Mostrando entradas con la etiqueta Mariquita Pérez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mariquita Pérez. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de noviembre de 2012

"El lector de Julio Verne". "El único pecado interesante".


Como ya eres amigo, personaje amigo, te hablo de tú a tú. La semana pasada  salí a tu encuentro en un momento clave de tu infancia, cuando Pepe te revela el misterio de tantos “cállate". Todo encaja ahora, pero te sientes débil para cargar con secreto tan terrible“  y lloras. Es mucha carga para un niño de diez años, ánimo,valiente.



Detalle del "Descendimiento" de Van der Weyden.
Pepe desea aliviar tu sufrimiento con un relato divertido y algo picante. Y te doblas de la risa. Tetas, culos y el Putisanto en la casa de lenocinio. Te pinta  un mundo completamente nuevo para ti, tan poco hollado como las selvas de los libros de Julio Verne: el del sexo. Las tijeras jactanciosas de Paula y  el chivatazo del "capillitas" más putero de toda la sierra de Jaén. Consiguen romper el hielo.
Ayudas a Pepe en su reconciliación con Paula, el paquetito de tabaco y las palabras adecuadas, las aguas volverán a su cauce, está cantado.  Las mujeres son complicadas, es mejor seguirlas el juego. Así lo hace un hombre tan hombre como el Portugués, tomas nota.
Porque ya no sabes vivir sin leer, recibes con pesar la noticia de que Doña Elena se va a Oviedo una temporada. La maestra disipa tus temores, la llave te espera siempre, en un hueco entre el marco de la ventana y la pared.  Puedes coger los libros que quieras.
"El capitán de quince años" no fue suficiente para un noviembre frío y lluvioso. "Miguel Strogoff", lo devoras en cuatro días.

Subes otra vez a la casilla, la llave no está. Humo en la chimenea, qué extraño. Doña Elena te dijo que también podías subir por el ventanuco, no hay escalera, trepas por los restos de unos viejos travesaños, te cuesta mucho, está lloviznando, tus suelas de goma resbalan. Llegas arriba, un empujón al ventanuco y adentro. Aventurero en busca de aventuras de tinta.
La casa está caliente y en penumbra, la luz de dos velas encendidas apenas permiten identificar los contornos. Si Julio Verne dice que los ojos se acostumbran a ver en la oscuridad, tú adelante.
Cuando ya empiezas a ver algo, escuchas el chirrido de una cerradura y descubres a Filo que enciende una lámpara. Tienes que esconderte y lo haces bajo el saco que cubre un extraño bulto metálico muy grande y con manivela.



Ella se quita el abrigo, qué guapa se ha puesto. Un vestido de lunares, absurdo en una noche de lluvia. "Se había adornado el pelo , rizado, brillante, con una cinta verde. Estuvo mirándose un rato, se pellizcó las mejillas, se pintó los labios...empezó a hacer cosas raras con los labios...como si quisiera besarse uno con otro".

La puerta se abre, "una figura oscura y presurosa". ¡Elias el Regalito! Ella le regaña, se hace la ofendida, vino ayer y antesdeayer, ya se iba. Él apoya en la pared un fusil más alto que tú, "como se enteren arriba...me fusilan". Filo se quita el abrigo, Elías la coge por la cintura. "Luego besó a la Rubia muchas veces, en el cuello, en el pelo, en la cara y yo lo vi todo". ¡Lo viste todo! Y una sorpresa aún mayor. Filo le dice "menudo Cencerro estás tu hecho". Y él contesta tolón, tolón. Ahí tienes al nuevo Cencerro.

Y recorre "con las manos abiertas los pechos, las costillas, la cintura más deseada de Fuensanta de Martos". Elías la coge en brazos, se la lleva a la cama y no ves nada más. Siempre te pasa lo mismo. La suerte traidora te lleva "hasta el borde del único pecado interesante" y te deja "abandonado a la condena de una curiosidad sin recompensa". Sanchís pintando las uñas de los pies a Pastora, Pepe reconciliándose con Paula tras la puerta cerrada y tú tecleando las consultas de "don Wenceslao el quiropráctico".
Vuela el vestido de lunares, chirria el colchón, el cabecero golpea la pared y tú escuchas "sus besos, sus palabras, sus risas". Quieres asomarte sólo un poco, agarras la palanca de aquel extraño bulto metálico, intentas moverla, no cede. Lo único que puedes ver es "una esquina de la colcha roja, luego un pie, después dos y al final ninguno".
 
Lo que sí contemplas con claridad es el fusil de Regalito, apoyado en la pared. Inmóvil, sudas y te congelas, cierras los ojos, son las siete, es de noche, le dijiste a tu madre que ibas a volver enseguida. Te buscarán, te encontrarán con Filo y Regalito, moriréis todos. Y no es una película.


Imaginas tu muerte mientras ellos se cansan. Un silencio y Elias salva la vida de los tres. Tiene que irse, allá arriba empezarán a preguntarse dónde se ha metido.

Un último crujido de muelles y Filo salta desnuda de la cama. Ves sin ver, increible: "yo nunca había visto a una mujer desnuda, quizás ninguna de las que podría ver en mi pueblo sería tan hermosa como ella, pero tenía tanto miedo...la vi sin mirarla, sin darme cuenta de lo que estaba viendo, como si me estorbara, como si me sobrara, porque en aquel momento no deseaba nada, no me importaba nada excepto verla vestida otra vez".

De aquí.

Se van, cuentas hasta cien, te agarras a la palanca para levantarte, abres el ventanuco y bajas tan deprisa que te caes. No llueve, te sientes tan feliz de seguir vivo que no dejas de correr hasta tu casa y sólo entonces te das cuenta de que te duele la pierna.

Te peinas con los dedos, te recibe tu hermana, de dónde sales con esa pinta, tienes suerte, papá y mamá están en casa de Rodillaspelás, que se les ha muerto la abuela. Uf, menos mal.

Te miras las manos, la palma de la derecha muy negra, como pintura. Recuerda que te agarraste a aquella palanca. Te lavas en la pila, chorrean unos hilos negruzcos, frotas y frotas con el jabón de lavar.



Vacias la pila, la vuelves a llenar, ahora el agua es cada vez más limpia y piensas "en doña Elena, en su casa blanca y bonita, tan pequeña, tan limpia como su dueña".

Se te representa la imagen de la completa felicidad, con los personajes de todos tus libros hablándote al mismo tiempo, mientras la boca se te llena del sabor a vino de Málaga y a pestiños. Y ves la cara del Portugués, el rostro del hombre a quien elegiste como modelo.

Y, entonces, ahora sí, te acuerdas de Filo y vuelves a verla desnuda y sonríes. Es una pena que no puedas contárselo a Paquito.

Y otro descubrimiento, otro secreto que deberás guardar. La mancha de tu mano
"no era más que tinta negra, ni más ni menos que tinta de imprimir". Nada por aquí, nada por allá, haces desaparecer la imprenta de la guerrilla, tú no has visto nada. Te quedan libros por leer y parajes por explorar, junto a Pepe el Portugués.


"No está mal", en tres horas has descubierto la identidad de Cencerro y la imprenta de sus hombres. Y el "único pecado interesante". Y el amor. Vas a dormir de un tirón.

De momento, vas a tener a Elenita, que vuelve muy rara de Oviedo. Te costó reconocerla en "aquella señorita vestida con un abrigo azul marino con botones y solapas de terciopelo...guantes de punto azul celeste, leotardos de lana  a juego, una bufanda de rayas rematada con pompones...unos zapatos de charol tan brillantes..."

Mariquita Pérez, en un escaparate burgalés (Chapero).

Muy cambiada, sí, y muy guapa. Elenita parece una muñeca, con razón su abuela le llama ahora Mariquita Pérez. Tendrás un disgusto por algo tan inocente como invitarla a churrros, pero si es por amor merecerá la pena recibir una bronca.

Me encantaría, como a ti, que todos los personajes de todos los libros que he leído me hablaran al mismo tiempo. Tú también, estás invitado. Don Quijote no será mala compañía. Y muchos más.

 


Un abrazo de:


María Ángeles Merino




miércoles, 28 de septiembre de 2011

Antoñito y la extraña familia.

Comentario, muy a mi manera, a los capítulos 4 y 5 de la novela "Riña de gatos", de Eduardo Mendoza, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

¡Hola Milo! ¿Se te ha dado bien la caza en el trigal segado? Te he visto desde casa, vas aprendiendo; así varías tu dieta, no todo van a ser croquetas multicolores y multivitaminadas.

El gato Milo trisca animalillos en un trigal ya segado (Palacios de Benaver, Burgos)

Siéntate aquí, gato vecino, que voy a seguir hablando del inglés Anthony; ese tan rarito, al que dejamos en el vestíbulo de un palacete de la Castellana, reflexionando en torno al cuadro "La muerte de Acteón". ¿Recuerdas? Un señor con cabecita de ciervo, al que sus perros devoran como si fuera un ciervo . Un ciervo es como ese corzo que , a veces, asoma tras el cerro.


Pronto va a conocer a su cliente, don Álvaro del Valle y  Salamero, duque de la Igualada, un aristócrata reformista y muy correcto, tal y como indica su título y apellido. Con mucho sentido común, se pregunta: "¿De qué sirven las riquezas si la propia servidumbre está afilando el cuchillo que nos cortará el gaznate?". Pero como ya no es posible  una solución pacífica, dados los desmanes sangrientos de unos y otros,  le urge sacar a su familia del país;  aunque él no tenga miedo a la revolución...Y sus cuadros podrían, tal vez,  proporcionarle liquidez. Aquí está Whitelands, un experto y enamorado de la pintura española, para tasarlos convenientemente.

Revolución anarquista. Sacado de aquí. 

Un poco antes que a don Álvaro, había conocido a Lilí, su hija pequeña. Una colegiala pizpireta que, así en frío, le  pronostica la condenación eterna, por inglés y por protestante.

Caldera del Infierno con su protestante dentro. ..es broma. Puerta de la Coronería (catedral de Burgos)

Aunque, en realidad, la criaturilla está pensando en actores de cine. Hay que ver lo que se parece este señor a  Leslie Howard, un galán orejudo y soso.  El que hace de Ashley, el capricho tonto  de  Escarlata O´Hara.

Escarlata y Ashley. Tomada de aquí.

¡Qué espabilada la colegialita del Sagrado Corazón! Aunque la calle es peligrosa y ya no estudia con las monjitas. Ahora tiene su dómine  particular,  el cavernícola padre Rodrigo, experto en infiernos, limbos y demás moradas de ultratumba. Para que la niña no se convierta en  un "hotentote", como dice su papá. No sé yo con semejante profesor en qué se va a tornar.

 Mariquita Pérez con uniforme del Sagrado Corazón. Sacado de aquí.
Suena un carillón: la una y media. El duque, muy "salamero", se pone de pie como un autómata y señala que "no es cuestión de ponernos a trabajar a la hora de comer los cristianos". Comerán una hora después, sin embargo.


Sería un honor que se quedara a compartir el "refrigerio", el inglés no quisiera "inmiscuirse" pero se queda a comer. Y mientras llega el momento de tasar cuadros, don Álvaro irá observando a Whitelands, a ver si es de fiar.

 El palacio es frío como un mausoleo. Les sentará bien una copita de oloroso en la sala de música, más calentita. Allí, el duque le presenta  a la duquesa consorte, muy natural ella, con su piano y el inevitable busto de Bethoven  Simpática, graciosa, enérgica, andaluza, melómana y  lista; algo  feílla y  metepatas, pero nadie es perfecto. Gracias a ella,  Anthony va a ser  "Antoñito". ¡Qué señora tan culta! Asiste a conferencias que defienden la genealogía esquimal y mallorquina de Colón!


Entra Lilí acompañada de su hermana, una joven huraña que le es presentada como Victoria Francisca Eugenia María del Valle y Martínez de Alcántara, marquesa de Cornellá. Paquita, que así la llaman, es muy atractiva, a pesar de parecerse a mamá. Un  poquito mayor para no estar casada o prometida, calcula "Antoñito"; mas  con su excesiva desenvoltura quiere dejar bien clara la voluntariedad de su soltería. Y somete a duro examen al  inglés mientras le conduce del brazo al comedor. Qué opinión le merece Picasso y qué opinión le merece ella, la de Cornellá.


Una criada  "enteca", "cejijunta" y "pazguata" anuncia a gritos la comida.  El servicio de esta casa no se parece al de "Downton Abbey". En su momento, se me pasó lo del mayordomo agitanado, con patillas de banderillero.


Se sientan cinco, en una mesa enorme para siete servicios. El duque bendice la mesa, todos inclinan la cabeza excepto Anthony. El inglés aclara a la niña sus dudas al respecto: "los anglicanos nunca bendecimos la mesa y, en justo castigo, en Inglaterra se come muy mal".


En ese momento aparece el padre Rodrigo, el sexto comensal, y la broma se torna irreverente. El cura lanza una mirada inquisitorial al invitado. ¡Cómo le disgusta todo lo extranjero! Una sotana, aunque sea con lamparones, da cierto empaque a una comida.

Entra la chacha gritona con la sopera y se incorpora el engominado  Guillermo, el menor de los dos hijos varones del duque. El "botarate" se dedica a cazar por ahí, tras el cierre de la Universidad. Ha tenido que salir por piernas, con sus amigos, huyendo de  un pueblo donde la banda ameniza  con "La Internacional" en vez de los  pasodobles de toda la vida.


Y , al volver la vista atrás, ven como la iglesia echa humo. La caza ha sido escasa , avutardas ni una, y ha faltado poco para ser ellos los cazados.

La vajilla es espléndida, sin embargo la comida es "sencilla, nutritiva y frugal". Salvo la duquesa, algo desganada, todos comen con apetito, sin melindres. Pero el libro no nos dice lo que realmente están comiendo. ¿Cocido madrileño tal vez?


Whitelands  compara a la aristocrática familia del Valle  con la nobleza de su país y  saca unas conclusiones extrañísimas y poco patriotas. En la española, según él, se combina el lujo con la sencilla vida familiar, la simplicidad del campo con el refinamiento de la corte, "la llaneza con la inteligencia y la cultura". A la "advenediza aristocracia británica" la ve "despectiva en el trato, petulante e inculta". Algún desplante le ha debido dar algún milord o alguna milady a este señor blanco, blanquísimo.



Al acabar la comida, Anthony supone que cada uno  irá a sus ocupaciones y él podrá dar comienzo al trabajo encomendado. Pero nada de pinturas. Café, licores, habanos  y más música en la salita de antes. Y una actuación impecable por parte de la familia del Valle, lástima que no esté el hijo varón mayorcito. Ése está en Italia, contemplando obras de arte.

La duquesa y Lilí al piano, Guillermo rasguea la guitarra, Paquita canta con voz sensual. El inglés embelesado, menudo abrazo le ha dado la cría. 



Fandangos, seguidillas y la luz del crepúsculo diluye las formas del jardín, como en un cuadro impresionista. Se enciende una lámpara, se acabó el hechizo, fin de la representación, los actores quedan un poco desorientados.



Se ha hecho tarde, con luz artificial no se aprecian los colores, tendrá que volver a visitarnos, si no le incomoda demasiado, será un placer...faltaría más.

Paquita le acompaña a la puerta, le aclara un poco el cuadro que acaba de contemplar. No debe juzgar con ligereza  a su  familia, si actúa de un modo exagerado es fruto de unos tiempos inciertos, poco normales.

Y a todo esto no hemos visto la famosa colección. Nos vamos con Anthony camino de su hotel. Esperemos que este pardillo sobreviva en este Madrid de preguerra.

Hasta otro día, Milo. Milooooo. El sol se pone, es una buena hora para la caza.

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino