miércoles, 3 de julio de 2013

Cipriano Salcedo se va haciendo adulto. Erasmista, abnegado, huérfano, estudioso y enamorado.


"El hereje" junto al Arlanzón que busca al Arlanza y al Pisuerga.


Comentario en torno a parte de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En la entrada anterior, dejamos al joven Cipriano Salcedo, en su colegio, muy interesado por la polémica creada en torno al gran Erasmo de Rotterdam, en el ambiente del Valladolid que vivió la Conferencia de teólogos sobre Erasmo, en 1527.

"Lutero se ha criado a los pechos de Erasmo" proclamaba el padre Arnaldo.
"Erasmo de Rotterdam era exactamente el reformador que la Iglesia precisaba" sostenía el padre Toval.

"Esta distinta apreciación de las ideas erasmistas, que era la que dividía a los adultos, acabó imponiéndose entre los alumnos que una semana antes ignoraban incluso la existencia de Erasmo".

Y en Cipriano se impone...Y unos años después, lo recuerda y hay alguien que recoge ávidamente sus palabras, Pedro Cazalla, el párroco de Pedrosa, el hermano del doctor Agustín Cazalla, aquel que fue capellán del Emperador y que será...Salcedo, ya adulto, lo revive con nostalgia, ante la extrañeza del cura:

-"Yo fui en tiempos un aguerrido erasmista...

-¿De veras le ha interesado a vuesa merced Erasmo alguna vez?

-Entiéndame, Padre. Le estoy hablando de mi infancia, de la Conferencia sobre Erasmo. En mi colegio se formaron dos bandos y yo pertenecía al de los erasmistas. Y, aunque ninguno de los grupos sabíamos quién era Erasmo, llegamos a pelearnos por él"


Pero el culto párroco atrapa a Erasmo en la conversación con el rico comerciante lanero y, entre estorninos pintos y estorninos negros, le pregunta por el centro donde se educó. La respuesta: el Hospital de Niños Expósitos, el padre Arnaldo, el padre Toval que "creía en la buena fe del holandés"...

Pedro Cazalla se sincera: "Aquellos fueron días de esperanza. El Emperador estaba junto a Erasmo...Ayer Erasmo era una esperanza y hoy sus libros están prohibidos. Nada de esto es obstáculo para que algunos sigamos creyendo en la Reforma que proponía. Quizá sea la única posible. Trento no aportará nada sustancial".


En las siguientes visitas a Pedrosa, Cipriano se ocupará de la plantación de pinos albares. Y Pedro Cazalla le llevará a cazar el perdigón y sembrará en él  otro tipo de semilla...la de aquello que en Trento proclamarán como  "herejía".


Volvamos a las controversias sobre Erasmo que pillan a nuestro pequeño hereje todavía en el colegio. Delibes nos pinta magistralmente una ciudad inmersa en una discusión teológica que roza con los dedos la temida herejía:

"La villa, cuna de la Conferencia, se dividía, discutía, se acaloraba y, en la Plaza del Mercado, junto a los puestos de hortalizas, al lado de la gran tertulia popular, se improvisaban otras de intelectuales gesticulantes y excitados."

Los erasmistas refutan brillantemente la proposición de los frailes sobre el libre albedrio y las indulgencias, que si la Biblia, que si los Santos Padres, bla, bla, bla. En esto estaban cuando Valladolid se despierta sobresaltada por una preocupación mucho más carnal e inmediata: la peste bubónica. Las temidas landres o bubones brotarán en cuellos, axilas e ingles. En cuatro líneas, el escritor da un volantazo y nos lleva desde "la discusión quedó decidida" a "un criado.. herido de una seca de pestilencia".

 
La pluma de Miguel Delibes nos ofrece un reportaje magistral, de tono periodístico,  sobre la peste de 1528, en Valladolid. 

"En pocas horas, en las esquinas de las calles, florecieron hogueras donde se quemaba tomillo, romero y flor de cantueso...aunque las gentes caminaban desde días tapándose la boca con el pañuelo"

"El Concejo ...echó mano de los dineros de las sisas del vino y el pan...Publicó después un bando exigiendo limpieza en las calles, prohibiendo comer melones, calabazas y pepinos...organizando la atención médica, botica y alimentos para los pobres...los ricos...abandonaban furtivamente la villa..."

"La ciudad se organizaba para un largo asedio y un breve del Papa Clemente VII ponía fin sine die a la famosa Conferencia...la Corte se trasladó a Palencia y la Chancillería a Olmedo"

La enfermedad se extiende: médicos, curas y enterradores no dan abasto. Los cadáveres se amontonan  en los atrios de los templos. El Concejo funda nuevos hospitales y moviliza a los colegiales de los Expósitos; son casi unos niños, pero al ser huérfanos no hay reclamaciones familiares. Así que entierran, trasladan y vigilan el aislamiento de la villa; incluso clavan tablas en las puertas de las casas infectadas.

Y Cipriano se especializa en "la delicada tarea de separar las tejas de los tejados para dar de comer a los emparedados". Se desplaza "con el carro del colegio, tirado por Blas, el borrico rezno". Reparte bolsas de comida y establece controles entre los inmigrantes de las barcazas, el muchacho actúa ya como un adulto: "les exigía informes sobre su procedencia o sobre el estado sanitario de los pueblos del trayecto y los conducía, acto seguido, a un lazareto allende el río".

Un burro con carro, como Blas
 
Las expulsiones no arreglan nada, crece la avalancha de menesterosos y crece la peste. Se atraviesa  el Pisuerga en barca, a nado o por los vados.
 
Un día, en la última fase de la epidemia, Ignacio Salcedo, su tío, se presenta en el colegio. Viene a despedirse de su sobrino, se desplaza a  Olmedo con la Chancillería. Le comunica también que su padre, el terrible don Bernardo, padece la peste, "con el cuerpo cubierto de landres abiertas, purulentas". No ha de visitarlo; pero sí acompañarlo con los expósitos, en caso de óbito. A Cipriano no le entristece la noticia , "ni una brizna de amor por su padre". Sin embargo, llora cuando transporta el cadáver de su compañero Tito Alba. Aquí, se da la vuelta a un  tema, la orfandad, muy de Delibes. Recordamos que:
 
 
Don Bernardo entrega su alma, por fin entrega algo,  y su retoño " ayudó... a meter el cadáver en el coche y a atarle y, luego, le acompañó en silencio, con la antorcha encendida, escuchando las salmodias del coro".
 
Un muerto más. Asiste al funeral y , con aquello  de "Libera me, Domine, de morte aeterna", Cipriano divisa a Minervina. Trata de acercarse a ella pero ha de salir para entonar la letanía alrededor de la fosa.  Cuando terminan, Minervina ya se ha marchado.


 
El huérfano no tiene tiempo, durante los meses siguientes, tan atareado está, para reflexionar acerca de su orfandad y liberación. Por fin, la peste remite y un día de primavera aparece el tío Ignacio en el colegio. Le felicita por su comportamiento y le propone doctorarse en leyes. Vivirá en su casa hasta la mayoría de edad. Cipriano acepta.

La vida en familia le resulta "poco confortadora", echa de menos la convivencia con sus compañeros. Su tía, Doña Gabriela se desvive por atenderle, un día le pregunta si no echa en falta a Minervina, Cipriano asiente.


Por otro lado, la casa de su tío "alentaba a Cipriano. No era como cabía pensar, la casa pretenciosa de un gran burgués sino el refugio atractivo y sereno de un intelectual". El muchacho va a pasar muchas horas en su biblioteca, en compañía de Juvenal, Salustio, o la Iliada. Y descubre "el placer de la lectura, el acto íntimo y silencioso de desflorar un libro". Este último verbo...tal vez suene un poco extraño hablando de libros; sus razones tendría don Miguel, tal vez nos esté insinuando otros apetitos no intelectuales de Ciprianillo.


Cipriano encaja con su nuevo preceptor y sus progresos son notables en latín, gramática y leyes. Olvida "el temor al tabique", don Bernardo ya no está allí, tranquilo.

Una mañana recibe una sorpresa: "...se encontró en el salón con Minervina. Conservaba la elasticidad de cuatro años antes, la misma viva cintura, el mismo cuello largo y delgado, y la misma boca, de labios gruesos. Doña Gabriela la escoltaba sonriente y Cipriano no supo qué hacer, ni qué decir"

Minervina toma la palabra, le dice que se está haciendo un hombre y eso le apena. Pasan los días y se alza entre ellos "una barrera de pudor". Hasta una tarde de jueves, sus tíos han salido y las compañeras de Minervina también.

"...los pequeños pechitos apenas insinuados en la saya de cuello cuadrado, experimentó la misma atracción imperiosa e ingenua que sentía de niño"

 
Minervina desfallece al notar los pechos en los cuencos de su manos: "Oh, tesoro, no seas loco!"

Los sentimientos de Cipriano se desbordan: "Te quiero, te quiero, eres la única persona a la que he querido en mi vida". Minervina sonríe aturdida, se entrega, retozan, se abrazan, se besan, ruedan por la alfombra. Pero Delibes  señala con una exquisita delicadeza: "el muchacho advertía que un nuevo elemento había entrado en su relación". Al día siguiente, confesión con el padre Toval:

"-H...he yacido con mi nodriza, padre, con la muchacha que me amamantó"

El padre lo reprende, "es casi como yacer con la propia madre".


La cabeza de Cipriano da vueltas a su confesión. El padre Toval no puede entender su relación con Minervina y , si no la puede entender, no puede juzgarla.

El jueves siguiente, "se refugiaron el uno en el otro como la cosa más natural del mundo". "La tomó hasta tres veces y, al concluir, experimentó como un hastío de sí mismo, pensando que estaba prostituyendo a la muchacha. Le constaba su amor, la pureza de su inclinación hacia ella, pero, detrás de todo, no dejaba de ver la sórdida aventura del joven amo que se aprovecha de la criada".

En la obra de Delibes hay muchas tatas de pueblo, como la inolvidable Desi de "La hoja roja", pero no recuerdo, en ninguna, un amor así entre el señorito y la sirvienta.


 Cipriano se busca otro confesor que, ante su falta de arrepentimiento, no pude absolverlo. Es terrible, para un atormentado como él, quedarse sin absolución.


Pero los jueves se convierten en el día de la cita obligada de los amantes. "Era un encuentro inevitable y, con el sexo añadido, la viva reproducción de las expansiones de antaño entre el niño y la nodriza". Se hablan de sus cosas y Minervina dice algo muy significativo: "tú eres como el hijo que perdí, tesoro mío". ¿Qué confesor podría comprender algo así?

Las relaciones duraron cuatro meses; pero un jueves doña Gabriela regresa inesperadamente y los descubre apareados, desnudos en la cama, no entiende nada.  Expulsa a Minervina con estas palabras:

"Ha abusado usted del niño y de mi confianza, Miner; ha deshonrado esta casa y nos ha deshonrado a todos. ¡Váyase y no vuelva más!"

Minervina, culpable por pobre y por mujer, toma la galera de Santovenia y desaparece de la vida de su "Niño".

De los catorce años a la mayoría de edad de Cipriano  nos dice poco don Miguel, se doctora en Leyes y nada más. Después buscará a Mina y se asentará económicamente. En el primer objetivo, fallará. La "herejía" le proporcionará una solución  a sus remordimientos, pues basta con la fe en Cristo. Será una solución para su amor por la nodriza y su desamor hacia la esposa Teo.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

 

viernes, 28 de junio de 2013

El pinsapo soñador


Demasiado árbol para poco claustro.

El árbol es un pinsapo. El claustro es de estilo herreriano y es uno de los dos que hay en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, el más pequeñito porque era para los legos.

Ruinas hermosas que vieron nacer a Castilla. La sombra del Conde Fernán González se paseaba entre las viejas piedras.

El pinsapo soñaba con la sierra de Grazalema, despertó y se asomó al valle del Arlanza.

Ayer estuve allí.

Fin de curso

Google ha hecho un pequeño montaje con las fotos que tomé el 27 de junio de 2013, en las ruinas de San Pedro de Arlanza. Ha quedado muy bien, sólo un detalle: no es de noche...

https://plus.google.com/u/0/110268311467006824538/posts/YteWftKGqsp

jueves, 27 de junio de 2013

El aprendizaje del colegial Cipriano Salcedo y los colegios que llevan el nombre de su creador.




Comentario a parte de la novela "El hereje" de Miguel Delibes, la que corresponde a la etapa escolar del protagonista, Cipriano Salcedo. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En la entrada anterior, dejamos al niño Cipriano, feliz con  la nodriza Minervina y sus lecciones cantadas de catecismo, mientras el terrible progenitor pensaba en un preceptor para su hijo, "un signo de distinción social que le aproximaba a la nobleza, el sueño oculto de don Bernardo desde que tuvo uso de razón".

Será un ayo externo que desaparezca a mediodía, la ignorancia del dueño de la casa podría quedar en evidencia en comidas y sobremesas. Grafías, sintaxis latinas, eso su hermano Ignacio, el intelectual de la familia, que él...

Un instructor de medio pelo, Don Álvaro Cabeza de Vaca, sayo raído y calzas negras ajustadas, enjuto y severo, distante con su discípulo desde el primer día. Cipriano contesta rápido a sus preguntas mientras estas discurren por las "trochas" ya recorridas con Minervina de la mano. Pero cuando el dómine le hace caminar más allá de "la cartilla de los moços", Cipriano no puede seguirle, no aprende nada nuevo porque constata "con espanto la inmediatez de su padre en la habitación vecina". "Y cada vez que le oía carraspear o arrastrar el sillón empalidecía y quedaba inmóvil, la cabeza hueca, a la expectativa". Y con los diecisiete estornudos mañaneros , temblaba la casa y temblaba el muchacho.


Tras varios meses de "¿Has entendido Cipriano? Sí, señor", don Álvaro, decepcionado, aborda al padre de la criatura y le confiesa que "el niño está en otra cosa". ¿El chiquillo es tonto? No, "es avispado como una ardilla" . Don Bernardo, "hombre rencoroso", piensa en una solución para "el pequeño parricida" : "un internado duro y sin pausas. Era hora de separarle de la rolla". Y la solución es algo extraña para un hombre de su posición: "el Hospital de Niños Expósitos... dedicado a la formación de niños abandonados". Su hermano Ignacio, patrono mayor de la benéfica institución, le duele la peregrina y vengativa decisión: "no es para personas de nuestra clase". 

La iglesia de San Lorenzo, a la que el Hospital de San José estuvo vinculado desde su fundación.

Está decidido, "hay que enveredarlo. Su niñera lo ha mimado demasiado. Y esto se acabó. Lo meteré interno y no disfrutará siquiera de vacaciones".

Don Ignacio informa a la Cofradía de la generosa disposición de su hermano: pagará por su hijo y por tres compañeros más, amén de las limosnas. Se admite a Cipriano, Minervina llora "hasta quedarse seca" pero esta vez no contagia al pequeño. A su niño  le resulta "audaz y apetecible" alejarse de casa y convivir con otros de su edad.

Cipriano pierde atuendo y nombre . Muda su ropa distinguida por un uniforme campesino. Nadie le pregunta su nombre; pero el Corcel, un chico grandullón, le bautiza como "Mediarroba". Mediarroba no es pobre ni expósito. ¿Qué pinta en un colegio así?

 
Doctrina, latín, redacción en romance y tablas aritméticas. Nace en él un repentino afán por ensanchar el mundo de sus conocimientos, ahora que puede dedicarse a ello sin temores. Y de participar en los juegos de sus compañeros, no deja de ser un niño.

Acompañamos a "Mediarroba" en los paseos por la ciudad y los campos que la rodean, con los expósitos en fila de a dos  y "el inevitable tutor". Delibes nos muestra el Valladolid de principios del XVI: Espolón Viejo, Espolón Nuevo, Puente Mayor y cerro de la Cuesta de la Maruquesa "donde vivían gentes necesitadas". "Por el camino de Villanubla se veían bajar reatas de mulas, pordioseros y algún que otro caballero apresurado". Descendían hasta la Corredera de la Plaza Vieja, las Tenerías...y vuelta al colegio.


Valladolid, 1572-1617, Civitates Orbis Terrarum, "...dibujo realizado desde la Cuesta de la Maruquesa, con las torres al fondo de los principales templos, parte de las murallas en los accesos al Pisuerga y campesinos trillando en primer plano en las proximidades de la actual Huerta del Rey".

"A los dos meses de ingresar en el colegio, Mediarroba fue nombrado limosnero por una semana". Con el alba, preparaba el carro con Blas, el asnillo. Y salía con dos compañeros, Claudio "el Obeso" y el "Niño", a recorrer la ciudad. Llegaban a la trasera del Hospital de la Misericordia y allí recogían cadáveres de pobres o ajusticiados.

 
Y Cipriano, el hijo de un rico comerciante, cargaba con el muerto al hombro y lo colocaba sobre las tablas del carro. Claudio estaba sorprendido:

-"Tú, Mediarroba, ¿de dónde sacas esas fuerzas? En mi vida vi un tipo más espiritado que tú."
-Atiende. Se había levantado la manga del sayo y le mostraba su bíceps estirado, un músculo bien formado de atleta.

-¡Ahí va, si tiene bola! ¿Te has fijado Niño?, el Mediarroba tiene bola".

Subían hasta la Calle Imperial. Cipriano armaba un túmulo en el centro de la calle y colocaba encima los cadáveres. Los tres colegiales se turnaban llamando  a la caridad de los viandantes, con una fórmula gastada, a la que añadían letanías y algo de cosecha propia:

"Hermanos: aquí tenéis los cuerpos de dos desdichados que pasaron a mejor vida sin conocer los beneficios de la amistad...No les neguéis ahora el derecho a la tierra sagrada"

Algunos transeúntes depositaban algunos maravedíes en la bandeja.  Una hora y Cipriano con los muertos al carrito, otra vez armar el túmulo,  en Huelgas, Zurradores y Espolón Viejo. Y otra vez el mismo rito. Enterraban a los muertos en la iglesia indicada y depositaban los donativos en el Arca de las Limosnas, en la capilla del colegio.


La fuerza física e intelectual de Cipriano nos sorprende, lejos de su padre parece otro. Pero le quedan algunas lecciones de vida por aprender.

Todas las noches, los alumnos  caían rendidos nada más acostarse. De ahí la sorpresa de aquel día en que oyó un bisbiseo que se transmitía de cama en cama:

-"Niño, el Corcel te necesita".

Cruza una sombra, crujen los muelles de la cama del "Corcel", se oyen cuchicheos y risas apagadas. Al día siguiente, pregunta a Tito Alba qué hacía el Corcel con el "Niño" en el dormitorio. Tito le mira asombrado y le pregunta si se ha caído de un nido o sólo lo aparenta.


Cipriano recurre Claudio el Obeso que le explica:

-"...cuando tiene necesidad, el Corcel recurre al Niño. Es lo más parecido a una mujer que tenemos en el colegio"

El Rústico termina de informarlo. El Niño tolera los abusos porque el Corcel es el más fuerte, el que manda. El sexo y la ley del más fuerte.

Al día siguiente toca entierro y las plegarias de los expósitos son muy apreciadas. Sus voces, entre infantiles y adultas, son el pasaporte ideal para el tránsito de los vallisoletanos ricos. Las disposiciones testamentarias requieren la presencia de los colegiales en el entierro, a cambio de sustanciosas limosnas. Uniformados, alineados, con las botas limpias y antorchas en la mano; lúgubre e infantil procesión. 

Así fue aquel día, en el entierro de un caballero que había dejado "un pingüe juro" para el colegio.  El maestro, el Escriba, los estimula a comportarse con entusiasmo y esmero. Acompañan al cadáver con aire contrito y cantan el terrible Dies irae y las letanías, en medio de un pesado hedor, una mezcla del sudor de los fieles, el humo de las antorchas y el tufo de los enterrados en el templo. La muerte.

Termina el funeral y Cipriano descubre, en el templo, a su tío Ignacio; nota su mano en el hombro y se estremece. Un pariente mudo y afable, pero no espera nada de él, tampoco él es capaz de afrontar la dura mirada de don Bernardo. Le pregunta si está contento, si le gusta estudiar. El sobrino titubea al hablar, le considera un enviado de su padre.

 Don Ignacio ha recibido informes muy favorables : "número uno en doctrina, latín y escritura, notable en tablas de cálculo. Intachable en urbanidad y disciplina." Ante un cuadro así, piensa que habría que exponer la situación a su padre. Y le pregunta si le gustaría dejar el colegio y volver a casa. Se queda asombrado ante la respuesta de su sobrino. No,  le gusta el colegio y tiene buenos amigos. 

Su tío le expresa  preocupación por su porvenir , no cuenta con que Cipriano tiene  ideas propias y ha pensado en ello: "...puedo ingresar en la Escuela de Gramática del Cabildo". Don Ignacio le sugiere doctorarse en  leyes y le da un excelente consejo: recibirá una importante herencia pero "al dinero hay que ennoblecerlo. El dinero en sí no tiene importancia y menos aún si no se debe a tu esfuerzo". Y le ruega que no diga nada a su padre.

 Pasa el tiempo: "por segundo año consecutivo desde su ingreso en el colegio, llegado agosto, Cipriano participó en la Ceremonia de las Eras...La clase...visitaba las eras y pedían a Dios prieta espiga y grano abundante". Los campesinos les entregaban unos fardillos de trigo que depositaban en el Arca de las Limosnas. Cipriano es elogiado por el Escriba, en clase; había quedado a un celemín de distancia...


Cipriano madura, aprende mucho, pero ha comenzado ya con sus escrúpulos de conciencia, un tormento para el resto de sus días. Atiende a las clases de doctrina pero considera que su formación religiosa deja mucho que desear. El padre Arnaldo le habla de oración mental y Cipriano comienza a visitar la capilla durante los recreos, para estar solo y en silencio, con dos peticiones obsesivas: Minervina y su futuro más allá del colegio.

Mientras reza, se mantiene sereno, pero con el agua bendita de la salida surgen las dudas: "¿había pensado en el sacrificio de Nuestro Señor o en el juego de zancos que le aguardaba en el patio?". Los escrúpulos no le abandonan, vuelve a la capilla, se santigua lentamente, llega a la conclusión de que sus peticiones son egoístas...Decide pedir por el Corcel, para que no se haga "pajas" ni obligue al Niño, pide por unos y por otros. Sus visitas a la capilla abarcan todo su tiempo libre, se confiesa e insiste en el egoísmo de sus peticiones.


El padre Toval le ayuda en su examen de conciencia pero, al llegar a lo de "honrar padre y madre", Cipriano ha de confesar el odio que siente por su padre y  el confesor encuentra materia grave. No ha de rezar por el Corcel sino por don Bernardo y sus sentimientos hacia él. Mienta maquinalmente a su padre, en las oraciones, pero no lo siente, "no puede amar y odiar a una persona al mismo tiempo". Deja de ir a comulgar, el padre Toval advierte su desconcierto y llega a decirle que ofrezca a Dios "el asco de su odio como una expiación". A Cipriano no le convence, sería engañarse a sí mismo y a Dios.

El tercer año en el colegio resulta inquietante para el muchacho. Empieza "a atormentarle la injusticia humana, que don Bernardo pudiera pagar la beca de tres compañeros que, por añadidura, desconocían a su padre, para que él pudiera estudiar; el que el Niño tuviera que acudir a las llamadas del Corcel...y que aceptara ser humillado...el que su carne empezase a despertar y notase una extraña fuerza...".

 Siente arrebatos de agresividad...se sorprende al arrogarse un papel justiciero que nadie le atribuye. Una noche detiene al Niño cuando acudía a la llamada del Corcel y reta a este:

-"Corcel, no le esperes. El Niño no va contigo esta noche-dijo."

Un gran revuelo, el Corcel se mete en su cama y "Sintió su salvaje aliento, sus palabrotas, su dureza viril, sus brazos desmañados abrazándole, y entonces Cipriano, con gran serenidad, flexionó la pierna , le propinó un rodillazo en los testículos y le empujó con todas sus fuerzas..."

Al día siguiente, pelean en el patio, una pelea magistralmente contada, no conocíamos la faceta pugilística del bueno de don Miguel:

"En lo que el Corcel levantaba un brazo, los puñitos pequeños y duros como piedras de Salcedo se disparaban tres veces sobre la nariz de su adversario...

David contra Goliat... El sayo del Corcel se llenaba de sangre y, entre dientes, provocaba a su rival llamándole enano y cacho cabrón, pero Mediarroba no caía en la trampa, evitaba lanzarse sobre él a ciegas...Sus puñetazos eran como las picadas molestas de un insecto que iban minando la moral del otro..."

Cipriano sale vencedor de la pelea, su rival se retira jadeando y limpiándose la sangre. Pero Mediarroba gana un motivo de remordimiento más. Se confiesa, su mente la ocupa la soledad tremenda de un compañero al que nadie quiere. Un día, en el paseo, se acerca a él, le pide disculpas. La reacción del matón es la propia:

-"Y ¿a ti qué te importo yo? ¡Ya te puedes largar!"

Cipriano le contesta que le importan todos los mortales. El Corcel, tras fijarse descaradamente en los traseros de dos mujeres que pasaban por allí, remata:

"-Que te vayas a tomar por el culo; quiero hacerme una paja."

Nuestro héroe todavía añade tímidamente:

-"Volveré a buscarte, Corcel. Si algún día me necesitas, llámame."

A la semana siguiente de la pelea,  la ciudad se llena de curas y frailes, se celebra "la Conferencia". Y, en todas partes, en el colegio también, se habla de erasmistas y antierasmistas. Dejamos a Cipriano muy interesado por la figura de Erasmo de Rotterdam. El padre Arnaldo decía que Lutero se había criado a los pechos de Erasmo...

 Lo vivido en el Colegio de Expósitos de San José marcará mucho a nuestro hereje Cipriano. Ha aprendido mucho, de libros y de la vida. En la etapa escolar todos realizamos una parte importante del aprendizaje vital, un colegio siempre es importante Y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, voy a hablar de los colegios que llevan el nombre del creador de estas páginas que hemos comentado: Miguel Delibes. Burgos, Campo Real, Collado Villalba, Móstoles, Aldeamayor...


En España, abundan los CEIP "Miguel Delibes". Pero este, el de Nava del Rey (Valladolid) cuenta con un maestro llamado Germán Delibes, nieto del escritor, todo un lujo. ¡Cuántas historias de su abuelo podrá contar a esos niños de quinto curso de Primaria!

Bueno...y aquí lo dejamos por hoy, junto al río Arlanzón.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino


 Enlaces sobre la ciudad de Valladolid
Noticias históricas del doctor Zumel (Hospital de la Misericordia)
Lo que ya no está. El Valladolid desaparecido.
Arte en Valladolid. Dibujos de monumentos vallisoletanos.

martes, 25 de junio de 2013

Los filólogos no encuentran un calificativo suficientemente grosero para Wert

Visto en: http://rokambol.com/los-filologos-encuentran-calificativo-suficientemente-grosero-para-wert/

Los diecisiete catedráticos que aún siguen reunidos en una sala anexa de la Real Academia Española de la Lengua cumplirán hoy siete meses desde que se embarcaron en la colosal tarea de encontrar un adjetivo que pudiera reflejar con precisión la figura del ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert.

“Cuando parece que ya lo tienes, el mostrenco este vuelve a arremeter y tenemos que sentarnos de nuevo”, declara uno de los filólogos. La mayoría de los integrantes de la comisión, formada en un principio por cuarenta y cinco especialistas en filología hispánica, han abandonado el equipo con el convencimiento de que el idioma español no es suficientemente rico para insultar al ministro. Palabras antiguas como mamarracho, chisgarabís o zote se descartaron inmediatamente “por ser demasiado elegantes para una rata”, puntualiza otro de los miembros de la comisión.

Al parecer, los trabajos van ahora encaminados a la construcción de una palabra nueva que sea capaz de trasladar el sentimiento de la mayoría de los estudiantes españoles y del profesorado. Según el portavoz de la comisión, el 8 de marzo de este año, a las siete de la tarde, se dió por bueno el calificativo “Putabrón”, que llegó a cumplir su función durante catorce horas, hasta que se vino abajo con la publicación de las nuevas tasas universitarias.

