Ayer paseaba por la orilla del Arlanzón y me llamó la atención un pescador. Es un deporte que no entiendo, qué interés tiene sacar de su medio natural a un animalito que vive tan tranquilo, en sus aguas.
Sin embargo, hace poco, una persona culta y en absoluto salvaje, me comentaba que le relajaba muchísimo, que le dejaba como nuevo. Y, además, creo que es pesca deportiva, sin muerte. Tampoco procesaba yo eso último, entonces para qué, pescar para comer cuando había hambre tenía su sentido pero...
Ayer pescaba un pescador cerca del puente Bessón, un chico joven y sí, se le veía relajado. Qué frío en los pies, pensé. Quise hacerle una foto, tras el ramaje, sin que se le viera la cara. El amarillo de su jersey destacaba sobre el verde, era bonito el contraste. Saqué el móvil y...
Busco la foto.
¿Dónde está el pescador? Solo veo a una chica con su perro, en la otra orilla, la de los paseantes.
En lugar de "Mis amigas las truchas" de Delibes me salió "La dama del perrito" de Chéjov. Por cierto que a don Miguel le hubiera dicho que las truchas no eran amigas suyas. Tampoco las perdices... Nadie es perfecto.
Ayer entré a la exposición, "Ángeles el equilibrio de Miguel Delibes". Un ratito y me iba fijando en cosillas: su foto de boda sin vestido blanco, toda una transgresión, la máquina de escribir diminuta, el mejor regalo, o la mujer burguesa, nada amiga de cazas ni de pescas, lo cuenta su hija, pero que ahí estaba con una caña de pescar y un abrigo apto para el campo...Grande.
María Ángeles Castro, la gran "Señora de rojo sobre fondo gris", la que borraba la "pesadumbre de vivir" en un ser humano tendente a la depresión y al pesimismo, al principio no demasiado inclinado hacia los caminos literarios. Ella los iba señalando, una mujer lectora, qué peligrosa mi tocaya...
Novia paciente, madre de siete hijos, carrera mucho más difícil que la de Filosofía y Letras, gestora económica, agente literario casi, esposa con paciencia de cazador y pescador...Amor con mayúsculas.
Un jersey gris, primorosamente tejido y rematado, con sus agujas y su coqueto estuche de madera, buena tejedora. "Los" y "las" que nunca tejimos ni una bufanda sabemos de la dificultad.
Un Código de Conercio donde María Ángeles señalaba, con lápiz de labios, los artículos que el opositor Miguel ya soltaba de carrerilla.
Y un pésame, qué difícil es escribir un pésame, el del pintor Vela Zanetti a un Delibes destrozado por la muerte de la compañera de vida que no llegó a envejecer. Maldito tumor cerebral, fulminante. "Señora de rojo sobre fondo gris".
Todo esto pensaba ayer, tengo que volver y buscar más cosillas, detalles que hablan mucho y claro.
Os la recomiendo.
Ya ve, Sor Austringiliana, el equilibrio grande de un grande. Y un jersey.
Club de Lectura de La Acequia junto al Panteón de vallisoletanos ilustres.
El sábado, día 18 de noviembre, el Club de lectura de La Acequia viajó a Valladolid, para homenajear al poeta José Zorrilla, con motivo del año de su bicentenario (1817-2017). ¡Y nuestra lectura de Don Juan Tenorio! La primera parte de nuestra visita tuvo lugar en el Cementerio El Carmen, en el Panteón de vallisoletanos ilustres. José Zorrilla fue el primero, Miguel Delibes el último, diez "ilustres" en total. El sol suavizaba el frío. Nos colocamos frente a su tumba, en un lado del octógono, a la sombra de Castilla en bronce. Sobre la losa, encontramos sencillas y efímeras ofrendas: un poema y unas flores sueltas pilladas con un humilde guijarro. Claveles, una malva y un diente de león.
Pedro Ojeda nos habla de José Zorrilla y nos lleva hasta el día 13 de febrero de 1837: van a enterrar a un famoso escritor suicida, en un cementerio madrileño. Sí, Mariano José de Larra será enterrado en sagrado, se había vuelto loco...Entre la multitud, avanza un desconocido, lee una elegía que había escrito para la ocasión:
No puede más, se desmaya. ¿Emociones? ¿Sueño y hambre? Sí, emociones pero también sueño y hambre, lo confiesa. Zorrilla pasa sus días en la Biblioteca Nacional y sus noches en el chiribitil de un compasivo cestero. Aquella lectura le abre las puertas del mundo literario. Muere un escritor y nace otro.
Nuestro club de lectura desea resucitar, aunque sólo sea un poquito, aquel momento, dos siglos después; nos conduce el recitado y la capacidad evocadora de Pedro Ojeda. Nos acompaña el entusiasta concejal de cultura de Torquemada, pueblo donde los Zorrilla tuvieron su casa solariega. También contamos con la valiosa presencia de Paz Altés, directora de la Casa Museo de Zorrilla. Mi amiga, la poeta Luz del Olmo, la de En un acorde azul, había escrito, para este día, un hermoso poema que nos reúne a todos en torno a un "misterioso canto". La escuchamos:
Los lectores,"muy diversos", nos hacemos la foto de grupo. El concejal de cultura de Torquemada nos cuenta que el padre de Zorrilla se hizo enterrar sin lápida para que su hijo no pudiera localizar su tumba. La sombra paterna siempre acompañó dolorosamente a nuestro poeta homenajeado:
Mi homenaje a Zorrilla con mi viejo ejemplar de Austral.
Una mirada a la tumba de Miguel Delibes. Saludos, don Miguel, buena compañía. Presente mis respetos a su señora, mi tocaya Ángeles Castro, y a doña Rosa Chacel, que tengo pendiente leerla.
Tumba de Miguel Delibes y Ángeles Castro
Abandonamos el cementerio y nos dirigimos al centro de Valladolid. Nos espera la exposición: "Mi exclusivo nombre de poeta" en el Archivo Municipal. Seguiré en otra entrada. Un abrazo para todos de María Ángeles Merino.
Gracias a Paloma Fernández Villa y a Yolanda Delgado por las fotos.
Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:
Concluye definitivamente tu cautiverio, Cipriano, "en la madrugada del 21 de mayo de 1559, más o menos un año después de haber comenzado". Hoy pagarás en la hoguera tu "desviación religiosa". ¿Desviación? ¿Cómo pueden estar tan seguros, tus graves acusadores, de estar siguiendo el camino no desviado? ¡Qué peligrosos son los que dicen poseer toda la verdad!
La procesión ha de partir una hora antes del alba. Los condenados, "aplastados por el rigor de la sentencia", aguardáis en los camastros. Dato, "el tontiloco ayudante de carcelero", es incapaz de reprimir su júbilo ante el festejo, no es el único. Agradecido a vuestros maravedíes, pasa con vos vuestros últimos minutos en prisión, os habla de los preliminares del auto como si fuerais un forastero visitante, en lugar de una pobre víctima a la que van a asar viva.
Pregoneros a caballo anunciando el auto, cuarenta días de indulgencia, prohibición de andar a caballo y portar armas, os cuenta. Y cuántos forasteros, "más de doscientas mil almas", muchos no han encontrado alojamiento y duermen al sereno. Y el Rey nuestro señor en persona, preside el acto, con los Príncipes y la Corte. "Y los azules ojos desvaídos de Dato rutilaban" al dar cuenta de todo eso.
"La Plaza Mayor ha sido transformada en un enorme circo de madera, con más de dos mil asientos en las gradas, cuyos precios oscilaban entre diez y veinte reales..." Un macabro circo. Dato se hace lenguas contándolo a voacé, cuidado que es tonto el albino del gorro rojo.
Como un cristiano ejemplar, lo sois, con los ojos cerrados, encomendáis vuestra alma y pedís luz a Nuestro Señor para distinguir el error de la verdad. Apenas escucháis a Dato que sigue su monólogo: se anuncia un día sofocante, muchos vecinos se han instalado en los tejados, miles de personas esperan al Rey en la plaza con hachones...parece el Juicio Final. Y tiene razón el tontiloco, es un Valladolid fanatizado o aterrorizado, con tintes apocalípticos.
Empiezan a oírse carreras, golpes apremiantes en las puertas y voces que gritan: ¡a formar! Al liberaros de los grilletes, notáis las piernas sueltas pero sin fuerzas para sosteneros en pie.
En el zaguán, Dato os deja en manos de dos "familiares", junto a los demás condenados varones, con las miserias morales al aire."Aquella reunión ocasional era como el envés de los conventículos, los mismos hombres pero dominados por el recelo y la desconfianza, cuando no por la hostilidad o el odio".Carlos de Seso sin su "aticismo y nobleza". El bachiller Herrezuelo amordazado para que no blasfeme. El criado Juan Sánchez señala vuestro sambenito y el suyo, se ríe y subraya que habéis sido "facturados al mismo infierno".
Su risa aumenta la tensión porque buena parte de los allí reunidos se han delatado y rehuyen las miradas. Pedro Cazalla busca un oscuro rincón, huye de todos y especialmente de vos. El enloquecido Herrezuelo logra soltarse la mordaza, insulta a Cazalla y jura contra Dios y la Virgen hasta que logran acallarlo. Las cosas aparentan serenarse en la calle cuando se forma la lúgubre comitiva. Vamos contigo.
¡Cuánta grandeza! Estandartes, blasones, dominicos, enseña carmesí del Pontificado, reos con sambenitos de demonios y llamas, burlescos muñecos de los condenados en efigie, uno de ellos el de doña Leonor de Vivero, cuyo ataúd desenterrado llevan cuatro familiares...de la Inquisición. El resto: condenados a penas menores, comunidades religiosas y cantores que entonan un "Vexilla regis" que suena como un"Dies irae". Día de la ira, implacable incluso con un cadáver.
Se va insinuando el día, te mueves casi a ciegas; solo si alzas la cabeza y tus pupilas enfocan el objetivo consigues ver algo.
Dos densas murallas humanas que os abren calle, "afligidas y silenciosas"; aunque no falten voces desagarradas que insultan, la masa es muy desvergonzada.
"Al abandonar la calle Orates, la procesión de los reos hubo de detenerse para ceder el paso al séquito real que subía por la Corredera"
Música de pífanos y tambores, cascos de caballos, muchos caballos, damas enlutadas, dignatarios, nobles, cortesanos, obispos y arzobispos. La espada desnuda del de Oropesa defiende y precede al Rey nuestro Señor. Ahí va, con sus diamantes y su grave porte bajo la capa. El pueblo sencillo aplaude el paso de los Príncipes. Bateria de ruidos y ambiente sofocante, no parece mayo.
Entráis en la plaza y la multitud, impaciente y apretujada, prorrumpe en voces y gritos destemplados. Los reos formáis "una comitiva lastimosa y estrafalaria, los sambenitos torcidos, las corozas ladeadas".
No exageraba Dato, se quedó corto. "La mitad de la plaza se había convertido en un enorme tablado, con graderías y palcos, recostado en el convento de San Francisco y dando cara al Consistorio adornado con enseñas, doseles y brocados de oro y plata"
Os recibe un público "soliviantado y chillón" que silba cuando desfiláis ante el Rey. Aposentado en un tabladillo, "transido, angustiado, tenso", esperas la llegada de los reos absueltos, miras obsesivamente la escalera de acceso hasta que ves aparecer a doña Ana Enríquez. La cárcel ha "ahilado" su figura pero no ha mancillado "la frescura y resplandor de su rostro". Sube con arrogancia, mira a los reos con ansiedad y sus ojos se detienen un momento en los tuyos. ¿Te habrá reconocido?
Cierras los ojos para protegerlos, oyes rumor de conversaciones y al teólogo Melchor Cano que desgrana su sermón sobre los falsos profetas y la unidad de la Iglesia. Los abres y te sobrecoge la gran masa, su estruendosos vocerío. El relator hace comparecer uno a uno a los condenados. El primero es el doctor Cazalla que rompe a llorar cuando le anuncian la sentencia de muerte en garrote antes de ser arrojado a la hoguera. Lo miras como a un ser ajeno, desconocido, no es ese el arrogante Doctor del conventículo.
Los dos relatores se turnan para leer las sentencias a los condenados que han de subir penosamente al púlpito para escucharlas. "Era una ceremonia que, aunque escalofriante y atroz, iba degenerando en una tediosa rutina, apenas quebrada por los abucheos o aplausos con que el pueblo despedía a los reos condenados a muerte".
Beatriz Cazalla, Juan Cazalla, Constanza Cazalla, Alonso Pérez...Ana Enríquez.
Vacila el relator y la muchedumbre calla. Ana Enríquez sube la escalera de la mano del duque de Gandía, una vez arriba dedica al relator "una mirada retadora". Impávida oye la pena simbólica a la que es condenada: "...subirá al cadalso con sambenito y vela, ayunará tres días con tres noches, regresará con hábito a la cárcel y, una vez allí, quedará libre". Hay rechifla general, el pueblo no perdona la insignificancia de la pena, los aires de superioridad, rango, belleza y suficiencia de Ana. Vos, Cipriano, miráis tembloroso a vuestra amada, irritado con la masa y con el aire protector del duque de Gandía. ¿Celos ahora, Cipriano? ¿Puede haber un hueco para el amor en tan terribles circunstancias?
Se sigue convocando, pronuncian tu nombre. No aciertas a echar el paso. Te dejas alzar del suelo en volandas. Un sol despiadado hiere tus párpados, te bamboleas y aumenta el rumor compasivo de la multitud. El relator acampana la voz: "Cipriano Salcedo...confiscación de bienes y muerte en la hoguera".
No pareces afectado por la sentencia. Da la impresión de que, aún indultado, no volverías a la vida. "Vejado, confundido, degradado". Suplicas a ese Dios que no te escucha: "Dame ya la muerte, Señor".
Sigue el auto, el público inquieto espera "la fase dramática", algo de distracción. Eufrosina, Catalina, don Carlos de Seso...El corregidor de Toro escucha su sentencia "erguido y noble". Simula retirarse, mas al llegar a la altura del palco real, se encara con el Rey y le pregunta con ironía:
-"¿Cómo permitís, señor, este atentado contra la vida de vuestro súbdito?"
Su Majestad replica ceñudo:
-"Si mi hijo fuera tan malo como vos, yo mismo apilaría la leña para quemarlo."
El público abuchea al de Seso, más por sus modales que por sus palabras que la mayoría no oyó. El público aburrido ya no atiende, aunque siguen desgranándose nombres y penas. Lo que quieren es algo fuera de programa.
Seguidamente, toca la degradación de los cinco clérigos condenados. Se despierta de nuevo la expectación de la masa. Los cinco reos se arrodillan, con cálices y patenas en las manos. El obispo les va despojando de ellos y se los cambia por sambenitos; luego procede a raerles boca, dedos y palmas con un paño húmedo, ordena al barbero que les afeite la cabeza para colocar las corozas. Los gritos y lágrimas del doctor Cazalla durante el ritual hace sollozar a unos y encoleriza a otros que gozan llamándole "leproso y alumbrado".
Leídas las ejecutorias y degradados los curas sectarios, se da por concluido el auto, a las cuatro de la tarde. El pueblo abandona las gradas comentando a gritos las incidencias y bebiendo bota en alto, como si estuvieran en la era. Todavía han de presenciar el espectáculo gratuito del bachiller Herrezuelo volviéndose hacia su "reconciliada" esposa, para insultarla y abofetearla. Lo reducen y amordazan, más entretenimiento por el mismo precio.
Los indultados regresan a la cárcel y vosotros, los condenados a muerte, os dirigís al cadalso, encaramados en borriquillos. Cuando te disponías a subir al asno, ves a tu tío Ignacio. Quieres darle la paz pero tu tío se dirige al familiar que conducía la borriquilla, le aparta y coloca en su lugar a una agraciada mujer de cierta edad. Llorosa, te acaricia la barbilla con ternura. ¡Es Minervina! La reconoces enseguida, no puedes hablar, quieres mostrarle tu cariño pero una oleada os separa.
Tu tío ordenó buscarla por todos los pueblos del alfoz mediante pregones y la halló en Tudela de Duero. Le pidió que te acompañara a la hoguera, para que no te encontraras tan solo. Ella aceptó y añadió que moriría en tu lugar si se lo pidieran.
"Niño mío-dijo-¿Qué han hecho contigo?"
Un guardia palmea la grupa de tu borrico, aprietas las rodillas contra tu montura y miras a la dulce figura que te precedía. Minervina tira del ronzal y llora en silencio. Avanzáis entre una multitud indecisa, hombres que discuten con otros que les obstaculizan el paso, mujeres llorosas, niños sorteando puestos de golosinas. La plaza despide un vaho agobiante, no hay quien soporte el calor, la gente se queda en jubón o en camisa, fuera ropa de fiesta. ¿Qué clase de fiesta es esta?
Viendo a Minervina te sientes tranquilo y protegido como cuando eras niño. Gentil y confiada, nadie pensaría que te lleva a encontrarte con la muerte. Es tal la gracia de su figura que los rústicos la requiebran y acosan con frases soeces.
Vas detrás del doctor Cazalla, recogiendo los insultos que sus palabras de arrepentimiento despiertan en el pueblo: "hereje, pelele, viejo loco".
Entráis en la calle de Santiago donde la masa de gente es más densa aún. Los chiquillos lo invaden todo y aturden soplando sus silbatos. Y todavía llega a tus oídos el onterminable soliloquio del Doctor. Pero tu atención se desplaza hacia Minervina, "su airosa figura" abriéndose paso entre la multitud.Te recreas en su gentileza, se te llenan los ojos de agua.
"Sin duda era Minervina la única persona que le quiso en vida, la única que él había querido, cumpliendo el mandato divino de amaos los unos a los otros".
Evocas los momentos cruciales de tu convivencia con ella, desde "su calor ante la helada mirada del padre" hasta que es despedida y desaparece de su vida. Ahora, veinte años después, reaparece para acompañarte "en los últimos instantes como un ángel tutelar".
Te preguntas si es Mina, en realidad, la única persona que has amado. Piensas en Ana Enríquez, "un proyecto apenas esbozado", su fracaso con Teo, las sombras que cruzaron por tu vida, la fraternidad de la secta que creíste haber encontrado. Luego todo fue "perjurio y fácil delación". "Una vida sin calor la mía", te dices. Tu cerebro evita la idea de la muerte y se dedica a reflexionar en la limitación humana, en tu conversión. ¿Dónde encontrar la certidumbre? Pedías a Dios "una palabra, un gesto, un ademán". Nuestro Señor permanece mudo porque respeta nuestra libertad, piensas. Sentiste el soplo divino leyendo "El beneficio de Cristo", pero todo se ha venido abajo.
Docenas de sotanas revolotean como moscas alrededor de fray Domingo de Rojas. ¿Les mueve la salvación de su alma o el prestigio de la orden dominicana? Tu compañero de celda muestra entereza, no y no.
Vais llegando al Campo y crece la expectación y el alboroto. Se aproxima el broche final de la "fiesta". Carruajes lujosos, mulas y borricos. Damas y mujeres del pueblo, hombres con niños al hombro, todos toman posiciones y algunos se entretienen "en las casetas de baratijas, el tiro al pim pam pum o la pesca del barbo". El último número está a punto de comenzar: quema de los herejes, contorsiones, alaridos, expresiones de sus rostros...
Campo Grande de Valladolid, 13-7-2013
Divisas los palos, la leña, las escalerillas, las argollas, los verdugos. Los alguaciles dan agua de botijo a Cazalla que tiene unas bascas aparatosas, no vayan a quemar a un muerto.
Te desmontan del borrico, no puedes tenerte de pie, aún susurras: "¿Dónde te metiste, Mina, que no pude encontrarte? Pero no puede contestarte, te llevan al palo en volandas y te atan.
Todavía te resta ver agarrotar a Fray Domingo y arrojarle inmediatamente a la hoguera, a Juan Sánchez trepando por el palo como un mono huyendo del fuego, al gallardo Carlos de Seso arrojándose a las llamas donde murió dando brincos, las muecas y contosiones del bachiller Herrezuelo...¿Dónde está tu verdugo?
Ahí viene, cierras los ojos y encareces de Nuestro Señor una señal. Un cura corre hacia él, es el padre Tablares, aún es tiempo para que afirmes tu fe en la Iglesia y te agarroten como reducido. Levantas la cabeza y haces tu profesión de fe, la mala, la que no les sirve:
"C...creo...en la Santa Iglesia de Cristo y de los Apóstoles"
El padre os insta: "decid Romana, solamente eso, os lo pido por la bendita Pasión de Nuestro Señor".
La gente se impacienta, silba e insulta. El verdugo está con la tea en la mano, el escribano con la pluma en ristre. Y tú vuelves "a pedir una seña a Nuestro Señor". Murmuras como excusándote: "Si la Romana es la Apostólica, creo en ella con toda mi alma, padre".
El jesuita, en un impulso paternal, te acaricia la mejilla: "Hijo, hijo, ¿por qué has de poner condiciones?".
Buscas una fórmula que exprese tus sentimientos y dé satisfacción a Tablares, unas palabras ambiguas:
"Creo en Nuestro Señor Jesucristo y en la Iglesia que lo representa"
No hay más tiempo, los espectadores piden a gritos el sacrificio. Vocean, brincan, alzan los brazos, los niños aturden con sus silbatos y una mujer gruesa come buñuelos tan tranquila.
"El verdugo arrimó la tea a la incendaja y el fuego floreció de pronto como una amapola, humeó, rodeó a Cipriano rugiendo, lo desbordó".
Murmuras un "Señor, acógeme". Sientes un dolor intensísimo, como si te arrancaran la piel a tiras, en los muslos, en todo el cuerpo, sobre todo en los dedos. Aprietas los párpados y no mueves un músculo. El pueblo enmudece, sobrecogido por tu entereza, pero en el fondo decepcionado.
Rompe el silencio el desgarrado sollozo de Minervina. Tu cabeza cae de lado "y las puntas de las llamas se cebaban en sus ojos enfermos"
Preguntada Minervina por el Santo Oficio, manifestó que, "en todo caso, de lo que vio aquella tarde, lo que más la conmovió fue el coraje con que murió su niño, que aguantó las llamas tan tieso y determinado, que no movió un pelo, ni dio una queja, ni derramó una lágrima...ella diría que Nuestro Señor le quiso hacer un favor ese día".
¿Un favor divino a un hereje? Tu Mina responde que "el ojo de Nuestro Señor no era de la misma condición que el de los humanos, que el ojo de Nuestro Señor no reparaba en las apariencias sino que iba directamente al corazón de los hombres, razón por la que nunca se equivocaba".
Me despido de ti, Cipriano Salcedo, después de acompañarte en tan penosas circunstancias, qué infierno el de aquel día en Valladolid. Mueres como un santo, un santo hereje. Desde el viaje en el Hamburg, creces y creces, nos vamos poniendo de tu parte, aunque no compartamos tu fe. Paladín de la libertad de conciencia, fuiste el último gran personaje de un escritor muy grande.
Muy señor mío, don Cipriano Salcedo de Bustamante, protagonista de la novela “El hereje” de Miguel Delibes:
En mi última entrada, el Inquisidor anuncia "procedimientos persuasivos" y vuesa merced sabe que no tardarán en llegar. Tres días, muy de mañana, solo una palabra: "síganos". Del zaguán al corredor y de ahí a los sótanos. Allí os esperan el inquisidor, el secretario, el escribano, el médico y el verdugo. Y "unos extraños artilugios, como los aparatos de un circo". Vuelven a la pregunta clave, quién os pervirtió y os ordenó viajar a Alemania en 1557. Y vos decís "suavemente" que en el interrogatorio ya habíais contestado. Se acabó, el verdugo os ata las muñecas a la polea de la garrucha, os iza y quedáis suspendido en el aire. No se imagina el sayón que vuestra musculatura de atleta os va a permitir flexionar los brazos. Como la garrucha se torna ineficaz, os atan a los pies una gran pesa. Flexionáis igualmente. Delibes os pinta como a un atleta.
"El inquisidor sentía fría y torcía la boca; experimentaba una rara frustración":
-El potro-dijo lacónicamente."
Os atan por las cuatro extremidades al temible potro. El verdugo gira el husillo hasta alcanzar un punto doloroso, el inquisidor vuelve a preguntar quién os convirtió "a la maldita secta de Lutero". Guardáis silencio y gira el maldito artefacto. Intentáis aplicar vuestra vieja filosofía: si me meto en el dolor, si lo acepto, se hace más soportable. No sirve eso aquí porque os están descoyuntando, intentan "sacar las apófisis de los huesos de sus respectivas cavidades". Axilas, ingles, espinazo, codos, rótulas, cabezas de músculos y nervios. El verdugo interrumpe para dar ocasión al inquisidor que ya no pregunta nada, para qué, y vuelven a girar las tuercas. Los dolores se funden en un dolor, todo confluye en el cerebro; "una horrible punzadura" va creciendo, perdéis el control, gritáis y perdéis el conocimiento. Delibes nos hace vivir con vos el relato minucioso y magistral de una auténtica tortura inquisitorial. Alguien lo dejó escrito, pensamos. Y el escritor contó con las mejores fuentes disponibles...
Recuperáis el conocimiento ya en la celda, "bajo las atenciones del médico", qué médicos más extraños los que se prestaban a esto. Sentís como si todos vuestros huesos estuvieran fuera de su sitio. Si permanecéis inmóvil, podéis cambiar el dolor por "un cansancio infinito".
Fray Domingo de Rojas muestra ahora una sensibilidad insospechada con vos y trata de convenceros de la sinrazón de vuestro silencio. Un día, ya harto, le replicáis, "con muy poca voz":
-Y...y ¿no cree vuestra paternidad que el perjurio, aparte un fracaso personal, es un grave pecado?
Escucháis escandalizado las palabras de vuestro compañero de celda. Trata de convenceros, hay que adaptarse a las circunstancias. Al dominico no le habléis de mártires, piensa que ya no es preciso el testimonio, que el cristianismo ya está bien asentado.
Dos semanas después de la tortura, Dato os pasa un billete directo de doña Ana Enríquez. Sabe que os han dado tormento por no revelar el nombre de vuestros pervertidores. Os pide que no seáis obstinado:
"Satisfacer en algo a los inquisidores, pronunciar una palabra que les sea grata y les haga sentirse momentáneamente victoriosos, no significa doblegarse. Téngalo presente, pues su vida, sin que usted lo sospeche , puede un día ser necesaria para alguien..."
Y recuerda vuestra visita a La Confluencia, la finca de su padre. "Aquellos minutos felices de un otoño dorado, paseando en su amable compañía por el jardín, me han dejado honda huella. ¿Nos darán ocasión de revivir aquellas horas algún día?..."
Vanas ilusiones. Bien sabéis, y bien sabe ella, que no os darán ocasión, mas la carta os anima. Las palabras no acuden, se enredan, al cabo de unos días lográis contestar. Agradecéis el interés por vuestra salud, recordáis aquel paseo, la atención que prestaba en los conventículos, aquel adiós efusivo el día de la huida que tanto os confortó. Le rogáis que no sufra por vos porque cumplir con el deber ya encierra recompensa. Saludáis, muy comedidamente, con "respeto y estima". El otoño viene muy frío y pasáis los días tendido y cubierto con una manta que suponemos raquítica. El alcaide no ha ido en vuestra busca, en la interrupción del tormento veis la mano del tío Ignacio. Recibís de su parte un zamarro de jineta y una capa segoviana. Pero no se deja ver, visitar frecuentemente a un inculpado de herejía perjudicaría su carrera en la Chancillería.
Placa dedicada a Ignacio Salcedo en "La ruta del hereje", en Valladolid.
Cuando ya no lo esperabais, en Navidad, Dato os entrega unas líneas halagüeñas de Ana Enríquez. Leéis con el corazón desbocado: "me di cuenta de que vuesa merced no me era indiferente...Ahora quizá comprenda mejor vuesa merced mi interés por su suerte". Os sentís como un adolescente enamorado, por primera vez en vuestra vida; pero no podéis dar alas al amor, en qué momento llega... Escribís: "vos sentís, señora, la ilusión de que algo nace...la idea de que algo concluye prevalece en mí". Reconocéis vuestra ferviente admiración por su persona, su aplomo y discreción. Y, cómo no, por su belleza. Al llegar a esto último, tenéis una explosión de sinceridad. Una dama tan joven y hermosa para Cipriano Salcedo...
Las misivas se cruzan "y ponen un punto de luz y esperanza en la sordidez de las mazmorras". Pero os mostráis cauto ante el optimismo de la joven dama que afirma: "algún día nos dejarán ser felices". Decidís que no podéis alentar los proyectos de la muchacha conociendo, como bien conocéis, cuál será vuestro triste final. Porque estáis decidido a no delatar a quien os acristianó, actitud que nunca disculpará la Inquisición. Y se suma el obstáculo insalvable del voto de castidad que tenéis ofrecido a Nuestro Señor...La amáis pero es imposible. ¿Acaso ella no lo sabe también? ¿Por qué insiste en hacer castillos en el aire? ¿Os ama de verdad o entretiene sus largas horas de celda con un juego galante?
Recibís la noticia de la muerte de Carlos V, en Yuste. En su lecho de muerte, el Emperador lamenta no haber matado a Lutero cuando lo tuvo a mano en Worms. En el testamento, pide a su hijo y sucesor, Felipe II, castigue con todo el rigor a los herejes. Os llega a través de "un informe de procedencia imprevisible".
Maravedí a maravedí, Dato os va suministrando muchos "papeles de toda laya" que os entristecen profundamente: "declaraciones, noticias, informes, mensajes en torno a los procesos de los hermanos Cazalla, don Carlos de Seso, su vecino de celda, Fray Domingo, un informe del arzobispo de Toledo y varias comunicaciones más...". La delación y la mezquindad campea en todos ellos, no os impresionan pero aumentan vuestra desolación.
Vuestra debilidad os impide arrastrar los grilletes y pasáis los días y las noches tendido en el catre, cubierto con la capa. Ahora desestimáis algunos documentos que os aporta Dato, por cobardes, falaces o maledicentes. El carcelero os permite leer por encima antes de decidir si os lo quedáis. Lo que esperáis , en el fondo, es una respuesta de doña Ana, una pequeña dosis de los "dulces mensajes de antaño". Pero sois consciente de que vos mismo, inflexible, habíais dado carpetazo a aquella correspondencia. Ella respeta vuestra conciencia. ¿Respeto o despecho?
A mediados de abril, comienza "un martilleo fragoroso" que acelera el ritmo del penal. Están levantando los tablados para el auto, en la Plaza. Al día siguiente recibís un informe urgente, escrito con prisas por "el explotador del negocio". Buscáis el eje de visibilidad entre vuestros párpados inflamados. Después de tanta "humildad y acatamiento", don Carlos de Seso se desdice de "su expreso deseo de morir en el seno de la iglesia". Al saber que lo han condenado a la hoguera, ya no merece la pena fingir, expresa su fe en la de los apóstoles, que no romana. Purgatorio... ¿a quién se le ocurre si Cristo murió por nosotros?
"Ruta del Hereje", Plaza Mayor
"Los acontecimientos se encadenaban en una noria sin fin..."Se presenta el alcalde en persona para anunciaros una visita. Os quitan los grilletes, os hacen lavar los pies con agua y sal, ya no podéis andar. Dando tumbos seguís al alcalde, apoyado en el carcelero. Os bandeáis "como dos bueyes uncidos".
Es el tío Ignacio que os mira afligido y habla con prisa para evitar preguntas. Pero, después de hablar de tus ojos enfermos y del proceso al arzobispo Carranza, basta una pausa para que formuléis la temida pregunta. "¿Cuál ha sido mi suerte?... ¿La hoguera tal vez?". El tío asiente: "Vas con otros veinte"
Preguntáis quiénes son esos veinte. "Los Cazalla, incluida su hermana Beatriz y los restos de doña Leonor, fray Domingo de Rojas, don Carlos de Seso, Juan García, tres mujeres de Pedrosa, el bachiller Herrezuelo, Juan Sánchez..." El tío Ignacio os da la lista y añade que esa misma noche os visitará un confesor y que mañana, en el auto, podréis cambiar la hoguera por el garrote. No piensas en ti, preguntas por doña Ana Enríquez. Quedará libre con unos días de ayuno. "Es una criatura demasiado bella para quemarla". Y demasiado linajuda, pensarán muchos. Y la pervirtieron demasiado joven...
Don Ignacio os atrae hacia sí, os besa en las mejillas y os retiene entre sus brazos. Y musita al oído una frase profética: "Algún día...estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo. Pide por mí, hijo mío." Un santo, hereje pero santo; así os ve el hermano de don Bernardo.
Por la tarde comienzan las confesiones. Fray Luis de la Cruz llega a tu celda cuando el sol declina.
Acoges con afecto al confesor, al contrario que tu compañero de celda que no quiere saber nada de otro dominico como él. Le dices que en tu vida había tres pecados de los que nunca te arrepentirías bastante, ya los tienes confesados pero se los confías al padre en prueba de humildad. El odio hacia tu padre, la seducción de tu nodriza aprovechándote de su cariño maternal y el desafecto hacia tu esposa que la condujo a la locura.
Fray Luis asiente sonriente pero esos pecados no le interesan, lo que espera el confesor es un arrepentimiento por adscribirte a la doctrina de Lutero. Le respondes que abrazaste la teoría del beneficio de Cristo de buena fe, obraste en conciencia y ésta no te lo reprocha.
Como sin darle importancia, el dominico te pregunta quién te había pervertido y contestas que no puedes decirlo, lo has jurado, pero que tu inductor no obró con intención perversa. Al fraile, ya cansado, le impacienta y le irrita tu obcecación. No puede absolverte, pero aún estás a tiempo, desde medianoche el padre Tablares, jesuita, seguirá a disposición de los reos. Te recomienda que reflexiones y, antes de marcharse, te tiene cogido por las dos manos un largo rato y te llama "hermano mío".
A continuación, se produce en la celda de enfrente, la del Doctor, un gran alboroto. Suenan sus "gritos implorantes" pidiendo a Dios que le ilumine y le ayude a alcanzar su salvación. No cesa de proclamar que acepta la sentencia "como justa y razonable". Ha cesado el martilleo de la plaza y le oyes nítidamente. Cuando le entregan el sambenito manifiesta que es la ropa que vestiría con mayor gusto, la más apropiada para "purga de sus pecados".
Vuelve al arrepentimiento, reniega de cualquier doctrina contra la Iglesia, persuade a todos los reos a que hagan lo mismo. Cesan los gritos al poco rato, el médico debe de haber tomado alguna medida...
No duermes en tu última noche. Te agobia pensar en el procedimiento del auto de fe: "la luz, la multitud, el griterío, el calor". Un ardor de orina te obliga a visitar la cubeta cada pocos minutos. A la una empezaron a doblar las campanas. Toques lentos de agonía. Se convocan misas por el alma de los condenados, en una ciudad que no duerme.
Campanario vallisoletano.
Cuando cesa el tañido, se oye gentío, cascos de caballerías, rechinar de ruedas. Comienza "el gran día", aún sin luz. A las cuatro, entran a despertaros, os sirven un desayuno extraordinario y con vino, no pruebas bocado. Te arden los ojos y sientes los bultos en las cuencas.
En la cárcel, reina el desorden, gente que entra y sale, reparto de corozas y sambenitos, los familiares de la Inquisición esperan charlando a que se organice la procesión.
Se presenta Dato en la celda y os entrega un papel doblado. Le pagas dos ducados por el servicio, el carcelero tontiloco emite un silbido, el último gasto de tu vida, qué te puede importar ya el dinero. El mensaje es de Ana Enríquez, solo dice "valor". Y trae su firma: Ana.
Te acompañaré hasta el final, nos queda un capítulo, Cipriano. Valor.