lunes, 15 de febrero de 2021

Mientras descarga la tormenta, leo Húrgura de Fermín Herrero y Henar Sastre.



Mientras descarga la tormenta, las violetas

se agachan, aún más. Con las últimas gotas

se yerguen levemente, con esa timidez

sutil, bajo el espino, enterneciéndose.

Mientras descarga la tormenta, leo a sorbitos un libro de poesía: Húrgura de Fermín Herrero. 

Escribe el autor, en las notas del final, que sus "poemillas" han sido escritos como "como vaga imitación de los juejù dela literatura china clásica", aunque "lo único por lo que podrían relacionarse sería porque al parecer jué significa cortado" y sus versos "recurren con frecuencia al encabalgamiento". 

En cuanto al título, "húrgura" es una palabra que le fascina "por su oscura eufonía alternativa" y porque le recuerda "los días y particularmente noches, criminales de invierno en los que se levantaba el cierzo ladrón tras haber nevado a modo y la cellisca, en mi pueblo cillina, cegaba, impedía desplazarse". Y sólo se conoce "a ambas laderas del puerto de Oncala, en la zona septentrional de la provincia de Soria". Húrgura con hache y en singular en su ladera, "úrguras" sin hache y en plural en la otra. 

En una tarde de húrgura, anocheciendo, venir,
cegado y aterido, hasta el poema y, luego,
en la claridad del canto, serenarse, con un solaz
de nieve y de sosiego recibir, jubiloso, el amanecer.

Puro campo soriano, lo de chino es un juego. o un cuento...chino. Húrgura es de una belleza triste, solo aliviada por la generosidad de la naturaleza y el amor a los suyos, a los que están y a los que no están. Es el paisaje personal del poeta, el de dentro y el de fuera. 

En el corral, uncir las vacas, fría
la noche. Escucho. En la cocina
la lumbre hace humo, bondad
morriña. Escucho. Así os recupero.

El lector puede componer el suyo propio. Puede hacerlo aunque no conozca el nombre de tantas flores. Aunque nunca haya estado en las tierras altas de Soria.

Acotar unos metros del ribazo y decir, 
sin tocarlas: neguillas, cabezuelas, gordolobos,
visnagas, candilejas, malvas, vezas,
milenrama, lechetreznas y arvejas. Respetarlas.


Estamos pasando una noche de verdadera húrgura, aunque sin nieve ni cellisca, agotados del ruido amenazador de la pandemia. En "la claridad del canto" nos serenamos, necesitamos entibiar "un poco la pesadumbre", que se nos pongan "los ojos pequeñitos de alegria". Las forsitias "fulgen", los pájaros se han zampado de golpe las guindas, el niño pequeño nos sorprende con su media lengua, "flotan los pétalos del pruno", "cantan los pájaros en cuanto sale el sol", las violetas se agachan y se yerguen "enterneciéndose"...

Nos enternecemos y reconocemos el dolor: el ramo de flores "enganchado a la valla de las vías", el desamparo de las manzanas heladas que es "el nuestro", "las noches más largas", el bramido del chotillo que no podrá vivir, "aquel dolor que nadie recogía", "estoy hablando de los muertos, soy de ellos","la noche sin estrellas", "la cama está muy fría"...

Y, al poeta, le vinieron estos poemas y los aireó con la maravillosa compañía de las fotografías de Henar Sastre. También sus imágenes nos serenan.

La tormenta pasará. Mientras tanto, leemos. Y tenemos a los nuestros. Entibiamos pesadumbres.

Gracias al profesor Pedro Ojeda por darme a conocer este libro en la Universidad Abierta. Y antes fue en La Acequia.

Un abrazo de María Ángeles Merino, para los que pasáis por aquí. 

Palabras en rojo tomadas de Húrgura, Fermín Herrero y Henar Sastre, primera edición, abril de 2020, editorial Páramo.

lunes, 1 de febrero de 2021

Inés del alma mía de Isabel Allende. La aguja, el barco, el amor y la espada.


 Comentario sobre la novela Inés del alma mía de Isabel Allende, para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda. 

Viene de la lectura de la entrada del 30 de julio de 2020, excepcionalmente vuelvo a publicarla. 

Como os decía, me gustaría comentar como fue, como es, mi lectura en los tiempos del coronavirus....

Inés del alma mía de Isabel Allende es una novela histórica que cuenta la vida de Inés Suárez, primera mujer española en Chile. Está narrada en primera persona, con la perspectiva de una viejecita, más de "setenta inviernos", que siente próxima la muerte y escribe para que sus hazañas no caigan en el olvido. La escritora arranca situando a su personaje en el espacio y en el tiempo, enlazando  con una historia de amor muy popularizada por el cine y la televisión: la de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. 

"De la fecha exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero, según mi madre, nací después de la hambruna y la tremenda pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el Hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste, como decía la gente al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó flotando en el aire, durante días, un olor a almendras amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de un lado a otro el catafalco...".

¡La peste precisamente! La peste y el olor a almendras amargas, un homenaje a Gabriel García Márquez, maestro del realismo mágico, que comienza así El amor en los tiempos del cólera: "Era inevitable. El olor de las almendras amargas le recordaba el destino de los amores contrariados". 


Era inevitable, al comienzo de Inés del alma mía tenemos a  una gitana del Jerte que le augura una larga vida y a una criada ya difunta que muy dulcemente le anuncia: «Tú te estarás muriendo de viejita no más, señoray». En las novelas de la Allende no faltan nunca las profecías ni los difuntos con ganas de pegar la hebra, en un realismo mágico menos elaborado, más de andar por casa, más asequible a lectores menos exigentes o que no quieran romperse la cabeza.


¿Subliteratura? ¿Literatura comercial? ¿Copia menor de García Márquez? Leemos en la Wikipedia: "Autora de superventas, la venta total de sus libros alcanza 72 millones de ejemplares y sus obras han sido traducidas a 42 idiomas. Es considerada como la escritora viva más leída del mundo de la lengua española". Ahí lo dejo.


¿Qué recuerdo de esta novela? Me llamó la atención la actitud cómplice y afectiva de la escritora con el personaje. Inés Suárez era una sencilla costurera extremeña que viajó a América, muy capaz de ganarse la vida por sí misma y valiente, muy valiente; había que serlo para viajar al Nuevo Mundo, en el siglo XVI, en un barco cáscara de nuez, sin amparo de un varón. Una mujer muy apañada que lo mismo bordaba con primor que cocinaba ricas empanadas , curaba heridos como diligente enfermera o manejaba hábilmente la espada. Y si había que cortar cabezas se cortaban.


 Siguiendo los pasos de su marido,  al que no encontraría con vida, llegó hasta al Perú. Como viuda de un soldado español recibió una pequeña encomienda pero, vaya por Dios, se enamoró del conquistador Pedro de Valdivia que había dejado a su mujer, la insulsa doña Marina Ortiz de Gaete, allá en Extremadura. Inés siguió, como asistente, a Valdivia en la conquista de Chile, tras una marcha larga y penosa por el desierto de Atacama, bajo la amenaza de los bravos mapuches. Nuestra heroína peleará como un aguerrido soldado "viracocha", que así llamaban los súbditos de los incas a los conquistadores españoles. Tras la muerte de Valdivia, se casará con el gobernador Rodrigo de Quiroga. Morirá viuda y muy mayor, respetada y querida por todos. ¿Es esta una lectura solo para mujeres? 


Sea como sea, nunca olvidaré Inés del alma mía de Isabel Allende porque íbamos a tener una reunión del Club de Lectura de La Acequia y Alumni UBU, con Pedro Ojeda. Era la lectura señalada para el  mes de marzo y ya no pudo ser. Me faltaba la parte final, la más violenta, la que leí precipitadamente, entre alarmantes noticiarios, los días 14 y 15 porque tenía que devolverla el día 16. La Biblioteca Pública de San Juan estaba cerrada y , tirando de un carro de la compra vacío, por si me preguntaban el motivo de mi salida, la eché al buzón de devoluciones. ¿Dónde estará el maldito buzón? Ahí, frente al río Vena. 


 Nunca olvidaré aquella mañana silenciosa en que la Plaza de San Lesmes parecía estar lejos, apenas cuatro minutos desde mi casa. Y la prisa de la poca gente que andaba por la calle, como si les fuera a caer algo encima. Vi a dos hombres uniformados, con una boina clara, luego supe que eran los de la Unidad Militar de Emergencias (UME).  A casa, a confinarse. Hasta el día 2 de mayo, solo saldría para ir al supermercado y la farmacia. Mucho tiempo para leer, no tanto en realidad. 
...

Un abrazo de María Ángeles Merino


martes, 26 de enero de 2021

"Galanes": "Un auténtico hijo de perra".


Comentario sobre el libro de relatos Algunas historias no sirven para escribir historias de amor de José Ignacio García, para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda.

Paseaba entre arboles, como todos los días. Era un sábado gélido de enero y la centella bordaba hermosos dibujos con hilo de hielo en tela de clorofila. No era cosa de todos los días, había que disfrutar del espectáculo. El pino llorón, el del Himalaya, parecía más llorón que nunca con sus acículas escarchadas. Iba a hacer la foto cuando alguien me llamó por mi nombre. 

-¡María Ángeles!

-¡Austri! ¿Dónde te habías metido? No te veo desde antes de la pandemia. Bueno, mucho antes.

Era Austri, los que pasan por aquí ya la conocen, una amiga que solía ayudarme a comentar libros. Llevaba mucho tiempo sin verla, antes me la encontraba en mis paseos, sobre todo si me sentaba a leer en un banco o en la orilla del río. Es un personaje algo fantasmal, me cuenta que fuimos compañeras en el Insti y se acuerda de cuando la profesora de literatura me puso un cero por culpa del Arcipreste de Hita, que jugaba conmigo a la soga en el Espolón y se acuerda de cuando un guardia nos quitó la cuerda por jugar donde no se podía jugar. Y el caso es que yo no recuerdo a ninguna compañerita con ese nombre. 

Austri está siempre muy informada de los libros que comentamos en el Club de Lectura de La Acequia. ¡Y los lee! Esta vez, se había leído Algunas historias  no sirven para escribir canciones de amor del escritor castellanoleonés José Ignacio Pérez. Me pidió que le leyera lo que había escrito sobre el libro, en el cuadernillo de notas. No me paré a pensar cómo sabía tanto de mis costumbres, dócilmente accedí y le pedí que me ayudara con los comentarios. Quedó así:

De acuerdo, Austri, te lo leo:

"El lector se sumerge a gusto en una pintura acertada de ambientes y personajes. Llega a la sorpresa del final, se queda pensativo, algo se le escapa, habrá que leerlo de nuevo. Cuando lo hace, descubre, con una sonrisa, puntos que se le habían escapado, mira que no haberme fijado... Quedan huecos sin rellenar, cada lector los completa con su poca o su mucha imaginación, pero sigue mosqueado. Ese mosqueo es lo bueno de los libros. Este se puede y se debe releer". 

-Es lo bueno de los buenos libros. Cercas dijo que era el "punto ciego", "espacios de ambigüedad que permiten al lector apropiarse de la ficción." Aunque conozco a muchos que les irrita esa ambigüedad y quiere siempre que el escritor se lo cuente todo. Tú misma...

-Confieso que tardé en darme cuenta de la personalidad canina del protagonista de "Galanes"¿Un perro? ¿O un hombre al que el amor incondicional le lleva a una conducta perruna? 

Al principio solo lo vi como un enamorado que quiere recuperar a su adorada chica sencilla y está dispuesto a aguantar carros y carretas, a que lo hagan a lo bestia delante de sus narices:

"Te levantas y recorres el pasillo casi de puntillas con cautela, y a la vuelta del recibidor descubres la escena. Blanca desmadejada entre los brazos de un hombre barbudo, desarrapado y mucho más joven que ella que parece que la quiere despojar de la blusa y del sujetador con la misma ansia que un zorro trataría de desplumar la presa que ha atrapado tras la alambrada de un gallinero. No sabes qué hacer...otro ha activado en la mujer que adoras los resortes lascivos que tú nunca has imaginado que pudiera tener..." (Galanes)

¡Vaya estómago! No se rinde y piensa que todavía puede presentar batalla a su rival. Tiene una estrategia y la lleva a cabo. Es un perdedor como todos los protagonistas del libro, no hay perdices. Nos lo cuenta en segunda persona, buscando nuestra complicidad. 

-Corre alegre hacia la cocina, se conforma con una caricia o un trocito de pan frito, hay que sacarlo a pasear, es muy perro.

-Un perro que habla de cines, de mantas de alpaca, de series de televisión, de tenderetes de mercadillo, posee toda una cultura humana. .

-A ver,  piensa que es un cuento. ¿Te extrañaba cuando eras pequeña y veías, en los dibujos animados, animales que hablaban y se comportaban como personas? Seguro que lo aceptabas sin más, perdemos mucho al hacernos mayores. A ti te ha hecho falta leer las últimas palabras: "te preguntas quién de los dos es un auténtico hijo de perra."

-La literatura fantástica no es mi fuerte, lo reconozco. 

"Galanes" no sirve para una canción de amor, pero hay mucho amor en la historia de "Galanes". No hay fidelidad como la de un perro. ¿A que nadie te recibe en casa con la alegría con que te recibe el de cuatro patas? Todos los que lo tenemos o lo hemos tenido sabemos de la locura de esos recibimientos. 

-Y hablando de otra cosa, te sentó mal lo de esa compañera de lectura que aseguraba, en el Facebook, que ella lo había descubierto ya en la segunda página. 

-¡No! ¿Cómo sabes tú eso?

-Visito todas las redes sociales, es cosa fácil. Si te parece, otro día seguimos hablando, que son diecinueve relatos. Me gustó mucho "La señorita Jéster Sú", una historia de amor sin sexo, en contraste con la que acabamos de comentar, tan de los setenta que la protagonista lleva el nombre españolizado de un personaje de "La casa de la pradera". 

-De acuerdo, hasta otro día, Austri. Me das el número de tu móvil y te envío un guasap. 

¡Austri! ¿Dónde estás?

¡Ha desaparecido!

Creo que me han quedado "puntos ciegos". 

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

Palabras en rojo tomadas directamente del libro Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor, de José Ignacio García, Péñola, primera edición, junio de 2020. 


miércoles, 13 de enero de 2021

Algunas historias no sirven para escribir historias de amor (José Ignacio García). A los que hirió el amor.



Comentario sobre el libro de relatos Algunas historias no sirven para escribir historias de amor de José Ignacio García, para la lectura colectiva de La Acequia y Alumni UBU, dirigida por Pedro Ojeda.

Ayer, comenzaba a leer el último relato de Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor, del escritor leonés José Ignacio García, cuando pitó mi móvil y se asomó la añorada muñequita del Club de Lectura de La Acequia, siempre bienvenida. Pedro Ojeda lo señalaba como lectura para enero, poniendo en marcha el Club de Lectura, interrumpido en marzo, por el confinamiento de la pandemia. 

Tomada de La Acequia

Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor. El título podría ser un triste y hermoso microrrelato. Suena a desilusionada conclusión de alguien que tira la toalla. 

¿Y cómo son las que sí sirven? Hago memoria de mis años jóvenes, que los tuve, y me viene algo así como: "Nunca olvidaré la tarde fría que pasamos juntos del invierno aquel, la emoción que yo sentí al acariciar tu piel. Tú tenías quince años, yo no había cumplido aún los dieciséis. Nunca mi amor olvidaré cuando por primera vez yo te besé...". Como veis, me falla un poco la memoria.


Amor romántico, no, aquí cuadraría esta otra, todavía más vieja: "Como si una guerra cruel vinieran de perder...A los que hirió, a los que hirió el amor...". ¡Eso es! Bueno, cosas mías, María Ángeles déjate de digresiones. Al grano, digo al libro y a las canciones que tocan ahora, Sabina y demás.

Os decía del último relato, el que lleva el mismo título del libro y contiene, desde las primeras líneas, trazas de dejarnos en el rincón de pensar, tan impactados como con el primero. Y con los demás, que cada lector elija el que le dejó más KO, con los esquemas más del revés. 

Los protagonistas parecen pedir nuestra complicidad, por más extrema que sea la situación: no es para tanto lo que les sucede, qué van a hacer, lo mismo que cualquiera. “La vida es muy cabrona” pero han de mantener la dignidad. Son perdedores, les hirió el amor o la vida o las dos cosas, no habrá perdices. Cada uno en su ambiente: muebles, vestidos, comidas, bebidas, canciones, incluso programas de televisión. Leemos, vemos, tocamos, olemos, gustamos y entramos en su mundo de dentro. José Ignacio García nos coloca delante del lado oscuro de la vida, sin amargura, con ironía y su buena dosis de comprensión y cariño.

No son relatos para canciones de amor, pero hay mucho amor en lo que estamos leyendo, distinto, tremendo, doloroso:

"Te levantas y recorres el pasillo casi de puntillas con cautela, y a la vuelta del recibidor descubres la escena. Blanca desmadejada entre los brazos de un hombre barbudo, desarrapado y mucho más joven que ella que parece que la quiere despojar de la blusa y del sujetador con la misma ansia que un zorro trataría de desplumar la presa que ha atrapado tras la alambrada de un gallinero. No sabes qué hacer...otro ha activado en la mujer que adoras los resortes lascivos que tú nunca has imaginado que pudiera tener..." (Galanes)

Como escribe certeramente Tomás Sánchez Santiago en el prólogo titulado “De la escritura simbiótica”:

“Por estos diecinueve relatos vuelven a atravesar ante nosotros personajes en manos del destino, hombres y mujeres que cumplen irremediablemente “esa oración consecutiva que es la vida” y aceptan, en glacial mansedumbre, lo que les va llegando.” 

Sí, cabe mucho amor en esa "glacial mansedumbre", también desamor. En el cornudo que quiere recuperar a su adorada chica sencilla, en la guapetona y culta Jéster Sú que premia al único que no la mira con ojos lascivos, en el indiano venido a menos, en la cartera enamorada de un Diógenes que acumula cartas de banco, en las "novias viudas" que intercambian venganzas, en el sicario que se niega a matar, en la mujer que compra"archiperres"al vendedor ambulante...Tengo que volverlos a leer, se pueden y se deben leer más de una vez.

A ver si escribo más, ay mi blog que, haciendo honor a su nombre, lleva camino de criar telarañas. Bienvenidos sean los dos clubes de La Acequia, el virtual y el presencial. Y si los dos tienen que ser virtuales, es lo que hay y la salud es lo primero.

Un abrazo de María Ángeles Merino para los que pasáis por aquí. 

Palabras en rojo tomadas directamente del libro Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor, de José Ignacio García, Péñola, primera edición, junio de 2020. 

sábado, 12 de diciembre de 2020

Clases y lecturas entretenidas y algo más. ¿Por qué leo?

 

¡Hola! Ya veis que llevo tiempo sin escribir entradas. Espero superar pronto el bloqueo y escribir un poco de mis lecturas en tiempos del coronavirus. 

Llevo la situación como puedo. 

Las clases de literatura de Pedro Ojeda, en la UBU Abierta, me hacen mucha compañía, me coloco los auriculares en el móvil o en el ordenador y voy contestando mentalmente. Unas veces me pilla de paseo bajo los árboles, otras en casa, cómodamente en el sofá. Me  ayudan a espantar la incertidumbre y, por supuesto, son motivo de reflexión y aprendizaje. Son clases de calidad. ¿Son entretenidas? Se me dispara un resorte. Entretener es un verbo que nunca me gustó, me sugiere algo vacío, matar el tiempo, pobre tiempo que se nos muere solo. Con la lectura me pasa lo mismo. Nunca me conformé con entretenerme, ni de niña cuando leía a Enid Blyton. 

Sí, la literatura tiene derecho a entretener pero yo no se lo he permitido nunca, le pido algo más. Mi amiga Luz del Olmo sonreiría, sabe bien que no me gusta decir que una lectura es entretenida y hablamos mucho de libros por teléfono. Me diría que entretenerse es, como dice la RAE, "pasar el tiempo de manera agradable". 

¿Por qué leo? No es una pregunta fácil. Qué sé yo, tal vez porque la lectura me ayuda a reconocer más que a conocer, porque me plantea preguntas, porque me sumerge en  mundos construidos con el arte de la palabra y nunca termina de saciarme, que un buen libro lleva a otro libro y a otro...Cuando era una adolescente pedante me gustaba sentirme más culta o más sabia pero eso me queda muy lejos. ¿Ejercicio mental? Bueno, también podría ser, aunque yo no piense en la gimnasia de las neuronas. Y porque el tiempo se pasa de una manera agradable, tienes razón, amiga. 

Sigo leyendo, sigo resistiendo. Un abrazo. 

María Ángeles Merino

 

jueves, 30 de julio de 2020

La lectura en los tiempos del coronavirus (2). Inés del alma mía (Isabel Allende).


La lectura antes de los tiempos del coronavirus.

Como os decía, me gustaría comentar como fue, como es, mi lectura en los tiempos del coronavirus. Son unos libros, compañeros fieles en días extraños, que sin duda merecen un lugar en mi blog.  El 14 de marzo tenía dos libros casi leídos, uno era Poeta en Nueva York, otro era la novela Inés del alma mía de Isabel Allende. Ya os conté el  cierre de la lectura del poemario de Lorca, en conexión con la realidad de la pandemia, ahora paso a a la novela. Sí, tenéis razón, nada que ver, como un huevo a una castaña...

 Inés del alma mía de Isabel Allende es una novela histórica que cuenta la vida de Inés Suárez, primera mujer española en Chile. Está narrada en primera persona, con la perspectiva de una viejecita, más de "setenta inviernos", que siente próxima la muerte y escribe para que sus hazañas no caigan en el olvido. La escritora arranca situando a su personaje en el espacio y en el tiempo, enlazando  con una historia de amor muy popularizada por el cine y la televisión: la de Juana la Loca y Felipe el Hermoso. 

"De la fecha exacta de mi nacimiento no estoy segura, pero, según mi madre, nací después de la hambruna y la tremenda pestilencia que asoló a España cuando murió Felipe el Hermoso. No creo que la muerte del rey provocara la peste, como decía la gente al ver pasar el cortejo fúnebre, que dejó flotando en el aire, durante días, un olor a almendras amargas, pero nunca se sabe. La reina Juana, aún joven y bella, recorrió Castilla durante más de dos años llevando de un lado a otro el catafalco...".

¡La peste precisamente! La peste y el olor a almendras amargas, un homenaje a Gabriel García Márquez, maestro del realismo mágico, que comienza así El amor en los tiempos del cólera: "Era inevitable. El olor de las almendras amargas le recordaba el destino de los amores contrariados". 


Era inevitable, al comienzo de Inés del alma mía tenemos a  una gitana del Jerte que le augura una larga vida y a una criada ya difunta que muy dulcemente le anuncia: «Tú te estarás muriendo de viejita no más, señoray». En las novelas de la Allende no faltan nunca las profecías ni los difuntos con ganas de pegar la hebra, en un realismo mágico menos elaborado, más de andar por casa, más asequible a lectores menos exigentes o que no quieran romperse la cabeza.


¿Subliteratura? ¿Literatura comercial? ¿Copia menor de García Márquez? Leemos en la Wikipedia: "Autora de superventas, la venta total de sus libros alcanza 72 millones de ejemplares y sus obras han sido traducidas a 42 idiomas. Es considerada como la escritora viva más leída del mundo de la lengua española". Ahí lo dejo.



¿Qué recuerdo de esta novela? Me llamó la atención la actitud cómplice y afectiva de la escritora con el personaje. Inés Suárez era una sencilla costurera extremeña que viajó a América, muy capaz de ganarse la vida por sí misma y valiente, muy valiente; había que serlo para viajar al Nuevo Mundo, en el siglo XVI, en un barco cáscara de nuez, sin amparo de un varón. Una mujer muy apañada que lo mismo bordaba con primor que cocinaba ricas empanadas , curaba heridos como diligente enfermera o manejaba hábilmente la espada. Y si había que cortar cabezas se cortaban.


 Siguiendo los pasos de su marido,  al que no encontraría con vida, llegó hasta al Perú. Como viuda de un soldado español recibió una pequeña encomienda pero, vaya por Dios, se enamoró del conquistador Pedro de Valdivia que había dejado a su mujer, la insulsa doña Marina Ortiz de Gaete, allá en Extremadura. Inés siguió, como asistente, a Valdivia en la conquista de Chile, tras una marcha larga y penosa por el desierto de Atacama, bajo la amenaza de los bravos mapuches. Nuestra heroína peleará como un aguerrido soldado "viracocha", que así llamaban los súbditos de los incas a los conquistadores españoles. Tras la muerte de Valdivia, se casará con el gobernador Rodrigo de Quiroga. Morirá viuda y muy mayor, respetada y querida por todos. ¿Es esta una lectura solo para mujeres? 



Sea como sea, nunca olvidaré Inés del alma mía de Isabel Allende porque íbamos a tener una reunión del Club de Lectura de La Acequia y Alumni UBU, con Pedro Ojeda. Era la lectura señalada para el  mes de marzo y ya no pudo ser. Me faltaba la parte final, la más violenta, la que leí precipitadamente, entre alarmantes noticiarios, los días 14 y 15 porque tenía que devolverla el día 16. La Biblioteca Pública de San Juan estaba cerrada y , tirando de un carro de la compra vacío, por si me preguntaban el motivo de mi salida, la eché al buzón de devoluciones. ¿Dónde estará el maldito buzón? Ahí, frente al río Vena. 



 Nunca olvidaré aquella mañana silenciosa en que la Plaza de San Lesmes parecía estar lejos, apenas cuatro minutos desde mi casa. Y la prisa de la poca gente que andaba por la calle, como si les fuera a caer algo encima. Vi a dos hombres uniformados, con una boina clara, luego supe que eran los de la Unidad Militar de Emergencias (UME).  A casa, a confinarse. Hasta el día 2 de mayo, solo saldría para ir al supermercado y la farmacia. Mucho tiempo para leer, no tanto en realidad. 

Ya era hora de publicar esto, estaba bloqueada. Seguiré con mis lecturas en los tiempos del coronavirus. 

Un abrazo de María Ángeles Merino

sábado, 11 de julio de 2020

La lectura en los tiempos del coronavirus (3). La madre de Frankenstein de Almudena Grandes.


La hija de Frankenstein (Almudena Grandes)
La madre de Frankenstein (Almudena Grandes)

Compré la última novela de Almudena Grandes antes del confinamiento, como un regalo que me hacía a mí misma, de una autora que rara vez me había defraudado. Comencé a leerla y enseguida me ganó, pero cuando un libro me gusta sé que corro el riesgo de leerlo demasiado deprisa, de zampármelo y perderme detalles importantes; así que  lo dejé reposar mientras terminaba otras lecturas. Llegó la encerrona y, a pesar de la dureza de la situación, todo el día pegada a inquietantes noticiarios, me aliviaba tener una buena novela a mano, para leer despacio, en los ratos buenos.  


A falta de terraza o balcón, algún día leí en la ventana, mientras tomaba un poco el sol a primera hora de la tarde, con un calendario entre las páginas. Incluso, alguna vez imité el gesto sorprendido de la mujer de la portada. 

Mi ventana quedaba abierta al psiquiátrico de Ciempozuelos donde estuvo recluida Aurora Rodríguez Carballeira, una mujer que pasó a la historia por asesinar, mientras dormía, a su hija Hildegard, una joven superdotada que empezaba a apartarse  del diseño materno de "nueva mujer", minuciosamente trazado desde su nacimiento; como un doctor Frankenstein que se deshace del monstruo. 

Abierta al Madrid de los años cincuenta, ya sin esperanza de que el viento de la guerra mundial se llevara la dictadura. A una España de silencio y pobreza, tiranizada por la implacable moral pública franquista, un país cárcel y manicomio, incomprensible  para el psiquiatra Germán Velázquez que acababa de regresar de un largo exilio en Suiza que empezó como niño de la guerra, tutelado por una familia judía que merecía otra novela aparte, pero bien está...Germán traía ideas nuevas, una psiquiatría nueva que chocaba con la ejercida por "soldados de Cristo" como Antonio Vallejo Nájera o Juan López Ibor. No la voy a contar, sería una faena destriparla, "spoilearla" como se dice ahora. 

La madre de Frankenstein forma parte del proyecto narrativo Episodios de una guerra interminable, es la quinta de "seis novelas independientes que narran momentos significativos de la resistencia antifranquista en un periodo comprendido entre 1939 y 1964, y cuyos personajes principales interactúan con figuras reales y escenarios históricos. El espíritu y el modelo formal, así como la elección del nombre, homenajean a los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós". 

¿Una historia? Son  historias preñadas de historias, con un eje principal alrededor del cual gira un universo de personajes. A esta escritora se le pegan las historias como piedra imán, algunos tal vez opinen que son demasiadas, que podría aprovecharlas para otros libros, que el lector se lía con tantos personajes. Almudena Grandes es así. La anterior, Los pacientes del doctor García, tenía un árbol de personajes, reales e imaginarios, aún más ramificado. Esta es menos liosa, ánimo. 



Aurora vivió recluida veintiún años en el pabellón donde se alojaban las señoras pensionistas de primera clase, desde 1935 hasta su muerte en 1956. Una cárcel de suelo lustrado para una enferma mental de lujo. Vivía aislada, tocaba el piano todo el día y tocaba bien: solo la auxiliar María Castejón iba una hora cada día a leerla, en voz alta, un libro. No perdamos de vista a la lectora, es el otro gran personaje del trío de la novela. Almudena Grandes nos ofrece un atinado retrato de Aurora, un personaje real del que ya se ocuparon otras obras: una mujer extraordinaria que le llevaba interesando desde hacía treinta años y a la que nunca había conseguido odiar, una paranoica que razonaba impecablemente, fuera del tema de su delirio, un poco como don Quijote si se puede establecer tamaña comparación. 


La novela me acompañó en unos días duros, entre desinfectantes y terribles cifras de fallecidos, con un retrato bien trazado de un tiempo especialmente difícil. Cualquier tiempo pasado no fue mejor. 

Paseaba con Almudena por los pabellones del psiquiátrico de Ciempozuelos y las calles de un Madrid paupérrimo, la pintura gris de un país donde el nacionalcatolicismo convertía los pecados en delitos, especialmente duro para las mujeres pobres como María Castejón, "víctima de la vieja historia universal, la del señorito seductor y despiadado con la pobre mujer ignorante" como Fortunata y Juan Santa Cruz porque "Galdós, cómo no, se cuela en el libro". Me gustó especialmente el personaje de la auxiliar de clínica María, en su difícil lucha por salir de la ignorancia y de la moral impuesta. También me atrapó el de Germán Velázquez, un psiquiatra joven, inspirado en las memorias de Carlos Castilla del Pino, que nos adentró en la sombría y terrible realidad de los viejos manicomios de los cincuenta. Germán vino de Suiza y vivimos su extrañeza. Y, en todo momento, sentimos la presencia personal de la escritora, casi la vemos y, de ninguna manera, sigue la máxima de Flaubert: 

"El autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todas partes, pero sin que se le vea en ninguna". *

Porque la Grandes es muy de Galdós...

La madre de Frankenstein contiene muchos ingredientes más, os invito a descubrirlos. 

Mi intención es hablaros un poco de los libros que leí, y sigo leyendo, en los tiempos del coronavirus. Ahora parece que puedo...

Un abrazo de María Ángeles Merino

* Artículo de 9 febrero de 2020, "Galdós" de Javier Cercas.