lunes, 19 de abril de 2021

La lectura en los tiempos del coronavirus. El doctor Centeno (B. Pérez Galdós).



Una entrada de hace un año que se me había quedado en borrador. 

Era el confinamiento y no sabía qué leer. Por suerte, en un estante de mi biblioteca, tan anárquica, algunas novelas de Pérez Galdós esperaban pacientemente la relectura, todas de ediciones ochenteras: Hernando, Aguilar y Anaya. Porque el gran don Benito Pérez Galdós comenzó a interesarme allá por los ochenta, cuando se emitíó la versión televisiva de Fortunata y Jacinta, una serie de gran calidad que empujó a muchos espectadores a ser lectores. 

A ver, qué tengo ahí, elijo una que no recordaba en absoluto: El Doctor Centeno. En la portada me recibe un muchachito desgalichado en un paisaje urbano del viejo Madrid, parece interesante un Lazarillo a la madrileña. ¡Adelante!



Chiquito pero héroe, un joven desarrapado yacerá desmayado en el suelo, frente al  imponente Real Observatorio Astronómico de Madrid. Es Celipe, Felipe, Felipín alias doctor Centeno, un personaje que viene de Marianela, va a Tormento y pasará por otras novelas de Galdós. La cuesta era demasiado empinada y acudirán a socorrerlo unos estudiantes, uno de derecho y otro de medicina. El de derecho era Alejandro Miquis, mal estudiante, sablista y derrochador compulsivo, escritor de comedias nunca representadas, enfermo de tuberculosis y de romanticismo, trasunto del mismo autor. 

Felipe había viajado a pie hasta Madrid, desde su pueblo minero y cántabro, con el sueño de estudiar medicina, a pesar de su escasísima instrucción. Por mediación de Miquis, se colocará de criado en casa del rijoso cura Pedro Polo y, al mismo tiempo, asistirá a la escuela primaria que este último regentaba, el horror de los horrores pedagógicos. No podrá aprender mucho allí el pobre Felipín y menos mal que una travesura le hará caer en desgracia y será expulsado de aquel infierno de palmetazos y tirones de orejas. 

Nuestro héroe pasará de Polo a Miquis que lo acogerá como ayudante para todo, incluido pedir dinero a los amigos. Amo y criado vivirán, como pupilos, en la caótica pensión de doña Virginia, refugio de estudiantes pobres, espejo de aquella en que vivió Galdós de jovencito, recién llegado a la Península. Los lectores dudaríamos si nos preguntaran por el protagonista, si está es la novela de Felipe Centeno o la de Alejandro Miquis. ¿O es la de los dos? 

 Felipe quería saber y ser doctor, de ahí lo de "doctor Centeno". Asistirá incluso al instituto pero los estudios serán demasiado para él y lo dejará por imposible. El aprendizaje a su alcance será el de las calles de Madrid, en las que vivirá la tensión prerrevolucionaria que desembocará en la " Gloriosa" que destronará a Isabel II, en 1863. Como decía su amigo Juanito, el de la imprenta: se iba "a armar una muy gorda".  

Alejandro recibirá una considerable cantidad de dinero de su tía Isabel que dilapidará con rapidez y, para sablear a las amistades, estará siempre a mano el pobre Felipín. Cuando Miquis enferme de tuberculosis, el "doctor Centeno" tendrá que ir en busca de medicinas y médicos y llegará a realizar una especie de autopsia, llamémoslo así,  a un gato muerto para examinar sus pulmones y comprender el mal de su amo y amigo. La muerte de Miquis estaba anunciada pero él, enfermo también de romanticismo, no dejará de soñar con la publicación de sus comedias, el mismo afán que tuvo Galdós joven. Un detalle importante, Alejandro Miquis era natural de El Toboso, como la tía Isabel, todo un mundo su casa y su balcón. 

El quijotesco Alejandro Miquis morirá. El grande Osuna nunca será representada. La novela terminará con un diálogo entre Felipe Centeno y otro gran personaje galdosiano itinerante: el desdichado José Ido del Sagrario. Servirá para enlazar con la siguiente: Tormento. 

Parece que a Felipe le van a ir mejor las cosas. Ha aprendido mucho del mundo de Pedro Polo y del mundo de Alejandro Miquis. Lo bueno y lo malo. 

Y yo seguí leyendo o releyendo a Galdós, en sus páginas bulle la vida. 



María Ángeles Merino


martes, 23 de marzo de 2021

Trafalgar: doña Francisca, la voz del sentido común ante la locura de la guerra.

Mi madre colabora en mis entradas

 Comentario parcial sobre la novela Trafalgar de Benito Pérez Galdós (Episodios Nacionales), para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda. 

