miércoles, 8 de octubre de 2014

-¿No ves, Sancho, que todo era fingido, no más de por darte a entender mi grande esfuerzo en el combatir, destreza en el derribar y maña en el acometer?

-Aleikum Salama, mi señor sabio Alisolán. Hoy vamos al tercer capítulo, comencemos y eludamos, en la medida de lo posible, las interrupciones de su colega en el mundo de las crónicas, mi señor Cide Hamete.



-Maguer vos no disimuláis que os holgáis con las palabras de Benengeli, valoro vuestro interés por la tercera salida del Quijote, firmada por Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas. De la mesma manera, os agradezco que andéis a la busca de sus valores literarios, a pesar de vuestra probada devoción por los escritos del manco de Lepanto. 

En el día de hoy, siéntome asaz fatigado y he de permitir que seáis vos la comentarista. En cuanto a Cide Hamete, mi hermano en Alá, he pactado con él, de momento no aparecerá por aquí; lo cual no le impedirá expresar su opinión en otros ámbitos.




- Sea ansí. Estamos en que una hora antes de amanecer, los dos alcaldes y el cura llaman a la puerta de don Quijote. Les abre un somnoliento y malhumorado Sancho, por orden de su señor.

Vienen a despertar a don Álvaro y entran en su aposento; el sacerdote, qué confianzas, no duda en sentarse junto al lecho y preguntar cómo le ha ido con el huésped. El granadino le concede el gusto de contarle todo lo que con él y con Sancho había pasado aquella noche. Y advierte, divertido, que si no fuera el plazo de las justas tan corto, se quedaría allí unos días a gustar de la conversación de don Quijote. Lo haría más despacio a la vuelta, propone.


El cura, valiente cotilla, le da pelos y señales de lo que don Quijote era y lo que con él había acontecido el año pasado. Don Álvaro queda maravillado.




-"Lo que don Quijote era", dice. El que desee saber lo que don Quijote es en verdad, lea los textos de don Miguel de Cervantes y déjese de avellanas. Sí, soy Cide Hamete, permanezco oculto, mas añado en el presente texto, con tinta verde, lo que me plazca. Salam Aleikum, lectores míos.



Cuando Tarfe se queda a solas con el viejo hidalgo, le pide le haga la merced de guardarle en su casa, hasta la vuelta, unas armas milanesas y grabadas que trae en un baúl, tan sutiles “que sólo pueden servir para la vista”.


Las hace sacar: “peto, espaldar, gola, brazaletes, escarcelas y morrión”. A don Quijote se le alegra “la pajarilla infinitamente”, por su entendimiento se pasea impaciente lo que piensa hacer con ellas.


-¡Armas milanesas! ¡Armas que sólo sirven para la vista! Don Quijote no precisó de armas milanesas, le bastaba con las de sus antepasados:

"Y lo primer que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; mas aesto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que,encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera".

¿Guardarle la armas en casa? `¡Cómo no! Faltaría más! Esto es lo menos en que piensa servirle, y vendrá tiempo en que se holgará de verlo a su lado. Y le pregunta por la divisa que piensa llevar en sus armas, libreas, letras y motes. Don Álvaro le contesta a todo y no entiende que al hidalgo se le está pasando por la imaginación el ir a Zaragoza.

Entra Sancho muy colorado y sudoroso, anunciando el almuerzo. Don Álvaro, que ya sabe de su glotona condición, le pregunta si tiene apetito de almorzar.

¿Apetito? No recuerda haberse visto nunca harto, sólo aquella vez que repartió el pan y queso de la cofradía y tuvo que aflojarse dos agujeros del cinto. Una respuesta a juego con el personaje que satisface al guasón del invitado que dice tenerle envidia.

-¿Cómo dice que nunca se vio harto Sancho? Dos y tres agujeros del cinto se aflojaría en las bodas de Camacho. Mas el Sancho Panza verdadero no sería capaz de zamparse el pan y queso de la cofradía, nunca hubiera dado cuenta de la comida de los pobres, por muy comilón que fuera. Está encantado de la vida cuando le invitan de buen grado los ricos, eso sí. ¿Recuerdan como miraba aquellas ollas? ¿Y ´como le invitó el cocinero?



"Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén...y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió:

Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan."


 -Después de almorzar llegan los tres caballeros con su gente y el cura porque ya amanece.





-Don Álvaro sube a caballo y don Quijote saca del establo a Rocinante, con la intención de acompañarlos. El rocín es presentado “como uno de los mejores caballos que a duras penas se podrían hallar en todo el mundo: no hay Bucéfalo, Alfana, Seyano, Babieca ni Pegaso que se le iguale”.

-Je, je. "Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban". ¡Sépalo, don Tarfe!

Don Álvaro le mira, se sonríe y da su opinión: demasiado alto, sobrado de largo, muy delgado y con muchos años encima. Pero añade, irónico, que estará tan flaco por ser algo astrólogo o filósofo, o por su larga experiencia del mundo. Y remata por cortesía: de cualquier manera “digno de alabanza por discreto y pacífico”.


Salen todos a caballo, el cura y don Quijote les acompañan casi un cuarto de legua. El cura maravilla a don Álvaro con las locuras quijotescas.

Al llegar a casa, una vez apeado, envía presto al ama en busca de Sancho, con orden de traer el libro “Florisbián de Candaria”.

Volando viene el escudero, cierra el aposento por dentro y quedan solos los dos. Sancho saca el libro debajo del sayo y se lo da a su amo que lo toma eufórico y hiperbólico: “uno de los mejores y más verdaderos libros del mundo”.


Sancho no lo había podido entender por estar tan dormido; su señor se lo ha de repetir: que deseaba partir para Zaragoza a las justas, olvidando a la ingrata Dulcinea, buscando otra dama mejor y, de allí, iría a la corte del rey de España para dar a conocer sus fazañas.

- ¡Sacrilegio! ¿Otra dama mejor? ¿Ignora acaso que "Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo..."?

Don Quijote da rienda suelta a su fantasía: trabará amistad con los grandes de la corte, donde verá a alguna fermosa dama de la reina, tal vez le dé algún papelito furtivo como muestra de su amor, el rey le dará habitación en su palacio para ser envidiado por los caballeros del tusón que procurarán descomponerle con el rey…Y los desafiará y retará y matará y vista su valentía por su Majestad Católica le alabará “por uno de los mejores caballeros de Europa”. Todo una novela de un tirón, dicho con brío, con voz sonora, con la mano puesta sobre la guarnición de la espada.


-Nunca pensó mi don Quijote en visitar la corte del rey de España. ¿Europa? No, que su geografía era mucho más lejana y exótica. De Trapisonda para arriba. ¿Recuerdan el viaje al reino de Candaya, montados en Clavileño?

"Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos, que el que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros; y quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto, para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla por más que se remonte y aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del jardín, créeme quedebemos de haber hecho gran camino."

Don Quijote en la corte delos duques. Cuadro quijotesco de Ana Queral.

Abre el arca y cuando el escudero las ve, tan relucientes, piensa que son de plata; él las convertiría en reales, millones de reales. Toma el morrión y se lo coloca, con la imaginación, al rey o …al señor cura en procesión, con su capa. Pregunta si las hizo el sabio Esquife o nacieron así.

¡Qué necio el escudero! ¡Qué imaginación desmedida la de Don Quijote! Asegura que las armas fueron forjadas por el mismo Caronte, herrero de los infiernos. 

El caballero andante se pone las armas, con ayuda de Sancho. Y habló con voz entonada:

“-¿Qué te parece, Sancho? ¿Estánme bien? ¿No te admiras de mi gallardía y brava postura?”


Se pasea por el aposento, hace piernas, levanta la voz, la hace más gruesa y mete con presteza la mano a la espada, acercándose colérico a Sancho, diciendo:

“-¡Espera, dragón maldito, sierpe de Libia, basilisco infernal! ¡Verás, por esperiencia, el valor de don Quijote, segundo san Jorge en fortaleza! ¡Verás, digo, si de un golpe solo puedo partir, no solamente a ti, sino a los diez más fieros gigantes que la nación gigantea jamás produjo!”


Sancho que lo venir, corre, se mete debajo de la cama, huyendo de su amo que acuchilla cortinas, mantas y almohadas. Le dice mil palabras injuriosas y le arroja una cuchilllada larga que si la cama no fuera tan ancha el pobre lo pasaría harto mal.






El escudero pide compasión por todos los santos que le vienen a la cabeza. Don Quijote se embravece más, ya no está hablando con su criado sino con un “soberbio” al que pide:

“ ¡Vuelve, vuelve las princesas y caballeros que, contra ley y razón, en este tu castillo tienes! ¡Vuelve los grandes tesoros que tienes usurpados, las doncellas que tienes encantadas y la maga encantadora, causadora de todos estos males!”


El pobre escudero ruega. Que no es ni princesa, ni caballero, ni maga; que es “el negro de Sancho Panza”, su vecino y escudero. El colérico caballero le pide que saque a la emperatriz que dice, sana y salva; que su persona quedará a su merced, como vencido.

-Sancho está a punto de ser acuchillado como aquellos cueros de vino tinto de la venta.

Sancho obedecerá, traerá a todas las princesas del mundo. Solo le pide que envaine la espada; a lo cual, por fin, accede el viejo hidalgo, molido y sudado de dar cuchilladas.

Panza se hinca de rodillas, descolorido, ronco y lleno de lágrimas de miedo. Se da por vencido, su merced le perdone. El señor caballero andante le responde con un latinajo que habla de la ira de los leones. ¿Dónde tengo el diccionario de latín?

(La ira del león nos enseñó a perdonar a los afligidos)

Y perdona al “soberbio jayán”, aunque su arrogancia no merezca clemencia, habrá de dejar las malas obras y se dedicará, es una orden, a deshacer tuertos y agravios. El atemorizado Sancho jura y promete, hará todo lo que dice. Solo osa preguntar, ingenuo, si en lo de deshacer tuertos, también entra el cura Pedro García que es tuerto de un ojo, porque no quisiera meterse en cosas de la Santa Madre Iglesia. 

Y va don Quijote y confiesa que todo era fingido, que era para darle a entender su gran esfuerzo y maña en combatir, derribar y acometer. Sancho jura, no es para menos. 




Esos ensayos quisiera él que su mercé los hubiera hecho “cuando aquellos pastores de marras, de aquellos dos ejércitos de ovejas, le tiraron con las hondas aquellas lágrimas de Moisén con que le derribaron la mitad de las muelas, y no conmigo”. Disculpa a su amo por ser la primera vez y adiós, que se va a comer.

Don Quijote le dice que no, que le desarme y se quede a comer con él, que después de la comida hay que preparar “nuestra partida”.

Después de comer le mandó que le trajese unas badanas para hacer un adarga, con papelones y engrudo. Vendió dos tierras y una viña, lo hizo todo dineros para la jornada que pensaba hacer. Hizo también un lanzón con un hierro ancho y compró un jumento para Sancho. Y con más de trescientos ducados, “hicieron su tercera y más famosa salida del Argamesilla por el fin de agosto del año que Dios sabe, sin que el cura ni el barbero ni otra persona alguna los echase en menos hasta el día siguiente de su salida”.




-¿Tercera salida? Ay, Alisolán, Alisolán, ya te diré yo cuál fue la tercera salida...seguiré con mis anotaciones verdes.

-Así es, mi señora, "hicieron su tercera y más famosa salida". Los seguiremos y comentaremos.

-Hasta la próxima semana, un saludo para vos, Alisolán, y para los que pasan por aquí. Recuerdos al señor Avellaneda, sea quien sea.

María Ángeles Merino

-  Y, al final, en la derrota, nos hizo saber que "Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo..." 
Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.

miércoles, 1 de octubre de 2014

"De las razones que pasaron entre don Álvaro Tarfe y don Quijote sobre cena" (2)


Hablando del Quijote, maguer apócrifo, ahí va la viñeta de Forges del domingo 28 de septiembre de 2014. Me viene de molde o ¿es aprovechar que el Ebro pasa por Zaragoza?


Comentario  a la segunda mitad del segundo capítulo del Quijote de Avellaneda, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

-Aquí está otra vez, lo mismo que la semana pasada y la anterior.




-Salúdole de nuevo, mi señor Alisolán. Colijo, jopé qué verbo, que el motivo de su visita no es otro que proseguir con el segundo capítulo del Quijote de don Alonso Fernández de Avellaneda, tan denostado como rico en valores literarios. 

-Alá sea clemente y misericordioso con vuesa merced, por su benevolencia con el libro del que me precio ser su humilde cronista, que no autor. Sea como voacé desea y prosigamos. Hoy opto porque seáis vos la introductora. Señora María Ángeles, ese dibujo que coloca usted en la cabecera nos viene de molde porque mi don Quijote se decide ahora a emprender un camino dificultoso. Estábamos con las cartas.

-Sea ansí. ¡Jopé, qué cartas!

Estábamos en si tenía o no tenía razón don Quijote de quejarse de inaudita y tamaña ingratitud. El granadino lo ha de colegir tras la lectura de la carta. 



-Por ahí hablan de quejas. ¡Aquellas " quejas santas" de mi señor don Quijote en Sierra Morena! Versos escritos en la corteza de los árboles y en la arena "todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea".  


…



Otra vez la señora del ingenio denominado ordenador , dialogando con el mentecato de Alisolán. ¿De qué carta hablan ? Óigolo y mantengo la boca cerrada, será mejor estrategia. Desta manera no hablarán en voz baja ni manipularán la máquina.

-Perdone, sabio Alisolán, vuesa mercé me dirá si he entendido bien la alambicada carta a la infanta Dulcinea del Toboso, “una de las más altas fembras que entre las reinas de alta guisa fallar se puede”, la “bella ingrata”, la “dulce enemiga”. Una de cal y otra de arena porque el caballero no ha de ensañarse, ni tomar venganza contra una dama sandía que responde a sus cuitas con un enojoso reproche. ¿Considera, acaso, Dulcinea que no se esfuerza lo suficiente en “desfacer tuertos”?

Maguer envuelto en sangre de jayanes, que en las batallas se pone uno perdido, cede “el pensamiento sin polilla está además ledo y tiene remebranza que está preso por…”. 

Me pongo con la traducción, dice algo así como que somete su pensamiento, alegre y no agujereado por la polilla destructora, al recordar que está preso por una de las más altas fembras…Señor, señor. Empero, lo que ahora le pide es el perdón, si ha incurrido en desmesuranza, que errores por amar son muy dignos de perdonar. Y se lo ruega de rodillas ante “vuestro imperial acatamiento”. ¡De infanta a reina y de reina a emperadora!



Una bella emperadora. La emperatriz Isabel, pintada por Tiziano.




-Vuestra versión es verdadera, señora mía. Sigamos con el capítulo. ¿Hay alguien ahí?

- ¡Valiente carta! Mi don Quijote nunca hubiera escrito una carta desa guisa, ridícula, retorcida, incomprensible. El lector non podrá sino comparar con aquella que escribió en su libro de memoria, desde Sierra Morena:

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que, con acaba mi vida, habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.

Un don Quijote " ferido de punta de ausencia" y "llagado de las telas del corazón" frente a otro "envuelto en sangre de jayanes", con el "pensamiento sin polilla", qué vulgaridad. No son el mismo personaje, proclamo. Siguen dialogando, abro mis oídos: 
 
-Me había parecido oír la voz de Hamete, mas no. Sigamos con don Álvaro que reíase y burlábase y comparaba maliciosamente la misiva con la que el rey Sancho de León escribiría, una suposición, a Jimena, la mujer del Mío Cid, en ausencia del marido. Espantábanle, además, los vocablos por antiguos, considerábalos como caídos en desuso, si no era en comedias.
 
Don Quijote protestó, si imitaba a los antiguos en la fortaleza, también los quería imitar en palabras. Acaso le disguste la alusión a la infidelidad.

Fortaleza de los antiguos

Don Álvaro vio contradictorio que don Quijote deseara fortaleza y, al mismo tiempo, firmase como Caballero de la Triste Figura. Sancho se adelantó, el nombre fue por consejo suyo y era la cosa más verdadera. 

Don Quijote precisó que la ausencia de Dulcinea le causaba tanta tristeza que non podía alegrarse, a imitación de otros caballeros andantes…no era por lo que decía el necio del escudero.



Don Tarfe no daba tregua a su curiosidad. ¿Y lo de llamarse don Quijote? 

El hidalgo diole la explicación, fue porque se llamaba Quijada y de ahí extrajo lo de don Quijote.

-En eso dice verdad, que quiso ponerse nombre y se vino a llamar don Quijote, de donde "tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir".

-Otra vez me ha parecido oír la voz de mi hermano en Alá, Cide Hamete...

-...Y a Martín Quijada iba dirigida la carta respuesta que le envió Dulcinea, “aquella enemiga de su libertad”. Suplicaba al granadino que la oyese. 

-¿Martín? Don Alonso Quijano el Bueno.

-Lea la misiva, mi señora, que no precisa traducción:

-Léola: “El portador desta había de ser un hermano mío para darle la respuesta en las costillas con un gentil garrote. ¿No sabe lo que le digo, señor Quijada? Que por el siglo de mi madre, que si otra vez me escribe de emperatriz o reina, poniéndome nombres burlescos, como es «A la infanta manchega Dulcinea del Toboso», y otros semejantes que me suele escribir, que tengo de hacer que se le acuerde. Mi nombre proprio es Aldonza Lorenzo o Nogales, por mar y por tierra."



¡Qué mujer más brava! El señor Quijada por esta vez se libra de un garrotazo atizado por un hermano de la del Toboso. Pero que no vuelva a llamarla reina ni emperatriz, que se acordará...Y don Quijote se preguntaba si habrá caballero andante “que pueda sin morir tolerar semejantes razones”.

-Sancho Panza interrumpió y dijo…

-Perdone que le interrumpa yo, sabio Alisolán. Pero lo que viene a continuación, lo que dice Sancho que haría con Dulcinea, no es gracioso sino brutal. Como resultado de la fuerza aplicada, la había de "her peer por ingeño", o sea que Aldonza no podría evitar soltar pedos. Y no se escaparía, a pesar de su condición de moza forzuda.  

Opinaba que su amo se mostraba como muy blando y lo que debería hacer era enviarle "media docena de coces dentro una carta, para que se la depositasen en la barriga". Constituiría el mejor remedio para una mujer "repostona", es decir "respondona".  Episodio de maltrato que no es grato de leer, aunque sea de otra época y mentalidad. ¿Era habitual cocear a una mujer por responder? El escritor esconde un punto de misógino y abusa de la escatología, demasiada caca en este libro.

-Ya me explicará voacé, en otro momento, qué cosa es un misógino; aunque pienso que es lícito castigar a la hembra lenguaraz. Y de qué trata la ciencia que vos llamáis escatología. En cuanto a los excrementos y ventosidades, acuda a usted a novelas desas que llaman picarescas.

-Oígo alguna cosa de novelas picarescas y su afición a asuntos escatológicos. No, sino en mi Quijote, el del gran Miguel de Cervantes. Nadie supo narrar una defecación con más elegancia. Sancho se asustó por el ruido de los batanes y...:



"En esto parece ser, o que el frío de la mañana que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese una cosa natural (que es lo que más se debe creer) a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no podía hacer...Tras esto alzó la camisa lo mejor que pudo, y echó al aire entrambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto (que él pensó que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terible aprieto y angustia) le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció, que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero con todas estas diligencias fué tan desdichado, que al cabo vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo Don Quijote, y dijo: ¿Qué rumor es ése, Sancho?"

A Don Álvaro le placía el entretenimiento, lo juzgaba digno del rey de España; mas era prudente acostarse, que al día siguiente madrugaría más que el sol.



Mientras don Quijote salía por unas peras en conserva y algo de vino, para regalar a su huésped; Sancho Panza descalzaba las botas al huésped . Y , mientras tiraba, entretenía a don Álvaro con sus gracias: que si su padre tenía don porque era zapatero remendón y que murió de sabañones...porque cada uno se muere de lo que le place morirse. 

-Este Sancho es un gracioso muy rudo, el de Cervantes es más irónico y sabio, a su manera.

- Para gustos, no hay disputas, señora mía. El noble granadino no comerá las peras porque era fiel al aforismo de Avicena o Galeno que decía que "lo crudo sobre lo indigesto engendra enfermedad". Sancho comentaría, glotón, que "aunque ese Azucena o Galena,... me dijese más latines que tiene todo el a, b, c, así dejase yo de comer, habiéndolo a mano, como de escupir". 


Consiguió que don Álvaro le ofreciese una de las frutas. Y añadió con picardía: "estas cosas dulces, siendo pocas, me hacen mal; aunque es verdad que cuando son en cantidad me hacen grandísimo provecho". Con todo la comió, una sola...



-Este Sancho es todavía más comilón que el de Cervantes. Bueno, ya se van a acostar, suben arriba, no se puede subir abajo; y  ya puestos en una misma cama, don Quijote tiene algo importante que decir a un escudero "redondo como una chueca". Los bostezos menudeaban pero allá iba el discurso.




-Un discurso sermón en torno a la ociosidad, "madre y principio de todos los vicios". Que el diablo vence a los ociosos porque es como el cazador que no tira a las aves mientras las ve volando. Y le puso ese ejemplo porque había algunos meses que estaban ociosos y no cumplían con el orden de caballería que don Quijote recibió y Sancho prometió como escudero. Urgía volver a su militar ejercicio, para servir a Dios y al mundo, desterrando jayanes y gigantes que hacían tuertos a caballeros menesterosos y doncellas afligidas. No les fuera a ocurrir como al personaje bíblico que enterró sus talentos...Ganarían honra y fama, adquirirían mil reinos y provincias, serían ricos y enriquecerían a su patria. 

-¡Y no habla de ínsulas! ¡Falso, falso!

Sancho se hacía rogar. Le contestó que no quería, que no le metiera en el caletre esos guerreamientos. Y realizaba balance de las pérdidas en la anterior salida: perdió su rucio y jamás cumplió lo prometido de ver a su mujer almiranta y a sus hijos infantes.

-Y, más adelante, se dice que Sancho no tiene hijos. ¿Cómo van a ser infantes? ¿Dónde para Sanchico? ¿Y Sanchica?

 Que él veía a su Mari Gutiérrez en el mismo estado de hacía un año. 

-¿Mari Gutiérrez Teresa Panza? No digo más, que en esto mi señor don Miguel sí hubo algo de culpa. 

Y , fuera deso, si el cura, el licenciado Pero Pérez, supiera que querían volver a sus caballerías, metería a don Quijote en "Domus Getro", como dicen a la cárcel, encadenado unos seis o siete meses. Lo que pedía era que le dejara dormir.

-La parábola de los talentos y la ironía de la casa de Jetró... Estaba muy puesto en temas bíblicos el señor Avellaneda...¿Era cura o fraile?
-Mi señora, no me corresponde darle la información, juzgue voacé, que es mujer de libros.

Continuemos. Don Quijote le decía que no iba a ser como la otra vez, que le compraría un asno mejor que el que hurtó Ginesillo. Irían con mejor orden, con dineros, provisiones y maleta con ropa; que ya echaron de ver que todo eso era muy necesario, en aquellos malditos castillos encantados.
Sancho se rindió, respondió que, pagándole cada mes su trabajo, iría de muy buena gana.

-En realidad, estaba deseando, pienso yo, se le notaban las ganas ya en el primer capítulo. Y, don Quijote, una vez oída la resolución de Sancho, alegre, volvió a su tema favorito: la inhumana y cruel Dulcinea, contraria a sus deseos. Querría probar a imitar al Caballero del Febo, el cual dejó a Claridana y a otros que buscaron nuevo amor. Buscará un nuevo amor, a ver si halla mejor fe y mayor correspondencia. ¡Esto sí es novedad!
-¿Una mujer que no sea Dulcinea? ¿Un nuevo amor? ¿Qué don Quijote es éste? Alisolán, mentecato...¿qué crónicas son las tuyas?



Y Sancho quería dormir, daba la razón a su amo para que callara; que era muy bien hacer tuertos a los "jayanazos", grandísimos bellacos, que creía cuanto dijere y pensara decir todos los días de su vida.

-Don Quijote, por fin, cedió a dejarle dormir. Él no dormiría mientras no diere fin y cabo a las honradas Justas, ganando las joyas de más importancia que hubiere. Habría de trazar con la imaginación lo que tendría que poner en efecto.

En fin, se le pasó el resto de la noche haciendo quimeras. Ya hablaba con los caballeros, ya con los jueces de las justas, ya saludando
"a una dama hermosísima y ricamente aderezada, a quien presentaba desdel caballo con la punta de la lanza una rica joya". Se quedó adormido con sus desvanecimientos.
-Continuaremos, sabio Alisolán. Hoy no nos ha visitado Cide Hamete.

-¿Está voacé segura? Sospecho que ha optado por el silencio, mas permanece atento a nuestro diálogo.

-Será como vos decís. Hasta la semana próxima.

-Salúdoles. Si...lencio.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino



Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"De las razones que pasaron entre don Álvaro Tarfe y don Quijote sobre cena" (1)


Comentario  al segundo capítulo del Quijote de Avellaneda, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

Abro una entrada nueva y busco una imagen para el  medieval "amor cortés". Comienzo a escribir y , en la pantalla, me saluda el sabio moderno y verdadero de la semana pasada, vestido a la usanza morisca. 



-Salam Aleikum, mi señora.

-Aleikum Salam, sabio Alisolán.¡ Seáis bienvenidos a este humilde  rincón de los canalículos digitales! Maguer nos interrumpa la presencia airada del cronista cervantino Cide Hamete, ruégole continúe con el capítulo segundo, en extracto, para alborozo de estudiantes rastreadores de comentarios librescos. Y para disfrute y deleite de mis amigos, los visitantes de este blog.

-Sus deseos son órdenes, mi señora, buena amiga de don Quijote, sea cual sea el cronista. Ruégole que su devoción por San Cervantes no le nuble el entendimiento y le impida valorar en sí mismo a este que califican de "apócrifo".




-Así sea, escuchóle y solicitole un respeto hacia mis santos, Avellane...sabio Alisolán.

-En el primer capítulo, el viejo hidalgo presentaba síntomas de desvanecimiento caballeresco. Porque Sancho se ocupó de  refrescarle alguna de sus amadas lecturas y Don Álvaro va y le habla de justas y de amores corteses y de  damas chicas. Avivado el fuego,  ya no se resignará a pasar setecientos años en compañía de piadosos libros.

Ahora don Quijote tiene un negocio importante para tratar con un huésped  hábil "en todas materias". Veamos si lo descubrimos en el segundo capítulo titulado:
Al parecer la cena no fue tan chica como la dama que ocupaba el corazón de Álvaro Tarfe. Don Quijote le dio razonablemente de cenar, no faltarían los palominos y el ama los aderezaría convenientemente. 

-¿Palominos? ¡Son para los domingos! ¡Y pocos! "Algún palomino de añadidura los domingos" escribe don Miguel. ¿Y qué ama los ha de aderezar? ¡En su cocina no entran viejas espías! 


-Ahí está Cide Hamete, cide Alisolán, hablemos en voz muy baja y, tal vez así, no nos interrumpa. Acabo de recibir un mensaje de uno de mis secundarios cervantinos, dice saber de buena tinta que Hamete está bastante sordo.

-Se hará ansí, como vos decís. Digo que levantaron los manteles y el huésped le manifestó su extrañeza. Porque Don Quijote no parecía el mismo que conoció en la plaza del pueblo; absorto, apenas acertaba a dar una respuesta coherente a lo que le planteaba, en la conversación. Preguntole si acaso era casado y respondiole que Rocinante era el mejor caballo cordobés. 

Sin duda, algo atormentaba al hidalgo y el invitado le suplicó se sirviera comunicarle su sentimiento, para aliviarse algún tanto y por si estaba en su mano poderlo remediar.

Don Quijote agradeció la buena voluntad del granadino, mas su imaginación no había quedado suspensa y asaltada por gigantes, princesas encantadas, serpientes, endriagos y demás fauna; aunque fuera fuerza en quienes "profesamos el orden de caballería y nos hemos visto en tanta multitud de peligros". 



Cuadro de la quijotesca pintora Ana Queral

-Nadie le ha dicho nada de imaginaciones suspensas, ni de gigantes, princesas ni bicharracos fantásticos. Todo se lo dice él.

-"Maravillóse mucho don Álvaro Tarfe de tales y comenzó a tenerle por hombre que le faltaba algún poco de juicio". Y, para enterarse, le preguntó por la causa que le afligía.
"El hijo de Venus" tenía herido con su afilada saeta, a don Quijote. Nadie le podía ayudar, la ayuda solo podía darla la  "bella e ingrata Dulcinea". 

-  Y, al final, en la derrota, nos hizo saber que "Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo..." 


-Hable bajo, sabio Alisolán, que el Cide ha oído algo y nos está recordando el origen de Dulcinea. No le irrite su mercé, haya paz...siga.

-Don Quijote deseaba que su huésped entendiera que su camino era el mismo de la caballería andantesca, "imitando en obras y en amores a aquellos valerosos y primitivos caballeros andantes". Que Amadís, Belianís, Esplandián, Palmerín...fueron el espejo en que se miraba.

- "Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar-que era hombre docto, graduado en Sigüenza-, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás,barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, yque si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula..."




 -¡Chiss! ¡Que le ha debido oír lo de los espejos en que se miraba don Quijote! 

-Decía, señora mía, que don Álvaro quedó maravillado de tan loca enfermedad y "quiso enterarse cumplidamente della". Admirose y no poco de un hombre enamorado flaco, seco y viejo, que pasaba de los cuarenta y cinco; dado el trabajoso camino  por donde camina el amor: malas noches, aguas y nieves.


Bien lo sabía el Tarfe, que picado de la curiosidad, preguntaba si era de aquí o forastera. Y bien le tiraba de la lengua cuando apuntaba que no  sería menos bella que las bellas de la antigüedad: Diana, Policena, Dido...

Hermosa, llena de gracia, pero más fiera y cruel que Medea. Así la veía el caballero andante, quisiera Dios "que con el tiempo, que todas las cosas muda, trueque su corazón diamantino y, con las nuevas que de mí y mis invencibles fazañas terná, se molifique y sujete a mis no menos importunos que justos ruegos".

-¡Qué Dulcinea más fiera! 

-Fiera y todo, don Quijote de la Mancha la proclamaba como "princesa Dulcinea del Toboso".

Don Álvaro quiso reírse de muy buena gana, pero disimuló, no quería enojarlo. Le dijo, con cautela, que nunca oyó nombrar tal princesa, ni la hay en toda la Mancha, que podría ser un sobrenombre.

Don Quijote replicó, no todos saben todas las cosas, pero él haría que su nombre fuera  conocido en los reinos más distantes. Por ella hizo en su servicio heroicas hazañas, mas ella se mostró como "leona de África" o "tigre de Hircania"; respondiendo a los papeles que le envíaba "con desabrimiento y despego". 



El caballero andante escribió arengas más largas que las de Catilina, poesías más heroicas que Homero y más tiernas que las de Petrarca a Laura, "con más agradables episodios que Lope de Vega a Filis, Celia, Lucinda, ni a las demás que tan divinamente ha celebrado".

-Vuesa merce, señor Avellaneda, no pierde ocasión de alabar a don Lope de Vega. Buen poeta, a quien no le faltaron mujeres que celebrar, por cierto. 


Lope de Vega 

-El admirado Fénix de los Ingenios. Solo soy un humilde admirador y no soy Avellaneda, soy su cronista Alisolán. Que, por cierto, su Cervantes, manifestó admirar también:

Y, para que don Álvaro viera ser verdad lo de los escritos, quiso mostrarle dos cartas: una que escribió y envió con el escudero Sancho y otra con respuesta della. El caballero granadino se hacía cruces de ver la locura del huésped. 

Al ruido de abrir los cajones del escritorio, acudió Sancho Panza, con la barriga harto llena de los relieves de la cena. "Y, como don Quijote se asentó con las dos cartas en la mano, él se puso repantigado tras las espaldas de su silla para gustar un poco de la conversación". Su amo deseaba que estuviese cerca, como testigo del "inhumano rigor" de Dulcinea.



Sancho dio una pintura muy diferente de "Aldonza Lorenzo",  que así se llamaba en verdad, como constaba en la primera parte desta historia. Se lo tenía dicho, se preguntaba si había de andar su señor yendo de caballerías, con penitencias, calabazadas y sin comer por una...No dijo el calificativo y se puso a soltar refranes, uno detrás de otro, hasta que se le mandó callar. 

Mas, con todo, el escudero siguió con su versión. La muy "zurrada" estaba, "la muy puerca", "hinchendo un serón de basura con una pala". Dijole que traía una carta de su señor y respondiole arrojándole una gran palada de estiércol. 


-¿Hinchendo basura? ¿Qué embustes suelta el villano? Ahechando trigo candeal es una imagen más hermosa, aunque sea también falsa. Mas yo no conozco a ese Sancho, tan mal hablado y que maltrata ansí a Aldonza Dulcinea. Zurrada y puerca, mi  don Miguel de Cervantes non podrá sufrir tamaño desatino; cogerá la pluma y, si hay que enmendar capítulos enteros, se enmiendan. Que no había péndola más ágil en todo el reino.

¡Don Álvaro Tarfe! Vos no visteis jamás al verdadero don Quijote de la Mancha, vos...



-He de suprimir la voz del ingenio llamado ordenador, así no oiremos los improperios. Escriba voacé  como fizo el último día. 

-Don Álvaro non ha de espantarse, añade Sancho, a fe que han recibido caballero y escudero, de garrotazos más de cuatro veces, por amor della, en las aventuras o desventuras pasadas.

-¡Álvaro Tarfe! Imploro al verdadero, al cual...

- Escribo que a don Quijote le disgustaba tal comentario y amenazó con molerle las costillas. Así lo hiciera si el Tarfe no le tuviera el brazo y le hiciera sentar. El enamorado caballero abrió la carta, para que su huésped la conociera, junto a la respuesta della. Así razonaría el granadino si tenía razón el viejo hidalgo de quejarse de ingratitud. Había de disimular la risa...

Seguiremos con las cartas, y no hemos terminado el segundo capítulo. Pensaremos en como eludir las interrupciones de Cide Hamete, aunque yo esté más de su parte, ya me conocéis. Nada, no he dicho nada, sabio Alisolán. Que Alá le acompañe, me ha resultado asaz grato su relato. 




Un abrazo de:

María Ángeles Merino
Alisolán habla en azul.
Cide Hamete habla en verde.
María Ángeles habla en negro.