miércoles, 16 de noviembre de 2011

"...mis brazos estrecharon con pavura el pálido fantasma que había dormido en ellos tantas veces"

Rosa muerta (Paseo de la Isla)

Comentario en torno a las páginas 114-118 de "Sonata de otoño" de Valle Inclán, colección Austral, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
El marqués de Bradomín se autodefine como"un santo que ama siempre que está triste". Así explica su paréntesis amatorio con otra mujer, la misma noche en que su amada Concha yace muerta.
Mas el remedio es fugaz. Tras abandonar la alcoba de la prima Isabel, regresa al terror de "la faz amarilla y desencajada de Concha". Las "manos febriles" de él sobre las "manos yertas" de ella. Comienza a rezar;  palabras huecas que ahuyentan  el miedo.



De nuevo, la tentación : “la ventana abierta sobre el jardín misterioso y oscuro”. Una salida desesperada a su laberinto personal.



Sus cabellos sienten el "soplo ululante" de la brisa nocturna. Se va la noche con su "cielo lívido", sus "pálidas estrellas "y su luna "fugitiva". Sólo hay una luz en el candelabro.

Los "viejos cipreses", al pie de la ventana, inclinan "sus cimas mustias". Percibimos un jardín oscuro, misterioso y casi personificado. ¿Curiosean los árboles?

Un gallo lejano canta y “el cuerpo inanimado de Concha ” yace  en su lecho. ¡No puede traicionarla!  ¡A Concha no le gustaría que todos la vieran allí!



Toma en brazos "la funebre carga". Comienza el penoso y torpe viaje hacia la alcoba de Concha. La mano inerte se abrasa en el candelabro recién encendido, junto a la puerta. 



Siente pavor, afina el oído; sólo oye "el borboteo del agua en la fuente del laberinto". Tal vez escucha el eco del latido de su corazón.


Ve brillar la lámpara del Nazareno, da un largo rodeo para no cruzar ante "aquella mirada muerta". ¿Siente su reproche?



Recorre todo el tenebroso palacio "a la luz del claro de luna". Pero ¿a qué teme tanto el marqués de Bradomín?


En una puerta, "su trágica y ondulante cabellera quedó enredada". No puede desprenderla, cada vez se  enreda más. 


Ve con espanto la sutil raya luminosa que precede al amanecer. ¿Por qué es tan temible el  nuevo día?


 El cuerpo parece querer escaparse, comienzan "a entreabrirse los párpados de cera". Por un instante, tal vez, haya pensado que Concha volvía a la vida.

De aquí

No lo soporta más, desea huir y tira brutalmente. Se rompen "los queridos y olorosos cabellos".


Llega a la alcoba, "misteriosa, perfumada y tibia". El olor de su amada sigue ahí. "Cauteloso y prudente" la deposita en su lecho. En la puerta, duda "si volver atrás para poner en aquellos labios helados el beso postrero". Resiste una diabólica y depravada tentación.

"Ansié gustar la dulzura de su ensueño casto y no pude".

De aquí

Con un "todavía hoy", el de Bradomín da una vuelta a la manivela del tiempo. Desde la vejez, la recuerda con una explosión de imágenes rabiosas, dolorosas y  sinestésicas:

De aquí.

Un terrible gato , un corazón que se retuerce de dolor, un diablo riente en su interior.

"... le araña el corazón como un gato tísico de ojos lucientes"  

De aquí

"El corazón sangra y se retuerce, y dentro de mí ríe el Diablo que sabe convertir todos los dolores en placer".



Desembocan en una  música imposible,  metamorfoseada  en son de danza macabra.

"Música lívida y ardiente, triste y cruel, a cuyo extraño son danza el fantasma lloroso de mis amores".

Porque  Concha es ya un cadáver descarnado: 

¡Pobre y blanco fantasma, los gusanos le han comido los ojos y las lágrimas ruedan de las cuencas!"

Enamorados más antiguos del mundo.

Para destilarse, al fin, en un  perfume que vive más que ella:

"¡Aquella esencia que Concha vertía en sus cabellos  y que la sobrevive! ¡Pobre Concha! No podía dejar de su paso por el mundo más que una estela de aromas"

De aquí.
El narrador protagonista remata lo del perfume con una preciosista pregunta retórica:

"¿Pero acaso la más blanca y casta de las amantes ha sido nunca otra cosa que un pomo de divino esmalte, lleno de afroditas y nupciales esencias?"