Recordáis aquel domingo, último día de febrero mocho, en que me sorprendió de nuevo la voz de Austri, cuando miraba unas violetas, no muy lejos del pino donde suelo encontrarla. Ya sabéis, la amiga misteriosa que me sale al paso en mis paseos, sobre todo si me siento a leer en un banco o en la orilla del río. Siempre demuestra estar muy informada de los libros que comentamos en el Club de Lectura de La Acequia. Me consta que los lee, a juzgar por sus comentarios.

El domingo 14 de marzo, primer aniversario del confinamiento de la pandemia, volví a escuchar su voz, cuando miraba los árbolillos floridos de la orilla del río. Pensaba en la primavera del año pasado, cuando el único paisaje fue mi casa, mi calle y el cerro de San Miguel como implacable telón. Y los arbolillos se quedaron sin mirones. 


-¡María Ángeles! ´¿Todo bien?

-¡Austri! Sí, todo bien. Salud y ánimo, compañera de lecturas.

-Amiga, vamos a comentar otro poco Trafalgar (1873), la primera novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, la lectura de marzo...Que, como sueles decir, siempre estoy al día de las actividades del Club de Lectura de La Acequia. 

Recuerdas que el protagonista es Gabriel de Araceli, un anciano que escribe su vida, desde la niñez, en primera persona, y contempla los años pasados "como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se leyó".  Mientras le dura" la superchería de la imaginación" , le parece como si un genio amigo le quitara de encima la pesadumbre de los años. Es joven, "el tiempo no ha pasado".

-¿Dónde lo dejamos? 

-Era a primeros de octubre de aquel funesto 1805, nuestro héroe volvía a tener catorce años cuando le pilló desprevenido la pregunta de su "noble amo":


-No había tenido tiempo, pero don Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de navío retirado, le había llamado "hombre" y no podía negar su valor ante "quien había derramado su sangre en cien combates gloriosos". Así que el muchacho contestó "con pueril arrogancia". 


-El bueno de don Alonso, severo y blando, sonrió y le hizo seña de sentarse, le iba a  contar algo importante; pero, en ese momento, entró "iracunda" su mujer, doña Francisca:


-Parece que el chaparrón también cae sobre nosotros, los lectores. La oímos y la vemos imponente: "con su gran papalina, su saya de organdí, sus rizos blancos y su lunar peludo a un lado de la barba". Solo con cuatro pinceladas y el retrato de la doña es completo, incluso un poco cómico. 

-Sí, nos parece ver la enorme cofia y los pelos del lunar. 

-Y las sayas crujen de puro almidonadas. El lector siempre añade algo de su cosecha.

-Don Alonso decía que necesitaba ir, que le había escrito Churruca, que la escuadra combinada debía salir al encuentro con los ingleses y provocar el combate. Doña Francisca replicó, ahora les tocaba a otros machacar duro a "esos perros ingleses"Ahí estaban "Gravina, Valdés, Cisneros, Churruca, Alcalá Galiano y Álava".



-Es la voz del sentido común, como tantas veces lo es la de la mujer, como tantas veces lo es la del pueblo, ante la locura de sus gobernantes. Qué sabía Francisca del sentimiento patriótico y militar de su esposo, qué sabían el ama y la sobrina del espíritu caballeresco. Don Alonso, marino quijotesco, necesitaba ir, no podía eludir la aventura, tenía una cuenta pendiente. Movió el brazo con un gesto forzado que no convencía,  ella seguía chillando. 


-Él no hará ni caso y ella lo sabe, aún así desplegará toda su artillería. No, no irás, allí no hace falta una "estantigua como tú", "ese calzonazos de Marcial" te ha calentado los cascos con las batallas, que vaya él a perder la pierna que le queda. Si "a sus quince" hubiera sabido lo que era casarse con un marino, ni un día de reposo, que viene un despacho de Madrid y se lo mandan "a la Patagonia, al Japón o al mismo infierno"...Y "si no se le comen los señores salvajes" vuelve "enfermo y amarillo" y, como el ama de don Quijote: "no sabe una qué hacer para volverle a su color natural". 

-Había quien se había ganado, tiempo ha; todas las iras de doña Francisca: Napoleón, "ese caballerito que trae tan revuelto al mundo". Llegaron los despachitos y allá que voló don Alonso: a Tolón, a Brest, a Nápoles, acá o acullá, donde le diera la gana al "bribonazo". Ay, si todos hicieran lo que ella dice, pronto las pagaría todas juntas...

-No sabemos muy bien qué solución proponía Francisca. Don Alonso, ante la ingenuidad de su mujer, miraba sonriendo una estampa mal pintada del Emperador Napoleón, clavada en la pared. Gabriel había dejado de verlo como un contrabandista, ahora se lo representaba de cardenal, con su famoso redingote colorado y subido a un caballo verde.



