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miércoles, 15 de abril de 2026

Señora con perrito.

 

Ayer paseaba por la orilla del Arlanzón y me llamó la atención un pescador. Es un deporte que no entiendo, qué interés tiene sacar de su medio natural a un animalito que vive tan tranquilo, en sus aguas.

Sin embargo, hace poco, una persona culta y en absoluto salvaje, me comentaba que le relajaba muchísimo, que le dejaba como nuevo. Y, además, creo que es pesca deportiva, sin muerte. Tampoco procesaba yo eso último, entonces para qué, pescar para comer cuando había hambre tenía su sentido pero...

Ayer pescaba un pescador cerca del puente Bessón, un chico joven y sí, se le veía relajado. Qué frío en los pies, pensé. Quise hacerle una foto, tras el ramaje, sin que se le viera la cara. El amarillo de su jersey destacaba sobre el verde, era bonito el contraste. Saqué el móvil y...

Busco la foto. 

¿Dónde está el pescador? Solo veo a una chica con su perro, en la otra orilla, la de los paseantes.

En lugar de "Mis amigas las truchas" de Delibes me salió "La dama del perrito" de Chéjov. Por cierto que a don Miguel le hubiera dicho que las truchas no eran amigas suyas. Tampoco las perdices... Nadie es perfecto.

Bueno, aquí tenéis una foto titulada "Señora con perrito". Nada que ver con Anna Serguéyevna y su historia, advierto.

"Si sale con barbas, San Antón y si no, la purísima Concepción."  Dicen que lo dijo un escultor.

Aspiro al premio de peor fotógrafa del mundo.

Ay, como ando...

María Ángeles Merino Moya

https://es.wikipedia.org/wiki/La_dama_del_perrito


martes, 11 de julio de 2017

"En el aire sutil de Burgos, bajo el azul límpido del cielo, ante las olmedas espesas..."


"Inposivle" (Pintura de Agustín Merino, presentada al XXII Premio AXA de Pintura Catedral de Burgos)

En la entrada anterior, de la mano de Azorín, soñaba con La cabeza de Castilla "presidida por un lector". Imaginaba al monje Adelelmo, el abad San Lesmes, paseando y leyendo junto a las orillas del Arlanzón. No sabemos del  río medieval que conoció el "Santo Patrón de la ciudad". Aunque no podamos bañarnos dos veces en el mismo río, cambian las aguas y también las riberas, su visión no sería muy distinta a la de José Martínez Ruiz, en 1948:

 "El cauce del Arlanzón es anchuroso, en Burgos, con islitas, con verde herbazal"


"En el Arlanzón, quisiéramos bajar también al cauce; contemplando el cauce, con su herbazal, con sus islitas, parece que nos exentamos, un momento, de los cuidados en la ciudad."

Ignoramos de qué cuidados precisa exentarse Azorín, durante su estancia en  "la cabeza de Castilla". 1948, un tiempo difícil en que un capítulo titulado "Pasado y futuro" ha de rematarse así:

 "No salgamos de la Catedral, la amada Catedral de Burgos, sin proponernos a nosotros mismos, seamos ilustres o humildes-el autor es de estos últimos-, poner fe en la continuación de este resurgimiento, iniciado y propulsado por el Caudillo. Fe y constancia. Constancia y tesón."


La cabeza de Castilla y el plano de Burgos de 1953 (guía Fuyma)

Adelelmo, de vez en cuando, levanta la vista de la lectura, piensa en sus "cuidados": frailes, peregrinos, pobres, enfermos, cauces y esguevas que conduzcan las aguas pestilentes y también caudillos imposibles de encauzar. 

¿Bajar al cauce? En mis años infantiles, "el verde herbazal" era de difícil acceso, salvo en algunos tramos,  y escondía sorpresas vivas y poco gratas. Solo los chavales más ágiles y atrevidos salvaban el elevado pretil. Mi hermano era uno de ellos. 

