Mostrando entradas con la etiqueta sima. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sima. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de junio de 2010

"...cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima..."(3)




Tercera parte del comentario al capítulo 2,55 del Quijote, publicado en "La acequia".

Los duques fingen maravillarse, bien saben ellos de qué gruta se trata. Lo que no entienden es cómo el villano deja el gobierno así sin más, sin tener ellos aviso.

Llevan mucha gente y muchas cuerdas. No fue tarea fácil sacarlos de las tinieblas a la luz del sol. Un estudiante que lo ve comenta que los malos gobernadores deberían salir del gobierno como sale éste: hambriento, descolorido y sin blanca. ¿De dónde sale este estudiante? ¿Es del castillo o va de camino?

Salga de donde salga, a Sancho le molesta el comentario y se dirige a él como “hermano murmurador” y le contesta con un resumen de sus ocho o diez días de gobierno. Ha perdido la cuenta.

Nunca se vio harto de pan, lo han perseguido médicos y le han molido los huesos. Ni cohechos ni derechos ha cobrado, no merecía salir así. Y desgrana el rosario de refranes, ése que otras veces irrita sobremanera a don Quijote.

Esta vez no es así. Su amo, muy sosegadamente, le pide que no se enoje, que digan lo que quieran, imposible atar la lengua de los maldicientes. Si sales rico, ladrón. Mentecato, si sales pobre. Y Sancho está seguro: esta vez le toca pasar por tonto.

Rodeados de gente, llegan al castillo, en cuyos corredores esperan ya los duques. El altivo noble ha de esperar porque Sancho ha de acomodar antes al dolorido rucio. Un pequeño giro al orden social establecido provoca la sonrisa cómplice del lector, pero Cervantes sabe que no debe pasarse. Al fin, el del burro, sube a ver a los duques, puesto de rodillas, qué menos.

Se explica “ante su grandeza”. Si fue gobernador fue por su voluntad , no por merecimiento. Entró sin nada y sin nada sigue. Los testigos pueden decir si ha gobernado bien o mal. Y lo ha hecho siempre con mucha, mucha hambre, por prescripción del doctor Pedro Recio. Le atacaron enemigos de noche, dicen los de la ínsula que la victoria fue por el valor de su abrazo…si ellos lo dicen.

Hace un balance y llega a la conclusión de que sus hombros no pueden con tales cargas. Antes de que el gobierno termine con él, él termina con el gobierno. Deja la ínsula como estaba, nada se lleva, no pidió prestado ni se metió en líos. No hizo ordenanzas que para que no se cumplan…

Salió solo con su rucio y cayó en una sima, de la cual acaba de salir, gracias a su señor don Quijote. Y con gran desparpajo les comunica al duque y la duquesa “que no se le ha de dar nada por ser gobernador” de una ínsula o del mundo entero.

Y, besándoles los pies, da un salto, se sale del gobierno y se pasa al de su don Quijote. Todo como un juego de niños. Comerá el pan con sobresalto pero se verá harto. Harto de zanahorias o perdices, qué más da, la tripita llena y ya está.

Don Quijote temeroso de que había de decir miles de disparates , respira aliviado y da gracias al cielo. Han sido tan poquitos, qué bien le ha sentado la oscuridad de la caverna, debía ser la de Platón.

El duque abraza a Sancho y le manifiesta su pesar por haber dejado tan presto el gobierno, tal vez otro oficio menos pesado y más apropiado a su condición social…La duquesa también lo abraza y manda que le regalen, que está molidísimo.

Un abrazo de María Ángeles Merino

viernes, 25 de junio de 2010

"...cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima..." (2)


Ana Queral pinta al Quijote

Segunda parte del comentario al capítulo 2,55 del Quijote, publicado en "La acequia".

Los dos van caminando gruta adelante, buscando la salida. A veces sin luz, a veces a oscuras. Ya no tiene miedo.

Va hablando consigo mismo. Ya quisiera él tener el poder de convertir la desventura en aventura, tal y como hace su señor, don Quijote. Guiado por su caballeresco optimismo esperaría algún florido prado, tras la oscuridad. Pero Sancho, sin el ánimo y el consejo de su amo, piensa en la postrera sima tragona que se abra a sus pies.

Cree que lleva media legua caminada, el espacio y el tiempo no son lo mismo allá dentro. Por allí entra una confusa claridad, amanece...La otra vida puede esperar.

Cide Hamete deja aquí a Sancho, por poco tiempo, y vuelve con don Quijote que anda entrenándose, alborozado y contento, para hacer batalla al robador de honras y” enderezar el tuerto”. Tan acelerada es la carrera que Rocinante está a punto de caer en una cueva. Lo detiene a tiempo y no cae.

Pero ¿qué pasa? Voces, ahí abajo. Quieren llamar la atención del que pasa por ahí. ¡Es la voz de su escudero encumbrado a gobernador!

Asombrado, levanta la voz para preguntar quién se queja. Así se presenta: “el asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don Quijote de la Mancha”. Al oír esto, crece su asombro. Piensa que Sancho ha muerto y su alma está allí penando. La sima comunica con el infierno o el purgatorio, al parecer.

Hay que conjurarlo y lo conjura, católicamente, por supuesto. Pide por esa boca, alma en pena, que la jurisdicción de la caballería andante se amplía a “los menesterosos del otro mundo”,

Las voces manifiestan conocer a su señor don Quijote, mas hay que ser precavido con las almas en pena. Si su escudero está muerto y no lo han llevado los diablos, sufragios tiene la Santa Madre Iglesia para sacarle de las penas del purgatorio. Don Quijote está dispuesto a contribuir con su hacienda. Se paga y al cielo irá derechito, diga lo que diga el de Rotterdam. Por eso, le exhorta a que se declare.

Jura ser Sancho y manifiesta, algo irritado, no haberse muerto nunca. Dejó el gobierno y ya se lo explicará más despacio. Cayó en la sima donde yace, con su rucio, aquí presente, que no le dejará mentir, puesto que es su testigo. El animalillo parece entenderlo y rebuzna que retumba.

Don Quijote ya no duda, conoce ese roznido “como si le pariera”. Irá al castillo y traerá quien los saque. Ha de volver presto que Sancho se muere de miedo.

(Sigue)

jueves, 24 de junio de 2010

"...cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima..."(1)




"... donde le tomó la noche algo escura y cerrada, pero como era verano no le dio mucha pesadumbre"

Comentario al capítulo 2,54 del Quijote, publicado en "La acequia".

De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

Las del camino y otras…lee y entérate, apreciado lector. Si en el capítulo anterior no nos anticipa nada, en éste tampoco. Ya sabemos que Sancho está en el camino, vamos en su busca. Se entretiene con Ricote y se le echa la noche encima, a media legua del castillo ducal.

Noche oscura y cerrada, pero las noches de verano son apacibles. Se aparta del camino, a esperar tranquilamente la mañana, no hay prisa. Mas la fortuna tuerce sus intenciones, un paso desafortunado y cae en una honda sima. Mientras se hunde, cree llegada su última hora y reza todo lo que sabe. No es un insondable abismo, poco más de la altura de tres hombres medianamente altos. Sigue sentado en el rucio, se tienta todo el cuerpo, comprueba que “está entero y católico de salud” y da gracias al Señor.

A ver si hay algún agarradero por aquí, no, qué lisas son estas paredes, no podrá salir. El burrillo se queja y no es de vicio, que el pobre debe estar magullado.

Sancho Panza se lamenta filosóficamente, a la manera del rey don Rodrigo. Ayer entronizado como gobernador en la ínsula, rodeado de sirvientes. Hoy sepultado en un agujero, sin nadie que acuda a su socorro. Será su tumba, la suya y la de su jumento. Si su señor don Quijote contempló visiones hermosas y apacibles, él verá sapos y culebras. Esta sima no es la mágica cueva de Montesinos, aquí no hay Merlines, Durandartes ni Dulcineas. Ni una soga tendida desde arriba por un paciente escudero…

Sacarán sus huesos mondos, también los del buen rucio…al menos sabrán que nunca, nunca, se apartó de él. Puesto que morirán en soledad, que su cuadrúpedo compañero le perdone el mal pago a sus servicios. Mejor que pida a la “fortuna” les saque de esta situación. Sería herético que el burro se lo pidiera a Dios…Y, si así es, le promete una corona de laurel y piensos doblados.

Cervantes, que ya ha cargado un poco las tintas humorísticas, remata con el silencio del angustiado animal, que le escucha “sin responderle palabra alguna”. Porque se encuentra mal, no por su asnal condición…

Cuando llega la luz del día, recurre a las voces; pero ni un alma pasa por allí. Ya se da por muerto.

Sancho acomoda al rucio, lo pone de pie y saca de las alforjas un pedazo de ese medio pan que sacó de la ínsula y que ha dado tanto de sí. Se lo da de comer a su cuadrúpedo compañero. No le sabe mal. Nos dedica uno de sus refranes, uno muy popular, el de “los duelos con pan son buenos”.

Descubre un agujero. Cabe una persona si se agacha y se encoge. Entra el de dos patas y comprueba que, por dentro es espacioso. Y entra un rayo de sol que deja ver otra concavidad espaciosa. Vuelve por el amigo de cuatro patas y agranda el agujero, para que pase su fiel amigo.

Los dos van caminando gruta adelante, buscando la salida. A veces sin luz, a veces a oscuras. Ya no tiene miedo.


(Sigue)