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jueves, 15 de marzo de 2012

Sonata de invierno: Maximina, "casi una niña, con los ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces"

"Arlanzón en negro"

Comentario a mi lectura de "Sonata de invierno", de Valle Inclán, en busca  de la casi novicia Maximina, hija "feúcha" del marqués de Bradomín y la duquesa de Uclés. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
Podéis leerla aquí.

“¡Maldito tiempo! ¡Era un corazón leal!”


Don Carlos y Bradomín descabalgan. Están de nuevo ante la casería, la que sirve de Cuartel Real. Nubes negras desfilan sobre la luna. La imagen de Volfani, mortalmente paralizado, les acompaña.


Entran en el aposento real. Al calor del brasero, don Carlos, con amable ironía, deja caer:

“Bradomín, sabes que esta noche me han hablado con horror de ti... Dicen que tu amistad trae la desgracia... Me han suplicado que te aleje de mi persona.”

¿Lo ha dicho una dama? Sí, una dama que no le conoce, “una princesa romañola”; pero tiene la referencia de su abuela, la cual le maldijo siempre. Calla “sobrecogido”, recuerda:

“…el más grande amor de mi vida perdido para siempre en la fatalidad de mi destino”

Le ahogan las aguas del pasado: “años juveniles”, “tierra italiana”, “Guardia Noble de Su Santidad”, “amanecer de primavera”, “vieja ciudad pontificia”, “palacio de una noble princesa…rodeada de su hijas”, “Corte de Amor”. Las notas de la “Sonata de Primavera”.



La piadosa María Rosario flota sobre esas aguas amargas. El destino le va a llevar junto a otra casi novicia: Maximina. Entre las mujeres de las “Sonatas”,  son las que llevan la peor parte. María Rosario pierde la razón, Maximina se suicida. Las vírgenes, las que no se relacionan sexualmente con el marqués.

Sale al huerto, bajo la luna:

“Oyendo el rumor de las hinchadas torrenteras que se despeñaban inundando los caminos, yo las comparaba con mi vida, unas veces rugiente de pasiones y otras cauce seco y abrasado”



Como la luna no disipa sus negros pensamientos, busca el olvido en la partida de cartas con sus “mundanos amigos”; que el “albur” ofrece más consuelo que “la blanca luna”. De poeta que mira la luna a empedernido jugador de cartas, son los  giros de trescientos sesenta grados a los que nos somete Valle. Los lectores vamos como en una noria.



Canta el gallo, tocan diana, guarda su ganancia y vuelve a sus “cavilaciones sentimentales”. El personaje de Bradomín semeja un péndulo entre los nobles sentimientos y el cinismo más desvergonzado. No nos engañemos, ya lo conocemos demasiado. Gana el cínico.


Ahora el Rey tiene una misión para él: ha de entrevistarse con el "faccioso" cura  de Orio. Ha de hacerle entender que ahora ya  no se pude quemar a los viajeros rusos, por muy herejes que sean.  Que vuelva a su iglesia y los libere; que Don Carlos no quiere “disgustar a Rusia”, tan absolutista ella.

Cabalga el marqués escoltado por “diez lanzas”. Han volado un puente y no puede pasar el río. Se hace forzoso volver atrás y seguir el camino de los montes. No vacila, aun cuando la ruta sea arriesgada. Baja con su escolta al río, para dar de beber a los caballos.  Bradomín ve tan cerca la otra orilla que se  arriesga a entrar río adentro, sobre su montura.


"El animal tembloroso sacudía las orejas". Ya nada con el agua a la cincha, cuando en la otra ribera asoma una vieja cargada de leña que grita:

De aquí.

Bradomín supone que la mujer les advierte de lo peligroso del paso. A la mitad de la corriente, entiende mejor las desesperadas voces de aquella "sibila aldeana" y...carlista:

"¡Teneos, mis hijos! No paséis por el amor de Dios. Todo el camino está cubierto de negros alfonsistas...¡Cuentan y no acaban que han ganado una gran batalla! Albuín, Tafal. Endrás, Otáiz, todo es de los negros, mis hijos... "

Los "lanzas" retroceden acobardados, suenan tiros, en el agua se dibujan los círculos de las balas.

Se apresura y, cuando ya su caballo se yergue, siente "en el brazo izquierdo el golpe de una bala y correr la sangre caliente por la mano adormecida".

Cartucho y bala, III guerra carlista.

Trepan a galope por una cuesta, entran en una aldea. Llaman a un curandero que le pone el brazo “entre cuatro cañas”. “Sin más descanso ni otra prevención”, toman el camino de los montes.


De aquí.

El guía camina a pie al diestro del caballo de Bradomín. Los dolores del brazo herido son muy grandes, la fiebre enciende sus ojos, su rostro es de cera, las barbas “simulaban haber crecido como en algunos cadáveres”. Marchan en respetuoso silencio. Los ojos se le nublan y está a punto de atropellar a dos mujeres que caminan sobre los lodazales.


Una de ellas le reconoce:

"¡Marqués! Me volví con un gesto de dolorida indiferencia...¿No se acuerda usted de mí? "
La mujer se retira un poco la toquilla de aldeana. Bradomín descubre "un rostro arrugado y unos ojos negros, de mujer enérgica y buena". ¿Quién es? ¿No se acuerda de cuando estaban "en la frontera con el Rey"?. ¡Es Sor Simona!


Le pregunta si está herido. Al ver "la mano lívida, con las uñas azulencas y frías", exclama "con bondadoso ímpetu": "Usted no puede seguir así, Marqués". Sí, ha de seguir, ha de cumplir  "una orden del Rey".

Sor Simona ha visto demasiadas heridas de guerra. Le advierte :"ese brazo no espera...Por lo tanto que espere el Rey".

De aquí

Decidida, toma el diestro del caballo para hacerle torcer de camino. "Con tono autoritario y enternecido", que lo uno no quita lo otro, ordena  a los soldados que vayan detrás. No le deja apearse, Bradomín obedece dócilmente.

Entran "por una calle de huertos y casuchas bajas" . Humo, olor a "pinocha", voces, gritos. ¿sueña? Las ramas de un sauce, "sombra adversa", le dan en la cara.


Se detienen ante una casona hidalga. Los "republicanos" quemaron su convento y en ella tienen montado su hospital de sangre. Mientras sube la escalera, llama la atención de Bradomín  la  joven ayudante de Sor Simona:

 "Era casi una niña, con los ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces"


Arriba, mujeres con tocas hacen hilas y rasgan vendajes. Sor Simona ordena que le dispongan una cama, la mejor.

Las Maximinas de hoy en día
Comienza a desatarle el vendaje del brazo. Los ojos del marqués se van en busca de los de la jovencita que, asustados y compasivos, miran el "cárdeno agujero de la bala" . Sor Simona decide quitarla de en medio,  la ve a punto de llorar. El pretexto son las sábanas que ha de poner en la cama del Señor Marqués, de hilo han de ser.

Sábanas de hilo

Bradomín siente "el alma llena de ternura". Su "memoria acalenturada", repite tercamente: "¡Es feúcha! ¡Es feúcha! ¡Es feúcha!..." Su cerebro realiza inesperadas conexiones. ¿Tal vez delira?

Pasa algún tiempo hasta que el médico asoma "en la puerta, tarareando un zorcico". "Un viejo jovial, de mejillas bermejas y ojos habladores". Le reconoce el brazo, con la ayuda de Sor Simona. "Bordeando el agujero de la bala" le hinca más fuerte los dedos. Duele mucho. Un crujido, no hay duda:

"Están fracturados el cubito y el radio, y con fractura conminuta"

Pregunta el marqués "si será preciso amputar el brazo". El médico y la monja le miran. Lee "en sus ojos la sentencia".  Y sólo piensa " en la actitud que a lo adelante debía adoptar con las mujeres para hacer poética mi manquedad". Incluso tiene un recuerdo para Cervantes y el Quijote:

"¡Quién la hubiera alcanzado en la más alta ocasión que vieron los siglos! Yo confieso que entonces más envidiaba aquella gloria al divino soldado, que la gloria de haber escrito el Quijote. "

De aquí.

Mientras distrae su sufrimiento con  quijotescas  locuras, el médico declara la inminencia de la gangrena.

A continuación:"Conferencias en secreto", "hay que tener ánimo Marqués", "era mi alma como viejo nido abandonado",  "¿Ha cortado usted muchos brazos, Doctor?", "un goce amargo y cruel", "dominando el femenil sentimiento de compasión". "el orgullo, mi gran virtud, me sostenía".

Y después: "No exhalé una queja ni cuando me rajaron la carne, ni cuando serraron el hueso, ni cuando cosieron el muñón".

Y, al final: "¡Qué valor! ¡Cuánta entereza! ¡Y nos pasmábamos del General! Yo sospeché que me felicitaban, y les dije con voz débil: ¡Gracias, hijos míos! "

Pero estamos ante un antihéroe que, tras su heroico papel, llora en secreto:

"Cerré los ojos para ocultar dos lágrimas que acudían a ellos"



Acaso también Valle Inclán hubo de vivirlo así.

Se desvanece "en un sueño o en un desmayo". Cuando despierta, "una sombra estaba en vela". Reconoce "los ojos aterciopelados" y siente "como si las aguas de un consuelo me refrescasen la aridez abrasada del alma".



Alza con fatiga el único brazo para acariciar "aquella cabeza que parecía tener un nimbo de tristeza infantil y divina". Ella le besa la mano, llora. " ¡Es usted muy valiente! "

Él sonríe ante la ingenua admiración. La consuela como a una niña pequeña: "ese brazo no servía de nada", con uno nos basta, ahora no trepamos por los árboles, la rama cercenada me alargará la vida, "soy como un tronco viejo".


La niña solloza, le suplica que no hable así, por Dios.

"La voz un poco aniñada se ungía con el mismo encanto que los ojos, mientras en la penumbra de la alcoba quedaba indeciso el rostro menudo, pálido, con ojeras"

Bradomín le pide que le hable. Su voz es balsámica, le hace bien. Ella repite : "¡La voz balsámica", buscando un sentido oculto en esas palabras. "Recogida en su silla de enea", silenciosa, pasa las cuentas del rosario.

Vuelven las nieblas del sueño:

"Un sueño ingrávido y flotante, lleno de agujeros, de una geometría diabólica"

De aquí

Cuando despierta, ahí está Maximina. La Madre Superiora le ha reñido, dice que  le fatiga con su charla. "De manera que va usted a estarse muy callado" le ordena con una sonrisa.
 
¿Qué siente el Marqués? ¿La ternura de un abuelo?

"Yo al verla sentía penetrada el alma de una suave ternura, ingenua como amor de abuelo que quiere dar calor a sus viejos días consolando las penas de una niña y oyendo sus cuentos"


Le agrada su voz. desea oírla. Preguntas y respuestas. "Me llamo Maximina", "es un nombre muy bonito", "será lo único bonito que tenga", "también muy bonitos los ojos", "soy toda yo tan poca cosa", "vales mucho", "ni siquiera soy buena" , "la niña más buena que he conocido", "una mujer enana", "cuántos años cree que tengo", "acaso tengas veinte años", "tengo quince", "le estoy haciendo hablar", la Superiora..., "no soy novicia, soy educanda". Sonríe.

Él calla, esos ojos...:

"¡Ojos de niña, sueños de mujer! ¡Luces de alma en pena en mi noche de viejo!"


Pero...¿sabe Bradomín quién es Maximina? ¿Rebotan ahora en su alma las palabras de la Duquesa de Uclés? ¿Su hija?

"Es feúcha, es feúcha"

¿Quiero descubrir la parte más repugnante de este marqués de Bradomín? No lo sé, tal vez siga más adelante y os lo cuente. Quizás no...

Un abrazo para los que me seguís.

María Ángeles Merino

jueves, 8 de marzo de 2012

"Sonata de invierno": La Duquesa de Uclés, "divinos labios que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos"

"Arlanzón entre dos luces"

Comentario a mi lectura de "Sonata de invierno" de Valle Inclán, en torno a "la campaña de don Carlos" y  la duquesa de Uclés. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Utilizo un ejemplar de la colección Austral y http://es.wikisource.org/wiki/Sonata_de_invierno

Don Carlos, a pesar del temporal de viento y de nieve, resolvió salir a campaña”. 

Con su caballería, sus trescientos lanceros y sus ayudantes. ¡A jugar a la guerra! Ahí van el Conde de Volfani y el marqués de Bradomín, tan felices, cabalgando con las monturas emparejadas. Dos “grandes amigos, como puede presumirse”. El lector sonríe, tiene en mente la reciente visita del marqués al lecho de María Antonieta, señora de Volfani. Nos divierte imaginar la sonrisilla de don Xavier.

De aquí.

“Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines”. ¡No! Que eso es de Rubén Dario. Aquí:

"Los clarines sonaban rompiendo marcha hay clarines, el viento levantaba las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada: ¡Viva Carlos VII!"


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De aquí.

Una vez en la carretera, hacen alto un instante. El viento azota "bravío", relinchan algunos caballos "encabritados" y unánimemente se afirman en sus sillas. La columna se pone en marcha.

¿Alfonsinos a la vista? No, ni uno, sino la conjunción de viento y lluvia batiendo "con grandes ráfagas". Los ponchos flamean cual banderas y las furiosas boinas se tienden hacia atrás.


"Una gran casería", una humilde casa, en un cruce de caminos, va a hacer las veces de Cuartel Real. Se reúnen en la cocina al amor del fuego. Sientan al Señor Rey don Carlos en la silla del abuelo.


La lluvia bate los cristales. Todos hablan del borrascoso tiempo, si no fuera por ese pérfido enemigo ya castigarían a su gusto a la facción alfonsina.


Se calma el temporal y don Carlos exclama: "¡Bradomín, qué haríamos para no aburrirnos! "

Nuestro marqués se permite responder socarronamente: "Señor, aquí todas las mujeres son viejas. ¿Queréis que recemos el rosario? "




El Rey le mira con expresión de burla, tal vez piensa que el marqués se toma demasiadas confianzas, ahora verá. Le pide que, subido a una silla, les recite el soneto que ha compuesto a su odiado primito Alfonso. Los cortesanos se ríen de la real broma, Bradomín contesta, muy digno: "Señor, para juglar nací muy alto". El Rey le abraza, no ha querido ofenderlo...

Silencio. La cocina comienza "a ser invadida por las sombras"; pero "a través de los vidrios llorosos" ven que "en el campo aún era la tarde".


En los caminos reina una  soledad amenazadora. Don Carlos quiere que Bradomín y Volfani le acompañen a Estella. Nadie ha de enterarse. No, no es preciso avisar a Volfani: "él ha sido quien preparó la fiesta". Esperarán "a que cierre la noche".

Mientras tanto, escuchan las batallitas de dos ancianos militares, las que ganaron y las que piensan todavía ganar.  Se enternecen ponderando las virtudes de sus soldados. ¡Qué decir de los navarros, tan buenos conservadores de "la lealtad, la fe y el heroísmo" de los viejos tiempos! La ironía del viejo marqués carga contra los  ingenuos "que aún esperan de las rancias y severas virtudes la ventura de los pueblos". Los admira, compadece  su ceguera y proclama heréticamente: "¡Los pueblos sólo son felices cuando se olvidan de todo eso!"

Ya es noche cerrada, don Carlos hace un gesto a Volfani y a Bradomín. Salen a la luz de la luna, les esperan con los caballos.


¿Sienten miedo? Leamos:

"Los peñascales que flanquean la carretera parecían llenos de amenazas, y de los montes cercanos llegaba en el silencio de la noche el rumor de las hinchadas torrenteras"


Entran en Estella a pie y se detienen ante el caserón, aquel tan blasonado, de su "bella bailarina elevada a duquesa de Uclés".
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Estella

Un hombre con pata de palo les franquea las puertas. Bradomín lo reconoce: "un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza, amigo de las juergas clásicas con cantadores y aristócratas". En otros tiempos, se dijo que sustituyó al marqués en el corazón de la bailarina.

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De aquí

Su corazón  palpita cuando aparece la Duquesa. Don Carlos, impaciente,  pregunta si ese alguien que espera ha venido ya. No tardará.

Pasan al salón grande y frío, don Carlos extiende sus manos sobre el rescoldo de un brasero. La Duquesa envía una sonrisa a Bradomín. Él, al verla con tocas de viuda, recuerda a la dama del negro velo que vio en el cortejo de doña Margarita.

"Fernanda con mantilla negra", Picasso

Se oyen voces, tras el toc toc de la pata de palo. "Entran dos mujeres muy rebozadas y anhelantes". Don Carlos se acerca a una de ellas, unas palabras en voz baja y sale acompañándola. La otra hace una seña a Volfani que se levanta y la sigue.


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Don Carlos María de Borbón y Austria Este.

La Duquesa se ríe ¿Acaso las conoce el marqués? Él desea besarle las ducales manos, ella las retira con una sonrisa y le regaña: "Ten formalidad. Mira que somos dos viejos".

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Detalle de foto Ele Bergón

La galantería de él no se hace esperar: "¡Tú eres eternamente joven, Carmen!". "Maliciosa y cruel" le replica: "Pues a ti no te sucede lo mismo". Para restañar la herida provocada le atrapa con "su boa de marta" y "le ofrece los labios como un fruto". Recuerda:

"¡Divinos labios que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos! "

 

Un pasado de olés y un presente de rezos. Se aparta "vivamente", el golpe de la pata de palo ha despertado  "los ecos del caserón" y los de su dueña. ¿Qué temes? pregunta él. Ella protesta ante la insinuación:
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De aquí.

"¡Nada! ¿También tú crees esa calumnia? "

Besa gitanamente la cruz de sus dedos, jura y protesta, jamás ha tenido nada con ése. Explica demasiado: "somos paisanos y le guardo ley". Lo recogió "cuando un toro le dejó sin poderse ganar el pan".
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De aquí.

Para borrar aquel recuerdo, la Duquesa cambia bruscamente de tema con un amoroso e inesperado reproche: "¡Ni siquiera me has preguntado por nuestra hija!"

Las palabras del viejo marqués no pueden ser más cínicas. Dice quedar "turbado, porque apenas hacía memoria". No se atrevió, no quería nombrarla "viniendo en ventura con el Rey".

"Una nube de tristeza pasó por los ojos de la madre". No la tiene aquí, está en un convento.



El de Bradomín dice sentir "de pronto el amor de aquella hija lejana y casi quimérica". ¿Se parece a su bella madre? La respuesta de la Duquesa es poco maternal: "No... Es feúcha".

Temiendo una burla, se ríe y pregunta osadamente: "¿Pero de veras es mi hija? "

De aquí.
La Duquesa no se siente ofendida, vuelve a jurar con los dedos en cruz. Pero "entonces su juramento me pareció limpio de toda gitanería".

Le mira fijamente "con sus ojos morunos" y , "con un profundo encanto sentimental...el...que hay en algunas coplas gitanas", asegura:

"Esa criatura es tan hija tuya como mía. Nunca lo oculté, ni siquiera a mi marido. ¡Y cómo la quería el pobrecito! "

Sólo falta el rasgueo de una guitarra que acompañe  a la declaración de la de Uclés.


"Se enjugó una lágrima", el pacífico Duque de Uclés murió "oscuramente"al comienzo de  la guerra. ¿Oscuramente?

La Duquesa sigue fiel todas las tradiciones:

 "La antigua bailarina, fiel a la tradición como una gran dama, se estaba arruinando por la Causa. Ella sola había costeado las armas y monturas de cien jinetes".

Con qué cariño habla de su "precioso" príncipe don Jaime y de la infanta doña Blanca, tan "barbiana". Como si también fueran sus hijos. ..Su hija de verdad, la "feúcha" está en el convento.



De pronto, resuena la voz del Rey:

 "A Volfani acaba de darle un accidente. Ya se habían ido esas damas y estaba hablándome, cuando de pronto veo que cae poco a poco, doblándose sobre un brazo del sillón"

"Deshecho, encogido, doblado y con la cabeza colgante...De su boca inerte, caída, hilábanse las babas". La Duquesa las limpia "caritativa y excelsa como la Verónica".

"Verónica" (El Greco)

Volfani les mira, o parece que les mira, "con sus tristes ojos mortales". ¿Qué van a hacer con él? Se impone un traslado secreto como aquel que Bradomín realizó con el cuerpo de Concha. Volfani no puede morir donde ha muerto.

El de la pata de palo todavía dice: "¿Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?"


La Duquesa, indignada, le impone silencio.

Iremos en busca de la feúcha.

Un abrazo para todo los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

sábado, 3 de marzo de 2012

"Sonata de invierno": María Antonieta: "alma de santa y sangre de cortesana"

"Arlanzón en gris" (Burgos)

Comentario a mi lectura de "Sonata de invierno", de Valle Inclán, en torno al personaje de María Antonieta (edición de Leda Schiavo, colección Austral, 2000) Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Las cuatro mujeres de las "Sonatas": la moribunda Concha, la ardiente Niña Chole, la mística María Rosario y ahora María Antonieta. Esta última, reencontrada por el de Bradomín en Estella, en medio de la tercera guerra carlista. Aunque, en la "Sonata de Invierno", las mujeres del pasado son dos, en realidad tres. Mas no adelantemos acontecimientos...

Don Carlos de Borbón sale de misa con todo su cortejo irreal.  Junto a la "reina",  “camina una dama de aventajado talle, cubierta con negro velo". Sin verla, el marqués adivina la mirada de unos ojos que le reconocen. El recuerdo viene y se va, como luces fugaces. ¿Quién es?

http://www.taringa.net/posts/arte/10078420/La-Pintura-En-Espana-Grandes-Pintores.html

Fray Ambrosio le conduce, con "intención ladina”, ante un decadente caserón con “gran escudo”, “rejas mohosas”, puerta entornada y zaguán. El fraile  deja caer: “Aquí vive la Duquesa de Uclés”. Bradomín sonríe y pregunta si la dama conserva su belleza. “Dicen que sí”…”va siempre cubierta con un velo”. ¿Por qué sonríe? ¿Conoce alguna mujer con ese título?


El marqués suspira. Siguen andando. Los días lejanos florecen en su memoria:

"¡Ay, eran las rosas y los versos de aquel buen tiempo, cuando mi bella aún era bailarina!"



Cuando  le decía “que era su cuerpo airoso como las palmeras del desierto, y que todas las gracias se agrupaban en torno de su falda cantando y riendo al son de cascabeles de oro”.  ¡La señora duquesa fue la bailarina Carmen! Todo un tópico.

De aquí

Ahora “es dama de la Reina Doña Margarita”. No sale “si no es para oír misa”. Al marqués le vienen tentaciones; los planes de Fray Ambrosio,  la Celestina en hábito frailuno, van por buen camino.

La ocasión se le va a presentar cuando, tras ser recibido por don Carlos, presente sus respetos a una "reina" doña Margarita que sólo desea sobrevivir:

"No es su corona lo que yo te pido que defiendas, sino su vida... ¡Que no se diga de los caballeros españoles, que habéis ido a lejanas tierras en busca de una princesa para vestirla de luto! Bradomín, vuelvo a decírtelo, estamos rodeados de traidores"


¡Otra mujer del pasado! Sus ojos se reencuentran ahora con María Antonieta,  condesa de Volfani, una de las tres damas que acompañan a "la Señora",  en la piadosa tarea de bordar escapularios, para los combatientes de  una causa perdida.

Se oye "el rumor de la lluvia en los cristales y el toque lejano de las cornetas". "La mirada de sus ojos negros y ardientes" hace latir el corazón del marqués "como a los veinte años".


María Antonieta se ausenta para ocuparse de los principitos.  "La Señora" aprovecha para expresarle  preocupación por su dama de honor. La encuentra triste, tal vez  tísica como sus hermanas y ..."¡la pobre es tan poco feliz con su marido!". La información precisa y un escapulario bordado, un regalo de reina.

"Detente" de la Tercera Guerra Carlista.


Aquella noche, en la tertulia, no consigue hablar a solas con María Antonieta. Sale de allí "con el vago temor de haberla visto huir toda la noche".

En la fría calle, le espera la sombra gigantesca y celestinesca de Fray Ambrosio. Siente latir su corazón al oír: “La dama consabida, dice que la vea esta misma noche, si puede ser”. "La Señora Condesa" le ha dado el aviso para "el Señor Marqués". El fraile se ríe grotescamente de sí mismo y de sus cicatrices:

“Es alegría de verme desempeñando estos oficios, tan dignos de un viejo guerrillero. ¡Ay!... Cómo se ríen mis diez y siete cicatrices...”



Una puerta se abre sigilosa. La doncella le conducirá. El fraile le lleva a un rincón, le clava en el hombro su "mano de esqueleto"; le pide cien onzas, el precio de la indigna tercería. Y lo peor de todo:

"Si no las lleva encima puede pedírselas a la Señora Condesa. ¡Al fin y al cabo, ella me las había ofrecido!"

El dinero nunca había danzado así en las "Sonatas".

El marqués echa mano a la espada, el "exclaustrado" ríe, no tiene escapatoria:

"No alce la voz, que pasa la ronda y podrían oírnos...Pero acaso, si ahora, fuese el cortejo de una casada..."


Se justifica. Es "un ardid de guerra", lo necesita para echarse al campo, ha de pagárselas ahora mismo. ¿Pedir amistosamente? Le daba vergüenza.

Al final, calla y se echa a la calle, sin cuidarse del chaparrón. La doncella tiembla, lleva al marqués ante su señora.

Sentada junto a un brasero, María Antonieta,"ojos tristes y sombríos, cercados de una sombra violácea", recibe a Bradomín.

"La chiquita piconera", Julio Romero de Torres.

Con palabras despegadas, dice no comprender la insistencia de esta noche. Él se siente herido y ataca: "es una historia de tu capellán". Ella insiste: me acechó "por orden tuya". Él ha de callar, no sería galante contarle "el ardid de Fray Ambrosio".

¡Tanto tiempo ausente! ¡Ni una carta! ¿Qué desea?

Él declara contundentemente: "te deseo a ti". "Sus bellos ojos místicos" le fulminan. Explotan sus temores de perder el favor real. Será arrojada de la estellesa y carlista corte de cartón.

¿Verdugo? No, el marqués intenta aplacarla con un "soy tu víctima" y un besamanos fieramente frustrado.

María Antonieta tiene algo de Concha, la de "Sonata de Otoño". Con las dos, el marqués vive el reencuentro con un amor del pasado, bajo circunstancias excepcionales.

 Aunque María Antonieta no sea una moribunda, estamos ante una mujer marcada por la enfermedad, no sólo en sus ojeras violetas. Teme  a  la tisis que mató a sus hermanas. Y el viejo marqués relaciona su condición de epiléptica, el llamado mal sagrado, con su apetencia sexual, algo que hoy suena extraño:

"María Antonieta era una enferma de aquel mal que los antiguos llamaban mal sagrado, y como tenía alma de santa y sangre de cortesana, algunas veces en invierno, renegaba del amor"

Sigamos escuchando al viejo marqués que tantas mujeres conoció:

"La pobre pertenecía a esa raza de mujeres admirables, que cuando llegan a viejas edifican con el recogimiento de su vida y con la vaga leyenda de los antiguos pecados"

Sigamos el cortejo. "En voz amante" él suplica: "¡María Antonieta!".  
Ha  de saber sus penas para poderla consolar.


Ella pierde "su hieratismo" y responde "con un arranque fiero y apasionado" :

"Cuenta tus ingratitudes: ¡Porque esas son mis penas!

Ya está: "La llama del amor ardía en sus ojos con un fuego sombrío que parecía consumirla: ¡Eran los ojos místicos que algunas veces se adivinan bajo las tocas monjiles, en el locutorio de los conventos!




María Antonieta ha recibido un mala noticia. Su marido viene a servir como ayudante del Rey. La Reina le impone que vivan una misma vida. Le pregunta si estaría dispuesto a que ella se repartiera. ¿Es que no le conoce? Bradomín gusta "aquellos escrúpulos como un encanto más, acaso el mejor ".

Y despliega toda la artillería sádica y masoquista:

"No se llega a viejo sin haber aprendido que las lágrimas, los remordimientos y la sangre, alargan el placer de los amores cuando vierten sobre ellos su esencia afrodita: Numen sagrado que exalta la lujuria, madre de la divina tristeza y madre del mundo."


A Xavier le saben a gloria las lágrimas de sus labios. Ella juega a ahogarle en su brazos, "un divino dogal" para él. Aprieta, aprieta. Sonríe, se sonroja, le advierte que va a ser exigente.



El marqués tiembla, o eso dice. Xavier no es el de las noches tropicales con la Niña Chole.



Ella se esconde entre los cortinajes del lecho, él la persigue. El de Bradomín ha de citar,  cómo no, a su instructor en estas lides amatorias. La vieja cama de nogal es el pretexto: allí dormían los castos" hidalgos matrimonios navarros" que llegaban a viejos sin saber nada de "aquella ciencia voluptuosa que divertía el ingenio maligno y un poco teológico, de mi maestro el Aretino"




Aquella noche, ella fue exigente "como una dogaresa". Él fue "sabio como un viejo cardenal que hubiese aprendido las artes secretas del amor, en el confesionario y en una Corte del Renacimiento"
Reconozco ignorar las costumbres de las dogaresas venecianas. De cortes renacentistas y cardenales, algo hay escrito por ahí...


Aquella noche María Antonieta rugió en sus brazos "como una faunesa antigua". ¿Cómo rugían las faunesas? ¿Qué eran las faunesas?

Y Bradomín que sentencia:
 "Divina María Antonieta, era muy apasionada y a las mujeres apasionadas se las engaña siempre. Dios que todo lo sabe, sabe que no son éstas las temibles, sino aquellas lánguidas, suspirantes, más celosas de hacer sentir al amante, que de sentir ellas"

Antes de que nuestro protagonista vague por las calles de Estella, en pleno deshielo, gocemos de  las palabras pintura:

"María Antonieta era cándida y egoísta como una niña, y en todos sus tránsitos se olvidaba de mí: En tales momentos, con los senos palpitantes como dos palomas blancas, con los ojos nublados, con la boca entreabierta mostrando la fresca blancura de los dientes entre las rosas encendidas de los labios, era de una incomparable belleza sensual y fecunda. Muy saturada de literatura y de Academia Veneciana."


María Antonieta: Una Venus de Tiziano, a pesar de sus achaques.
Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Nota: las palabras en verde se han añadido a la entrada para enmendar un error. Gracias, Myriam.