-El pacifismo no estaba muy bien visto en tiempos de Galdós y don Benito aprovecha el personaje de Doña Francisca para despacharse a gusto. El mar es una de las mejores obras de Dios pero los barcos de guerra no merecerían sino ser quemados. No se puede expresar mejor la inutilidad de la guerra:


-Es algo que se podía poner en boca de una débil mujer, no en la de un aguerrido varón. Se le estremecían las carnes cuando oía un cañonazo, convertiría los cañones en campanas, mujer tenía que ser, ajena al varonil ardor guerrero, tan insensato. 

-Al final de la bronca, lo que más le podía escocer: 

"Mira, Alonso...me parece que ya os han derrotado bastantes veces. ¿Queréis otra? Tú y esos otros tan locos como tú, ¿no estáis satisfechos después de la del 14?"

-El 14 de febrero de 1797 fue un triste recuerdo, don Alonso reprimió un juramento de marino, por respeto a su esposa. La dama estaba cada vez más furiosa pero no quería seguir hurgando en la herida. Desvía la culpa al "picarón de Marcial",el "endiablado marinero" que quería embarcarse con "su pierna de palo, su brazo roto, su ojo de menos y sus cincuenta heridas, que vaya en buena hora". 
-A continuación suavizó el tono, asomó el cariño. No irá porque está enfermo, ya ha servido bastante al Rey y no le han recompensado, muchos galones y ni siquiera le hicieron almirante. 


-Don Alonso estaba decidido: debía ir a la escuadra, no podía faltar a ese combate, tenía una cuenta pendiente con los ingleses. 

-Enfermo y medio baldado, don Alonso irá a la batalla de Trafalgar, Gabriel le acompañará. 

-Un adolescente y dos minusválidos se escaparán de casa, a la manera quijotesca, para embarcarse en una cruenta batalla naval que ni siquiera era cosa de España, arrastrada por una alianza forzada y forzosa con la Francia de Napoleón, el genio de la guerra que el niño Gabriel imaginó como contrabandista en potro jerezano. Galdós no podía contar mejor el triste momento histórico que vivió España a principios del XIX.
-

-El "amor santo de la patria" todavía hacía llorar al anciano Gabriel de pluma temblona. Nos contará una catástrofe y muchas más, pobre España en manos de tan malos gobernantes. Enganchan los Episodios Nacionales. Galdós cuenta la historia insuflándole vida, la de la gente corriente, la que no figura en los manuales. 

-A ti te han enganchado, de tal manera que, mientras tratabas de confeccionar una entrada sobre Trafalgar, andabas con la lectura de El 19 de marzo y el 2 de mayo. Y, claro, cuando tenías que subir al Santísima Trinidad en Cádiz, estabas en el motin de Aranjuez, mucho ruido. Últimamente, escribes poco y te cuesta más. O estás más perezosa.

-Así es. No he escrito nada de Rosita, la hija de don Alonso y doña Francisca, el primer amor de Gabriel. Amor infantil, pero amor. Luego será Inés...

Niños inflando una vejiga (Goya)

¡Austri! 

Ha desaparecido.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Enlaces:

Libro: Trafalgar. La Corte de Carlos IV. Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Espasa Calpe para Grupo Unidad Editorial. 2008.

martes, 9 de marzo de 2021

La voz de Gabriel de Araceli: ni niño ni pícaro.



Recordáis aquel domingo de Carnavales sin Carnaval  en que me sorprendió la voz de Austri, bajo un pino llorón del parque. Ya sabéis, la amiga misteriosa que me sale al paso en mis paseos, sobre todo si me siento a leer en un banco o en la orilla del río. Siempre demuestra estar muy informada de los libros que comentamos en el Club de Lectura de La Acequia. Me consta que los lee, a juzgar por sus comentarios.

Este domingo, último día de febrero mocho, volví a escuchar su voz, cuando miraba distraída unas violetas, no muy lejos del pino habitual.


-¡María Ángeles! ´¿Todo bien?

-¡Austri! Sí, todo bien. Salud y ánimo, compañera de lecturas.

-No llevas el libro en la mano, ni en el bolso, pero es igual, mira lo llevo yo. Este mes de marzo estáis leyendo Trafalgar (1873), la primera novela de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. 

-Austri, tú siempre al día de las actividades del Club de Lectura de La Acequia. 

-Trafalgar se te cayó hace un tiempo, cuando compraste ese tomo que contiene Trafalgar y La Corte de Carlos IV. Ya ni te acuerdas con qué periódico se vendía, no seguiste la promoción. Decías que no podías con tanta guerra, que te pasaba lo mismo que en tus años de adolescente pedante, cuando no habías sido capaz de leer Guerra y Paz de Tólstoi, que tanta batalla se te había indigestado. 


-Ahora me ha enganchado y siento no haber seguido la colección. Desde aquel día del confinamiento en que eché mano, al azar, a la estantería y saqué El doctor Centeno, no he dejado de leer y releer novelas de Galdós y, al principio, no pensaba en el centenario (1920-2020), aunque bien está celebrarlo así, que bien lo merece el mejor escritor español, después de Cervantes. 

Espasa Calpe para Grupo Unidad Editorial, 2008. Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, 23 volúmenes (con El Mundo).

Pero, bueno, ¿quién te cuenta a ti eso? Es cierto, ahora no entiendo por qué se me resistía Trafalgar. En esta lectura,  Gabriel de Araceli me atrapó enseguida y le acompañé sin resistencia a la batalla. Y, a continuación, a La Corte de Carlos IV,  donde se empapa de teatro, intrigas y acontecimientos históricos en primera línea, además de enamorarse de la juiciosa Inés. 

-Y de cabeza con él al tercero: El 19 de marzo y 2 de mayoLa pobre Inés cae en manos de unos malos malísimos y don Benito arma un buen folletín. Atrapada estás y, a falta de libro, bueno es un enlacepero ahora toca hablar solo de Trafalgar y no adelantarte como el almendro.


-De acuerdo. Comenzamos a leer Trafalgar y nos recibe una voz muy cortés y comedida. 


Es la voz de un adulto que casi se disculpa por decir "algunas palabras" sobre su infancia, "ruda" y "soez", en el  barrio gaditano de la Viña que no era precisamente "academia de buenas costumbres"; pero el "gran suceso" del que fue testigo , "en la primera edad", merece todas las explicaciones: la batalla de Trafalgar.

-..."la terrible catástrofe" en que sucumbió la marina española, en alianza forzada y desastrosa con Francia, contra la armada británica. Algo que sigue muy presente, a pesar de las inexactitudes, en la memoria del anciano que nos escribe con las manos heladas y el "entendimiento aterido", intentando recalentar sus "mustios pensamientos" "con la representación de antiguas grandezas". 


-Para dar principio a su historia, imita el arranque del Buscón, más amargo aún que el Lazarillo. Declara no tener noticia de ninguno de sus ascendientes, si no es su madre a la que conoció por poco tiempo o a Adán, linaje indiscutible para quien toma la Biblia al pie de la letra. Solo ese punto tiene en común con el pícaro de Segovia, "afortunadamente", dice , nada más. Gabriel de Araceli es un "antipícaro" que, al contrario del pícaro, va en busca del honor y prestigia el honor. 


-Nos va a contar su vida y su ascenso social, desde la nada de un pilluelo de la playa. El joven  Gabriel es un ingenuo que se empeña en cumplir lo que para la mayoría es un sueño. Modela su personalidad, se educa con escasos medios y, sobre todo, se autoeduca en el trato con los demás. Confía en el barniz que disimule su humilde cuna. Practicará virtudes impensables en un Pablos o en un Lázaro: el patriotismo, el deber, la conciencia, la ayuda a los demás. No olvidemos que tiene nombre de ángel y apellido celestial. 

-Araceli es el pueblo y la historia le roza siempre, en los acontecimientos históricos clave ahí va a estar, lo va a ver con sus ojos y oír con sus oídos. El escritor  se las tendrá que ingeniar para hacer posible el cameo o tirar de lo que le cuentan. Hará lo mismo en las series siguientes con el liberal Salvador Monsalud, el romántico Fernando Calpena, el provinciano moderado José García Fajardo y el periodista republicano Tito Liviano. 

-En primera persona es más difícil, el escritor tiene que organizar los pertinentes traslados. Los del Cuéntame son herederos de los Episodios Nacionales, por supuesto sin la calidad literaria de don Benito. 

-El anciano dirige la mirada hacia lo que fue y se ve jugando junto al mar, con otros de su edad. Ahora sí, ahora es un niño inocente que no concibe otra vida distinta a la suya, junto al mar. Nadar y coger cangrejos para vender sus ricas "bocas" o comerlas, esa era la vida normal de cualquiera, eso asignó "la Providencia" al hombre. No, la palabra "Providencia" nunca hubiera salido de la boca de un niño. 

-Y, de vez en cuando, las pedreas contra los del barrio rival. Con espíritu guerrero, tanto que "manchaban el suelo de heroica sangre". Este muchacho tiene vena militar. 

