me cogió la mano, me la acarició y, enseguida, se aferró a mi brazo desesperadamente. 



Hablaba como si pensara en voz alta: "como yo entonces...Te dirán que te quedes...¿Qué vas a contestarles?"

Cándida le dijo, de malos modos, que me dejara en paz. La enferma aseguraba que a ella le daba lo mismo pero...me cogen del brazo y me sacan fuera de allí. Apenas me dio tiempo a desearle que se mejorara, lo que se suele decir. Lo último que  oí es que le costaba trabajo morirse. 

Pregunté si estaba muy enferma, para Jesusa y Cándida "todo son nervios" y "ahí tumbada se da la gran vida, sin hacer nada". Todo eran reproches y desprecio para la pobre enferma que ni hijos supo darle, "a un hombre tan hombre". Y alabanzas para "el pobre Benigno", al cielo tenía que ir. Vamos, un santo. 

Sonó la corneta del alguacil y nos asomamos al balcón, comenzaba la corrida. A ver si ahora me dejaban en paz. Desfilaba la cuadrilla, surgió el toro y allá que iba el Coleta...No contaré lo de la plaza..."tan pronto como las navajas centellearon al sol, las dos hermanas cerraron el balcón, metiéndose dentro...". Aquello no era pa señoritas que leen el periódico y la hoja parroquial.  Era pa salvajes, como decían. Bien saben ellas lo que es un salvaje...

Yo me mostraba buena y modosa. Desde la broma del Cacholo, dando a luz un cabritillo, yo no atendía a nada ni nadie. Como si flotara. No contestaba, hasta que oí algo de dormir. ¿Dormir? ¡No!, allí ni hablar.

Me entretuvieron enseñándome la casa: la sala, la cocina, la despensa, los graneros, las cuadras y un patio trasero que cruzamos...Y allí estaba la sorpresa, tras una puerta nueva. La abrieron y me empujaron suavemente hacia la parte más escondida de la casa, pegada a las faldas del monte:

-"¿Ves muchacha? Aquí estarías como una reina si te colocaras en la casa. Duerme esta noche y piénsatelo."

Seguiré contándoles lo que tenían pa estar como una reina. Y por qué la broma del parto me hizo tanto daño. Sabrán por qué huyo y de qué huyo.

Me despido de ustedes:

Paula

Un abrazo de María Ángeles Merino

Seguiremos con Paula. 

jueves, 7 de agosto de 2014

"El río que nos lleva": "al conjuro de la flauta"



Amanecer del día 6 de agosto de 2014, en Palacios de Benaver (Burgos)


Comentario de algunas páginas de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Todas giran en torno al personaje de Paula.

“Antes que en la luz y en los colores, el día comenzaba en los olores campestres y la excitación del olfato”.

Los colores del alba recorrían el cielo. Una flauta repetía la canción más tonta del mundo, una y otra vez:  pi, pii, piii. Uno, dos y tres. ¿Y el músico? Un pastor viejísimo que guardaba sus ovejas. El cielo mudaba del verde al amarillo. ¡Iba a salir el sol! 

“Como se infla la bola ardiente cuando se sopla el vidrio, así crecía el oro celeste al conjuro de la flauta, recortando al acero la línea de los montes”.

Chirriaba el pasamatas y titiaba el colorín: ti, ti, ti. El andarrío "pasaba y repasaba a ras de agua", ni un trocito de agua me dejan vuestros maderos...la moñuda cogujada buscaba materiales para su nido. 

"Sí los pájaros; pero también el reino de las aguas hervía de libélulas, zapateros y nuevas larvas"


¡Ay! Me crucé con Royo que miraba embobado a dos culebras de agua que iban a la par, sin romper el agua. ¿Será que en los ríos de su tierra no viven los bichos?

 Le sonreí, me inflé un poquito. Ahora me miraba como si tuviera algo extraño. Pues no, que llevaba la ropa, el pañuelo y las alpargatas de siempre. Como si no pudiera hablar, me saludó con un gesto. La primavera hacía su labor, a él también le había llegado la música bruja del pastor. 

En el campamento, preparaban lo del toro hombre en Sotondo, festejo en que los gancheros eran invitados cada año. El pueblo lo esperaba, con alegría e inquietud a la vez. A las mozas algo se las removía algo por dentro cuando hablaban con desprecio de "aquellos hombres de mala fama", pero no dejaban de pensar en qué vestido ponerse para llamar más su atención. Los novios amenazaban con dejarlas plantadas...Uno de ellos, "el más jaque", vestiría "la botarga encargada de dar la tradicional bienvenida a los gancheros: un disfraz como de sayal, con tosca máscara de diablo sobre el rostro, cascabeles en los tobillos y en el cinturón y una carraca en la mano".



Paula seguirá contándonos. Esta es una entrada de verano corta, la escritura fluye lenta, lenta.

Un abrazo para los que asoméis por aquí:

María Ángeles Merino

jueves, 31 de julio de 2014

"El río que nos lleva": "Que se te escapa el agua, muchacha"

El río Tajo en su nacimiento (foto cortesía de M.J. Caballero)

Comentario de algunas páginas de la  novela "El río que nos lleva" de José Luis Sampedro (Cátedra). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Todas giran en torno al personaje de Paula.


¿Una mujer en la maderada?

Sí, me llamo Paula. Es verdad, nunca se vio a una mujer con los gancheros. No salí con ellos, no soy ganchera, casi se puede decir que me recogieron. Huía de mi casa y de mí misma, ahora me ocupo de su rancho, migas, sopas y no mucho más. Y lavo la escasa vajilla en las aguas del Tajo, el río que nos lleva.

Paula, Shannon y el Americano Película "El río que nos lleva"

Soy la  mujer misteriosa y fugitiva que atrae sus miradas, provoco su inquietud  pero no pasan de ahí porque hubo un pacto de respeto hacia mi persona:

"¿Como una hermana, ¿eh?...
Sí-suscribió el Seco aquel pacto-. Pero, ¡oye!, pa tos. Que lo sepáis bien...!"

En tres ocasiones, pensé en usar la navaja que guardo en mi pecho, no con los hombres del "Americano"... Voy cargada con mi pasado, con el llanto desesperado de un niño...ya les contaré.

Aquella noche, Francisco el capataz, el Americano, llegó tarde al campamento. Había estado en casa de  don Ángel, el cura de Oterón. El "Americano" sabía de mis tormentos, me aconsejó que hablara con el sacerdote "como cuando te hablas tú sola". A él le había hecho mucho bien.

Al día siguiente, montada en el Canalejas, acompañé al beaturrón del "Cuatrodedos" que tenía permiso para asistir a la procesión , la del retorno del Cristo, en Oterón. Yo traería de paso unas compras del rancho. Y aprovecharía para hablar con don Ángel.

Paula montada en el "Canalejas"

Oíamos las campanas alegres de la Resurrección, parecía que"corría un júbilo por el campo"



Cuando terminé los quehaceres, busqué en la iglesia al cura y lo encontré en una oscura capilla, clavando al Cristo otra vez en la cruz, sólo él se atrevía. Le rodeaban unas viejas que me miraban con recelo. 

Pasamos a su casa, me invitó a comer. Eugenia, el ama, había preparado una buena comida, seguramente para compensar el ayuno de don Ángel durante el día anterior, Viernes Santo. Me miró despacio y me dijo lo que los hombres me suelen decir, pero de otra manera:

"Eres muy guapa. Bueno, no exactamente guapa; eres...muy mujer. No te parezca mal que te lo diga, hija. Peor sería que me guardara la impresión. No me gustan los tapujos". A mí tampoco me gustaban y agradecía la manera en que él me lo decía, con exquisita delicadeza.

El zaguán invitaba a la soledad, me sentía confiada y abandoné tranquila la tensión de estar a la defensiva. Comencé a hablar sin mirarle, la vista en un Corazón de Jesús de hojalata. 

Un zaguán cualquiera

Lo de "muy mujer" era mi desgracia y no lo podía remediar. Así se lo dije al padre y él me contestó que ya se veía que así era. La voz me lloraba de gratitud. ¿De veras lo veía?

Nos sentamos bajo el soportal del huerto. Eugenia ,se asomó y me miró asombrada. Desapareció hasta la hora de comer. El cura y yo hablamos mientras el sol y las sombras repetían su camino diario, mientras las plantas y los insectos absorbían en silencio la luz del sol:

"Infinitos corazones de animales y plantas estaban viviendo a chorros y muriendo un poco en aquel huerto absolutamente inmóvil..."


Un poco antes de que Eugenia trajera la mesa para comer, me bendijo con la señal de la cruz. Comimos y ayudé al ama a fregar los platos, hablábamos de comidas y limpiezas como dos viejas amigas, aunque acabáramos de conocernos. El café salía gota a gota de la maquinilla, qué rico estaba, qué bien se estaba allí:

"Hubo un instante en que el aire fue perfecto. De suavidad, de olor vegetal, de paz."



Se me iban a saltar las lágrimas, exclamé: "¡Ay Virgen, quién pudiera quedarse aquí pa siempre!". Me salió del alma, el cura me miraba y me dijo que no podría, no por él ni por Eugenia; porque estaba "en la primavera de la vida" y su casa era "el albergue del invierno". Tenía que vivir. ¿Vivir?¿Cómo?


Me despedí, la mujer me abrazaba una y otra vez. Ya en el zaguán pregunté al cura, por última vez, por qué serían así las cosas. La respuesta no podía ser otra: "porque Dios quiere". El viejo sacerdote me deseó que Dios me acompañara y me diera la paz. No es fácil la paz... Las campanas del Angelus volvieron a tocar, celebraban la gloria del sábado.

Pienso que don Ángel se quedaría rezando por mí.

..."en la primavera de la vida". Sierra abajo, la primavera se adelantaba. Y llegó para mí. Aquel día en la fuente, en Ocentejo, conocí a Antonio, al que llamaron el "Encontrao". La música del agua en la vasija y "la seguridad jactanciosa de aquellos ojos". Me seguía barranco abajo. 



"Que se te escapa el agua, muchacha"
"¡Déjeme en paz! Adiós" 
"¡Ay morena!... llevamos el mismo camino."

La sorpresa me dejó indecisa. Aquel hombre venía "mandao por el jefe de la maderada". Le había dado trabajo en nuestra cuadrilla. ¿Quién sería? "He de tener cuidado", pensé. Como dijo el Chepa: "tendrá su secreto, como tos..."

Sí, Chepa, aquí todos tenemos nuestro secreto.

No sabría explicar lo que me pasaba. El madero donde me arrodillaba para fregar era ahora más blando y suave, el agua más tibia, el atardecer más dulce. 



Antonio volvió a requebrarme y yo recordaba el pacto que había hecho con los de la cuadrilla.

"-Vete, hombre,vete, que nos pueden ver.
...
"Espera, Antonio...Mira que voy a tener que irme de aquí, y ahora no quiero.
Mejor sería. Te vas para tu casa y me aguardas."

Yo no tenía donde ir y el "Encontrao" tampoco. Estaba él y estaban los otros. Los nombré: "Francisco, Quintín, Correa, Chepa, el mismo Seco y...el Royo". ¿El Royo? Me preguntó por qué  lo llamaba así. no le cabía en la cabeza que eso fuera su nombre. "Virgen, ¿tenía celos? ", me decía yo feliz. Me dieron ganas de jugar al oír: "Ése no te me lleva , ¡qué va!, pero me amuela cómo te mira. No quiero ni que pienses en él."



Le provoco: ¿Y quién eres tú, si no hemos hablado nunca na? 

Pero Antonio lo tenía claro: Pa qué hablar! ¿Qué tienen que hablar un hombre y una mujer, si tienen sangre, y si saben lo que hay que saber? ¿No nos miramos ya hondo el primer día?"

Me rendí, me sometí, confesé : "Qué voy a hacer...si tenía que ser...Y luego harás conmigo lo que tos, cuando tenéis una mujer entregá: tirarla...¡Ay, Antonio, mira que no soy de ésas! ¡Que yo me esgarro el alma, que esta vez me mato, Antonio, que ya no tengo na!"

Aunque  parecía muy seguro de sí mismo, se quedó impresionado "con la verdad clavada en aquel grito". Hubo un silencio de agua, ramas y pájaros. Y un "que se te escapa el cántaro, muchacha", la otra vez era el agua lo que se escapaba...


Cántaro
"Navaja de la inquietud". Le pido que se vaya, pero él se levanta tranquilo. "Y pronuncia seguro:
-Están ciegos...¡Ay, si no lo estuvieran, yo hubiera llegao tarde!"

No estaban ciegos, no sé qué le dijo el Seco a Antonio, en un aparte, después de cenar. Pero todos imaginamos que le espetó que si él se aguantaba, se aguantaba to Cristo, que Paula era pa tos, pa lo bueno. Sí era la primavera, croaban las ranas...Royo nos contó como las había visto salir del barro...

"Roncas, monótonas, destempladas, pero exactas, obsesionantes hasta el vértigo, eran la más auténtica voz para quebrar el letargo invernal del planeta".

Otro día les contaré lo que me pasó en la casa de Benigno, el cacique de Sotondo. Y por qué soy tan mala o...tan desgraciá, ustedes juzgarán. 

Paula

Un abrazo de:

María Ángeles Merino