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miércoles, 3 de julio de 2013

Cipriano Salcedo se va haciendo adulto. Erasmista, abnegado, huérfano, estudioso y enamorado.


"El hereje" junto al Arlanzón que busca al Arlanza y al Pisuerga.


Comentario en torno a parte de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En la entrada anterior, dejamos al joven Cipriano Salcedo, en su colegio, muy interesado por la polémica creada en torno al gran Erasmo de Rotterdam, en el ambiente del Valladolid que vivió la Conferencia de teólogos sobre Erasmo, en 1527.

"Lutero se ha criado a los pechos de Erasmo" proclamaba el padre Arnaldo.
"Erasmo de Rotterdam era exactamente el reformador que la Iglesia precisaba" sostenía el padre Toval.

"Esta distinta apreciación de las ideas erasmistas, que era la que dividía a los adultos, acabó imponiéndose entre los alumnos que una semana antes ignoraban incluso la existencia de Erasmo".

Y en Cipriano se impone...Y unos años después, lo recuerda y hay alguien que recoge ávidamente sus palabras, Pedro Cazalla, el párroco de Pedrosa, el hermano del doctor Agustín Cazalla, aquel que fue capellán del Emperador y que será...Salcedo, ya adulto, lo revive con nostalgia, ante la extrañeza del cura:

-"Yo fui en tiempos un aguerrido erasmista...

-¿De veras le ha interesado a vuesa merced Erasmo alguna vez?

-Entiéndame, Padre. Le estoy hablando de mi infancia, de la Conferencia sobre Erasmo. En mi colegio se formaron dos bandos y yo pertenecía al de los erasmistas. Y, aunque ninguno de los grupos sabíamos quién era Erasmo, llegamos a pelearnos por él"


Pero el culto párroco atrapa a Erasmo en la conversación con el rico comerciante lanero y, entre estorninos pintos y estorninos negros, le pregunta por el centro donde se educó. La respuesta: el Hospital de Niños Expósitos, el padre Arnaldo, el padre Toval que "creía en la buena fe del holandés"...

Pedro Cazalla se sincera: "Aquellos fueron días de esperanza. El Emperador estaba junto a Erasmo...Ayer Erasmo era una esperanza y hoy sus libros están prohibidos. Nada de esto es obstáculo para que algunos sigamos creyendo en la Reforma que proponía. Quizá sea la única posible. Trento no aportará nada sustancial".


En las siguientes visitas a Pedrosa, Cipriano se ocupará de la plantación de pinos albares. Y Pedro Cazalla le llevará a cazar el perdigón y sembrará en él  otro tipo de semilla...la de aquello que en Trento proclamarán como  "herejía".


Volvamos a las controversias sobre Erasmo que pillan a nuestro pequeño hereje todavía en el colegio. Delibes nos pinta magistralmente una ciudad inmersa en una discusión teológica que roza con los dedos la temida herejía:

"La villa, cuna de la Conferencia, se dividía, discutía, se acaloraba y, en la Plaza del Mercado, junto a los puestos de hortalizas, al lado de la gran tertulia popular, se improvisaban otras de intelectuales gesticulantes y excitados."

Los erasmistas refutan brillantemente la proposición de los frailes sobre el libre albedrio y las indulgencias, que si la Biblia, que si los Santos Padres, bla, bla, bla. En esto estaban cuando Valladolid se despierta sobresaltada por una preocupación mucho más carnal e inmediata: la peste bubónica. Las temidas landres o bubones brotarán en cuellos, axilas e ingles. En cuatro líneas, el escritor da un volantazo y nos lleva desde "la discusión quedó decidida" a "un criado.. herido de una seca de pestilencia".

 
La pluma de Miguel Delibes nos ofrece un reportaje magistral, de tono periodístico,  sobre la peste de 1528, en Valladolid. 

"En pocas horas, en las esquinas de las calles, florecieron hogueras donde se quemaba tomillo, romero y flor de cantueso...aunque las gentes caminaban desde días tapándose la boca con el pañuelo"

"El Concejo ...echó mano de los dineros de las sisas del vino y el pan...Publicó después un bando exigiendo limpieza en las calles, prohibiendo comer melones, calabazas y pepinos...organizando la atención médica, botica y alimentos para los pobres...los ricos...abandonaban furtivamente la villa..."

"La ciudad se organizaba para un largo asedio y un breve del Papa Clemente VII ponía fin sine die a la famosa Conferencia...la Corte se trasladó a Palencia y la Chancillería a Olmedo"

La enfermedad se extiende: médicos, curas y enterradores no dan abasto. Los cadáveres se amontonan  en los atrios de los templos. El Concejo funda nuevos hospitales y moviliza a los colegiales de los Expósitos; son casi unos niños, pero al ser huérfanos no hay reclamaciones familiares. Así que entierran, trasladan y vigilan el aislamiento de la villa; incluso clavan tablas en las puertas de las casas infectadas.

Y Cipriano se especializa en "la delicada tarea de separar las tejas de los tejados para dar de comer a los emparedados". Se desplaza "con el carro del colegio, tirado por Blas, el borrico rezno". Reparte bolsas de comida y establece controles entre los inmigrantes de las barcazas, el muchacho actúa ya como un adulto: "les exigía informes sobre su procedencia o sobre el estado sanitario de los pueblos del trayecto y los conducía, acto seguido, a un lazareto allende el río".

Un burro con carro, como Blas
 
Las expulsiones no arreglan nada, crece la avalancha de menesterosos y crece la peste. Se atraviesa  el Pisuerga en barca, a nado o por los vados.
 
Un día, en la última fase de la epidemia, Ignacio Salcedo, su tío, se presenta en el colegio. Viene a despedirse de su sobrino, se desplaza a  Olmedo con la Chancillería. Le comunica también que su padre, el terrible don Bernardo, padece la peste, "con el cuerpo cubierto de landres abiertas, purulentas". No ha de visitarlo; pero sí acompañarlo con los expósitos, en caso de óbito. A Cipriano no le entristece la noticia , "ni una brizna de amor por su padre". Sin embargo, llora cuando transporta el cadáver de su compañero Tito Alba. Aquí, se da la vuelta a un  tema, la orfandad, muy de Delibes. Recordamos que:
 
 
Don Bernardo entrega su alma, por fin entrega algo,  y su retoño " ayudó... a meter el cadáver en el coche y a atarle y, luego, le acompañó en silencio, con la antorcha encendida, escuchando las salmodias del coro".
 
Un muerto más. Asiste al funeral y , con aquello  de "Libera me, Domine, de morte aeterna", Cipriano divisa a Minervina. Trata de acercarse a ella pero ha de salir para entonar la letanía alrededor de la fosa.  Cuando terminan, Minervina ya se ha marchado.


 
El huérfano no tiene tiempo, durante los meses siguientes, tan atareado está, para reflexionar acerca de su orfandad y liberación. Por fin, la peste remite y un día de primavera aparece el tío Ignacio en el colegio. Le felicita por su comportamiento y le propone doctorarse en leyes. Vivirá en su casa hasta la mayoría de edad. Cipriano acepta.

La vida en familia le resulta "poco confortadora", echa de menos la convivencia con sus compañeros. Su tía, Doña Gabriela se desvive por atenderle, un día le pregunta si no echa en falta a Minervina, Cipriano asiente.


Por otro lado, la casa de su tío "alentaba a Cipriano. No era como cabía pensar, la casa pretenciosa de un gran burgués sino el refugio atractivo y sereno de un intelectual". El muchacho va a pasar muchas horas en su biblioteca, en compañía de Juvenal, Salustio, o la Iliada. Y descubre "el placer de la lectura, el acto íntimo y silencioso de desflorar un libro". Este último verbo...tal vez suene un poco extraño hablando de libros; sus razones tendría don Miguel, tal vez nos esté insinuando otros apetitos no intelectuales de Ciprianillo.


Cipriano encaja con su nuevo preceptor y sus progresos son notables en latín, gramática y leyes. Olvida "el temor al tabique", don Bernardo ya no está allí, tranquilo.

Una mañana recibe una sorpresa: "...se encontró en el salón con Minervina. Conservaba la elasticidad de cuatro años antes, la misma viva cintura, el mismo cuello largo y delgado, y la misma boca, de labios gruesos. Doña Gabriela la escoltaba sonriente y Cipriano no supo qué hacer, ni qué decir"

Minervina toma la palabra, le dice que se está haciendo un hombre y eso le apena. Pasan los días y se alza entre ellos "una barrera de pudor". Hasta una tarde de jueves, sus tíos han salido y las compañeras de Minervina también.

"...los pequeños pechitos apenas insinuados en la saya de cuello cuadrado, experimentó la misma atracción imperiosa e ingenua que sentía de niño"

 
Minervina desfallece al notar los pechos en los cuencos de su manos: "Oh, tesoro, no seas loco!"

Los sentimientos de Cipriano se desbordan: "Te quiero, te quiero, eres la única persona a la que he querido en mi vida". Minervina sonríe aturdida, se entrega, retozan, se abrazan, se besan, ruedan por la alfombra. Pero Delibes  señala con una exquisita delicadeza: "el muchacho advertía que un nuevo elemento había entrado en su relación". Al día siguiente, confesión con el padre Toval:

"-H...he yacido con mi nodriza, padre, con la muchacha que me amamantó"

El padre lo reprende, "es casi como yacer con la propia madre".


La cabeza de Cipriano da vueltas a su confesión. El padre Toval no puede entender su relación con Minervina y , si no la puede entender, no puede juzgarla.

El jueves siguiente, "se refugiaron el uno en el otro como la cosa más natural del mundo". "La tomó hasta tres veces y, al concluir, experimentó como un hastío de sí mismo, pensando que estaba prostituyendo a la muchacha. Le constaba su amor, la pureza de su inclinación hacia ella, pero, detrás de todo, no dejaba de ver la sórdida aventura del joven amo que se aprovecha de la criada".

En la obra de Delibes hay muchas tatas de pueblo, como la inolvidable Desi de "La hoja roja", pero no recuerdo, en ninguna, un amor así entre el señorito y la sirvienta.


 Cipriano se busca otro confesor que, ante su falta de arrepentimiento, no pude absolverlo. Es terrible, para un atormentado como él, quedarse sin absolución.


Pero los jueves se convierten en el día de la cita obligada de los amantes. "Era un encuentro inevitable y, con el sexo añadido, la viva reproducción de las expansiones de antaño entre el niño y la nodriza". Se hablan de sus cosas y Minervina dice algo muy significativo: "tú eres como el hijo que perdí, tesoro mío". ¿Qué confesor podría comprender algo así?

Las relaciones duraron cuatro meses; pero un jueves doña Gabriela regresa inesperadamente y los descubre apareados, desnudos en la cama, no entiende nada.  Expulsa a Minervina con estas palabras:

"Ha abusado usted del niño y de mi confianza, Miner; ha deshonrado esta casa y nos ha deshonrado a todos. ¡Váyase y no vuelva más!"

Minervina, culpable por pobre y por mujer, toma la galera de Santovenia y desaparece de la vida de su "Niño".

De los catorce años a la mayoría de edad de Cipriano  nos dice poco don Miguel, se doctora en Leyes y nada más. Después buscará a Mina y se asentará económicamente. En el primer objetivo, fallará. La "herejía" le proporcionará una solución  a sus remordimientos, pues basta con la fe en Cristo. Será una solución para su amor por la nodriza y su desamor hacia la esposa Teo.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

 

domingo, 17 de julio de 2011

" o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa ..."


Comentario al capítulo 1, 8 del Quijote (continuación), publicado en "La acequia", en la entrada del día 3 de julio de 2008.


Los molinos quedan atrás y, de momento, me quedo sola , como un narrador decimonónico, de esos que todo lo saben y no dan su voz a nadie.  Sigo con el capítulo VIII y tengo a Sancho desesperado: que eran  molinos, que no  gigantes.


A callar, escudero, que si Don Quijote asegura que ha sido Frestón, será así; como le tiene tanta manía, le dio el cambiazo, para robarle  la gloria. Ahí está su espada, si es preciso. Temblad encantadores.



Y Sancho se lo cree todo o hace por creérselo, qué remedio. Como le ve  molido y  de medio lado, le pide que cambie de postura. Don Quijote está dolorido, lo confiesa ; mas un caballero andante no puede quejarse.




¡Alto! Hasta ahí podíamos llegar, Sancho reivindica su derecho a quejarse al más mínimo dolorcillo; a no ser  que eso de no quejarse abarque también a la escudería andante. Don Quijote se ríe y le da licencia para todos los ayes que se le presenten. 


Llega  la hora de comer, el caballero andante no tiene gana, pero el escudero tiene licencia. Así que Sancho camina, come y bebe muy a gusto. Mientras menudea tragos, vengan aventuras peligrosas.



Pasan la noche entre árboles. Don Quijote desgaja una rama y apaña una lanza, añadiendo el hierro de la que se quebró. El caballero no duerme, piensa en su señora Dulcinea, como los caballeros andantes de sus amados libros.



Sancho duerme de un tirón, arrullado por el vino de su estómago. Le da el sol en la cara, los pajarillos dan los buenos días, ni se mueve.



Su amo le llama, se levanta, da un tiento a la bota y se entristece al palparla. No va a ser fácil llenarla de nuevo.


Vuelven a su camino y llegan al Puerto Lápice, lugar pasajero y aventurero. Don Quijote advierte a Sancho Panza que no ha de poner mano a su espada para defenderlo, a no ser que los ofensores sean “canalla y gente baja”. Si son caballeros, en ninguna manera le es lícito; que así son las leyes de caballería.


Sancho responde que su señor será muy bien obedecido, no echará mano a una espada...que no tiene. Eso sí, para defenderse a sí mismo, no cuentan esas leyes.


¿Qué pasa aquí? Me parece que tengo visita, la pantalla bailotea…veo, veo ¡dos frailes!  Creo recordar que, efectivamente, ahora es el turno de  dos frailes de la orden de San Benito.
Alabado sea nuestro Señor Jesucristo. Saludamos a vuestra merced, señora nuestra. Somos, como voacé dice, dos frailes de San Benito. Vivíamos en el limbo habilitado para los personajes secundarios del famoso libro titulado “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Desde allí, no sabemos por qué malas artes del Maligno, fuimos transportados a este diabólico invento que llaman Internet. ¡Y llaman banda ancha a estos estrechos canalículos!




Nos han dicho que contemos la peligrosa aventura que vivimos con don Quijote. Montados en nuestras mulitas, bien protegidos con antojos y quitasoles, vamos por el camino real. Detrás de nosotros, viene el coche de una señora vizcaína que va para Sevilla. Buscamos la protección de su séquito, nada menos que cinco a caballo y dos a pie.


Ese loco de don Quijote nos ve y desvaría, dice que somos encantadores y que llevamos hurtada a una princesa. Y que es menester “deshacer ese tuerto”, no sabemos de qué tuerto habla…


Su criado parece más cuerdo, nos reconoce como frailes de San Benito y le aconseja prudencia. Pero su amo no le hace caso, se adelanta y se pone en la mitad de nuestro camino. Alza la voz, nos llama gente endiablada y descomunal y nos pide que soltemos a no sé qué princesas forzadas. ¿Endiablados y descomunales unos frailecitos como nosotros? ¿Forzar nosotros? ¿A princesas? ¡Ave María, Purísima! ¡Y nos amenaza con recibir “presta muerte”!


Admirados, le respondemos que no somos nada de eso, que no sabemos si en ese coche vienen forzadas princesas.


No se sosiega, nos califica de canallas, pica a su huesudo rocín y arremete contra mi persona. Lo hace con tamaña  furia  que hubiera acabado en el suelo muy malferido o muerto  si…si no me dejara caer de la mula, con anticipación.


 Mi valiente compañero que lo ve, a falta de espuelas, golpea con los talones y las rodillas a la mula, haciéndola correr  más que el viento. El criado de don Quijote me ve en el suelo y comienza a quitarme los hábitos.


Llegan en esto mis dos mozos y le preguntan por qué me desnuda. Les responde que aquello le toca legítimamente, como despojos de la batalla ganada por su señor. Los mozos no saben nada de batallas, le tiran al suelo, le arrancan los pelos de la barba y le muelen a coces.


No me detengo, subo al caballo, pico tras mi compañero y, sin querer saber nada más de don Quijote, sigo mi camino y me hago miles de cruces. No puedo contarle más, que pusimos mucha tierra por medio…nuestras mulas corren como briosos corceles, cuando es preciso.



Sin más que contarle, nos despedimos de vuestra merced, quede voacé con Dios. Antes de marcharnos, le diré que tenemos la sospecha de que ese Cervantes es un herejote erasmista. Nos pinta, injustamente, como si fuéramos unos cobardes ¿no cree? Dejémoslo, ya no podemos acusarlo ante el santo Oficio. Lo dicho, con Dios, señora María Ángeles.

Y yo, la que así se llama, dejo aquí el comentario. Seguiré con los vizcaínos...



Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


Pedro Ojeda dijo en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, continúa con el comentario del capítulo 8 de la primera parte del Quijote. No se libra su ordenador ni de ser poseído por dos frailes..."