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domingo, 22 de marzo de 2009

Una venta con mucha leña



Esta vez hago el comentario, en forma epistolar, el barbero de la bacía escribe una carta, pidiendo ayuda, al barbero Maese Nicolás.

Discúlpeme, don Miguel, por inventarme esta carta y salirme un poco de su relato.

Carta de un barbero a otro barbero.

Señor Maese Nicolás, barbero de profesión:

Espero de vuestra merced, escuche mis cuitas y tenga en cuenta nuestro mismo gremio y oficio. Con toda verdad os digo que estoy en trance de convertirme en un loco, mucho más loco que ése que llamáis don Quijote. Posiblemente, ay, mis últimos días tengan, como escenario, a uno de esos terribles asilos para alienados, donde encadenan y amordazan a los pobres desgraciados que pierden el juicio.

Siguiendo mi camino, fui a dar a aquella endemoniada venta. Llevaba mi jumento a la caballeriza cuando me encontré ¡al ladrón de mi albarda! Reconocí al criado, o escudero o lo que sea, de cierto endemoniado que me enristró con el lanzón y me robó la bacía, aquel malaventurado día de lluvia en que perdí ambas cosas. Al reconocer mi albarda, arremetí contra él, reclamando mi propiedad y me encontré con sangre en la boca.

Me dirigí a aquellos señores y señoras, algunos muy principales, otros simples villanos, para preguntarles su opinión acerca de lo que porfiaba el extravagante caballero que llamaba yelmo de Mambrino a mi bacía , la misma que tantas barbas y tanta sangre ha visto.

Confiaba en el buen juicio de vuestra merced, mas me quedé con la boca abierta cuando escuché vuestro discurso en el que os declarabais barbero examinado, con más de veinte años de ejercicio y conocedor de todos los instrumentos barberiles. Asimismo relatabais vuestra mocedad soldadesca, no pudiendo tener dudas en lo que toca a yelmos, morriones y celadas. Creía estar soñando cuando manifestabais:” esta pieza… no es bacía de barbero… está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negro”.Confirmaron lo que decíais un cura y dos caballeros a los que se dirigían con los nombres de Cardenio y Fernando, más los acompañantes de este último.

Aquel loco, atribuía las dudas a los encantamientos que continuamente ocurrían en aquel lugar, que en sus delirios, llamaba castillo y no venta. Menuda sarta de majaderías que desgranaba, que si un moro encantado, que si los secuaces, que si lo colgaron del brazo. ¡Ah! Y los encantamientos afectaban, únicamente, a los caballeros armados como tales, por lo que confiaba en el juicio de los presentes, libres de esa condición.

Aquel noble caballero, don Fernando, decidió someter a votación la solución de este caso. Para los que seguían la burla, era “todo esto materia de grandísima risa”. Para los que no estaban en ella: don Luis, los cuatro criados de don Luis, tres cuadrilleros y mi modesta persona…estábamos ante el mayor disparate del mundo.

Yo estaba desesperado, la bacía, ante mis ojos, se me había vuelto en yelmo de Mambrino, y tenía que soportar sus risas y palabritas al oído. Aquel don Fernando, después de tomar los votos de los que conocían a don Quijote, me informó de que mi albarda era jaez de caballo castizo. ¡Mi burro y yo sin saberlo! Me resigné, qué remedio, si me lo dice un señor tan alto… Dije aquello de “Allá van leyes donde van reyes”. No estaba borracho, ni siquiera había desayunado. ¡Cuántas risas! En esto, don Quijote sentenció:

“Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.”

Me sentí muy aliviado cuando uno de los cuatro criados de aquel jovencito, don Luis, manifestó su disconformidad “con hombres de tanto entendimiento”, afirmando que no era bacía ni albarda. ¡Por fin hablaba la voz del sentido común!

Uno de los de la Santa Hermandad perdió la paciencia ante una pendencia tan absurda, obviando la alta condición social de algunos burlones enfadado declaró:”Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de estar hecho uva.”. Don Quijote no pudo soportar que le trataran de mentiroso y borracho y tras “un mentís, bellaco”, arremete con su lanzón, contra el cuadrillero. El golpe iba a ser tremendo, gracias a cielo puede dar de que se desvió, evitando caer muerto allí mismo. El arma se hizo pedazos y se oyeron voces pidiendo favor a la Santa Hermandad. El ventero, dada su condición asimismo de cuadrillero, los venteros suelen poseerla aunque hayan sido de manos ligeras, fue con presteza a buscar su varilla y su espada, para socorrer al compañero.

Vuestra merced ya conoce la confusión y la leña que reinó en la venta, a partir de ese momento.
Los cuatro criados rodearon a su joven señor, yo aproveché para atrapar mi albarda al mismo tiempo que el Sancho de mis pecados, don Quijote propinaba espadazos a los de la Santa, don Luis voceaba, Cardenio y don Fernando favorecían al loco, el cura daba voces, la ventera gritaba, las mujeres lloraban, se desmayaban…Yo aporreaba al ladrón de mi albarda que hacía lo propio conmigo, don Luis dio una puñada a un criado, el oidor empeñado en defender al muchacho, don Fernando pisoteando a un cuadrillero...

