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jueves, 21 de marzo de 2013

"Me tiene, creo yo, algún cariño, porque soy de la casa, como al gato; pero en lo demás..."

"La Pradera de San Isidro", Goya, 1788.
Vista de Madrid desde la Pradera de San Isidro en 1905.
"El paisaje exacto del Madrid que había contemplado muchas veces Pío Baroja".

Comentario a algunos contenidos de la novela "Aurora Roja", de Pío Baroja, primera parte. Para la lectura colectiva de "La acequia", de Pedro Ojeda.

¡Hola de nuevo, Manuel Alcázar!
 
Después del prólogo, enteramente dedicado a tu hermano Juan, Baroja vuelve a ocuparse de ti y comienza por tu casa y su entorno. Ahora, vives en una calle con más méritos que ninguna para recibir el título de"sepulcral y fúnebre" .
 
Cuatro y escalonados. El más cercano para ti, el Cementerio General del Norte, con su capilla neoclásica que fue parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, también abandonada y con el letrero borroso; todo obra del arquitecto  Juan de Villanueva, el del Museo del Prado. No es cosa de poca importancia, Manuel.


A continuación, las  Sacramentales de San Luis San Ginés y la Patriarcal . Más allá del tapial, "se veían en un cerrillo las copas puntiagudas de los cipreses del cementerio de San Martín".


 


Veamos la retorcida y paradójica comparación:


Dejemos la calle Ceres y los terribles "sublimados corrosivos", mercuriales, remedios para la sífilis peores que la enfermedad. Baroja no olvida su práctica médica y habla con total familiaridad de "cristalinos", escrófulas, tercianas, anemias, ictericias...Y ahora la  digresora soy yo; al igual que tu creador, quería ponerlo y lo he puesto.
 


 Vamos ya a tu casa. Es pobre y vieja, pero tiene "fisonomía propia", es una casa que nos sonríe:
 


Nada que ver con aquel cuartucho anodino en que vivías, con "con una cama, una silla rota de paja y una estera, colgada del techo, que hacía de puerta".

En la parte baja de tu "casuca", un rótulo anuncia pomposamente: "La antiséptica, peluquería artística". Otro letrero reza: "Rebolledo. Mecánico electricista. Se hacen instalaciones de luces. Timbres, motores, dinamos". El barbero y el electricista, los Rebolledos, son viejos conocidos  del Corralón, de cuando "La busca".

 
 
 
Ahora son tus inquilinos, vecinos y compañeros de tertulia en torno al brasero. Gente modesta y muy trabajadora. ¿Te acuerdas de la dentadura postiza que se fabricó Rebolledo tallando un servilletero?

La parte alta de la casa se nos muestra atestada de flores. Ahí arriba resuenan los pasos incansables de la Salvadora, ya nada recuerda a la huérfana esmirriada que malvivía en un camaranchón debajo de una escalera, robando para su hermanillo chico.

 
Tampoco es ya la mujer despótica que os traía a Jesús y a ti por el camino de la amargura del orden, la limpieza y el ahorro. Ahora se le ha dulcificado el carácter, aunque conserva su amor al trabajo:

"... la Salvadora y la Fea habían puesto, entre las dos, una tienda de confecciones de ropas para niños en la calle del Pez. La Salvadora iba todas las mañanas a la tiendecilla, y por la tarde trabajaba en casa. Luego se le ocurrió que podría aprovechar estas horas dando lecciones de bordado... al cabo de cuatro o cinco meses, iban, por la tarde, cerca de veinte chiquillas con sus bastidores a aprender a bordar."



Un tarde lluviosa de abril, estás con Perico Rebolledo, en su taller electricista. Te pregunta por la Salvadora, que si está mejor; tú le quitas importancia: nada, un vahído, trabaja mucho, se lo digo, no me hace caso...Tu vecino te tira de la lengua:"Vais a haceros ricos pronto. Ganáis mucho y gastáis poco."

Y tú que no sabes; "ésas", la Salvadora y tu hermana Ignacia, deben tener algún dinero guardado para emprender algo. A tí te gustaría tener tu propia imprenta, la Salvadora te anima; si le dices que venden algún local o alquilan alguna máquina, te hace ir a verlos. Porque ella cree que todo es posible con voluntad y paciencia. Tiene el empuje que a ti te falta, Manuel.


 

Comienza a llover, después de un largo silencio, Perico te dice que debes establecerte cuanto antes y casarte. Y tú te haces el sorprendido, preguntas que con quién. Tu vecino lo tiene claro: casarte con la Salvadora y "vivir al pelo"con ella. Y con el "chiquillo" y tu hermana Ignacia...

Tú confiesas: es rara, no la entiendes, piensas que te tiene algún cariño porque eres de la casa,
"como el gato; pero en lo demás..." ¿Qué pasará dentro de esa cabeza tan voluntariosa? ¿Por qué, a veces, su sonrisa es afilada como un cuchillo?
 

 



Perico te pregunta ahora abiertamente: ¿y tú? Y tú...que no sabes si las quieres o no.

Y, tu vecino, que te conoce muy bien, da en el clavo:




En esta muchacha de "·moño empingorotado"vi a la Justa.

Yo no estaría tan seguro del amor de la Justa, la hija del trapero...jugaba contigo, te mataba con aquellas miradas y luego nada...¿Qué habrá hecho con ella el Carnicerín? Enseguida lo sabrás...

Perico te obliga a aterrizar:


Lo reconoces, la Salvadora te salvó; ahora llevas una vida digna gracias a ella. Pero añades que "el cariño no es como el agradecimiento". Y el vecino te pregunta para que te preguntes a ti mismo:


Y tú:


¿Cariño o amor? ¿Como a una hermana, casi una madre?

Manuel, veremos si llegas a entender tus sentimientos.

Esa misma tarde vas a tener una inesperada visita...

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

 
Enlaces
 
 
http://madridafondo.blogspot.com.es/2013/03/retazos-de-madrid-por-pio-baroja.html#!/2013/03/retazos-de-madrid-por-pio-baroja.html
http://www.entredosamores.es/madrid%20antiguo/madridantiguo2.html#51
http://granvia.memoriademadrid.es/buscador.php?accion=VerFicha&id=39900
http://historia-urbana-madrid.blogspot.com.es/2010/01/calles-desaparecidas-de-los-leones.html#!/2010/01/calles-desaparecidas-de-los-leones.html
http://www.entredosamores.es/barrio%20de%20maravillas/maravillas4.html

miércoles, 5 de octubre de 2011

Provocación y enfrentamiento en vísperas de una guerra civil. Dos novelistas lo ven así.



Comentario, muy a mi manera, al capítulo 6 de la novela "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza. Dicho comentario lo presento junto a  otro, por afinidad del tema tratado, en torno a un episodio narrado en "Inquietud en el Paraíso", de Óscar Esquivias (capítulo 3, "En la Casa del Pueblo"). Ambos los incluyo en la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.


¡Hola Milo! Vienes a escucharme, he de advertirte de que algún contenido del libro "Inquietud en el Paraíso"  puede herir tu gatuna sensibilidad. Bueno, puedes estar tranquilo, aunque estemos pasando una  crisis, no hay peligro de que corras la misma suerte que el gato Sebastián, aquel "minino escuálido"sacrificado por el hambre de los humanos.


¿Óscar Esquivias digo ? ¿No estaba yo  comentando "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza? Así es, pero se me han cruzado  dos lecturas tan diferentes porque coinciden cronológicamente en el desdichado 1936. Las dos respiran  en el clima de provocación y enfrentamiento que precede a la guerra civil, en Burgos o en Madrid; las capitales de las dos Españas. Me pongo con esta entrada, muy en mi línea "Cerros de Úbeda".

Comencemos por la planetaria "Riña de gatos". Anthony pide la llave en  su hotel, el empleado le comunica que alguien ha preguntado por él , en recepción. ¿Quién puede ser el visitante? ¿Policia? ¿Embajada? ¡ A nadie comunicó su alojamiento! Sube a su habitación intranquilo, intenta leer, un paseo le sentará bien.

Por las céntricas calles  se rodea de mucha gente sin prisa, entretenida en "escaramuzas verbales". Se contagia de la "alegría de vivir que flotaba en el aire",  la tópica España que llena de gozo a un "guiri "hispanista y que provoca la ironía del escritor.

Entra en una taberna, se abre paso y se acoda en la barra. Una ración de gambas y un vino, le atienden como si fuera el único cliente. Recuerda agradables incursiones en ese mismo lugar.


Carteles de corridas, toreros famosos con toda su peña, enconadas disputas taurinas clausuradas  entre canciones...y el recuerdo de aquella horrible traducción que él mismo hizo de un poema de García Lorca, el que dedicó a la muerte del torero Sánchez Mejías.


Antoñito se ríe de si mismo, mas  su risa corre el riesgo de ser mal interpretada. Porque, a  sus espaldas, dos grupos discuten violentamente de política, que no de toros. Son "muchachos muy jóvenes, bien parecidos, bien vestidos y bien alimentados"contra  "tipos rudos, menestrales y obreros", con gorra y pañuelo al cuello. Ya van por los insultos: "fascistas", "rojos" y  "cabrones".



 Por esta vez, no pasa nada grave. Uno de los señoritos echa la mano al bolsillo,  pero un compañero le detiene, le advierte algo y todos  salen fuera,  sin dar la espalda, por si acaso. Las miradas son de basilisco.

El vecino de barra de Anthony le comenta que "a los españoles nos cuesta llegar a las manos"; aunque  sentencia proféticamente :"el día que empecemos, esto no lo para ni Dios".


Y, como aquí no tiene importancia meter baza en conversaciones ajenas, a los pocos minutos ya tiene un montón de parroquianos ofreciéndole "un diagnóstico sobre los males de España y su sencilla solución". El debate es sonoro y sentencioso.

Forges, recordándonos el Duelo a garrotazos de Goya, pero en versión moderna…

Los ponentes son casi todos obreros , aunque hay algo de clase más o menos media: "oficinistas, artesanos, comerciantes y currinches". Le cuentan: los de la camisa azul son falangistas, pocos, jóvenes la mayoria, impetuosos, irreflexivos, mal parados en las elecciones, agitadores, hijos de papá con pistola de papá y zurrados por los de izquierdas...de vez en cuando y ahora más. Aquella misma mañana, unos de esos  la han emprendido a perdigonadas contra un mitin socialista.

Hay quien echa la culpa al terreno abonado por la izquierda. A saber: atentados, huelgas, sabotajes, quema de iglesias y conventos, bombas, dinamita y las "afirmaciones taxativas"; sí esas que defienden la destrucción del Estado, la familia y la propiedad privada.


 
Y no falta, cómo no, quien echa la culpa a los catalanes. El señor Mosca, de la U.G.T. dice que por haber roto la unidad de España. No dejan zumbar a la mosca, le acallan.

El camarero no ha dejado de llenar de vino el vaso de Anthony, el cual osa " expresar su convicción de que todo se podía resolver mediante el diálogo y la negociación".


Ahora sí que se le echan todos encima, cómo se le ocurre. "Al no defender la postura de nadie, todos le consideraban un aliado del contrario". Alguien le saca de allí, para evitarle un buen sopapo. Su "desconocido benefactor" le ofrece , en un principio, acompañarle hasta su alojamiento; pero vamos a ver como le conduce, como a un corderito, hasta una casa de lenocinio.

Dejamos la mancebía, que daría para otro comentario,  y vamos a buscar en la novela "Inquietud en el Paraíso",  la de mi paisano Esquivias,  ese enfrentamiento prebélico de las dos Españas.


Asistimos a un ataque a la Casa del Pueblo, en la capital burgalesa. Si la de Mendoza transcurre en marzo, ahora estamos en julio, muy cerca del fatídico día 18. El ambiente está más radicalizado.


El ingenuo relojero Julián, tanto como Anthony pero sin rentas ni estudios universitarios, se dirige hacia allí, con su sobrino Román. Ha de arreglar un reloj, El edificio está cerrado, unos tablones protegen las ventanas. Han asesinado a Calvo Sotelo, el ambiente es muy tenso. Julián entretenido en ilustrar al muchacho, no se ha enterado de nada.


Julián  grita y aporrea,  asoma el cañon de una carabina y un bigotudo le informa temblando del "magnicidio". El relojero finge conocer la noticia y no le da importancia, no es "algo gordo de verdad". ¿Y qué le parecería grave a este personaje tan buenazo y pacífico?. Leemos sus insinceras palabras, algo chulescas:

"Pues, por ejemplo, que hubiera caído uno de los nuestros. Desde luego no que maten a un fascista de Renovación Española, que fue ministro de la Dictadura y que animaba en todos sus discursos a los militares a sublevarse. Él se lo ha buscado y para mí es un alivio: ahora hay más aire y se respira mejor en España, ¿no lo notas?"

Tío y sobrino viven, desde dentro,  un ataque a la Casa del Pueblo por unos jóvenes albiñanistas , más fascistas si cabe, aunque el azul sea más claro. ¿Recordáis? Banderas de las de dos colores, jóvenes señoritingos con camisas azul celeste, disparos, muebles acribillados, cae el retrato de Pablo Iglesias, el de la República pechugona a la que llaman "Catalana"...


De momento, en la Casa del Pueblo no disponen de armas; es patético ver como el inocente Román, el sobrino recién llegado del pueblo, apunta con el palo de una escoba y dice: "pum pum". Y los fascistas gritando:  "¡Asesinos! ¡Bolcheviques! ¡No sois españoles, sois unos miserables! Os vamos a matar a todos."



Unas páginas más adelante, descubriremos los verdaderos  y buenos sentimientos de Julián:
"...él también tenía el corazón encogido. Cada vez que recordaba el destino del desdichado diputado se llenaba de indignación y de miedo. Si empezaba a derramarse la sangre de los políticos, pronto correría la de cualquiera". Estas cosas son así-pensaba Julián-, nunca hay perdón ni justicia."

Y correrá la sangre de cualquiera, como la de su sobrino fusilado, un pobre muchacho campesino que había llegado a la ciudad con la ilusión de ganar algo de dinero y mandárselo a su madre.

Vamos a sacar conclusiones Milo. En la España del 36, a  los neutrales y a los inocentes también se les considera enemigos. No hay perdón ni justicia para nadie, tampoco para ellos. Una vez que empieza a derramarse la sangre, sigue corriendo y no hay quien la pare, ni Dios la para.

Y el hambre no perdona ni a los gatos, dirías tú. También es verdad, ni la última tajada reseca...

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

miércoles, 14 de septiembre de 2011

"Riña de gatos" con gato (1)

Milo, un gato vecino, en Palacios de Benaver.

Comentario a los tres primeros capítulos de la novela, "Riña de gatos" de Eduardo Mendoza, premio Planeta 2010, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

El gato Milo me mira, aunque el objeto que tengo encima de las rodillas no es de su interés,  no se come. Me escucha,  le gusta oír mi voz, busca compañía; aunque  sea uno la de un extraño ser  que anda sobre dos patas. Le hablo.

Este libro se llama "Riña de gatos". No,  no aparece ninguno de los de tu especie. Son "gatos"  los de un lugar grande llamado Madrid, unos dicen que por su habilidad al escalar murallas, otros que por su afición a  la vida nocturna. Y riñen, ya lo creo que riñen, no por una sardina sino por ver qué clase de gato es el que va a mandar en los tejados.

Muralla árabe de Madrid. Tomada de aquí.

El escritor no es "gato". Se llama Eduardo Mendoza y nació en Barcelona, otro lugar grande, pero sin "gatos". Bueno, sí, hay algunos...

Vamos a ver qué nos cuenta. Un señor inglés, Anthony Whitelands, viaja en tren, un 4 de marzo de 1936, hacia un agitado Madrid de preguerra. Escribe una carta a su "adorada Catherine", para acabar con "un sórdido adulterio ".

Señoras británicas, más o menos de la época de Catherine. Postal cortesía de nuestro amigo M. Vivanco.

Considera llegado el momento de devolverle la libertad  y es el sol de España el que se lo ha revelado. ¿El  sol?


¡Ay, qué inglés más raro! Atormentado, casi llorando, se queda dormido tras cruzar la frontera, bajo un cielo nublado. Pero, al despertar, el tren recorre "la yerma meseta castellana" y luce "un sol radiante en un cielo sin límites".



"¡España por fin! " ¿Y cómo es España para este británico? "Algo sublime" que va más allá del cambio de paisaje. Tierra árida, campos secos, mustios matojos..."pero el cielo es infinito,  y la luz heroica". Sus hombres miran al horizonte, con la cabeza erguida; "tierra de violencia, de pasión, de grandes gestos individualistas". Un quijotesco inglés.

Tan enamorado de España que no deja en buen lugar a  su verde y fértil patria : "el cielo es bajo y gris y húmedo...andamos con la cabeza baja...oprimidos...uncidos a nuestra estrecha moral y a nuestras nimias convenciones sociales". Me parece un juicio exagerado, pero así es este señor tan "white". ¿Un mirlo blanco? Porque  la España del 36 no me parece un dechado de virtudes.

Campiña inglesa. Tomada de aquí.

En el tren, no  falta un fervoroso republicano bigotudo que da información no solicitada en inglés macarrónico: "Ahora no más rey...Ahora República...Políticos sinvergüenzas. Everibodi cabrones". Ni el  cura que se enzarza con el del mostacho. Las dos Españas siempre tan abiertas.


El tren se detiene en Venta de Baños, los viajeros para Madrid han de transbordar al expreso. En un tiempo record, salta al andén, entra en la cantina, le invitan a una copa, la toma de un trago casi a la fuerza, deja la maleta custodiada por el desconocido de la copa , compra sellos, echa la carta, vuelve por la maleta y alcanza el último vagón ya en marcha.


 Aliviado, manda mentalmente a la porra al género femenino. Ahora su único amor va a ser Velázquez. Eso piensa, Milo, no sabe lo que le espera, la que va a liar.

En el tren ve de nuevo al que le invitó. Se llama Gumersindo Marranón, un apellido revelador. Es policia, nada menos que Teniente coronel, y le advierte de  que en este país no se puede ser tan confiado, si nadie le robó la maleta fue porque él estaba allí. Si es que este inglés parece tonto...¿verdad Milo?

Marranón pregunta y Whitelands responde como un corderito. Voy a quedarme  en Madrid. Soy especialista en pintura española, en ninguna parte he sido  tan feliz como en el Museo del Prado. ¿Y eso da para vivir? No da mucho, pero dispongo además de una pequeña renta. No tengo amigos aquí, los ingleses somos muy reservados.


El policia se disculpa. No se ofenda, no lo tome como una extorsión; tenga cuidado, los tiempos andan  revueltos y es difícil distinguir  . Todo el mundo tiene su misterio, como usted que se da tanta prisa en echar una carta que bien podía haber echado tranquilamente en Madrid. Mi misión  no es otra que descubrir el verdadero rostro de la gente. Aquí tiene mi tarjeta, si necesita algo pregunte en la Dirección General de Seguridad.

Anthony Whitelands da su nombre y se pone a su disposición. Confía en no ver más a don Gumersindo. Lo verá, Milo, lo verá.

Al día siguiente, el inglés se despierta  en un hotel modesto. Hace frío, aúlla el viento de la sierra;   carteles y pasquines variopintos llaman al enfrentamiento. Hojea un periódico. mientras desayuna aceitosos churros.  Conoce la gravedad de la situación, por ella ha venido; pero es su visión real la que le encoge el corazón.

Hostal en la Plaza del Ángel (Madrid)

Huye a su añorado Museo del Prado, allí se sentirá a salvo. Se detiene ante "Il Furore", la efigie broncínea de Carlos V, de Leone Leoni.  Representa el  orden impuesto sobre la tierra, cueste lo que cueste.

Confortado, va decidido a la Sala de Velázquez.  Nunca examina más de una pintura, es  su método. Esta vez elige un cuadro, como si fuera a implorar la protección de un santo. Se detiene ante el bufón "Don Juan de Austria",  El chiste debe  estar en equiparlo al gran militar de los ejércitos imperiales e hijo natural de Carlos V. Al inglés se le nublan los ojos al contemplar esa batalla, esa técnica impresionista y adelantada.


Siempre le ha gustado Madrid. "Reconfortado por la compañía de Velázquez y la de la ciudad que lo acogió ", Anthony se dirige al Paseo de la Castellana, ha de cumplir una misión. Busca un número, se detiene ante una verja y llama.

Antigua postal tomada de aquí.

 Whitelands, graduado en Cambridge, goza de prestigio, sin fama ni dinero, entre los entendidos en pintura española. No en balde  ha consumido  sus energías tras santos, reyes, infantas y bufones.


Un día le visita Pedro Teacher , un oscuro y gatuno personaje del mundo del arte, relacionado con transacciones poco claras. Lo de gatuno es por su bigote fino y sus ojos redondos, como los tuyos, Milo. Lo del maquillaje y el perfume dulzón...eso es harina de otro costal.

Teacher le propone viajar a España,  para tasar la colección de pintura de un distinguido caballero español que , ante la inminencia de una revolución sangrienta , desea poner a salvo a su familia. Le falta liquidez y ve la solución en sus cuadros.

Whitelands elegirá la obra más adecuada para una transacción, le pondrá precio y lo comunicará telefónicamente mediante un código secreto. Un banco de Londres ingresará esa cantidad, la obra emprenderá viaje y nuestro héroe no participará en esta última parte. Cuentan con su discreción de caballero inglés, faltaría más.

Para que no tenga escrúpulos, Teacher le hace notar que salvará una obra de arte y mucho más: vidas humanas. No, Whitelands no está dispuesto a hacerlo por altruismo. En realidad, lo hace por salir de la rutina y acabar con su devaneo amoroso. No hay ni gota de espíritu aventurero dentro de él. Un mayordomo abre la puerta y pregunta quién es y el motivo de su visita.

¡Milo! ¡Ven aquí! Veo que te interesa más cazar ratones y pajarillos. Luego seguimos.


Milo trisca animalillos en un trigal segado.


Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

 
Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, sabe ilustrar y dar vida al inicio de la novela para engancharnos en la lectura. Hasta va con gato de veras.


lunes, 26 de abril de 2010

Mientras mi padre sigue siendo un buen gobernador y yo su hijo, el larguirucho parece que no quiere enamorarse de la tal Altisiodora.


Ele Bergón dice:

Hola troncas, incluye también a los troncos.

En primer lugar muchas gracias a tucci, jan, cosmo, asun, pancho kety merche y superprofe por vuestros comentarios de hace una semana. También las gracias para los habituales que no estáis nombrados porque dice mi madre “Sanchico, es de buen nacidos, ser agradecidos”.

Mientras mi padre sigue siendo un buen gobernador y yo su hijo, el larguirucho parece que no quiere enamorarse de la tal Altisiodora (vaya nombrecito ¿será una Isidoro alta?), pero yo creo que en el fondo le pone aunque el no quiera. Sigue con su perra de que solo quiere a la tal Dulcinea, pero yo creo que podría dejarse de tonterías y aprovechar la ocasión. Si le da por la poesía y por la música ....eso me indica que si que si, que la Isidora alta le gusta. Por cierto ¿que quiere decir eso de que con las honestas se casan? No lo acabo de entender.

Anda que la que le lían el duque y la duquesa es buena . Los cencerros, los gatos, los gatos con cencerros y el Alonso se queda pasamao. A ver, él y todos porque yo creo que en este caso se han pasao. Menos mal que mi padre estaba en su ínsula que si no seguro, seguro, que algo le toca. En esta ocasión me da pena el Alonso y eso que no me cae muy bien, pero lo imagino con el gato en la cara y … no me gusta nada y la tal Altisidora a curarle y echar mas leña al fuego.

En mi familia estamos esperando como agua de mayo, la carta de mi padre que no llega y digo yo: ¿No hubiera sido mas fácil y rápido mandar un SMS o un e-mail o poner algo en el muro de facebook o twenty e incluso y mejor dejar un pequeño comentario por aquí? ¡Ay! que mi padre todavía tiene mucho que aprender de las nuevas tecnologías y mas ahora que ha llegado a gobernador.

Choque de manos troncos que incluye a las troncas.

El Sanchico.

jueves, 22 de abril de 2010

"Espanto cencerril y gatuno"



El gatito "que se ocultaba en una casa de de Pardilla" (Burgos). Foto de Elvira, amiga de Ele Bergón.



La voluptuosa gata preñada de Palacios de Benaver(Burgos)



Uno de los hijos, el rubio,que tuvo la de Palacios de Benaver.




El gato solitario que inspiró a Kety.



El curioso gatito de Citores del Páramo (Burgos).





Un gato capaz de sobrevivir en el jardín de un I.E.S. Famélico y huidizo.





Otro del I.E.S., tan famélico y huidizo, como su compañero.



Gatos y cencerros. Mis gatos blogueros: Beny ,Rubio, Solo, City, Dieguito, Marín y Pardillo. Recordad: la gata preñada de Palacios de Benaver, su hijo rubio, el gato solo que inspiró a Kety, el de Citores del Páramo, los dos del "Insti" y el gatito de Pardilla (el pueblo de Ele Bergón). Mi cordel de mininos y cencerros.

Comentario al capítulo 2,46 del Quijote,publicado en "La acequia".

Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora

Los pensamientos son pulgas que no dejan dormir al “gran don Quijote”. La música de Altisidora, o mejor dicho la letra, eso es lo que no le deja sosegar un punto; punto que se suma a los que se escaparon, enloquecidos, en sus pobres medias verdes. A pesar de la mala noche, tan larga cuando no se duerme, la mañana llega con presteza.

Nuestro caballero abandona las blandas plumas, se viste su traje agamuzado y se calza con las botas que camuflan los puntos fugitivos. Mantón de escarlata, montera verde plateada y tahalí con tajadora espada. El rosario en las manos y, con gran empaque y contoneo, sale a la antesala, donde esperan ya los duques. Pero antes ha de pasar por una galería donde Altisidora, con su amiga, espera el momento de desmayarse. Ahora viene, desmáyate compañera. ¡Ya puedes caerte, sin miedo a desnucarte! Aquí está tu fiel amiga, para recibirte en sus amorosas faldas. ¡Aire, hay que darla aire! Desabrochémosle el corpiño o hagamos intención de hacerlo…

Don Quijote manifiesta saber la causa de esos vahídos. En el fondo, se siente orgulloso de su éxito entre las féminas. La fiel amiga protesta. A la sanísima Altisidora, nunca la ha oído un ¡ay! ¡Mal hayan los caballeros andantes desagradecidos! Esta mujer habla como un romance… Le insta a que se vaya, para que, la criaturita, pueda volver en sí.

Don Quijote se conmueve ante tan peculiar admiradora. El desengaño será el remedio. Que le pongan un laúd, que él consolará a la doncella, o sea…a desengañarla. No vayan a pensar mal…o bien.

Se le ha de proporcionar el laúd, opina la fingida desmayada, que la música de don Quijote no será mala…para reír un ratito.

A las dos, les falta tiempo para dar cuenta a la duquesa de lo que pasa. Ésta, muy alegre, concierta con el duque y sus doncellas para reír, sin hacer daño. Sana diversión, nada más.

El día ha sido corto para los duques, qué entretenidos los ha tenido don Quijote, con tan “sabrosas pláticas”. Y, la duquesa, tiene tiempo, además, de enviar al paje que hizo de Dulcinea, hasta la casa de Teresa Panza, con la carta de su marido y un lío de ropa. Ha de fijarse bien el emisario, puesto que ha de contar, después, todo lo que pase con la gobernadora, con pelos y señales.

Llega la noche y don Quijote se retira a su aposento, donde alguien ha dejado una vihuela. Aunque no es exactamente lo que pidió, no hay problema para templarla.

Abre la reja, al oír a su auditorio, expectante en el jardín. Afina el instrumento lo mejor que sabe. Se aclara la voz y se pone a cantar el romance que ha compuesto, para esta ocasión, con voz “ronquilla” y “entonada”.

La dedica un sermoncillo tradicional. “La ociosidad descuidada”, ése es el culpable de las “amorosas ansias” que sufre Altisidora. El antídoto: estar siempre ocupada, cosiendo, bordando…Perdone que le interrumpa, autor de los versillos; que en mi modesta opinión, dar puntada tras puntada no impide, a la imaginación, seguir su curso. Sí, ya sabemos del refrán:” para la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta”.

Los andantes caballeros no se casan con las “libres”, con ésas sólo pasan el rato, requebrándolas. Se casan con las recogidas, honestas y alabadas. Ya lo sabes, pequeña Altisidora. Si no lo haces así, te quedas para vestir santos.

Hay amores efímeros que no dejan huella en el alma. Y no intentes competir con Dulcinea, que fue la primera y su huella es imborrable. Y el enamorado más firme, ése es don Quijote.

Altisidora escucha el canto, junto a los duques y casi toda la gente del castillo. En el jardín no debe caber un alfiler.

De pronto, algo se descuelga desde encima de la reja y cae a plomo sobre el de la vihuela. Un cordel con más de cien cencerros y, tras ellos, un enorme saco de gatos, cada uno con su cencerrito en el rabo. Menudo trabajo cencerril han tenido: atar más de cien cencerros a cien rabos de gato.

El ruido sobresalta, incluso, a los autores intelectuales de la broma, léase los duques.

Don Quijote se queda pasmado, mirando a dos o tres gatos, que entran por su reja y como, enloquecidos, al buscar la salida, apagan las velas. Mientras tanto, no cesa la música producida por el cordel de los grandes cencerros, un nuevo instrumento de cuerda. Los que no están en el busilis, están suspensos y admirados.

El caballero andante se levanta y echa mano a la espada, tira estocadas por la reja y manda fuera, a grandes voces, a los “malignos encantadores”. Se vuelve hacia los gatos del aposento, les tira cuchilladas y los mininos escapan por donde entraron. Mas hay uno, rezagado, el cual se ve tan acosado que le salta a la cara, muerde, araña y no tiene piedad de sus pobres narices.

Don Quijote, muy dolorido, da grandes gritos. El duque y la duquesa acuden a la estancia, abriendo con la llave maestra. Ven al pobre caballero intentando arrancar al gato estampado en su cara. Acude el duque a “despartir” la pelea, mas no lo consiente el arañado. Que no se lo quite nadie, dejadle solo, que este “encantador” ha de enterarse quién es don Quijote de la Mancha.

El gato no entiende de Quijotes ni de Manchas. Gruñe y aprieta, con saña hasta que, el duque, consigue arrancarlo de las narices caballerescas y lo arroja fuera.

El rostro del arañado es una criba, mas lo que más le duele es que no le han dejado “fenecer la batalla”. Le traen un carísimo remedio, el aceite de Aparicio. La misma Altisidora le pone las vendas, mientras le recrimina. Todo esto le sucede por duro y pertinaz. Y ruega a Dios que, a Sancho, se le olvide azotarse. Así Dulcinea no saldrá de su encanto y nunca la gozará don Quijote, mientras ella viva, que le adora. ¡Qué víbora!

El de las vendas, no dice nada, sólo suspira profundamente, se tiende en el lecho y da las gracias a los duques, por su buena intención. Éstos le dejan descansar y se van, pesarosos. Se les ha ido la mano, la burla ha sido demasiado pesada. El burlado pasa cinco días en cama, y allí le sucede...¿otra aventura?

Mas el historiador lo deja ahora en suspenso, para acudir al gracioso gobierno de Sancho Panza.

Un abrazo de María Ángeles Merino