-No te adelantes. Cuando tuvo edad de ganarse unos cuartos, servía de "introductor de embajadores" a los visitantes ingleses. Con ironía habla del muelle como "escuela ateniense para espabilarse en pocos años", él fue alumno aprovechado, así como "en el merodeo de la fruta". Pero de pronto, el Gabriel anciano recuerda con vergüenza tales actividades y da a gracias a Dios de haber ido por "más noble camino". 


-No nos va a dar detalles de su habilidad para merodear fruta, prefiere contarnos el placer que le causaba contemplar los  barcos de guerra fondeados, afición premonitoria. Como no podía verlos cerca, ponía en marcha su fantasía. Jugaba a las batallas navales con otros chicos, era la época de los grandes combates navales. Ellos mismos se fabricaban sus pequeñas naves, las velas eran de trapo o papel y el mar era cualquier charco. Si "venía algún cuarto" compraban pólvora  y la fiesta naval era completa.

-Creo que Galdós era muy amigo de observar los juegos callejeros de los niños. Recuerdo, en El doctor Centeno, la pintura inolvidable de unos  chavales jugando a las corridas de toros, uno se colocaba una cabeza de toro de cartón, otro hacía de toro, había picador, banderilleros, público...Me quedé pensando cómo me podía gustar tanto ese pasaje si yo odio los toros. En el libro que nos ocupa, la batalla naval de juguete también es de antología:

"Nuestras flotas se lanzaban a tomar viento en océanos de tres varas de ancho; disparaban sus piezas de caña; se chocaban remedando sangrientos abordajes..."


-Aquellos niños de la playa  se figuraban que las escuadras se batían con otras porque les daba la gana o para probar su valor, como dos que se citan "para darse de navajazos". El viejo Araceli se ríe de las ideas que el chiquillo Gabriel se hacía de las cosas. Así, oía hablar de Napoleón y se lo figuraba como un contrabandista de los que veía procedentes de Gibraltar: "caballero en un potro jerezano, con su manta, polainas, sombrero de fieltro y el correspondiente trabuco". 


-Y el del potro conquistaba Europa que era una gran isla. Y dentro de la isla las naciones que él iba conociendo a través de  los  pasajeros que llegaban en los barcos. España era la mejorcita y por eso los ingleses querían quedársela, un patriotismo primitivo el de los chicos de La Caleta que nuestro héroe abandonará en cuanto conozca la guerra de verdad. 

-Ese patriotismo primitivo de "España es la mejor", no ha desaparecido...

-El narrador se ha recreado en sus recuerdos infantiles y ahora le llega el turno a los sentimientos. El único ser que le compensaba de la miseria era su madre, con su "desinteresado afecto". No hay cariño en la madre del Buscón  ni en la madre del Lazarillo, lo hay en la de Gabriel de Araceli. Muy hermosa, viuda, lavaba y componía la ropa de los marineros. Lo mantenía con un trabajo duro y el amor por su hijo "debía ser muy grande"

-También recuerda cuando cayó enfermo de la "fiebre amarilla", una epidemia que asoló Andalucia. Cuando sanó hubo de llevarlo en procesión a la Catedral, a cumplir la promesa de andar de rodillas durante más de una hora. En el retablo dejó un ex-voto,un niño de cera que él creyó su "perfecto retrato". 


-Nos puede parecer extraño pero aquella promesa constituía una gran manifestación de cariño. Su madre era buena pero tenía un hermano muy malo y cruel, no puede recordar a su tío sin espanto. Era marinero y cuando estaba en Cádiz llegaba a casa "como una cuba", maltratando a su madre de palabra y a él de obra. 

-El trabajo penoso y mal retribuido, junto con las atrocidades de su hermano, aceleraron su fin. La muerte de su madre le presentó la vida humana "bajo un aspecto muy distinto". La impresión sentida no se borró nunca de su alma, recuerda "oír lamentos de dolor, y sentirme yo mismo en los brazos de mi madre; recuerdo también, refiriéndolo a todo mi cuerpo, el contacto de unas manos muy frías, pero muy frías". 
 
-Dice también haber visto entrar en casa "unas mujeres, cuyos nombres y condición no puedo decir". ¿Por qué estos remilgos después de tantos años? 

Después, las velas amarillas, rezos, cuchicheos de viejas, carcajadas de borrachos y la idea de la orfandad, hallarse "solo y abandonado en el mundo".


-Cansado de los malos tratos de su tío, se fue de la casa, en busca de fortuna. En este momento corre el riesgo de caer en la picaresca. Se fue a San Fernando y a Puerto Real, se juntó con "la gente más perdida de aquellas playas, fecundas en héroes de encrucijada". Con ellos fue a parar a Medinasidonia, donde tuvo que huir de unos soldados de marina que hacían la leva.

-Su buena estrella le llevó a casa de los que serían sus "ángeles tutelares". Se apiadaron de él y mostraron interés "por el relato que de rodillas, bañado en lágrimas y con ademán suplicante," hizo de su triste estado, de su vida, y sobre todo de sus desgracias.

-Lo libraron de la leva y quedó al servicio de Alonso Gutiérrez de Cisniega, capitán de navío retirado, y su mujer, ambos de avanzada edad. Enseñáronle muchas cosas que no sabía y, como le tomaron cariño, adquirió la plaza de paje de don Alonso, al cual acompañaba al paseo, pues no movía el brazo derecho y con mucho trabajo  la pierna correspondiente. 

-No podía imaginar que el minusválido don Alonso iba a preguntarle un tiempo después: 


- El anciano narrador, mira con curiosidad y asombro los años que se fueron "como quien repasa hojas hace tiempo dobladas de un libro que se leyó". Mientras dura el embeleso de esta contemplación, parece que un genio amigo viene y le quita de encima "la pesadumbre de los años, aligerando la carga de su ancianidad".

-Nos hemos engolosinado con el primer capítulo. Seguiremos, Austri. ¡Austri!

Ha desaparecido. 

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Enlaces:

Libro: Trafalgar. La Corte de Carlos IV. Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Espasa Calpe para Grupo Unidad Editorial. 2008.

martes, 23 de febrero de 2021

Inés del alma mía, Inés Suárez y otras conquistadoras.


Comentario sobre la novela Inés del alma mía de Isabel Allende, para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda. 

Recordáis aquel día de centellas en que me sorprendió la voz de Austri, bajo un pino llorón del paseo de la Isla. Ya sabéis, una amiga que suele ayudarme a comentar libros, un personaje algo fantasmal que asegura conocerme desde la infancia. Me la encuentro en mis paseos, sobre todo si me siento a leer en un banco o en la orilla del río. Siempre demuestra estar muy informada de los libros que comentamos en el Club de Lectura de La Acequia. Me consta que los lee.

El domingo de Carnavales sin Carnaval, la volví a encontrar, bajo el mismo pino. 

-¡María Ángeles! ´¿Todo bien?

-¡Austri! Sí, todo bien. Salud y ánimo, compañera de lecturas.

-No te había visto desde el sábado de la cencellada, cuando nos pusimos con Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor de José  Ignacio García. Quisiera comentar contigo algún relato más, un día de estos. Ya vi que recuperaste la entrada que hiciste en tu día sobre Inés del alma mía, de la escritora chilena Isabel Allendelectura colectiva que quedó en suspenso por la pandemia. Como ha escrito Pedro Ojeda, partes "acertadamente de la implicación emocional con la figura de la protagonista como gran valor de la novela”. ¿Hablamos un poco de ella?

-Sí, aunque hace casi un año que la leí y me queda un poco lejos ¿Te gustó? 

-Es un libro sin complicaciones, una recreación histórica correctamente documentada, entretenida, comercial, con los ingredientes habituales: historias de amor y costumbrismo para las mujeres, sexo, guerras y aventuras para los hombres. Si además, en la portada ponen la imagen contundente de una guapa morenaza con el pecho al aire...

-...se pueden sumar algunos despistados. Sí, yo tenía esa edición, prestada por la Biblioteca Pública de Burgos. Facebook me censuró la foto y no salía de mi asombro. 

-Podemos escudriñar sus defectos y mandarla a los infiernos o dejarnos atrapar por sus entretenidas narraciones. Es lo que viene a decir Camilo Marks, escritor y crítico literario chileno. Mira, lo he encontrado aquí, en la socorrida Wikipedia.

-La escritora, con desparpajo, se concedió a si misma "la libertad de modernizar el castellano del siglo XVI para evitar el pánico entre mis posibles lectores". Tampoco se excedió con las palabras indígenas: yanaconas, mapuches, viracochas y poco más. Y le basta el cariñoso "señoray"de la criada fantasma para dar una pincelada araucana.

-La Allende sabe bien lo que su público habitual quiere y lo que no quiere. El personaje de Inés busca engancharnos con nuestra complicidad. Sale a nuestro encuentro la voz de una viejecita que ha pasado lo suyo y nos lo cuenta con sinceridad: mujer trabajadora, aventurera, amante, soldado, conquistadora... La perdonamos todo, incluso cuando su espada chorrea sangre.

-Hacía mucho que no leía una novela histórica, en otro tiempo llegaron a aburrirme aquellos tochos de griales y códigos secretos.

-Este no es muy tocho de esos, que ya quisieran ser novelas históricas. No lo pasamos mal con Inés, aunque al final haya mucha violencia y me recordaba, un poco,  aquella de Ramón J. Sender, muy buena pero terrible: La aventura equinoccial de Lope de Aguirre. Podría contener trazas y también del poema épico La Araucana de Alonso de Ercilla. ¿Qué recuerdas de una novela que leiste hace casi un año?


-Se me olvidaron pronto las hazañas bélicas, ay ese Láutaro traidor casi criado a sus pechos, y la relación tórrida con Valdivia. Los libros dejan un poso, mayor o menor, o puede ocurrir que no quede nada. Recuerdo a un personaje femenino que salía adelante en un mundo desconocido, peligrosísimo e hipermasculino.

-Y consigue que la valoren, más allá de sus habilidades domésticas y de ser la amante del Capitán General. El viaje en el barco cascarón de nuez ya tuvo que ser una pesadilla estremecedora. El hacinamiento, el hambre, la sed, el océano, guardarse de las ratas  y...de algunos hombres. Viajó acompañada de una sobrina que iba para monja pero desembarcó emparejada.

Inés siguió, como asistente, a Pedro de Valdivia, en la conquista de Chile, tras una marcha larga y penosa por el desierto de Atacama, bajo la amenaza de los bravos mapuches. Nuestra heroína peleará, espada en mano, como un aguerrido soldado "viracocha"Es curioso, "viracochas" llamaron los incas a los españoles, Viracocha era el Dios Creador, qué ironía gastaban. 

-Inés Suárez es la mujer activa que toma las riendas de su vida y consigue cambiar lo que el destino parecía señalarle. Isabel Allende la contrapone a la hidalga doña Marina Ortiz de Gaete, la esposa oficial de Valdivia, encerrada entre cuatro paredes, bordando casullas de obispo y asistiendo custodiada a las misas del amanecer. Al parecer, Inés Suárez cuidó de que la inútil doña Marina no pasara hambre en su condición de viuda olvidada. Curiosamente, los chilenos más conocidos son del linaje de la Ortiz de Gaete, descendientes de sus hermanos. Lo mejor y lo peor: Neruda, Mistral, Allende, Pinochet y una lista interminable. Y ni Inés ni Marina tuvieron hijos. 

-Es una historia silenciada la de las mujeres en la conquista y colonización de América. Como escribe Pedro Ojeda: "La conquista y colonización de América es un relato marcado fuertemente por lo masculino. Los textos escritos y la historiografía posterior ha ninguneado la presencia de la mujer en la misma hasta fechas muy recientes...".

 -Encerradas en el ámbito doméstico, a ver cómo buscaban estrategias para salir del corralito, serían las más inteligentes y valientes. Con la nueva sensibilidad hacia el papel de la mujer se recuperará información, espero. Pongo, por ejemplo, en el Google "mujeres conquistadoras en América" y leo:

Ellas también hicieron las Américas, tras las huellas de Colón viajaron mujeres épicas que fueron engullidas por el olvido. Miles de españolas viajaron en el siglo XVII para explorar estas tierras. En el tercer viaje del  almirante (1497-1498) iban a bordo treinta mujeres, aunque en los últimos años se ha constatado la presencia de embarcadas en el segundo (1493) y algún historiador sostiene que podían haber participado en el primero. (1492). Se desconoce con exactitud, pero entre 1509 y 1607 se han contabilizado 13.218 pasajeras. 


Cuando hablamos de las mujeres que viajaron a tierras americanas, me acuerdo de un personaje cervantino: doña Clara, la hija del oidor que va a Sevilla, a embarcar hacia un destino en las Indias. Estaba previsto que Clarita viajara y viviera en esas tierras, aunque su deseo fuera quedarse con el "mozo de mulas". El texto cervantino nos sugiere que, a principios del XVII, era ya normal que una mujer pasara al Nuevo Mundo. 

-La literatura nos alumbra en terrenos que la historia, tantas veces, nos oculta. La historia pone el foco, a menudo, solo en un lado. 

-Pensaba que no me quedaba nada de Ines del alma mía y ya llevamos un rato hablando. A Inés Suárez no le faltó el arrojo y el valor, como a esas mujeres que ves ahí, en el paseo, empujando la silla de ruedas de un anciano. ¿Conquistadoras?

-Sí, "conquistadoras", si quieres llamarlas así, pero con todo el cariño. Viajaron en dirección contraria a la de Inés, miles de mujeres emigrantes sudamericanas que emprendieron la aventura de su vida, juntar dinero para volar sobre el océano, hasta la otra orilla, para mejorar la vida de los suyos. Muchas lo hicieron solas, sin nada, dejando a sus hijos y maridos, para trabajar como internas y abrir el camino al resto de la familia. 

-Cuando las escucho hablar con dulzura a un anciano, tratarlo con paciencia, me conquistan. Conocí muchas, cuando daba clase en educación de adultos: ecuatorianas, peruanas, bolivianas, colombianas, paraguayas, dominicanas, brasileñas...Cada una con una dura historia a cuestas: abandono, malos tratos, hijos enfermos...


-No todas son sudamericanas, también las hay rumanas, búlgaras, ucranianas, marroquíes...

-También son "conquistadoras", con no menos valor que Inés Suárez. ¿Por qué me ha salido esta digresión? Estaba hablando de un libro.

-Debe ser porque acabamos de oír que el que emigra es porque quiere, que no obligan a nadie.

-Eso debe ser.  

Se me hacía tarde, iba a despedirme de Austri pero ya no estaba. Se había despedido, como suele decirse, a la francesa. 

¡Austri! ¿Has visto la serie de televisión?

Nada. Ha desaparecido. Espero encontrarme con ella otro día. Hablaremos de libros.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

lunes, 15 de febrero de 2021

Mientras descarga la tormenta, leo Húrgura de Fermín Herrero y Henar Sastre.



Mientras descarga la tormenta, las violetas

se agachan, aún más. Con las últimas gotas

se yerguen levemente, con esa timidez

sutil, bajo el espino, enterneciéndose.

Mientras descarga la tormenta, leo a sorbitos un libro de poesía: Húrgura de Fermín Herrero

Escribe el autor, en las notas del final, que sus "poemillas" han sido escritos como "como vaga imitación de los juejù dela literatura china clásica", aunque "lo único por lo que podrían relacionarse sería porque al parecer jué significa cortado" y sus versos "recurren con frecuencia al encabalgamiento"

En cuanto al título, "húrgura" es una palabra que le fascina "por su oscura eufonía alternativa" y porque le recuerda "los días y particularmente noches, criminales de invierno en los que se levantaba el cierzo ladrón tras haber nevado a modo y la cellisca, en mi pueblo cillina, cegaba, impedía desplazarse". Y sólo se conoce "a ambas laderas del puerto de Oncala, en la zona septentrional de la provincia de Soria"Húrgura con hache y en singular en su ladera, "úrguras" sin hache y en plural en la otra. 

En una tarde de húrgura, anocheciendo, venir,
cegado y aterido, hasta el poema y, luego,
en la claridad del canto, serenarse, con un solaz
de nieve y de sosiego recibir, jubiloso, el amanecer.

Puro campo soriano, lo de chino es un juego. o un cuento...chino. Húrgura es de una belleza triste, solo aliviada por la generosidad de la naturaleza y el amor a los suyos, a los que están y a los que no están. Es el paisaje personal del poeta, el de dentro y el de fuera. 

En el corral, uncir las vacas, fría
la noche. Escucho. En la cocina
la lumbre hace humo, bondad
morriña. Escucho. Así os recupero.

El lector puede componer el suyo propio. Puede hacerlo aunque no conozca el nombre de tantas flores. Aunque nunca haya estado en las tierras altas de Soria.

Acotar unos metros del ribazo y decir, 
sin tocarlas: neguillas, cabezuelas, gordolobos,
visnagas, candilejas, malvas, vezas,
milenrama, lechetreznas y arvejas. Respetarlas.


Estamos pasando una noche de verdadera húrgura, aunque sin nieve ni cellisca, agotados del ruido amenazador de la pandemia. En "la claridad del canto" nos serenamos, necesitamos entibiar "un poco la pesadumbre", que se nos pongan "los ojos pequeñitos de alegria". Las forsitias "fulgen", los pájaros se han zampado de golpe las guindas, el niño pequeño nos sorprende con su media lengua, "flotan los pétalos del pruno", "cantan los pájaros en cuanto sale el sol", las violetas se agachan y se yerguen "enterneciéndose"...

Nos enternecemos y reconocemos el dolor: el ramo de flores "enganchado a la valla de las vías", el desamparo de las manzanas heladas que es "el nuestro", "las noches más largas", el bramido del chotillo que no podrá vivir, "aquel dolor que nadie recogía", "estoy hablando de los muertos, soy de ellos","la noche sin estrellas", "la cama está muy fría"...

Y, al poeta, le vinieron estos poemas y los aireó con la maravillosa compañía de las fotografías de Henar Sastre. También sus imágenes nos serenan.

La tormenta pasará. Mientras tanto, leemos. Y tenemos a los nuestros. Entibiamos pesadumbres.

Gracias al profesor Pedro Ojeda por darme a conocer este libro en la Universidad Abierta. Y antes fue en La Acequia.

Un abrazo de María Ángeles Merino, para los que pasáis por aquí. 

Palabras en rojo tomadas de Húrgura, Fermín Herrero y Henar Sastre, primera edición, abril de 2020, editorial Páramo.