jueves, 17 de marzo de 2011

Una pausa con violetas.














Este año no he podido ir a buscar las primeras violetas al paseo de la Isla, ya que está en obras. Las he encontrado en el de la Quinta, a la orilla del carril bici.
Ahí las tenéis, asomando tímidamente entre la hojarasca. Un regalo de la primavera que se acerca.

Un abrazo y seguimos con los libros.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Las tentaciones de Jaime Tobes.


"Viene la noche" (Foto tomada en Palacios de Benaver)



Comentario a la parte final del primer capítulo de "Viene la noche", novela de Óscar Esquivias.

¡Hola Sara!

Sigo con lo de aquel jueves 21 de diciembre de 2006.
Jaime desanda lo andado y acompaña a Benjamín hasta el portal. No le parece bien que pasee de noche, por el frío y los atracos. El viejo protesta, que si desde cuándo son los hijos los sermoneadores, que si me tratas como a un ni-ño...



Los basureros, tan jóvenes y tan guapos, dan de comer bolsas al camión en su enorme boca. Treinta y cuatro años y se siente poco menos que un viejo. Ahora descubre gente jovencísima por todas partes, ya sean compañeros, camareros, policías o basureros. Nos ocurre a todos en cuanto dejamos de ser jovencísimos, cosa que tiene lugar en una etapa demasiado temprana de nuestra vida.

Es una desoladora noche sin luna. En la calle Castilla no queda ni el pakistaní de la frutería. En Goiri, la iglesia de los salesianos luce su cúpula de embudo, obra de un "arquitecto chistoso".



En Franco Rodríguez, las farolas tiñen las nubes de anaranjado. Alguien le saluda por su nombre y se sorprende. Es Ruth, vuestra vecina, con su feísimo pequinés con jersecito rojo y coletita.

Con una mirada suplicante, le invita a tomar algo, para “hablar de una cosa”. Uy, qué le pasa a ésta. Le brillan los ojos. Rebosa de alegría cuando tu marido le dice que bueno, que sólo un minuto. Tranquila, Sara, que no va a pasar nada. Te cuento.

La chica, alborozada, arrastrándo a los dos, al de cuatro patas y al de dos, hasta un portón como de garaje. Pintadas en él, una bandera ecuatoriana con unas niñas a la comba. El local se llama “Arbolito de Naranja” y hay que pulsar un timbre para que te abran.



Calor infernal, olor a sudor, mangas cortas, humo de tabaco, música atronadora, sonsonetes de tragaperras… ¿Qué hace tu Jaime en esa “caldera”? Se da cuenta de que apenas hay mujeres, pero no, no es un bar gay. Que a Ruth la devoran con los ojos. Ella sonríe, barre con la mirada y agita la mano, saludando como una reina. Los súbditos contestan alzando el botellín. Bajitos, fornidos, morenos y de piel barnizada; así son sus rendidos admiradores.

Jaime, ahora,recibe una sorprendente confidencia: "Me los he tirado a todos". Está borracha, esto es una encerrona, a ver por dónde sale tu chico.

Se les acerca una camarera muy joven, con una camiseta ceñidísima y sudadísima. Les pregunta "qué es lo que les provoca". Jaime se sobresalta ante tal verbo , qué le va a provocar si no es su escote. La camarera traduce al madrileño: "qué es lo que les apetece". Un zumo de naranja será lo propio del tugurio. Pues no, juguitos no. Lo del arbolito de naranja tiene que ver con las niñas de la comba.

La camarera alaba su linda sonrisa, se reclina y casi le besa. Tu chico, educadito él, lo agradece y reenvía el piropo. Ruth empieza a estar molesta y reclama atención: la chica es menor y has entrado conmigo. Pide dos cubatas, obviando que Jaime no bebe alcohol, los dos para ella...Y cae, como un mazazo, la contundente proposición: "si subes...te la chupo"

Como Jaime se ríe nerviosamente , va más lejos: "te pago, cuánto quieres". Cien euros, doscientos, esto es una subasta. Con las manos de Ruth en las ingles, tu marido rechaza la peregrina oferta, como un nuevo San Antonio, resistiendo las tentaciones.



No quiere y no puede, proclama.¿No puede? ¿Padece impotencia? Bueno, perdona, Sara, que me meta en intimidades.

Ella no está acostumbrada a que le digan que no, él quita hierro al asunto, con la palabra guapa. Miente como bellaco, le parece "hogrible", como dice tu suegro.

Fue guapa; pero las pastillas le han puesto como una vaca, reconoce Ruth. Está siempre disponible gracias a ellas y los hombres lo notan. No sabemos qué extraña y afrodisiaca medicación sea esa. ¿La de la depresión? ¿Alguna hormona? ¿Sabes tú, Sara, si hay algo así en la botica?

Jaime la anima a elegir entre los machitos del tugurio. Y, oquéi, allá que va. Toma al perro, un saltito y a por uno de esos que vegetan, luciendo sus depilados sobacos. Cambia unas palabras con el más joven, el más feo. Su barriga está a punto de reventar una camiseta de palmeritas, la cual ofrece un "Paradise" en Malibú, que no en un Burgos inquieto.



Mientras, a Fito, el pequinés, le sabe a gloria el cubalibre de Jaime. La camarera, al verlo, da un gritito y le da con la bayeta. Tu marido quiere acabar de una vez, paga sólo la última ronda, a saber lo que debe ya la "Mamita", así la llaman en el "Arbolito". ¿Tacaño?

Jaime tiene sueño, dice adiós con la mano. Ruth agarra al "gordo Malibú" y le dice que espere, que ellos también se van. Con tan buena compañía, le toca atravesar Bravo Murillo, hasta el portal de vuestra casa.

Malibú lleva todas su neuronas concentradas en la palabra sexo al cubo. Se encuentran con una pandilla de chavales que le saludan, Ruth no da puntada sin hilo, besa a todos y se deja tocar el culo.

Después de mil paradas, llegan al portal y Jaime teme que se apareen sobre la jardinera del ficus. Piensa que , en realidad, lo que busca es excitarle a él y que sea una orgía de tres. O cuatro, si incluyen al perro.

Ruth se despide de tu Jaime, con una gran sonrisa y un "hasta mañana amor".Le da un beso que parece "el lengüetazo de un sapo". Estate atenta, no vaya a ser que San Antonio sucumba a las tentaciones.

Ya, en casa, se siente agotado y feliz por haber escapado de la "encerrona". Arroja sus ropas "contaminadas" a la lavadora. Huele a tabaco y a sudor, pero le da pereza ducharse. Cuando vuelvas a casa, el olor va a ser más fuerte que nunca y te va a dar más jaqueca que nunca.

La calefacción está prendida, no consigue un poco de frescor. Te echa de menos, está tentado de llamarte al hospital para contarte su aventura, pero no lo hace. Tal vez teme que te mosquees.

Desde el piso de la azafata, le llegan ruidos: muebles corridos, saltos, merengue a tope y pisotones. Va al cuarto de baño y oye los grifos de arriba. Risas, chapoteos y ladridos, están bañándose con el perro. Cómo se lo pasan.

Jaime se acuesta, acunado por la música caribeña. Sobre la mesilla, está la partitura del Mesías. Tiene remordimiento por no haber estudiado nada. Repasa el coro "Let him deliver", ese que la directora les pide que canten a una velocidad endiablada. Canta un poco a media voz, pero el merengue casa mal con Haendel.



Piensa que le va a tocar "comer techo", como dice tu suegro. Se acuerda, entonces, de la carta a Putin. ¡En la lavadora! Rescata el papel y comienza a leerla.

Le llama señor Vladímir, con tilde, como lo pone "El País", "el periódico de la gente honrada en España". Así lo dice Benjamín Tobes: creyente, burgalés y lector de un periódico de izquierdas...



Una carta llena de digresiones y paréntesis. Se pierde con demasiadas explicaciones, se embarulla, retuerce y enrosca las frases. Muy crítico es Jaime con la redacción de tu suegro.

¿Y para qué escribe a Putin? Pues...para comunicarle la impresión que le ha producido descubrir la literatura rusa. Y le pregunta por unas palabras que los traductores han dejado en ruso: kokoshnik, devichnik, zakuski (кокошник, девичник, закуски)*. Le desea feliz Navidad, le anima a visitar España y se ofrece para acompañarle al Museo del Prado. ¡Cosas de tu suegro!

Le vence el sueño, la carta le ha servido de somnífero. Reza tres avemarías, se persigna y apaga. Ruth, Malibú y Fito siguen con su fiesta. Se duerme.

Mientras tanto, el viento vibra en el "relax", la habitación donde tus compañeras y tú os refugiáis. Refrescos, café, butacones y una mesa donde extiendes tus papeles, los de la ponencia que vas a presentar en un congreso de Barcelona. Preside un crucifijo. En el vestíbulo hay una foto con las monjas francesas que fundaron el hospital, con sus tocas aladas, hace más de cien años, en un Madrid de barrizales, con niños "escrofulosos".

Tu mirada se va a a los cuatro rascacielos que se construyen en la Castellana. Colocas la mano sobre los vidrios y te estremeces. Tiemblas, se te pone la piel de gallina. Un mal recuerdo se ha cruzado por tu mente.

Vuelves al control, revisas en los monitores la frecuencia cardiaca de los fetos. Todo va bien. El dolor de cabeza sigue ahí, pero no te tomas el ibuprofeno. "Por alguna razón inexplicable" el dolor te tranquiliza.

Hasta mañana, Sara.

*La traducción que me da el traductor on line es: Kokoshnik, despedida de soltera, aperitivos.

Un abrazo de María Ángeles Merino para los que pasáis por aquí.


Pedro Ojeda dice en "La acequia":"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, continúa el comentario del primer capítulo de Viene la noche, en el que suma acertada síntesis y buen tino para la ilustración. No se olvida ni de Putin."

domingo, 13 de marzo de 2011

Una pausa, entre libros, para este ciruelo en flor.









Hacemos una pausa, entre Cervantes y Esquivias, para admirar este ciruelo en flor, el que ya conocéis. ¿Os acordáis de cuando empezó a brotar? ¿Os acordáis de cuando, el año pasado, lo llamé almendro?Está en Burgos, en una calle empinada que se llama "Subida al cerro de San Miguel". No suelo pasar por allí, pero me avisan. María Ángeles, que ese árbol ,el que a ti te gusta tanto, está en flor.

sábado, 12 de marzo de 2011

"Yo sé quién soy...y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia..."



Comentario al capítulo 1,5 del Quijote, titulado "Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero", publicado en "La acequia", en la entrada del 12 de junio de 2008.

Don Quijote no puede menearse y se acoge a su ordinario remedio. ¿Triaca? ¿Ibuprofeno? Borro lo último, que en el siglo XVII no conocían eso. Nada que se pueda preparar en la botica. Nuestro hidalgo acude a los registros de su memoria, donde están grabados, a fuego, los relatos de sus amados libros de caballería.

Mas, como en ellos no se da fe de tamañas derrotas, recurre al registro oral, al romancero. A ver, a ver, sí, aquel de Valdovinos, sobrino del marqués de Mantua, apaleado con su misma lanza, herido en la montiña y abandonado por Carloto, éste le vale para hacer su propia versión. Adelante con ella.



El narrador cree conveniente advertirnos de la falsedad de tal historieta, "no más verdadera que los milagros de Mahoma". Cide Hamete, estás en todo y don Miguel también.

María Ángeles, ya has escrito más líneas de comentario que las que van del propio capítulo, repórtate parlanchina. Te han pillado con hambre de Quijote.

A lo que vamos, los octosílabos le vienen de molde para expresar sus cuitas y, revolcándose en tierra, pregunta dónde está tal señora suya que no se duele de su mal, tan falsa y tan desleal. Sigue hasta el final, donde clama por el de Mantua.

Cuando está con "su tío y señor carnal" , qué mal suena eso, acierta a pasar por allí un labrador, vecino suyo, que viene del molino.



Ve a aquel hombre tendido, se acerca a él y le pregunta quién es y qué mal tiene.

La pantalla se mueve, me parece que tengo un visitante, de esos del limbo de secundarios, no que ya se clausuraron los limbos. Ahora que caigo, tal vez sea un purgatorio de personajes. ¿Tendrán que vagar, un tiempo, por los canalículos, a la espera de que alguien escriba de ellos?

Ahora veo, veo… ¡Es el labrador del que estaba escribiendo! Se nota que viene del molino, lleva los pies enharinados. Hable, buen hombre.

Con Dios, señora escribana. Ese chico, Andrés, me dijo que me pasara por aquí, que a vuestra merced le placen nuestras visitas. Mi nombre es Pedro Alonso y vengo de llevar dos talegadas de trigo al molino, dos arrobas cada uno, ya sabe.



Vuelvo apriesa a la aldea, me entretuve de más, la molinera diome conversación. Perdone vuestra merced esta licencia, que tal cosa no la escribió nuestro padre don Miguel. La molineras, ya se sabe...

Veo a aquel hombre tendido y, como buen cristiano, le pregunto quién es y qué mal siente. No me responde y sigue hablando del hijo del Emperante y su señora esposa.

Admirado, le quito la visera, le limpio el rostro, cubierto de polvo y descubro al señor Quijana, un viejo hidalgo de mi lugar. ¡Me quedo como un pasmarote! Le pregunto quién le ha puesto así, pero no me contesta y vuelve a ensartar versicos.

Le quito los fierros por ver si trae feridas, ni sangre ni señal. Con no poco trabajo, le subo a su jumento. No se imagina vuestra merced cómo pesa un hombre a cuestas, pese a estar en los huesos. Hago un atadillo con los fierros, también con las astillas. El rocín de las riendas y el rucio del cabestro, sigo mi camino.

¡Qué disparates los del buen don Alonso! ¡Y qué ayes! De nuevo le pregunto por su mal y saca a bailar a un moro y a un alcaide. Voy maldiciéndome de oír tantas necedades. Loco, está para la casa del Nuncio... He darme priesa, que no hay quien sufra estos sermones.

¡Y me llama Rodrigo de Narváez! Y quiere que yo sepa que la mora es una dulce señora del Toboso y que por ella hará caballerías. Despacito, le hago saber que yo no soy tal caballero sino Pedro Alonso, su vecino. Y le recuerdo su nombre de señor Quijana, algo que no debe ser de su agrado. Porque mi hidalgo vecino afirma saber quién es y me da a entender, o eso me parece, que puede ser quien le plazca. Ya sean los doce Pares de Francia o los nueve de la Fama, que las hazañas de todos juntos no aventajan a la suyas.

Llegamos al anochecer, es mejor esperar a que esté oscuro, que no vean ansí al señor Quijana.



Entro en el pueblo, hasta su casa. La encuentro toda alborotada, con la visita del señor cura y del Maese Nicolás, el barbero. El ama pregunta al señor licenciado, a voces, qué le parece la desgracia de su señor. La mujer se lamenta, ha tres días que falta su señor y , bien segura está, han sido los libros los que le han vuelto el juicio; que ella recuerda cuando don Alonso decía que iba a hacerse caballero andante, para ir en busca de aventuras. "El más delicado entendimiento de la Mancha" dice que era su señor y no le falta razón, así era. Y que malditos sean tales papelotes , con Satanás y Barrabás han de estar, no con la gente cristiana.



La sobrina habla con maese Nicolás, el barbero de nuestro pueblo, más amigo de charlas y lecturas que de enjabonar barbas. Cuenta la mochacha que su señor está , muchas veces , leyendo dos días enteros, al cabo de los cuales, arroja el libro, toma la espada, acuchilla las paredes y asegura haber muerto a cuatro gigantes que le han manchado con su sangre. Cubierto de sudor, que no sangre, se bebe una jarra de agua fría y quédase sosegado. Piensa la Quijana que debía haber avisado a cura y barbero, sus mejores amigos, para que pusieran remedio; que tales libros han de ser abrasados como herejes.



Al señor cura le gusta la idea; al fuego han de ir los culpables, mañana mesmo, en un acto público, que no den ocasión a otros.

Don Alonso y yo estamos ante la puerta y oímos todo eso. Acabo de entender la enfermedad de mi vecino, en cuyos ojos leo la indignación. Y ahora el loco soy yo, pues comienzo a decir a voces que abran "al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido , y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera." ¡Qué bien me lo tengo aprendido!

Sobrina, ama y amigos salen y corren a abrazar a su tío, señor y amigo; el cual pide que le lleven al lecho y llamen a la sabia Urganda que cure y cate sus heridas.

El ama maldice, ya sabía ella. Y no necesitan a la "hurgada" esa, sabran curarle ellas.

Le llevan a la cama , le catan las feridas, mas no hallan ninguna.Don Alonso dice que todo es molimiento, por una caída del caballo, peleando con diez jayanes "desaforados y atrevidos".

El cura oye lo de los jayanes y le crece el deseo de chamuscar libros.

Le hacen mil preguntas, a las que sólo responde que le den de comer y le dejen dormir.

El cura me pide que le cuente cómo hallé a don Quijote y así lo hago. Le repito todos sus disparates y pongo más deseo en él de hacer lo que hizo al día siguiente. Llamaría al barbero y...no digo más que lo que sigue no me corresponde.Me despido de vuestra merced, quede con Dios.

Un abrazo para los que aquí me visitáis de:

María Ángeles Merino


Pedro Ojeda dice en: "La acequia":

"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, comenta el capítulo 5 de la primera parte y da voz a un nuevo secundario: el labrador vecino de don Quijote que lo auxilia tras su doloroso encuentro y delirio romanceril."

miércoles, 9 de marzo de 2011

"Aitana, niña Aitana..."


Aitana,la preciosa nena de mi sobrino. Mi re sobrina.

¡Felicidades, Aitana!

Hoy cumples tres años. Y, por tercera vez, coloco en mi blog estas palabras de Alberti:

"Aitana,niña Aitana
fuera yo quien moviera
para ti eternamente
las auras más dichosas
quien peinara más luces
y alisara más rosas
en tus pequeñas alas
de brisa mensajera."


Rafael Alberti

martes, 8 de marzo de 2011

Una comadrona, un escaparatista, un anciano, una anciana, dos libros y un escritor sosaina.


“Viene la noche” (Foto tomada en Palacios de Benaver)

Comentario al primer capítulo del libro "Viene la noche", de Óscar Esquivias (Jueves, 21 de diciembre de 2006)

Dejo la segunda novela de la trilogía de Esquivias, “La Ciudad del Gran Rey”, en una fantástica catedral de Burgos que respira como un ser vivo, con sus miles de cabezas pétreas, cantando al unísono y celebrando el triunfo del Amor. Y el Portón del Claustro, abriéndose a un fuego que purifica y no quema, por el que sólo pasan cinco soldaditos anónimos y ningún personaje principal. No nos consta que el periodista Formoso lo traspase, el cabo Galaz se queda por amor y el padre Talí lo cruza pero…no era de la expedición. ¿Nos toma el pelo el autor? ¿Deja una puerta abierta?



Ahora no estamos en el fantasmal Burgos Purgatorio sino en el vestuario de un hospital madrileño, con vistas a los cuatro rascacielos que, en el 2006, se construyen en la Castellana.



Ni extraños frailes, ni ángeles guardianes, ni curas o seminaristas preconciliares, ni militares carcundas…Nos recibe Sara, una comadrona con dolor de cabeza. Ni triaca ni heraclitonita, un sobre de ibuprofeno.



De momento, no vemos conexión alguna entre esta mujer actual que entra en su turno de noche y el ángel Galaz que dejamos en la burgalesa calle de la Paloma.



Voy a hacer mi comentario, dirigiéndome a ella, me cae simpática.

¡Hola Sara!

En este capítulo, tu dolor de cabeza es el hilo conductor hasta tu marido Jaime. Y, como estás de noche, aprovecha para cenar con sus padres, Benjamín y Teresa. Y, en un círculo que más adelante completaremos, has encargado, la compra, en Burgos, de dos libros. Así que estáis Jaime y tú, tus suegros, dos libros y ese escritor tan soso, al menos en las dedicatorias. Y embarazadas, bibliotecarios, poetas, ecuatorianos…los que vais trayendo de la mano.



Guardas tus cosas con método y corrección, en la taquilla del hospital. Es tu peculiar receta para ese dolor que se minimiza mientras trabajas, volviéndose intensísimo a la salida. En casa, tomarás un analgésico y al sofá, porque el dormitorio huele a Jaime y a esa rancia colonia que te disgusta tanto.



Caprichos de las cefaleas, los olores fuertes te dan náuseas. Que nadie piense otra cosa, sé que amas a tu pareja. Así que prefieres el ruido del tráfico y los mil canales internacionales de la vecina azafata. Ojito con ella, Sara, menuda lagarta.

Eres capaz de meterte en el pellejo de tus compañeras, empatizas , como dicen ahora. Las ves entrar alegres, bromistas y parlanchinas; mas al salir militan en un ejército de derrotadas. Cansadas y sucias, con prisa por ir a casa a poner cenas o a habérselas con el solitario “táper”…





Así te ves tú también. Hoy, ni cenas ni "táper", el sobrecito y a dormir. Y, encima, menudo desplante el de la llorosa celadora gorda, cuando vas y le preguntas si está bien.

Después, te alcanza tu amiga Mila, para decirte que ya ha traído de Burgos los libros que le pediste. Le debes cuarenta euros y están firmados por el autor, un sosaina, dice… ¿Por qué son tan importantes esos libros? ¿No los venden en Madrid? Con esas macrolibrerías que tenéis, que en Burgos no hay esos templos librescos. No, no me digas todavía para quién son y de qué tratan. Destriparíamos el libro.



Cuando trabajas de noche, Jaime cena con sus padres y da vacaciones al microondas. Camina por los “rizomas” que le nacen a Bravo Murillo, más tristes, más solitarias, más pobres.



Llega al familiar portal de la calle Wad Ras, distrito de Tetuán.



La escalera huele a ajo quemado, al tufo de las cenas de gente más bien mayor, nada de bandejitas inodoras. Puertas con sagrados corazones, cartelas con nombres de vivos o de muertos, espumillón, adornos navideños. Tu Jaime sube deprisa,huye de los olores y la decoración ofende su sensibilidad estética.

Padre e hijo se besan. Benjamín, ya sabes, huele a pis, a leche cortada y a naftalina, olores de vejez. El belén de figuritas cojas o mancas, los libros que devora él y las “tonterías” medio brujas de ella: pirámides, energías negativas, incienso, yoga, taichí… Su metamorfosis, pelo verde y aire exótico, hace parecer más viejo y encogido a su marido, metamorfoseado en sentido contrario.



La cena es insípida y la sobremesa, también. Tu marido friega y recoge, la protesta de tu suegra forma parte del ritual machista de las mujeres, faltaría más… Tele, cartas, una conversación sin interés. Hasta que, aburridísimo, se levanta y se despide. Pero hoy Benjamín desea acompañarle.

Jaime había traído la revista de su parroquia, esa cuyo nombre trae ecos de rosarios preconciliares. Al salir a despedirle, Teresa repara en ella y muestra interés por si incluye alguna poesía de su niño. No, Jaime ya no escribe versos. Le preguntan por qué y se encoge de hombros, cree que no vale. Pero tu suegro suelta que “hasta el más tonto puede ser poeta”, basándose en unos poetillas que él conoce: pelos largos, acné y bragueta abierta. Se juntan en un bar, uno lee poemas y los demás lo despellejan.

Jaime se queda pensativo, los amigos de su padre suelen ser viejos “desportillados”, como él. Sabe que, a su manera, es un hombre culto; pero no se lo imagina en una tertulia literaria.

Desde hace un par de noches, Benjamín sale de paseo a estas horas porque a Teresa le da ahora por la meditación y necesita media hora de silencio, porque tiene cita consigo mismo y con su aura. “Mochales”, se está volviendo “mochales”. Y lo peor es que le obliga a quedarse quietecito y en calcetines, en consecuencia se va de casa. A Jaime no le parece mal que medite. “Ya, a ti nada te parece mal”, le espeta su padre y suena a reproche. Son muy distintos padre e hijo ¿verdad?



Recorren calles vacías y sucias, con las mejillas escarchadas, en silencio, con cierta prisa. Algunas luces navideñas, edificios con aire cuartelero, casas apuntaladas, solares llenos de hierbajos y basura…



El barrio también está metamorfoseado, han desaparecido muchas casas bajas, sustituidas rápidamente por edificios más altos y mucho más feos.

Apenas hay signos de vida: una persiana, un bar concurrido, la frutería todavía abierta de un pakistaní, un grupo de hombres que discuten en susurros y les amenazan. Hasta que llegan a Bravo Murillo, “frontera de prosperidad y de luz”, dejando atrás el revoltijo de calles sombrías. Jaime siente alivio al verse rodeado de gente. Propone acompañarle de vuelta a casa, nanay, el viejo quiere llevarle a Cuatro Caminos y mostrarle el bar de los poetas.



Jaime va mirando los escaparates, es lo suyo.



Hombres jóvenes trajeados haciendo el indio con las corbatas en la cabeza, van borrachos y se besan, jugando a un equívoco juego. Unos ecuatorianos beben y miran indiferentes, unos marroquíes ofrecen algo…



Benjamín proclama que : “nunca ha habido más extranjeros aquí y jamás Madrid ha parecido más un pueblo”. Y sigue, Madrid de ciudad moderna a “ciudad pobretona llena de muertos de hambre que se buscan la vida como pueden”. “Como podemos” añade su hijo y eso molesta mucho al viejo. Él sí que sabe lo que es pasar hambre, Jaime no. Que no se le ocurra quejarse…



Menudo jaleo hay en la glorieta: los de la hamburguesería archiconocida recogiendo, adolescentes conversando sin prisa, senegaleses colocando el mantel de su mercancía, un hombre anuncio emparedado, chinos vendedores de lo que sea , no son los del “Glan Sanculco”, y un mendigo aporreador telefónico.

Benjamín se pregunta cómo pueden dormir allí los vecinos, Jaime contesta, muy convencido, que en esos edificios no vive nadie. Su padre le saca de su error, le hace mirar para arriba. Se ven encendidas algunas lámparas “cluecas”, con sus huevos encendidos. Incluso hay una fiesta en una de esas ventanas.



Cruzan al otro lado y el viejo le muestra un bar, una jamonería ruidosa. “Aquí hacemos la tertulia literaria”, dice y a tu marido no se le escapa el plural, caramba con mi padre. Jaime se imaginaba un vetusto café, con mesitas de mármol, tarima y estufa.



Jamones y ajos colgados, una freidora y maridos expulsados, masticando calamares. Un camarero de rasgos andinos corta jamón, come un trocito con disimulo y se limpia.



Tienen que entrar, Benjamín tiene una imperiosa necesidad. “Que me meo coño”.

Y el capítulo vuelve al control de tu hospital, donde rellenas el informe de ingreso de la última gestante. Se llama Carolina, es una cría de diecisiete años que aparenta treinta y cuatro, tan obesa y estropeada está. Acabas de visitarla en la sala de dilatación y parece tranquila, a pesar de las primeras contracciones.



“ La trajo en moto un tiarrón patilludo…quince o veinte años mayor que ella”. Deduces que es su novio por el trato autoritario, hostil y remotamente cariñoso con que la trata . Él con el buzo lleno de grasa y ella con su uniforme de cajera.

Carolina llora, se ha escapado de casa de sus padres y tiene miedo, miedo, miedo…Su familia no lo sabe, sólo su novio. La escuchas, pero escuchas más los latidos del feto. La chica dice que falta un mes, tú sabes que dará a luz en unas horas. Es fuerte y sana, está aterrada…Empatiza, mujer.

Mientras tratas de tranquilizarla y le explicas el proceso, irrumpe una mujer con el maquillaje corrido, con “aire de loca” , cargada de joyas, con ropas elegantes. Dice que qué alegría, su niña embarazada, te aparta de un manotazo y abraza a Carolina. A la pregunta de si el niño es de este novio o el de antes,la nena contesta …que de ninguno de los dos, toma ya.

La chica está cada vez más agitada, tomas del brazo a la pintorreada y le pides que te deje a solas con Carolina, que espere fuera. Te contesta “sí, claro, señorita”. Ese señorita suena a insulto.

Cierras la puerta y la hija te pregunta quién le ha dicho a su madre que está aquí, todo un misterio.

Se oyen gritos en el pasillo, la señora está peleándose con el gasolinero. Ella le pega con su cinturón y el enorme patilludo se protege y está a punto de llorar. La señora le provoca , sigue arreándole y el cinto restalla.

El chico arranca un extintor y amenaza con él a la mujer, que sigue azotándolo.Todo el mundo acude. Empleados, alguna parturienta, la Sor jefa de la unidad y, al final, los guardias de seguridad la separan del joven.

Vuelves con Carolina y le dices que puede quedarse con ella un persona de confianza. Te ruega que entre Fernando, el del buzo, y que no entre su madre. Tiene derecho a elegir quién puede visitarla, así se lo aseguras. Le pides que se relaje, que estarás pendiente de ella, toda la noche. Si pulsa el botón, acudirás enseguida.

Sales al pasillo, allí no queda nadie. Ni la de las joyas ni el patilludo. Mientras pasas esta tormenta ¿Qué está haciendo Jaime ?

Iremos con él.

Un abrazo de María Ángeles Merino, aprovecho para felicitar a todas las mujeres. ¡FELIZ DÍA DE LA MUJER!

Vemos aquí que Óscar Esquivias tiene una especial sensibilidad hacia el trabajo de la mujer.

Leemos:

"Hace mucho calor, Sara se abotona con lentitud el uniforme verde...A sus espaldas hay un runrún despreocupado de risas y conversaciones de las que entran ahora a trabajar: las que salen suelen estar calladas, muy concentradas en sus pensamientos, con prisa por llegar a sus casas donde las espera un novio o un marido o un hijo o un padre al que tienen que dar de cenar ante un televisor tonante (sabe que exagera. muchas irán a mesa puesta y a otras no las aguardará nadie, sólo una casa en silencio, unos táper en la nevera con filetes empanados...pero Sara siempre ve a estas mujeres como un ejército de derrotadas..."


Gracias, amigo escritor.