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miércoles, 8 de noviembre de 2017

Mujeres opiladas




Hoy quiero hacer una entrada diferente, de la mano de mi madre y del imborrable recuerdo de una representación teatral en que participó, dirigida por una excepcional profesora de literatura, "dos años después de la guerra", en Alcalá de Henares. Nos turnaremos para tirar del hilo. Comenzamos:

El acero de Madrid (Beltrán, Belisa, Teodora y Leonor)

Como otras muchas tardes, mi madre se aburre de ver la televisión y me dice que le cuente lo que escribo. Estoy con la entrada sobre Aventurarse perdiendo, la primera de las Novelas amorosas y ejemplares de María de Zayas.

Le cuento por encima el argumento y llego al momento en que, estando el amor de Jacinta y don Félix en "sabroso estado", se cruza una hermosa y rica prima que pone en peligro los sueños de la protagonista. No contaba Jacinta con la llegada de Adriana, que se enamora locamente de su primo y enferma gravemente al ser rechazada. Persuadido por su tía, don Félix le da palabra de matrimonio para que sane pronto; pero tranquiliza a Jacinta asegurándola que romperá su compromiso. Jacinta, por si las moscas, se le entrega "en cuerpo y alma". 

El médico determina "que doña Adriana, tomando un acerado xarabe, saliese a hacer exercicio por el campo, porque como no podía verse el mal del alma, juzgaba por la pérdida de color que eran opilaciones". Ante el desamor del primo, la presunta opilada se suicida añadiendo solimán al medicamento. 

Mi madre reacciona al oír la palabra:

-¡Opilada como la Belisa de El acero de Madrid de Lope de Vega! 

-¿La obra de teatro que representasteis en el Instituto de Alcalá? ¡Me lo has contado muchas veces! ¡Hiciste el papel de la esclava Leonor!

-¡Y me felicitaron! 

-Bueno, cuenta y yo tomo nota. 

-En el Instituto donde yo iba, que estaba en  el edificio de la Universidad de Alcalá de Henares, la profesora de Literatura dijo que íbamos a hacer una función: El acero de Madrid de Lope de Vega. Era una mujer muy agradable y sencilla, la más maja de todas. Nos daba las clases de una manera muy amena y cuando nos decía que estaba enamorada de Lope, nos reíamos. No me acuerdo como se llamaba. Era encantadora y nos quería mucho.



Se dio la función en un patio de la Universidad, el que está nada más entrar. Todo lo trajeron de Madrid: los trajes, el decorado, con un decorador, y uno que nos maquilló. Pusieron como que era un jardín, un asiento y una mesita donde se sentaban. La ropa era cara y buena. 

La hija del portero del instituto hacía de Belisa, la dama más importante, vestida de azul claro y muy elegante, fingía estar "opilada", con una cara muy muy seria y pálida. Lisardo, un caballero joven, era su amor y no el que quería su padre. Y su tía, Teodora, vestida de oscuro y con un lunar con pelos al lado de la boca, no dejaba que se acercara. 




A mí me escogieron para ser Leonor, un personaje cómico, una esclava de aquellos tiempos. Yo servía a la "opilada" y llevaba el pelo largo, con una especie de cofia blanca cogida atrás, la falda roja y ancha y la blusa blanca, de encaje y muy escotada. Mi novio era el chico vestido de negro, Beltrán, que se hacía pasar por médico pero no era médico. Beltrán y yo hacíamos la gracia y la gente se reía mucho. Me llamaba "mi tollo", decía: "Volveráse mi tollo, dirá que es tarde", y a mí no se me ha olvidado. 



 Lo que era muy bonito era la ropa de los caballeros, de colores azulón, rojo y verde, con sombreros muy anchos y plumas largas. Saludaban a las damas, arrastraban el sombrero, hacían la reverencia y tan contenta las damas. Eran lo menos cuatro o cinco caballeros, con el que hacía de padre y todo. Las pelucas de los chicos eran hasta los hombros. Todo eso lo recuerdo bien. 

 Fue mucha gente, entre ellos el general Utrilla. El alcalde hablaba con mi padre, viendo la obra. Le dijo: "Moya, ésta, la cómica, debe de ser una artista que han traído de Madrid". Y mi padre le contestó : "es mi hija que en la vida las ha pasado más gordas".


Me gustó mucho la función, por eso cuando me dijeron que íbamos a hacer La vida es sueño me apunté enseguida. La profesora dijo: si hacemos La vida es sueño, María Ángeles es Rosaura. No me acuerdo por qué no se hizo, se empezó; pero costaba mucho dinero y no se llegó a hacer.



-En vista del interés de mi madre, fui a la biblioteca y volví con un tomazo de Comedias de Lope de Vega. Me pidió que le contara el argumento y le leyera algunos trozos. Lo que más le intrigaba era por qué Belisa se fingía opilada y se había buscado un falso médico:

"Los amores de Lisardo y Belisa son imposibles porque Teodora, la tía de ésta, ejerce a conciencia su función de protectora y no permite que ningún hombre se le acerque. Así que Belisa inventa un plan para hacerlos posibles: se fingirá opilada y Beltrán, el criado de Lisardo, se hará pasar por médico y le recetará tomar acero y pasearlo..."

-Así que era un pretexto para pasear con el novio. ¿Y por qué tomaban acero?

-Porque comían barro. Lope de Vega incluye, en la obra, una canción popular: 

"Niña del color quebrado.
o tienes amor, o comes barro..."


Consideraban la blancura de la tez como algo muy seductor. Para ello, ingerían arcilla lo que producía una anemia que llamaban opilación. El barro se comía en pastillas con azúcar y ámbar o dando mordisquitos a las vasijas de la casa. Los médicos prescribían agua con polvos de hierro que había que tomar en ayunas y dar a continuación un largo paseo para asimilarlo, lo que llamaban "pasear el acero".




-¿Y no se morían de atasco? Primero comían barro y luego agua con hierro...

-Alguna moriría...

-¿Todo por tener la piel muy blanca?

-También se utilizaba como alucinógeno, como cuestionable método anticonceptivo o , todo lo contrario, para favorecer la fecundidad. Así fue en el caso de María Luisa de Orleans, consorte de Carlos II, que ingirió la arcilla para quedarse embarazada del monarca y murió de obstrucción intestinal. Incluso a la infanta Margarita, la de Las Meninas, le ofrecen un búcaro. 



-¡Pero si era una niña pequeña! ¡Sería para beber agua!

-Hay un estudio que apunta la posibilidad de que el búcaro que le ofrecen "no es para beber agua, sino para masticarlo, e incluso comerlo e inducir las opilaciones o interrupción de los ciclos menstruales". ¡Dicen que la infantita tenía un grave problema hormonal y que menstruaba! La consanguinidad de los Austrias era brutal y ya vemos las consecuencias. 

-¡Pobres mujeres aquellas! 

-Opiladas, tenían obstruido, cerrado el paso, en todos los sentidos. Y no había jarabe acerado que abriera el paso a la "igualdad de almas" que valientemente defendía María de Zayas:

"Porque las almas no son hombres ni mujeres. ¿Qué razón hay para que ellos sean sabios y nosotras no podamos serlo?"

-¿Os habló de María de Zayas aquella profesora de literatura?

-No lo sé, igual sí. Era una mujer muy avanzada. 

-La  luz de esa profesora brilla todavía en tus recuerdos, mamá. Es la luz de una estrella extinta, sigue llegando a ti, aunque seguramente haya muerto. 

-"Volveráse mi tollo, dirá que es tarde".





Un abrazo de María Ángeles Moya García y María Ángeles Merino Moya.


Nota aclaratoria: Mi madre no recordaba los nombres de los personajes pero yo me tomé la licencia de recordárselos, con ayuda del tomazo de las Comedias de Lope de Vega. 
http://www.abc.es/espana/madrid/abci-comer-barro-anticonceptivo-utilizaba-nobleza-madrid-siglo-201510272146_noticia.html
http://www.larevistadelosamigos.com/articulo.php?id=210&desc=OTRA+VISION+DE+LA+FAMILIA+DE+FELIPE+IV
http://sdelbiombo.blogia.com/2010/121401-la-opilacion-o-el-bucaro-de-las-meninas.php
http://www.fonsado.com/2009/07/el-bucaro-de-las-meninas.html
http://escribirhistorica.blogspot.com.es/2016/02/droga-para-una-infanta-hay-que-ver-no.html

lunes, 16 de octubre de 2017

"Aventurarse perdiendo" y la firmeza en la mujer.


Comentario a la novela corta Aventurarse perdiendo que forma parte de las Novelas amorosas y ejemplares de María de Zayas Sotomayor. Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

En la entrada anterior, hablábamos de mujeres fugitivas por amores. Imaginábamos tal condición en la hermosa joven de una pintura que nos traía a la memoria a la Dorotea de Cervantes que, a su vez, relacionábamos con Jacinta, la protagonista de Aventurarse perdiendo, de María Zayas. Mirad, por ahí viene Austri, mi habitual compañera de lecturas.

-¿Qué hacías ahí, junto al río?

-Estaba mirando a unos novios que ensayaban poses para las fotos de su boda, aleccionados por el fotógrafo. Parecían escapados de una tarta. ¡Cuánta dulzura!

-Olvida la dulzura que vamos, de nuevo, con doña María de Zayas y su novela Aventurarse perdiendo. Recuerdas que en las Novelas amorosas y ejemplares , la ilación se realizaba  al modo "bocacciano", como en el Decamerón, uniendo las historias por medio del artificio de la tertulia reunida que anima cada noche uno de los cinco concurrentes: cinco damas y cinco caballeros. No huyen de la peste sino que se entretienen en un animado "sarao", en honor de Lisis, enferma de cuartanas. 

-¿Sarao?

-Una fiesta con baile y música. Una palabra que yo asocio siempre con María de Zayas porque recuerdo cuando estudiaba, hace unos pocos añitos, en la Historia de la Literatura española de José García López  que traía muy poquita  información sobre dicha escritora y en letra pequeña, como autora de libros de "saraos", vocablo para mí entonces desconocido. No se me olvidó la palabreja, vete a saber por qué, caprichos de la memoria. Tal vez me chocara que el manual diera tan poca importancia a los escritos de una mujer del siglo XVII. 



-¿Cuartanas?

-Sí, fiebre palúdica que se repite cada cuatro días, algo que aquí sólo recuerda la gente muy mayor. 

-Vamos con la novela. La narradora Lisarda, abre el fuego con una presentación que da una cal y otra de arena, a "damas y nobles caballeros". Me imagino a unas y otros sonriendo con intermitencias, al escuchar:

"...veréis cómo para ser una mujer desdichada, cuando su estrella la inclina a serlo, no bastan exemplos ni escarmientos; si bien serviría el oírla de aviso para que no se arrojen al mar de sus desenfrenados deseos, fiadas en la barquilla de su flaqueza, temiendo que en él se aneguen, no sólo las flacas fuerzas de las mujeres, sino los claros y heroicos entendimientos de los hombres, cuyos engaños es razón que se teman, como se verá en mi maravilla..."


-Como decíamos en la entrada anterior, Austri y yo, ascendimos, no sin dificultad, "por entre las ásperas peñas de Monserrate". Subir a una montaña es siempre un reto. La nuestra era una expedición literaria, y un tanto feminista, en busca del personaje de Jacinta, vestida de zagal; la que se aventura por amor una y otra vez y siempre pierde...mas no la firmeza, a pesar de "la barquilla de su flaqueza". 

-Pobre barquilla mía,
y entre las olas sola:...

-Austri, ya sé que te gusta mucho ese poema de Lope de Vega...seguramente a doña María también. Era muy de Lope. El Fénix de los Ingenios  le dedicó la Silva VIII, en su Laurel de Apolo:

¡Oh dulces Hipocrénides hermosas!
Los espinos Pangeos
aprisa desnudad, y de las rosas
tejed ricas guirnaldas y trofeos
a la inmortal María de Zayas,
...

Dejamos para luego a las Hipocrénides y a los Pangeos, que ya te veo con el de la RAE y la Wikipedia. A lo nuestro, vamos a recorrer el mismo camino del personaje Fabio,  el"virtuoso" caballero madrileño que, tras su visita de negocios a Barcelona, busca sustento  espiritual en el entorno de Monserrat, donde visita "devotas celdas y penitentes monjes". ¿Recuerdas? 

-Una situación convencional a la que la escritora da la vuelta: Fabio escucha el canto de un zagal que resulta ser una mujer "desdichada" que narra su larga y complicada historia sentimental. Hoy la calificaríamos de culebrón. La de los monjes sería leve penitencia, tan santos ellos que los paxarillos vienen a sus manos a comer migajas de pan. ¡Qué ternura tan edificante!



-Como Fabio, Austri y yo, después de visitar el templo donde se venera a la Moreneta, nos holgábamos paseando entre riscos, con "animoso brío", a pesar del calor. Exhaustas de subir y bajar por estrechas sendas, nos sentamos “a la margen de un cristalino y pequeño arroyuelo” que "descolgándose con sosegado rumor de una hermosa fuente”, derramaba “sus perlas entre menudas hierbecillas”. Una vez recobrado "el perdido aliento", nuestros sentidos se recreaban en aquel "locus amoenus". Sólo nos faltaba el pastor...o la pastora. 



-Escucha, María Ángeles, alguien canta con voz "tan baxa como triste". ¡Debe ser nuestra Jacinta!
...
Cuando de tus sinrazones
pudiera, Celio, quexarme,
quiere amor que no te olvide
quiere amor que más te ame.
...

-Siguiendo la margen del río, dimos con un "hermoso mozo", recostado "en verdes romeros y graciosos tomillos". Disfrazado con calzón, abarcas, montera y cayado. Un pastor de "blancas manos" y rostro respetado por el sol, acompañado de "una manada de blancas ovejas más por dar motivo a su traje, que por el cuidado que mostraba tener con ellas". El decorado de una égloga de Garcilaso de la Vega, a la que la Zayas da la vuelta, en clave femenina.



Y en la edad pasaba de muchacho y en las pocas señales de su barba no mostraba ser hombre. Nos acercamos pero estaba tan ausente que no se dio cuenta de nuestra presencia. ¡Sí, era la Jacinta que buscábamos! Al oír nuestro saludo, volvió en sí "con un ¡ay! tan lastimoso, que parecía ser el último de su vida". Al ver que éramos mujeres, cesó su temor. Nos preguntaba si conocíamos a un cristiano caballero madrileño llamado Fabio, el cual estimó con respeto su belleza y fue confidente de sus "lástimas y pasiones", "tantas y venidas por tan varios caminos". 

-No lo conocemos en persona, mi señora doña Jacinta; nuestra fuente fue este libro titulado Novelas amorosas amorosas y ejemplares de doña María de Zayas.

-¿Una mujer escribió mi desdichada historia?

-Así es, y con gran éxito: doña María de Zayas y Sotomayor, poetisa y novelista, que escribe en la edición de 1638:

"...si unos la desestimaron, cientos la aplaudieron y todas las buscaron y las buscan, y han gozado de tres impresiones, dos naturales y una hurtada". 



-Mira lo que dice aquí: 


-Jacinta, natural de Baeza, permíteme que te tutee, tal es la costumbre en nuestro siglo. Te presentas con toda la carga misógina de la honra y la deshonra, mas no todo es culpa de la mujer y así lo manifiestas. Educadas para ser débiles y sufrir engaños, mejor nacer ciegas y no enterarse de nada. Murió pronto tu madre y te faltó la vigilancia, tan importante para conservar tu honestidad. Tu padre se descuidó en darte estado, "yerro notable". ¡No falta ironía en la Zayas!

-¿Un refuerzo de las posturas tradicionales o un anuncio de posturas que sólo siglos más tarde serían replanteadas? Pienso que doña María tiene muy claro el derecho de la mujer a elegir marido o a no elegir ninguno...como parece fue su caso. Enamorada, tal vez sí. Hay quien se extraña de un conocimiento de la pasión que sólo puede nacer de una experiencia directa, trágica, infeliz y dolorosa. La llaman "la escritora sin rostro" y algunos suponen que era poco agraciada, dado que no hay loas a su belleza. Ese retrato que circula por ahí es feíto, efectivamente. 



-Vayamos contigo, Jacinta. Tenías dieciséis años cuando soñaste con un hombre muy galán, con el rostro cubierto. Deseosa de ver el rostro, le quitaste el rebozo. Él contestó a tu atrevimiento, sacó una daga y te dio un golpe tan cruel en el corazón que te obligó a dar voces. Despertaste con el retrato estampado en tu memoria. Deseabas "hallar para dueño" un hombre así y hallaste enamorada sin saber de qué. 

-¿Dueño? ¿Quién puede desear tener dueño por muy gallardo y dulce que se muestre?

-Perdona, Jacinta, te parecerá impío pero esto que cuentas me recuerda al ángel con el dardo de la transverberación de Santa Teresa. Disculpa la digresión.



-Acepto la disculpa, mi señora, y no me parece impío el símil sino muy hermoso. ¡Y acertado! "Llegó a tanto mi amor..."

-Que hiciste a tu adorada sombra unos versos. Pides benevolencia, dices que una mujer carece de arte y estudios y sólo se vale de su natural. ¡Y a los poetas machos no les pasas ni una, que ellos conocen el arte! 

-Estudios...Algo que reivindica repetidamente doña María es la educación femenina. Fuerzas, entendimiento, defensa y libros. Ella fue privilegiada, perteneció a la nobleza ilustrada, viajó mucho por los destinos de su padre y a la vista está que tuvo acceso a la cultura. 

"...y así, por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas."


Santa Catalina de Alejandría (Museo del Retablo de San Esteban, Burgos)

-A juzgar por lo que leo aquí, pronto la sombra será de carne y hueso. Y mira tú qué casualidad, que la sombra era de nobilísimo linaje y que, después de tres años de valerosos hechos en la guerra de Flandes, llegó a Baeza al tiempo que tú ocupabas un balcón y reconocías en él al dueño de tu sueño y aún de tu alma. Era don Félix, mira qué casualidad, el hermano de tu amiga Isabel. No lo conocías ni él te conocía a ti, eras muy niña cuando se fue a la guerra. Esto está muy trillado, Jacinta.

Miró don Félix el balcón, tus ojos "hacían fiesta" y amor executó "el golpe de su dorada saeta." Así de paso te dixo: "Tal joya será mía, o yo perderé la vida." Te hubiera gustado decir "ya lo soy", amor tenía dispuesto tu perdición, te iba poniendo lazos y hoyos. 

¿Qué iba a hacer yo? ¡Lo que más deseaba! "¿Qué mujer despreció jamás la ocasión de casarse, y más del mismo que ama...? "



-Perdona, Jacinta, pero no entiendo las ganas locas que teníais por casaros. Tanta que lo considerabais como una oportunidad que no se podía desaprovechar. Como decía Sancho Panza: "Cuando te den la vaquilla, corre con la soguilla". Te digo como Laura, otro personaje femenino de María de Zayas: 

"¿Quién es la necia que desea casarse, viendo tantos y tan lastimosos ejemplos?" 

-"Y sacando la mano por la rexa", tomaste la que te ofrecía tu "dueño". ¡Y dale con el dueño! ¡Cómo te gusta ser propiedad! Se lo dices bien claro, nada de disimulos. Lo quieres y no desde el día que lo viste sino antes. Y para que entienda, le dices lo de tu sueño a tu dueño. Se sentirá muy halagado tu don Félix ante tamañas novedades. 


-¡Ay, Jacinta, Jacinta, que todavía en mis años de juventud, los setenta del siglo XX, nos desaconsejaban dar tan pronto el  "te quiero"!  Eso...mucho después y primero que lo diga él. Mira, niña, que la mujer tiene las de perder. Te precipitaste, el "te quiero" podía y debía esperar. Te aventuraste, Jacintita. 

-Así que don Félix, agradecido, cómo no, no hacía sino besarte la mano. Os despedís "con mil ternezas", con el propósito de veros "todas las noches en la misma parte". Al criado  vencerás con oro, ay qué peligro, y habrás de pasar delante de tu padre y hermano, para salir de tu aposento. Doña Isabel dará gusto a su hermano y servirá  "de fiel tercera". 

No contabas, Jacinta, con la llegada de Adriana, la hermosa y rica prima de don Félix que se enamora de él y enferma gravemente al ser rechazada. Persuadido por su tía, "mi niña está muy malita", don Félix le da palabra de matrimonio a Adriana para que se ponga buena. Él te asegura que romperá su compromiso con Adriana y tú te arrojas al mar de los deseos y te entregas "en cuerpo y alma".

-¿En cuerpo y alma? Sí, soy una mujer desdichada, no me bastan "exemplos ni escarmientos". Mas no soy como la Beatriz de El prevenido engañado que intenta reanimar a su esclavo negro para que la sacíe y éste la rechaza porque se está muriendo extenuado. Y no digo nada de la que se esconde en un humilladero donde reposan los restos de los ajusticiados y la que pare a escondidas con toda facilidad y abandona a la criatura...Doña María las vitupera pero las defiende, son mujeres y desdichadas.

-Seguimos con la prima de don Félix. Jesús, qué culebrón. A Adriana le receta el médico un jarabe acerado por el mal de la opilación, enfermedad de las damas que comían barro para mantener su palidez. Ante el desamor de su primo, se suicida añadiendo solimán al medicamento; pero antes le escribe a vuestro padre diciéndole que vele por su honor. Don Félix y tú sois sorprendidos y os refugiáis en un convento. Don Félix sale del convento, mata a tu hermano en defensa propia y sale para Flandes. Sigue, amiga, que no puedo más con esta historia. ¡Qué agotamiento!

-Tu padre se apodera de las cartas de don Félix y te notifica falsamente que tu amante ha muerto. Los hombres engañan, incluso los padres...Tomas el hábito de religiosa y estás tan ricamente en el convento hasta que, al cabo de seis años, regresa don Félix a España y se oculta contigo en el convento. Envía un criado a Roma para obtener un Breve del Papa. El Papa ordena a don Félix que se presente ante él y allá vas tú, Jacinta, a acompañarlo en el viaje. El Papa os casa con la penitencia de no juntaros en un año. La cancioncilla de los pelegrinitos, mamita, aunque no sois primos, mamita...

-Regresáis a España pero don Félix parte de nuevo para cumplir la penitencia. Muere en el extranjero, como en tu famoso sueño, Jacinta. Termina tú, anda, que es tu historia.



-Me enamoré de otro galán llamado Celio y le seguí cuando él se marchó para Salamanca. El guía me dejó abandonada después de robarme. En lugar de Salamanca, llegué a Barcelona. Me disfracé de pastor y entré a servir a los monjes de Monserrat, cuidando el ganado, tal y como me encontró Fabio. Aquí estoy, sin hacer caso a las ovejas. Soy Salicia y Nemorosa a la vez. Tuve que hacer frente a la muerte de don Félix, como Nemoroso la de Elisa. Ahora lloro el abandono de Celio, como Salicio se queja de la infidelidad de Galatea.

-Caballero como Félix o estudiante como Celio, el resultado es el mismo. No hay disputa entre Elena y María. La Zayas se atreve a jugar con la materia literaria tradicional para afirmar que...

-...la firmeza amatoria sólo está en la mujer. Yo le diría que la confianza no está en los hombres, ni en las mujeres, que está en el tronco de los laureles. Así dice una canción...

-Fabio, que resulta conocer bien a Celio, otra casualidad, te ayudará como hermano y te acompañará al convento. Tan comprensivo con las pasiones femeninas que te dice:

"Y si no puedes vivir sin Celio, yo haré que Celio te visite, trocando el amor imperfecto en amor de hermanos".

-Amigas que, en este monte de Monserrate me visitáis, os repito mi decisión, la que manifesté a Fabio:

"La entrada en el Monasterio aceto; sólo en lo que no podré obedecerte, será en tomar uno, ni otro estado, si no se muda mi voluntad, porque para admitir esposo, me lo estorba mi amor, y para ser de Dios, ser de Celio, porque aunque es la ganancia diferente, para dar la voluntad a tan divino Esposo es justo que esté muy libre y desocupada. Bien sé lo que gano por lo que pierdo, que es el cielo, o el infierno, que tal es el de mis pasiones; mas no fuera verdadero mi amor, si no me costara tanto. Hacienda tengo; bien podré estarme en el estado que poseo, sin mudarme dél. 



-Un hombre bueno es Fabio. Podías intentarlo Jacinta.

-No, escuchénme bien, señoras mías:

"Soy Fénix de amor, quise a don Félix hasta que me le quitó la muerte, quiero y querré a Celio hasta que ella triunfe de mi vida. Hice elección de amar y con ella acabaré. Y si tú haces que Celio me vea, con eso estoy contenta, porque como yo vea a Celio, eso me basta, aunque sé que ni me ha de agradecer ni premiar esta fineza, esta voluntad, ni este amor; mas aventuraréme perdiendo, no porque crea que he de ganar, que ni él dexará de ser tan ingrato, como yo firme, ni yo tan desdichada como he sido, mas por lo menos comerá el alma el gusto de su vista, a pesar de sus despegos y deslealtades."

-Eso de ver al antiguo amante en el convento, no debió gustar a la Santa Inquisición. Se empieza con la vista y luego van detrás los demás sentidos. 

-Ya la bella Lisarda probó "en su maravilla la firmeza de las mujeres cifrada en las desdichas de Jacinta". 

-La firmeza en un amor no correspondido, aunque se hayan aventurado y hayan perdido. 

María de Zayas merece un mayor espacio y una letra más grande, aunque sólo sea por defender la igualdad de la mujer, su libertad y su derecho a la educación. 

Un abrazo de María Ángeles Merino
Y Austri.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Las "Doroteas": la de Cervantes, la de María Zayas y tantas que van por el mundo. ¡Y la de Rioseras!

Rioseras (Marceliano Santa María)

Comentario nostálgico en recuerdo de aquella inolvidable lectura del Quijote que vivimos en La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda. 

Pequeña introducción a la novela corta "Aventurarse perdiendo" que forma parte de las Novelas amorosas y ejemplares de María de Zayas Sotomayor.

Para la lectura colectiva de La Acequia, dirigida por Pedro Ojeda.

Un tarde de agosto, había quedado con mi amiga Austri, en el Arco de Santa María. Había leído mi entrada sobre la exposición "Marceliano Santa María. Un paseo por la provincia" y, picada de la curiosidad, me pidió que la acompañase. Subimos las antipáticas escaleras y nos detuvimos delante del cuadro "Rioseras". Nos miraba una muchachita descalza, con delantal y pañuelo muy blanco, junto al puente de un río espejeante y patoso. Posiblemente no era la mejor obra, pero fue la que guió caprichosamente el albur de nuestros pensamientos: 

-Mira, Austri. ¡Una Dorotea en Rioseras! 

-¿Cómo sabes el nombre de la chica del cuadro?


-No lo sé, en Rioseras, un pueblecito del Alfoz de Burgos, la conocen. Era de una familia de allí  y murió hace años. 

-¿La bella Dorotea? ¿La de Cervantes? ¿Qué tiene que ver con esa jovencita que pintó Marceliano Santa María? Aquí no hay intrincadas y lejanas sierras para huir, solo un río a un paso de su casa. 

-Ya sabes que, en verano, vuelvo a  a leer parte del Quijote, al mismo tiempo que repaso, en La Acequia, las explicaciones de Pedro Ojeda en cada capítulo y algunos comentarios de los lectores y blogueros. El paso del tiempo enriquece la lectura colectiva, le da distinta perspectiva. 

-Y, como sueles decir, siempre encontramos algo nuevo en el Quijote. 



-Siempre encontramos algo nuevo y ya no somos los mismos."El Quijote no se termina nunca", lo decía mi abuela y me lo acaba de recordar mi madre. 

-El año pasado ibas por ahí leyéndolo con el móvil, dejándote la vista, chocando con los árboles o las farolas  y algunos pensaban que ibas a la caza de "pokemons", como una cría.

-La lectura callejera  ha sido ahora mucho más cómoda, he entrado en la nueva era lectora con mi libro electrónico. 

-Pero tú dices siempre que eres de papel.

-Y sigo siéndolo; pero aprecio las ventajas del invento, para el Quijote, especialmente. Siempre es un tomo grueso y pesado, incómodo para llevar por ahí. Esto, ves, no pesa, abulta poco más que un móvil y se pasa página con un toquecito del dedo. Puedes poner la letra del tamaño que quieras e incluso leer con la luz apagada. ¡Pero sigo siendo de papel! 


-
Chocolate sin azúcar y libro sin papel

Vamos con Dorotea. Mira, aquí, en el capítulo 2.28  "que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y al barbero sucedió en la misma sierra". 

-¿Era esa la sierra donde don Quijote se retiró a hacer penitencia? 

-Sí. Allí estaba don Quijote y Sancho con el cura, el barbero y el loco Cardenio que penaba por su Luscinda. Oyeron una voz "con tristes acentos" que decía:

"¡Ay Dios! ¿Si será posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo? Sí será, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. ¡Ay, desdichada, y cuán más agradable compañía harán estos riscos y malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!"

-¡Era la bella Dorotea, con sus cuitas y "vestidita de varón"!

-Espera: "detrás de un peñasco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por allí corría, no se le pudieron ver por entonces."



-¡Ahora entiendo lo de la Dorotea de Rioseras! Mira aquí pintó el Arlanzón y esas manchas de color en la orilla eran lavanderas, una imagen habitual en aquellos años, sin agua corriente en las casas. 



Pero a esta chica, la pinta con todo detalle. Se nos muestra descalza, sentada junto a un arroyo, más sorprendida que desdichada. Vamos a fantasear un poco. ¿Qué hace la del pañolón blanco? 

-Se apoya sobre un codo y se gira para mirar al espectador. No hay ropa ni tabla de lavar, el sol le da en la cara y acaricia sus pies descalzos. ¿Los metió en el agua? ¿Huía del trajín de la cocina o de la era? No había tenido tiempo de quitarse el delantal; mas la blusa rosa de puños blancos era la de los domingos. ¿Esperaba encontrarse con alguien bien conocido? 

-Don Marceliano iría cargado con su maletín y su caballete. Buscaría un paisaje castellano: un trigal o un cebadal, un cuadro de alfalfa, un barbecho pardo, una hoz al aire, seres humanos encorvados. 



Como no llevaba suficiente amarillo, cambió el esquema: cerros en la lejanía, Rioseras, los chopos, el arroyo, agua y luz bajo el puente,  unos patos...¡Y una hermosa adolescente de pies rosados! 

-Estás fantaseando con un viejecito Marceliano Santa María suspenso ante la belleza de unos jóvenes pies. Como el cura, el barbero y el loco Cardenio, en la sierra penitencial de don Quijote: 

"Y ellos llegaron con tanto silencio que dél no fueron sentidos, ni él estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parecían sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se habían nacido. Suspendióles la blancura y belleza de los pies, pareciéndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el hábito de su dueño..."

Y, ya puestos, ahora imagina a la chavalita rubia de Rioseras desprendiéndose del recatado y blanquísimo pañuelo de cabeza, como Dorotea con la varonil montera:

"... y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia...Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía: tales y tantos eran."

-¡Tan largos que la cubrían por completo! No sino unas apretadas trenzas o un práctico moño que me parecen más propios de una chica de pueblo de los años cincuenta del siglo XX. ¡Y ese arrebato tipo Gilda! ¡No, mujer! Eran tiempos muy recatados, era la posguerra. La de Rioseras no era la Venus de Botticelli, ni la que inspiró a Garcilaso, cuyo cabello "el viento mueve, esparce y desordena".



¡Ni la modelo de un anuncio de champú! Bueno, quédate con lo de los pies descalzos, fuera del agua ¿eh? Como dice Pedro Ojeda: "el simbolismo sexual de sus pies en el arroyo". En cuanto a lo de la larga melena, y centrándonos en el personaje cervantino, mira lo que nos dejó escrito nuestro amigo bloguero, el periodista Fernando Portillo Hombre, en los comentarios de La Acequia, a próposito del capítulo 2.28 del Quijote:

"Cervantes vuelve una vez más a abrirnos las mentes y en este caso los gustos de los hombres de su época en materia de féminas para darnos cuenta de que son universales y propios de todos los tiempos. Así, mientras las mujeres, siglo tras siglo, se afanan en cortarse, rizarse, moldearse, cardarse, freírse y teñirse el pelo; en maquillarse y pintarse las uñas de los dedos de los pies y en seguir modas en las ropas interiores y exteriores tan extravagantes y cambiantes que no pocas veces se dan la mano con la ortopedia, los caballeros del siglo XVI ya se veían seducidos como Humbert-Humbert en el XX por una melena rubia que se desploma sobre los hombros de una muchacha..."

-Los afanes femeninos y la seducción...genial Fernando Portillo. Recuerdo su participación en la lectura del Quijote, con sus cultos y jugosos comentarios, y  su autorretrato quijotesco. 


-No dejes de leer el comentario completo, el que comienza por: "Más que requetesobada, como queda la atribulada Dorotea por el pícaro Fernando, es la morcilla o “historia dentro de la historia” que nos mete Cervantes en el capítulo XXVIII. Trátase de una historia de marcado corte erótico para inspiración de caballeros en la más estricta intimidad..."


-Doroteas, mujeres que huyen por amor. ¡Tantas que van por el mundo! Hemos comenzado con la niña de Rioseras que, posiblemente, no huía de nada grave. ¿O sí? 

-No podemos saberlo. Mira, acabo de empezar la lectura de las "Novelas ejemplares y amorosas" de María de Zayas. ¡Y me he encontrado con otra "Dorotea"! 

-¿En el libro que vais, vamos, a leer en septiembre? 



-Sí, en una novela  que se titula "Aventurarse perdiendo". La "Dorotea" se llama Jacinta y se refugia "por entre las ásperas peñas de Monserrate". Un "virtuoso mancebo", el discreto Fabio, oye las quejas de amor de un "hermoso zagal" que resulta ser, cómo no, una mujer enamorada.

-¿Enamorada de quién?

-Te leo un poco: 

"¿Quién vio, Fabio, amar una sombra, pues, aunque se cuenta de muchos que han amado cosas increíbles y monstruosas, por lo menos tenían forma a quien querer. Disculpa tiene conmigo Pigmaleón que adoró la imagen que después Júpiter le animó; y el mancebo de Atenas, y los que amaron el árbol y el delfín; mas yo que no amaba sino una sombra y fantasía ¿qué sentirá de mí el mundo? ¿quién duda que no creerá lo que digo, y si lo cree me llamará loca?"

-No sé si he entendido bien. ¿Amar a una sombra? 

-El hombre que conoció en un sueño, un amor "onírico". ¡ A Freud le hubiera gustado! ¡Erótico y onírico!

-Una "Dorotea" un tanto extraña, nos ponemos manos a la obra, digo a la lectura. Viajamos al áspero Monserrate. No sé si mañana es buen día: primero de octubre.

-Hasta la semana que viene, Austri. Seguiremos hablando de la mujer que se aventura perdiendo. 

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

¡Perdonadme la superentrada! ¡Un beso a todos!