En medio de aquella batalla campal, nuestro loco Quijote recordó la discordia del campo de Agramante , donde cada uno peleaba por una causa diferente y nadie se entendía , trasladándola a nuestro caso por afinidad. Decidió que el oidor fuera el rey Agramante y el cura fuera el rey Sobrino. Añadió, muy cuerdamente, que “es gran bellaquería que tanta gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas”.

Los cuadrilleros no sabían nada de orlandos furiosos ni de carlomagnos, ni entendían ni querían sosegarse. El ventero reclamaba un castigo para el loco que le alborotaba la venta. Por mi parte, no me quedaba más remedio que tomar sosiego, mi bacía-yelmo no vería ya peos de barba ni lanceta, mi asno no llevaría nunca tal albarda-yelmo.

Confío en que vuestra merced me conceda la gracia de contarme la verdad –verdad ¿Bacía o yelmo? ¡Albarda o jaez? Se preguntará su merced ¿es que todavía no la conoce? Aunque parezca mentira, me están entrando dudas…Vienen a buscarme, creo que son los guardianes del asilo de alienados.

Aquí termina la carta del sobrebarbero al barbero Nicolás. La presente nunca fue cursada, fue encontrada, muchos años después, en un cajón secreto.

Un abrazo Pedro, espero que te estés curado y que no hayas tomado los escaramujos , ésos de Fierabrás.

Un saludo a todos los visitantes.

María Ángeles Merino

Pedro Ojeda Escudero dijo en http://laacequia.blogspot.com/

ABEJITA: qué buena perspectiva para el comentario, me gusta mucho y la creo muy acertada.De cada uno de los pasajes del Quijote sería posible hacer un contrarrelato. Es más, siempre nos quedamos con las ganas de saber más de ellos.
Merche Pallarés dijo también en http://laacequia.blogspot.com/

MERCHE: en efecto, estupenda. Cualquier día de estos aclararé lo de los escaramujos, que iba en clave. La gripe, no, que es bien cierta. Ay.

GRACIAS A PEDRO Y A MERCHE.

domingo, 15 de marzo de 2009

¿Hay baciyelmos en nuestra vida?




Comentario al capítulo 1.44 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada titulada "Mucho barullo y un baciyelmo", correspondiente al día 12 de marzo de 2009.

Comienza el capítulo con los gritos de dolor de don Quijote. Pobre hombre, como si estuviese colgado de una cruel “garrucha”, gracias a la ocurrencia de Maritornes y a la rijosidad excepcional del rocín pachorrón. Pero, aunque le debía de doler todo el cuerpo, cabalga muy digno, con su adarga, su lanzón y, a medio galope, reta y desafía a “cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado”.

Los cuatro nuevos, “los caminantes”, se quedan con la boca abierta ante el reto y desafío, al arcaico estilo de las novelas de caballerías. Don Quijote está en su salsa. Pero el ventero echa un jarro de agua fría: ni caso, es un loco. Ellos a su labor de encontrar al señorito don Luis y hacerle volver a casa, por las buenas o por las malas; tres rodearán la venta y uno vigilará la puerta. Reparan en el coche, lo conocen, es del vecino oidor, ese es el rastro que sigue don Luisito.

Nuestro hidalgo ya no puede más y agarra una rabieta casi infantil, desea recuperar la atención perdida, muere y rabia de “despecho y saña”.Si las ordenanzas de su caballería le dieran permiso de emprender una empresa sin acabar la anterior, iban a ver éstos lo que era bueno, tal vez “embistiera”. ¡Embestir! ¡Socorro, un toro!

Ya aclara el día, están todos despiertos, especialmente doña Clara y Dorotea, cuánta claridad; “la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche”.Uno de los cuatro, encuentra al hijo de su señor, falso mozo de mulas, durmiendo al lado de uno auténtico. El criado está encantado de poder cumplir con la misión encomendada y devolverlo a casa; mas la tarea es delicada. Tiene que evitar que escape; pero con todos los respetos y don Luis por aquí, don Luis por allá. Por si acaso, le traba el brazo y se dirige al soñoliento adolescente con ironía:“Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os crió.”

El tono se vuelve autoritario y ya sabe el señorito de lugares las dos opciones: por las buenas o por las malas. Aún así se resiste y se pone gallito: “Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare”. Intentan ablandarle, su padre dará la vuelta al otro mundo si él no da la vuelta, se morirá de pena…Pero el quinceañero enamorado no se achica y, a pesar del cuatro contra uno, les replica:” yo soy libre, y volveré si me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza”.No es el primer personaje del Quijote que proclama su libertad, algo muy apreciado por el ex cautivo Miguel. Recordemos a la pastora Marcela: “Yo nací libre”.

