Mostrando entradas con la etiqueta Gabinete Caligari. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabinete Caligari. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de julio de 2012

"Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán" (3)

Río Duero, a su paso por Soria.



Viene de la entrada anterior.

Dejamos atrás los abrazados arcos de la iglesia de San Juan del Duero con su Monte de las Ánimas tan poco tenebroso, a pesar de Bécquer y su leyenda. El autobús nos lleva junto a las orillas del río donde buscaremos  ecos y  huellas de Antonio Machado, poeta que amó, sintió  y escribió  junto a sus aguas.

Pero aquello fue un 27 de junio y escribo esta entrada un 16 de julio.
El día 11 me dejó un regusto tan amargo que, en mi cabeza, no han rondado últimamente  más versos que estos de Quevedo:


Y aquí tengo la imagen ruinosa del castillo de Soria que bien nos podría servir para ilustrar tan  pesimistas palabras.
"Miré los muros de la patria mía" (Castillo de Soria)
No perdamos la esperanza, digamos como don Antonio:


Perdonadme la digresión, vamos de nuevo a Soria. Un camino sembrado de palitroques  luminarios  nos lleva hasta el puente  que conduce a la ermita de San Saturio.

Desde el puente, contemplamos y comprobamos como:

...El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
...




...


Junto a la ermita de San Saturio, colgada sobre el roquedal, chopos y versos en piedra nos dan la bienvenida:


...



Entramos en la misteriosa gruta visigoda sobre la que se levanta la ermita de finales del XVII que acoge los restos del anacoreta San Saturio. Pero el tiempo se nos echa encima, son las dos, nos cierran y no podemos acceder a la iglesia. Las pinturas de la bóveda nos esperarán hasta nuestra  próxima visita a Soria. Salimos, alguien comenta algo sobre energías telúricas, fuerzas del interior de la tierra...de eso no entiendo nada.

Gruta de San Saturio

 Una última mirada. Aquí terminaba el paseo preferido del poeta: "entre San Polo y San Saturio".  Leo y me despido:
...
...


 El autobús nos lleva al monte Valonsadero, para comer contundentemente en "La casa del guarda".  Por la tarde, tenemos prevista una visita a las ruinas de Numancia. Os lo contaré en la próxima entrada. Ya sabéis: resistencia numantina.

Desde las orillas del Vena, un bisnieto del río Duero, recibid un abrazo todos los que me visitáis:

María Ángeles Merino

domingo, 8 de julio de 2012

"Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán" (2)



Viene de la entrada anterior.

Seguimos en Soria. Tras la visita al aula Machado, nuestra compañera guía nos conduce hasta una impresionante portada románica. Pertenece a la iglesia del convento de Santo Domingo, habitado por monjas clarisas. Para "interactuar" y verla al completo, podéis pinchar aquí.


 Atestadas arquivoltas con un detalladísimo catecismo pétreo: nacimiento y vida de Jesús más una cruel  matanza de los Santos Inocentes. Antonio Machado pasó, seguramente, muchas veces delante de estas figuras. Contemplaría reverencialmente esta artística manifestación de la fe de sus mayores.

Matanza de los Santos Inocentes.
Un ángel se aparece a los Reyes Magos mientras duermen los tres juntitos.

 En el frontón un pantocrátor con una iconografía poco frecuente llamada la "trinidad paternitas": es Dios Padre quien sostiene a Cristo niño en lugar de hacerlo la Virgen María.

Trinidad Paternitas
No podemos abandonar Santo Domingo sin pasar por el torno de las clarisas, para adquirir sus afamadas pastas artesanales: corazones de yema, nevaditos, pastas de té, pastas castellanas...




Caminamos por el centro de la ciudad, tomamos un tentempié, hacemos algunas compras, descubrimos que Soria también tiene "Espolón". Disponemos de poco tiempo, el autobús nos espera cerca de la "Alameda de Cervantes", "La Dehesa", pulmón verde del casco urbano. Quijotesca Soria.

¡Rumbo a San Juan del Duero! Accedemos a un bello conjunto de arquitectura románica formado por iglesia y claustro, restos de un monasterio  de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, herederos de los bienes de los Templarios. Nos cautiva el claustro, con sus arcos apuntados cruzándose, abrazándose entre sí. No hay techumbre, contemplamos una bella ruina. A nuestras espaldas, el becqueriano Monte de las Ánimas.


Recordamos la leyenda "El Monte de las Ánimas" de Gustavo Adolfo Bécquer....el noble Alonso ha de  buscar allí la cinta de su seductora y bella prima Beatriz, no en una noche cualquiera, es la noche de Difuntos. Abro mi libro  y leo en voz alta:

"Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río... Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo... Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres... Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche."



¡Qué miedo! Un relato terrorífico. "Gótico", dirían ahora. Vivimos el desenlace de la historia:

"Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz...un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!"

Contemplamos el nada temible Monte de las Ánimas. Ni lobos, ni esqueletos, sólo vegetación de monte bajo en un cerro de modesta altura. En el suelo del claustro no se aprecian huellas de pies descarnados. Pero todo lo veremos si nos asomamos a las páginas del libro. Magia.



Nos dirigimos a la pequeña iglesia de San Juan del Duero. Muy sencilla, una única planta y dos baldaquinos, a la manera oriental, para ocultar al sacerdote durante la consagración. Unos capiteles románicos muy bien labrados.



Subimos al autobús, vamos "a las orillas del  Duero".

Os lo contaré en una próxima entrada. Este breve viaje a Soria da mucho de sí, más de lo que yo pensaba.



Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

sábado, 30 de junio de 2012

"Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán" (1)

Río Duero, a la altura de San Saturio.
No, yo no conocía Soria. Y a descubrirla fui el miércoles pasado, con un nombre de poeta, o de dos, o de tres, en mi pensamiento. Es nuestra excursión de fin de curso y a Soria vamos guiados por una soriana. En el autobús, escuchamos y nos atrevemos a entonar "Camino Soria" de Gabinete Caligari.



 Nuestra compañera ha tenido el acierto de incluirla en unos folios que nos anticipan nuestra aventura soriana. Vamos allá, que " Bécquer no era idiota ni Machado un ganapán". Sus razones tendrían para elegir Soria estos dos poetas que nos enseñaron "que el olvido del amor se cura en soledad".



Después, abro al azar mi "Campos de Castilla". Leo:

"¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria, tardes tranquilas, montes de violeta, alamedas del río..."

Tras un café en el desangelado Parador Nacional, contemplamos desde el  Cerro del Castillo  el "verde sueño del suelo gris y de la parda tierra".   Descubrimos el río Duero y  la conocida silueta de San Saturio. ¿Y la ciudad? "Indiferente o cobarde, la ciudad vuelve la espalda..." Un  tercer poeta, Gerardo Diego, sale a nuestro encuentro, alguien nos  recita algunos versos de su "Romance del Duero".




El autobús nos lleva a la ciudad.  Comenzamos nuestro recorrido junto al "olmo seco", muy cerca del cementerio del Espino, donde reposan los restos de Leonor. Leemos el poema "A un olmo seco". Palabras de leve esperanza.

"Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido..."




Seguimos las explicaciones de nuestra excepcional guía mientras recorremos la Plaza Mayor, el Collado y la calle Aduana Vieja con sus señoriales palacios renacentistas.

En la Plaza Mayor,  me llevo una sorpresa. ¡Una irreconocible Leonor convertida en "pongo" callejero!



En fin, dejamos los comentarios negativos para otro momento y usamos la silla para hacernos fotos. Recordamos que Leonor Izquierdo es una niña de quince años cuando se casa con el poeta y que muere tres años después:
Los palacios renacentistas me traen a la memoria otros versos:


Palacio de los Ríos y Salcedo.

Palacio de los San Clemente (Marichalar)

Muy cerca tenemos el "Instituto Antonio Machado", el mismo en que trabajó el poeta, el entonces denominado: Instituto General y Técnico de Soria. Es un edificio barroco, antiguo  colegio de la Compañía de Jesús. Al pisar el claustro nos parece oír "A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago."




Entramos en el aula Machado. La mesa del profesor con un libro que recoge las firmas de los visitantes, los añosos pupitres de madera con agujero para la tinta, fotografías y documentos administrativos.



Entre estos últimos, se guarda un acta de lo que hoy llamaríamos evaluación, las notas de los alumnos con la firma del profesor.
Siete alumnos de primer curso, Lengua Francesa.
Con la firma del profesor: Antonio Machado.
Siete alumnos de primer curso, la asignatura es Lengua Francesa. Llama la atención el escaso número de alumnos y que todos hayan obtenido la calificación de Aprobado, ni más ni menos. ¿Aprobado general? No pudieron  imaginar esos  muchachos sorianos su condición de privilegiados discípulos. ¿Aprendieron la lengua de Moliére? ¿Aprendieron a pensar? ¿Conocieron alguno de los poemas de este poco convencional profesor? No nos podemos imaginar el contenido de aquellas clases impartidas en esta aula tan pequeñita. Tal vez se parecía al  ficticio Juan de Mairena:

"Mairena era, como examinador, extremadamente benévolo. Suspendía a muy pocos alumnos, y siempre tras exámenes brevísimos. Por ejemplo:
- ¿Sabe usted algo de los griegos?
- Los griegos... los griegos eran unos bárbaros...
- Vaya usted, bendito de Dios.
- ¿...?
- Que puede retirarse. "

En la próxima entrada, seguiré con mi visita a Soria y con Machado. Y también con Bécquer.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino