jueves, 4 de febrero de 2016

"El Alcalde de Zalamea": "el honor es patrimonio del alma"

Don Álvaro y Pedro Crespo en mi cocina

Comentario a la primera jornada de "El Alcalde de Zalamea" de Pedro Calderón de la Barca. Para la lectura colectiva de "La Acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Estoy metida en harina, otra vez, con "El Alcalde de Zalamea" y con la comida. Mientras pico unas verduras o unos ajos, escucho una vieja versión televisiva de la obra de Calderón. Eran muy buenas voces aquellas. De pronto, otra vez, la pantalla del móvil me muestra a una mujer vestida de hombre, a la moda del siglo XVII. Se dirige a mí, es Chispa y ya no me sorprende. Escúchola.

Saludo de nuevo a voacé. Recuerda, sin duda, que soy la Chispa y, por amor al soldado Rebolledo, estoy aquí, dentro de la obra de teatro llamada "El Alcalde de Zalamea", de don Pedro Calderón de la Barca, mi creador. Voy con los soldados a Portugal, donde el rey Felipe II, mi Señor, anhela ser coronado como rey luso. Bien conozco la fama de las soldaderas, tal es mi condición: "mujer que convivía con los soldados durante las campañas de guerra”.  



Cuando, por fin llegamos a las proximidades de Zalamea, yo cantaba y bailaba mis jácaras. "Yo soy tiritiritina, flor de la jaracandina. Yo soy tiritiritaina, flor de la jacarandaina". ¡Vive Dios que hambre y qué cansancio de tanto andar! ¡Y Rebolledo soñando con pedir a la huéspeda una gallina, que el carnero le hacía mal! Ni lo uno ni lo otro, si cayó algo caliente fueron gachas o sopas de pan, qué ricas. ¿Carnero? Ya dije. No se lo sirva vusté, señá huéspeda, que es duro y no le placen los cuernos. ¿Gallina mi hombre? No, que ya demostró su valentía.

Los soldados iban entretenidos en sus mismos oídos y sentían que cesara el canticio. Porque a la vista teníamos la torre de la iglesia de Zalamea y habíamos de parar y callar. Gozaríamos más adelante de jácaras un ciento, que tiempo habría. Esperábamos al sargento con la orden de entrar marchando o en tropas.



Por fin llegó y con él venía el capitán, el don Álvaro de mis pecados. La soldadesca podía darle albricias, pues estaríamos alojados hasta que don Lope juntara a todo el tercio y marcháramos para Guadalupe. Bien podíamos descansar. Ya estaba hecho el alojamiento y nos darían las boletas, los papelillos que nos dicen a cada quisque en qué casa toca alojarnos. Yo me las compongo con la boleta de mi rebollo. ¿Barragana yo? ¡Lenguas de víbora!

Mi hombre y yo desaparecimos de la escena. Más tarde, volveríamos para ir a la casa donde se alojaba el capitán. Rebolledo quiere pedir al capitán le conceda la cuenta del juego del boliche, con lo cual yo sería la bolichera  y alguna ganancia caerá, que tenemos muchos gastos. Fieras apuestas hacen los soldados a ver quien maneja mejor el juguetillo. 


¿Que dónde se alojó el capitán? Rebolledo me cuenta lo que le cuenta el sargento: "En la casa de un villano, que el hombre más rico es del lugar...que tiene más pompa y más presunción que un infante de León". Él mismo, el sargento digo, la eligió para don Álvaro; pues anhelaba ganar unos puntos ante su superior. No por ser del lugar la casa mejor sino "porque en Zalamea no hay tan bella mujer como una hija suya". Si el capitán no se entretiene me entretengo yo, pensó y pensó bien. Allá don Álvaro si imaginaba una desaseada villana "con malas manos y malos pies". ¡Toda una dama labradora es Isabel, la hija de Pedro Crespo! ¡Que el sargento tenía ojos, pardiez!

Casa de Pedro Crespo. O eso dicen.

Y oídos para escuchar las finezas de amor de cierto hidalgo, plantado ante la casa, como los caballeros de las comedias, con la boca llena de orientes con diamantes, auroras y atardeceres que deslumbran tornándose amaneceres. ¡Cómo les gusta el sol a los poetas! Y todo en balde, que un ventanazo fue la respuesta de Isabelilla.  El caballero llámase don Mendo y parece un don Quijote con su Rocinante, tan flaco el uno como el otro. Le acompaña un criado quejoso de las hambres cotidianas, las suyas y las del caballejo. Ni para cebada dispone.


 El hidalgote a lo suyo, con el palillo ocioso en la boca, aunque a las tres maldito el bocado. Cuando Pedro Crespo aparece por su calle, un "Dios os guarde" y a retirarse tocan. Ya se daría con un canto en los dientes si Pedro Crespo se la entregara para el santo matrimonio. Conocería el milagro de comer tres veces al día, algo milagroso en la España de nuestro rey Felipe que Dios guarde.

Pedro Crespo, sí, el rico villano. Sé por mi Rebolledo que el sargento hubo de llevar a casa del labrador la ropa de don Álvaro de Atayde, nombre completo del capitán. Y que, antes de entrar con el hatillo, oyó desde el zaguán la charla de Crespo con su hijo. Sorprendiole porque nunca antes había oído hablar ansí de eras y parvas, "montes de oro" decía. 


"las parvas notables de manojos y montones, que parecen al mirarse, desde lejos montes de oro..."

Y el bieldo que hiere al viento y el cuidado con los trojes, no se los lleve algún turbión. ¡Un tesoro cereal! El muchacho no estaba para hablar de espigas pues acababa de perder dos partidos de pelota que no había podido pagar y temía el enfado de su señor padre. Mas Crespo no mostró enojo, tan solo le aconsejó con firmeza que no jugara sin  dinero a la vista. El hijo recibió un consejo y hubo de pagar al padre consejero con otro: "en tu vida no has de darle consejos al que ha menester dinero". No es un padre duro este Crespo, al menos con sus hijo varón. Con las hembras, la cosa cambia. 

Dejó el sargento el hatillo en el aposento que le indicaron.  Al salir, quiso descansar y aliviar la calor sentado en un poyo, junto a la ventana y a la sombra. Escuchaba las voces de Crespo, su hijo Juan y su hija Isabel. 


A Juan, el hijo, le molestaba que su padre, siendo rico, viviera sujeto a los hospedajes de la tropa porque bien podría excusarlos comprando una ejecutoria. Crespo no concibe el honor postizo, pagado. Todos sabían que era "si bien de limpio linaje, hombre llano". Podía comprar al rey una ejecutoria, mas no la sangre. ¿Dirían que era entonces mejor? No, dirían que era noble por unos miles de reales. Dinero, que no honra, que la honra no la compra nadie. Sería como un hombre calvo que se comprara una cabellera, buena comparación pardiez.




De pronto, el sargento oyó voces de mujer. Era Isabel acompañada de su inseparable prima Inés, la pariente pobre supongo. Pedro Crespo le anunció, solemnemente, que nuestro Rey iba a Lisboa a coronarse y había de ir acompañado de marciales tropas, todo el tercio viejo de Flandes, al mando de don Lope de Figueroa. Que habían de venir a casa soldados y era importante que no la vieran, debía retirarse a los desvanes. Así lo haría gustosa, en compañía de Inés, y ni el sol osaría verlas. Que ella mesma había pensado en solicitarlo a su señor padre. Hay buenas hijas que se adelantan a las disposiciones de los buenos padres.


El sargento hubo de acompañar al capitán a la casa de Pedro Crespo. Recibiolo Juanico, en nombre de su padre, con palabras corteses: "vos seais bien venido", "ventura ha sido grande venir a ella un caballero tan noble", "perdonaréis...que mi padre quisiera que hoy un alcázar esta casa fuera". Don Álvaro agradeció "la merced y el cuidado". 

Cuando Juan se fue, preguntó, inquieto, al sargento,  si había visto "a la tal labradora". No por cierto, aunque sacó información de una criada habladora, que siempre las hay. Al parecer, el padre la tenía ocupada en el cuarto alto y no había de bajar nunca. Sólo por estar guardada, a don Álvaro  diole más deseo de entrar. ¡Y qué deseo más fiero! 

 Había de buscar una industria para llegar arriba, precisaba ayuda  y eligió a mi Rebolledo, a cambio de concederle lo del boliche por su cuenta. Mi hombre es hombre honrado "de muchas obligaciones" y necesita una "ayuda de costa".  ¡La Chispa es la obligación! 

Pusieron en marcha la industria. El capitán fingió que reñía con él y Rebolledo huyó hacia el desván. Don Álvaro fue detrás con la espada y Rebolledo dio, al fin, con la guardada Isabel. Quedé sorprendida del estilo caballeresco que gastó mi hombre, qué piquito de oro:

"Señoras, si siempre ha sido
sagrado el que es templo, hoy
sea mi sagrado aqueste,
pues es templo del amor"


Rebolledo (Joaquín Pamplona), don Álvaro (Paco Morán) y el reflejo travieso de mi ventana.

Se produjo el encuentro entre el capitán y la hija de Pedro Crespo. Ella le pidió que se detuviese como hombre de honor: "Deteneos...siendo vois quien sois". Las palabras de él destapaban que su intención era cortejar a la labradora, no castigar al soldado. Estaba tan claro como la luz del día.

"No pudiera otro sagrado
 librarle de mi furor, 
sino vuestra gran belleza
 por ella vida le doy.
...
No sólo vuestra hermosura
es de rara perfección,
pero vuestro entendimiento 
lo es también..."


Don Lope e Isabel (Pablo Sanz y Lola Cardona)

Entraron el padre y el hijo con las espadas desnudas. Pedro Crespo expresó su sorpresa, pensaba hallarle matando a un hombre y le halla requebrando a una mujer. Don Álvaro se justificó: "yo al respeto de esta dama suspendí todo el furor". 



Don Álvaro y Pedro Crespo (Paco Morán y Fernando Delgado). 

Juan se había dado cuenta de las intenciones del capitán y no disimulaba. A punto estuvo de armarse una muy gorda. Sacaron las espadas y Rebolledo clamaba: "Vive Cristo, Chispa, que ha de haber hurgón! Y yo: "¡Aquí del cuerpo de guardia! 

En esto, apareció don Lope de Figueroa, tan galán, con insignia y bengala. Y con su humor de mil demonios, mucho le debe doler siempre la pierna. Amenazaba con echarnos a todos por el corredor. Don Álvaro dio su versión: estaba alojado en esa casa, un soldado le dio ocasión a que sacara la espada, huyó, entró tras él donde estaban las dos labradoras y su padre y hermano se disgustaron. 

Don Lope preguntó quién fue el soldado e Isabel señaló al pobrete de mi Rebolledo que iba a pagar por todos. Don Lope dio la peor de las sentencias: "Denle dos tratos de cuerda". De esta vez me lo estropean, clamaba yo. Le atarían las manos hacia atrás, le colgarían por ellas de una cuerda, le levantarían en el aire para dejarle caer sin que llegara a tocar el suelo. ¡Un dolor terrible en los hombros! ¡Podían descoyuntármelo! 


Tratos de cuerda

Bien sabía don Lope que así saldría la verdad. Don Álvaro tenía la desvergüenza de pedirle que callara, pero mi Rebolledo no podía sufrir que le pusieran los brazos atrás, como mal soldado. Le confesó a don Lope: "el capitán me mandó que fingiese la pendencia, para tener ocasión de entrar aquí". Se acabó, el tambor había de echar el bando. Don Lope ordenaba que al cuerpo de guardia fueran todos los soldados y no saliera ninguno, bajo pena de muerte, en todo el día. Don Álvaro había de buscarse otro alojamiento, que don Lope quedaba en la de Pedro Crespo. El capitán quedaría libre de empeños y disgustos. ¡Qué ironía la del viejo general!

Nos fuimos todos y se quedaron hablando don Lope y Pedro Crespo, buena pareja. Yo no quería perderme la conversación y me quedé fuera de la casa, con la oreja pegada a la ventana. 



Pedro Crespo le daba las gracias por excusarle una ocasión de perderse. Don Lope preguntaba como era eso, la respuesta del rico labrador fue: "dando muerte a quien pensara ni aun el agravio menor". Don Lope le recordaba que era capitán y Crespo que "aunque fuera él general, en tocando a mi opinión, le matara". Y don Lope que "a quien tocara ni aun al soldado menor solo un pelo de la ropa...yo le ahorcara". Voto a Dios, voto a Dios, a quien, a quien, por vida del cielo, por vida también del cielo. Se devuelven la pelota de los juramentos una y otra vez. No hemos terminado, que aún no hemos llegado a las palabras que don Pedro Calderón dejó escritas para siempre, con tinta imborrable:

Pedro Crespo-"A quien se atreviera 
a un átomo de mi honor,
por vida también del cielo, 
que también le ahorcara yo.


El más famoso pasaje en un viejo libro de texto.

Lope de Figueroa-¿Sabéis que estáis obligado,
a sufrir, por ser quien sois,
estas cargas?

Pedro Crespo-Con mi hacienda,
pero con mi fama no.
A Rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma 
y el alma sólo es de Dios


"Al Rey la hacienda y la vida..."Borroso ahora, claro en tiempos de Calderón.

A don Lope le parecía que Pedro iba teniendo razón. ¡Victoria! Nunca oí que los villanos tuviéramos opinión, fama y honor, vive Cristo, vive Dios. ¿La barragana y soldadera Chispilla también?

El viejo general venía cansado y la pierna, que el diablo le dio, había menester descansar. Servirá la cama que el diablo dio al villano. Y pues diola hecha el diablo, a deshacerla iba, que cansado venía, voto a Dios. 

Yo también me voy a descansar, voto a Dios. Otro día volverá la Chispa, para la segunda jornada. Salúdola, señora mía. 

Un abrazo para todos los que habéis pasado por mi entrada número 1001. Me voy a la cama, voto a Dios. 

María Ángeles Merino


"El Alcalde de Zalamea", Pedro Calderón de la Barca, edición de Ángel Valbuena, Cátedra, Letras Hispánicas.  El texto de Calderón de color naranja.
Texto completo de "El Alcalde de Zalamea", aquí.
Vídeo, aquí.
Curso de Lengua, 7 º EGB, Fernando Lázaro Carréter, 1983, Anaya.

jueves, 28 de enero de 2016

Recuerdos en torno a "El Alcalde de Zalamea", un vídeo de You Tube y una visita pícara e inesperada.


Viejo libro de texto y edición de "El Alcalde de Zalamea" de Cátedra.

Comentario inicial a "El Alcalde de Zalamea" de Pedro Calderón de la Barca. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Inicio una nueva aventura lectora: “El Alcalde de Zalamea” de Pedro Calderón de la Barca. Elijo la edición de Cátedra. Se ofrece en ella el texto de la edición príncipe de "El garrote más bien dado", título que defiende Ángel Valbuena Briones, autor de la edición. Lo del garrote me sobrecoge un tanto. 



Leo la introducción que incluye una información muy completa sobre la vida y la obra de Calderón, junto a un análisis de "El Alcalde de Zalamea". Pero, de pronto, me acuerdo de un viejo libro de texto de séptimo de Educación General Básica, firmado nada menos que por Lázaro Carreter, que todavía conservo. Porque yo fui a E.G.B. 

Y siento nostalgia leyendo su sucinta información: seguidor de Lope de Vega, maestro de autores de teatro, nació en Madrid en 1600, familia acomodada, universidades de Alcalá de Henares y Salamanca, autor dramático, no cultivó otros géneros, sigue de cerca las comedias de Lope pero se hace más reflexivo, sosegado y profundo, Felipe IV le pone al frente del teatro de Palacio, sus dos obras maestras "El alcalde de Zalamea" y "La vida es sueño", autor de autos sacramentales, se ordena sacerdote y muere en 1681. 


Viejo libro de texto y edición de "El Alcalde de Zalamea" de Cátedra.

¿Y qué dice de "El Alcalde de Zalamea"? Las tropas españolas van hacia Portugal. El capitán don Álvaro y sus hombres se detienen a descansar en el pueblo de Zalamea, a la espera del general don Lope de Figueroa. El capitán va a hospedarse en casa de un rico labrador llamado Pedro Crespo, el cual tiene una hija, Isabel, que es la más hermosa de toda Zalamea. Don Álvaro la ve y desea conquistarla...

Después los niños leerían el diálogo entre el digno  e irónico alcalde y el colérico don Lope. El libro pide que comparen sus diferentes caracteres, que vean como Pedro Crespo se burla de los juramentos y bravatas de don Lope, que identifiquen la estrofa como romance...Tenían doce o trece años. ¿Podían leer a Calderón? Nostalgia de una profesora de E.G.B., qué antigua soy.



Pedro Crespo, para mí Pedro Crespo es Paco Rabal, en una película de 1974, proclamando  aquello de "Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios". 



Lo confieso, no me es simpático eso del honor calderoniano. ¡El honor! ¿Qué consistencia podía tener esa palabra para que, en su nombre, se cometieran, y se cometen todavía, ay, tantas burradas. Burradas, sí, aunque les pido disculpas a los burros. Veamos lo que dice el diccionario de la RAE: "Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual transciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea". Eso está muy bien, pero también: "honestidad y recato en las mujeres y buena opinión granjeada con estas virtudes". No me gusta, la inocente Isabel no va a tener otro camino que el convento, donde encontrará "esposo que no mira en calidad". ¡Mira tú que ley!

Anda, ponte ya a leer, María Ángeles. Deja el honor para otro momento.

Me pongo. Leo la "comedia famosa" hasta la jornada tercera, en que sale Isabel como llorando. Disfruto mucho de la lectura pero echo en falta  imágenes y voces y la solución está en los vídeos de"You Tube". Elijo una versión añosa que anuncia ser completa, asegura que es de 1954, pero debe ser una equivocación puesto que tiene todo el aspecto del teatro televisivo de los setenta y las caras son las conocidísimas de aquella época: Fernando Delgado, Pablo Sanz, Francisco Morán, Lola Cardona, Alicia Hermida, Nicolás Dueñas...Escucho y echo un vistazo mientras...hago la comida, por ejemplo. 


Estoy metida en harina, en la obra y en la comida. De pronto, la pantalla del móvil me muestra a una mujer vestida de hombre, a la moda del siglo XVII. Pero no recita a Calderón sino que se dirige a mí. ¡Es Chispa, que me está hablando! Vuelvo a las andadas con los secundarios, al parecer. Ya no me sorprende, escúchola:

Saludo a su merced. Me llaman la Chispa, la Chispilla, y por amor, sí por amor, estoy aquí. Bien conozco la fama de las soldaderas, tal es mi condición: "mujer que convivía con los soldados durante las campañas de guerra”.  A la guerra de Portugal vamos, donde el rey Felipe II, mi Señor, anhela ser coronado como rey luso, por la sangre de su bellísima madre doña Isabel y su matrimonio con doña Manuela que en la paz de Nuestro Señor descanse.



Mas a  “perecer con Rebolledo me resolví”, un pícaro soldado, tan alto y recio como los rebollos. Porque yo, maguer chiquita y graciosa, “ barbada el alma nací” y vine “para sufrir trabajos con mucha honra”, que para estarme regalada “no dejara en mi vida…la casa del regidor donde todo sobra, pues al mes mil regalos vienen”. Viva, ingeniosa y aficionada al buen vino, que no borrachina. Mis jácaras dan una poquilla alegría a la dura vida de los soldados y si saco el "barato" en algún juego de azar, bien venido sea. 

Bien sé que otros escritores de mi persona han usado, mas ninguno como mi don Pedro Calderón de la Barca. Voacé puede leer “El diablo cojuelo” o la “Jácara entremesada de la Pulga y la Chispa”. Doy licencia  a los de péndola que “vaya y venga la tabla al horno y a mí no me falte pan”.



Voacé se preguntará por qué don Pedro comienza su obra con unos personajes como Rebolledo y una servidora, de la calaña de los pícaros, como Lázaro del río Tormes o Justina la pícara o la andaluza lozana; que también hay soldados lectores y cuéntanme historias, que para todo hay tiempo. El mismo Cervantes, el de don Quijote, qué risas cuando lo leen en voz alta, puso gente apicarada y hampona en una comedia donde salía un rufián dichoso. Tan pícaros como mi Rebolledo, soldado apicarado donde los haya, ay qué dulzura la de entrar en esos rebollos.



Su mercé me pregunta por qué y yo aquí dando palique. Paciencia, que pongo a refrescar la memoria y cuéntole lo que largaba un soldado estudiante de Alcalá de Henares, cuando juntábase con un sargento que sabía de gramáticas, la puerta decían, tal puerta nunca vi. Pues decía que el Arte Nuevo de hacer comedias, el que inventó don Lope de Vega, tenía como propósito el ser “un espejo de la vida”. “Buscó un acercamiento a la realidad…Lo cómico y lo grave, lo humilde y lo hidalgo se mezclaron…se esforzó…en captar una apariencia de lo real”. 




Sólo apariencia, que yo no muestro lo feo y lo repugnante de mi oficio. Y nuestro mundo de “hampa” se sugiere por nuestra manera de hablar, el estudiante aseguraba  que tales vocablos eran de “germanía”. Tampoco conoceremos detalles de la desgracia de Isabel, la hija del alcalde Pedro Crespo, mas no adelanto acontecimientos.

Mas lo creen ciertamente los que van al corral de comedías porque don Pedro Calderón es un maestro de la palabra. ¡Y cómo acarician los versos nuestros oídos! ¡Qué música sin instrumentos! Un poco repetitivo sí es, digo yo que para que el público comprenda, como el maestro que dice lo mismo unas cuantas veces para que a los muchachos se les quede. "Anadiplosis, epanadiplosis, reduplicaciones o epímones, epiforas y expoliaciones". Casi nada. 

¿Qué de dónde saco tales vocablos? Pedile al de Alcalá que me las apuntara en un papelillo que llevo escondido en los pliegues de la camisa, no sé lo que quieren decir pero suenan bien y tal vez un día me sean útiles para camelar algún pardillo. Sé leer, no le extrañé a voacé, tuve buenos maestros, que tiempo había para todo y...por algo me llaman la "Chispa".

Así que comenzamos la jornada primera. Salimos Rebolledo, los soldados y yo. Rebolledo rompe el silencio con un devoto y blasfemo "¡Cuerpo de Cristo...! Los soldados llevan mucho tiempo de marcha "sin dar un refresco". No se quejan, contestan con un amén. Mi hombre trata de arrancarles una queja, si son acaso gitanos para andar así, aturdidos por el tambor, seguir siempre a la bandera. 



Replican, el cansancio se les olvidará a la entrada del lugar, no han de mostrar pesar. ¿Y si el comisario viene a la entrada con malas noticias? Porque hay concejos que pagan para que los soldados se vayan. "Señores soldados, orden hay que no paremos, luego al instante marchemos". Y ellos a obedecer. Rebolledo no puede más, previene a su compañeros, amenaza con dar un tornillazo, desertar. Un soldado le advierte,le puede costar la vida, que don Lope de Figueroa es "el hombre más desalmado...y que sabe hacer justicia del más amigo".

 A Rebolledo no le inquieta, " sino por esa pobreta que viene tras la persona". Le digo que no se aflija,que "barbada el alma nací", que vine "a marchar y perecer" con él. Él se anima y me proclama: "¡Viven los cielos, que eres corona de las mujeres!". Hay vivas a la Chispa y no me puedo negar cuando Rebolledo me pide que cante una jácara. Cantamos los dos:

CHISPA: Yo soy tiritiritaina,
flor de la jacarandana.

REBOLLEDO: Yo soy tiritiritina
la flor de la jacarandina.

CHISPA: Vaya a la guerra el alférez
y embárquese el capitán

REBOLLEDO: Mate moros quien quisiere
que a mí no me han hecho mal
...

Y se acabó el pesar. ¡Lo que pueden mis mágicas jácaras! Que vaya otro a la guerra. ¿Que nos han hecho a nosotros los enemigos?

Volveré, le contaré, señora mía. No se olvide de la Chispa. 

-Adiós, Chispa. Aquí espero tu próxima visita. 

Un abrazo de:

María Ángeles Merino en su entrada número 1000.



Bibliografía


"El Alcalde de Zalamea", Pedro Calderón de la Barca,edición de Ángel Valbuena, Cátedra, Letras Hispánicas. Fragmentos en azul de la introducción. El texto de Calderón de color naranja.
Texto completo de "El Alcalde de Zalamea", aquí.
Vídeo, aquí.
Curso de Lengua, 7 º EGB, Fernando Lázaro Carréter, 1983, Anaya.

jueves, 21 de enero de 2016

"Los Pazos de Ulloa": una novela de tesis vestida de folletín.

Sesión de lectura del día 19 de enero de 2016. Buenas lectoras y buen profesor.

Pequeña crónica de la reunión del Club de Lectura presencial, de la UBU. Comentamos "Los Pazos de Ulloa", de Emilia Pardo Bazán. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por el profesor Pedro Ojeda. 

Estamos a 19 de enero de 2016, son las cuatro y media de la tarde. Comienza nuestra sesión de lectura en la Sala de Juntas de la Facultad de Humanidades de Burgos. Recibimos noticias de las futuras lecturas y los encuentros con escritores, así como los posibles viajes. Ahora vamos con "Los Pazos de Ulloa" de Emilia Pardo Bazán.

Como ya nos dijo Pedro Ojeda en la sesión anterior, y ahora nos lo recuerda, estamos ante un “novelón”. Algunos ya lo conocíamos, aunque, tal vez, ahora lo hayamos contemplado desde una perspectiva diferente. 

Mi nuevo cuaderno de notas junto al "novelón"

La exposición de Pedro Ojeda fue tan amena e interesante como siempre. Aquí tenéis lo que mi cuaderno pudo recoger de la misma y mi interpretación, confiando en la memoria y en la capacidad de traducir notas manuscritas a la carrera:


Emilia Pardo Bazán escribió la novela después de “La cuestión palpitante”, un estudio del Naturalismo europeo, con Émile Zola a la cabeza. La escritora se sentía con fuerza para incorporar esa corriente literaria a su obra. Su intención  era mover el árbol para ver si caían nueces, probar con el cambio: incorporar la narrativa española a la narrativa europea.  El estudio fue muy alabado por Zola; pero más adelante, cuando E.P.B. escriba “Los Pazos de Ulloa”, el escritor francés dirá que E.P.B. no podía ser naturalista por ser católica, que podía utilizar técnicas naturalistas, pero no era naturalista. 



Esa fue precisamente la intención de la escritora, la de hacer una obra naturalista dentro del contexto español, arriesgándose a recibir críticas, siendo además una mujer…Se puso en primera fila y se arriesgó a no seguir una escuela, a romper y hacer algo nuevo. 


En su vida personal, coincidió con el fracaso de su matrimonio y las relaciones extramatrimoniales; lo cual nos lleva a recordar a Galdós, al que llamaba cariñosamente "miquiño mío". 


Una mujer de armas tomar que mantenía polémica con muchos escritores. Pedro nos cuenta una significativa anécdota relacionada con José Zorrilla: cuando le dijeron que  iban a coronar al viejo escritor como poeta nacional, ella preguntó con sorna si estaba todavía vivo. Anécdotas aparte, de lo que no hay duda es de que estamos ante una novela muy bien escrita, de una mujer que rompe.


Coronación de José Zorrilla

En su época, hay muchas novelas con protagonistas sacerdotes. Pero lo que hace diferente a "Los Pazos de Ulloa" es que está focalizada en Julián, un cura débil, lleno de dudas que resuelve con un "¡Dios sobre todo!". Un espíritu femenino, tal eran las acusaciones de sus compañeros en el Seminario. 

Lo que se leía entonces era el folletín y E.P.B. quería que su novela se leyera, que tuviera un público. Para ello, utiliza la estructura argumental del folletín. Es una historia cantada, va a acabar mal y lo sabemos desde el principio. Usó las fórmulas folletinescas para ir donde quería ir, hacer otra cosa,  ir más allá. 



La sorpresa  no va a ser la sorpresa argumental, estamos ante una novela de tesis, aunque entonces no se llamara así. Su intención era demostrar algo y, para ello, la escritora deseaba que la novela se comprendiera muy bien. Era como un experimento científico comprensible, para introducir una reflexión, como un caldo de cultivo al que se añadía un reactivo. E.P.B. entendía la literatura  como una herramienta de cambio social. La pretensión de su novela de tesis era cambiar conciencias y, con ello, la estructura de un país ¿Las conciencias de quiénes? 

¿Del pueblo? No, E.P.B. no escribía para la clase popular, ningún escritor lo hacía entonces. Escribía para la burguesía, en todos sus sectores, desde los demócratas republicanos hasta los conservadores, incluidos los carlistas, un público muy amplio. 



E.P. B. era una monárquica católica  que deseaba levantar la bandera de que esto había que levantarlo. Criticó ferozmente a la aristocracia y a la burguesía por no cumplir su misión social. El país estaba abandonado, la aristocracia dejó de cumplir su misión histórica y estaba en decadencia.  La burguesía no había ocupado su lugar, no hacía nada. Lo vemos en ese Santiago de Compostela, llamado con toda intención pueblo. Los burgueses se limitan es ocupar el diván de los maldicientes, a pasear y, en el caso del señor de la Lage, casar más o menos satisfactoriamente a sus hijas. 



El retrato de ambientes y personajes es extraordinario. La borrachera del niño atrapa. Las emociones las vive Julián que es el débil y fracasa. Nos encontramos, además, por primera vez en la literatura, con una condena a la violencia de género, en una voz de mujer, en unos tiempos en que regía el "te pego porque eres mía".

¿Por qué no era posible cambiar? ¿Por qué Primitivo tenía tanta fuerza? Primitivo podía porque había un vacío de poder, la clave era la lucha entre civilización y barbarie.

 Si no hay civilización, hay barbarie. Las fuerzas de la Naturaleza sólo se pueden vencer con un poder ordenador. E.P.B. denuncia la ausencia. ¿Dónde está la burguesía revolucionaria que tenía que ordenar este territorio? 

Porque, desde el primer capítulo, aparece el abandono, unos caminos infernales donde Julián casi se despeña. 

Ahora veamos las opiniones de los lectores:
  • Abre el fuego un lector que da su opinión como lector del siglo XXI y anuncia que va a ser abogado del diablo. Quiere que una obra le sorprenda y E.P.B. nos lleva por un carril conocido, sabemos que va a ser una tragedia, que el hijo de Nucha va a a ser niña, todo está predeterminado. Hay, además, demasiadas palabras para contarnos esa Galicia húmeda y rural. Ella pide a una obra que le emocione, le entretenga y le enseñe. Sólo le ha emocionado en el último capítulo cuando se mete dentro del niño Perucho que rapta a la niña. El lenguaje le ha parecido correcto, académico, burgués, frío. El tiempo, demasiado lento y la obra, en general, ha envejecido mal.
  • Me ha entretenido y me ha ilusionado. ¡Qué suerte haber nacido más tarde!
  • La que esto escribe, se ha sentido especialmente emocionada durante el parto de Nucha, abandonada por todos. El médico y el marido charlan y beben, comentan lo debiluchas que son estas mujeres de ciudad. Mientras tanto el cura Julián sufre sin poder hacer nada, hay tormenta, se angustia, reza, muestra amor de verdad. Pienso cómo vivirán ese capítulo las mujeres que conocen la experiencia del alumbramiento. Me quedé helada leyéndolo junto a las tapias del Parral, en un atardecer de diciembre, a quién se le ocurre.
  • Hay capítulos más ágiles, otros más lentos.
  • Lo sabes, lo barruntas, pero está maravillosamente escrita. El mundo de la burguesía, los criados, las brujas...
  • Yo no creo que haya pretendido hacer una novela de suspense. El ritmo está muy meditado. Unas veces rápido, otras lento. Yo no busco que una novela me enseñe, casi no quiero.
  • Es el tipo de historias que gustaban en esa época, dramas familiares y personales. Como en "Jane Eyre", en las novelas inglesas. Sabes lo que va a ocurrir, está cantado, no te sorprende...pero me ha parecido una novela muy interesante. Yo le pediría a Julián que fuera más atrevido.
  • Era una mujer "oronda" que había sorprendido en un momento decadente y convulso. Una mujer de siglo XIX que habla de corrupción, algo posible gracias a su educación y a sus viajes por el extranjero. Este libro me trae recuerdos de cuando hice el Camino de Santiago por paisajes tenebrosos, oscuros y solitarios que daban miedo. Me ha servido para buscar otras cosas: la degradación de España por el caciquismo.
  • Hay una crítica a la falta de cultura, ese médico disparatado...
  • Me gustan algunos capítulos: la borrachera del niño, las visitas de los recién casados, las elecciones...Me encanta el pucherazo.
  • Hay un determinismo biológico, todo está determinado por más que se intente cambiar de situación.
  • No la veo como feminista, el narrador describe como es golpeada Sabel, no toma partido.
  • En la segunda parte, en "La Madre Naturaleza", Julián se sale con la suya a su manera.
  • Un guiño para que leamos la continuación ideológica de la primera. Pedro Ojeda nos anima a hacerlo.
  • Concluyo con una anécdota personal, vivida por la que esto escribe. La primera alumna analfabeta que tuvo en sus clases de educación de adultos, en 1989, en Beasain (Gupúzcoa) fue una mujer natural de una aldea cercana a Carballino, en Orense, la misma comarca de "Los Pazos de Ulloa". Cebre es Cea. Ahora comprendo...
Acabamos la sesión con el anuncio de la próxima lectura: "El alcalde de Zalamea" de Calderón de la Barca. Una obra de teatro para nuestra próxima aventura lectora.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Dedico esta entrada a mi alumna Josefa, nacida en una aldea próxima a Carballino, en Ourense. Nunca olvidaré su pena por no haber podido aprender a leer y su sentido mágico de la vida. 

jueves, 14 de enero de 2016

"Los Pazos de Ulloa": "ya no podía continuar en los Pazos"



Comentario al capítulo séptimo de "Los Pazos de Ulloa", de Emilia Pardo Bazán. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Os saludo a todos los que pasáis por aquí, en un 14 de enero, ya acabadas las vacaciones de Navidad, de vuelta a la rutina, todavía con los adornos navideños en las calles. Recordáis de la entradas anteriores que, de perspectiva a perspectiva, cometí una travesura literaria y de la tercera pasé a la primera persona porque...me resultaba más cómoda. Siguiendo al narrador sabelotodo, me perdonará doña Emilia, me inventé un cuentecillo:

Érase una vez una vieja carpeta, encontrada en una vieja casona de Santiago de Compostela. Estaba en un cajoncillo oculto en un viejo bargueño y encontrola, por casualidad, un peregrino alojado en la casona, convertida en albergue. Contenía unas cartas que Julián Alvárez envió a su madre, poco después de su llegada a los pazos. Ya sabéis, misia Rosario, ama de llaves de los de la Lage, personaje apenas esbozado por doña Emilia. Entregómelas el peregrino para que se las custodiase, pronto volvería a por ellas. Me había conocido leyendo "Los Pazos de Ulloa", junto a las tapias del Paseo del Parral, un lugar que ve pasar a muchos que van camino de Compostela. Le parecí persona de confianza, que no esperaba encontrar una lectora de la Pardo Bazán por estas castellanas tierras. Y colorín colorado.

Aquí tenéis la quinta carta de Julián a su madre.

Mi queridísima madre:

Comienzo esta carta deseando, de todo corazón, que al recibo de la presente se encuentre usted bien de salud. Su hijo de usted, el que esto escribe, hállase sano de cuerpo y alma, gracias sean dadas a Dios y a la Santísima Virgen.


Como le decía , en mi anterior carta, volvía a la casa solariega preocupado, acusándome de no haber reparado en cosas de bulto. No, "ya no podía continuar en los Pazos". Pero no podía vivir a cuestas de usted, madre, sin más emolumentos que la misa. ¿Y cómo dejar al señorito que me trataba tan llanamente? ¿Y la casa de Ulloa que necesitaba un restaurador celoso y adicto? ¿Y mi deber de sacerdote?

El sosiego que derramaba la madre naturaleza vino en mi ayuda. Aquella noche aprecié por primera vez la dulce paz del campo. Olía a manzanillas y cabrifollos. "¡Dios sobre todo!" era mi respuesta de sacerdote.




Mas no imaginaba la tormenta que iba a encontrar en los Pazos. En el umbral de la cocina me quedé paralizado. Sabel aullaba en el suelo. Don Pedro, loco de furor, la brumaba a culatazos. Perucho sollozaba.

Ahora sigo contándole, que me temblaba la pluma y no pude rematar la misiva. Como es natural, arrojóme hacia el grupo, clamando:

-
"¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!"

Volvióse y “se quedó inmóvil con la escopeta empuñada por el cañón”. Poseído por la ira, no se disculpaba ni acudía a la víctima sino que balbucía insultos y amenazas con voz ronca y terrible. La instaba a levantarse para hacer la cena. Yo la ayudaba a incorporarse y ella gemía, con el traje de fiesta sucio y roto. Uno de los zarcillos se le había clavado en la nuca y salía sangre. “Cinco verdugones rojos en la mejilla contaban cómo había sido derribada". "¡La cena he dicho!", repetía don Pedro pero, lo de menos era la cena, lo de más era reparar su orgullo de macho herido.



Sabel no hablaba, gemía y tomó en brazos a Perucho que lloraba a moco y baba. El señorito cambió de tono, pasó la mano por la frente del niño y encontró sangre. ¡Acababa de herir a su hijo! Se maldecía a sí mismo mientras mojaba un pañuelo y lo ataba sobre la descalabradura. Mas no cesaba en su ira: "¡...yo te enseñaré a pasarte las horas en las romerías sacudiéndote, perra!".

Por fin, la mujer reaccionó. Debía dolerle mucho el hombro. En voz baja, pero con energía repetía : "Yo me voy, me voy...". Yo veía al señorito que estaba dispuesto ya "a hacer alguna barrabasada notable". Gracias a Dios, en ese momento, salió Primitivo de un rincón oscuro donde estaba oculto. Y preguntó muy sosegadamente: "¿No oyes lo que te dice el señorito?". La moza se tragó los sollozos y tartamudeó: "Oi-go, siii-see-ñoor, oi-go". Bajó de la espetera una sartén e inmediatamente apareció la bruja de las greñas blancas, con un mandil atestado de leña. Primitivo cogió respetuosamente la escopeta de la mano del marqués y se la llevó. 

Creí llegada la ocasión de actuar. Invité al señorito a pasear por el huerto, a disfrutar de la noche. Salimos, oíamos a las ranas, no se movía una hoja. La oscuridad me ayudaría a soltar la lengua.



Empecé con un respetuoso "Señor marqués, yo siento tener que advertirle...". Se volvió bruscamente y me cortó en seco, se sabía ya el sermón, así que a callar. Como si fuera lo más normal, uno de esos momentos en que el hombre no era dueño de sí, me decía, aunque digan que no se debe pegar nunca las mujeres, que según sean, que algunas harían perder la paciencia al santo Job. Que lo que sentía era el golpe que le tocó al chiquillo.

Le dije, como era mi deber, que no estaba bien maltratar a nadie, que la tardanza de la cena no era motivo. El señorito explotó: "¡La tardanza de la cena!". Eso importaría muy poco, si la moza no tuviera "otras mañas". Que la había visto "bailar como una descosida" y "bien acompañada" después. 



Me estaba revelando unos celos feroces y yo no sabía qué responder. Le pedí que disculpara la libertad que me tomaba, que una persona de su clase no debía rebajarse por una criada, que a la gente le diera por pensar. Lo estaba pasando muy mal, no podía olvidar que estaba ante don Pedro Moscoso, aunque hablara con la autoridad que me concede el Orden Sacerdotal.

Al fin tuve valor y rectifiqué: "Digo pensará. Ya lo piensa todo el mundo...". Y solté lo que había preparado concienzudamente. Lo había ensayado, incluso.

"Y el caso es que yo..., vamos..., no puedo permanecer en una casa donde, según la voz pública, vive un cristiano en concubinato... Nos está prohibido severamente autorizar con nuestra presencia el escándalo y hacernos cómplices de él".



"Leria, leria" murmuraba galaicamente el marqués. La juventud, la robustez, la hombría, valientes justificaciones. Me pedía que no le pidiera imposibles, que el que más y el que menos...Sólo le faltaba preguntarme. ¿y usted?

Le repliqué contundentemente, yo era un pecador pero estaba obligado a decirle la verdad. Le regañé como se regaña a un marqués: "¿no le pesa de vivir así encenagado? ¡Una cosa tan inferior a su categoría y a su nacimiento! ¡Una triste criada de cocina!". Sí, madre, ya sé que nuestro Señor Jesucristo predicó la igualdad de todos los seres humanos, pero tenía que decirle algo que pusiera el dedo en su soberbia.

Seguimos andando por el huerto. Después de un rato de silencio, exclamó: "¡Una bribona desorejada, que es lo peor!" . Don Pedro Moscoso se sinceraba mientras trituraba una ramita de castaño:" a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así ". Porque era saqueado y comido vivo por Sabel, por Primitivo, por la Sabia con sus hijas y nietas...Pensé en los pequeños hurtos de la cocina; mas no era eso lo que le hería sino la "tunanta" que le aborrecía y prefería irse con cualquier gañán descalzo. ¡La aplastaría los sesos como a una culebra! Yo oía estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora y me admiraba de lo bien que tejía el diablo sus redes.

Aquello me parecía fácil de arreglar, bastaba con poner a Sabel en la calle. El marqués meneaba la cabeza y torcía el gesto. Me explicó, si la echaba no encontraría quien le guisase y le sirviese. Su padre, Primitivo, tenía amenazadas a todas las mozas, si se atrevían a sustituirla en el pazo. ¡Y que ya lo había intentado! Un día la puso en la puerta de casa y esa noche se despidieron todas las criadas. Primitivo se fingió enfermo y don Pedro estuvo una semana comiendo en la rectoral y haciéndose la cama él mismo. Y tuvo que pedirla que volviese.

Me descubrió que "ellos" podían más y obedecían a Sabel ciegamente. Que no ahorraba ni un ochavo, que toda la parroquia vivía a su costa: vino, gallinas, leña, pan, bueyes y terneros para labrar sus tierras...Que la renta se cobraba "tarde, mal y arrastro". Que sostenía siete u ocho vacas y la leche que bebía cabía en el hueco de la mano. 




Le sugerí poner otro mayordomo y su respuesta fue un ay, ay, ay. Primitivo le largaría un tiro en la tripa. Y, además, Primitivo no era mayordomo. Mandaba en todos, incluso en él, pero jamás le fue concedida mayordomía alguna. Porque el mayordomo fue siempre el capellán. Primitivo no sabía leer ni escribir; pero se echaba mano de él para todo, las manos y los pies del señorito que "colgadito" estaría sin él.

Yo tampoco he podido amañarme solo y así se lo he reconocido humildemente. Nunca me obedecerá nadie porque soy un infeliz, demasiado bonachón. Así me lo dijo el señorito y hería mi amor propio. No tengo picardía, no conozco las máculas de la gente. Eso ya lo conoce usted bien, madre.

Dándole vueltas al caletre, se me ocurrió sugerirle que saliera un poco del pueblo, que me admiraba de que aguantara todo el año en estas montañas fieras. 





¡Salir de aquí! -exclamó. Mal o bien, era el rey de la comarca, acostumbrado a pisar tierra suya. Yo le repliqué que, al fin, aquí mandaba Primitivo. Él me respondió con "la lógica de la barbarie":

"Bah... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapiés, si se me hinchan las narices, sin que el juez me venga a empapelar... No lo hago; pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo haría si quisiese. ¿Cree usted que Sabel irá a quejarse a la justicia de los culatazos de hoy?"

Le contesté que apartándose algún tiempo, tal vez Sabel se casase con alguien de su esfera y él encontraría una esposa legítima. Le sermoneé: la carne es débil, no es bueno que el hombre esté solo, mejor casarse que abrasarse, por qué no se casaba, habiendo tantas señoritas buenas y honradas...

Creo que toqué su fibra sensible. Me contestó que soñaba todas las noches con un chiquillo que continuara el nombre de la casa, que se le pareciera y no fuera hijo de una bribona, que se llamara Pedro Moscoso y le heredera cuando muriera...




Aquellas palabras me llenaban de esperanza pero, de repente, creí sentir a mis espaldas el paso de un animal, el zorro tal vez. Me estremecí. El marqués me cogió del brazo. Articuló en voz baja y ahogada de ira:

"Primitivo...Primitivo que nos atisbará hace un cuarto de hora, oyendo la conversación...Nos hemos lucido... ¡Me valga Dios y los santos de la corte celestial! "



Zorro (Wikipedia)

Creo, madre, que emprenderé el camino a Cebre un pie tras otro y esperaré la diligencia de Orense a Santiago. Me da tristeza cuando miro el paisaje ameno, el prado, los maizales...Pero Dios nos lleva y nos trae.

Reciba un abrazo de su hijo Julián Álvarez. ¿Qué me aconseja usted?

Aquí acaba la quinta carta de Julián Álvarez a su madre, misia Rosario, desde los Pazos de Ulloa.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino