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martes, 7 de septiembre de 2010

Burgos y San Sebastián,según el "Civitates Orbis Terrarum"


Burgos y San Sebastián,según el "Civitates Orbis Terrarum"


Ayer, lunes 6 de septiembre, Pedro Ojeda, en "La acequia", incluyó un "bello grabado de Barcelona tal y como era en las décadas finales del siglo XVI, cuando la conoció Cervantes". Pertenece al libro "Civitates Orbis Terrarum" y su autor es el alemán Georg Braun.

Burgos y San Sebastián figuran en la misma página de esta especie de Atlas de finales del siglo XVI. Son unas imágenes muy curiosas.

¿Qué reconocéis en ese Burgos y en ese San Sebastián del XVI?

La catedral de Burgos está...


"Recluta pardillo" me envía esta imagen de Burgos, mucho más moderna, tomada también desde el sur. Podéis comparar. Gracias.

lunes, 23 de agosto de 2010

¡Menos mal que al final todo se distrae con lo que pasa por el mar!



Fotos Ele Bergón. Puerto de Barcelona.

Ele Bergón dijo:

Hola coleguis ¿Qué tal el verano? ¡Qué poquito nos queda! No lo quiero ni pensar.

¡Cuánto recibimiento y cuánta pamplina! Qué importante le hacen ser al Alonso en Barcelona. Mientras, mi padre, como simpre, en volandas y sin tener opción para decir que le dejen en paz. ¡Qué injusticia!

Y vuelta la burra al trigo. Otra vez con lo de los azotes y el desencanto de Dulcinea. ¡Qué cansino es el Alonso!¡Menos mal que al final todo se distrae con lo que pasa por el mar! Como yo soy de tierra adentro, pues la verdad no lo entiendo mucho. Eso de que la mujer se disfrace de hombre y de cristianos por aquí y moros por alli, y como estoy de vacas, pues eso, que no me apetece calentarme la sesera con esas historias que escribe el Cervantes.

Choque de manos

El Sanchico


Pedro Ojeda dice en "La acequia":
"El Sanchico -vía Ele Bergón-, sale en defensa de su padre sobre los azotes y no comprende por qué tanto jaleo a causa de una mujer vestida de hombre... Cómo se nota que el buen muchacho es de otros tiempos."

Leer más: http://laacequia.blogspot.com/search/label/Para%20una%20lectura%20de%20El%20Quijote#ixzz0xVGvYBbI
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lunes, 16 de agosto de 2010

- Ya, ya, pues sabes que te digo Sanchico, que ahora mismo nos vamos tú y yo a Barcelona.


Ele Bergón, mi amiga Luz del Olmo, dijo:

Hola coleguis.

Oigo que dice mi madre:

-Y ¿por dónde andará este hombre? ¿En qué andurriales se habrá metido?

- En Barcelona mamá, están en Barcelona.

-Pero ¿qué se les ha perdido allí, en esa ciudad tan grande? Y ¿tú como lo sabes Sanchico?

- Lo sé, porque tengo unos amigos cibernautas

-¿Ciber que?

-Bueno es igual, que estos amigos están leyendo todas las aventuras que les pasan a padre y al Alonso. Y me lo han dicho. Bueno lo he leido

-¿En vacaciones también leen?

-Si mamá, es que a ellos les gusta mucho los libros y en especial "Don Quijote de la Mancha"

- Ya, ya, pues sabes que te digo Sanchico, que ahora mismo nos vamos tú y yo a Barcelona.

_¿De verdad? ¡Qué bien me voy a la playa a ver las pibitas en bikini!

-Bueno yo a quien quiero ver es a tu padre Sancho, que ya hace mucho que se fue y le estoy echando en falta.

Asi que aquí estamos en Barcelona y nos hemos enterado que el tal Don Quijote, es decir, el Alonso y mi padre Sancho andan en casa de un tal Antonio Moreno y parece ser que el Alonso lleva un cartel que dice que es Don Quijote, por eso todos lo conocen. Y el iluso del Alonso y claro mi padre también, sin enterarse. ¡Que bromas tan pesadas gastan algunos!

Aún no los hemos encontrado, pero en cuanto aparezcan, mi madre viene dispuesta a llevárselos a casa que ¡ya está bien! de andorrear por ahí sin ton ni son.

Si os digo la verdad yo estoy disfrutando mucho, pues me gusta estar con mi mami sin compartirla con nadie. Mi hermana Sanchica también se ha ido a la playa con su novio el segurata, así que por ahora lo de encontrar a mi padre, pues, no sé, no me importa tanto

Choque de manos

El Sanchico

viernes, 6 de agosto de 2010

En Barcelona, Don Quijote y Sancho abren sus ojos al mar y a un mundo nuevo.

Comentario al capítulo 2,61 del Quijote, publicado en "La acequia":

"De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto."

Tres días y tres noches vive don Quijote la agitada vida de Roque Guinart. Mira y admira, ésta sí es vida para un caballero andante. De aquí para allá, huyendo sin saber de quién, esperando sin saber a quién, durmiendo de pie, despertando al sueño…Arcabuces, mechas, pedreñales, espías y centinelas componen la vida del bandolero. Mas ha de pasar las noches en soledad; con el temor de que, uno de los suyos, lo mate o lo entregue, atendiendo a los bandos que el virrey ha echado sobre su vida. En realidad, es una vida “miserable y azarosa”…

Roque, con seis de sus escuderos, acompaña a don Quijote y Sancho, en su viaje hacia Barcelona, por los caminos menos concurridos.


"En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona."


"Llegaron a su playa la víspera de San Juan, en la noche."

Llegan a su playa, la víspera de la Degollación de San Juan, el 29 de agosto. El cumplido bandolero les deja “con mil ofrecimientos”, no sin antes dar a Sancho los diez escudos prometidos.



"Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo horizonte poco a poco se iba levantando."

Don Quijote, en una noche de resonancias mágicas y literarias, espera el día a caballo y no puede faltar un poco de esa parodia del amanecer novelesco y caballeresco, a la que tan acostumbrados nos tiene, con la faz de la blanca aurora, los balcones de Oriente, la alegría de yerbas y flores… Pero, en lugar del canto de los “pintados pajarillos”, oímos el son de chirimías, atabales y cascabeles. Y la aurora da lugar al sol, que ya no es el rubicundo Apolo desperezándose, menos mal.


"Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo , harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían visto".

Don Quijote y Sancho alargan la vista, en todas direcciones, están viendo el “espaciosísimo” mar por primera vez. ¡Se quedan tan chicas, a su lado, las lagunas de Ruidera!


Réplica de La Real, la que fuera nave capitana de Don Juan de Austria en la Batalla de Lepanto.

Y no para ahí su asombro. Retiran sus toldos y se ponen en marcha unas galeras, con sus banderines al viento y su belicosa música, simulando una escaramuza, jugando a la guerra. Sancho no puede imaginar cómo pueden tener tantos pies esos bultos que corren por el agua. Disparan artillería a la que responden los cañones, desde las murallas.

Y de la bulliciosa ciudad surge una multitud de caballeros con hermosos caballos y vistosas libreas. Es una singular experiencia para dos aldeanos, acostumbrados a la soledad y el silencio de los caminos.

Todo es alegría y claridad, aunque el humo enturbie un poco el aire. Es una batalla naval festiva y de juguete, en nada semejante a las reales que conoció Cervantes. No es Lepanto…

Los de las libreas llegan corriendo, con gritos agarenos de guerra, lelilíes, hasta un atónito don Quijote. Uno de ellos, avisado por Roque, da la bienvenida a la ciudad al “espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante”, al “valeroso don Quijote de la Mancha”.



"...el verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores"

Y, a continuación, Cervantes se saca la espina porque se repite la bienvenida pero, matizando, no al “apócrifo” sino al “verdadero, el legal y el fiel”, el del historiador Cide Hamete Benengeli.

Don Quijote no responde ni nadie espera que lo haga. Los que le siguen caracolean alrededor de su persona; pero él lo que desea es hablar con Sancho cuanto antes, para comentarle que “éstos” nos conocen, han leído su verdadera historia e incluso la falsa, la del aragonés.

El caballero que le dio la bienvenida le pide que se venga con ellos, todos servidores y amigos de Roque Guinart.

Don Quijote encantado con la cortesía de quien se lo solicita, manifiesta que, faltaría más, puede llevarlo donde quiera; a lo que su interlocutor responde con el mismo comedimiento. Así que, rodeado por los incondicionales del bandolero, se encamina a la ciudad, al son de chirimías y atabales.


"y, alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas"

Entra tan feliz en la ciudad que , el maligno, deseando amargarle un momento tan dulce como éste, hace de las suyas. Se sirve de unos chicos traviesos, los cuales se cuelan entre el gentío, levantan las colas del rucio y del rocín y les encajan, en tan delicada zona, sendos manojos de espinosas aliagas. Los pobres animalillos reaccionan dando “corcovos” y tirando a sus dueños al suelo.

Don Quijote, abochornado y ultrajado, acude a quitar ese “plumaje” tan doloroso de la cola de su caballejo. Sancho hace lo propio con el rucio.

Los acompañantes quieren castigar a los muchachos, pero se escurren entre la multitud y échales unos galgos a las creaturas.

Don Quijote y Sancho llegan a casa de su guía, grande y principal, como propia de un caballero rico. Y ahí lo dejamos, por orden de Cide Hamete. Ahora, Cervantes, da más autoridad que nunca al Benengeli.

Un abrazo para todos de María Ángeles Merino Moya


jueves, 29 de julio de 2010

Capítulo que comienza una fresca mañana y en el que don Quijote tiene que habérselas con Sancho y con un bandido generoso.

El capítulo comienza con una fresca mañana, como ésta de hoy, 29 de julio de 2010, por lo menos aquí. La de don Quijote creo que era de mediados de agosto.

Comentario al capítulo 2,60 del Quijote, publicado en "La acequia".

De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona

Llevamos leído mucho Quijote, novela sin frío, calor, lluvia, viento ni tormentas. Sin embargo, con muy escasos datos, nos situamos en un cálido y seco verano manchego o aragonés. Las inclemencias del tiempo se obvian en este libro; pero, en el capítulo 2, 60, la mañana es fresca y el día lo va a ser también. Están pasando de tierras aragonesas a tierras catalanas…

Don Quijote sale de la venta con instrucciones acerca del camino que ha de tomar para ir derechito a Barcelona, sin pasar por Zaragoza. Ha de quedar como mentiroso ese “nuevo historiador” que le ha puesto de chupa de dómine.

Al cabo de seis días de monótono camino, se les hace de noche entre una espesa arboleda. Amo y mozo se recuestan sobre unos troncos, procurando que se adapten a su anatomía, algo difícil. Un poco durillos el colchón y la almohada…

Sancho duerme pero don Quijote no pega ojo, viajando con el pensamiento. Las imágenes van y vienen: la cueva, una soez Dulcinea brincando sobre la pollina, Merlín que pone condiciones y Sancho, tan flojo y escasamente caritativo, que sólo se ha dado cinco azotes.

No se imagina el durmiente Sancho lo que está tramando su amo. Enojado, piensa que si a Alejandro le dio lo mismo cortar que desatar, lo mismo será que los azotes se los dé otro. Él mismo puede propinárselos. ¡Qué idea! ¡A por él!

Y, ni corto ni perezoso, agarra las riendas para zurrarlo y comienza a desatarle las dos cintas de los greguescos, una especie de pantalones cortos ahuecados. Pero Sancho despierta y don Quijote le reprocha que, por su descuido, Dulcinea “perece”; así que ha de bajárselos para recibir unos dos mil azotes.

Sancho se niega. Quietecito o le ha de oír. Los azotes del desencanto son voluntarios, nunca a la fuerza. Ahora no tiene ganas, ya le avisará cuando las tenga, un día de éstos. Y si son de mosqueo, también puntúan. Recuerde que dio su palabra y eso ha de bastarle, impaciente amo.

Don Quijote, desesperado, intenta desatarle los dos lazos que sujetan precariamente los greguescos. A continuación, Sancho nos deja con la boca abierta cuando le arremete, le pone la zancadilla y lo inmoviliza en el suelo. ¡El traidor criado atacando a su amo! Imagen escandalosa en una sociedad de rígida estructura. Muy crecido se siente el escudero, para tal atrevimiento. Incluso parafrasea aquello de “ni quito, ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. Sancho ni quita ni pone y ayuda a su señor, el cual no es otro que él mismo. Y si le promete no azotarle, lo soltará. De lo contrario, amenaza con un “aquí morirás, traidor…enemigo de doña Sancha”, encajando un verso del romancero. Se lo promete, si se pone así…

Sancho se levanta y busca un árbol más alejado, por si acaso. Siente que le tocan en la cabeza, levanta las manos y se encuentra con los pies de un hombre, calzado y todo. Tiembla, se va hacia otro árbol y lo mismo. Da voces y acude don Quijote que, enseguida cae en la cuenta del significado de tan macabro espectáculo. Aquellos racimos son cuerpos de bandoleros ahorcados por la justicia, de lo cual deduce que están cerca de Barcelona.

Amanece y se ven rodeados de cuarenta bandoleros, vivitos y coleando, que les dicen, en catalán, que se estén quietos, hasta que llegue su capitán.

Don Quijote lo entiende. A pie y desarmado, no es momento de locuras. Cruza las manos y espera.

Los bandoleros limpian las alforjas y la maleta que lleva el rucio, menos mal que Sancho lleva los escudos en la faja. Van a mirar sus intimidades, pero, en ese momento, llega su capitán y les ordena que no lo hagan. Admirado de ver la triste figura de don Quijote, se llega a él y le dice que no esté tan triste, que no ha caído en unas manos crueles sino en las del compasivo Roque Guinart.
Roque Guinart según Ana Queral.

El caballero sabe quién es el tal Roque, tal es su fama. Le responde que no le pone triste caer en su poder sino el haber faltado a la orden de la andante caballería que le obliga a vivir alerta. Si le hallaran armado y sobre su caballo, no les fuera fácil rendirlo. Y se presenta como don Quijote de la Mancha, de hazañas famosas en todo el orbe.

Al oírlo, Roque lo considera como más loco que valiente. Aunque había oído hablar de él, nunca tuvo por verdaderos su hechos. Se alegra mucho de haberlo encontrado y le dice que no considere el encuentro como fruto de la “siniestra fortuna”, que el cielo ayuda dando extraños rodeos.

Cuando Don Quijote va a dar cortésmente las gracias, oye un ruido de caballos, a sus espaldas. A toda furia llega un mancebo veinteañero, impecablemente vestido y sobradamente armado: daga, espada, escopeta y dos pistolas. Lleva prisa, urgentemente quiere hablar con Roque…

 Se acerca y ¡sorpresa! Sus ropas masculinas ocultan a una hermosa muchacha llamada Claudia Jerónima, hija de un tal Simón Forte, amigo de Guinart, al que le une la común enemistad con un tal Torrellas, el cual tiene un hijo, el Vicentet, del cual se enamora la forte doncella , a escondidas de su señor padre. ¡Uf! Que la mujer más encerrada pone en marcha rápidamente sus “atropellados deseos”. ¡Ay, Cervantes!

Él le promete, ella le da la palabra, mas no pasan a las “obras”. Pensamos que hemos entendido, no la ha deshonrado. Mas, unas líneas más abajo, se entera de que va a desposarse con otra y, sin permitir que se explique, le cose a balazos y le abre “puertas” por donde, dice, va a salir la sangre junto a su honra. Ya saben: glóbulos de honra. ¡Qué bruta! Y allí lo deja, que ni sus criados se atreven con ella.

Claudia Jerónima pide a Roque que le pase a Francia y, también, que defienda a su padre de la venganza de los de don Vicente.

Guinart, admirado pero prudente, quiere comprobar si el Vicentito está muerto.

Don Quijote, como caballero andante, se ofrece a hacerle cumplir la palabra prometida. Sancho avala las habilidades casamenteras de su señor; pero Roque sólo tiene ojos para Claudia y no hace caso ni a uno ni a otro. No entiende nada y les pide que se retiren a donde pasaron la noche. Ordena a sus escuderos que les devuelvan lo del rucio y se va con la vengativa mujer a buscar a Vicente, herido o muerto.

Cuando llegan, ya se lo llevan sus criados, para curarlo o enterrarlo. Claudia se llega a él y, enternecida pero rigurosa, le dice que si le diera sus manos a tiempo, no se viera así. El moribundo caballero le asegura que la han engañado, que él no se va a casar con la tal Leonora. Alguien quiso provocar sus celos. Y la quiere tanto, tanto que desea recibirla por esposa, asesina pero esposa. Él le aprieta la mano y ella se desmaya. Don Vicente muere y a Claudia la espabilan con agua fría. Chilla, se arranca los cabellos, se araña y se desespera desesperadamente. Todos lloran, incluso el duro bandolero.

Claudia Jerónima se va a un monasterio y se niega a que Roque la acompañe. ¡Ay, los celos! Y así termina este relato truculento, sin que intervenga ni Sancho ni don Quijote. ¿Por qué esta historia tan "postiza"? ¿Está parodiando ciertas novelas sentimentales?

El capítulo continúa, Roque se los encuentra donde los dejó ...El encantador bandido asalta a un grupo de viajeros y realiza un peculiar reparto del botín. Y da aviso a sus amigos de Barcelona, ahí va don Quijote.

Un abrazo de María Ángeles Merino Moya

Os pongo este enlace, es un artículo de "El País", de Antonio Muñoz Molina, comentando un libro del filólogo Rico. Entre otras cosas dice que, en el Quijote, siempre es verano.

Un abrazo de María Ángeles Merino , en especial para Pedro Ojeda.