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domingo, 28 de diciembre de 2025

Carmen Martin Gaite: escribir como respirar.

 Ayer no estaba muy segura de que la Biblioteca Pública estuviera abierta, era sábado 27 de diciembre; pero sí, ya desde el puente sobre el Vena vi una hoja de periódico agitarse tras los cristales. No iba a por libros, tengo en casa una  buena pila sin leer, solo me interesaba una pagina, lo cuento: 

Entré con la intención de hacer una foto a la última página del "Diario de Burgos" del viernes 26. Porque estoy leyendo la novela La boda del tío César que nuestro apreciado paisano Jesús Carazo publica allí cada viernes, ya me intriga si el buenazo del tío César se casa o no se casa con la bruja de la enfermera Gloria.

Una novela corta que nos ofrece por entregas, como era habitual en tiempos decimonónicos, como un Balzac por citar uno. Y, como tantos burgaleses, no compro nunca el periódico local, sino que me limito a un vistazo en el bar o la  cafetería, cuando me tomo un café, sola o en compañía. También hay que tener en cuenta que la información principal nos viene ya en la version digital. Hay que ver lo que cuesta que un jubilado suelte el diario en el bar. 

Cuando se me olvida leerlo el viernes, paso por la biblioteca donde la bibliotecaria los ordena por fechas, los coloca en una estantería y están a disposición de los interesados. 

Pensaba entrar, la foto y fuera; pero,  en el vestíbulo, me llamó la atención un pequeño homenaje a la escritora Carmen Martín Gaite, al cumplirse los cien años de su nacimiento, con su imagen en una orla floreada y el título " Escribir como respirar", más unos paneles informativos de su vida y obra. No es exagerado, Martín Gaite escribía como respiraba, tan natural y necesaria la escritura como el mismo aire.

 Entre los datos conocidos di con uno, para mí desconocido: Carmen no fue al colegio porque su padre, notario, no deseaba que recibiera la educación propia de los colegios religiosos; le puso profesores particulares y él mismo enseñó mucho a su hija. A los diez años empezó el bachillerato en un instituto de Salamanca, en un ambiente muy bien reflejado en su novela "Entre visillos". Tenía las ideas muy claras el señor notario, muy arriesgadas en aquellos tiempos de posguerra. Es un buen momento, pienso, para leer, o releer, a Carmen Martín Gaite.

Con ese pensamiento me voy a buscar el "Diario de Burgos" del 26, en el paseo leeré la última página, a ver si hay boda.

Leo entre árboles, pues no, César no dice ni mu y el sobrino narrador empatiza con el tío. Jesús Carazo nos mantiene en suspense y la enfermera Gloria está a punto de estallar. Era cuando el rey belga Balduino se casaba con Fabiola de Mora y Aragón, unos "futuros contrayentes" que estaban en boca de todos. 

Ya veis, andar y leer. Entrar en los mundos que los buenos escritores crean para nosotros, ficticios pero con mucha verdad humana y un artístico trazado, las dos cosas cuentan. 

Mañana, los Santos Inocentes, todos lo somos un poco, como el tío César. 

María Ángeles Merino Moya


miércoles, 11 de marzo de 2015

"Entre visillos": De la insatisfacción nace el que todos estén atentos a la vida de todos.


Ayer, martes, 10 de marzo de 2015, nos reunimos en la Biblioteca Central de la UBU, para nuestra lectura colectiva presencial, dirigida por el profesor Pedro Ojeda. Siguiendo mis notas, hago aquí una reseña, a mi manera, de lo que salió en una hora y media muy corta, interesante y amena.

 “Entre visillos “nos pinta una sociedad casposa llena de situaciones sin salida. ¿Existe hoy en día algo así? Parece ser que algo de todo eso permanece, que no ha desaparecido del todo. Alguien habla de barrios, de pueblos...incluso de la televisiva "vieja del visillo".
Nos ha llamado la atención la desesperación de estas chicas cuya única preocupación es casarse. Pedro Ojeda señala una insatisfacción general de los personajes que no se limita al género femenino. Y en una ciudad provinciana, al estilo de la película “Calle Mayor” de Bardem.

 
Una ciudad en la que no puede faltar un “tontódromo”, se solía llamar así, para verse y dejarse ver. Algo familiar para los que vivimos en Burgos, con nuestro Espolón y sus paseos de ida y vuelta desde el Morito al arco de Santa María. Y desde el arco al Morito y vuelta...Y lo más importante, el saludo en el encuentro con los chicos que interesan y que van en sentido contrario: ¡hasta luego!


Vista actual del Espolón, antiguo tontódromo burgalés. Ya no es lo que era.

Todos los presentes lo hemos vivido, más o menos, lo cual condiciona nuestra visión, tan distinta de la de un joven lector actual. ¿Empatizaría con la lectura de esta novela? Tal vez la lea y le parezca que “aquí no pasa nada”. Es una España muy oscura, difícil de entender con los valores actuales de libertad y vida propia.

Porque aquí se impone el “irse de casa” para poder hacer tu vida. Nos encontramos con un buen estudio de los estereotipos provincianos, la joven burguesía provinciana, con escasa representación de las clases populares. Y, dentro de ese ambiente, son los personajes “más raros” los que se dirigen a nosotros en primera persona: Natalia,  Pablo y Elvira, en su carta.

 
De la insatisfacción nace el que todos estén atentos a la vida de todos. En las mujeres es mayor pues son totalmente dependientes de los hombres.  Además, todo está prohibido. Son apenas tres meses en una ciudad provinciana, desde la vuelta del veraneo a un poco antes de Navidad. Nadie está satisfecho, impera la vulgaridad, las ideas comunes, la conversación vacía.



Los espacios son los propios de la burguesía: las casas con sus "fragmentos de interior", el Casino, el club del Aeropuerto, el Instituto aunque haya mucha "mezcla". Quedan excluidos los ambientes de las clases sociales bajas, aunque Elvira llegue al Barrio Chino en sus escapadas.

 
Hay que casarse, como Julia, como sea, no puede perder la oportunidad, aunque su novio Miguel muestre un autoritarismo intolerable, todos hemos conocido tipos como ése. Asoma el machismo, el “yo mando” de los hombres que aparece, todavía hoy,  en cuanto raspas un poco, como manifiesta con acierto nuestra compañera Carmen. Que el mundo ha cambiado desde que la mujer puede decir: “te vas con tu mamá”. Y que todas conocemos a novios como el de Julia...aunque no hayan sido los nuestros, afortunadamente. O como el de Gertru, Ángel, un tipo que ya ha volado y va a seguir volando, en sentido real y figurado, y se busca una chica jovencita y sumisa para someterla y poder seguir haciendo lo que quiera.
 
Julia está dispuesta a irse con su novio a Madrid y a romper con su familia. ¿Por amor o por necesidad psicológica, o física, de casarse?Y su hermana Mercedes, con disimulo, intenta robárselo, que la mujer no podía realizarse fuera  del matrimonio. La patética Mercedes ya se está convirtiendo en una solterona amargada que va soltando su hiel por doquier, la pobre.
 
 
¿Aparece aquí la Iglesia? Sí, ¡cómo no!, recordamos los pasajes de los seminaristas que han de retirarse cuando toca la campana del Instituto, para no ver a las chicas. Y el de Julia en el confesionario, ay Julita, Julita.
  



Julia y sus cartas a Miguel

Julia romperá el círculo. ¿Y Elvira? Elvira es un personaje contradictorio. Es una mujer diferente, atractiva y conflictiva. Necesita ser el centro. . Es muy teatrera, muy dramática. Se besa con el uno y con el otro.


 
Aparece Pablo y va por él; le escribe una carta de amor tremenda, cuando sólo le conoce de una ocasión, en el pasillo de su casa. Enrabietada porque Pablo no le hace caso, coge a Emilio y le propone matrimonio. Sabemos que le va a destrozar la vida. Nos habíamos puesto de su parte pero nos decepciona. Y decide integrarse en la sociedad provinciana, de la cual no va a salir nunca, cae en su propia trampa.
¿Nos gusta Pablo? ¿Es majísimo Pablo? Nos va a decepcionar. Aconseja a Natalia que estudie una carrera, en un discurso estereotipado que, sin embargo,florece, hace efecto, no por él sino por Natalia. Después comprobamos que ni se acuerda quién era Natalia, una alumna más. Porque a Pablo le importa todo tres pimientos. Es un profesor que comienza con una forma de dar clase muy abierta, sin exámenes, método que abandona en cuanto le llaman la atención. Es un intelectual frío y distante, que no empatiza. Quiere rescatar para sí la Salamanca de sus recuerdos de infancia; pero no va a ser feliz, es de otro ambiente. Aunque todos le abren las puertas, llega con cierto prestigio, de la mano del director fallecido; mas él no se encuentra a gusto.

Pablo con Alicia la chica pobre y con Natalia la chica rica y lista.

¿Y su alumna Natalia? Es el personaje más interesante porque es la única cuya felicidad no depende de su relación con un hombre, sino de sí misma. Es la gota de esperanza, todo lo demás es mediocre. Es una nueva generación, desde las primeras líneas está en contra del plan de vida que le pinta su amiga Gertru.
 
 
 
Reflexiona muy bien, percibe los cambios en su padre, el ídolo paterno se le ha caído, ahora es ella misma la que tiene que tomar las decisiones. La única manera de realizarse es la de quedarse soltera. No quiere pasar de la tutela del padre a la del marido, como era habitual.
 

Natalia con su padre

¿Y otros personajes?  El más humano es Rosa. A Pablo Klein le da igual que le vean con ella, le importa un rábano el qué dirán, pero no se enamora de ella, sólo busca tal vez compañía.

Rosa , la vocalista, hace de su vida lo que quiere, aunque sea dando tumbos, de pensión en pensión, de actuación en actuación. Sabemos que va a ir cayendo. Muestra las fotos de cuando era feliz, en el río de su pueblo donde se bañaban…¿El Jarama?
 
Un personaje que se nos había pasado por alto, la hermana casada de Gertru. Se ha casado por amor, ha roto con la familia, tampoco es feliz. Nadie está satisfecho en “Entre visillos”.  Volvemos a la insatisfacción general.  En realidad, no son muy desgraciados, viven una vida mediocre, pero no se dan cuenta. Los más infelices son los que saben que hay otro mundo.
Otro personaje del que nos preguntamos qué pinta es Alicia, la amiga pobre de Natalia. Sí, pinta mucho, porque Alicia tiene un proyecto personal de vida,  a pesar de las dificultades, todo un ejemplo para Natalia que la ha escogido sólo porque le falta Gertru. Alicia no puede estudiar una carrera, ni siquiera se puede plantear ser maestra de pueblo, lo cual sería su sueño; ante las dificultades económicas se propone hacer unas oposiciones a Correos o a la Renfe. Huirá de su ambiente, de su madrastra, de ese cuarto con ruido de secadores y olor a laca.  El pueblo está acostumbrado a tomar atajos.
Nos preguntamos si era triste aquella época. Lo triste hubiera sido vivir un ambiente así con conciencia crítica. Al no conocer otra cosa, no era tan triste como nos puede parecer a nosotros.  Y desde 2015, nos puede parecer más o menos triste, según nuestra forma de enfocar la vida.
 
La crítica nos puede parecer suave. Aparte de tener en cuenta la censura tan presente en aquella época, nos lo puede parecer por la forma tan acertada de contárnoslo. Pero no es suave en absoluto. Es la técnica de “poner un micrófono”, como en la novela “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio, Es la estética de un fragmento de vida, de un espejo.

Resulta inevitable comparar “Entre visillos” con “Nada”. Pedro Ojeda nos señala la atención y el estudio de “Nada” realizado por Carmen Martín Gaite. Carmen juega intertextualmente con la obra de Carmen Laforet. Las dos novelas comienzan con alguien que llega en un tren y nadie le está esperando. “Nada” es más truculenta: las referencias a la guerra civil, el primo loco, el hambre, las cucarachas. Y está focalizada en Andrea, la protagonista.

 
En "Entre visillos" ya no hay guerra ni hambre; pero la mayor diferencia está en la técnica del perspectivismo. “Entre visillos” es una novela coral, una “colmena”, la realidad nunca la vemos a través de un solo personaje, el mismo momento se nos cuenta desde distintas perspectivas y los lectores construimos la realidad. Algunos personajes nos ponen de su parte, tal vez luego cambiemos de opinión.


Por último, nos planteamos la universalidad de “Entre visillos”. Porque vemos claro que a un joven de hoy, o a alguien de otra cultura, le podría parecer que no pasa nada, que no cuenta nada. Pero la insatisfacción ante la vida es universal, “Entre visillos” tendría su papel, cumpliría su función de expresar un sentimiento compartido por muchos seres humanos.
¿Estamos satisfechos con nuestra vida? ¿Vivimos en un círculo cerrado o abierto? ¿Nos gustaría salir del círculo en que vivimos? ¿Nos atreveríamos?
“Entre visillos” nos ha llevado a la reflexión y al placer lector. Una buena lectura. Gracias a Carmen Martín Gaite que sigue vive en nuestro recuerdo.
Un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 4 de marzo de 2015

"Entre visillos". Elvira: "ver de golpe a sus pies una gran avenida con tranvías y luces de colores, y los transeúntes muy pequeños, muy abajo"


Homenaje a C. Martín Gaite en Salamanca.
 
"Elvira se quedó sola". Vamos ahora con Elvira, otra mujer entre visillos, otra "chica rara" que se resiste a ajustarse a los patrones marcados. Elvira lee, pinta y pasea sola. Y le gustaría elegir su vida.


Los balcones están cerrados, la madre de Elvira Domínguez lo ha querido así. Es muy importante que se note un "aire sofocante y artificial", el propio de "una casa de luto". Su padre, don Rafael Domínguez, el director del Instituto ha muerto. Sí, aquel por el que preguntaba Pablo Klein, el que vivía en la calle del Correo.

Pablo Klein según la versión televisiva de 1974. RTVE.

 Elvira oye el "runrún" de la charla insustancial de su madre con una visita: "Yo las envidio, Lucía, a las que son como usted...Yo, cuando se murió mi hijo...cada vez me ponía más gorda...una desesperación aquello. Parecía que no sufría una".
Las apariencias ante todo, no sólo hay que sufrir, es preciso dar muestras de ello. Es un fastidio engordar y que la gente piense que uno no sufre. Elvira había de estar año y medio sin ir al cine. "Para marzo del año que viene, no. Para el otro marzo. Eran plazos consabidos, marcados automáticamente con exactitud como si se tratara del vencimiento de una letra. Con las medias grises, la primera película. A eso se llamaba el alivio del luto."


Elvira va al despacho de su padre y mira un rato los lomos de los libros. Huele a cerrado. Se asoma al balcón y respira con fuerza. Huye al mundo de su infancia: 
 "De niña, ¡qué grande le parecía la calle, los arboles qué altos!...el miedo de perderse, el deseo también...una calle muy cerca de la casa por donde no se podía bajar...el barrio chino...¿por qué lo miras?...Cuando venía el buen tiempo, cantaban una canción todos los niños...Brincaban, crecían, volaban...Era muy grande la calle y estaba llena de maravillas."

 
Sigue en el balcón cuando llega Emilio, un amigo...o algo más. Busca a su hermano Teo, o la busca a ella. Le pregunta en qué piensa, si está triste. Lo peor es que ni siquiera está triste, está "embobada", se aburre, no piensa en nada, "no es vivir, vivir así". Le pide: "Cuéntame algo". Emilio está preocupado por el qué dirán: "Vámonos dentro. Hace frío...además no está bien que estemos aquí asomados puede pasar alguien".

Elvira estalla: "¿Y qué pasa, di, qué pasa? A ver si por estar de luto ni siquiera voy a poder hablar contigo en el balcón. ¿Es que estamos haciendo algo malo? Pareces mi madre."

Entran en la casa. Emilio quiere decir algo y no se atreve. Dice que se va, pero ella le hace sentarse en el sofá. Le ofrece tabaco, no, ahora no, que puede venir mamá. No puede fumar una mujer y menos si está de luto.

Elvira, Charo Lopez, en aquella version televisiva de 1974. Con su Emilio.

Elvira cruza las piernas "con voluptuosidad, arqueando los empeines". Emilio tiembla al encender el cigarro. No soporta que Elvira le coloque el letrero de "amigo de toda la vida". Protesta:

"...tú eres mala...Después de lo del año pasado...eso no me lo debes decir...Juegas conmigo...los días de la muerte de tu padre, me volvió  aparecer que me querías...A lo mejor te parece mal que te hable de esto."

No, a ella no le parece mal, le quiere mucho, "más que a ningún amigo". ¿Amigo? , le coge las manos y se las aprieta con desesperación. Se declara:

"Pero, Elvira, tú para mí lo eres todo y ¿yo que he venido a ser para ti? Esas veces que me miras de un modo distinto, dime ¿me equivoco? Dime nada más eso".

Elvira, al fin, le contesta, con cierta desgana, que no se equivoca "esas veces". Emilio mira a la puerta y le da un beso "brusco e inexperto" . Ella se queda inmóvil. Y remata con la palabra fatal: "¿verdad que somos novios?".


Elvira se suelta "como si despertara". Le pide que no diga esa palabra, mas  Emilio va más allá: "nos casaremos, nos tenemos que casar".

¡Acabáramos! Ahora ella  le pide "con una voz delgada y opaca" que no vuelva en algún tiempo. Y él, lo que tú quieras, "mi vida". Y pasa a asuntos más prosaicos, si comienza a preparar las oposiciones.  Y ella que ya lo pensarán, mejor que escriba. Le despide "Vete van a venir".

Emilio es ahora un hombre activo y entusiasta. Son y media, a menos veinte estará en su casa escribiendo "una carta que dure toda la noche". Qué estupendo, vuelve a vivir.

Elvira se deja besar otra vez con un "beso fugaz, medio mojado". Siente la puerta que él ha cerrado, oye el taconeo de sus suelas en el asfalto. Se asoma antes de cerrar el balcón. A Elvira le gustaría...

"Los árboles, la tapia, la tienda del melonero, ¿por qué no se alzaban como una decoración? Era un telón que había servido demasiadas veces. "

Elvira quisiera huir, harta ya de la misma función. Le gustaría cambiar el decorado:

"...ver de golpe a sus pies una gran avenida con tranvías y luces de colores, y los transeúntes muy pequeños, muy abajo, que el balcón se fuera elevando y elevando como un ascensor sobre los ruidos de la ciudad hormigueante y difícil. Y muchas chicas venderían flores, serían camareros, mecanógrafas, serían médicos, maniquíes, periodistas, se pararían a mirar las tiendas y a tomar una naranjada...irían a tomar un tranvía para llegar a su barrio que estaba muy lejos".


Elvira quiere volar en su balcón y llegar a la gran ciudad, donde las mujeres se ganan la vida y todo está lejos, nadie está pendiente de la vida del otro. Piensa en Madrid, como Julia, como Natalia, por diferentes razones. Madrid fascinaba a las chicas provincianas.

Llega su hermano Teo, la sorprende con los ojos cerrados, en el balcón. Le pregunta si se marea y si ha venido Emilio. No se marea, Vino Emilio, qué te ha dicho, nada.

"Durante la cena, hablaron de Pablo Klein. Teo había recibido una carta suya, dándole las gracias por su recomendación al director nuevo, que ya le había aceptado".

Elvira deja caer que Pablo "a lo mejor se encuentra solo aquí". Le gustaria que volviera por casa, Teo no le quiere forzar, no es muy simpático y da lo impresión de que lo del puesto de alemán le importa un bledo, parece poco serio.

Elvira repone: "Pues papá le quería, le quería mucho".

La madre se acordaba del padre de Pablo, de cuando vivió allí antes de la guerra, le llamaban el pintor viudo e iba con su hijo, un niño pálido, a todas partes. Gente rara, mal vestidos, "gente que no se sabe a lo que viene". Ni siquiera estaba claro que el señor Klein estuviera casado con la madre de aquel niño. Papá decía que era un pintor extraordinario, ya saben Elvira y Teo cómo era papá, no hablaba mal de nadie, todos le querían.

Elvira llora sobre el plato de postre y, antes de que arrecie el llanto, se va a acostar. Oye a su madre, si papá quería tanto a ese chico, debemos ser como una familia para él, tráelo a casa.

¿Cuándo ha conocido Elvira a Pablo Klein?

A Pablo Klein le había entrado curiosidad por conocer a la familia de don Rafael. Todavía estaba indeciso, no sabía si quedarse en la ciudad; pero tenía el presentimiento de que esa visita le ayudaría a tomar alguna decisión.

Entra en la casa, detrás de unas señoras que lo hacen con total confianza. Había grupos por el pasillo, personas que pasaban con sillas y otras que se despedían. Nadie le pregunta nada y avanza hacia una habitación grande. Sillas que se corren, mujeres alrededor de una mesa camilla, hombres sentados o de pie, apoyados en los respaldos. Una doncella entra con una bandeja y le parece que le mira con curiosidad. Le dan ganas de marcharse, camuflado entre unos que se van. Se están despidiendo de una chica de luto, en la puerta: "¿Para qué has salido, mujer, Elvi? ¡Qué disparate! Anda, anda con tu madre, la pobre".



