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lunes, 17 de marzo de 2025

Membrillero japonés, sol y un poco de lectura: 'Vergara". ¿Es clásica o romántica la felicidad?

 



La "casi primavera" nos regala adelantos de color. Esta mañana descubro la flor del membrillero japonés, es bueno que detalles así no nos pasen desapercibidos. Le gusta el frío al membrillero, con un empujoncito de sol. Hoy el cielo estaba azul y mi ánimo tranquilo. 

En la mano, un libro que, en ese preciso momento, abierto, me decía: "La felicidad es clásica". 

Es el episodio Vergara de Benito Pérez Galdós, pasada La estafeta romántica, el protagonista Fernando Calpena escribe a su madre, preocupada ésta por las tendencias románticas del hijo, no fuera a pegarse un tiro como el famoso Larra. 

No se inquiete, doña Pilar, le va muy bien " con este "clasicismo a que hemos llegado", que se acabaron "las ideas audaces, las antítesis violentas...el centelleo de las pasiones". Y ahora no hay tal, le asegura, goza "de la inefable dicha". Es feliz y la felicidad no es romántica sino clásica. 

Romántica o clásica, la felicidad siempre interesa, aunque sea de papel.

Recuerdo los membrilleros del año pasado, tras una nieve que duró poco, a un lado y otro del Malatos.

Ya veis, un Episodio Nacional de Benito Pérez Galdós, el número 27, tercera serie, Vergara, el que va a un famoso abrazo, el fin de la primera guerra carlista. Abrazo político y guerrero, poca felicidad, pero abrazo al fin. 

Membrillero japonés, sol y un poco de lectura. ¿Es clásica o romántica la felicidad? 

Es felicidad, en momentos serenos o turbulentos. 

Y todo empezó con un membrillero japonés. Y Galdós.

Un paseo, un poco de sol, unas flores recién abiertas. un poco de lectura, una palabra...y el pensamiento paseante de la que escribe. Neuronas. 

Un abrazo de María Ángeles Merino


"Vergara", Benito Pérez Galdós, capítulo 6, página 31, Alianza Editorial.

https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/vergara--0/html/ff40308e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_3.html#I_6_

http://elblogdesoraustringiliana.blogspot.com/2024/03/membrilleros.html

miércoles, 27 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica: "la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente o sueña, y lo que le sucede."




Comentario a algunos contenidos de "La estafeta romántica", Episodio Nacional de Benito Pérez Galdós. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Burgos, a 27 de noviembre de 2013.

Señora doña Pilar Loaysa:
He sabido de usted a través de doña Valvanera. En lo que toca a Fernando Calpena, atienda a las  sensatas palabras de su amiga del alma. Que no habéis de esperar que se le pase tan pronto el malestar, que la situación fue muy desairada y él la vivió “con verdadero heroísmo”. Hay que equilibrarle, pero no en dos días ni en cuatro. Que ella conoce bien vuestros arranques y pueden ser inoportunos.
Pobrecito, aún se ve atormentado por la ira, la amargura y el despecho. No os preocupéis, que la de Maltrana no le quita ojo. Y no habéis de temer que imite al joven Werther.



Suicidio romántico

Él mismo dice “que ama su sufrimiento y no quiere desprenderse de él”. Se complace, eso sí, con un puntito masoquista, en contar la triste historia de sus amores con Aura, “como incendio repentino o como estallido de un volcán”, demasiado fuego.



Y vuestra amiga tiene la clave, su mal “no es otro que la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente o sueña, y lo que le sucede. " El mal de los románticos…Y lo de Bilbao fue “caer desde la poesía más alta a una prosa rastrera y tristísima”. Todavía sufre las magulladuras y los chichones.
El asunto de La Guardia debe esperar, aunque os conste “la adoración y entusiasmo” que Demetria y Gracia sienten por el enfermito. Las pretensiones de Rodriguito, el hijo de vuestra media hermana Juana Teresa, lo complican “terriblemente”. Y  Valvanera no quiere disgustos con su cuñada; tan lastimada en su amor propio, tras la negativa de Demetria que no vio en su niño al “mejor de los esposos”.  Y que no ha renunciado a convencerla, no. También están los Navarridas, don José María no tanto…pero doña María Tirgo trabaja a la desesperada por enderezar el negocio de su amiga de Cintruénigo.

Doña Valvanera piensa: “Si de acá echamos nuestro memorial y ellos fracasan nuevamente, verán en nosotros la causa del desastre, y no quiero decirte los disgustos que a Juan Antonio y a mí nos traerían las iras de Juana Teresa”. ¿Y si, por el contrario, ganan ellos la partida? Fernando, pobre, no soportaría un segundo desengaño. Además, no es airoso para un caballero “el quitar tan pronto la mancha de la mora madura con la verde”. Que Calpena no es un cazador de dotes.

Vuestra amiga os pide calma, que “los sucesos lleven su marcha natural” y déjalo de su cuenta. Ella será la acción y vos el pensamiento...Ella conoce “vuestro secretico de dos caras”, suplicio y gozo a la vez. El verdadero vínculo que os une a quien llamáis “adorado tontín”, “pobrecito mío”,“pobre niño mío”. Lo sé, Fernando Calpena es vuestro hijo. Os pregunta Valvanera si Juana Teresa sabe lo que ella sabe, le contestáis que…”lo cantarían los ciegos por las calles”. Descuidad, seré discreta.

Tras llorar “un poquito” abriendo viejas heridas, reís con el resultado de una broma que os ha salido del corazón. Pensáis que él también reirá cuando descubra vuestro juego. Le contaréis como sabéis tanto de todo lo que pasó “antes, en y después del entierro”, el de Larra. Yo también me pregunto cómo conocéis tanto de los poetas románticos y sus circunstancias no tan románticas, como el reúma de Espronceda, las penurias del guardarropa de los asistentes al entierro o el mimbre con que escribía Zorrilla, a falta de pluma… ¡Incluso os atrevéis con unos versos! ¡Qué ironía os gastáis, mi señora doña Pilar!


Y, a todo esto, Miguel de los Santos no pudo asistir al acto por no tener quien le prestara ropa de luto. Del juego de la carta falsa decís que os ha endulzado el alma, que os parece tener veinte años menos y le tenéis sobre vuestras rodillas, contándole lo del ratoncito Pérez. Una imagen de mujer con su pequeño que a vos os arrancaron unas criminales rigideces sociales.



Teméis por Calpena y la imagen del joven Werther es vuestro “fantasma perseguidor”, Dios perdone al Sr. de Göethe. Veis en Fernando a “un espíritu admirablemente preparado para la imitación”. Exhortáis a Valvanera, que "toda cautela es poca mientras dure el horrendo trastorno de una ilusión arrancada de cuajo”. ¿Os da miedo el romanticismo exaltado o la vulnerabilidad de vuestro “adorado tontín”?




 
Porque vuestro marido, Felipe, dio en llamaros romántica y vos proclamáis: “Yo acepto el mote, si romántico quiere decir revolucionario, porque... no te asustes... te advierto que yo lo soy. Me siento un poco masónica, quiero decir que prefiero los males de la libertad a los del orden”. Habéis llegado demasiado lejos con vuestra sinceridad y añadís: “esto es una broma, querida; no hagas caso”. No lo es, se os ha ido la pluma tras el corazón.

¿Qué significa “romántica” para don Felipe? Lo tenéis muy claro: “es su manera personalísima de repudiar lo que se sale de lo vulgar y lo corriente”. Vuestro matrimonio, “veinte años largos de ansiedad y lucha, de persecuciones, de estudio sutil para sortear el carácter receloso, inquisitorial de Felipe”. La lectura ha sido el refugio, habéis leído mucho, desde los clásicos a los románticos; lo proclama la famosa carta apócrifa del poeta “sonámbulo”.

Demasiada cultura para una dama burguesa de la España de María Cristina con sus “muñoces” y su inocente Isabel, de don Carlos María Isidro asomando la boina roja por Arganda, de liberales contra absolutistas. Qué importa la historia, las Marías Tirgo de su tiempo a lo suyo: labores, libros piadosos y urdir matrimonios de conveniencia, pobre Moratín, para qué escribiría “El sí de las niñas”. Como dice Pedro Ojeda: "La historia es algo que pasa lejos".


Lloráis por la muerte de vuestra sirvienta Justina, por el recuerdo de aquel envoltorio blanco que hubo que llevar a criar a Vera, en la clandestinidad. La fiel Justina que atendió al recién nacido Fernando y veló por su crianza.

Pusistéis en marcha un mecanismo benefactor, en torno a Fernando Calpena. Se suceden las cartas, de doña Valvanera a doña Pilar, de doña Pilar a Valvanera. Escribís más que el Tostado, sois “la Tostada”, vos misma os colocáis el remoquete. Él no sabe nada del maternal resorte que tanto desea mejorar su condición social y económica, su felicidad, según vos la entendéis. El sacrificio es grande, debéis revelar vuestro secreto al “inquisitorial” marido. ¿Cómo  lo tomará Felipe? Mal,  lo tomará mal, como podríamos anticipar, pero al final se resuelve todo, esto es una novela, no la vida real. Al fin:

“Dame mil abrazos y besos, mi amiga del alma, y recibe con mis ternuras la feliz noticia de que mi problema está resuelto. Felipe me perdona, y consiente en facilitar todos los arbitrios legales… para transmitir a Femando una parte de mis bienes, por donación inter vivos, por... en fin, no sé cómo, pero ello será. Felipe decreta mi libertad, permitiéndome que dentro de algún tiempo, previas las gradaciones y habilidades convenientes, viva con Fernando fuera de Madrid. ¡Ay, qué felicidad, qué descanso tan dulce al término de este fatigoso viaje de mi vida! "

Sois “pura pólvora” y la impaciencia os pierde. Adoráis la personalidad de  la mayorazga Demetria, veis en ella a una de las vuestras:

Déjame, déjame que desahogue el ardor de mi alma. Luego me dicen revolucionaria, romántica. Sí, lo soy: quiero imitar a esa sin par niña, que odia, como yo, los raciocinios por papeleta, y cuando le han presentado la de su casamiento, la ha deshecho con garra de leona. ¡Esa, esa es la mujer que quiero para compañera de Fernando!"

No soportáis la idea de que se la lleve el "fantasmón" de vuestro sobrino, Rodriguito. Pero… ¿y Fernando? ¿qué le parecerá a vuestro “adorado tontín”? A ver si ahora un nuevo Moratín va a tener que escribir “El sí de los niños”.

De momento, se expresa así, muy comedidamente:

Amada madre mía: …Deseo vivir y tener salud para gloria y felicidad de la que ha vivido padeciendo por mí; deseo agradarla en todo, amoldar absolutamente mis acciones a sus deseos. Acepto la explicación que se sirve darme de su plan referente a mi matrimonio con la niña de Castro-Amézaga, y le agradezco infinito que haya tenido en cuenta las razones que por conducto de Valvanera le expuse para no precipitar este asunto y someterlo a los trámites que me imponen la dignidad de todos y mi delicadeza. No haré, pues, manifestación alguna de propósitos matrimoniales, concretándome a pasar por La Guardia de regreso de Vitoria, en compañía del buen Hillo. “

Ya ve usted, no hará manifestación. ¿Se casará Fernando Calpena con Demetria Castro? “La estafeta romántica” nos deja con el interrogante, Galdós nos ha puesto la trampa. Hemos de ir a por el siguiente “Episodio nacional”.
 La última carta  es de Juana Teresa a Valvanera, para cantar las cuarenta a su media hermana:

"Amiga y hermana: No tengo sosiego hasta no desahogar mis agravios contra ti, y hoy me decido a manifestártelos, que si en ello tardo más, de seguro reviento. Ya sé que tu casa es, como si dijéramos, el cuartel general de las intrigas fraguadas contra mi hijo y contra mí, lo que no entiendo, a menos que me demuestres la razón de querer más a tu sentimental y misterioso huésped que a tu sobrino, hijo de tu hermano, mi esposo, que santa gloria haya.”

Juana Teresa lo sabía todo y lo canta ahora. Y canta algo más. Sí, aquel príncipe polaco, 1811 y 1812, señor de Poniatowsky, el padre de Fernando, vuestro secreto al completo. Murió tempranamente, no complica la trama. Fue real...y napoleónico.


Leemos que Juana Teresa se haya dispuesta a la indulgencia y al olvido, y a reconoceros a vos como "mujer ejemplar", siempre que seáis "comedida". Se despide de vos, con mil afectos, vuestra cariñosa hermana, bla, bla, bla.  Valiente…urraca, vuestra querida media hermana. Cuidado con ella, no os fiéis.

Me despido de vos y os deseo que seáis muy feliz.

En cuanto a los lectores, ya sabéis: “Vergara”.


Un abrazo de.

María Ángeles Merino

miércoles, 20 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica": «Paréceme…que aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives, vienes a desmentir la noticia de tu suicidio...».

El parque del Parral, ayer, de camino a la lectura colectiva dirigida por Pedro Ojeda

Comentario a algunos contenidos de la novela epistolar "La estafeta romántica" de Benito Pérez Galdós (Episodios Nacionales). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Ilustre señor:

Tuve a bien despedirme de vos, en mi última carta, tras vuestras primeras confidencias a don Pedro Hillo, presbítero, buen amigo y consejero, personaje de confianza y paradigma del sentido común. Abrís vuestro corazón pero os cuesta llegar al meollo; tal vez porque todavía os estéis lamiendo la herida. Entretenéis la pluma con la amable pintura de los Maltrana, el tipo de familia culta y cariñosa que a vos os faltó, dadas las circunstancias desafortunadas de vuestro nacimiento.



 
Y proyectáis en las tiernas Nicolasa y Pepita Maltrana vuestro lúgubre estado de ánimo. Os preguntáis para qué las obligan a estudiar tanto, si “las casarán con mayorazgos o con militaritos bien apadrinados que lleguen pronto a generales”. Y serán desgraciadas porque su educación les habrá abierto los ojos. O, peor aún, dada su endeble salud, se morirán “en el paso peligroso de los diez y ocho a los veinte años”. Y, en cuanto a los hijos varoncitos…también se morirán, siguiendo la estela del primogénito, muerto de tisis, en la Villa y Corte. Cásenlas bien y no los condene a tan prematura muerte, don Fernando.

Y, a continuación, la anticipadamente asesinada por vos es la misma patria española que se suicida “con la espada siniestra de las guerras civiles”, en esto algo de razón lleva…la aúltima se vivió cien años después de la primera carlista...Y de la patria a la juventud española, tan romántica que ha de seguir las huellas del joven Werther. Un instinto aniquilador de nuestra raza a la que oís decir: “Puesto que ya no sirvo para nada, quiero darme a la tierra». En todo caso, una minoría de la juventud española, que en su 1837 no era muy elevado el índice de alfabetización y los lectores no abundaban.

Suicidio romántico

Por Dios, don Fernando, el "ignaro capellán" no le tiene a mano para tirarle de las orejas a usted y es una lástima. Una depresión de caballo padece su persona, romántica pero depresión, neurasténico perdido, dicho en palabras más antiguas; no sé si en 1837 existía palabra para su padecimiento.

Conténgase y no extienda su tristeza como el calamar la tinta. Considere el teatro a la manera clásica, en su faceta educativa; tal vez el didáctico mensaje de “El sí de las niñas” cale en las criaturas, y en sus padres, y contraigan matrimonio por amor, ellas solitas, sin que las casen. Y, quizás los aires saludables de Villarcayo, más los higiénicos cuidados, alejen la enfermedad de la descendencia de la ejemplar doña Valvanera, uno de sus ángeles custodios, ya verá usted.



Y, algo de gafe tenéis, porque en esas que llega la noticia de la muerte del padre de su ángel, el carlista simpaticón y vividor don Beltrán de Urdaneta, hundiendo a la ejemplar familia en el lógico dolor. Se queda usted solo con la “cavilación tétrica” que le caldea los sesos, casi hirviendo los tiene.

A ver, suéltelo ya. Que don Fernando Calpena entra en un Bilbao ronco de canciones patrióticas y descubre que…han desaparecido, sí, Aura Negretti y la familia Arratia que la protege. Porque la niña, su novia, se ha casado con Zoilo Arratia, tras recibir la noticia del fallecimiento de usted, comprobado por diferentes testimonios. Los cónyuges han tomado las de Villadiego y embarcarán para Francia. Un complot doméstico muñido por la que usted califica de “marimacho ariscado y astuto”, mamá Prudencia Negretti . …y don Fernando vivito y coleando recibiendo tamaña noticia.


Os aconsejan que deis por terminado el asunto, que no persigáis a la pareja recién casada, que vuestra prolongada ausencia provocó el complot. Intentáis olvidar y empezáis a echar tierra, mas el cadáver no se cubre y resucita…Nunca habéis sido un llorón y no os encaja lo de ser un “Werther sin suicidio”, no deseáis provocar la conmiseración burlona de los amigos. No, no desistís de investigar…decidís seguir a Espartero por el interior de Vizcaya buscando el rastro de “la res perdida”, pasáis a Balmaseda y de ahí al dulce destierro en Villarcayo, por orden inexcusable. “Bendito sea el despotismo” clama un liberal como vos. Ya os habéis autodiseccionado, ha sido doloroso. Antes de seguir, reprocharle lo de la res, mala metáfora para una mujer. Hombres...


En la siguiente carta, os dirigís a don Pedro como “desocupado sacerdote”, a la manera cervantina. Y le contáis que Larra se os ha aparecido en sueños. Es el Larra que vos tratasteis hace año y medio, estáis en un bosquecillo de Villarcayo, veis a Mariano más barbudo y sólo de cintura para arriba; los sueños son así de extraños, convierten la realidad en un batiburrillo incomprensible. Pero eso le pasa a todo el mundo, don Fernando...



Nuestro admirado Fígaro os mira fijamente tal y como lo hacía cuando antaño tramaba una broma. Tiene los ojos como de haber llorado. Le saludáis con un “Hola Mariano, dichosos los ojos…” y él se lamenta: “Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin oír hablar mal de mí... Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala, porque me he quedado enteramente sordo. Háblame por señas. Y tú, ¿por qué lloras? ¿Por mí acaso?».

Le respondéis que no lloráis “por él ni por nadie”. Larra os dice que habéis hecho mal en mataros tan joven. Y le contestáis: «Paréceme…que aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives, vienes a desmentir la noticia de tu suicidio...».

 

Os desvanecéis y aparecéis en el comedor, los dos. Ni él ni vos tenéis piernas y él os aconseja con triste sonrisa: «Debemos matarlas a ellas…y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de sus traiciones?”. Muy guasón el pobrecito hablador. Y práctico...el romanticismo debe perderse en el más allá.
 




Y os habla de sus obras, Larra sólo recuerda “El día de difuntos" y "Nadie pase sin hablar al portero”. A sus dudas de si era buen escritor, vos le manifestáis vuestra admiración: “habéis sido único, Mariano”. Y le nombráis algunos títulos, él asiente, todo eso fue suyo, pero la pólvora mata la memoria y no hay medicina para ello. Os toca con su mano fría, un témpano de hielo. Tiembla agónicamente, os contagia. Y despertáis con frío glacial, enredado en la colcha. Pasáis el resto de la noche “angustiado, febril y tembloroso”, temiendo ser sorprendido por la presencia del fantasma del glorioso escritor. 
 

 
Estáis a punto de romper lo que habéis escrito a don Pedro acerca de vuestro encuentro con Larra, cambiáis de opinión, pensáis que no hay que menospreciar estas aberraciones de la mente, por ridículas que os parezcan. Preparáis a don Pedro para lo que vais a escribir a continuación, le pedís que no se ría. O que no piense e buscaros una institución para enfermos mentales...

Se os ocurre que la aparición en sueños del escritor es como un vaticinio para el encuentro real que tenéis con un tal Churi, un sordo que habla. Qué casualidad, igualito que el Larra de vuestra “idolopeya”, en el mismo bosquecillo villarcayés del sueño, qué casualidad…Vuestros sesos hierven. Churi fue quien os anticipó la traición que os preparaban en Bilbao. Y viene a informaros de que la traidora Aura no lo fue por voluntad propia sino por el maleficio con que la trastornó el tal Zoilo y que él podría ayudaros a quebrantar el encantamiento. Una tentación irresistible que rechazáis, lo pensaréis. Reconocedlo, estáis loco, las brasas se han avivado.



 
Os aconsejo que las apaguéis de una vez, don Fernando. Estáis contento, no estáis contento, llamo a Churi, no le llamo...Os encontráis en un estado nervioso tal que da la impresión de que os están achicharrando vivo. Presagiáis las mayores desdichas, receláis de todo el mundo, os entregan una carta y no os decidís a abrirla...Os reclaman para seguir con el ensayo de “El sí de las niñas”, no os acordabais, tan concentrado estabais abriendo vuestro corazón en la carta a don Pedro. Ha sido doloroso, pero necesario

No os preocupéis, se va a poner en marcha un mecanismo benefactor en torno vuestro, femenino para más señas. Doña Pilar de Loaysa escribe a doña Valvanera de Maltrana y viceversa. Escriben y escriben, doña Pilar se califica a sí misma como la “Tostada”, en recuerdo de aquel “Tostado”que tanto escribía.
Doña María Tirgo y doña Juana Teresa no os quieren mal, pero os quieren lejos, desean impedir el acercamiento de vuestra persona a la sin par Demetria. Porque estorbáis su acariciado objetivo de unir las casas Idiáquez y Castro Amézaga, a través del matrimonio de la mayorazga con Rodrigo de Urdaneta Idiáquez. Que estáis en Babia y desconocéis las fuerzas que os quieren alejar de Cintruénigo y las niñas, fijaos en Gracia que es…más graciosa. Y, además, que todo viene bien, es mayorazga al cincuenta por ciento, gracias a la generosidad de su hermana Demetria.


 
Y desconocéis la existencia del maternal resorte que desea mejorar vuestra condición social, aunque el sacrificio suponga abrir cajas  secretss celosamente guardadas, ante quien peor lo pueda recibir, un marido de 1837.

Dos fuerzas femeninas en sentido contrario, Pilar de Loaysa tirará de la cuerda más fuerte que doña María y doña Juana Teresa.Todavía no os revelo qué mueve a Pilar a buscar tan celosamente una posición social y un matrimonio adecuado para vos. Un gran personaje de mujer, nacido de la pluma de vuestro creador, don Benito Pérez Galdós, un gran conocedor del alma femenina. No sé si tenéis noticias de una tal Fortunata, o Jacinta, o Benigna, o Marianela. Grandiosas, pero no creo que se tropiecen con vos, son de otro tiempo.
 
Aparcad el romanticismo exaltado y seréis ´menos infeliz, aunque mucho me temo que, buscando a vuestra Aura, vais a representar, en vivo, toda una obra romántica, con cementerio y muerta desenterrada incluida.


Me despido de vos, don Fernando. La semana que viene he de escribir a doña Pilar.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

martes, 12 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica": "Ya habrás comprendido que no me pegué el tiro mortal ni tuve intención de ello".

 
 
Dos
 
De doña María Ángeles Merino a don Fernando Calpena.
 
Ilustre señor:
 
Por la presente deseo analizar vuestra romántica y atractiva personalidad y las circunstancias, románticas asimismo, que os rodean; ambas trazadas magistralmente por la pluma del escritor Benito Pérez Galdós, en absoluto romántico.
 
 
 Y no cesáis en vuestro empeño de seducirnos, a pesar de la carta que abre fuego en "La estafeta romántica", la de doña María Tirgo desde la Guardia; la cual se refiere a usted, con cierto retintin, como "el sujeto". Sí, el"sujeto", un obstáculo en los planes de casar a su sobrina, la mayorazga y comedidísima Demetria Castro Amézaga,  con Rodriguito de Urdaneta Idiáquez, el hijo de Juana Teresa Idiáquez, la señora marquesa de Sariñán a la que dirige cartas de amiga a amiga. Y el sueño de unir las gloriosas casas se viene abajo con la negativa de "la perla" de la familia. Porque doña María está segura, para Demetria "no hay más sujeto que el sujeto" y ese soy vos.

 
 Y no debería extrañarle a doña María, puesto que ella misma cae en las redes de vuestro encanto personal y se le escapa el puntito de admiración cuando manifiesta que " no hay otro más caballero y delicado"; aunque "por juicioso" no le tenga a usted, que es de esos "que piensan  y obran a la romántica". Y, cuando oye comentar el suicidio de "un joven de talento y fama" por los desdenes de su amante... casada...ya está: no puede ser otro que don Fernando Calpena que acaba de encontrar casada a su novia, posee un apellido que suena a falso y su muerte  hace palidecer a Demetria. Ya lo ha suicidado a usted  y pide a Dios que lo perdone.  Porque el sujeto "romanticismos aparte, es digno del mayor aprecio".
 
Tras la primera carta quedamos atrapados por su hechizo de personaje, don Fernando. Galdós ya nos ha metido dentro el gusanillo. Sigamos.
 
 
"Mariquita mía, estás en Babia", así contesta Juana Teresa, desde Cintruénigo, en una larga carta donde no cesa de despotricar contra  su festivo y criticado suegro don Beltrán, a la vez que informa de la noticia de su muerte y da detalles del gastoso funeral...sin muerto.
 
Y , entre medias, tras la lista de viandas que han despachado los señores sacerdotes, que oficiar misa de difuntos da mucha hambre, dedica unas líneas a aclarar la identidad del suicidado: "Larra, un escritor satírico de tanto talento como mala intención". Ya sabe usted, don Fernando, su admirado "Fígaro", un escritor que no suelen leer las viejas damas, ocupadas en  labores y lecturas piadosas, nada de sátiras que ocultan "venenillo en la hojarasca". El satírico no sois vos ,"el calabaceado de Vizcaya", dicho sea con todos los respetos.
 

Vos no estáis muerto ni don Beltrán tampoco, que ha aparecido en Utiel, sin fusilar, tan alegre como siempre, carlista de los del tigre Cabrera y con  nueve misas aplicadas que ya no valen, vaya por Dios.

Doña María dice alegrarse por vos, mas no desea que haya carteo, no vaya a ser que os sintáis obligado a aparecer por La Guardia. "Bien se está San Pedro...en Villarcayo", ya sabéis...Quietecito en la villa burgalesa, que bien está allí don Fernando Calpena, con la encantadora familia Maltrana, bajo los cuidados casi maternales de doña Valvanera y entretenido en la representación doméstica de "El sí de las niñas".


Y vayamos con el difunto verdadero : Mariano José de Larra. Demetria conserva la biblioteca de su difunto padre y está muy enterada, dice "que el difunto suicida era un hombre que con su propio pensamiento, como la cicuta, se amargaba y envenenaba la vida". Lo cual no es obstáculo para que la sensata mayorazga se lea, por segunda vez, un libro romántico "de los gordos" y se lo muestre, a propósito de suicidios por desengaño amoroso, a su antirromántica tía. Llámase "Las cuitas del joven Uberte" y es de un tedesco que parece vizcaíno, llamado Goiti o Goitia. No, no os riáis, así denomina doña María a "Las cuitas del joven Werther" de Goethe. Y a la tiíta le da mala espina que la mayorazga dedique tiempo a leer libros de amores contrariados. Estará con cien ojos. Demetria tan perfecta, tan poco amiga de frivolidades leyendo "El doncel de no sé qué rey"...del escritor suicida. Son pocos cien ojos.


Y vos. ¿Tenéis  algo en común con el madrileño Larra o el tedesco Werther? Analizaremos las confidencias que hacéis a vuestro mentor y capellán, el presbítero don Pedro Hillo. Aunque yo, de momento, os veo muy comedido para romántico.


Suicidio romántico
Decís que no tenéis voluntad propia, que abrazáis la obediencia y "quien manda, manda". Alguien a quien llamáis "mi supremo tirano" dijo que a Villarcayo, a casa de los Maltrana. Pues a Villarcayo, que  la voluntad la tenéis condenada, viviendo un nuevo régimen de "pasividad o vida boba".

Lo que no os apetece nada es contar vuestra "atroz caída". Deseáis sosegar vuestro espíritu, que vuestro amor propio se cure de sus heridas. Por si don Pedro tiene dudas, aseguráis: "Ya habrás comprendido que no me pegué el tiro mortal ni tuve intención de ello".

A continuación, os pica la curiosidad y preguntáis al amigo presbítero por "lo del pobre Larra", si hay algo más de lo que se dice, si fue por la de C..., y si estuvo en el  entierro. Le pedís que os mande los versos de un nuevo poeta. Tratáis de despistar la pluma. Cotilleos.

No os sentís capaz de contarle detalles acerca de vuestro "tristísimo y pedestre desenlace".  En su lugar, le dais cumplidas noticias de la hidalga familia en cuyo seno habéis rendido vuestra voluntad. Y habláis del señor don Juan Antonio de Maltrana, liberal y templado, que detesta por igual el absolutismo y las revoluciones. Y de doña Valvanera, "la encarnación del buen gusto". Y de las niñas Nicolasa y Pepita, tiernas y lánguidas, con mala salud y desaplicadas.

Poco a poco, iréis abriendo vuestra alma hasta que acertéis a contarlo, en la siguiente carta. La leeremos, don Fernando, romántico pero no demasiado. Porque no os veis vestido de trovadorcito, soltando eso de: "y de la noche el aura silenciosa nuestros suspiros tiernos confundía".  Yo tampoco.



Un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 6 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica": a doña María no le placen los que piensan y obran a la romántica.




Comentario a la carta número 1 de "La estafeta romántica", de Benito Pérez Galdós. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Uno

De doña María Ángeles Merino a doña María Tirgo

En Burgos, a 5 de noviembre de 2013.

Amiga y señora: Por la suya del 20, enviada desde La Guardia, la cual me trajo don
Benito Pérez Galdós en su Episodio Nacional número 26 tercera serie, he comprendido que las cartas en su tiempo andaban por esos caminos "atontadas y perezosas", que era algo que solía acontecer a todo papel que al correo se fiaba, de tal manera que le daban el nombre de “la mala”. La presente no va en manos de ribereños que lleven trigo sino en unos canalículos infernales de un invento del demonio llamado Internet, el cual no veo fácil de explicar a una dama madura y terrateniente que vive en 1837.
Y, en cuanto a Galdós, es un viejo amigo mío; si tuviera que elegir una entre sus obras me quedaría con "Fortunata y Jacinta", o con "Misericordia", tal vez. De los "Episodios Nacionales" leí "Trafalgar" y , me avergüenza decirlo, casi no lo recuerdo. Confío en que "La estafeta romántica" no se me olvide...una lectura colectiva se graba mejor en el disco duro, digo en el cerebro.
Doce de Galdós tengo, con éste trece.
 
A salvo de alifafes con los cuales, todavía, no me obsequia mi más de medio siglo de edad, disfruto de salud corporal, gracias a Dios. Y la tristeza no me visita más que a cualquier mortal, de vez en cuando, que la risa suele ir por barrios.

Siento que su hermano, don José María, y usted no hallen fácil consuelo al término desairado de aquellos planes que eran su ilusión. Me alegra que las niñas estén sanas y alegres como si nada hubiera pasado; pues, en verdad, nada ha ocurrido, doña María, piénselo así. Me place imaginar a Demetria, “inalterable en sus hábitos de mayorazga y gobernadora de hacienda”. Y a Gracia, “juguetona y risueña los más de los días”, su nombre así nos lo sugiere. Que su sobrina pequeña pase algunos días “caída y quejumbrosa” no se aparta de lo natural; que los humanos solemos padecer altos y bajos en nuestro estado de ánimo.

Ruégole encarecidamente que cese de buscar razones a la negativa de su sobrina Demetria, la muchacha no lo desea y es suficiente, no me sea usted
una doña Irene. Que… ¿quién es esa señora? Dejemos el teatro  para otra carta, que tiempo habrá para hablar de literatura, que de eso trata “La estafeta romántica”, de literatura cruzada con nuestra vida cotidiana. ¿Qué no conoce tal estafeta? Al tiempo. ¿Que no le placen los románticos? Como estilo de vida y de escritura pasarán, doña María, se lo aseguro. Y otros le sucederán...

Su amiga Doña Juana Teresa le sugiere la posibilidad de otro amor, usted piensa en “otra inclinación”, que no “en otro novio”; pasando seguidamente revista a los posibles jóvenes varones culpables del “no” de una niña que desbarata sus planes de unir las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.
 
Vieja casona blasonada en Barbadillo del Mercado (Burgos).
El primero de la lista es don Fernando, al que usted denomina, con escaso afecto, “el sujeto”. Y lo considera “causante” del desaguisado; mas aclara usted que “sin intención suya ni buena ni mala”. Porque entre “tal sujeto y la perla de la familia no se ha cruzado declaración, ni síes ni noes, ni frase alguna que haya traído o llevado melindres de amor”. Y, de los demás pretendientes presentados, la niña hace caso como del canto de los grillos. Entonces... ¿por qué le da tantas vueltas, mi querida doña María?

Se lo diré yo. A usted no se le escapa Demetria, ni de día ni de noche. Y la conoce bien. Liviandades, no, por supuesto. Ni coquetismo, ni presunciones, ni vanidades, eso para otras, que hay mucha descocada por ahí. Muy seria, metida en sí, sin manifestar preferencias, engañando su soledad con labores continuas. Pero usted atrapa ese puntito de tristeza que la muy pícara mete para adentro. Y no le cabe duda, para ella no hay más sujeto que don Fernando. De ahí la desazón de usted.

También dice usted de las cartas que, en su casa, se recibieron de tal “sujeto”, enviadas desde las burgalesas villas de Medina y Villarcayo. He de reprocharle que lea cartas ajenas, valga en su descargo los usos de su época; que en 1837 una mujer soltera es una menor de edad, posea la edad que posea, sometida a la tutela de sus tutores hasta que contraiga matrimonio y…pase a la del marido, cadena perpetua. Pues bien, vos, doña María Tirgo, habéis leído a fondo las cartas de don Fernando y las contestaciones de Demetria. Y nos aseguráis que no contienen más que “las finezas propias de una amistad respetuosísima, expresadas por él con gallarda pluma, por ella con frialdad cortesana y decorosa, como de joven soltera que tiene cabal idea de los comedimientos de palabra y escritura que le impone su estado”.

 Comedimientos, sí, su sobrina de usted posee una excelente educación, la que inspira
“el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”. Palabras estas últimas que tomo prestadas de un don Diego que tiene mucho que ver con la doña Irene que mencioné antes; ya, ya hablaremos de don Leandro Fernández de Moratín y “El sí de las niñas”.


Y, dicho esto, que no es poco, pasa usted a comunicar a su amiga Juana Teresa la novedad que motiva sus renglones, que no es otro que “las tremendas calabazas que ha dado al sujeto su novia, una tal Aura”. Al parecer, había compromiso e incluso mediaba palabra de matrimonio. En el fragor de la guerra carlista, llega a Bilbao, donde reside la niña con sus tutores; y la primera noticia que recibe es la de la boda de su prometida con un primo “miliciano nacional y comerciante de quincalla”. Mira que cambiar a don Fernando por un quincallero...
Vos opináis que don Fernando “no merece tan feo desaire, pues no hay otro más caballero y delicado”, vaya que, en el fondo, no os cae tan mal. A continuación, torcéis el rumbo, por juicioso no le tenéis: “es de estos que con tanta lectura y la facilidad para discurrir, se llenan la cabeza de viento, y piensan y obran a la romántica”. Acabáramos, doña María, don Fernando es un romántico, una moda que no es de vuestro agrado.
Al enteraros de las calabazas del “sujeto”, no pensáis en ello como un suceso desfavorable, no. Cualquiera razonaría: ahora que está libre, irá a La Guardia a buscar el remedio a su tristeza en Demetria. Pero vos decís conocer a don Fernando y desecháis tan simple razonamiento. Que no os cuadra que don Fernando Calpena se presente ante Demetria con la cara enrojecida por el bofetón de otra mujer. No; el desairado amante se irá a Madrid, donde podrá dorar y desfigurar su descalabro “con una mano de romanticismo”. Y ancha es Castilla, os dejan el campo libre.

Sólo falta un pequeño detalle, y es que la perla mayorazga entre en razón y os rinda su arisca voluntad. Vuestro hermano, don José María, también está de acuerdo, cómo no va a estarlo, el pobre. Y su Divina Majestad no os llevará de esta vida sin ver unidas las gloriosas casas de Idiáquez y Castro Amézaga. ¡Que felicidad la de doña María, la de don José María y la de doña Juana Teresa! ¡Y la del feliz poseedor de "la perla"!

Vieja casona blasonada en Barbadillo del Mercado (Burgos)
Algo se os olvidaba en vuestra carta y lo añadís. Habéis de expresar vuestro sentimiento por la desaparición misteriosa de don Beltrán, el suegro de doña Juana Teresa. Y lo hacéis con muy corteses y sentidas palabras: "sentiré mucho se confirmen tus temores respecto a tu desquiciado suegro...¿es cierto que su desatino ha llegado al extremo caso de abandonaros, escapándose como un colegial y corriendo a tierras de Teruel...Que Dios le conserve y le guíe...Os supongo disgustadísimos con esta chiquillada del viejo...". Que lo lleven con paciencia y estén a las resultas "que podrían ser fatales," así consuela usted a su amiga del alma. Cerráis la misiva con un "A Dios amiga, que te me guarde como deseo. María".
Y no acaba ahí porque recibís, poco después, una "novedad calentita" que os hace abrir la carta y añadir una posdata. En la tertulia de las niñas han hablado del suicidio, con un tiro en la sién, de "un joven de talento y fama, por despecho amoroso, de la rabia que le dieron los desdenes de su amante, la cual es casada". Era "hombre de pluma y firmaba sus escritos con un nombre supuesto" y "figuraba entre los llamados románticos, y qué sé yo qué".

 
 Usted no está bien segura de saber lo que significa el romanticismo que llega de "extranjis", como tantas cosas que les traen a ustedes revueltos; pero entiende "que en ello hay violencia, acciones arrebatadas y palabras retorcidas". Llega a una curiosa conclusión: "es romántico el que se mata porque le deja la novia, o se le casa".
 Y extiende el romanticismo a las guerras carlistas que están padeciendo, con fusilamientos a troche y moche:

 "El mundo está perdido, y España acabará de volverse loca si Dios no ataja estas guerras, que también me van pareciendo a mí algo románticas".




Primera guerra carlista
Vos, doña María, al oír la noticia, tenéis a bien observar la palidez de Demetria y os ponéis a atar cabitos. El "sujeto" es romántico y sus ideas no van "por lo corriente y natural", como las rectísimas ideas de usted y la gente de orden. Debió de parar en Madrid,  plantado por una novia que lo desprecia casándose. Y, por si faltaba un detalle, también usa remoquete; que para usted que Calpena no es su verdadero nombre. ¡Ya está! ¡El suicidado es don Fernando Calpena!

Una simpleza, se lo dirá su amiga Juana. Su corazonada es una simpleza porque el sujeto Don Fernando no tiene nada que ver con Mariano José de Larra, de remoquete Fígaro, el hombre de pluma que acaba de suicidarse. Gran escritor romántico, sí, de esos con la cabeza llena de viento que piensan y obran a la romántica. Y mueren a la romántica, triste destino.


Mas no deja usted de sorprenderme, ahora dice "que el sujeto, romanticismos parte, es digno del mayor aprecio". No ha podido usted dormir pensando en una hermosa vida cortada por sí misma en un arrebato. No, si...unión de mayorazgos aparte, a usted no le disgusta el muchacho, tranquila, vive...en Villarcayo.

Y cierra la posdata deseando, como buena cristiana, que le perdone Dios, que entre el disparo y la muerte tuviera el pobrecito espacio para el arrepentimiento. Una dama del Antiguo Régimen es así, como usted.

Cierre, que ya vienen los del trigo que han de llevar bien segurita la carta para su amiga, la señora marquesa de Sariñán, Juanita.

Seguiremos con las cartas de "La estafeta romántica" de Benito Pérez Galdós, un episodio nacional que no nos esperábamos, cruce de literatura y vida cotidiana. Porque el romanticismo fue mucho más que escritura.

Un saludo afectuoso, para usted, doña María Tirgo, y para los que pasan por aquí, de:

María Ángeles Merino

P.D: Volveré con el chico de "Intemperie", a quien dejé en mitad del pueblo abandonado. Acabaré la entrada que tengo a medio cocer. Y seguiré hasta que entierre al cabrero y llueva.