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viernes, 24 de septiembre de 2010

De sueños, azotes, cerdos, madrigales y más cerdos (2).

Segunda parte del comentario al capítulo 2,68 del Quijote, publicado en "La acequia"

Aunque don Quijote no desea dormir, anima a su escudero, para que lo haga. Si Sancho nació para dormir, él nació para velar. Y anuncia que va dedicar lo que falta para el día en cantar un “madrigalete”, compuesto por él mismo, para expresar sus pensamientos.


El Quijote de Doré.
"—Duerme tú, Sancho —respondió don Quijote—, que naciste para dormir; que yo, que nací para velar..."

Sancho confunde madrigaletes con populares coplas, pobres en pensamientos. Ya puede coplear lo que quiera, que él dormirá a pierna suelta. Y así lo hace, bien acurrucado y sin preocupaciones.

Arrimado a un tronco de un árbol, suspirando y llorando, canta la alambicada y paradójica composición, que concluye con el vivir que le mata y la muerte que le da vida. La riega con muchas lágrimas, pues su corazón está doblemente traspasado: por su vencimiento y por la ausencia de Dulcinea.

Llega el día, los rayos del sol despiertan al dormilón.


"Llegóse en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho..."


Se estira y mira cómo han dejado los malditos puercos el repuesto alimenticio de sus alforjas. Maldice a la marabunta porcina, con toda su alma.

Los dos vuelven al camino y, al caer la tarde, ven unos diez hombres a caballo y unos cinco a pie.


"Finalmente, volvieron los dos a su comenzado camino..."


"...al declinar de la tarde ..."


Los dos corazones laten ahora más deprisa, con temor y aturdimiento, al ver lanzas y adargas, de nuevo. ¡Con lo tranquila que había sido la jornada!

Don Quijote se disculpa. Si su promesa no le hubiera atado las manos, se enfrentaría a esta “máquina” que se les echa encima.

Es lo que temían, los de a caballo rodean a don Quijote y le colocan sus amenazantes lanzas por delante y por detrás. Los de a pie se encargan de Sancho, Rocinante y el rucio. Todos guardan gran silencio y cuando el caballero mueve apenas los labios para preguntar, se los cierran con los hierros de las lanzas. A Sancho le callan punzándole con un aguijón.

Es noche cerrada y cada vez tienen más miedo. Y mucho más cuando les dan órdenes llamándolos trogloditas, bárbaros, antropófagos, escitas, Polifemos y leones carniceros.



—¡Caminad, trogloditas !
—¡Callad, bárbaros!


—¡Pagad, antropofagos !

Sancho no entiende esos vituperios que interpreta a su manera: tortolitas, barberos, estropajos, perritas…Y no le gustan nada esos vocablos, a mal sitio les llevan, todo el mal les viene junto y ojalá acabase aquí.

Don Quijote tampoco saca nada en limpio de aquel discurso. Sospecha que no les espera nada bueno.

Llegan a un castillo bien conocido. ¡Es el de los duques de sus pecados!

"Llegaron en esto, un hora casi de la noche, a un castillo que bien conoció don Quijote que era el del duque, donde había poco que habían estado."

Don Quijote recuerda que, en esa casa, todo era cortesía. Pero para los vencidos el bien en mal se torna.

Entran en el patio principal y lo ven tan bien aderezado que les admira pero…ahora el miedo es doble.

Un abrazo de María Ángeles Merino.



Las fotos son: grabado de Doré, "Sol entre ramas" , "Camino a San Pelayo" (Palacios de Benaver), "Último rayo", "Miguelón" (Homo heildebergensis), Hombre de Neanderthal," "María Ángeles y Luz con el Homo antecessor", Castillo de Olmillos de Sasamón (Burgos).
El" Homo heildebergensis" y el "Homo_neanderthalensis" son réplicas, creadas por la artista francesa Elisabet Daynis para el Museo de la Evolución Humana, en Burgos.

sábado, 26 de junio de 2010

"...cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima..."(3)




Tercera parte del comentario al capítulo 2,55 del Quijote, publicado en "La acequia".

Los duques fingen maravillarse, bien saben ellos de qué gruta se trata. Lo que no entienden es cómo el villano deja el gobierno así sin más, sin tener ellos aviso.

Llevan mucha gente y muchas cuerdas. No fue tarea fácil sacarlos de las tinieblas a la luz del sol. Un estudiante que lo ve comenta que los malos gobernadores deberían salir del gobierno como sale éste: hambriento, descolorido y sin blanca. ¿De dónde sale este estudiante? ¿Es del castillo o va de camino?

Salga de donde salga, a Sancho le molesta el comentario y se dirige a él como “hermano murmurador” y le contesta con un resumen de sus ocho o diez días de gobierno. Ha perdido la cuenta.

Nunca se vio harto de pan, lo han perseguido médicos y le han molido los huesos. Ni cohechos ni derechos ha cobrado, no merecía salir así. Y desgrana el rosario de refranes, ése que otras veces irrita sobremanera a don Quijote.

Esta vez no es así. Su amo, muy sosegadamente, le pide que no se enoje, que digan lo que quieran, imposible atar la lengua de los maldicientes. Si sales rico, ladrón. Mentecato, si sales pobre. Y Sancho está seguro: esta vez le toca pasar por tonto.

Rodeados de gente, llegan al castillo, en cuyos corredores esperan ya los duques. El altivo noble ha de esperar porque Sancho ha de acomodar antes al dolorido rucio. Un pequeño giro al orden social establecido provoca la sonrisa cómplice del lector, pero Cervantes sabe que no debe pasarse. Al fin, el del burro, sube a ver a los duques, puesto de rodillas, qué menos.

Se explica “ante su grandeza”. Si fue gobernador fue por su voluntad , no por merecimiento. Entró sin nada y sin nada sigue. Los testigos pueden decir si ha gobernado bien o mal. Y lo ha hecho siempre con mucha, mucha hambre, por prescripción del doctor Pedro Recio. Le atacaron enemigos de noche, dicen los de la ínsula que la victoria fue por el valor de su abrazo…si ellos lo dicen.

Hace un balance y llega a la conclusión de que sus hombros no pueden con tales cargas. Antes de que el gobierno termine con él, él termina con el gobierno. Deja la ínsula como estaba, nada se lleva, no pidió prestado ni se metió en líos. No hizo ordenanzas que para que no se cumplan…

Salió solo con su rucio y cayó en una sima, de la cual acaba de salir, gracias a su señor don Quijote. Y con gran desparpajo les comunica al duque y la duquesa “que no se le ha de dar nada por ser gobernador” de una ínsula o del mundo entero.

Y, besándoles los pies, da un salto, se sale del gobierno y se pasa al de su don Quijote. Todo como un juego de niños. Comerá el pan con sobresalto pero se verá harto. Harto de zanahorias o perdices, qué más da, la tripita llena y ya está.

Don Quijote temeroso de que había de decir miles de disparates , respira aliviado y da gracias al cielo. Han sido tan poquitos, qué bien le ha sentado la oscuridad de la caverna, debía ser la de Platón.

El duque abraza a Sancho y le manifiesta su pesar por haber dejado tan presto el gobierno, tal vez otro oficio menos pesado y más apropiado a su condición social…La duquesa también lo abraza y manda que le regalen, que está molidísimo.

Un abrazo de María Ángeles Merino

sábado, 5 de junio de 2010

Cartas, sartas, sayos ...y un queso.





"La sarta de corales es muy buena, y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga."

En la exposición "Vistiendo el rito", he visto los presentes de la duquesa: el vestido de caza convertido en saya verde y los corales. Sanchica tan contenta.

Segunda parte del comentario al capítulo 2.52, del Quijote, publicado en "La acequia".


Estamos en que, “para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida”, entra aquel paje, el portador de cartas y de presentes, que visitó a Teresa Panza, en su aldea. Los duques lo reciben con gran contento, deseosos de que les cuente lo sucedido.¡Cómo se van a reír!

El mensajero prefiere que lean, para sí, dos cartas que pone en manos de la duquesa. Una dice: “Carta para mi señora la duquesa tal, de no sé dónde”. La otra reza: “A mi marido Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí”. La duquesa lee ávidamente la suya, ve que la puede leer en voz alta, es lo que está deseando. La lee.

Mucho contento dio, a Teresa, la carta de su grandeza. Los presentes, la sarta de corales y el rasgado vestido de caza de Sancho, han sido de su agrado. Mucho gusto le ha dado el que su señoría haya hecho gobernador a su marido. Nadie se lo cree allí, piensan que un porro así sólo gobernaría a unas cabras. El cura, el barbero y el bachiller Sansón Carrasco lo creen menos aún. Que digan lo que quieran. Ella misma lo dudaría, si no tuviera en sus manos los corales y el sayo. ¡Qué finura! ¡Qué lana tan bien bataneada!

Y, de pronto, empieza a soñar sus sueños de ascenso social. Dice que está determinada a irse a la corte a lucirse en coche, para que rabien los envidiosos. Y suplica a su excelencia que mande a su marido que le envíe algún dinerillo porque los gastos, en la corte, son grandes; que el pan vale a real y la libra de carne a treinta maravedíes. ¿Cómo sabe eso una aldeana?

Se lo dice a sus amigas y vecinas, que no se aguanta sin cascarlo. Y éstas le siguen la broma, que si Teresa y Sanchica van tan “orondas y pomposas”, luciéndose por la corte, va a ser más famosa la gobernadora que el gobernador.

Siente que este año no se hayan cogido bellotas. Pero se las ha apañado para enviar medio celemín de ellas, recogidas una a una en el monte, algo pequeñicas, pero es lo que hay.

La duquesa lee aquello de “vuestra pomposidad” que Teresa le dedica. Que no se le olvide escribirla, que ella responderá con cuidado, avisará de su salud y de todo lo que se acostumbra poner en las cartas. Queda rogando a Dios que guarde a su grandeza. Que Dios también la guarde a ella, que no va a ser menos. Sancha, su hija, también besa sus manos. ¡Y su hijo varón también! Me sorprende porque de Sanchico se acuerdan poco, tanto el padre como la madre.

Y, antes de firmar como su criada Teresa Panza, nos asegura que tiene más deseo de verla que de escribirla.

Grande fue el gusto de todos, pero nadie se regocija tanto como esta odiosa duquesa, Imaginando divertidísimo su contenido, no se le cuece el pan. Pide parecer a don Quijote…si sería bien abrir la carta destinada al gobernador. El caballero andante la abre , para darles gusto, faltaría más. A nadie parece importarle que Sancho Panza no esté. El que manda, manda.

Las dos cartas de Teresa Panza coinciden, parcialmente, en su contenido, aunque la primera es mucho más comedida. Una le da mucho contento, otra le hace volverse loca de contento. A la duquesa no le comunica que pensó” allí caer muerta de puro gozo”, ni el pis de Sanchica contenta, ni su impresión inicial de que todo era un sueño. Mientras la primera carta expresa la incredulidad de “los del lugar “ante un pastor de cabras, en la segunda es ella misma es la incrédula.

Y si vive más, Teresa piensa ver ascender a su marido. Y lo que le parece la cima del ascenso social es verlo de arrendador o alcabalero, los oficios que desempeñó, tan dificultosamente, el mismo Cervantes. Cómo se ríe de sí mismo, cuando añade: “que son oficios que, aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y manejan dineros”.

Que lo sepa este porro de marido. La señora duquesa ya está avisada, Teresa quiere ir a la corte y en coche.

El cura, el barbero y el bachiller no pueden creer lo de gobernador. Incluso se incorpora un desconocido sacristán al grupo incrédulo de fuerzas vivas del pueblo. Tal vez por el refrán que dice: “el cura, el sacristán, el barbero y su vecino, todos muelen en un molino; ¡y qué buena harina harán! “. Cosas de tu amo don Quijote, encantamientos. Y el bachiller Sansón que ha de ir a buscar a los dos, para sacarles de los cascos esas locuras.

Teresa se ríe, mira la sarta y piensa en cómo metamorfosear el sayo desgarrado en vestido, para su Sanchica ¿Os acordáis de Sancho colgando en la rama, enganchado a su traje de caza verde? En cuanto a las bellotas, le hubiera gustado que fueran de oro, todo es poco para su “pomposidad”. Pero tú, marido, envíame unas sartas de perlas, si las hay en la ínsula esa.

Y a continuación, la crónica de cotilleos aldeanos. La del pintor de mala mano, que se casa con la Berrueca hija y cambia el pincel por la azada. La demanda de Minguilla al clérigo que le dio palabra de casamiento. Los soldados que se llevaron a tres mozas del pueblo, pero volverán y no faltarán quienes no hagan ascos y las tomen como mujeres. Y las escaseces, ni vinagre ni aceitunas.

Y lo apañada que es Sanchica, hace puntas de randas y gana ocho maravedís limpios. Los guarda en una alcancía para su ajuar. Aunque ahora que es hija de gobernador, se lo dará su padre y no tendrá que afanarse meneando los bolillos. La fuente que secó, el rayo en la picota, nada trascendente escapa a su carta. Espera respuesta a la carta y a lo de la corte. Que Dios te guarde, a ella también y se despide.

Cartas muy reídas por el coro de burladores. Para rematar la diversión, el correo trae la de Sancho que, al leerla, pondrá en duda la sandez del gobernador. ¡Qué desilusión!

La duquesa coge al paje por su cuenta, para que le cuente extensamente lo que sucedió en el lugar de Sancho, sin obviar un detalle. Recibe las bellotitas y un queso que Teresa considera como mejor que los famosos de Tronchón, que debían gustar mucho a Cervantes.


www.tronchon.info/tro/que/queso3.htm

Dejamos a la duquesa, no sabiendo qué hacer con el queso en la mano. Nos anuncian que veremos el fin del gobierno insulano.

Un abrazo para todos de María Ángeles Merino.



Pedro Ojeda dijo en este blog:

"Esta aparición de lo cotidiano engrandece la novela y la enriquece atándola a la realidad de su época, sin duda."

Pedro Ojeda dijo en "La acequia"

"Abejita de la Vega inicia su comentario del capítulo con el desafío ilustrado... y con el regreso de doña Rodríguez, que vuelve a usurpar el ordenador de Abejita. Después, nos da un ejemplo de cartas, sartas y... un queso con la continuación de excelentes y oportunas ilustraciones, centrándose en la aparición de lo cotidiano. Finalmente, publica la nota del Sanchico -gracias a Ele Bergón-, que no es que ande muy bien de geografía el muchacho, pero estalla de contento al saber que existe..."

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz0qHTkpw4B
Under Creative Commons License: Attribution Non-Commercial No Derivatives

La realidad de una época, tan bien reflejada aquí. Otro abrazo.

domingo, 14 de febrero de 2010

"...de Sancho no hay que decir sino que el miedo le llevó a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa..."



Segunda parte del comentario al capítulo 2,36 del Quijote, publicado en "La acequia".

Es un día caluroso y la servidumbre tiene la orden de servir la comida en uno de los jardines de palacio, el más fresquito. Como yo soy el cuerpo de casa, también he de ocuparme de la disposición correcta de la vajilla y de que las viandas no se echen a perder, con el calor. Como ven, sirvo para todo.

Comen, alzan los manteles y se entretienen con la conversación de Sancho, más sabrosa que la comida servida. Tengo poco tiempo, he de vestirme de…no, de nada, de nada.

Un pífaro, flautín para entendernos, suena tristísimo. Un tambor suena ronco y destemplado. Esta música encoge el alma.¡Lo mío me costó encontrar músicos así! Olviden lo que he dicho. A lo que vamos. Todos fingen alborotarse, pero el caballero y el escudero se alborotan de verdad. Sancho pide asilo en las faldas de mi señora.

Entran dos hombres con larguísimas ropas de luto., tocando dos enormes tambores negros, también de luto. El del pífaro viene a su lado, tan pizmiento como la pimienta.

Sigue a los tres de la música, un personaje que parece un gigante. Su negrísima y larguísima loba llama la atención. También sorprende por su ancho tahelí y su desmesurado alfanje. Un transparente velo negro deja ver una larguísima y blanquísima barba. Como veis, es el reino del superlativo.

Llega contoneándose, se hinca de rodillas y se dirige al duque. Mas mi señor no consiente que hable de rodillas y le hace levantar. Se pone de pie, se quita el antifaz y descubre una barba blanquísima, pobladísima y horribilísima.

Arranca del pecho una voz grave y sonora, la de meter miedo a los niños , y se presenta ante mi “altísimo y poderoso señor”. Se llama Trifaldín el de la Barba Blanca, es escudero de la condesa Trifaldi, también llamada Dueña Dolorida. Trae una embajada de la de los dolores, la cual pide licencia para entrar a contar su cuita.

Trifaldín desea saber si está aquí “el valeroso y jamás vencido caballero don Quijote de la Mancha”. La condesa viene a pie y en ayunas , desde el reino de Candaya, que todos suponen lejanísimo. Espera para entrar, con el ducal beneplácito.

El duque se ha aprendido muy bien el papel y pronuncia el discurso de bienvenida. Ha muchos días que tenemos noticia de la desgracia de la Trifaldi, llamada Dueña Dolorida por los malvados encantadores. Bien puede Trifaldín comunicarla que aquí está don Quijote, para ayudarla. Precisamente, su especialidad son “las dueñas viudas, menoscabadas y doloridas”.Tiene una mano para eso...

Trifaldín se va con su música llorona y su grandioso contoneo. El duque se dirige pomposamente a don Quijote. Apenas ha seis días que está en el castillo y ya vienen a buscarlo desde “lueñes tierras”. Las cuitas encuentran remedio en su fortísimo brazo.El brazo, un poco delgaducho, pero fortísimo.

Don Quijote quisiera que estuviera aquí aquel religioso, el de tan mal talante y ojeriza con los caballeros andantes. ¡Que vea si son necesarios en el mundo! Que venga, que venga esta dueña y pida lo que quiera, verá la fuerza de su brazo y de su espíritu…

Me voy presto, que tengo que colocarme tres faldas y alguna cosa más. No, no, no he dicho nada de faldas.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


Pedro Ojeda Escudero. dijo en este blog:

"¡Si es que al final querrá sustituir a Cervantes, ya le veo yo a este Merlín falso!"

Pedro: No, respeta mucho a Cervantes este Merlín falso. Pero quiere que se valore.
Un abrazo

lunes, 8 de febrero de 2010

Papa, no hagas caso, son todas bromas pesadas de los desocupados de los duques.



El dulce Merlín de Disney poco tiene que ver con éste del Quijote.

Ele Bergón dijo...

¡Jua!, como se nota que se acerca el carnaval. Los duques siguen con sus bromitas y menudo desfile de carrozas han montado.

Uno disfrazado de Merlín que a su vez se ha disfrazado de la muerte. ¡No tenía otra cosa que hacer! Y además que le da por hablar en verso dice que (copio)“… es menester que Sancho, tu escudero, se dé tres mil azotes y trescientos (además de hablar antiguo no sabe contar)
en ambas sus valientes posaderas, ( o sea con los calzoncillos bajados y el culo en pompa) al aire descubiertas, y de modo que le escuezan, le amarguen y le enfaden ( ¿será cabrito el tío?).

Y todo para que la novia imaginada del Alonso se vuelva guapa, cuando nunca lo ha sido. ¡Es que hay que joderse y perdonad por el taco!

Papa, no hagas caso, son todas bromas pesadas de los desocupados de los duques. Ya veo que te vas dando cuenta y te resistes. Que los azotes se los dé el Alonso que tú no tienes nada que ver en todo esto, no te metas que son cosas entre los dos. ¿No te das cuenta que el larguirucho siempre te lía en problemas? Déjalo ya y vente a casa que te estamos esperando como agua de mayo. Y encima la Dulci te intenta convencer poniéndote de vuelta perejil. Resiste padre, resiste. ¡ Hala!, ya te han chantajeado con la ínsula. Si es que no puede ser, te tienen comido el coco con esa tontería. Son malos todos. Ni tan siquiera te lo dejan pensar. Aquí te pillo y aquí te mato. ¡Menos mal que has puesto tus condiciones! Algo es algo.

¡Buf! Es que no lo aguanto. Me voy a dar unas cuantas patadas al balón que se me está poniendo una leche….

El Sanchico muy enfadado.

viernes, 29 de enero de 2010

"se les pasó el día y se les vino la noche... pero un cierto claroescuro que trujo consigo ayudó mucho a la intención de los duques"




"se les pasó el día y se les vino la noche... pero un cierto claroescuro que trujo consigo ayudó mucho a la intención de los duques"

Segunda parte del comentario al capítulo 34,2 del Quijote. Publicado en "La acequia".

La noche se echa encima. Noche de verano, con un claroscuro aliado de las intenciones burlonas de los duques.

Pasó el crepúsculo, ya no es momento de nubes encendidas. Sin embargo, el bosque arde o lo parece. Se oyen cornetas y otros instrumentos bélicos. ¿Pasa la caballería? El resplandor ciega los ojos, el ruido atruena los oídos. Agarenos lelilíes trompetas, clarines, tambores y pífaros. Para poner de punta los nervios más templados.

Pasmado el duque y suspendida la duquesa. Excelentes actores. Don Quijote se admira, Sancho tiembla.

Y, de repente, silencio, un terrorífico silencio. Aparece un espantajo vestido de demonio que hace sonar un cuerno, cuyo ronco sonido espanta a los presentes no conchabados.

Con toda naturalidad, el duque le llama “hermano correo” y le pregunta quién es, dónde va y qué gente de guerra es ésta. Contesta, con voz de dar miedo, que es el Diablo y va a buscar a don Quijote de la Mancha. Los de la guerra son seis tropas de encantadores que traen, sobre un carro triunfante, a Dulcinea encantada que no encantadora. Viene con Montesinos, que dará las instrucciones, a Don Quijote, para desencantar a su dama y volverla encantadora.

Don Quijote pone en duda que sea de verdad diablo. Si lo fuera, hubiera conocido, de un vistazo, al caballero de la Mancha, puesto que lo tiene delante. El del cuerno se disculpa, andaba despistado.

A Sancho le extraña que un demonio diga “En Dios y en mi conciencia”. Con ironía, apunta que es buen cristiano; lo cual demuestra que, incluso en el infierno, hay buena gente. La perspicacia de Sancho es intermitente...

El de los tres cuernos trae un recado del descorazonado Montesinos, para el Caballero de los Leones. Que le espere aquí mismo, que trae a Dulcinea, con orden de darle la receta del desencanto. Toca el cuerno, tutu tutú, y se va.

No sabemos quién queda más escamado, si Sancho o Don Quijote. El escudero, de ver cómo se empeñan en el embuste de una Dulcinea encantada. El caballero porque no puede asegurarse, a sí mismo, si es verdad lo de la cueva de Montesinos. Y ambos esperarán: intrépidamente el caballero y Sancho con reservas, que diablos y cuernos no le hacen ninguna gracia.

Se cierra la noche y, por el cielo, discurren luces como estrellas fugaces. ¿Fuegos de artificio?

Se oyen espantosos chirridos de ruedas macizas, como las que llevan los carros de bueyes; a ellos se unen ruidos de artillería, escopetas, voces de combatientes, lelilíes moros…Parece, que en el bosque, se estuvieran dando cuatro batallas, una en cada punto cardinal. Los duques non han reparado en gastos…

Don Quijote, tan valiente, ha de valerse “de todo su corazón” para sufrir aquel son tan horrendo. En cuanto a Sancho, se desmaya en las faldas de la duquesa, buen lugar para desmayarse. La gran dama recibe al desmayado Muy humana la señora duquesa. Mas “a gran priesa” manda que le echen agua en el rostro. Se espabila coincidiendo con la llegada del primer carro. ¡Qué mujer esta! ¡Lástima haber nacido villano!

Tiran del carro cuatro cachazudos bueyes, vestidos de luto y con un hacha de cera encendida en cada cuerno. Como toros embolaos, más o menos.

Y sobre un asiento alto, un venerable anciano, con luengas barbas blancas y ropa negra de bocací. Será buen tejido…

Lo guían dos feos demonios, tan feos que Sancho cierra los ojos para no verlos. Van a juego con el venerable, ay este adjetivo *.

Bueno, a lo que vamos, se levanta el viejo y se presenta como el sabio Lirgandeo, modestia aparte.

El siguiente carro lleva a otro anciano , igualmente modesto: el sabio Alquife. Nos da el dato de ser “el grande amigo de Urganda la Desconocida”.

El que llega a continuación no transporta a otro venerable sino a un “hombrón robusto y de mala catadura”. Qué miedo, dice ser Arcalaús el encantador. Si los otros dos van de sabios, éste se presenta como “enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda su parentela”.

Pasan los carros y paran un poquito más allá. Cesa el horrendo chirrido y se oye ¡música! Música suave y concertada. Sancho se alegra y opina que “donde hay música no puede haber cosa mala”.

Su venerada duquesa añade que “tampoco donde hay luces y claridad”. El escudero replica que” luz da el fuego y claridad las hogueras”, pero pueden abrasarnos. Muy fino hila el futuro gobernador.

Sancho relaciona siempre la música con la fiesta. No conoce otra…

Veremos, en el próximo capítulo, de lo que va tras la música.“Ello dirá” dice don Quijote.


Un abrazo, a los que pasáis por aquí, de María Ángeles Merino.


Pedro Ojeda Escudero dijo en "La acequia":

"Abejita de la Vega comenta primero la impresión de la Duquesa sobre Sancho para pasar a describir la montería y más tarde la procesión de carrozas y las reacciones de los protagonistas. Después publica la aportación semanal del Sanchico, gracias a Ele Bergón, que defiende a su padre. Para él no es simple, sino un poco pardillo."

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz0eP9n1VjK
Under Creative Commons License: Attribution Non-Commercial No Derivatives

Pedro Ojeda Escudero dijo en este blog:

"Eso sí es preparar una burla a lo grande.
Me gustan estas fotos: quién sabe si allí aparecerá otras carrozas."

Gracias,Pedro, por tus palabras. Por el páramo de Palacios, una carroza. No sé, no sé. Sor Austringiliana, igual...

jueves, 28 de enero de 2010

"y en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantó a recebirle don Quijote"





Cuchillería burgalesa y fiero jabalí listo para ser asaetado por lápices de colores.

Comentario al capítulo 34,2 del Quijote, publicado en "La acequia".

Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro
El duque y la duquesa se regocijan con las conversaciones quijotescas y sanchescas; pero son insaciables, quieren más y mejor diversión.

Y eso tan interesante de la misteriosa cueva de Montesinos, con el encantamiento de Dulcinea, les viene como anillo al dedo. Van a aprovecharlo para su montaje teatral. Ellos son “grandes” y pueden organizarlas a lo grande.

De lo que más se admira la duquesa es de la simplicidad de Sancho. Se ha tragado lo de Dulcinea encantada, habiendo sido, él mismo, el encantador y el embustero.

Preparan una montería, actividad fundamental en la corte de los Austrias, dinastía reinante en esos primeros años del siglo XVII. Y los “grandes” no van a ser menos que sus reyes. El duque nos explicará por qué es un ejercicio tan conveniente para los “príncipes” ociosos. ¿Se atreve Cervantes a insinuar una velada crítica a la monarquía?

Dan a don Quijote un vestido de monte, pero no se lo pone, de ninguna manera, que un caballero andante no lleva lujos. En cambio, Sancho acepta gustoso ese sayo verde de finísimo y costosísimo paño. Echa cuentas: podrá sacar unos maravedíes de su venta. No es la maleta de Cardenio, pero menos da una piedra.

Don Quijote va armado y en su rocín, Sancho de verde y en su rucio. Se meten en la tropa de los monteros. El cortés caballero andante toma las riendas del palafrén de la duquesa. Llegan a un bosque, donde se reparte la gente por diferentes puestos, y comienza la caza. El estruendo es tal que no se oyen los unos a los otros: ladridos, gritos, voces, el son de las bocinas…Guauuu guauuuu, tusoooo, ahí vaaaa, cuidadooo, tutú tutúuuuu.

La brava duquesa, qué mujer esta, con su venablo, se apea y se coloca en un puesto conocido, a la espera de los fieros jabalíes que han de pasar por allí. No han de pasar,si se les lleva hacia allí como a corderitos.

Don Quijote y el duque, apeados, se colocan a su lado. Y Sancho, detrás y sin apearse. Viene hacia ellos un enorme y fiero jabalí, menudos colmillos luce, qué espumarajos sanguinolentos asoman por su boca. Ay, qué don Quijote, otra vez, es el Cid Campeador ante el león y se quiere plantar ante el colmilludo. Pero este bicho no lleva trazas de darse la vuelta y enseñar los cuartos traseros, como aquel león de la jaula. Y estamos en la segunda parte y don Quijote ya no es lo que era.

También el duque tiene dispuesto su venablo, mas la valiente duquesa procura adelantarse a todos. El duque no se lo permite, a dónde va esta costilla mía tan osada...quieta mujer.

Sancho ve al animalillo y da a correr todo lo que sus cortas piernas dan de sí e intenta subirse sobre una encina demasiado alta. Cuando está a la mitad, cogido a una rama, se desgaja ésta; sin embargo no cae al suelo, quedando asido de un gancho del árbol. Ay, que su valioso sayo verde se rasga y el cerdo peludo puede alcanzarle. Comienza a pedir socorro con unos gritos tan lastimeros que muchos piensan que la fiera ya se ha puesto a la faena de despedazarle. Menudo trabajo tiene el animal...Al pie de la encina, el rucio; la lumbre de sus ojos, valiente y fiel.

Finalmente, el jabalí cae acuchillado por una lluvia de venablos, de diversas procedencias.


Don Quijote descuelga al desconsolado Sancho. Ay el sayo desgarrado, ay este sayo que valía un mayorazgo. ¡Qué exagerado eres, escudero!

El poderoso jabalí yace inerte sobre un mulo, cubierto de romero y mirto, como un victorioso despojo. Lo llevan a unas tiendas de campaña donde espera la comida aderezada y puesta en la mesa. Comida a lo grande, dada por “grandes” que no reparan en gastos. ¡Sustanciosas espumas!

¡Qué confianza tiene Sancho con la duquesa! Le muestra su llagado vestido y le manifiesta lo poco que comprende este tipo de caza. No entiende qué gusto se saca de exponerse a perder la vida, como aquel Favila comido por un oso. Don Quijote, muy redicho, ve conveniente aclararle que Favila fue un rey godo. Y Sancho que a eso va, que no querría él que príncipes y reyes se pusiese en tales peligros, para matar a un animal inocente. Monárquico escudero…

El duque interviene para señalar al ejercicio de la caza como el más conveniente para reyes y príncipes. Es como la guerra: hay estrategias, se pasa frío y calor, espabila a los ociosos y dormilones, mide las fuerzas y mantiene ágiles los músculos. Así que Sancho gobernador ha de ocuparse en la caza y le cogerá el gusto.

El aludido no está de acuerdo y parafraseando un refrán machista destinado a las sufridas mujeres casadas: “el buen gobernador, la pierna quebrada y en casa”. Nada de holgarse en el monte, el gobernador ha de permanecer en su puesto, la caza para los holgazanes. Más claro, agua. Ya saben reyes y príncipes:”Ni cazas ni cazos”. ¡Cuidado Cervantes con la monarquía, que es absoluta!

Cartas y bolos, sólo los domingos y fiestas de guardar. Ése es el plan de ocio del escudero gobernador. Y, cuando don Quijote le advierte que “del dicho al hecho hay gran trecho”, comienza a ensartar refranes: las prendas del buen pagador, el que madruga, las tripas y los pies…El galimatías refranesco que tanto suele irritar a su amo.

No sé por qué se enfada, si él acaba de decir, precisamente, un refrán. Pues lo hace, maldito seas, tengan cuidado con él, que les molerá las almas, con sus refranes mal encajados…

Mas la duquesa le defiende, estima más los refranes de Sancho que aquellos bien traídos y acomodados. Con estos me divierto mucho más. Entérese don Quijote. El escudero se derrite de gusto, qué gran señora ésta y cómo habla… (Continúa)


Hasta mañana, un abrazo a todos los que por aquí pasáis.

Pedro Ojeda Escudero dijo en este blog:

"En efecto, la Duquesa quiere divertirse. Lo que más llama la atención es que nos sea tan natural que no parara en derroches para ello: debió ser así en la realidad. Por cierto: no sé yo si a ese jabalí le hubiera dejado matar don Quijote..."

Menudo montaje teatral, Pedro, organizan estos impresentables. Gracias por tus palabras, tan atinadas.

viernes, 15 de enero de 2010

"...la doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras..."



Segunda parte del comentario al capítulo 32,2 del Quijote. Publicado en "La acequia".

El duque acaba ya su larga risa y se dirige al de los Leones, ya ha aprendido su nuevo apelativo, para dar por cerrada la confrontación con el eclesiástico. Su respuesta ha sido “altísima” y completa, para un agravio sólo aparente que, al igual que las mujeres, no agravian los eclesiásticos. ¡Otra vez con lo mismo!

Y don Quijote responde que así es: mujeres, niños y eclesiásticos no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, por lo tanto no pueden ser afrentados. Parece ser que, entre el agravio y la afrenta, hay una diferencia que nos ha de explicar con sesudos y bien traídos ejemplos. A estas alturas, el lector se pregunta cuándo dejará, nuestro querido hidalgo, el asunto éste de las afrentas. Menos mal que no se siente agraviado en su persona “porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar”. Eso sí, quisiera haberle podido sacado del error garrafal en que se encuentra, pensando que no han existido ni existen los caballeros andantes. Mal lo hubiera pasado el sermoneador si se entera Amadís u otro de su linaje.

El escudero confirma lo que dice su señor, especificando lo que hubiera hecho un Amadís o similar: rajarle como a una granada o melón. Buenos son esos para aguantar “semejantes cosquillas”. Y si lo oye Reinaldos de Montalbán, la que se arma. Pero Sancho… ¿cómo sabes tanto de libros de caballerías? ¿No eras labriego, analfabeto y con poca sal en la mollera? También es verdad que has hecho un curso intensivo, al lado de tu señor.

La duquesa “perece” de la risa y su favorito es el escudero, al que tiene por más gracioso y más loco que su señor. Su parecer es compartido por “muchos”… ¿Quiénes son esos “muchos”?

Al fin de la comida, el de los Leones se sosiega. Ya no ruge, digo ya no tiembla ni se le enreda la lengua. Cuatro doncellas llevan lo necesario para lavar las manos. La fuente y el aguamanil es de plata, las toallas son blanquísimas y riquísimas, el jabón redondo y napolitano. La de la fuente, muy desenvuelta ella, la encaja debajo de la barba de don Quijote y éste, un hidalgo de aldea al fin y al cabo, supone que será usanza de la tierra el lavar las barbas, en vez de las manos. Tiende la suya todo lo que puede, llueve del aguamanil y la doncella del jabón le manosea las barbas. Se las enjabona con rapidez, formando mucha espuma. No sólo las barbas, enjabona también la cara y los ojos. Tanto jabón le entra en éstos que le obligan a cerrarlos.

Los duques esperan en qué ha de pagar el extraño lavatorio, no saben nada de ello. La “doncella barbera” finge que se le ha acabado el agua y manda por ella. Deja a don Quijote cegado por el jabón. Los presentes disimulan, con gran esfuerzo, la risa. Las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, no se atreven a mirar a sus señores. La cólera y la risa libran una batalla en el cuerpo de estos odiosos duques. No saben si castigar el atrevimiento de las muchachas o premiarlas, por haberles hecho reír tantísimo.

Por fin, la del aguamanil aparece con el agua y aclara las barbas y la cara a don Quijote, devolviéndole el sentido de la vista. Le limpian y le secan despacio, muy despacio; que así es más divertido. No acaba ahí la burla, falta una grande y profunda reverencia para retirarse. Pero el duque no quiere que el enjabonado caiga en la burla, llama a la de la fuente y le ordena que también a él le lave las barbas; pero que no se le acabe el agua.

Así lo hace la “aguda y diligente” doncella. Lava, enjabona la ducal barba y se retira con reverencias. El duque hubiera castigado “su desenvoltura”, menudo era el duque…

Sancho mira atónito los lavatorios y piensa, como su señor, que será usanza de la tierra. En Dios y en su ánima que lo ha de menester, una buena jabonadura y si se las rapasen, miel sobre hojuelas. Pero, al muy pardillo, se le ocurre decir, en voz alta, que pasar por un lavatorio así “antes es gusto que trabajo”.

La duquesa, qué más quiere. Está dispuesta a ordenar que lo laven y que le metan en colada. Sancho, de momento, se contenta con las barbas, más adelante…

El maestresala se lleva a Sancho, quedándose en la mesa los duques y don Quijote, hablando de diversas cosas. Es el momento de tirar de la lengua al caballero respecto a su Dulcinea…

Están con su coloquio en torno a la del Toboso cuando se oyen voces y ruido. Entra Sancho asustado, con un trapo sucio a manera de babero. Tras él, una comparsa de pícaros de cocina y gente menuda. Uno trae una artesa pequeña llena de agua de fregar, grasienta y maloliente. Persigue al escudero y pretende encajarle la batea debajo de la barba. Otro se la quiere lavar.

La duquesa pregunta con sorna qué quieren con ese buen hombre, si no consideran “que está electo gobernador”. El pícaro barbero contesta que no quiere dejarse lavar como lo hizo el señor duque y el señor su amo.

Sancho, colérico, contesta que querría sí, pero con toallas limpias, lejía clara y manos menos sucias. Que tanta diferencia no hay de él a su amo, que a él le lavan con “agua de ángeles” y a él con “lejía de diablos”. Él tiene las barbas limpias y está dispuesto a dar un puñetazo a quien le toque un pelo. Menudos agasajos los de este palacio…

La duquesa no puede más de risa de oír a Sancho; pero don Quijote viendo tan mal aliñado a su criado, sale en su defensa. Hace una profunda reverencia a los duques y, con voz reposada, pide a la comparsa del sucio lavatorio que le dejen y se vuelvan, que su escudero limpio es. Y “ni él ni yo sabemos de achaques de burlas”.
Sancho manifiesta que no aguanta más burlas, que traigan un peine y le almohacen la barba y que le trasquilen, si sacan alguna cosa…debe referirse a aquellos bichillos que emigraban al llegar al ecuador. ¿Os acordáis de lo que se extrajo del muslo, a orillas del Ebro?

La duquesa, riéndose, le da la razón y “reprende” a los de la artesa guarra, “ministros de la limpieza”. Han sido descuidados, en vez de traer fuentes y aguamaniles de oro puro con toallas alemanas, han usado artesas, dornajos…Les dice que son malos y mal nacidos, son unos malandrines que no saben disimular la ojeriza que tienen a los escuderos de los caballeros andantes.

Los apicarados y el maestresala creen que la señora habla de veras y se retiran, confusos y avergonzados.

Sancho se arrodilla, agradecido, ante la duquesa. La gran merced que la gran señora le ha hecho no puede pagarse sino con desear verse armado ¡caballero andante! Así podrá dedicarse a servir atan gran señora. Quijotizado del todo está nuestro escudero. Aunque, a continuación, desciende a la realidad y declara ser labrador, casado, con hijos y escudero. Mande la señora lo que quiera, que él tardará menos en obedecer que ella en mandar.


Un abrazo a todos los que pasáis por aquí, de María Ángeles Merino Moya


Pedro Ojeda Escudero dice en "La acequia":

Para la primera parte de su comentario, Abejita de la Vega elige la defensa de la caballería andante de don Quijote, con ilustración oportuna. Después se centra en las atenciones que les prestan las doncellas a nuestros personajes: no os perdáis la imagen, con espuma de afeitar y todo.


Leer más: http://laacequia.blogspot.com/#ixzz0d5qJ6le9
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También dice en este blog:

¡Cómo juega con nosotros y nuestras emociones Cervantes en este capítulo!

Dejémosle jugar...Un abrazo

domingo, 10 de enero de 2010

Vaya, vaya, cómo son recibidos el Alonso y mi padre, ni que fuesen de la alta alcurnia.



Ilustración de Gustavo Doré

Ele Bergón dijo:


Hola troncos y troncas.

Se terminan las vacas y otra vez al insti para aguantar a los profes y ver a los coleguis.

Vaya, vaya, cómo son recibidos el Alonso y mi padre, ni que fuesen de la alta alcurnia. Aunque les obligen a pasar por el agua. No sé el Alonso, pero a mi padre no le gusta nada eso de lavarse.Seguro que en el tiempo que andan por ahí pocas veces se habrán duchado. Se parecen a mi hace algunos años. Ahora no, ahora me regañan porque gasto demasiado agua, pero es que quiero estar limpio para que me vea Nerea, aunque estos días con el frío que hace y las nevadas que caen, no puedo perder el tiempo en el kiosko. Me pasmo. ¡Qué rollo!

¿ A qué ton tiene que llamar mi padre vieja a esa señora tan peripuesta? Con razón el Alonso le echa una buena bronca por ello.

Por cierto que el larguirucho desnudo tiene que ser la pera. Ja, ja, ja yo es que me parto.

Me parecen un poco pardillos los duques ( yo se de una que nació en Pardilla, así que ella lo debe ser de nacimiento) mira que creerse todas las tonterías que inventa el Alonso..aunque no es tan tonto como parece pues sabe que puede sacar tajada con esto de los duques, por eso tiembla cada vez que mi padre abre la boca, como la tontería de cuento que suelta allí, delante de todos y que no dice ná.

Buenos consejos le da el cura al Alonso. Es lo que tenían que hacer volverse ya a casa que ahora las carreteras no están para que anden por ahí a la buena de Dios, claro que de momento si están con los duques pues bueno, no están mal.

Choque de manos.

Por cierto abejita, por si no lo sabes, aunque quizá lo hayas mirado ya, Tembleque es un pueblo de Toledo donde hay una de las plazas más bonitas de España y el nombre viene de temblor por el miedo que pasaban sus habitantes.

Besos para ti de la ele.