Ahora mismo, los filólogos se hallan divididos entre los desesperados que abogan por recurrir al clásico “hijo de puta” de toda la vida, y los que siguen insistiendo en encontrar un nuevo término, como “zangolomierda”, un insulto sintético compuesto ayer a última hora de la tarde y que mezcla el adjetivo zangolotino con el popular sustantivo que hace referencia a aquella persona de escasos valores.

Si no se llega a un acuerdo, la comisión podría recurrir a un pacto in extremis y aprobar “zangolomierda de la gran puta” para calificar la figura del ministro de Educación, aunque tres de los filólogos ya han advertido de que el insulto se quedará corto en cuanto Wert vuelva a parpadear.

jueves, 20 de junio de 2013

Cipriano Salcedo: el último niño de Miguel Delibes.

 


Comentario a parte de la novela "El hereje", de Miguel Delibes. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

¿Recordáis las cuatro constantes en la obra de Miguel Delibes?

«Hay una serie de motivos o ambientes que se reiteran en mi producción: muerte, infancia, naturaleza y prójimo".

Y las dos primeras , muerte e infancia, se dan muchas veces la mano. Niños huérfanos, como el Senderines de "La mortaja",  niños  atónitos ante la muerte de un ser muy querido, como Daniel el Mochuelo, niños que mueren, como Germán el Tiñoso. Niños ante el misterio de la muerte, aunque sea la del gato "Moro", como en el caso del más pequeño, Quico, el príncipe destronado.  Leo que "El miedo a la muerte del padre fue una experiencia infantil profundamente vivida por Delibes, que ha explicado que La sombra del ciprés es alargada -la historia de una amistad infantil truncada por la muerte- es el resultado de esa obsesión."


"La sombra del ciprés es alargada", Imagen del cementerio de Palacios de Benaver"

Y, el último de la nómina, el pequeño Cipriano Salcedo, familiarizado con la muerte desde su nacimiento, un bebé acusado de asesinato por un terrible progenitor:

"A la cabecera de la cunita, la joven Minervina había colocado un lazo negro de tafetán. Los ojos de don Bernardo se endurecieron:
-¿Qué pensará mientras duerme el pequeño parricida?"

Cipriano morirá en la treintena de la forma más terrible, la asignada en su tiempo a los herejes; ante la mirada de Minervina, su nodriza enamorada, orgullosa del valor ante la muerte que muestra su "Niño".


Estamos ante un escritor que cuida con mimo y esmero a sus personajes. Y los infantiles los borda. El estilo se diluye ante su fuerza, el lector ni se entera de los andamios novelescos.

"Unos personajes que vivan de verdad relegan, hasta diluir su importancia, la arquitectura novelesca, hacen del estilo un vehículo expositivo cuya existencia apenas se percibe y pueden hacer verosímil el más absurdo de los argumentos."
Del libro "Un año de mi vida", Miguel Delibes, ed. Destino.

 Si el principal deber del novelista es "crear tipos vivos", sus personajes infantiles poseen aún más vida. Y, aunque el narrador sabio hable en tercera persona, Delibes  se desdobla en ellos, se pone su disfraz,  adopta su punto de vista, les "pone voz" hasta llegar a lo que Umbral llamó "ventriloquismo literario".

"Delibes  puede "poner voz" de niño de pueblo, de criada respondona, de señorito de provincias, de paleto castellano, con una eficacia que es su mayor virtud creadora a la hora de novelar» 

Y las voces que le salen mejor son las de los niños y las de los viejos. Porque para el autor:

el niño... es un ser que encierra toda la gracia del mundo y tiene abiertas todas las posibilidades, es decir, puede serlo todo, mientras el hombre es un niño que ha perdido la gracia y ha reducido a una -el oficio que desempeña- sus posibilidades...para mí el niño, precisamente por la carga de misterio que arrastra, tiene mayor interés humano que el adulto» ("Mi mundo y el mundo")

 "Mi mundo y el mundo"
 
¿Cómo es la voz del niño Cipriano? Ya en el preludio, sabemos que Salcedo, adulto,  sufre secuelas de su infancia, marcada por el miedo a su padre, don Bernardo Salcedo.

"Cipriano Salcedo carraspeó. Vaciló al empezar a hablar. Era la reliquia que le había dejado el miedo a su padre, a su mirada helada, a sus reproches, a sus toses espasmódicas en las mañanas de invierno. No era tartamudez, sino un leve tropiezo en la sílaba inicial, como un titubeo intrascendente"

Y, sin embargo, fue un niño deseado. En el capítulo I, tiene lugar su nacimiento, una noche de octubre de 1517, el mismo día en que Lutero fija sus 95 tesis contra las indulgencias, en la puerta de una catedral alemana. Don Bernardo Salcedo considera a este hijo "como un verdadero milagro". Ocho años atrás, la madre, doña Catalina Bustamante, "intrigada por la infertilidad de su matrimonio", se había puesto en manos de don Francisco de Almenara "el más prestigioso médico de mujeres de toda la región". Fue una dura prueba mostrar las partes pudendas y someterse a la embarazosa prueba del ajo, para comprobar que sus vías de recepción no estaban "opiladas". Es fácil que Delibes, padre de siete hijos, estuviera familiarizado con los reparos femeninos...aunque ahora los procedimientos ginecológicos sean tan distintos.

Los organismos de don Bernardo y doña Catalina tardarán en entenderse, pero al cabo de ocho años llegan al entendimiento y nace Cipriano, tras un parto difícil. Las maniobras de la comadrona y del eminente e imponente médico infectan a la pobre madre que morirá de la temida fiebre puerperal. Don Bernardo inaugura la aversión hacia su hijo. Y el escritor le concede una voz odiosa: egoísta, falso, rijoso, tacaño, le gusta hacer sufrir...


El pequeño Cipriano es cuidado y amamantado amorosamente por Minervina, una joven nodriza traída del campo. En la parte alta de la casa, vive feliz mamando y gorjeando, a salvo de las duras miradas de su padre, muy ocupado en un simulacro de duelo. Una vez superado este, gracias a sus ocupaciones laneras y al buen vino vallisoletano, el rijoso  don Bernardo se siente atraído por la niñera. Sorprendemos una bellísima escena, de muy distinto significado para el padre y para el hijo, en la que curiosamente el símil nace de la experiencia pesquera del escritor. Delibes la vive bajo los tres puntos de vista, el del mirón, el del bebé y el de la nodriza: 

"...en el enfaldo, el brazo derecho fuera de la saya y el pequeño pecho firme y puntiagudo, de pezón sonrosado, en espera de que la criatura lo tomase. Dios mío, murmuró don Bernardo, deslumbrado por tanta belleza, pegando su ojo a la rendija.


-¿Es que no lo quieres hoy, mi tesoro?
...tomó su pecho con dos dedos y dibujó con la punta del pezón la boca del bebé, quien, tan directamente estimulado, agarró ávidamente el pecho como la trucha la lombriz que el pescador la ofrece de improviso en el hilero"

 
Quinteto "La trucha" de Schubert
 
Perdonadme la digresión, pero he asociado la escena anterior con el quinteto "La trucha" de Schubert. Sigamos con el niño Cipriano, ya tiene tres años y la nodriza se queda sin leche. Don Bernardo no quiere perder de vista a Minervina, aunque esté muy distraído con la mantenida Petra Gregorio. Rolla en lugar de nodriza, ningún problema. Es un niño tan flaco que no parece de casa rica. No es flaco, replica Minervina a su madre, "lo que tiene son espinas en lugar de huesos". "Luego cuando el pequeño empezó a hacer títeres por los rincones, la chica, muy ufana, recalcó: es fuerte, madre. A los cinco meses ya se empinaba en el regazo para agarrar la teta y a los nueve ya se andaba". Se me ocurre pensar que alguno de los hijos de Delibes pudo ser así, o él mismo.

Cipriano visita el pueblo de su niñera y allí es feliz  con los niños de su edad. Corretea por el campo y participa en sus travesuras, como los niños de "El camino", como Miguel Delibes de chico. Y se divierten arrimándose a una casa pintada de amarillo, la de un tal Pedro Lanuza, "golpeaban las cacerolas y les decían a voces herejes y alumbrados". Cipriano no puede imaginar que él también será uno de ellos.


La infelicidad viene de la mano del cruel don Bernardo que acusa a Minervina:

"¿Por qué se aplica usted tanto en esta tarea atroz de distanciar a un hijo de su padre'...¿Por qué ha de formar usted con el niño una pequeña conjura en contra mía?"

"A continuación, toma de la oreja a su hijo:
-"Venga usted acá, caballerete"
El niño...tan pronto volvió los ojos a la figura barbada de su padre, quedó paralizado, rígido, temblando...Minervina seguía abrazada al niño, mezclando las lágrimas con escuchas al oído del pequeño: papá se ha enfadado Cipriano, tienes que quererle un poquito. Si no, va a echarnos de casa"

Don Bernardo queda satisfecho de "hacer llorar a unos ojos que le habían despreciado tanto".

Recuerda aquel día en que la chica, ante su acoso, tuvo valor para amenazarle:

"-Vá-ya-se-de a-quí-le dijo mordiendo las palabras-...Quiero a este niño más que a mi vida, pero me iré de esta casa si vuesa merced se obstina en volver a poner los pies en este cuarto"

A Cipriano le llega la edad de aprender y Minervina considera que "hablar con Dios y aprender es la misma cosa", tal y como le enseñó el cura de su pueblo, Santovenia. Le enseña a signarse y santiguarse, el niño entiende bien lo de las cruces. Le enseña las oraciones cantando, así las memoriza bien. Él discípulo, a veces, se cansa y propone jugar a los soldados. Ella fuerza su voluntad, hay que hacerlo porque "Sin la oración nadie se salva y Minervina se irá a los infiernos si no te ayuda a salvarte a ti"


Una noche, Cipriano sueña y se le aparece la figura de Dios Padre entre nubes. Pero Dios tiene la cara y la barba de don Bernardo y le dice: "¿Vas a decirme caballerete por qué no quieres rezar?"

Despierta, se arrodilla angustiado, reza y reza, se queda dormido fuera de la cama.

Don Bernardo no ve con malos ojos el adoctrinamiento del niño por su niñera, pero empieza a madurar la idea de un preceptor para su hijo. Seguiremos a nuestro pequeño hereje en su proceso de formación. La salvación, el infierno, pesadillas que no le abandonarán nunca.

Un abrazo de:

 
María Ángeles Merino

Páginas web consultadas:

Claves para leer a Miguel Delibes

Los personajes de Miguel Delibes

 

jueves, 13 de junio de 2013

Cipriano Salcedo: un hereje que se siente culpable de su desamor.


 
Comentario en torno a la novela "El hereje", de Miguel Delibes. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
¿Miguel Delibes?¡Por supuesto!
Cuando abrí el blog, no lo pensé ni un momento, lo tenía clarísimo. ¿Libros? En mi perfil bloguero ocupa un lugar de honor.  Junto a  Miguel de Cervantes, la mejor compañía.

 
Y, en aquella reflexión que hicimos sobre “El placer de la lectura”, allí estaba él, no podía faltar mi primer encuentro con sus palabras:
"..Más tarde, descubrí a Delibes. Fue un encuentro casual, tuve que ayudar a alguien, el libro era "Las ratas”,  vaya titulito, pensé.  Contemplo los tesos mondos con pueril fruición, junto al Nini, un niño sabio. En campos de corregüelas, oímos la algarabía de los grajos, pisamos barbechos y nos asomamos a las huras.Después, ya no era por casualidad, me fui al encuentro de Daniel el Mochuelo yde casi todos los demás. El día en que murió don Miguel, quise reunirlos en mi blog. "

Y convoqué a algunos y se enteraban de la triste noticia: el Nini, el señor Cayo, Pacífico, Daniel el Mochuelo, la viuda de Mario, Lorenzo el bedel cazador,  el pequeño Quico, el Azarías, el “sexagenario voluptuoso” y  la “señora de rojo sobre fondo gris”. Viejos compañeros.

Mi favorito es este

Y cerraba el homenaje el  último hijo  de Miguel Delibes, el que ahora es motivo de nuestro comentario:


Cipriano Salcedo: atormentado, triste y con lagunas afectivas. Y  se mueve dentro del universo literario de don Miguel, tan entrañable. Todo Delibes: el mar, los niños, las mujeres, la familia, la muerte, la soledad,  las dudas religiosas, el paisaje y los campesinos de Castilla, la caza…y la libertad de conciencia. Como el mismo autor afirmaba: «Hay una serie de motivos o ambientes que se reiteran en mi producción: muerte, infancia, naturaleza y prójimo".

 
Mas he de decirlo, sin dejar de ser un gran libro, que lo es, hay algo que cojea en esta obra. Tal vez a la documentación histórica aportada se le noten las costuras, quizás la novela delate el momento en que fue concebido por su autor, la edad y la salud no perdonan…El poso puede resultar demasiado amargo. Delibes nos confesaba en 1970 que:
“Los temperamentos neuróticos pasamos, casi sin transición, de la depresión  a la euforia…Y pienso que en los momentos actuales de equilibrio, uno reconstruye con fruición sus momentos felices (“El camino”; “Diario de un cazador”) y, por el contrario, en las fases depresivas, uno rescata aspectos sombríos y melancólicos del pasado (“La sombra del ciprés”, “Cinco horas con Mario”, “Parábola del náufrago”, etc).”
Del libro "Un año de mi vida", Miguel Delibes, ed. Destino.
 Publica “El Hereje” en 1998 y cuelga” los trastos de escribir”. Ante su última gran obra, nos sorprende que sea histórica, ambientada en el Valladolid del siglo XVI. ¿Novela histórica? ¿Ken Follett o algo así? Noooo, eso sí sería una herejía. Comienzo con el preludio: 
Octubre de 1557. Sale a nuestro encuentro Cipriano Salcedo, un próspero comerciante vallisoletano que ha viajado por Europa, para recoger información sobre el luteranismo y la reforma protestante. Con un equipaje de libros prohibidos, va de regreso a Laredo en un barco llamada Hamburg o Dante Alighieri, según el puerto al que arribe. Durante la travesía, conversa largamente en torno al protestantismo y al calvinismo, con el capitán Berger, un hombre de confianza,  y un reservado calvinista llamado Tellería que viaja a Sevilla. El mar al fondo y un bello despliegue de imágenes y palabras marineras. Sólo un antiguo marino puede escribir:

"Por la amura, sobre la silueta de tierra, la bruma comenzaba a rasgarse y permitía divisar, entre los flecos, fragmentos del cielo azul que la calma chicha de la madrugada auguraba"

 
¿Novela histórica de la que se lleva ahora?  El escritor sale al paso en un vídeo que nos ofrece el archivo de RTVE:  "El hereje” tiene más de novela pura, de novela inventada, que de novela histórica". ¿Lo de histórica la convertiría en más comercial?
El hecho histórico que le sirve de soporte es el Auto de Fe contra el doctor Cazalla, y otros, que tuvo lugar el 20 de mayo de 1559. Y, sobre él, teje un entramado complejo de relaciones humanas, con la innegable maestría de su pluma. Y un hermoso homenaje a su ciudad natal.

 
Cipriano Salcedo es un perdedor, un anti héroe, como buen personaje  de Delibes. Sus relaciones con el prójimo, y no digamos con las mujeres, son siempre difíciles, desde la más tierna infancia. Y uno de los grandes abismos que se abre entre él y sus semejantes es la religión. Pero la doctrina luterana es, al mismo tiempo, un alivio para nuestro hereje que se siente muy culpable de su incapacidad de amar. Solo con la fe es suficiente, qué bien, qué cómodo pensamos los educados católicamente.

Martin Lutero
Como el escritor es un hombre creyente, me parece oportuno recoger aquí cómo se define religiosamente, su manera de entender el cristianismo. Es de una entrevista publicada en "Cinco horas con Miguel Delibes", por Javier Goñi:
"El término “cristiano consecuente” lo empleaste para definir a Jiménez Lozano, escritor y compañero tuyo en el periódico. ¿Te defines tú también así?
-En cierto modo. Yo estuve muy influido por Jiménez Lozano. Me sentía incómodo en la Iglesia preconciliar. Nunca fui muy clerical, pero cuando me di cuenta de ciertas connivencias del clero de entonces con el poder, menos aún. En esa época, que es cuando conozco a Jiménez Lozano, llevo varios años vacilante respecto al esquema eclesiástico, no a la pura fe, que no la he perdido nunca. Pepe me influyó mucho, era el católico impaciente, posconciliar antes del Concilio…
De “Cinco horas con Miguel Delibes”, entrevista de Javier Goñi, Anjana Ediciones, Madrid 1985. Página 18.
Consecuente, incómodo, poco clerical...Se me ocurre pensar que, durante el franquismo, algunos considerarían a don Miguel como a un "hereje". ¿Y qué hubiera sido de nuestro escritor en el Valladolid de 1559?
Seguimos con Cipriano Salcedo, sus herejías y su desamor.
Un abrazo de:
María Ángeles Merino