Se siente como en medio de un teatro, en medio de una escena en la que no sabe bien cuál es su papel. Cuando está a punto de irse, se queda frente a Elvira que lo reconoce porque justo la noche anterior había estado mirando una foto en la que aparece Pablo con su padre, en Suiza, en un congreso.

"...por un cierto gesto que él tiene allí, los dos juntos, me pareció que habrían sido amigos en ese viaje y me puse a imaginar el tipo de amistad que podría haber sido...Me pareció que él vivía y que éramos amigos los tres. No pude dormir. Me moría encerrada en mi cuarto".

Elvira le cuenta que había estado a punto de ir a Suiza y eso ya no se podía remediar, lo que podía haber hecho en ese viaje y no hizo, la gente que ya no conocería. Piensa que un viaje le puede cambiar a uno la vida, que a ella ese año se la habría cambiado. Pablo le pregunta por qué no había ido, Elvira no contesta directamente.


Le explica a su manera. Si usted no vive aquí, no puede entender ciertas cosas. Como lleva tres días, no puede entender nada. Si le explica por qué no fue a Suiza se reirá, "dirá qué disparate". "Creerá que lo ha entendido, pero no habrá entendido nada". Sólo el que vive metido allí, puede llegar a resignarse y "puede llegar a creer que vive y respira".

Pero ella no, Elvira se ahoga, se desespera, no se resigna. Habla con rabia, excitada, como si la estuvieran contradiciendo. Pablo comienza a tener miedo de que les oigan. "Incluso parecía que ella se gozase en alzar la voz como si con sus últimas frases quisiera desafiar a alguna de aquellas personas, o tal vez  a todas ellas".

A Pablo se le ocurre decir que seguramente saca las cosas de quicio bajo el peso de su desgracia. Enseguida nota que se ha equivocado, lo ve en sus ojos furiosos.

Elvira le contesta airada. Que aquí tendría que estar usted diez días, a ver si se ahogaba o no se ahogaba. De la mañana a la noche, pobrecilla, pobrecilla. Venga suspiros, venga compasión y más compasión para que no se pueda uno escapar. Y compasión para el muerto, "compasión  a toneladas para todos, todos enterrados, el muerto y los vivos y todos". Un muerto no necesita compasión, por lo menos a
él...que lo dejen en paz.

Elvira llora con violentos sollozos. Se disculpa, no sabe por qué le ha dicho estas cosas, ni siquiera lo conoce, ignora lo que ha pasado. Su hermano Teo la lleva abrazada por los hombros, algunos la acompañan al círculo de las mujeres, alrededor de la camilla.

La dejan pasar como a una imagen santa en una procesión, pobrecita, pobrecita.

Imagen santa en procesión.

Qué teatro, debe estar pensando Pablo Klein. Pablo se sienta con Teo, ahora hay que hablar de la vacante de alemán, cosas de hombres.

Elvira escribe a Pablo Klein una sorprendente carta.

¿El mensaje de un náufrago?



¿Una declaración de amor?

¿Cuál será la respuesta de Pablo Klein?

¿Y el ilusionado Emilio?

¿Y la pequeña Natalia que no sabe que se ha enamorado?



Seguimos leyendo.


 
Un abrazo de:

 María Ángeles Merino

miércoles, 25 de febrero de 2015

"Entre visillos". Pablo Klein: "¿usted a dónde va?...¿Yo?...Pues al Instituto."


 
Comentario parcial a la novela "Entre visillos", de Carmen Martín Gaite (la llegada de Pablo Klein). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

La semana pasada, al comentar "Entre visillos", me centraba en el personaje de Natalia, la muchacha de dieciséis años que escribe en su diario, al comienzo de la novela. Una niña mujer que focaliza buena parte de la obra con su extrañeza e incomunicación ante el mundo adulto. Gertru le cuenta muchas cosas, pero ella "no sabía qué contar". Y Natalia nos va a contar mucho de la vida que se oculta tras los visillos, la que no figura en los programas de la ciudad, tan ordenada, tan aburrida.


A la ciudad anónima y provinciana llega Pablo Klein, para ocuparse de la clase de alemán del Instituto, en realidad para reencontrarse con los años de su niñez, pasados allí. Es un hombre de otro mundo, educado en el extranjero, un personaje extraño y extrañado. Nos ofrece su relato en primera persona, como Natalia en su diario. Es el otro foco de la obra. El relato de su llegada es también una pieza clave, mientras leemos nos esforzamos en ver con sus ojos y escuchar con sus oídos. Empatizamos con él, como lo hicimos con Natalia.



Pablo Klein llega en tren después de un "viaje interminable". No sabemos de dónde viene y habrá que pasar  páginas para conocer su nombre. A pocos kilómetros de la estación, una avería, la segunda,  deja varado el tren en medio de unos rastrojos, ante la mirada atónita de un pastor. Allá lejos divisamos "un pueblo chico" con sus álamos. A Pablo no le pasa desapercibido el paisaje y la luz del atardecer.  Entre borregos  y sombras grotescas, los viajeros aburridos se bajan de la vía y se forma "desde la máquina a los vagones de primera una especie de paseo provinciano".


Rastrojos
 
Agudizamos el oído. Una chica de rebeca rosa, qué gentío en San Sebastián, "una cocacola diez pesetas", el balneario más tranquilo, sí.


 "Goyita, este señor es don Luis, el del almacén de curtidos", "encantada", " ahora a  hacer estragos en las fiestas del Casino, "¿o ya tienes novio?", "a ésta con novio la mataba", "juventud divino tesoro", "a ti te tengo que presentar yo a mi hijo mayor, el que estudia Derecho. Menudo elemento...", "a lo mejor lo conoces", "No sé, a lo mejor".


Todos o casi todos se conocen, sí. Y se forma un ambiente festivo en torno a las rajas de sandía que les vende un hombre con burro y traje de pana. El zumo gotea por las barbillas. Mirad, la de rosa  está ahora con una de rayas,  "con escote muy grande". Dice que es de Madrid, que viene a pasar las fiestas a casa de un cuñado. Ahora hablan en tono de cuchicheo, la de rosa le presentará amigas, irán a los bailes de noche...La madrileña va en sandalias de tiras y lleva las uñas de los pies pintadas, la provincianita de rosa cubre sus piernas con unas asfixiantes medias.


Pablo observa y escucha, le entra sueño, le despierta el topetazo de la máquina, "ahora va de veras".

Entre el retraso y las fiestas, piensa que nadie irá a esperarle. Alguien dice en el pasillo que ya se ve la Catedral. Pablo sale, ve algunas torres; pero se distrae en atrapar los colores de las nubes oscuras del atardecer, el calor de los tejados, los brillos de los cristales,  las bombillas "poco destacadas en la tarde blanca". Junto al equipaje trae sus recuerdos, busca el río y no lo ve. El tren pita fuerte, efectivamente, nadie le espera.

Baja del tren y la gente al salir "le tropieza". Es así porque Pablo sigue empapándose de las conversaciones: "Adiós mona, te llamaré", "¿Quién es esa chica?", Yo qué sé mamá, de Madrid", "Pues va hecha una exagerada".

 
Estorba, ha de quitarse de en medio. Un "hombrecillo muy feo" le ofrece montar en un pequeño autobús, "a domicilio" . Todos los asientos están ocupados, al parecer, y sentimos con él las miradas hostiles.  Son trece y tiene que haber un sitio, al final retiran un bolso y Pablo se puede sentar. Le preguntan a dónde va y duda. "Pues...al Instituto". En el autobús nadie parece saber dónde está eso. Después de muchas dudas, alguien interviene: "cerca del Rollo...Al final de la cuesta de la cárcel".


Rollo y cárcel, palabras sugerentes. Y, al final del todo, está el Instituto de Enseñanza Media. El autobús ha de llevar primero a los del centro. A los gritos de ¡Cuidado que cierro! y ¡tira Manolo!, empieza a sonar fuerte el motor, el coche arranca al segundo intento. La esquina del maletín de Pablo golpea a una señora gorda que le mira con resoplido. "Dispense".

Calles y más calles. El hombrecillo feo viaja fuera, sujeto a la ventanilla abierta. Salta el autobús sobre los adoquines, suena la bocina. Huele a churros fritos y empezamos a oír más ruido y a ver más gente. La feria debe estar por aquí.

 
Las calles son estrechas, renquea el coche y se arrima a la acera. Bocinazos, risas, qué bonito lo han puesto este año. Pablo mira: "unos arcos de bombillas encendidas formando dibujos rojos y verdes". Paradas, carga y descarga de bultos, conversaciones, miradas a ambos lados y miradas hacia arriba, alguien anda sobre la baca y revuelve maletas: "¡Esa no es!"

En una de las paradas, Pablo  ve de nuevo a la chica de Madrid con otra mujer, se regocija en criticar a la amiga madrileña  que se echó en el tren: "¿Te fijaste en la rebeca rosa que traía de manga corta? y el pelo largo así, con muchas horquillas y como mal rizado...No es que fuera fea del todo...la manera de hablar...cursi, pero simpática". Al leer esto, recordamos lo de "va hecha una exagerada" y tratamos de visualizar una rebeca de manga corta y un pelo mal rizado y sujeto con muchas horquillas.

 
Arrancan otra vez y Pablo se duerme. Cuando despierta, ya se han bajado todos los viajeros. Ahora se oyen cánticos y campanas.

"Era una procesión. Pasaban mujeres en fila con velas encendidas...Entraban a cantar cada una un poco más tarde...voces confusas e incomprensibles. Algo era del Redentor..."
El hombre del autobús le pregunta si viene a las ferias. Pablo le contesta que sí con la cabeza y el hombre le informa en tono confidencial  que "mañana no torea el monstruo". ¿Qué dice este buen hombre? Compartimos con Pablo la incomprensión, no sabe de qué monstruo le habla. Se refiere a un torero famoso que ha sufrido una cornada. Pablo hace un vago gesto de condolencia y escapa con los ojos a otra parte.


Suben una cuesta. El del autobús le pregunta si es extranjero, no se aguanta si no lo pregunta. No sabía si decir sí o no, al final dice que no. El coche va dando tumbos. Por fin ahí está: "Debe ser el primer edificio que hay detrás de la tapia".


"La tapia era...un paredón altísimo". En la fachada..."chocaba la torpeza y desproporción de aquella fachada que parecía dibujada por un niño". No hay nadie y graznan unos pájaros negros.

 La puerta está entreabierta, pasa y en la escalera hay una señora fregando arrodillada. Sube pisando unos periódicos, la mujer le llama. Alza la cabeza sin incorporar su cuerpo, como si la postura "fuera en ella normal e inevitable". Y le dice que arriba no hay nadie, que el bedel se ha ido.
 

 
Pablo Klein pregunta si no es allí la residencia del Instituto, dónde viven los profesores,  pensaba que estaría en el mismo edificio. La mujer le contesta que no sabe qué decirle, que ella cree que los profesores viven en sus casas. Pablo Klein no sabe que en España no hay residencias de esas, como en otros países. Nos da pena este hombre tan perdido.

Sale por la puerta pero se vuelve. Pregunta si sabe a qué hora suele venir el Director por las mañanas. La mujer infla solemnemente la voz para decir: "El Director se ha muerto".

"¿Cómo? ¿Don Rafael Domínguez?"

Esto sí que no se lo esperaba. Sale, se detiene junto a los muros del puente del ferrocarril. En un gesto de desaliento, apoya la barbilla en el borde. Ve las casas humildes que dan a la vía, por las ventanas salen voces agudas de mujer , estarán preparando la cena. ¿Añora Pablo Klein un hogar?

 
Nos dice: "fui siguiendo las vías rectas y solas hasta que se me perdían de vista, juntándose allá en el campo". Campo desdibujado, nubes oscuras, oye acercarse un tren, aparece debajo de él y le escupe "a la cara una bocanada de humo espeso y rojo". Cierra los ojos, los abre, el tren ya va muy lejos "con su luz encarnada".


Una pareja de novios miran alejarse el tren "con las caras muy juntas, los brazos cruzados por detrás, exhaustos". Ni le han visto, les tiene envidia. Está muy fatigado, necesita encontrar una pensión.

Pablo Klein irá a la casa del director fallecido y allí, en un asfixiante ambiente de duelo provinciano, conocerá a Elvira. En el Instituto, tendrá a Natalia como alumna del último curso. ¿Encontrará el amor este hombre tan solitario? ¿Se quedará o saldrá huyendo?

Iremos con Elvira, la hija de don Rafael Domínguez.

Un abrazo de.

María Ángeles Merino