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viernes, 11 de diciembre de 2009

Los Reyes Magos no se han enterado de que les faltan los camellos ; al igual que Sancho y Sacripante , con sus jumentos.



Comentario al capítulo 2,27 del Quijote, publicado en "La acequia"


Saludo a todos los que pasáis por aquí. De momento voy a hablar con mi propia voz, la de María Ángeles Merino. Tal vez luego se la ceda a algún secundario, quién sabe. Me han llegado noticias, desde el limbo de los secundarios, con las quejas de uno de ellos, que además aparece con tres personalidades diferentes. Y no soporta que, estando él presente en el 2,25 y en el 2,26; haya elegido yo la voz del “primo” para narrarlo, siendo él parte tan importante, en los dos últimos capítulos.

Comienzo a leer el capítulo 2,27 y me encuentro a un Cide Hamete que jura ¡como “católico cristiano”! ¿Ha renegado de su fe? No, un musulmán jamás.

Cuando Cervantes toma la pluma para escribir este juramento, está llenito de alifafes, sabe que su muerte no está lejos, traspasa su cansancio vital a la obra y, de manera evidente, a su don Quijote. Esos “así es la verdad”, “así es” ...a secas.


Este Cervantes apagado se espabila a si mismo y, de paso, lo hace con los lectores, ahí nos arroja un Cide católico cristiano. Una vez escrito, ¿cómo sale del berenjenal? Lo hace por un camino tortuoso: Cide Hamete ha de decir verdad, sobre el Maese y su mono adivino, de la misma manera que lo haría un católico, obligado por su religión, a no mentir en sus juramentos. ¡Acabáramos!

A continuación, nos invita a retroceder hasta los capítulos del primer libro y recordar a aquel Ginés de Pasamonte, liberado por don Quijote con otros galeotes, en Sierra Morena. Recordad, aquella “gente maligna”, que apedreó a su libertador. Y ¿qué veo? ¡Cielos! ¡Está aquí, al lado de mi ordenador! ¡Va vestido todo de gamuza y con su mono adivino, encima de los hombros! Ya decía yo que la cara del titiritero me era familiar. Me hace señas, desea utilizar este infernal artefacto. Será mejor permitírselo…

Siéntese, siéntese, vuestra merced. Escriba lo que desee, que yo no le pondré impedimento alguno. Ya he dado voz a unos cuantos secundarios; recuerde a Tomé Cecial, a doña Cristina, al primo del licenciado…

¿Secundario dice, amiga mía? Principal de los más principales. Sepa, mujer amanuense , que mi nombre es Ginés de Pasamonte. Ese hidalgüelo, el caballero andante resucitado, tiene la desfachatez de apodarme Ginés de Parapilla. Aunque la culpa no es suya, es de ese Cervantes, ése que moja la pluma y la desliza sobre el papel.
Que advierta, el signor Miguel, que su biografía no está exenta de ciertos asuntillos que le hicieron dar con sus huesos en la cárcel. Así que, no hay ningún Parapilla aquí, que todos somos mitad pillos, mitad santos.

Lo confieso, fui yo el que hurtó el rucio a Sancho Panza. El de la pluma no puso” el cómo ni el cuándo”. Tal vez fue falta de memoria del autor, tal vez fue falta de imprenta, no lo sabemos. Aquellos impresores que trabajaban para Juan de la Cuesta tendrían mucho que decir aquí.

Lo más extraordinario del robo fue la traza y modo que usé: le saqué el rucio de entre las piernas, mientras dormía como un bendito. ¿No me creen? Pueden creérselo, el secreto está en la agilidad de mis dedos habilidad, adquirida cuando la necesidad me obligó a extraer las bolsas de monedas de muchas incautas faltriqueras. Como Brunelo sacó a Sacripante el caballo de entre las piernas, así lo hice yo. Como ven, aunque no soy tan erudito como el primo aquel, tengo mi cultura humanística y conozco la obra de Ariosto. Aunque haya acabado de titiritero, fui estudiante en Salamanca ¿No me creen?

Ya, ya sé que tengo fama de mentir como un bellaco…Incluso compuse un gran volumen contando mis hazañas, que algunos llaman bellaquerías y delitos. Fui perseguido por la justicia y determiné pasarme al reino de Aragón., donde no se podían aplicar las sentencias dadas en Castilla. Como ven, soy un “perseguido por causa de la justicia”, soy uno de los que el Maestro llamó bienaventurados.

Me cubrí el ojo izquierdo y un viejo titiritero me enseñó su oficio y, al morir, me dejó su retablo con sus títeres de pasta. Ya saben: el rey, el príncipe, la princesa, el rey moro…Se me dio bien este oficio , que en lo de “jugar de manos” ya tenía yo el doctorado.

¿Y el mono? El mono lo compré a unos ex cautivos que venían de Berbería. El animalillo estaba sin amaestrar, la emprendía a mordiscos con todo el que se acercaba. Con paciencia, y algún coscorrón, conseguí convertir al salvaje en doméstico y enseñarle que, ante cierto gesto mío, se subiese en mi hombro y simulase que me murmuraba al oído. Pero el mono ha de parecer adivino y, para eso, yo me informo, previamente, de lo sucedido en el lugar y a qué personas. Con la ayuda de estas pesquisas, todos creen en la capacidad adivinatoria de Melisendro, que así llamo yo al mico.


Lo primero que hago es mostrar el retablo, con la historia de Gaiferos o con otra de mi repertorio, ninguna triste ni desconocida. Después de los títeres, propongo las maestrías del simio, anunciando que adivino el presente y el pasado, mas no el futuro. No deseo yo problemas con el Santo Oficio. Aunque por la consulta cobro dos reales, rebajo el precio según calibro yo a los preguntantes. En ocasiones, demuestro saber los sucesos de quien no ha preguntado ni pagado, con lo que gano fama de infalible y mis bolsas están llenas a reventar.

En cuanto a don Quijote y Sancho, los reconocí enseguida, al entrar en la venta. Y, como sabía de qué pie cojeaban, me fue fácil ponerles en admiración. Qué cara puso don Quijote cuando dije aquello de “resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante caballería”. ¿O tal vez me reconoció? Me miraba con nos ojos…

Ya saben vuestras mercedes que estuve a punto de ser decapitado, cundo don Quijote quiso ayudar a Gaiferos y Melisendra, cortando la cabeza del rey Marsilio. Un poco más y hubiera sido yo otro títere descabezado.


Continúa en la siguiente entrada

Pedro Ojeda Escudero dijo aquí:

"Qué maravilla de giro has dado a la entrada: desde tu voz a la de Ginés. Cómo se agradece todo esto."


¡Qué miedo pasé cuando se me apareció el titiritero galeote! Menos mal, que estaba por ahí Sor Austringiliana. Gracias Pedro por tus palabras.



domingo, 6 de diciembre de 2009

Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui (3)


Se ha puesto el sol en Marbesula y yo acabo aquí el comentario al capítulo.

Tercera parte del comentario al capítulo 2,26 del Quijote, publicado en "La acequia"/laacequia.blogspot.com/

Don Quijote no soporta el disparate: los moros no usan campanas sino atabales y dulzainas. Y no dice nada del moro , en lo alto del minarete, que llama a la oración voceando: Alaaaaaaaaa.

Maese Pedro no da importancia a esas “niñerías” y lo relaciona con las comedias, ésas que se representan hoy en día. ¿No están, acaso, llenas de impropiedades y disparates? ¿Impide que sean aplaudidas, admiradas y que corran su carrera? Aquí le doy la razón al Maese del Mico, tuve en mente un libro con la lista de impropiedades cometidas por el llamado “Fénix de los Ingenios”, lo dejé porque, a pesar de ello, le admiro mucho. Y lo que importa es llenar el talego. Y Don Quijote, sin ganas de polémica, también termina dándole la razón.

Sigue el muchacho y rectifica sobre la marcha. Cuánta caballería persigue a los amantes y cuántas trompetas, dulzainas, atabales y tambores. Ay, que les atrapan, estamos todos en ascuas, les atarán a la cola de su caballo, morirán horrendamente torturados.

Don Quijote ve y oye a la morisma y se ve obligado a ayudar; no, no lo consentirá, manda detener a la “mal nacida canalla” y desenvaina la espada. Acuchilla, derriba, descabeza, estropea y destroza. Y si el titiritero no se agacha, termina decapitado, como un títere más. La famosa espada Durandana se queda corta al lado de ésta.

Vocea, con terrible voz, el dueño de tanto muñeco sin cabeza, advirtiendo que son figurillas, que no son auténticos moros. ¡Esto es su ruina!

Don Quijote sigue menudeando y, ahora, la emprende con el retablo, con el mahometano Marsilio y el cristianísimo emperador Carlomagno. El mono toma las de Villadiego y, a mí, me tiemblan las piernas. Reina el pánico y Sancho asegura no haber visto nunca a su señor así.

Se sosiega un poco el colérico caballero y, ahora, le toca el turno a destacar la importante labor de la heroica caballería andante. Los que no creen en ella, que vengan aquí y miren qué hubiera sido de Gaiteros y Melisendra, en manos de aquellos “canes”.

Maese Pedro se considera tan desdichado como el último rey godo, don Rodrigo, el que pasó de tener toda España a no poseer ni una almena, ése al que una culebra le comía por donde más culpa había. Qué bellos los viejos romances, todavía no he publicado un libro sobre ellos…Bueno, a lo que iba.

Este nuevo don Rodrigo manifiesta que, antes era dueño y señor de reyes, emperadores, caballos y galas. Ahora es un desolado mendigo. Y se ha quedado sin mono, que no volverá, antes le sudarán los dientes que poder atraparlo. Hipérbole enorme. En cuanto tenga hambre el animalillo.

Ahora hay que conmover a don Quijote para que le recompense generosamente por las pérdidas. Y coloca el dedo donde más le duele, un caballero andante que ampara, endereza y hace obras caritativas…el de la Triste Figura desfigurando figuras. Se enternece Sancho y ahora el escudero es el que remata la tara de ablandar el corazón de su amo. Su señor, “tan católico y escrupuloso cristiano”, si comete un agravio te lo pagará. No llore…

Maese Pedro le hace saber que fue la fuerza de su brazo la culpable del destrozo y don Quijote confiesa que, para él, todo era real y no fingido, Melisendra era realmente Melisendra… Tuvo que cumplir con su deber de caballero andante y ayudar a los que eran perseguidos. Si le ha salido al revés, no es su culpa, sino de los encantadores que le persiguen y mudan y truecan las cosas a su antojo.

El caballero está dispuesto a pagar en buena moneda, qué le diga Maese Pedro cuánto debe. Qué bueno es este hombre y cómo le brillan los ojos de codicia al titiritero que nombra al ventero y al “gran Sancho” como “medianeros y apreciadores” del valor de lo deshecho. El “gran Sancho” se derrite.

En un curioso tira y afloja, van tasando todas las figuras. Maese Pedro sale bien parado, recibe cuarenta reales y tres cuartillos más dos reales por el trabajo de buscar al mono. Don Quijote, irónico, ordena darle para el mono y para la “mona”. Menuda borrachera. Y estaría dispuesto el generoso caballero a dar doscientos , en albricias, a quien le dijera que Gaiteros y Melisendra están en Francia, con los suyos.

El Maese no tiene empacho en añadir que eso quien mejor puede decírselo es su mono, que vendrá enseguida, por el hambre y por el cariño. Y está dispuesto a recibir los doscientos de las albricias, en nombre del mono…Esto da que pensar sobre la codicia humana, sí señor.

Todos cenamos en paz y buena compañía, a costa de la liberalidad de don Quijote. Al día siguiente, me despido y tomo el camino de regreso a mi pueblo, muy a mi pesar porque este don Quijote es un ser humano muy interesante para un docto humanista como yo.

Con esto, me despido de vuestras mercedes, esperando les haya gustado mi participación.

María Ángeles Merino me dio voz.


Feliz puente de la Inmaculada Constitución a todos. Un abrazo desde Marbesula.

Pedro Ojeda Escudero dice en "La acequia":

"La Abejita divide su comentario en varias partes y lo deja en manos -en la voz- del primo famoso, al que al final vamos a coger cariño. La primera comenta el teatrillo de títeres de forma acertada y lo ilustra con no menor acierto (y hasta nos da un enlace sobre el leísmo en el Quijote). Después toma el hipogrifo (en ancho europeo) y continúa el comentario de la historia de Melisendra para terminarlo a pie de playa, ahora que los demás pasamos frío."

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/search/label/Para%20una%20lectura%20de%20El%20Quijote#ixzz0Z7y5eiNX
Under Creative Commons License: Attribution Non-Commercial No Derivatives

Gracias, Pedro ,en mi nombre y en el de mi apócrifo "primo", por seguirme siempre, aunque vaya en mi hipogrifo. Otra vez a los "yelos", como diría pancho.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui (2)



Esta parte del comentario, la escribí así. En el hipogrifo, el "ave" más veloz.

Continuación al comentario al capítulo 2,26 del Quijote , publicado en "La acequia".laacequia.blogspot.com/

Pero en esto llega don Gaiteros a socorrerla…el piadoso cielo, también. No repara en gastos y pega un tajazo al rico faldellín. Don Quijote le diría que un faldellín puede servir para avalar un préstamo. ¡Ay, su Dulcinea arruinada!

Melisendra cae al suelo, al parecer sin lesiones importantes, gracias piadoso cielo. Gaiteros la coloca a horcajadas sobre el caballo, que no hay posibilidad de montar a mujeriegas como una dama. Tocotó, tocotó. El estoico caballo relincha contento con su doble carga, valiente y hermosa: pero carga al fin. Hiiiiii.

Los dos amantes toman la vía de París. El trujamán les desea que lleguen a salvo a su patria, sin que se les ponga estorbo. Y que vivan felices y lleguen a ser tan viejísimos. Los de mi pueblo aplaudían en momentos como éste. Aquí en la venta, silencio.

El muchacho se está encumbrando y Maese Pedro le pide llaneza, sin afectación.

El intérprete prosigue y ahora viene lo malo. Siempre hay ojos ociosos que todo lo ven, así hay quien vio la bajada y la subida de Melisendra, faltándole tiempo para ir con el cuento al rey Marsilio. El rey morenito manda tocar al arma y, en toda la ciudad, se oyen las campanas de las mezquitas. ¿Campanas en las mezquitas?


Feliz Inmculada Constitución a todos.

(Continúa)

jueves, 3 de diciembre de 2009

Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui (1)


Don Gaiferos con una espada de su propiedad , que el primo no quiso prestarle la Durandana. Hay cosas que no se prestan.

Melisendra con su faldellín, se le quedó así de corto, tras engancharse en el hierro del balcón.

El emperador Carlomagno con su cetro de dar coscorrones al yerno amnésico.

El caballero, la princesa y el rey.

Primera parte del comentario al capítulo 2,26 del Quijote.

Sigo siendo el primo, al que atribuyo esta frase apócrifa: "Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui."

"Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas".

Callamos todos, tanto tirios como troyanos estamos pendientes del teatrillo. Atabales, trompetas y mucha, mucha artillería.

De nuevo estoy aquí, soy el primo del señor licenciado, el maestro de esgrima; aquel que condujo a don Quijote, hasta la mismísima cueva de Montesinos. Vuestras mercedes saben de mi gran afición a dar a la estampa ciertos volúmenes que desentrañan grandes misterios y alumbran a la humanidad. Un esforzado humanista, como yo, embobado ante un teatrillo de títeres. Mas, he de confesar que estos muñequillos movidos por una mano oculta, atraen mi voluntad cual piedra imán.

Maese Pedro, ahí dentro, alterna los atabales, rataplán rataplán, con la trompeta, tararí tararí, o con las cargas huecas de un cañón de juguete, bum bum. Coge uno, suelta otro; los espectadores no sabemos nada de esa actividad apremiante que existe detrás del telón.

¿Qué cómo lo sé yo? Pues…no lo sé, pero mi imaginación me lleva hasta mi infancia, allá en el pueblo, el de Basilio. ¿Recuerdan? Muy niño era, efectivamente, cuando, un día de mercado, un artista ambulante montó su retablo de títeres, junto a los puestos de venta. Allí los campesinos vendían o compraban animales y, ya de paso, se abastecían de lo que no daba la tierra; pero, en ese momento de mi recuerdo, la atención de las buenas gentes ya no se centraba en la vaca coja o en el bonito retal floreado que iban a comprar. En ese momento, todos los ojos permanecían clavados en la humilde función.

Todos los ojos menos los míos. Escapado de las manos de mi distraída aya y, agazapado, en los entresijos del teatrillo, miraba embobado como aquel titiritero , tirando de unos hilos, insuflaba vida a unos toscos muñecones con corona, cetro, espada o garrote. Vuestras mercedes me disculparán si sufro una metamorfosis y vuelvo a ser la criatura de ojos nuevos que fui.


Volvamos al de Maese Pedro. Alza la voz el muchacho de la varita y nos presenta la historia. Los personajes son los de siempre: el rey, la bella princesa, el héroe y el malvado. El trujamán nos asegura que sigue al pie de la letra las “corónicas” francesas y esos romances españoles que, transmitidos de padres a hijos, viajan de boca en boca, sin necesidad de estampa ni manuscrito. Les diré, con la autoridad que me da mi erudición, que sigue mucho más lo español que lo francés. Y al Carolo le dan un toque muy de aquí…

El héroe, don Gaiferos, yerno del emperador Carlomagno, ha de liberar a la bella princesa, su esposa Melisendra, cautiva por los moros en España, en una Zaragoza a la que llamaban Sansueña. En una relación de antiguos topónimos que compuso un amigo mío, tan docto como yo, no figura Sansueña como Zaragoza. Lo más parecido a Sansueña es Sansoigne o Sajonia…qué más da.

Mas don Gaiferos, jugando a las tablas, no tiene prisa en liberar a su esposa, un tanto olvidada la tiene y ha de ser el emperador Carlomagno, padre putativo de Melisendra, el que ha de recordárselo. La gente se ríe al oír la palabra “putativo” y sigue riéndose cuando el emperador amenaza con el cetro y el yerno recibe su ración de coscorrones para refrescar la memoria y que se entere de lo que vale una honra perdida. Toma, toma…y la chiquillería: bieeeeeeen. En realidad, no hay chiquillos en esta venta, pero estoy recordando el escándalo que se montaba en funciones como ésta, en mi pueblo.

Enrabietado, tira el tablero, le entra una prisa de mil demonios, pide prestada la espada Durandana a su primo Roldán. No se la presta, mas se presta a acompañarlo. Gaiferos. se basta él solo, además …no quiere testigos si hay cuernos. Así que coge el caballo y tocotó, tocotó, Mira, allí está Melisendra, asomada al balcón de una torre de la Aljafería. Vestida a lo moro, mira el camino de Francia y piensa en su esposo.
Por ahí viene el malo, un moro que a sus espaldas llega “callandico y pasito a paso”. Tiene la desfachatez de pedirnos silencio, con el dedo en la boca. Me veo, de chico, pataleando y chillando para llevar la contraria al del dedo. “La* da un beso en mitad de los labios”, ella escupe, se limpia con la manga, se lamenta y se arranca algunos cabellos.

Entre los malos, también hay buenos o…menos malos. Aparece otro rey, éste con turbante y más oscuro, el rey Marsilio de Sansueña. Ha visto la insolencia del besucón y, aunque sea de la familia, le manda detener y que le den doscientos azotes, llevándole por las calles, pregonando su delito. La sentencia se cumple enseguida, que en la justicia los moros no hay fórmulas jurídicas que dilaten el proceso.

Don Quijote protesta, bien está la justicia cristiana con sus alargamientos. Aconseja al niño no desviarse, seguir la historia en línea recta. Maese Pedro, desde dentro, le ordena que haga lo que el caballero manda. Así lo hará, que el que paga, manda.

Don Gaiferos aparece a caballo, habla con su esposa. Ay, que no le conoce. ¿Tan viejo está? Melisendra cree estar hablando con un pasajero y le dice aquello de “si a Francia ides, por Gaiferos preguntad”. Éste se descubre, Melisendra se descuelga del balcón para saltar sobre el caballo. Mas ¡ay! que el faldellín se engancha en un hierro y la dama queda ondeando al viento, como una bandera. Los espectadores ríen ante la embarazosa situación de la damisela.Se le ve el ... La chiquillería de mi pueblo se hubiera mostrado mucho más ruidosa.


Un abrazo

(Continuará)

Mañanana cojo el hipogrifo. Enviaré lo que falta, si no es posible aquí, en camino hacia Vandalia. El hipogrifo es un animal muy paciente y no le molesta el ordenador.


La* en vez de le. Ved este enlace acerca del leísmo y el laísmo en el Quijote.

sábado, 28 de noviembre de 2009

"...debe de tener hecho algún concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono ..."



Monito flautista en un canecillo románico de Santa María de la Oliva (Navarra)



Un simpático diablo en un canecillo románico de San Pedro de Tejada (Burgos).

Estaba buscando imágenes para el comentario al capítulo 2,25 del Quijote, pero se me ha aparecido Sor Austringiliana y me ha llevado hasta una página web de canecillos románicos, de sus tiempos...

Segunda parte del comentario al capítulo 2,25 del Quijote , publicado en "La acequia"

En esto, entra en la venta un extraño personaje. Lleva un parche verde que le cubre un ojo y parte de la cara, probablemente comida por algún mal. Va razonablemente vestido: todo de gamuza, medias, greguescos, jubón; pero… su aspecto es de grandísimo bellaco. Pregunta, a voces, si hay posada. Para el mono adivino y el retablo de Melisendra siempre tiene sitio el ventero, que la gente pagará por verlos y los beneficios se reparten. Aunque esta vez Maese Pedro, que así se llama el del mico, se conforma con cubrir gastos.

Más importante que el duque de Alba, no dice nada este huésped. Precisamente, uno de mis proyectos es dar a la estampa una breve relación, unos mil folios, sobre quién ha de dejar pasar a quién, cuando un grande de España coincide ante una puerta con otro grande. El de Alba no cederá ante nadie. Perdonen la digresión.

El tuerto sale de la venta, tiene fuera el retablo y el sabio animalito. Don Quijote aprovecha para preguntar por el Maese. Resulta ser un famoso titiritero que ahora anda por aquí, la llamada Mancha de Aragón. Sus atracciones consisten en un retablo de títeres más un diabólico simio que contesta preguntas, al módico precio de dos reales. En realidad, podrán vuestras mercedes imaginar, las responde su amo por él, después de que el bicho haga el ademán de decírsela al oído.

El ventero nos proporciona más información: buena vida, riquísimo, galante,” bon compaño”, hablador, bebedor y …¿todo ganado con el mono y del teatrillo? Tal vez, en mi nutrida biblioteca, halle la solución a mis dudas, dado que aquí hay algo que no me cuadra.

Maese Pedro vuelve a la venta con su carreta y su famoso mono. Es grande, sin cola y con el trasero pelado; pero tiene cara de bueno. Don Quijote se dirige a él como “señor adivino” y le pregunta “¿qué peje pillamo?”. La traducción es más o menos: qué ha de ser de nosotros. Recuerdan vuestras mercedes cuando dijo “espirlochería” y “felice”. ¿Qué le darían a este hombre en los itálicos estados? ¿Sirvió tal vez al Rey? ¿El ventero también?

Sancho toma, de mano su señor, los dos reales para la simiesca consulta; pero Maese Pedro advierte que el animalillo no sabe nada del futuro, conoce sólo lo pasado y algo del presente. ¡Valiente adivino! ¡Voto a Rus! Sabrán vuestras mercedes que Rus es un riachuelo que pasa cerca de aquí, es un dato erudito recogido en uno de mis trabajos impresos…Perdonen la digresión.

Sigamos. Puesto que sabe las cosas presentes, el escudero pregunta al mono qué hace, en ese mismo momento, su mujer Teresa Panza. Maese Pedro no quiere tomar dinero hasta realizar el servicio. Da con la mano derecha dos golpes sobre su hombro izquierdo y el mono se sube sobre él. Simula que le habla al oído, castañeando muy deprisa los dientes. Unos pocos minutos después, el animal se posa en el suelo. El del parche se arrodilla ante el andante, abrazándole las piernas, citando su nombre completo de don Quijote de la Mancha y recita un panegírico tan hiperbólico que nos deja a todos con la boca abierta, esperando el desenlace de todo aquello.

Y, a continuación, se dirige al “mejor escudero” para informarle de su mujer Teresa: “está buena”, rastrillando lino y entreteniéndose con un jarro de vino, de no pequeña capacidad. La respuesta satisface a Sancho, buena mujer, tan cabal y tan de pro como cierta andariega giganta, un poco celosa, eso sí. Y aficionada al buen vinillo…Eso no es pecado, yo mismo, un gran humanista, cuando estoy escribiendo uno de mis doctos libros, tengo cabe mí un jarrillo de Valdepeñas que quita el sentido. O de Arganda…Por tercera vez, perdonen otra digresión. (Continúa)

Un abrazo.


María Ángeles Merino dio voz al "primo".