Mostrando entradas con la etiqueta "El mudejarillo". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "El mudejarillo". Mostrar todas las entradas

martes, 1 de diciembre de 2015

Pequeña crónica en torno a un mudejarillo que no elabora un discurso sino que lo vive.


Murallas de Ávila

Pequeña crónica de la reunión del Club de Lectura presencial, de la UBU. Comentamos "El mudejarillo" de José Jiménez Lozano. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por el profesor Pedro Ojeda. 

Ayer, día 24 de noviembre de 2015, a las cuatro y media dela tarde, tuvo lugar, en la Biblioteca Central de la UBU,  la segunda reunión, en su formato habitual, de nuestro Club de Lectura, en el presente curso 2015-2016. 

Llego un poco tarde a la reunión de la lectura colectiva, por problemillas de transporte. Entro, saludo a Pedro, mis disculpas y me siento a su lado, que hay una silla libre. Abro la cartera, la de la escuela, aún he de dar cuatro clases esta tarde. Saco mis cuadernillos y el "pilot" para apuntar lo que se pueda, con mi letruja pseudotaquígrafa.

Pedro Ojeda en la lectura del 24 de noviembre de 2015

La sala está llena, Pedro Ojeda dice: 

Que "El mudejarillo" sea diferente nos gana. Un lujo de libro, con capas de profundidad: las cuestiones sociológicas y espirituales que hay en la novela.



Jiménez Lozano dirigió "El Norte de Castilla". No es un hombre público que toda persona reconozca. Es un escritor que tiene una profundidad y un acercamiento a los débiles, a los desprotegidos de la sociedad. Es muy cristiano, muy espiritual y su acercamiento parte de esa espiritualidad. Tiene obras más conocidas que ""El mudejarillo", su obra más conseguida. Tiene también libros de poesía.

Su último libro ha sido muy polémico, en cuanto a la edición. A la hora de sacar el libro, publicado por la Junta de Castilla y León,  faltaba el prólogo de Juan Vicente Herrera y el logotipo de la Junta. Después de barajar la posibilidad de triturar el libro, una locura carísima, se optó por ponerlo en el mercado con una cinta añadida en el lomo. 



Se trata de "Sobre Teresa de Jesús", una biografía de la santa, realizada junto a  Teófanes Egido, catedrático de Historia moderna y carmelita descalzo. José Jiménez se encarga de la interpretación literaria y Teófanes de la histórica. Nos dice Pedro que es un libro muy recomendable porque, en él, hace con Santa Teresa lo mismo que con San Juan de la Cruz en "El mudejarillo".



En "El mudejarillo", si sois de pueblo, reconocéis palabras de pueblo. No es un vocabulario rebuscado. Es el lenguaje de Castilla donde la gente es muy callada y usa pocas y rotundas palabras:

-"Que se venda".

Gruñón y laísta, así lo define Pedro, tras conocerlo personalmente.  Es un laísmo hecho adrede, evidentemente laísta , no lo corrige porque no quiere. Desea reflejar esas cosas del pueblo, caracterizar a los personajes por su forma de hablar. Usa el formato oral, como si nos lo estuviera contando y, de repente, tras unas frases orales muy largas, nos sorprende con un latigazo, como: "O hambre".

"Cabezas llenas de greñas casi todas; bocas desdentadas y negras que reían, mientras los niños asidos de las manos de las personas adultas o a sus ropas miraban con pasmo y seriedad. O hambre". 

¿Quién cuenta esta historia? El narrador aparece en "El robo", cuando le roban los papeles los agentes de la Inquisición:

"Y así, por alguna confianza mía debieran sospechar mi cartapacio y hallaron mi bujeta en aquella posada, y me la secuestraron y robaron". 

 Es una persona que ha conocido a San Juan de la Cruz y hace una recopilación distinta a la oficial.

En el capítulo "Paisaje", le preguntan al niño cómo es su pueblo Fontiveros. Contesta: "pues un pueblo"...Pero que estaba lleno de cosas y tenía la torre, y la iglesia, las campanas y la cigüeña, la plaza y las calles, los palacios, las casas y las nagüelas..."




Pedro Ojeda nos lee la larguísima enumeración que ocupa casi toda la página 31, toda la 32 y gran parte de la 33. Cuando concluye, le dicen: "¿Y cómo va a haber tantas cosas en tu pueblo, si es más pequeño que Arévalo?". El niño responde: "No sé".


Arévalo

El autor nos da una caracterización psicológica de un  personaje que pone en valor las cosas normales, un niño lo contaría así. Caracteriza su bondad, Juan no perderá nunca la pureza infantil. "No crezcas nunca" le dice su vecino. "Frailecillo" dice la monja Teresa.

Una de las claves del libro es el origen del origen, la relación con el vecino, con el otro.  Cuando nacen Teresa y Juan, la Inquisición no se mete todavía con los conversos. Durante gran parte del XVI no tuvieron problemas y está reflejado en la literatura. Por ejemplo, Sancho Panza se encuentra con su antiguo vecino, el morisco Ricote. Sancho es un cristiano viejo pero se relaciona con él de manera normal, habla y come con él. Cervantes plantea ese nivel cotidiano, la saña de la Inquisición todavía no funcionaba y no tenía poder sobre judíos y moriscos. 


Los excesos fueron a partir de Felipe II, hay un cambio reflejado en la Inquisición. 
Teresa de Jesús y Juan de la Cruz son peligrosos para el estado, pertenecen  a las clases medias que están cambiando el sistema. Su espiritualidad tiene éxito entre los sectores urbanos de origen judeoconverso que quieren tener poder. Son vigilados y amenazados, pueden tener problemas que resuelve,en muchos casos, el dinero. Se disfrazan apellidos, pagando se consigue un árbol genealógico. Se compran las hidalguías, te casas o las compras. Teófanes Egido demuestra que la santificación de Santa Teresa se aceleró con dinero judeoconverso. 


Puerta de la antigua judería en la muralla de Burgos

La visión teológica de San Juan de la Cruz es judía y semítica, es una visión heterodoxa que parte de la mística sufí. 



Su espiritualidad no se puede explicar, está en las cosas naturales. La de una persona humilde que no elabora un discurso sino que lo vive. Lo natural, lo directo, lo sencillo, el agua que mana.


Agua que mana

La grandeza del XVI está en heterodoxos como Juan y Teresa, recordamos la polémica entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. San Juan de la Cruz quedó deslumbrado ante Santa Teresa. A ésta el frailecillo le pareció "un Séneca".



 Pedro Ojeda  lee el pasaje de "Los desiertos" donde hablan de lugares donde no hay nada:

"Ni éste-decía el frailecillo. 
Ni éste-decía ella. 
Ni éste.
Ni éste.
-Nada.
-Nada."


Como vemos, estamos ante un libro con una carga espiritual y sociológica enorme. Pedro Ojeda nos lleva al año de su publicación. Estamos en 1992, hay un exceso de materialismo y consumismo. 



En la Iglesia Católica se abandona el Concilio Vaticano II, se empieza a condenar la Teología de la Liberación y J.J.L. quiere dar su visión a favor de los débiles, los que sufren. 


Juan Pablo II

En "El mudejarillo" el Visitador vende todo para quitar el hambre del pueblo y se encara con nobles, hidalgos y clérigos advirtiéndoles que les pedirá cuentas: "Hago a vuestras mercedes cargo de esta pobreza". Jiménez Lozano pide una Iglesia de los pobres. San Juan de la Cruz tenía una formación teológica muy profunda, estudió en Salamanca, pero la vive de forma sencilla. 


Pedro Ojeda en la lectura del 24 de noviembre de 2015

"El mudejarillo" es una obra muy bien documentada pero no es una biografía al uso. Lo que nos cuenta es lo que hace un personaje que se queda embobado ante lo normal, lo cotidiano. No es una biografía sino una lección para el presente, el año 1992, un año de derroche y fiesta. J.J.L. estuvo en el Concilio Vaticano II, como corresponsal de "El Norte de Castilla" y habló de religión cuando un seglar no podía hacerlo. 

Concilio Vaticano II

Ahora lleva a San Juan al Vaticano II, nos muestra la espiritualidad de la Naturaleza, de lo sencillo. Es un católico con una vivencia de lo humano, lo sencillo, lo directo, muy contrario a la parafernalia. Podemos leerlo en su recopilación de artículos de "El Norte de Castilla". Su director, Miguel Delibes, lo acogió en el periódico para que diera esa visión.



Otro punto clave es la imagen de la ballena que se traga a Juan, una interiorización de la visión de Jonás. El niño Juan vio una ballena en el río Zapardiel, "un hilillo de agua". Era una premonición, el sistema que no le va a dejar.

Ya de adulto le traga la ballena, la Inquisición lo acusa y lo mete en la cárcel:

"Y a poco de esto fue cuando a fray Juan se le tragó la ballena...y no quedó rastro de Juan en el invierno...Nada". Y, a continuación, nos encontramos con un capítulo en blanco: "Ni rastro de nada". 


San Juan de la Cruz escribió sus mejores poemas cuando estaba encarcelado, escribía de puntillas para poder ver, con la luz de un ventanuco:

"...un laberinto de muchas y maravillosas cosas y de versos de amor y de una fuente, un jardín, una noche".


Le ayuda a escapar y lo esconden en un convento femenino de clausura. 

"Y cuando la ballena le vomitó, el frailecillo sólo dijo que él creyera que se muriera, atrapado en aquel corral de monjas..."



La persecución contra la reforma de Santa Teresa fue feroz. Parecía que se iba a echar abajo y no se hizo por una reacción judeoconversa que engrasaría la maquinaria. Era una revolución que predicaba la pobreza y la sencillez y a los poderes fácticos, incluidos también algunos judeoconversos, les daba miedo de que aquello pudiera crecer y crecer.  

"Lo que menos entendían y más les encolerizaba era que, siendo tan poco viento el frailecillo, levantase tal tempestad..."

"El mudejarillo" es una obra que no va a pasar nunca, que no responde a una moda y va contra corriente. Sus capítulos son muy densos, cada uno aborda una cuestión espiritual.

Hasta aquí, he intentado resumir la exposición del profesor Ojeda, tan brillante y amena como nos tiene acostumbrados. Ahora le llega el turno a los compañeros lectores, allí presentes:

Es una novela que no te esperas.

Había que coger el diccionario.


Engancha desde el principio.


Recuerda mucho a Miguel Delibes.


Se pone a favor de los débiles.

Me ha llegado su obediencia.


Lo que choca es que es una prosa poética, con los recursos de la poesía.


Descripciones impresionantes de su pueblo. El capítulo "El paisaje": sin ser Nueva York tenía tantas cosas. 


Es muy ameno, te da tranquilidad, da gusto.


Tienes que elegir tú los libros, le dicen a Pedro Ojeda. Gracias por proponer este libro.


El uso del diminutivo, muy afectuoso.


Con dos palabras te deja quieto.


Alguien que escribe de forma diferente.


Un capítulo en blanco.


Judío, moro, cristiano y pobre.

No es una biografía ni una hagiografía.


Es una novela histórica con una visión para el presente.


Es una novela muy plástica, estás viendo el hambre.


Como un cuadro impresionista. Pinceladas.




O como un cuadro barroco, los monjes de Zurbarán. 



Las palabras caracterizan al niño, describen al niño. Cómo caben tantas cosas en un pueblo.

Se fija en las cosas cotidianas.


El agua, el fuego, la naturaleza.


Era judío, moro, cristiano y pobre.

Me recuerda a la película "El gran silencio". No estamos preparados para la renuncia.




Te hace leer muy despacito.


Pedro Ojeda concluye: hemos disfrutado de esta novela y ahora pasamos a un novelón, a "Los Pazos de Ulloa" de Emilia Pardo Bazán. Nos vemos el día 18, en la presentación del libro de nuestro profesor: "Piel". La sesión de lectura próxima será el primer martes después de Reyes.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

jueves, 26 de noviembre de 2015

"El mudejarillo: “qué sé yo qué podría llegar a ser este mocito”.



"El mudejarillo", una lectura para todas las estaciones.

Comentario a algunos capítulos de "El mudejarillo" de Jiménez Lozano. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Ya sabéis de mis dos entradas anteriores. Sueño con un San Juan de la Cruz que vive sus últimos días en Úbeda, junto a un enfermero que no le comprende. Y el santo vuelve a sentirse niño de pecho y mozalbete. Ahora es mocito y frailecillo estudiante en el Estudio de Medina y en la Universidad de Salamanca. Algo como lo que sigue y pongo en cursiva:

Al principio, oponíase don Alonso, el director del hospital,  a que un mocito como yo viese de cerca a los enfermos de bubas, podridos en vida. No quería que envejeciera tan pronto como él lo había hecho, entre quejidos continuos, palabras sucias, blasfemias, risas e historias de enfermos orgullosos de sus bubas y pústulas; de las que decían que eran regalo de una cortesana de Nápoles o Francia en un lecho de plumas con dosel carmesí.


Grabado atribuido a Durero que las padeció.Tratamiento en tinas de sudoración.


Yo no me asusto ni siquiera de los temores de muerte que a todos dejan sin habla cuando se presentan. Hago mi trabajo tan tranquilo, entre vómitos, sangre, pinzas y sondas, lancetas y sierras, ayes, cuerpos muertos. Doy de comer a unos, canto a otros, saco sonrisas para todos. No doy abasto, tiene que intervenir el director o los médicos para que me retire algunos días, cuando la muerte se ceba en muchos.



Me ponen, otras veces, a asistir por las noches y don Alonso me da un libro o tengo permiso para tomarlo entonces. Me siento en el suelo, junto a una candela y estudio. Madre me dice que duerma bien y no estudie por las noches. Y yo me río y digo que bueno. Pero siempre echo una ojeada cuando los enfermos se duermen un poco. 

Hasta que un día el director me dice que tengo que ir a un Estudio a estudiar latín. Y  los médicos dicen a mi madre Catalina, "la" dicen, que “qué sé yo que podría llegar a ser este mocito”. Dicen eso por las conversaciones que tienen conmigo. Llaga, fuego, cauterio, humores, fiebre, vómitos, todo en latín. Y también la muerte que sube por las ventanas; pero yo miro “al sol rojo de primera mañana”, el que más alegra a todos, imposible morir ya “con esa claridad tan grande”. 


El "sol rojo de primera mañana" y la muerte huye.

Y, aquí en el Estudio, me acuerdo de las grandes salas del hospital con hileras de camas o simples colchones; también de las estancias pequeñas para los enfermos que los médicos saben de su inminente muerte porque comienzan con las  recordaciones de cuando eran niños, que ven el rostro de su madre y la llaman. Sí, hermano enfermero, me hallo al borde de tal estado, deseoso de ver a la señora Catalina. Después, reclinaré "el rostro sobre el Amado "y dejaré mi cuidado "entre las azucenas olvidado".

Ahora las hileras son de pupitres sobre los que los estudiantes nos afanamos y escuchamos a los maestros. Algunos son italianos que nos hablan de su tierra, tan rica en pintores, poetas y mercaderes. Mi madre se preocupa porque le dicen que no suelto los libros de la mano y me quedo dormido estudiando, en la leñera tan calentita. "¡Que comas y duermas bien!", me dice, al verme con los cartapacios en la mano. 

Me tengo que acostumbrar a sentarme en el pupitre bien derecho, pues yo leía y escribía en el suelo, con el pliego de papel o el libro sobre las rodillas,como un "mudejarillo". Voy aprendiendo como se llaman las cosas en latín y como está hecho el mundo, que los hombres siempre han estado buscando oro y guerreando unos contra otros. "Las Potestades y las Dominaciones de los Imperios" como nos dice un maestro italiano, que son "como grandes ballenas o Leviathanes sanguinarios que había en los océanos".



No me atrevo a contar que yo vi , de niño, una ballena en el mismísimo río Zapardiel, apenas un hilillo de agua y cabía...un monstruo como los de los dibujos de Plinio. Cosas de niño, pero lo que no sabía entonces era que algún día me tragaría una ballena, o algo mucho peor que una ballena y no quedaría rastro de mí. "Nada". "Ni rastro de nada". 

Les encoleriza que "siendo tan poco viento el frailecillo, levantase tal tempestad" y les entra miedo de mi reforma del Carmelo, mano a mano con la monja Teresa, y la persecución es feroz. No desvarío, hermano enfermero, que monstruos hay de muchas clases. ¿Que quiénes se encolerizan? Bien sabéis vos de los innombrables, quién lo desconoce por estas tierras. Ahora más que nunca, que los vientos erasmistas desaparecieron y soplan otros...Soy muy poquita cosa para levantar tempestades, hermanos inquisidores...se me escapó la palabrilla.

Sigo con mi vida de estudiante. Menos mal que me muestran  también dibujos de animales pacíficos y de colores, plantas muy bonitas que curan enfermedades y ríos como el mar. Pero lo que más me place es "aprender versos sobre las abejas, o los bueyes, la estrella de la noche y las sombras de los árboles; y, sobre todo, cuando aprendía lo de la tórtola...". Sí, el "El Cantar de los Cantares" del sabio rey Salomón y el romano y bucólico Virgilio; mas nada como la voz del pueblo en "Fontefrida, Fontefrida". 

¡La tórtola!, la viudica que no bebe en fuente fría, ni posa en ramo verde, que se está a solas con su tristeza y cuando se ve reflejada en el agua...como la señora Catalina, no, como Juanito, tan triste. "¡Una toalla!" grita un médico, cuando estoy con la avecica que se mira en el charco y lo escribo en mi cartapacio. Me parece aquello tan querido de "¡Espabila hijo!".Cierro de golpe los papeles y se hacen borrones, que la tinta no está seca.



 Corro por la toalla, la bacinilla, la almohada; o les hago la cama para que encuentren reposo estos hombres que han corrido tanto mundo. No lo hallan "ni así, ni así, ni así". Y siempre quieren un espejo y no se lo doy, para que no vean su horrible cara, "¡pobrecillos!". Como la tórtola sola, mirándose en el agua. "¡Pobrecilla también! ¿No?" ¡Pobre Juanito!

Los torreones del castillo de Medina me parecen "demasiado altos y altísimos", cuando me cuentan que, de uno de ellos, se descolgó un príncipe hace muchos años. Me lo cuenta un enanillo que sirve a los señores de esa fortaleza. Era un príncipe italiano, muy poderoso, aunque las bubas le habían dejado la cara marcada y llevaba un velo. Bajó disfrazado de criado y se escapó de noche. Y la soga tendría peldaños, que los príncipes pesan mucho. Yo no, yo no crecería nunca, como me decía el señor Ahmed. Bajaría bien deprisa, porque no pesaría nada. Sería más fácil mi huida. Sí, hermano enfermero, tuve que huir...¿que no lo sabía voacé? 



Me llega el tiempo de dar el estironcillo, no mucho, pero se me nota, se me ven las piernas por encima del tobillo cuando voy o vengo con las hopalandas y el manteo. Los compañeros del Estudio me ponen en la cabeza, por jugar, un birrete y para hacerme enrabiar me llaman "el doctor Yepes" porque me sé siempre muy bien las lecciones. 

Y me recuerdan, y me da mucha rabia, los versos que han descubierto en mi cartapacio, "sobre un pastor y una pastora, y el río y los árboles, y el penar y la ausencia, o qué sé yo", que han tenido poco tiempo, que les sorprendí y presto les arrebaté el papel. 



Dicen que si ando enamorado, que si he dado en poeta, qué sé yo. Porque, "pensativo y ausente", rompí un plato en el hospital, se me cayó de las manos cuando llevaba una pera asada a un enfermo. "Qué sé yo en que iría cavilando...". Y los muchachos del Estudio que por algo sería. Y se ríen cuando me ven pasar con mi cartapacio y mis melancolías. 

Hasta un día que ya no me ven en clase, y otro, y otro. Comienza a correrse que me he escapado de Medina o sabe Dios. Pero mi madre, la señora Catalina, sí sabe dónde estoy. Cuando "la" dije dónde iba, sólo me aconsejó que me abrigara bien. Calorcillo tengo con los paños gordos y fuertes que usan los frailes, y si me echo la capucha. Pero he de tener cuidado en no mojarme, que tardan mucho en secar. ¿Para qué me voy a los frailes del Carmelo? "Dios diría". La señora Catalina contesta a los que la preguntan: "Para saber". Los de la Moraña somos parcos en palabras.



Mi madre está tan contenta de que esté con los frailes, en el convento de Medina. Pero me mandan a estudiar a Salamanca y se pone algo triste, aunque también se contenta mucho. Le dicen sus vecinas que tengo que hacerme "un hombre y un buen fraile". Y ella contesta: "sí". Pero siempre pregunta "que cómo sería Salamanca" y el señor Juan Perea, el de los sombreros, le dice que es "una ciudad muy grande, con muchas torres de iglesias y conventos, y un río, y una universidad de estudiantes con muchos estudiantes, y tiendas y mesones, y mucho ruido y algarabía". Y ella que, como soy  fraile,  no he de andar de la ceca a la meca, que lo que ella pregunta es si hace frío y que dónde estudiamos. 
Catedral de Salamanca

El señor Juan Perea dice que me va a recomendar a un catedrático que va mucho a Medina y es de Cantalapiedra, o sea de Fontiveros, "que los paisanos tiran mucho". Pero ni el señor Juan ni la señora Catalina se atreven, llegada la ocasión,  a acercarse siquiera al catedrático, se quedan paralizados ante aquel hombre alto, con su imponente manteo. Al final, tuve la recomendación del señor Gregorio Matilla, un yesero de mi pueblo que ha tenido un hijo con la señora Juliana que...Los pobres se apoyan en los pobres.

Salamanca está llena de novedades, pero yo soy un frailecillo que tiene que estudiar Artes, en los escolásticos. Estudio, rezo, sirvo en la mesa, friego y hago los otros oficios. Se me van los ojos tras los libros y las poesías y las novedades de la Biblia y los caldeos. Me gustaría mucho ese saber. Si me lo mandan iré a las cátedras y veré los libros maravillosos. Pero sólo si me lo mandan y sólo me mandan un día a acompañar a un fraile a la librería, a buscar un libro. 

Entre los maestros y estudiantes que revuelven libros, veo con el rabillo del ojo al maestro Martínez el de Cantalapiedra y al maestro Léon. "Y estaban tú-tú-tú,  tú-tú-tú, cuchicheando". Hablan bajito y se callan en seco cuando pasa cerca alguien. Les oigo pero no les entiendo nada. De vez en cuando, el maestro León, para disimular, hace un "chis-rris-chis-chis" a una alondra que tiene el librero en una jaula. Y cuando paso delante de ellos, el maestro de Cantalapiedra me dice: "Que somos paisanos, ¿eh?". Contestó sí, todo azorado. 



Y el maestro León, el fraile agustino que hace versos, me sonríe y yo le ofrezco media sonrisa, que tengo que ir con los ojos bajos. Sólo que entonces la alondra se pone a cantar muy alto y muy bonito. Me parece lo más bonito que hay en la librería sino es porque está enjaulada y prisionera, y a lo mejor sólo canta de tristeza, por su socio y compañero.

El huerto, la sombra de los árboles, el agua del manantial, el arroyuelo, las estrellas en la noche clara, las figuras que forman, los ojos de las palomas hebreas, la estrella de la mañana o las azucenas del huerto de la Biblia. Lo que vive y lo que dice el maestro León en su cátedra y los estudiantes que le preguntan aclaraciones, a la salida, junto al poste. Me ve allí cerca y pegunta qué dice el estudiante de Medina. Me aturullo un poco y digo: "Nada". De modo que él se sonríe.

Hasta un día en que el maestro Léon, muy triste y melancólico, cuchichea por el claustro con el Maestro Martínez: "tú-tú-tú, tú-tú-tú". Y el otro responde: "tú-tú-tú, tú-tú-tú". Citan a San Agustín, el que les hirió a todos y es lo único que entiendo. 

Los estudiantes se han enterado. Un día estaba el maestro en el huerto de los agustinos, con sus compañeros. Una alondra cantaba divinamente, que se quedaron maravillados. Pero, de repente, comenzó a chillar y vieron que la perseguía un gavilán . La alondra se refugió en los hábitos de Fray Luis que vio los ojos asesinos del gavilán. Se estuvo allí mucho tiempo hasta que le volvió la confianza. Pero al maestro León le duró mucho la melancolía del suceso, que no se curaba de ello y decía a todo: no sé, no sé, no sé. 




Ahora hay una nube de tristeza en sus ojos. Cuando me pregunta qué dice el de Medina, yo contesto todo azorado:"Nada". Se queda pensativo y me dice, cuando ya espero  el no sé habitual: "Que hay que escuchar a la alondra en las mañanas". Hay que hacerlo "cuando la luz del cielo comienza a pintear en los rastrojos". ¡El Maestro León  curado de su melancolía! ¿Qué gavilanes persiguen al agustino? Tal vez los mismos que a mí. Tal vez conozca el vientre de la ballena.

Se me pasa el tiempo de estudiar, me ordenan y vuelvo a Medina del Campo a cantar la primera misa. Mi madre prepara una fiesta, con tarta y dulces amarguillos y otros con almendras y piñones. 

Ella está muy contenta aunque yo haya vuelto algo desmejorado y pálido. Insiste en lo de comer y yo: "sí". Los señores de Medina me besan las manos, me parece qué sé yo. También cuando me pongo la capa blanca y me ven, a mí, al mudejarillo, al pequeño de la señora Catalina. Cuidado, Juanillo, con la señora Vanidad. 

Ahora están todos muy contentos, rezan una oracioncilla, comen los dulces, beben un vaso del agua más limpia del pozo del señor Ahmed, brindan, hacen votos por el nuevo misacantano. A lo mejor tengo que ir a Salamanca, para saber más. Pero, a lo mejor, me voy a la Cartuja. "¡Qué se´yo! " digo muy serio. Mi madre ya no dice nada, que tiene miedo de no volver a verme. Que ahora soy un hombre hecho y derecho,con barba cerrada y negra que pincha a sus sobrinos, los hijos de Francisco y Ana. 

"¡A lo mejor ya no me voy a la Cartuja!" Se lo digo a madre y se pone muy contenta. Que a la monja Teresa le parece un Séneca este frailecillo tan poquita cosa. Hablamos de desiertos y ermitillas, de los lugares donde no hay nada, sólo el silencio. "Ni éste, ni éste, ni éste, ni éste, nada, nada". Mas ha de haber un ventanuco que dé luz para escribir, dice Teresa. Y en la Cartuja no se escribe. Tenemos una labor por hacer, los dos. A punto estaremos de naufragar.

No, hermano enfermero, no tomaré ese brebaje de adormideras, que conozco sus efectos. 

Queda pendiente el pequeño resumen de lo que hablamos en la lectura colectiva del día 24 de noviembre de 2015. También lo de rehacer la entrada perdida.

Un abrazo de María Ángeles Merino

jueves, 19 de noviembre de 2015

"El mudejarillo": "¿Y si Dios no dice nada? Pues nada".


¡Me he cargado la entrada que ya estaba publicada y comentada! Y no tengo copia. Con el material que guardé, intentaré rehacerla cuando tenga tiempo. 

Esto es lo que guardé:


No me pidáis que descanse, hermano enfermero. No he de obedecer sus órdenes, conozco el oficio y sus rutinas, las practiqué en el hospital de Medina. Mas es deber del moribundo repasar los años vividos y yo he de resucitar al “mudejarillo”, el niño que vive en mí, con las viejas palabras que caminan de la mano, una tras otra, con su esportillo de colores, olores y afectos.

Lagunas, labajos, torrenteras, escarcha, árboles acristalados, grajos, gorriones, cierzo… ¿Verdad que se siente el frío? Fue “el otro invierno”.



Los gorriones “con el pico al cierzo” corretean como niños pobres, como Juanito en Fontiveros, que ya empieza a andar. Los señores no asoman a sus balcones y el sol del mediodía calienta muy poco a los “hombres y mujeres silenciosos e inmóviles”. 

“Tañido de una campana, niños muertos, viejos muertos, doncellas muertas”. Las campanas tañen demasiado este invierno. La muerte acude trás  de la pobreza, sí, también persigue a ese viejo y encorvado noble de la capa negra y vieja, como el del “Lazarillo de Tormes”. ¿Leyólo su caridad? Mi cerebro fabrica disparates,  que a manos de los novicios no llegan lecturas señaladas por el dedo del Santo Oficio. Pocas y piadosas han de ser sus lecturas. A lo que iba.




Mi memoria me lleva junto a  “una larga fila de hombrecillos y mujeres flacas” y “niños muy serios y quietecitos”. Mi madre Catalina vuelve ligera a casa, con el pucherillo tapado por el pañizuelo, “como los curas llevan el viático”. Es el caldo de los pobres que reparten a la puerta del hospital de San Cebrián. 



Madre echa  unas yerbas del camino y unos pocos garbanzos, es nuestra comida, también la del mamoncillo recién destetado que soy yo. Uno, dos, tres, veinte garbanzos para cada uno. Que yo no sé contar, pero me sé la música de los números. También cuando ella nos dice que, para la primavera, comeremos espárragos y berros, y nos ponemos muy contentos. Siempre me gustaron los espárragos, agradezco que haya buscado un manojo para mi comida, mas mi estómago ya no puede...Vuelvo a Fontiveros.

Veo a unos hombres que vuelven de caza con sus galgos. Uno de ellos proclama, en voz alta, que nos estamos comiendo el copón y las campanas, duro alimento. Mi estómago de niño sintió dolor al oírlo. “¿Y luego? “, añade el cazador. Y se contesta a sí mismo: luego el Visitador de rojo traería monedas de plata. Y trigo y vestidos.

“¿Y luego?”, insiste el de los galgos. Le contesto yo, luego mamá irá a por yerbas al camino. Y, en la primavera, recogerá espárragos y berros. El cazador no me oye, ni quiere oír nada.

¿Qué le importa a nadie Catalina Álvarez, viuda de Gonzalo Yepes? ¿O tal vez algún día importe? Oigo por ahí no sé qué majaderías referentes a mi presunta santidad.

Porque Catalina no fue señora principal, no de familia noble, ni de “sangre limpia por los cuatro costados”, al menos lo que ellos entienden como limpieza. Limpia como los chorros del oro, ama de cría en casa noble, todo el día dale que dale a su telarcillo: trac trac, trac trac. Bondadosa y buena cristiana, “mujer de gran continente y hermosura”, mas con la belleza de una esclavilla morisca. Y yo tan morenillo, tan “mudejarillo”, ahora con mi barba cerrada y negra. Y Gonzalo de Yepes, mi padre, tejedor toledano de familia judeoconversa, que empobreció al casarse con una pobre, tal fue la traición de mis tíos.


 Iré rehaciéndola...

Un abrazo de María Ángeles Merino





jueves, 12 de noviembre de 2015

"El mudejarillo": "Y en la iglesia de Fontiveros ya no brillaban el oro ni la plata..."



Introducción a "El mudejarillo" de José Jiménez Lozano y comentario al primer capítulo: "La visita". Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Pedro Ojeda nos propone, como lectura para el mes de noviembre, "El mudejarillo" de José Jiménez Lozano, un pequeño libro de gran prosa poética. José Jiménez Lozano es un escritor importante, nada menos que un premio Cervantes, pero no es un autor popular. Podéis encontrar información sobre él en su página web oficial y es una delicia leer su semblanza biográfica. También podéis recurrir a la socorrida Wikipedia.


José Jiménez Lozano. Wikipedia.

Pero, para dar a mi entrada un tono más personal, quiero contaros lo que sé de él y de su obra, que no es mucho, y por qué canales me llegó. Durante muchos años asocié el nombre de Jiménez Lozano con el de Miguel Delibes, tras haber leído el diario "Un año de mi vida" (1972) y la recopilación de artículos periodísticos"Vivir al día"(1975). 





Por ejemplo, allí leía: "Un cristiano consecuente. José Jiménez Lozano...lleva años en su empeño de redescubrirnos algo tan viejo como el cristianismo..." o "...la noticia que dio Jiménez Lozano en Valladolid: los árboles, cuando van a ser talados, sufren terrores agónicos como cualquier animal". Como muestra, bien han valido estos dos botones. 

Página 117 de "Vivir al día", Miguel Delibes.

Página 42 de "Un año de mi vida", Miguel Delibes.

Pasaron muchos años desde aquellas lecturas, no olvidé el nombre de Jiménez Lozano; pero no leí ningún libro suyo.  Hasta que un día conocí a una profesora que preparaba su tesis doctoral, sobre el imaginario antropológico de una obra de Jiménez Lozano. Me habló con entusiasmo del escritor y me prestó "El mudejarillo". Lo leí y lo disfruté. Gracias, Ana. Ahora vuelvo a hacerlo y compruebo que, como todo buen libro, mejora con el tiempo. Y que siempre encontramos algo más cuando regresamos a una buena obra. 

En "El mudejarillo", el narrador, un escritor anónimo y contemporáneo de San Juan de la Cruz, recorre algunos hitos de la vida del santo. Pero no es una biografía ni una novela histórica, mucho menos una hagiografía, aunque cada capítulo constituya un pequeño cuadro biográfico e impresionista que nos lleva a profundizar en el personaje. Porque nos metemos dentro de él y vivimos el paisaje que él vivió, y el paisanaje. Y su tiempo, por supuesto. 



El primer capítulo me llevó a soñar con un San Juan de la Cruz que vive sus últimos días en Úbeda, junto a un enfermero que no le comprende. Y el santo vuelve a sentirse como se sintió aquel día de "La visita", como un niño de pecho, sí. Algo como lo que sigue y pongo en cursiva:




-Delirios, Fray Juan. Su Caridad no preste atención a los sueños, que el Maligno acecha y cuélase presto en nuestro entendimiento para confundirnos.

- Es mi enfermero, aquí en Úbeda. Poco ha de saber un joven novicio de delirios, de sueños, del Maligno, de entendimientos y confusiones.
No, no eran locuras ni tentaciones luciferinas, hermano enfermero. 

"Había entrado en el pueblo sobre una mula engualdrapada y con montura de seda azul, envuelto en su capa negra sobre la roja vestidura...abriéndose camino con su cortejo de clérigos-sotanas negras, azules o rojas...Cabezas llenas de greñas casi todas; bocas desdentadas y negras que reían, mientras los niños...miraban con pasmo o seriedad. O hambre".

Era en Fontiveros, mi pueblo. Veía a la gente de siempre que gritaba y se ponía de rodillas. Abrían una boca negra, muy negra y vacía. Entre ellos, desfilaban azules, negros, rojos, verdes y  blancos. Llegó un hombre que montaba en un animal vestido como una persona. Había hombres y mujeres sentados. Miraba, oía y olía; todo era nuevo y desconocido, cerraba los ojos, no entendía nada. ¿Qué era aquello tan amarillo y tan brillante?

Yo estaba en brazos de mi madre Catalina, Su olor a leche y a hierbas del campo, las que recogía para mejorar el pucherillo que le daban en San Cebrián. Mas aquel pecho no me contentaba ya, esforzábase mi boca en vano, era un vacío que me había de acompañar en adelante, un agujero que yo conocería muy bien: hambre.


Retablo de la Virgen de la Leche. Catedral de Salamanca.

“Luego se dispuso a salir de nuevo por la alfombrilla roja,  y el  pertiguero tuvo que tocar con su vara de plata a una pobre mujer joven, un poco adelantada en la fila, que tenía un niño en brazos, y otros dos dormidos sobre su halda”.

Me asustaba el ruido, había mucha gente extraña a mi alrededor, me escondía en el pecho de  mi madre.  En tan seguro refugio estaba, cuando me rozó algo que hería mis ojos. Era la pértiga de plata del pertiguero, ahora lo sé, el que aparta a la gente en las procesiones, que la pobreza no ha de manchar a la opulenta riqueza eclesiástica. 

¿He dicho acaso algo inconveniente? Acérquese el Santo Oficio a aprehender en su lecho a un carmelita descalzo y moribundo. Que yo dejaré mi cuidado entre las azucenas olvidado, en íntima unión, toda la eternidad. Por fin, la libertad.

Sí, hermano enfermero, conocí el miedo en ese momento. Porque un hombre enfurecido, se detuvo ante nosotros, su dedo nos apuntaba, gritó algo que no entendía, hizome un repelús en el pelo y desapareció.

Mi madre, Catalina, habría de contármelo repetidas veces. Era la visita del Visitador de nuestro señor, el obispo de Ávila. Descabalgó de su mula engualdrapada y fue recibido por nobles, hidalgos y clérigos con medias sonrisas. Entró en el templo, seguido por los ojos encendidos de hombres, mujeres y niños. Se sentó y habló al pueblo sobre los tiempos de desolación que se padecían, talmente como los días de la ira. Se oyeron algunos ¡ay! y algún llanto. Se cantó una salve muy triste. Y entró con nobles e hidalgos a la sacristía de la iglesia.



El sacristán entró con ellos para despabilar los cirios. Contó después como el Visitador, sentado ante una gran mesa,  seguía con el dedo las líneas de escritura o números, en los libros de cuentas que le presentaban. Hasta que se paraba, alzaba los ojos y los clavaba preguntando. Y se hacía silencio y los nobles hidalgos echaban mano a los dedos, se removían en sus asientos, miraban de reojo y hacían temblar los papeles mientras repetían cifras o palabras. El Visitador movía la cabeza, hacía muecas de disgusto, recorría con los dedos la hoja de arriba abajo, y luego otra y otra.



Mientras tanto, fuera de la sacristía, la gente del pueblo “oía como un rosario la plática de la sacristía”.  Se oía la voz imperativa del enviado que contestaba a su secretario:

“Que se venda. Véndase igualmente. Que se empeñe. Que se venda”.

Salieron todos. El enviado todavía había de dirigirse al altar, abrir el sagrario, consumir la eucaristía, limpiar el cáliz con un paño y entregárselo a su secretario: “Que se venda”.

Se había despedido en la sacristía con palabras de admonición: “Hago a vuestras mercedes cargo de esta pobreza”. Las había de repetir, encarándose con nobles, hidalgos y clérigos. Y había de añadir con un tono amenazante: “O el Juez del último día se lo demandará estrechamente”.


Juicio Final (Catedral Vieja de Salamanca)

Salió  y fue entonces, cómo le gustaba recordarlo a madre, cuando el pertiguero nos tocó con su vara y el Visitador, enfurecido, me hizo un repelús en el pelo. Se volvió al cortejo y señalando a mi madre dijo: “Hago cargo a vuesas mercedes de esta pobreza”. Y extrajo de su bolsillo un valioso libro y dijo: “que se venda también”.

Montó ceñudo en su mula, camino de Arévalo. Dicen que, en la iglesia de Fontiveros ya no brillaban el oro, ni la plata, ni la seda. Que muchos criticaron aquel “expolio que había hecho el Visitador…que había habido que cubrir los retablos con los lienzos negros de la Semana Santa”. Que “otros enfermaron del cargo y conminación que el visitador les había hecho…algunos murieron también del pesar de su conciencia”. Y, en su entierro, sólo pudo tocar una campana, no había más. Y la cruz fue de madera, la de los pobres.



Mi madre, Catalina de Yepes, nunca olvidó aquello. Le correspondieron cinco monedas de plata pequeñas, para pasar el invierno, para las cuatro bocas que tenía que mantener. Sí, para el niño de pecho también, que ya casi no tenía leche con que contentarme.


Moneda de plata (Felipe II)

Ahora, en mi lecho de muerte, el enfermero no se lo cree, he vuelto a la iglesia de Fontiveros, el día de la visita, hambriento, mamando en brazos de mi madre, asustado por tanta gente y tantas impresiones nuevas y deslumbrado por los nuevos colores y los brillos. Y siento,como si fuera ahora, el roce de la pértiga y el repelús en mis cabellos.

Y llegó "El otro invierno". 

Ahora me siento fatigado, mañana le contaré, hermano enfermero. Con lagunas, labajos y torrenteras, helados. 


Mañana nos contará. Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Entrada dedicada, con todo mi cariño, a mi sobrino nieto Alejandro Merino Romero, de casi cinco meses de edad.