El oidor está allí, recordemos que va vestido con sus ropajes largos de mangas arrocadas, y habla, deformación profesional, con la jerga del oficio:”Sepamos qué es esto de raíz”.Tras la información, reconoce al vecinito. ¡Es que estos papás antiguos no se enteraban de nada! Bueno, los modernos tampoco… Luis se confiesa ante el padre de su Clara, llorando: “Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte.”No son niñerías las de alguien que se expresa así.

Recordemos el capítulo LXII, el oidor nunca había sido tan oidor. Pues, ahora abre las orejas todavía más, es su hija… alta nobleza, fortunón, de título, me interesa…El jovencísimo señor de lugares se humilla, besando las manos del oidor y bañándolas de lágrimas. El corazón del oidor no es de mármol sino de mantequilla. Piensa cuán bien le estará a su hija aquel matrimonio, siempre que se realice con el beneplácito del padre de don Luis, claro, Clara.

Y mientras, en la venta, llueven palos. Dos huéspedes ven a la gente distraída con la búsqueda, aprovechan e intentan irse sin pagar .El ventero pide su paga, y le responden con los puños. La ventera, la venterita y Maritornes piden socorro a don Quijote que, con mucha flema, declara no poder atender su petición porque no le está permitido entremeterse en aventura distinta, teniendo pendiente el asunto de Micomicona. Que el ventero se vaya entreteniendo ¿Cómo se entretiene uno cuando está recibiendo puñetazos? Pedirá licencia a la princesa, para socorrer al “castellano”. Se planta de hinojos ante Dorotea, para pedírselo con “palabras caballerescas y andantescas”.

Pero, a pesar de la licencia concedida, cuando acude a la puerta de la venta, vaya cuajo, se está quieto. Quizás en un ataque de sensatez, decide que corresponde a Sancho la defensa venteril, puesto que no le es lícito poner mano a la espada. Sólo puede hacerlo con caballeros. Puñadas y mojicones recibe el ventero, ante la desesperación de su mujer, su hija y su criada. Y, por primera vez en esta obra, aparece la palabra cobardía aplicada a don Quijote. ¡Un caballero andante cobarde!

Cervantes, que visitó y sufrió desde niño muchas ventas, no es amigo de venteros, es evidente y leemos: “Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y calle el que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás cincuenta pasos”. Y enlaza esto con la confesión de don Luis ante el oidor.

No explica Cervantes, los detalles de cómo, al final, “por persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas” los huéspedes pagaron todo. ¡Milagro!

Como el demonio no duerme, aparece, cuando no había terminado la plática del oidor, aquel barbero al que don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno. Reclama ambos objetos de su propiedad, arremete a Sancho, llamándole “don ladrón”.Cada uno agarra la albarda por donde puede, un mojicón ,el barbero con los dientes bañados en sangre, gritos de “¡Aquí del rey y de la justicia!...salteador de caminos…mentís, en buena guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos…"

En este momento, cambia el concepto que el caballero andante tenía de su escudero, a la vista de lo bien que se ha defendido. Es un hombre de pro y, en cuanto pueda, lo armará caballero. Sigue la discusión, el barbero propone pruebas que avalen sus propiedad.

A don Quijote no le importa la albarda, pero no consentirá de ninguna manera que se llame bacía al yelmo de Mambrino y a que se discuta su propiedad, ganada en buena lid, “con ligítima y lícita posesión”.La albarda es expuesta como objeto contencioso. Pero Sancho se resiste a traer la bacía. Su señor le advierte que lo haga, “que no todas las cosas deste castillo han de ser guiadas por encantamento”. Sancho trae la bacía y don Quijote jura, por la orden de caballería que el yelmo es el mismo que le quitó en buena guerra.

Sancho no quiere irritar más a su señor y salva la situación con la palabra baciyelmo. Les recuerda que, con los encadenados, les salvó de asaz de pedradas. Ni bacía ni yelmo, baciyelmo. ¡Una gracia de Sancho? ¿Perspectivismo?¿Hay baciyelmos en nuestra vida cotidiana? Haberlos haylos y nos ayudan a vivir. Pensemos en ellos.Seguiremos, en el próximo capítulo, con el litigio.

Un abrazo para Pedro y los visitantes de la acequia.

María Ángeles Merino Moya.

En "Noticias del Quijote" , la abejita explica:

En el comentario del capítulo, al final, sostengo que en nuestras vidas cotidianas hay baciyelmos. Nos ayudan a vivir, a salvar dificultades. Sospechas que en el fondo bacía de barbero es y de las corrientuchas; pero actúas como si fuera el valioso yelmo de Mambrino. Has puesto ilusión en la bacía y la bacía mejora. No llegará a yelmo pero...

Pedro Ojeda Escudero. dijo en http://laacequia.blogspot.com/

ABEJITA: bien señalados, con gracia, además, los aspectos esenciales. Y conforme a la relación con Marcela: la libertad personal, la libertad de amar, una de las constantes de Cervantes. Y no veas la gran cantidad de baciyelmos que hay en la vida cotidiana... Un abrazo.

Gracias, Pedro. Sigamos adelante con nuestros yelmos de Mambrino. A quien nos diga que son bacías, ni caso.