Azorín baja, bajamos con él, le acompañamos: 

"Nuestro ánimo, momentáneamente se desenvuelve libre. En el aire sutil de Burgos, bajo el azul límpido del cielo, ante las olmedas espesas, podemos afinar las percepciones; el paisaje nos invita a la concentración. Nos esforzamos en hacer que el lenguaje sea la expresión exacta, inequívoca del pensamiento; pero el lenguaje nos depara, a veces, expresiones que nos hacen , oscilar, vacilar, ondular, entre el ser y el no ser; percibimos con goce o sin goce, la fusión de los contrarios en un punto...El poeta, un poeta dominador de la forma, dice una cosa y dice otra; afirma y niega al mismo tiempo; lo que quiere decir lo dice, pero vemos que también dice su opuesto...el poeta logra la expresión. "

No sin lucha, el lenguaje encuentra su cauce, "como este cauce bello del Arlanzón, en Burgos". 


El Arlanzón dibujado por Luis Sáez Díez, en la guía Fuyma, Burgos1953. 

Adelelmo sigue su lectura y aquel niño que bajaba "al verde herbazal", logra su expresión: 

Canta mi río con voz de arrullo
con voz plata de agua canta
a sus pies la ciudad sestea, el largo letargo de su historia
En el teatro la farsa se representa
En esta ciudad de malos cómicos, todos interpretan un papel de figurantes
creyendo que son estrellas
En estas butacas vacías hace tiempo que se ausentaron los sueños. 

(Agustín Merino)


Agustín pinta con la espátula un "Inposivle". El cielo ya no es azul. 



Un abrazo para los que pasan por aquí de:

María Ángeles Merino

Textos en rojo tomados de: La cabeza de Castilla, Azorín, editorial Espasa Calpe, colección Austral, segunda edición, 1967. Capítulo XXII, El Arlanzón, páginas 123, 124 y 125. 

domingo, 9 de julio de 2017

"Burgos, pues, está presidida por un lector"


Vuelvo a las palabras de Azorín, las de su libro La cabeza de Castilla, las que nos leyó Pedro Ojeda Escudero, en el homenaje del día 12, junto a las ruinas del monasterio de San Francisco, en nuestro Burgos:
No pude resistir la tentación de comprobarlo, en la iglesia de San Lesmes; como tampoco resistí la tentación de leer La cabeza de Castilla, donde Azorín nos muestra, en su magistral prosa, un Burgos muy literario y muy poco real. Me senté junto al sepulcro del santo, esquivando las miradas curiosas de las feligresas. 

Sepulcro de San Lesmes y La cabeza de Castilla.

El artista lo esculpió con un libro abierto en la mano. Curioseo y descubro que las páginas están en blanco, no importa. Imagino que Adelelmo, San Lesmes, tuvo que leer, y mucho, sabemos que no andaba escaso de conocimientos: 



Sueño al monje San Lesmes con tiempo de repartir el pan a los pobres, ayudar a los peregrinos  y planificar canales y esguevas para encauzar las pestilentes aguas estancadas, evitando fiebres malignas. 

Y Adelelmo leería mientras paseaba por las orillas del Arlanzón. Vamos a hacer como él. Venid conmigo:

Con María Ángeles Merino y Azorín.



Textos tomados de: La cabeza de Castilla, Azorín, editorial Espasa Calpe, colección Austral, segunda edición, 1967. Capítulo XI, Burgos, páginas 79, 80 y 81.

lunes, 14 de mayo de 2012

Mayo se mira en las aguas que caminan hacia el abrazo.


Mayo se mira en las aguas que caminan hacia el abrazo.


El río Vena va derecho a "se acabar e consumir"
El Arlanzón espera.

 Mañana de mayo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Ya están aquí las violetas

Arlanzón a eso de las 11 A.M.

Gimnastas más o menos orientales.

Ahí estaban

Las violetas

Se han adelantado

Primeras violetas en el Paseo de la Quinta (Burgos)

Esta mañana, me he encontrado con ellas...

jueves, 15 de marzo de 2012

Sonata de invierno: Maximina, "casi una niña, con los ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces"

"Arlanzón en negro"

Comentario a mi lectura de "Sonata de invierno", de Valle Inclán, en busca  de la casi novicia Maximina, hija "feúcha" del marqués de Bradomín y la duquesa de Uclés. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
Podéis leerla aquí.

“¡Maldito tiempo! ¡Era un corazón leal!”


Don Carlos y Bradomín descabalgan. Están de nuevo ante la casería, la que sirve de Cuartel Real. Nubes negras desfilan sobre la luna. La imagen de Volfani, mortalmente paralizado, les acompaña.


Entran en el aposento real. Al calor del brasero, don Carlos, con amable ironía, deja caer:

“Bradomín, sabes que esta noche me han hablado con horror de ti... Dicen que tu amistad trae la desgracia... Me han suplicado que te aleje de mi persona.”

¿Lo ha dicho una dama? Sí, una dama que no le conoce, “una princesa romañola”; pero tiene la referencia de su abuela, la cual le maldijo siempre. Calla “sobrecogido”, recuerda:

“…el más grande amor de mi vida perdido para siempre en la fatalidad de mi destino”

Le ahogan las aguas del pasado: “años juveniles”, “tierra italiana”, “Guardia Noble de Su Santidad”, “amanecer de primavera”, “vieja ciudad pontificia”, “palacio de una noble princesa…rodeada de su hijas”, “Corte de Amor”. Las notas de la “Sonata de Primavera”.



La piadosa María Rosario flota sobre esas aguas amargas. El destino le va a llevar junto a otra casi novicia: Maximina. Entre las mujeres de las “Sonatas”,  son las que llevan la peor parte. María Rosario pierde la razón, Maximina se suicida. Las vírgenes, las que no se relacionan sexualmente con el marqués.

Sale al huerto, bajo la luna:

“Oyendo el rumor de las hinchadas torrenteras que se despeñaban inundando los caminos, yo las comparaba con mi vida, unas veces rugiente de pasiones y otras cauce seco y abrasado”



Como la luna no disipa sus negros pensamientos, busca el olvido en la partida de cartas con sus “mundanos amigos”; que el “albur” ofrece más consuelo que “la blanca luna”. De poeta que mira la luna a empedernido jugador de cartas, son los  giros de trescientos sesenta grados a los que nos somete Valle. Los lectores vamos como en una noria.



Canta el gallo, tocan diana, guarda su ganancia y vuelve a sus “cavilaciones sentimentales”. El personaje de Bradomín semeja un péndulo entre los nobles sentimientos y el cinismo más desvergonzado. No nos engañemos, ya lo conocemos demasiado. Gana el cínico.


Ahora el Rey tiene una misión para él: ha de entrevistarse con el "faccioso" cura  de Orio. Ha de hacerle entender que ahora ya  no se pude quemar a los viajeros rusos, por muy herejes que sean.  Que vuelva a su iglesia y los libere; que Don Carlos no quiere “disgustar a Rusia”, tan absolutista ella.

Cabalga el marqués escoltado por “diez lanzas”. Han volado un puente y no puede pasar el río. Se hace forzoso volver atrás y seguir el camino de los montes. No vacila, aun cuando la ruta sea arriesgada. Baja con su escolta al río, para dar de beber a los caballos.  Bradomín ve tan cerca la otra orilla que se  arriesga a entrar río adentro, sobre su montura.


"El animal tembloroso sacudía las orejas". Ya nada con el agua a la cincha, cuando en la otra ribera asoma una vieja cargada de leña que grita:

De aquí.

Bradomín supone que la mujer les advierte de lo peligroso del paso. A la mitad de la corriente, entiende mejor las desesperadas voces de aquella "sibila aldeana" y...carlista:

"¡Teneos, mis hijos! No paséis por el amor de Dios. Todo el camino está cubierto de negros alfonsistas...¡Cuentan y no acaban que han ganado una gran batalla! Albuín, Tafal. Endrás, Otáiz, todo es de los negros, mis hijos... "

Los "lanzas" retroceden acobardados, suenan tiros, en el agua se dibujan los círculos de las balas.

Se apresura y, cuando ya su caballo se yergue, siente "en el brazo izquierdo el golpe de una bala y correr la sangre caliente por la mano adormecida".

Cartucho y bala, III guerra carlista.

Trepan a galope por una cuesta, entran en una aldea. Llaman a un curandero que le pone el brazo “entre cuatro cañas”. “Sin más descanso ni otra prevención”, toman el camino de los montes.


De aquí.

El guía camina a pie al diestro del caballo de Bradomín. Los dolores del brazo herido son muy grandes, la fiebre enciende sus ojos, su rostro es de cera, las barbas “simulaban haber crecido como en algunos cadáveres”. Marchan en respetuoso silencio. Los ojos se le nublan y está a punto de atropellar a dos mujeres que caminan sobre los lodazales.


Una de ellas le reconoce:

"¡Marqués! Me volví con un gesto de dolorida indiferencia...¿No se acuerda usted de mí? "
La mujer se retira un poco la toquilla de aldeana. Bradomín descubre "un rostro arrugado y unos ojos negros, de mujer enérgica y buena". ¿Quién es? ¿No se acuerda de cuando estaban "en la frontera con el Rey"?. ¡Es Sor Simona!


Le pregunta si está herido. Al ver "la mano lívida, con las uñas azulencas y frías", exclama "con bondadoso ímpetu": "Usted no puede seguir así, Marqués". Sí, ha de seguir, ha de cumplir  "una orden del Rey".

Sor Simona ha visto demasiadas heridas de guerra. Le advierte :"ese brazo no espera...Por lo tanto que espere el Rey".

De aquí

Decidida, toma el diestro del caballo para hacerle torcer de camino. "Con tono autoritario y enternecido", que lo uno no quita lo otro, ordena  a los soldados que vayan detrás. No le deja apearse, Bradomín obedece dócilmente.

Entran "por una calle de huertos y casuchas bajas" . Humo, olor a "pinocha", voces, gritos. ¿sueña? Las ramas de un sauce, "sombra adversa", le dan en la cara.


Se detienen ante una casona hidalga. Los "republicanos" quemaron su convento y en ella tienen montado su hospital de sangre. Mientras sube la escalera, llama la atención de Bradomín  la  joven ayudante de Sor Simona:

 "Era casi una niña, con los ojos aterciopelados, muy amorosos y dulces"


Arriba, mujeres con tocas hacen hilas y rasgan vendajes. Sor Simona ordena que le dispongan una cama, la mejor.

Las Maximinas de hoy en día
Comienza a desatarle el vendaje del brazo. Los ojos del marqués se van en busca de los de la jovencita que, asustados y compasivos, miran el "cárdeno agujero de la bala" . Sor Simona decide quitarla de en medio,  la ve a punto de llorar. El pretexto son las sábanas que ha de poner en la cama del Señor Marqués, de hilo han de ser.

Sábanas de hilo

Bradomín siente "el alma llena de ternura". Su "memoria acalenturada", repite tercamente: "¡Es feúcha! ¡Es feúcha! ¡Es feúcha!..." Su cerebro realiza inesperadas conexiones. ¿Tal vez delira?

Pasa algún tiempo hasta que el médico asoma "en la puerta, tarareando un zorcico". "Un viejo jovial, de mejillas bermejas y ojos habladores". Le reconoce el brazo, con la ayuda de Sor Simona. "Bordeando el agujero de la bala" le hinca más fuerte los dedos. Duele mucho. Un crujido, no hay duda:

"Están fracturados el cubito y el radio, y con fractura conminuta"

Pregunta el marqués "si será preciso amputar el brazo". El médico y la monja le miran. Lee "en sus ojos la sentencia".  Y sólo piensa " en la actitud que a lo adelante debía adoptar con las mujeres para hacer poética mi manquedad". Incluso tiene un recuerdo para Cervantes y el Quijote:

"¡Quién la hubiera alcanzado en la más alta ocasión que vieron los siglos! Yo confieso que entonces más envidiaba aquella gloria al divino soldado, que la gloria de haber escrito el Quijote. "

De aquí.

Mientras distrae su sufrimiento con  quijotescas  locuras, el médico declara la inminencia de la gangrena.

A continuación:"Conferencias en secreto", "hay que tener ánimo Marqués", "era mi alma como viejo nido abandonado",  "¿Ha cortado usted muchos brazos, Doctor?", "un goce amargo y cruel", "dominando el femenil sentimiento de compasión". "el orgullo, mi gran virtud, me sostenía".

Y después: "No exhalé una queja ni cuando me rajaron la carne, ni cuando serraron el hueso, ni cuando cosieron el muñón".

Y, al final: "¡Qué valor! ¡Cuánta entereza! ¡Y nos pasmábamos del General! Yo sospeché que me felicitaban, y les dije con voz débil: ¡Gracias, hijos míos! "

Pero estamos ante un antihéroe que, tras su heroico papel, llora en secreto:

"Cerré los ojos para ocultar dos lágrimas que acudían a ellos"



Acaso también Valle Inclán hubo de vivirlo así.

Se desvanece "en un sueño o en un desmayo". Cuando despierta, "una sombra estaba en vela". Reconoce "los ojos aterciopelados" y siente "como si las aguas de un consuelo me refrescasen la aridez abrasada del alma".



Alza con fatiga el único brazo para acariciar "aquella cabeza que parecía tener un nimbo de tristeza infantil y divina". Ella le besa la mano, llora. " ¡Es usted muy valiente! "

Él sonríe ante la ingenua admiración. La consuela como a una niña pequeña: "ese brazo no servía de nada", con uno nos basta, ahora no trepamos por los árboles, la rama cercenada me alargará la vida, "soy como un tronco viejo".


La niña solloza, le suplica que no hable así, por Dios.

"La voz un poco aniñada se ungía con el mismo encanto que los ojos, mientras en la penumbra de la alcoba quedaba indeciso el rostro menudo, pálido, con ojeras"

Bradomín le pide que le hable. Su voz es balsámica, le hace bien. Ella repite : "¡La voz balsámica", buscando un sentido oculto en esas palabras. "Recogida en su silla de enea", silenciosa, pasa las cuentas del rosario.

Vuelven las nieblas del sueño:

"Un sueño ingrávido y flotante, lleno de agujeros, de una geometría diabólica"

De aquí

Cuando despierta, ahí está Maximina. La Madre Superiora le ha reñido, dice que  le fatiga con su charla. "De manera que va usted a estarse muy callado" le ordena con una sonrisa.
 
¿Qué siente el Marqués? ¿La ternura de un abuelo?

"Yo al verla sentía penetrada el alma de una suave ternura, ingenua como amor de abuelo que quiere dar calor a sus viejos días consolando las penas de una niña y oyendo sus cuentos"


Le agrada su voz. desea oírla. Preguntas y respuestas. "Me llamo Maximina", "es un nombre muy bonito", "será lo único bonito que tenga", "también muy bonitos los ojos", "soy toda yo tan poca cosa", "vales mucho", "ni siquiera soy buena" , "la niña más buena que he conocido", "una mujer enana", "cuántos años cree que tengo", "acaso tengas veinte años", "tengo quince", "le estoy haciendo hablar", la Superiora..., "no soy novicia, soy educanda". Sonríe.

Él calla, esos ojos...:

"¡Ojos de niña, sueños de mujer! ¡Luces de alma en pena en mi noche de viejo!"


Pero...¿sabe Bradomín quién es Maximina? ¿Rebotan ahora en su alma las palabras de la Duquesa de Uclés? ¿Su hija?

"Es feúcha, es feúcha"

¿Quiero descubrir la parte más repugnante de este marqués de Bradomín? No lo sé, tal vez siga más adelante y os lo cuente. Quizás no...

Un abrazo para los que me seguís.

María Ángeles Merino

jueves, 8 de marzo de 2012

"Sonata de invierno": La Duquesa de Uclés, "divinos labios que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos"

"Arlanzón entre dos luces"

Comentario a mi lectura de "Sonata de invierno" de Valle Inclán, en torno a "la campaña de don Carlos" y  la duquesa de Uclés. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Utilizo un ejemplar de la colección Austral y http://es.wikisource.org/wiki/Sonata_de_invierno

Don Carlos, a pesar del temporal de viento y de nieve, resolvió salir a campaña”. 

Con su caballería, sus trescientos lanceros y sus ayudantes. ¡A jugar a la guerra! Ahí van el Conde de Volfani y el marqués de Bradomín, tan felices, cabalgando con las monturas emparejadas. Dos “grandes amigos, como puede presumirse”. El lector sonríe, tiene en mente la reciente visita del marqués al lecho de María Antonieta, señora de Volfani. Nos divierte imaginar la sonrisilla de don Xavier.

De aquí.

“Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines”. ¡No! Que eso es de Rubén Dario. Aquí:

"Los clarines sonaban rompiendo marcha hay clarines, el viento levantaba las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada: ¡Viva Carlos VII!"


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De aquí.

Una vez en la carretera, hacen alto un instante. El viento azota "bravío", relinchan algunos caballos "encabritados" y unánimemente se afirman en sus sillas. La columna se pone en marcha.

¿Alfonsinos a la vista? No, ni uno, sino la conjunción de viento y lluvia batiendo "con grandes ráfagas". Los ponchos flamean cual banderas y las furiosas boinas se tienden hacia atrás.


"Una gran casería", una humilde casa, en un cruce de caminos, va a hacer las veces de Cuartel Real. Se reúnen en la cocina al amor del fuego. Sientan al Señor Rey don Carlos en la silla del abuelo.


La lluvia bate los cristales. Todos hablan del borrascoso tiempo, si no fuera por ese pérfido enemigo ya castigarían a su gusto a la facción alfonsina.


Se calma el temporal y don Carlos exclama: "¡Bradomín, qué haríamos para no aburrirnos! "

Nuestro marqués se permite responder socarronamente: "Señor, aquí todas las mujeres son viejas. ¿Queréis que recemos el rosario? "




El Rey le mira con expresión de burla, tal vez piensa que el marqués se toma demasiadas confianzas, ahora verá. Le pide que, subido a una silla, les recite el soneto que ha compuesto a su odiado primito Alfonso. Los cortesanos se ríen de la real broma, Bradomín contesta, muy digno: "Señor, para juglar nací muy alto". El Rey le abraza, no ha querido ofenderlo...

Silencio. La cocina comienza "a ser invadida por las sombras"; pero "a través de los vidrios llorosos" ven que "en el campo aún era la tarde".


En los caminos reina una  soledad amenazadora. Don Carlos quiere que Bradomín y Volfani le acompañen a Estella. Nadie ha de enterarse. No, no es preciso avisar a Volfani: "él ha sido quien preparó la fiesta". Esperarán "a que cierre la noche".

Mientras tanto, escuchan las batallitas de dos ancianos militares, las que ganaron y las que piensan todavía ganar.  Se enternecen ponderando las virtudes de sus soldados. ¡Qué decir de los navarros, tan buenos conservadores de "la lealtad, la fe y el heroísmo" de los viejos tiempos! La ironía del viejo marqués carga contra los  ingenuos "que aún esperan de las rancias y severas virtudes la ventura de los pueblos". Los admira, compadece  su ceguera y proclama heréticamente: "¡Los pueblos sólo son felices cuando se olvidan de todo eso!"

Ya es noche cerrada, don Carlos hace un gesto a Volfani y a Bradomín. Salen a la luz de la luna, les esperan con los caballos.


¿Sienten miedo? Leamos:

"Los peñascales que flanquean la carretera parecían llenos de amenazas, y de los montes cercanos llegaba en el silencio de la noche el rumor de las hinchadas torrenteras"


Entran en Estella a pie y se detienen ante el caserón, aquel tan blasonado, de su "bella bailarina elevada a duquesa de Uclés".
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Estella

Un hombre con pata de palo les franquea las puertas. Bradomín lo reconoce: "un famoso picador de toros, hombre de mucha majeza, amigo de las juergas clásicas con cantadores y aristócratas". En otros tiempos, se dijo que sustituyó al marqués en el corazón de la bailarina.

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De aquí

Su corazón  palpita cuando aparece la Duquesa. Don Carlos, impaciente,  pregunta si ese alguien que espera ha venido ya. No tardará.

Pasan al salón grande y frío, don Carlos extiende sus manos sobre el rescoldo de un brasero. La Duquesa envía una sonrisa a Bradomín. Él, al verla con tocas de viuda, recuerda a la dama del negro velo que vio en el cortejo de doña Margarita.

"Fernanda con mantilla negra", Picasso

Se oyen voces, tras el toc toc de la pata de palo. "Entran dos mujeres muy rebozadas y anhelantes". Don Carlos se acerca a una de ellas, unas palabras en voz baja y sale acompañándola. La otra hace una seña a Volfani que se levanta y la sigue.


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Don Carlos María de Borbón y Austria Este.

La Duquesa se ríe ¿Acaso las conoce el marqués? Él desea besarle las ducales manos, ella las retira con una sonrisa y le regaña: "Ten formalidad. Mira que somos dos viejos".

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Detalle de foto Ele Bergón

La galantería de él no se hace esperar: "¡Tú eres eternamente joven, Carmen!". "Maliciosa y cruel" le replica: "Pues a ti no te sucede lo mismo". Para restañar la herida provocada le atrapa con "su boa de marta" y "le ofrece los labios como un fruto". Recuerda:

"¡Divinos labios que desvanecían en un perfume de rezos el perfume de los olés flamencos! "

 

Un pasado de olés y un presente de rezos. Se aparta "vivamente", el golpe de la pata de palo ha despertado  "los ecos del caserón" y los de su dueña. ¿Qué temes? pregunta él. Ella protesta ante la insinuación:
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De aquí.

"¡Nada! ¿También tú crees esa calumnia? "

Besa gitanamente la cruz de sus dedos, jura y protesta, jamás ha tenido nada con ése. Explica demasiado: "somos paisanos y le guardo ley". Lo recogió "cuando un toro le dejó sin poderse ganar el pan".
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De aquí.

Para borrar aquel recuerdo, la Duquesa cambia bruscamente de tema con un amoroso e inesperado reproche: "¡Ni siquiera me has preguntado por nuestra hija!"

Las palabras del viejo marqués no pueden ser más cínicas. Dice quedar "turbado, porque apenas hacía memoria". No se atrevió, no quería nombrarla "viniendo en ventura con el Rey".

"Una nube de tristeza pasó por los ojos de la madre". No la tiene aquí, está en un convento.



El de Bradomín dice sentir "de pronto el amor de aquella hija lejana y casi quimérica". ¿Se parece a su bella madre? La respuesta de la Duquesa es poco maternal: "No... Es feúcha".

Temiendo una burla, se ríe y pregunta osadamente: "¿Pero de veras es mi hija? "

De aquí.
La Duquesa no se siente ofendida, vuelve a jurar con los dedos en cruz. Pero "entonces su juramento me pareció limpio de toda gitanería".

Le mira fijamente "con sus ojos morunos" y , "con un profundo encanto sentimental...el...que hay en algunas coplas gitanas", asegura:

"Esa criatura es tan hija tuya como mía. Nunca lo oculté, ni siquiera a mi marido. ¡Y cómo la quería el pobrecito! "

Sólo falta el rasgueo de una guitarra que acompañe  a la declaración de la de Uclés.


"Se enjugó una lágrima", el pacífico Duque de Uclés murió "oscuramente"al comienzo de  la guerra. ¿Oscuramente?

La Duquesa sigue fiel todas las tradiciones:

 "La antigua bailarina, fiel a la tradición como una gran dama, se estaba arruinando por la Causa. Ella sola había costeado las armas y monturas de cien jinetes".

Con qué cariño habla de su "precioso" príncipe don Jaime y de la infanta doña Blanca, tan "barbiana". Como si también fueran sus hijos. ..Su hija de verdad, la "feúcha" está en el convento.



De pronto, resuena la voz del Rey:

 "A Volfani acaba de darle un accidente. Ya se habían ido esas damas y estaba hablándome, cuando de pronto veo que cae poco a poco, doblándose sobre un brazo del sillón"

"Deshecho, encogido, doblado y con la cabeza colgante...De su boca inerte, caída, hilábanse las babas". La Duquesa las limpia "caritativa y excelsa como la Verónica".

"Verónica" (El Greco)

Volfani les mira, o parece que les mira, "con sus tristes ojos mortales". ¿Qué van a hacer con él? Se impone un traslado secreto como aquel que Bradomín realizó con el cuerpo de Concha. Volfani no puede morir donde ha muerto.

El de la pata de palo todavía dice: "¿Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?"


La Duquesa, indignada, le impone silencio.

Iremos en busca de la feúcha.

Un abrazo para todo los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino