viernes, 4 de febrero de 2011

Rodrigo Gorostiza descubre la locura de unos jóvenes que se apuntan a una sangrienta excursión.

Comentario a parte del capítulo 5 , "Camino del Purgatorio" , de la novela "Inquietud en el Paraíso", de Óscar Esquivias.

Creo que soy el único burgalés que durmió de un tirón aquella noche de julio de 1936. Amanecí ignorante de la convulsión que había sufrido mi ciudad y toda España.

Abro la ventana de mi cuarto y veo una larga cola de muchachos que sale del Seminario. Una algarabía de voces jóvenes, como si hubieran acabado las vacaciones.




Actual facultad de Teología de Burgos, la cual albergaba, en 1936, el Seminario Mayor San Jerónimo.

¡Cielos! Unos mocetones invaden las duchas, mostrando con naturalidad su mitológica desnudez. No, éstos no son mis melindrosos compañeros de fatigas teológicas.



Cuando uno de ellos me pregunta quién soy, me pasa por la cabeza aquello de “Yo soy aquél que, cuando Amor me inspira…” Pero no, qué vergüenza, ante un chico desnudo… Al presentarme como seminarista, de pequeñajo me ascienden a padre, para acabar en hermano. Me dice que estamos en guerra. Al parecer, nos hemos levantado en armas y ya no hay república. ¿Nos hemos levantado? ¿Quiénes nos hemos levantado? Me asegura que el día de Santiago el general Sanjurjo entrará en Madrid, como el apóstol, en un caballo blanco, para ser nombrado jefe del Estado.


Sanjurjo sería el nuevo Santiago.

Los mocetones son requetés navarros, van a partir hacia Somosierra para enfrentarse a los republicanos. Alegres, parlanchines, rurales, con las mismas boinas rojas y “detentes” de sus padres y abuelos.


Un "detente".Desgraciadamente , no detenían balas.

En el comedor, doña Urraca Pastor y sus “margaritas” preparan la merienda de estos cruzados medievales, como si de una excursión de colegio se tratara.


No son estas las margaritas.

Abajo está el banderín de enganche, para los voluntarios de esta provincia, que ocupan buena parte de la calle Eduardo Martínez del Campo.




Calle Eduardo Martínez del Campo, a un lado la Facultad de Teología y, al otro, el Palacio Arzobispal. Más allá,convento de las Salesas. Es la ruta de las sotanas y las tocas...

Oigo la voz engolada de don Cosme, me dice que si quiero desayunar, he llegado tarde. A no ser que me aliste, entonces me darán un fusil y una tableta de chocolate Suchar. El padre no está nada contento con esta vuelta a las decimonónicas guerras carlistas.





Me pide que le acompañe, hemos de visitar a un héroe muerto. La bolsa de corporales, los óleos, el hisopo, la campana y la capa. He de tañir bien fuerte la campana, que con tanta bulla… Silencio, a arrodillarse y a santiguarse, los pendones abajo.



Ahora don Cosme hubiera llevado un práctico neceser como este. 

En el exterior, el mismo silencio. Pero nadie sabe apagar el altavoz de Radio Castilla, el cual da por muerta a la “República masona y marxista” y augura la toma del poder por Sanjurjo.


En el depósito de cadáveres velan unos milicianos albiñanistas muy jóvenes. Uno de ellos me cuenta que han pasado la noche de pueblo en pueblo, apoyando la sublevación. No han dudado en descerrajar un tiro en la frente a concejales del Frente Popular. Se han sentido todopoderosos, sembrando el pánico, destruyendo, siendo aclamados. Me lo cuenta como si de una excursión se tratara.

De madrugada, la Guardia Civil los confunde, por sus camisas azul celeste, con miembros de las juventudes comunistas. Y ahí están velando a un compañero de veinte años, caído de manera absurda. Les quedaba el consuelo de presentarlo como el primer mártir, pero se les adelantó un falangista llamado Julio Sáez de la Hoya, aclamado radiofónicamente como “primer héroe burgalés inmolado por la patria”. El falangista se adelantó al albiñanista.


Calle Julio Sáez de la Hoya, una calle de Burgos como cualquier otra. 

El cadáver acribillado no tiene nada de heroico, con sus ojos saltones y su boca abierta.

Don Cosme no puede hacer más que rezar, rocía el cuerpo del albiñanista, recita el “asperges me” y se queda en silencio, desolado.

Entran unas mujeres que, sin ningún miramiento, arrojan al suelo las banderas ensangrentadas que lo cubren y se ponen a lavar el cadáver desnudo, escurriendo esponjas. Ahora, el joven parece un héroe de mármol. Le ponen un paño entre los genitales y recuerda a un Cristo yacente.



Nos vamos, no hay nada que hacer allí. Don Cosme está seguro de que habrá muchos más héroes. Le pregunto qué va a pasar y se encoge de hombros. Me contesta que “pasará lo que tenga que pasar”. ¿Y su Purgatorio?

Un abrazo de María Ángeles Merino, para los que pasáis por aquí.

9 comentarios:

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Me ha gustado tu crónica. En esa guerra que no es la nuestra pero que nos salpica me da la impresión de que para cumplir los sueños unos habían de liquidar a los otros y vice... !que horror¡...besos

pancho dijo...

Lo peor que tienen las guerras es que incluso los que las ganan, no ganan más que miseria moral, material y muerte. Sale a relucir lo mejor de cada cual porque si no eres tú el que va a abonar los yerbajos más altos y las malvas más espesas.

¡Vaya con las margaritas! Si se hubiera puesto el mismo entusiasmo en buscar el entendimiento, no habría habido tanta necesidad de ellas.

Excelente relato y mejor ilustrado.

Un abrazo

Myriam dijo...

¡Qué buenas las fotos!

Toda guerra es horrorosa. Una guerra civil los es un millón más.

Merche Pallarés dijo...

Qué curioso ese "detente"... Como siempre, querida, estupenda crónica y fotos. Muchos besotes, M.

P.D. Por cierto espero que no te importe, pero he robado tu foto de la Escalera Dorada para encabezar mi último comentario sobre "La Ciudad del Gran Rey".

Asun dijo...

El horror no ha hecho más que empezar. Creo que Gorostiza no es del todo consciente de la que se avecina.
Nunca había oído hablar de "las margaritas", y mira que le he oído veces a mi madre contar cosas de entonces. Bueno, imagino que cuando leí el libro lo leí, pero me pasó desapercibido.

Cuántos requetés navarros, jóvenes de 19, 20, 21 años que probablemente no sabían ni adonde iban, se quedaron en el camino y nunca regresaron.
En el cementerio de Pamplona hay una zona dedicada a ellos con infinidad de lápidas. Todas muestran unas edades que hacen que se te ponga la piel de gallina.

Besos

Martine dijo...

Con una Guía tan excelsa como tú,Marian, no nos podemos perder ni por Burgos , ni en el Purgatorio..

Besos, algo tardíos( voy atribulada), pero muy cariñosos

Paco Cuesta dijo...

Las primeras víctimas de una larga serie

Aldabra dijo...

Viene bien recordar la Inquietud cuando ya estamos terminando La ciudad. Excelente trabajo “reporteril” con todas esas fotos. Biquiños.

Abejita de la Vega dijo...

Manuel: fue la nuestra, fue un horror.

Pancho: sale a relucir lo peor, mientras deciden quién "va a abonar los yerbajos más altos y las malvas más espesas". Qué bien lo dices, me lo apunto.
Las margaritas eran cerraditas.

Myriam: una guerra tan incivil como la española no se borra en cien años, todavía colea.

Merche: detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo. Las fotos, las que quieran.

Asun: me acordé de ti hablando de los mocetones navarros, lo que me cuentas del cementerio...terrible. Y las margaritas, vaya racimo.

Martine: no nos perdemos, atribulada exploradora.

Paco: fueron tantos...,de los dos lados.

Aldabra: recordar viene bien, bicos.

Besos, biquiños, a todos.