Sus lectores de antaño, y los de ahora, nos quedamos pensando...

Otra vuelta de manivela,en sentido contrario. Viajamos  con Xavier desde el tiempo de la añoranza hacia "la mañana siguiente":

 Llamando a su puerta , "anunciáronse" María Isabel y María Fernanda, las hijas de Concha; esas niñas modelo que juegan a hilar, como abuelitas de cuento, o a perseguir palomas con las alas previamente cortadas. 


De aquí

 Las pequeñas preguntan cómo ha pasado la noche, algo que levanta en su alma el remordimiento.


Le rodean en el hueco del balcón que da sobre el jardín "viejo y umbrío que suspiraba  por los juegos de las niñas". Árboles abuelos los del jardín secular.

 Ellas alzan "sus voces frescas y cristalinas" para pedir al primo Xavier  que dispare contra un milano perseguidor de  unas  palomas.


 Complace a las criaturas y  permite que vayan a enseñar el milano ensangrentado a su madre, a sabiendas de que la encontrarán muerta. ¿Crueldad?


"Sonata de otoño" deja el final abierto, no relata el triste descubrimiento de las hijas de Concha. Sólo anticipa los gemidos, ayes y lloros, en medio de una mañana alegre.  Unas leves y bellas pinceladas:

"No osé detenerlas y quedé solo con el alma cubierta de tristeza. ¡Qué amarga espera! ¡Y qué mortal instante aquel de la mañana alegre, vestida de luz, cuando en el fondo del Palacio se levantaran gemidos inocentes, ayes desgarrados y lloros violentos!

El marqués de Bradomín  siente "una angustia desesperada y sorda enfrente de aquel mudo y frío fantasma de la muerte que segaba los sueños en el jardín de mi alma". No volverá a encontrar otra pálida princesa que le admire "siempre magnífico".

"¡Llora como un Dios antiguo al extinguirse su culto!"

Comienza el invierno.



Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

jueves, 10 de noviembre de 2011

"¡Todos los Santos...pudieron triunfar del pecado más fácilmente que yo! Aquellas hermosas mujeres que iban a tentarles no eran sus primas."


Comentario en torno al capítulo más extraño de "Sonata de otoño", de Valle Inclán (páginas 111-113 en la edición de la colección Austral). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En "Sonata de otoño", vivimos el último instante de Concha:

"Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo. Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo. Sus párpados se entrabrieron tardos, y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos angustiados y sin luz"

Detalle de "La muerte de la Virgen", de Caravaggio.

El marqués de Bradomín permanece indeciso e inmóvil. Se desliza hasta el suelo, coge la luz, contempla "aquel rostro ya deshecho" y su "mano trémula" toca "aquella frente".


Aterrado, abre una ventana y mira en la oscuridad:
"El frío y el reposo de la muerte me aterraron...Pensé huir, y cauteloso abrí una ventana"


"Miré en la oscuridad con el cabello erizado, mientras en el fondo de la alcoba flameaban los cortinajes de mi lecho y oscilaba la llama de las bujías en el candelabro de plata."


Los perros aúllan, el viento se queja , las nubes pasan sobre la luna, las estrellas se encienden y se apagan . Desorientado, no sabe qué dirección tomar ; está atrapado en su laberinto interior:

"Los perros seguían aullando muy distantes, y el viento se quejaba en el laberinto como un alma en pena"


"...y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas".

Ha de salir de la habitación y empujar la misma puerta que " momentos antes habían cerrado trémulas de pasión aquellas manos ahora yertas".

Anda a tientas en la oscuridad, en silencio; él oye ruidosamente sus pisadas:
"...me aventuré en las tinieblas. Todo parecía dormido en el Palacio. Anduve a tientas palpando el muro con las manos. Era tan leve el rumor de mis pisadas que casi no se oía, pero mi mente fingía medrosas resonancias"


De aquí.

Temblor, agonía, miedo, muerte. Allá lejos, en la antesala, un terrorífico Nazareno, con su lámpara siempre encendida. Más miedo aún.

"...temblaba con agonizante resplandor la lámpara que día y noche alumbraba ante la imagen de Jesús Nazareno , y la santa faz desmelenada y lívida, me más miedo, más miedo que la faz mortal de Concha"


"Nazareno del Deán"

Tiembla, vuelve al umbral de la alcoba de Concha. Se detiene, algo llama su atención:

"...una raya de luz, que marcaba sobre la negra oscuridad del suelo la puerta de la alcoba donde dormía mi prima Isabel".

Tal vez Isabel se sobresalte al oír sus pasos. Ha de entrar y contarle todo. Pronuncia con voz apagada su nombre, no contesta, duerme. El ritmo de la respiración, un cuerpo que se adivina bajo la colcha, cabello negro sobre blancas almohadas. Xavier mira embelesado:

"En medio del silencio, levantábase y decrecía con ritmo acompasado y lento la respiración de mi prima Isabel. Bajo la colcha de damasco, aparecía el cuerpo en una indecisión suave, y su cabellera deshecha era sobre las almohadas blancas un velo de sombra"



Sus manos se posan "al azar sobre los hombros tibios y desnudos" de la durmiente. Tacto y temperatura , ¿al azar?

Grita su nombre, despierta sobresaltada, le pide que no grite, Concha puede oír.

Los ojos de Xavier se llenan de lágrimas y murmura inclinándose: "ya no puede oirnos". Al inclinarse, el roce de un rizo es el detonante de la tentación:

"Un rizo de mi prima Isabel me rozaba los labios, suave y tentador. Creo que lo besé".

El de Bradomín justifica su flaqueza, las tristezas lo arrastran, Concha lo sabía y le habrá perdonado:

"Yo soy un santo que ama siempre que está triste. La pobre Concha me lo habrá perdonado allá en el Cielo".



Isabel no escucha, está encantada de no haber echado el cerrojo. Tal vez ha envidiado secretamente a Concha. En lugar de exclamar un ¡por fin!, murmura sofocada:

-"¡Si sospecho esto echo el cerrojo!"

Y, Xavier le sigue la corriente, no quiere ni puede contrariarla. Un don Juan es un don Juan, no importa que sea "feo, católico y sentimental"; aunque todos coincidamos en lo inadecuado del momento. ¡Concha acaba de morir!

"¡Hubiera sido tan doloroso y tan poco galante desmentirla!"

Los santos resistían las tentaciones, pero no se las veían con fogosas primitas:

"¡Todos los Santos...pudieron triunfar del pecado más fácilmente que yo! Aquellas hermosas mujeres que iban a tentarles no eran sus primas. ¡El destino tiene burlas crueles!"


Isabel, entre besos, murmura:

"¡Temo que se aparezca Concha!"

Y, al oír el nombre de la muerta:

"Un estremecimiento de espanto recorrió mi cuerpo y apenas pude sofocar un sollozo..."

Isabel encuentra natural la actitud de su primo y piensa, o quiere pensar, que son "muestras de amor". ¡Ella nunca hubiera soñado con algo así!

A nosotros, los lectores, sí nos extraña este capítulo de la "Sonata de otoño! Tanto que se nos hace necesaria una segunda lectura, para ver si hemos entendido bien. Bueno, hablo por mí...

Pasamos la página, Xavier vuelve a ver "la faz amarilla y desencajada de Concha", siente terror y de nuevo le acude "la tentación de huir por aquella ventana abierta sobre el jardín misterioso y oscuro".

Y miró "con horror el cuerpo inanimado de Concha", tendido en su lecho. No, no puede estar ahí.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

"Mª Ángeles Merino nos lleva con palabras e imágenes al capítulo central de Sonata de otoño, en el que el laberinto interior del Marqués se hace visible en el Palacio... "

martes, 8 de noviembre de 2011

"No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes ..."


Comentario al capítulo 1,11 del Quijote, publicado en "La acequia", en la entrada correspondiente al 24 de julio de 2008, titulada "Un caballero andante entre pastores o el desnivel paródico como excelencia narrativa".

En el capítulo anterior, dejamos a don Quijote y Sancho junto a la choza de unos cabreros, unos huéspedes excelentes.

Sancho, fascinado con los apetitosos tasajos de cabra que hierven en un caldero, va tomándoles las medidas por ver si encajan en su dilatado estómago. Le dura poco la contemplación, los cabreros lo retiran y tienden en el suelo unas zaleas, a manera de ovejunos manteles. Se acomodan alrededor de la pitanza y, a don Quijote, lo sientan en un dornajo puesto del revés.


No, Sancho, no te quedes en pie. Tu señor desea que te sientes para que llegues a apreciar las bondades de la caballería andante, tan igualitaria ella. Has de comer en su plato y beber donde él bebiere.

Don Quijote no espera tu ironía, piensa que vas a apreciar su "gran merced". Y , tú, socarrón, vas y manifiestas que si te dan bien de comer, mejor a pie y a solas. Que si no hay cosa peor, para ti, que comer con miramientos: mascar despacio, beber poquito, limpiarte, no toser ...¡Nada de gallipavos en mesas elegantes! ¡Pan y cebolla y a tus anchas! ¡Y renuncias a esas honras a cambio de cosas de más provecho!


Irritado, te pone en tu sitio, te hace sentar a su lado. Ya está bien de tonterías, escudero. Los cabreros no entienden nada. Comen, callan y miran el salero que gastan sus huéspedes despachando tasajo. Los señoritingos también pasan hambre, comprueban.

-Beeee, beeeee, beeeeee.


¿Qué son esos balidos? ¡Ay, que por los canalículos de mi ordenador se ha colado un rebaño de cabras! Hasta me parece percibir un olorcillo...

¡Ahí van con sus cabreros! Uno de ellos toma la palabra desde la pantalla:

-Con Dios, señora mía. Henos aquí, cabreros que dimos humilde comida y lecho al nuestro señor don Quijote. Somos presonajes secundarios del famoso libro y nos mandan aquí pa contarlo . Comienza un servidor, pobre iletrado. Después oirá voacé al compañero con letras, el tañidor de rabel.


Aquella noche, cenamos tasajo, queso curadísimo y bellotas; lo que más a mano tenemos, lo de cada día. El cuerno no para de vaciarse y de llenarse, ya habíamos vaciado un zaque de vino. El señor don Quijote, con la panza llena, está hablador. Toma un puñao de bellotas, las mira como si nunca las hubiera visto y se pone a hablar que no hay quien lo pare.


Que si en los siglos pasados ni tuyo ni mío, todo de todos. Y el único trabajo, alzar la mano y tomar el dulce fruto de las encinas.


Las fuentes y los ríos daban siempre abundante y sabrosa agua.


Las abejas ofrecían su miel y no les molestaba que se la hurtases.


Los corteses alcornoques daban cortezas para cubrir las casas.


Todos amigos y nada de rejas ni de arados, que eso cansa mucho. Y no sé que dijo de una primera madre y sus entrañas. Y de una mujer forzada, con un espacioso seno que sustentaba a sus hijos.


Lo que más nos gustó fue la de las zagalejas libres y correteando de valle en valle tapadas lo justo, con adornos de yedra y lampazos.


Y el amor, sin rodeos. Eso digo yo, que para eso las palabras sobran.

Y ni engaño ni malas intenciones, tos güenos. Los jueces no gastaban favores, intereses ni encajes.
Las doncellicas bien seguras, sin perder su jonra por obra de los malintencionados.

¡Un bello cuento nos relata el señor don Quijote!

Mas agora, que hay malicia y maliciosos...pos pa eso están los caballeros andantes, pa defender a doncellas, viudas, huérfanos y presonas indefensas.

El criado Sancho calla, come bellotas y menudea las visitas al segundo zaque. No le sabe mal nuestro vino, no.

Me despido de voacé pa que escuche el rabel y las palabras del compañero Antonio, zagal "muy entendido y enamorado".


Se oye el son de un rabel. En la pantalla, aparece el músico que lo toca. Este cabrero no parece tan cabrero como el de antes. Escuchémosle.

Salúdole, mi señora. Cuentole lo de aquella noche:

Cuando llego junto a mis compañeros, don Quijote ya sabe que soy músico. Ellos me piden que cante, así el huésped verá que también en los montes se sabe de música. Y que sea el romance de mis amores, el que me compuso mi tío cura, el beneficiado.

Templo mi rabel y canto lo de mi Olalla, la del alma de bronce y el pecho de risco. Me ofrezco voluntario a la coyunda bendecida por la Santa Madre Iglesia. A don Quijote le gusta y quiere que cante algo más. El tal Sancho no lo consiente, advierte a su amo de que nuestro trabajo no permite pasar la noche en cánticos. Bien entiende el amo, tanta visita al zaque da sueño.

Al caballero andante le parece de perlas que todos durmamos, pero él ha de velar, tal es su profesión. Eso sí, antes de dormir ha de curarle Sancho su dolorida oreja.

Un compañero cabrero masca unas hojas de romero y se las aplica con sal en la oreja. Buen remedio de pastores. No ha menester otra medicina.

"Y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal , y, aplicándoselas a la oreja, se la vendó muy bien..."

Los cabreros saludamos a la señora de las letricas. Quede con Dios.

Desaparecen entre un concierto de balidos.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Nota: las encinas y bellotas que aparecen en esta entrada están situadas dentro de la ciudad de Burgos, a las orillas del río Vena y son conocidas como "Encinas de Coprasa".

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, nos lleva al monte al comentar el capítulo 11 de la Primera parte del Quijote de la mano de otro secundario: un cabrero de los que tienen la fortuna (o no) de escuchar el discurso de Cervantes sobre la Edad de Oro. No faltan las bellotas...

miércoles, 2 de noviembre de 2011

"Hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito."


Sepulcro de los Condestables (catedral Burgos).
Comentario a ciertos pasajes de "Sonata de otoño", de Valle Inclán, en torno al sexo y a la muerte, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En "Sonata de otoño", los protagonistas avivan el fuego de esos amores pasados, en una carrera contrarreloj contra la muerte. Al lector actual, acostumbrado a textos demasiado explícitos y anatómicamente detallados, tal vez le sorprenda la sutileza y elegancia de unas palabras que lo dicen todo sin decirlo.


"¡Pobre Concha!...Tan demacrada y tan pálida, tenía la noble resistencia de una diosa para el placer. Aquella noche, la llama de la pasión nos envolvió mucho tiempo, ya moribunda, ya frenética, en su lengua dorada. Oyendo el canto de los pájaros en el jardín, quedéme dormido en brazos de Concha."


Los recuerdos les llevan a un tiempo pasado, cuando el de Bradomín fue "su maestro en todo". Ella "era muy inocente", "todo lo inocente que puede ser una mujer casada". Casada con un pétreo y anciano marido.

Sepulcro del Condestable de Castilla (Catedral de Burgos)

"Era verdad que yo había sido su maestro en todo. Aquella niña casada con un viejo, tenía la cándida torpeza de las vírgenes. Hay tálamos fríos como los sepulcros, y maridos que duermen como las estatuas yacentes de granito."


Y, labios sobre labios, los rezos se cruzaron con las glorias del amor. Y les dieron paso gustosamente.
"¡Pobre Concha! Sobre sus labios perfumados por los rezos, mis labios cantaron los primeros los triunfos del amor y su gloriosa exaltación"



Mas el maestro obtuvo auxilio pedagógico y literario de los versos "licenciosos" de "alguien que superó la visión teológica y ética medievales". Y pensamos que la discípula no se limitó a recitar aquellos sonetos.


"Yo tuve que enseñarle toda la lira: Verso por verso, todo el rosario de sonetos de Pietro Aretino. Aquel capullo blanco de niña desposada, apenas sabía murmurar el primero."

"Sonetos lujuriosos, Pietro Aretino.

Ese marido ni siquiera le sirvió como antecedente. ¿Perversidad? Nunca siguió a Sade, aquel "divino marqués". ¿Divino? Eso último me descoloca un poco.


"Hay maridos y hay amantes que ni siquiera pueden servirnos de precursores, y bien sabe Dios que la perversidad, esa rosa sangrienta, es una flor que nunca se abrió en mis amores. Yo he preferido siempre ser el marqués de Bradomín, a ser ese divino marqués de Sade."


¿Sade? ¿Sadismo? En los últimos momentos de Concha, vivimos una extraña parodia de esa práctica.

Ella desea irse y él la retiene por una mano. Pero al día siguiente, tiene intención de confesarse y no quiere añadir más pecados a la lista.


"-Quédate Concha.


...


-¡No! ¡No!...Mañana quiero confesarme...¡Temo tanto ofender a Dios!"



Él finge enfadarse, ante la posibilidad de tener "un rival": ¡el mismo Dios! Las palabras de Xavier sonarían tremendamente heréticas en las fechas de su publicación.


"Entonces levantándome con helada y desdeñosa cortesía, le dije:


-¿De manera que ya tengo un rival?


Concha me miró con ojos suplicantes:


-¡No me hagas sufrir Xavier!"

Él amenaza con marcharse y ella desgarra su monjil túnica, desesperada.

"No te hare sufrir...Mañana mismo saldré del Palacio.


Ella exclamó llorosa y colérica:


-¡No saldrás!


Y casi se arrancó la túnica blanca y monacal con que salía a visitarme en tales horas. Quedó desnuda, temblaba, y le tendí los brazos."


Ya no podrá confesarse, él la consuela con la promesa de hacerlo con ella el día de su partida. Concha sonríe, Xavier es su prisionero, le rodea el cuello con sus brazos. Le azota con sus cabellos.

"El nudo de sus cabellos se deshizo, y levantando entre las manos albas la onda negra perfumada y sombría, me azotó con ella. "



Ahora, él pregunta:


-"¿Te acuerdas cómo en otro tiempo me quedaba exánime?"

¡Con razón llamaba divino a Sade! Ella lo recuerda y se recoge la trenza como respuesta a una petición impía:


-"¡Azótame, Concha! ¡Azótame como a un divino Nazareno!...¡Azótame hasta morir!"



Gregorio Fernández, Cristo atado a la columna.


Ojos extraviados, temblor de manos, tiene miedo, ese hereje no es su amado marqués. Está ante una aparición diabólica. ¡Demasiado para su enfermo corazón!

-"...Es Satanás...Hasta tu voz parece otra...¡Es Satanás!" 


Él la abriga con sus brazos amantes. Como le parece que reza, se burla con varios amenes y sella sus labios con un beso. Su boca gime y pronuncia sus últimas palabras:

-"¡Yo muero!"

Asistimos al último temblor, a la caída de su cabeza sobre la almohada, a sus ojos inmóviles ya para siempre, a su última mueca. Valle Inclán es un buen pintor de la muerte, seguramente la ha visto.

"Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo. Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo. Sus párpados se entrabrieron tardos, y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos angustiados y sin luz:


-¡Concha!...¡Concha!..."

Suelta sus manos, no osa moverse:

"El frío y el reposo de la muerte me aterraron. No, ya no podía responderme..."


La "Sonata de otoño"no termina aquí, Concha no puede morir donde realmente ha muerto...

Un abrazo para los que pasáis por aquí de:


María Ángeles Merino

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Mª Ángeles Merino, Abejita de la Vega, hace una entrada muy suya y recomendable comentando varios pasajes sobre sexo, muerte y otras cosas de las Sonatas. No os lo perdáis.

lunes, 31 de octubre de 2011

"...aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre"










Ayer, treinta de octubre, paseaba por la orilla de la carretera, en Palacios de Benaver, un pueblecito del páramo burgalés. Tras las primeras lluvias, era el día adecuado para arar. Olía intensamente a tierra . Y yo acababa de releer aquel discurso que don Quijote pronuncia ante los cabreros, el de la Edad de Oro:

"Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados , y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna...Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre ; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían..."

¿Existieron aquellos siglos dorados? Los del tráctor dirían que sólo a un loco se le ocurre tamaña idea...

Pedro Ojeda dice en "La acequia":

Y Mª Ángeles Merino, nuestra Abejita de la Vega, nos lleva a reflexionar sobre la Edad de oro quijotesca...

sábado, 29 de octubre de 2011

Mensaje para Blogger

¡Por favor, actualícenme en la lista de blogs de mis amigos blogueros!

¡La del Quijote no es la última!