Esta entrada pertenece a la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. Es un comentario acerca de algunos contenidos de la novela "El lector de Julio Verne", de Almudena Grandes.
¡Hola Nino!
¡Hola Nino!
Como ya eres amigo, personaje amigo, te hablo de tú a tú. La semana pasada salí a tu encuentro en un momento clave de tu
infancia, cuando Pepe te revela el misterio de tantos “cállate". Todo encaja ahora, pero te sientes débil para cargar con secreto tan terrible“ y lloras. Es mucha carga para un niño de diez años, ánimo,valiente.
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| Detalle del "Descendimiento" de Van der Weyden. |
Pepe desea aliviar tu sufrimiento con un relato divertido y algo picante. Y te doblas de la risa. Tetas, culos y el Putisanto en la casa de lenocinio. Te pinta un mundo completamente nuevo para ti, tan poco hollado como las selvas de
los libros de Julio Verne: el del sexo. Las tijeras jactanciosas de Paula y el chivatazo del "capillitas" más putero de toda la sierra de Jaén. Consiguen romper el hielo.
Ayudas a Pepe en su reconciliación con Paula, el paquetito de tabaco y las palabras adecuadas, las aguas volverán a su cauce, está cantado. Las mujeres son complicadas, es mejor seguirlas el juego. Así lo hace un hombre tan hombre como el Portugués, tomas nota.
Porque ya no sabes vivir sin leer, recibes con pesar la noticia de que Doña Elena se va a Oviedo una temporada. La maestra disipa tus temores, la llave te espera siempre, en un hueco entre el marco de la ventana y la pared. Puedes coger los libros que quieras.
"El capitán de quince años" no fue suficiente para un noviembre frío y lluvioso. "Miguel Strogoff", lo devoras en cuatro días.
Subes otra vez a la casilla, la llave no está. Humo en la chimenea, qué extraño. Doña Elena te dijo que también podías subir por el ventanuco, no hay escalera, trepas por los restos de unos viejos travesaños, te cuesta mucho, está lloviznando, tus suelas de goma resbalan. Llegas arriba, un empujón al ventanuco y adentro. Aventurero en busca de aventuras de tinta.
La casa está caliente y en penumbra, la luz de dos velas encendidas apenas permiten identificar los contornos. Si Julio Verne dice que los ojos se acostumbran a ver en la oscuridad, tú adelante.
Cuando ya empiezas a ver algo, escuchas el chirrido de una cerradura y descubres a Filo que enciende una lámpara. Tienes que esconderte y lo haces bajo el saco que cubre un extraño bulto metálico muy grande y con manivela.
Ella se quita el abrigo, qué guapa se ha puesto. Un vestido de lunares, absurdo en una noche de lluvia. "Se había adornado el pelo , rizado, brillante, con una cinta verde. Estuvo mirándose un rato, se pellizcó las mejillas, se pintó los labios...empezó a hacer cosas raras con los labios...como si quisiera besarse uno con otro".
Ella se quita el abrigo, qué guapa se ha puesto. Un vestido de lunares, absurdo en una noche de lluvia. "Se había adornado el pelo , rizado, brillante, con una cinta verde. Estuvo mirándose un rato, se pellizcó las mejillas, se pintó los labios...empezó a hacer cosas raras con los labios...como si quisiera besarse uno con otro".
La puerta se abre, "una figura oscura y presurosa". ¡Elias el Regalito! Ella le regaña, se hace la ofendida, vino ayer y antesdeayer, ya se iba. Él apoya en la pared un fusil más alto que tú, "como se enteren arriba...me fusilan". Filo se quita el abrigo, Elías la coge por la cintura. "Luego besó a la Rubia muchas veces, en el cuello, en el pelo, en la cara y yo lo vi todo". ¡Lo viste todo! Y una sorpresa aún mayor. Filo le dice "menudo Cencerro estás tu hecho". Y él contesta tolón, tolón. Ahí tienes al nuevo Cencerro.
Y recorre "con las manos abiertas los pechos, las costillas, la cintura más deseada de Fuensanta de Martos". Elías la coge en brazos, se la lleva a la cama y no ves nada más. Siempre te pasa lo mismo. La suerte traidora te lleva "hasta el borde del único pecado interesante" y te deja "abandonado a la condena de una curiosidad sin recompensa". Sanchís pintando las uñas de los pies a Pastora, Pepe reconciliándose con Paula tras la puerta cerrada y tú tecleando las consultas de "don Wenceslao el quiropráctico".
Vuela el vestido de lunares, chirria el colchón, el cabecero golpea la pared y tú escuchas "sus besos, sus palabras, sus risas". Quieres asomarte sólo un poco, agarras la palanca de aquel extraño bulto metálico, intentas moverla, no cede. Lo único que puedes ver es "una esquina de la colcha roja, luego un pie, después dos y al final ninguno".
Imaginas tu muerte mientras ellos se cansan. Un silencio y Elias salva la vida de los tres. Tiene que irse, allá arriba empezarán a preguntarse dónde se ha metido.
Un último crujido de muelles y Filo salta desnuda de la cama. Ves sin ver, increible: "yo nunca había visto a una mujer desnuda, quizás ninguna de las que podría ver en mi pueblo sería tan hermosa como ella, pero tenía tanto miedo...la vi sin mirarla, sin darme cuenta de lo que estaba viendo, como si me estorbara, como si me sobrara, porque en aquel momento no deseaba nada, no me importaba nada excepto verla vestida otra vez".
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| De aquí. |
Se van, cuentas hasta cien, te agarras a la palanca para levantarte, abres el ventanuco y bajas tan deprisa que te caes. No llueve, te sientes tan feliz de seguir vivo que no dejas de correr hasta tu casa y sólo entonces te das cuenta de que te duele la pierna.
Te peinas con los dedos, te recibe tu hermana, de dónde sales con esa pinta, tienes suerte, papá y mamá están en casa de Rodillaspelás, que se les ha muerto la abuela. Uf, menos mal.
Te miras las manos, la palma de la derecha muy negra, como pintura. Recuerda que te agarraste a aquella palanca. Te lavas en la pila, chorrean unos hilos negruzcos, frotas y frotas con el jabón de lavar.
Vacias la pila, la vuelves a llenar, ahora el agua es cada vez más limpia y piensas "en doña Elena, en su casa blanca y bonita, tan pequeña, tan limpia como su dueña".
Se te representa la imagen de la completa felicidad, con los personajes de todos tus libros hablándote al mismo tiempo, mientras la boca se te llena del sabor a vino de Málaga y a pestiños. Y ves la cara del Portugués, el rostro del hombre a quien elegiste como modelo.
Y, entonces, ahora sí, te acuerdas de Filo y vuelves a verla desnuda y sonríes. Es una pena que no puedas contárselo a Paquito.
Y otro descubrimiento, otro secreto que deberás guardar. La mancha de tu mano "no era más que tinta negra, ni más ni menos que tinta de imprimir". Nada por aquí, nada por allá, haces desaparecer la imprenta de la guerrilla, tú no has visto nada. Te quedan libros por leer y parajes por explorar, junto a Pepe el Portugués.
"No está mal", en tres horas has descubierto la identidad de Cencerro y la imprenta de sus hombres. Y el "único pecado interesante". Y el amor. Vas a dormir de un tirón.
De momento, vas a tener a Elenita, que vuelve muy rara de Oviedo. Te costó reconocerla en "aquella señorita vestida con un abrigo azul marino con botones y solapas de terciopelo...guantes de punto azul celeste, leotardos de lana a juego, una bufanda de rayas rematada con pompones...unos zapatos de charol tan brillantes..."
| Mariquita Pérez, en un escaparate burgalés (Chapero). |
Muy cambiada, sí, y muy guapa. Elenita parece una muñeca, con razón su abuela le llama ahora Mariquita Pérez. Tendrás un disgusto por algo tan inocente como invitarla a churrros, pero si es por amor merecerá la pena recibir una bronca.
Me encantaría, como a ti, que todos los personajes de todos los libros que he leído me hablaran al mismo tiempo. Tú también, estás invitado. Don Quijote no será mala compañía. Y muchos más.
Un abrazo de:
María Ángeles Merino
Las palabras en letra color naranja están extraídas directamente de la novela "El lector de Julio Verne", de Almudena Grandes, editorial Tusquets, primera edición, marzo 2012.














