martes, 8 de noviembre de 2011

"No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes ..."


Comentario al capítulo 1,11 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al 24 de julio de 2008, titulada "Un caballero andante entre pastores o el desnivel paródico como excelencia narrativa".

En el capítulo anterior, dejamos a don Quijote y Sancho junto a la choza de unos cabreros, unos huéspedes excelentes.

Sancho, fascinado con los apetitosos tasajos de cabra que hierven en un caldero, va tomándoles las medidas por ver si encajan en su dilatado estómago. Le dura poco la contemplación, los cabreros lo retiran y tienden en el suelo unas zaleas, a manera de ovejunos manteles. Se acomodan alrededor de la pitanza y, a don Quijote, lo sientan en un dornajo puesto del revés.


No, Sancho, no te quedes en pie. Tu señor desea que te sientes para que llegues a apreciar las bondades de la caballería andante, tan igualitaria ella. Has de comer en su plato y beber donde él bebiere.

Don Quijote no espera tu ironía, piensa que vas a apreciar su "gran merced". Y , tú, socarrón, vas y manifiestas que si te dan bien de comer, mejor a pie y a solas. Que si no hay cosa peor, para ti, que comer con miramientos: mascar despacio, beber poquito, limpiarte, no toser ...¡Nada de gallipavos en mesas elegantes! ¡Pan y cebolla y a tus anchas! ¡Y renuncias a esas honras a cambio de cosas de más provecho!


Irritado, te pone en tu sitio, te hace sentar a su lado. Ya está bien de tonterías, escudero. Los cabreros no entienden nada. Comen, callan y miran el salero que gastan sus huéspedes despachando tasajo. Los señoritingos también pasan hambre, comprueban.

-Beeee, beeeee, beeeeee.


¿Qué son esos balidos? ¡Ay, que por los canalículos de mi ordenador se ha colado un rebaño de cabras! Hasta me parece percibir un olorcillo...

¡Ahí van con sus cabreros! Uno de ellos toma la palabra desde la pantalla:

-Con Dios, señora mía. Henos aquí, cabreros que dimos humilde comida y lecho al nuestro señor don Quijote. Somos presonajes secundarios del famoso libro y nos mandan aquí pa contarlo . Comienza un servidor, pobre iletrado. Después oirá voacé al compañero con letras, el tañidor de rabel.


Aquella noche, cenamos tasajo, queso curadísimo y bellotas; lo que más a mano tenemos, lo de cada día. El cuerno no para de vaciarse y de llenarse, ya habíamos vaciado un zaque de vino. El señor don Quijote, con la panza llena, está hablador. Toma un puñao de bellotas, las mira como si nunca las hubiera visto y se pone a hablar que no hay quien lo pare.


Que si en los siglos pasados ni tuyo ni mío, todo de todos. Y el único trabajo, alzar la mano y tomar el dulce fruto de las encinas.


Las fuentes y los ríos daban siempre abundante y sabrosa agua.


Las abejas ofrecían su miel y no les molestaba que se la hurtases.


Los corteses alcornoques daban cortezas para cubrir las casas.


Todos amigos y nada de rejas ni de arados, que eso cansa mucho. Y no sé que dijo de una primera madre y sus entrañas. Y de una mujer forzada, con un espacioso seno que sustentaba a sus hijos.


Lo que más nos gustó fue la de las zagalejas libres y correteando de valle en valle tapadas lo justo, con adornos de yedra y lampazos.


Y el amor, sin rodeos. Eso digo yo, que para eso las palabras sobran.

Y ni engaño ni malas intenciones, tos güenos. Los jueces no gastaban favores, intereses ni encajes.
Las doncellicas bien seguras, sin perder su jonra por obra de los malintencionados.

¡Un bello cuento nos relata el señor don Quijote!

Mas agora, que hay malicia y maliciosos...pos pa eso están los caballeros andantes, pa defender a doncellas, viudas, huérfanos y presonas indefensas.

El criado Sancho calla, come bellotas y menudea las visitas al segundo zaque. No le sabe mal nuestro vino, no.

Me despido de voacé pa que escuche el rabel y las palabras del compañero Antonio, zagal "muy entendido y enamorado".


Se oye el son de un rabel. En la pantalla, aparece el músico que lo toca. Este cabrero no parece tan cabrero como el de antes. Escuchémosle.

Salúdole, mi señora. Cuentole lo de aquella noche:

Cuando llego junto a mis compañeros, don Quijote ya sabe que soy músico. Ellos me piden que cante, así el huésped verá que también en los montes se sabe de música. Y que sea el romance de mis amores, el que me compuso mi tío cura, el beneficiado.

Templo mi rabel y canto lo de mi Olalla, la del alma de bronce y el pecho de risco. Me ofrezco voluntario a la coyunda bendecida por la Santa Madre Iglesia. A don Quijote le gusta y quiere que cante algo más. El tal Sancho no lo consiente, advierte a su amo de que nuestro trabajo no permite pasar la noche en cánticos. Bien entiende el amo, tanta visita al zaque da sueño.

Al caballero andante le parece de perlas que todos durmamos, pero él ha de velar, tal es su profesión. Eso sí, antes de dormir ha de curarle Sancho su dolorida oreja.

Un compañero cabrero masca unas hojas de romero y se las aplica con sal en la oreja. Buen remedio de pastores. No ha menester otra medicina.

"Y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal , y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien..."

Los cabreros saludamos a la señora de las letricas. Quede con Dios.

Desaparecen entre un concierto de balidos.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Nota: las encinas y bellotas que aparecen en esta entrada están situadas dentro de la ciudad de Burgos, a las orillas del río Vena y son conocidas como "Encinas de Coprasa".

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, nos lleva al monte al comentar el capítulo 11 de la Primera parte del Quijote de la mano de otro secundario: un cabrero de los que tienen la fortuna (o no) de escuchar el discurso de Cervantes sobre la Edad de Oro. No faltan las bellotas...

miércoles, 2 de noviembre de 2011

"Hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito."


Sepulcro de los Condestables (catedral Burgos).
Comentario a ciertos pasajes de "Sonata de otoño", de Valle Inclán, en torno al sexo y a la muerte, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En "Sonata de otoño", los protagonistas avivan el fuego de esos amores pasados, en una carrera contrarreloj contra la muerte. Al lector actual, acostumbrado a textos demasiado explícitos y anatómicamente detallados, tal vez le sorprenda la sutileza y elegancia de unas palabras que lo dicen todo sin decirlo.


"¡Pobre Concha!...Tan demacrada y tan pálida, tenía la noble resistencia de una diosa para el placer. Aquella noche, la llama de la pasión nos envolvió mucho tiempo, ya moribunda, ya frenética, en su lengua dorada. Oyendo el canto de los pájaros en el jardín, quedéme dormido en brazos de Concha."


Los recuerdos les llevan a un tiempo pasado, cuando el de Bradomín fue "su maestro en todo". Ella "era muy inocente", "todo lo inocente que puede ser una mujer casada". Casada con un pétreo y anciano marido.

Sepulcro del Condestable de Castilla (Catedral de Burgos)

"Era verdad que yo había sido su maestro en todo. Aquella niña casada con un viejo, tenía la cándida torpeza de las vírgenes. Hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito."


Y, labios sobre labios, los rezos se cruzaron con las glorias del amor. Y les dieron paso gustosamente.
"¡Pobre Concha! Sobre sus labios perfumados por los rezos, mis labios cantaron los primeros los triunfos del amor y su gloriosa exaltación"



Mas el maestro obtuvo auxilio pedagógico y literario de los versos "licenciosos" de "alguien que superó la visión teológica y ética medievales". Y pensamos que la discípula no se limitó a recitar aquellos sonetos.


"Yo tuve que enseñarle toda la lira: Verso por verso, todo el rosario de sonetos de Pietro Aretino. Aquel capullo blanco de niña desposada, apenas sabía murmurar el primero."

"Sonetos lujuriosos, Pietro Aretino.

Ese marido ni siquiera le sirvió como antecedente. ¿Perversidad? Nunca siguió a Sade, aquel "divino marqués". ¿Divino? Eso último me descoloca un poco.


"Hay maridos y hay amantes que ni siquiera pueden servirnos de precursores, y bien sabe Dios que la perversidad, esa rosa sangrienta, es una flor que nunca se abrió en mis amores. Yo he preferido siempre ser el marqués de Bradomín, a ser ese divino marqués de Sade."


¿Sade? ¿Sadismo? En los últimos momentos de Concha, vivimos una extraña parodia de esa práctica.

Ella desea irse y él la retiene por una mano. Pero al día siguiente, tiene intención de confesarse y no quiere añadir más pecados a la lista.


"-Quédate Concha.


...


-¡No! ¡No!...Mañana quiero confesarme...¡Temo tanto ofender a Dios!"



Él finge enfadarse, ante la posibilidad de tener "un rival": ¡el mismo Dios! Las palabras de Xavier sonarían tremendamente heréticas en las fechas de su publicación.


"Entonces levantándome con helada y desdeñosa cortesía, le dije:


-¿De manera que ya tengo un rival?


Concha me miró con ojos suplicantes:


-¡No me hagas sufrir Xavier!"

Él amenaza con marcharse y ella desgarra su monjil túnica, desesperada.

"No te hare sufrir...Mañana mismo saldré del Palacio.


Ella exclamó llorosa y colérica:


-¡No saldrás!


Y casi se arrancó la túnica blanca y monacal con que salía a visitarme en tales horas. Quedó desnuda, temblaba, y le tendí los brazos."


Ya no podrá confesarse, él la consuela con la promesa de hacerlo con ella el día de su partida. Concha sonríe, Xavier es su prisionero, le rodea el cuello con sus brazos. Le azota con sus cabellos.

"El nudo de sus cabellos se deshizo, y levantando entre las manos albas la onda negra perfumada y sombría, me azotó con ella. "



Ahora, él pregunta:


-"¿Te acuerdas cómo en otro tiempo me quedaba exánime?"

¡Con razón llamaba divino a Sade! Ella lo recuerda y se recoge la trenza como respuesta a una petición impía:


-"¡Azótame, Concha! ¡Azótame como a un divino Nazareno!...¡Azótame hasta morir!"



Gregorio Fernández, Cristo atado a la columna.


Ojos extraviados, temblor de manos, tiene miedo, ese hereje no es su amado marqués. Está ante una aparición diabólica. ¡Demasiado para su enfermo corazón!

-"...Es Satanás...Hasta tu voz parece otra...¡Es Satanás!" 


Él la abriga con sus brazos amantes. Como le parece que reza, se burla con varios amenes y sella sus labios con un beso. Su boca gime y pronuncia sus últimas palabras:

-"¡Yo muero!"

Asistimos al último temblor, a la caída de su cabeza sobre la almohada, a sus ojos inmóviles ya para siempre, a su última mueca. Valle Inclán es un buen pintor de la muerte, seguramente la ha visto.

"Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo. Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo. Sus párpados se entrabrieron tardos, y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos angustiados y sin luz:


-¡Concha!...¡Concha!..."

Suelta sus manos, no osa moverse:

"El frío y el reposo de la muerte me aterraron. No, ya no podía responderme..."


La "Sonata de otoño"no termina aquí, Concha no puede morir donde realmente ha muerto...

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:


María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, hace una entrada muy suya y recomendable comentando varios pasajes sobre sexo, muerte y otras cosas de las Sonatas. No os lo perdáis.

lunes, 31 de octubre de 2011

"...aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre"










Ayer, treinta de octubre, paseaba por la orilla de la carretera, en Palacios de Benaver, un pueblecito del páramo burgalés. Tras las primeras lluvias, era el día adecuado para arar. Olía intensamente a tierra . Y yo acababa de releer aquel discurso que don Quijote pronuncia ante los cabreros, el de la Edad de Oro:

"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados , y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna...Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre ; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían..."

¿Existieron aquellos siglos dorados? Los del tráctor dirían que sólo a un loco se le ocurre tamaña idea...

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Y Mª Ángeles Merino, nuestra Abejita de la Vega, nos lleva a reflexionar sobre la Edad de oro quijotesca...

sábado, 29 de octubre de 2011

Mensaje para Blogger

¡Por favor, actualícenme en la lista de blogs de mis amigos blogueros!

¡La del Quijote no es la última!

"Sonata de otoño"(2). Entre mirtos, mirlos y laberintos.

"El viejo rosal de nuestros amores volvía a florecer..."

Comentario a algunos pasajes exteriores del libro "Sonata de otoño", de Valle Inclán. Esta entrada forma parte de la lectura colectiva de "La acequia", de Pedro Ojeda.

El otoñal marqués de Bradomín se pone en camino, poco antes de amanecer, hacia "el viejo palacio de Brandeso", donde Concha vive sus últimos días.  El viejo rosal de sus amores va a  florecer muy fugazmente,  los dos lo saben.

El paisaje se le ofrece  en sintonía con su estado de ánimo: monótono, desolador, ceniciento, inacabable.

"Cuando salimos al campo empezaba la claridad del alba..."


"Vi en lontananza unas lomas yermas y tristes, veladas por la niebla. Traspuestas aquéllas, vi otras y después otras. El sudario ceniciento de la llovizna las envolvía. No acababan nunca. Todo el camino era así."



Llega a Brandeso entre la  luz mortecina del atardecer y  los árboles sombríos:

 "El sol poniente dejaba un reflejo dorado entre el verde sombrío, casi negro de los árboles venerables..."


 "...los cedros y los cipreses, que contaban la edad del Palacio."



"Con el alma cubierta de recuerdos, penetré bajo la oscura avenida de castaños, cubierta por hojas secas"


En el fondo distingue el Palacio. Concha es "una sombra blanca", que saluda "agitando sus brazos de fantasma", tras la vidriera. A partir de aquí, casi todo transcurre dentro, salvo la escenas que tienen lugar en el viejo jardín ; el de los mirtos y los mirlos.

Los mirlos son la ocupación ingenua de Florisel, un pequeño "siervo de la gleba", elegido por Concha para ser "paje" de Bradomín. Después de pasar por su entrenamiento,  silban la "riveirana", en lugar del canto natural de los mirlos. Yo lo conozco muy bien, los oigo a todas horas, anidan por aquí cerca.

Así cantan los mirlos venerables que oígo todo el día.
 ¡Un mirlo cantando una céltica muñeira! Concha  compra y da la libertad a los  bien "adeprendidos", "desearía que silbasen  la riveirana sueltos en el jardín, pero ellos se van lejos".


Concha, con la falda llena de rosas, como una santa antigua, le llama desde el jardín:

Santa Casilda (Zurbarán)

"Y Concha me enseñó su falda donde se deshojaban rosas, todavía cubiertas de rocío, desbordando alegremente como el fruto ideal de unos amores que sólo floreciesen en los besos"


Y ahora vamos con el jardín más nostálgico del mundo, el de todos los manuales de Literatura española. Nostálgico, señorial, monástico, venerable, ay muy venerable.

"Yo recordaba nebulosamente aquel antiguo jardín donde los mirtos seculares dibujaban los cuatro escudos del fundador, en torno de una fuente abandonada..."

Mirto o arrayán.


"El jardín y el Palacio tenían esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor."


"...Bajo el cielo límpido , de un azul heráldico, los cipreses venerables parecían tener el ensueño de la vida monástica"


Concha y Xavier viven un intermedio feliz y su felicidad es el sol que acaricia las flores y  la brisa que danza como un hada sobre la yerba:

"La caricia de la luz temblaba sobre las flores como un pájaro de oro"


"...y la brisa trazaba en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen invisibles hadas"


Concha, al pie de la escalinata, disfruta del perfume de las rosas. Algunas se han deshojado, llora. Envuelta en el fanal  dorado del otoño, parece una pintura gótica.

"Y hundió en aquella frescura aterciopelada sus mejillas pálidas...
Alzó la cabeza y respiró con delicia, cerrando los ojos y sonriendo, cubierto el rostro de rocío, como otra rosa, otra rosa blanca."


"Sobre aquel fondo de verdura grácil y umbroso, envuelta en la luz como en diáfana veste de oro , parecía una madona soñada por un monje seráfico."


Pasean por el jardín, las hojas secas son su séquito:

"Recorrimos juntos el jardín. Las carreras estaban cubiertas de hojas secas y amarillentas, que el viento arrastraba delante  de nosotros, con un largo susurro"


Llegan al fondo del laberinto, la fuente murmura su sueño:

"En el fondo del laberinto murmuraba la fuente rodeada de cipreses, y el arrullo del agua parecía difundir por el jardín un sueño pacífico de vejez, de recogimiento y de abandono."


Se sientan en un banco de piedra. Ante ellos, se abre la puerta del laberinto misterioso y un sendero umbrío. No les queda mucha tiempo, han de aprovecharlo.

Laberinto verde
" Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchadas de musgo y un sendero umbrío , un solo sendero, ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria, silenciosa e ignorada".

Florisel pasa a los lejos, llevando la jaula de los mirtos. Xavier quiere saber por qué Concha le llama así. La respuesta le deja pensativo:

"-Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable en un cuento."


Concha mira a lo lejos, ríe; su risa suena extraña y el de Bradomín siente frío y celos.

"¡El frío de comprender todas las perversidades!

Le parece que Concha se estremece. Está enfriando.

"La verdad es que nos hallábamos a comienzos de otoño y que el sol empezaba a nublarse".

Vuelven al Palacio. Le acompañaremos otro día, bajo la luna y en compañía de esa fuente que canta monótonamente en mis versos favoritos.

"En el fondo del laberinto, cantaba la fuente como un pájaro escondido..."


Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Entre mirtos y laberintos se mueve Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, para comentar -sin que se le escape ninguna de las palabras mágicas y musicales de Valle- el viaje del Marqués hasta la casa de Concha.