lunes, 9 de diciembre de 2013

"Intemperie": "La intemperie le había empujado..."


Comentario a las páginas 157 a 185 de la novela "Intemperie" de Jesús Carrasco, para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda. 

Arreo al burro, aunque para qué. Por mi cabeza cruzan los justos, los pecadores, el camello que no pasa por el ojo de una aguja, los sermones del cura de mi pueblo. Sólo quiero estar lejos, muy lejos del tullido medio muerto. Arre, burro, arre, que no vamos a Belén, que vamos al castillo en ruinas donde nos espera sediento el viejo cabrero. Llevo el agua y la comida del tullido; a cambio, volqué junto a su cuerpo todo lo de mi morral. Es justo. Sueño con estar a salvo en el carromato de un viajante, entre sacos de castañas y orejones.


Todavía es de noche, veo la cara rota al castillo. Media luna y azul, mucho azul.

Me acerco, qué pena, las cabras muertas, zumban las moscas. Oigo un cencerro, qué alegría, al menos vive una cabra, espero que el pastor me aguarde con vida. Qué peste tan horrible, me tapo la boca para no vomitar, bajo del burro de un salto y voy corriendo a donde dejé al cabrero. Tengo que encontrar el cazo y poner agua a cocer para darle de beber. Encuentro el equipaje pero su lecho está vacío. Lloro, tengo miedo de morir, me espanta seguir solo mi camino. 


Pienso en volver a casa, tendré que enfrentarme a mi familia, será peor que antes, a saber qué harán conmigo. Me gustaría estar tranquilo sólo un ratito, comiendo y bebiendo tranquilamente. Soy un niño, el sol me abrasa, no sé qué puedo hacer.


Imagino el cuerpo del viejo siendo arrastrado por la moto del alguacil. Y los de los caballos riendo.

Me tapo la cara, no quiero ver siempre el llano. Miro mi manos, una está sucia y otra envuelta en una servilleta. Mi dedo con el pellejo colgando. De pronto, oigo la voz del cabrero. Me pone la mano en el hombro. Le abrazo, me hundo entre sus harapos, es mi refugio. Nunca había estado tan cerca de alguien, sin estar peleando. Mezclamos sudores, malos olores. Me recibe sin decir palabra. Le aprieto tanto que se queja, “las costillas” me dice.


Este viejo con burro del cartel institucional podría ser el de "Intemperie".

Cuezo agua, bebe el pastor, beben las cabras, nos comemos las chacinas del tullido y bebemos su vino. El viejo bebe a tragos largas y yo hago muecas…bebo porque él bebe y porque ahora soy otro, alguien que apedrea un minusválido. Le cuento mi peripecia al cabrero. Esperaba una palmadita, bien hecho, chico. Pues...no, va el cabrero y me suelta:



Y el tullido tal vez se parezca a este bufón velazqueño

-"Hay que encontrar al inválido antes de que los cuervos lo maten."

Aprieto los dientes. ¿Partir a socorrer al hombre que quiso matarme? ¿Obligarme a meter la cabeza entre las fauces del león? Pienso en sus manos hinchadas, sus ojos inflamados y las señales de la fusta. No comprendo, yo hice lo que tantas veces vi hacer y tenía derecho a que me dejaran en paz. Porque la intemperie me empujó casi hasta la muerte y aquel enano no puso el cuello sino que levantó la espada. Me sentía guerrero y esperaba que el viejo me hiciera pasar bajo el arco de la victoria, ya era un adulto.


No me sirvió de nada contarle que el lisiado me encadenó y huyó para avisar al alguacil. Me asegura que “también él es hijo de Dios”. Un hijo de Dios que quiere que muramos.

Nos ponemos en camino, antes del alba. No paro de pensar “en el montón de carne y huesos” que dejé tirado en el polvo. Si seguiría allí, “si habría podido darse la vuelta y poner las ruedas contra el suelo”.



Amanece y se dibujan las montañas al fondo. El sueño de una vida mejor.

Alcanzamos la esclusa a una hora en que el sol ya lo aplasta todo. Bebemos agua cocida, no tenemos comida. El viejo me manda a por raíces de palo dulce, tendré que cavar mucho, qué seca la tierra. Mordemos unas raíces retorcidas, el viejo tiene que parar, hasta la quijada le molesta, todo él es dolor.


Me pide que le limpie las heridas, arrastro un trapo mojado a lo largo de los latigazos, los de delante. No se queja, aprieta los dientes, cierra los ojos. El pastor no tenía por qué recorrer largas distancias con las cabras, me pregunto por qué se ha volcado en ayudarme, ha perdido la mayor parte del rebaño y casi muere, tanto mejor para él si me entrega al alguacil.

Le obligo a tumbarse de lado, ahora veo la espalda con cinco gruesos regueros marrones. Le  cuento lo que veo, el viejo sabe que morirá, no tenemos alcohol para las heridas. Y me dice: 
" Cuando muera, entiérrame lo mejor que puedas y ponme una cruz, aunque sea de piedras"


Le digo que no se va a morir, él insiste en que se va a morir y me pregunta si le pondré la cruz. Se me nubla la vista; veo las ondas del terreno, la acequia y las montañas como tras una cortina de agua. Otra vez me pregunta lo de la cruz y le contesto que sí. El pastor es un hombre de fe, como diría el cura de mi pueblo.


Esperamos a que el sol pierda fuerza , nos ponemos de nuevo en marcha. Le pongo mi chaqueta sobre los hombros. Dos horas después, divisamos la alberca, ni rastro del tullido. Busco el lugar exacto del camino donde fue abatido , encuentro manchas de sangre y la piedra con que le di al burro. También encontré las huellas de dos caballos , las sigo y descubro que un caballo había ido hacia el norte y otro hacia el sur. 

Pasamos la noche dentro de la alberca seca. Ayudo al viejo a entrar a través de una brecha que llega hasta el suelo. El fondo ardiente nos devuelve el calor del sol del día pero es mejor a dormir sobre piedras. Cenamos leche de cabra y raíces. Durante el día el cabrero no se había quejado pero llega la noche y no para de gemir, la luna nos ilumina y veo que llora. Me duermo solo un poco antes de amanecer y me despierta la mano del viejo sobre mi hombro, tenemos que irnos.
Reunimos a las cabras y volvemos al camino. Tomamos la dirección norte y llegamos al encinar cuatro horas después. Me manda construir un redil entre coscojas, guardo las cabras y me siento con él, a la espera...no aguanto más y le digo que nos tenemos que ir, que él puede quedarse, que el alguacil me busca solo a mí. 
El pastor abre su chaqueta y me muestra las señales, él también tiene cuentas pendientes con el alguacil. No sé si se refiere a la paliza o a algo de antes, tal vez se cruzaron los dos en el pasado. Me dice que huiremos a los montes del norte, allí nos esconderemos y el alguacil no nos buscará tan lejos de su jurisdicción, se salió la palabra de un tirón. Ju-ris-dic-ción, cómo odio esa palabra. Como el viaje es peligroso, viajaremos de noche. 
Acordamos que yo seré el que vaya a la posada. Si el tullido no está, iré a buscarle, cogeremos los víveres y nos pondremos de camino. Si el tullido está dentro, volveré con el cabrero y pensaremos otro plan.

Y el tullido tal vez se parezca a este bufón velazqueño
La suela de mi bota descolgada va barriendo el suelo y forma un pasillo sin hojas. Ni el viejo ni yo nos imaginamos la brutalidad de lo que va a ocurrir un poco después. Ya veo el pueblo, corro, me escondo, doy un rodeo. Me duele el cuello, apoyo la espalda contra la tapia de la iglesia, me dejo caer. Desde allí veo el encinar y pienso en el viejo recostado en el tronco, tal y como lo dejé;  quisiera volver allí y cuidarlo. No puede ser, nuestra salvación está en las pancetas del tullido. El hambre en la intemperie puede más que los sentimientos.

Me voy acercando a la posada y siento un ronroneo en las tripas. Me refriego la cara, me estrujo la frente y los ojos. Mis heridas están resecadas por la sal y el miedo. Avanzo pegado a las paredes, como una sombra. Me juego mucho enfrentándome a alguien como el tullido. No solo por él sino por el odioso alguacil y los de a caballo.
Llego junto a la puerta , aguardo bajo el dintel, tal vez oiga al tullido, no, nada. Doy la vuelta a la casa y entreabro las hojas de una contraventana, huele a cal y a humedad. Miro a través del hueco que dejan los vidrios rotos: la mesa, la alacena y la barra con las chacinas colgando. La boca se me hace agua y ya no me contengo más, un empujón y adentro. "Los chorizos perlados de aceite", "el jamón goteando grasa como un alambique porcino"; demasiado para un niño hambriento. Tiro de un chorizo, me lleno la boca de la carne enrojecida, pica, no importa. Me lo como como un animal hambriento, tragando trozos enteros, luego me dolerá...Me paso la manga por la boca, la mancho de grasa y pimentón. 


Busco golosamente otro sabor, un salchichón, huele rancio. Una morcilla, un mordisco y un ruido que parece de muela rota. Me palpo la mejilla, no duele, me dio la vuelta, tal vez me estén observando, alerto las orejas; por fin lo veo, hay un cuerpo en la alacena, oculto tras la cortina de las baldas.
 Asoma un trozo de brazo, ni se mueve ni hace ruido. Veo una barra larga con pinza, de las que usan los tenderos para alcanzar los estantes altos. Pesa más de lo que yo pensaba, sin querer golpeo la cabeza del hombre que está tras la cortina. 
No hay respuesta, la abro  y reconozco al tullido, con la herida en la frente, marcado como un animal. Su cuerpo desnudo me recuerda a "un odre repleto", sin pelo, las cicatrices de sus piernas como las costuras de los pellejos cargados de vino. Lo tanteo con la punta de la bota, no hay respuesta. Me agacho, zarandeo su cara, le abro los párpados, son los ojos de un muerto. 

Odre

Miro el cuerpo mucho rato y me pregunto si soy yo el que le ha matado. No respira, esta no es la muerte de los sermones del cura,  es otra cosa diferente y no sé qué hacer. La luz de la tarde se hace más suave, miro el extraño cuerpo pero no se me ocurre  preguntarme por qué está desnudo. Y ni siquiera veo la línea amoratada de una soga, bajo su papada, estoy tonto. Lo ahorcaron los que con tanta generosidad iban a pagarle...
Oigo rascar la puerta de la posada, me levanto rápidamente y...
Dejamos aquí al muchacho de "Intemperie", no entiende que está en peligro. Terminaré esta historia, aunque sea la lectura de octubre.
Un abrazo de:
María Ángeles Merino

miércoles, 4 de diciembre de 2013

“Ahora nos da miedo abrir el periódico o esperar la hora del telediario...Ahora…el pasado es un lujo que no nos podemos permitir”.


Comentario, en forma de diálogo entre personajes de ficción, a las páginas 9-17 del ensayo "Todo lo que era sólido", de Antonio Muñoz Molina, editorial Seix Barral. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Leemos en "El País" de 18 de febrero de 2013:

""Recuérdalo tú y recuérdalo a los otros". El verso de Luis Cernuda obsesiona desde hace tiempo a Antonio Muñoz Molina. “Recordar y contar lo que uno ha visto, esforzándose por no mentir y por no halagar y por no dejarse engañar uno mismo por el resentimiento o por la nostalgia, es una obligación cívica”, opina."


Antonio Muñoz Molina

Y para comentar los recuerdos del escritor, voy a imaginar un diálogo entre dos señoras de la clase media burgalesa, un poco alta, tampoco demasiado. Y enlazo esta entrada con las del mes pasado, las de "La estafeta romántica", episodio nacional de Galdós. Escribamos:


¿Recordáis?

Doña María Tirgo y doña Juana Teresa meriendan, chocolate espeso con churros, en una céntrica cafetería de la capital. No, no estamos en 1837, el calendario señala que hoy es 4 de diciembre de 2013. Y no os hablo de fantasmas, soñemos que María y Juana Teresa son descendientes de aquellas de “La estafeta romántica” de Galdós, la novela que comentamos el mes pasado.


Por ejemplo esta que ya conocéis

¿Qué si viven en Cintruénigo o en La Guardia? No, soñemos que las circunstancias de sus antepasados las han llevado a nacer en la cabeza de Castilla, ya saben, esa ciudad que nunca te dejará frío y a la que siempre hay que sonreír. Son de Burgos de toda la vida, tan burgalesas como la catedral y la morcilla de arroz. Añadiré que viven en un piso con portero servicial, cerquita de la orilla soleada y burguesa del río Vena, misa con abrigo largo de visón… No hace falta que les explique a quién votan y a quién añoran estas damas.



Doña Juana Teresa ha dejado un libro encima de la mesa: “Todo lo que era sólido” de Antonio Muñoz Molina. Doña María, algo aburrida, lo curiosea; ya han agotado las últimas noticias sobre las vecinas y sus ecuatorianas, las que tocan a la municipalidad, alguna autonómica, nacionales y aún han dejado un huequito para la Merkel y la Lagarde, qué lagarta…qué mujer más elegante.




M: Este libro que traes…

J.T: Es de mi hijo, de Rodrigo. Estudia poco pero lee mucho; me da por pensar que en la Universidad de aquí me lo están cambiando. La pública es lo que tiene, que yo le hubiera pagado una privada bien a gusto, total a Madrid se llega en un pispás. Y, además, allí podría coincidir con tu sobrina Deme, qué chica más maja. ¿Recuerdas cuando, de pequeñines, hablábamos de casarlos? Sueños porque ella se ha echado un novio romántico, digo hippie, punki o algo así. Y, además, Rodrigo no estudia cosa de provecho, Humanidades ya ves tú, con la cabeza que tiene para los libros sacaría Derecho y una buena oposición a notarías, y hala a cobrar por firmar. Y una buena boda en la Catedral, en el altar mayor, que la del Cristo es para gentes de medio pelo.

M: Muñoz Molina. ¿No es ese escritor que estuvo en la boda de Felipe con Letizia? ¿El que está casado con una escritora que escribe cosas de críos? ¿Un rojazo no?

J.T: Sí, pero es de la Real Academia Española de la Lengua y le han dado un montón de premios, el del príncipe de Asturias, el de Jerusalén...



M: Vale, vale, si yo no le quito mérito, a ver vamos a ver qué dice, tú me cuentas, que yo no he traído las gafas de cerca.

J.T: “Qué lejos se nos queda ya el pasado de hace sólo unos años…Era cuando creíamos vivir en un país próspero y en un mundo estable y las cosas seguirían mejorando de manera gradual…”

M: Eso es verdad, que hay que ver cómo pasa el tiempo, que hace nada teníamos a Aznar en la Moncloa y España iba bien. Y hubiera seguido bien si no fuera por Zapatero que tiene la culpa de todo, qué bien le vinieron los trenes al de la ceja.

J.T: Anda, calla y escucha. “Algunos expertos vaticinaban tranquilizadoramente…un aterrizaje suave…Un economista muy célebre escribió en enero de 2007 que en todo caso la burbuja , si existiera, se pincharía gradualmente”.



M: Eso es lo que estudia mi sobrina Deme, está en tercero de Económicas. Todo para terminar diciendo tonterías como esas. Aterrizaje suave, menudo tortazo nos hemos pegado. Pinchar gradualmente la burbuja, dile a un niño que pinche poquito a poco una pompa de jabón. Que la burbuja inmobiliaria esa estalló en mil pedazos, venga a poner grúas en todas partes y ahora… vas a vender una propiedad que has heredado honradamente y van y te ofrecen una miseria. Y lo alquilas y no te pagan el alquiler, que está la gente a dos velas y te destrozan el piso y te lo llenan de mierda.

J.T: Escucha. “Se nos olvida ahora hasta que punto esos años de prosperidad fueron también de una aspereza civil y una violencia verbal que arreciaban más a medida que había más dinero y que mejoraban como nunca los índices del bienestar y las perspectivas económicas”

M: ¿Violencia verbal? Violencia ahora, que por todas partes hay pitidos y ruidos de cacerolas. Y perro flautas, los del 15 M esos, manifestándose con esa pinta. Bien tranquilos que estábamos entonces, ya lo decía la COPE que…



J.T: Deja la COPE en paz, qué menuda lengua se gastan Losantos y los demás. A lo que vamos: “Insultos que en épocas menos broncas se decían en privado ahora regresaban al lenguaje cotidiano de la diatriba política: los rojos, los fascistas, los rojillos, los fachas; herir al otro y negarle el derecho a la razón y a la buena fe y no debatir con él…”.

M: Fachas, nos llaman fachas, a la gente de orden nos llaman así esos rojazos hijos de Carrillo, el  que mató a miles de personas en Paracuellos y en las checas; que mi padre me lo contaba, que falta nos haría uno como el caudillo que tanta paz nos trajo y…

J.T: De eso va: “En un país casi siempre amnésico los fragmentos del ayer lejano regresaban como armas arrojadizas. El asesinato de García Lorca…la matanza de Paracuellos, la sublevación derechista de 1936 o la izquierdista de 1934”.


Carrillo

M: Amnésicos, que hemos perdido la memoria, es verdad; que yo he leído en un libro de un historiador, Pío no sequé, ahora no recuerdo el nombre, sale en la tele, que fueron los de izquierdas los que dieron el golpe y en 1934, dos años antes, ya ves tú.

J.T: ¿Leer tú un libro? ¡Qué sorpresa!

M: Bueno, me salté mucho. Venga sigue leyendo, que se está poniendo interesante.

J.T: “Agrias disputas políticas se organizaban en torno a la corrección legal de hechos irreversibles sucedidos en el pasado lejano: declarar nulo el consejo de guerra contra Miguel Hernández, que lleva muerto desde 1942, restituir a Miguel de Unamuno en su puesto de rector…o de concejal …Que los unos pusieran tanto empeño en corregir lo irreversible tenía algo de gratuita fantasmagoría: que los otros se opusieran con tanta virulencia era un síntoma delator de sórdidas afinidades que…habrían dejado de ser inconfesables”.

M: No, si los rojos andan resucitando fantasmas, para qué quiere un fiambre que le hagan rector o concejal. “Sórdidas afinidades”, no sé quién tendrá esas sorderas. A ese Miguel Hernández no lo conozco, pero si hubo un consejo de guerra es que hizo algo malo, que no se hacían así como así. Los agrios son ellos, fíjate en Justinita, la hija de Justina, tu asistenta, lo que suelta por esa boca, que si las fosas, que si la memoria histórica, qué sabrán ellos, que mi padre bien nos contaba que un día fue mi abuelo y...

J.T: “Las secciones de necrológicas se llenaban no con los muertes recientes sino con las esquelas de los asesinados en 1936, cada periódico a cada lado de la nueva trinchera vindicando a los suyos”.

M: Mira, eso si lo recuerdo. Menudo susto me llevé aquel día que vi una esquela en el ABC, con el nombre de un difunto apellidado Idiáquez, que pensé que era uno de los tuyos, recién fallecido. Y resultó que era uno de la guerra, muerto en una checa de Madrid. Y un día y otro, tuvimos una temporada que cada día un muerto del 36. Un día voy y se lo comento a mi hermano José María, el cura. Y me deja con la boca abierta, resulta que en “El País” publican esquelas de los rojos, fusilados por los “nacionales”. Van a comparar, morir por Dios y por España a morir por la Pasionaria.

J.T: “Nunca tanta gente había vivido mejor, nunca había habido tanto trabajo, pocos países del mundo gozaban de una sanidad universal de tanta calidad o tenía mayor esperanza de vida, pero nunca había sido más violento el lenguaje político…”

M: Que sí que está muy bien que los pobres tengan médico y hospital, que no se lo discute nadie a ese escritor. Que la Seguridad Social es muy buena, claro que sí; aunque yo tengo Adenitas para que me pongan habitación individual y no tenga en la cama de al lado a uno que no se ha lavado desde que lo hizo la comadre. Y son los mismos médicos, por la tarde y con más tiempo. 

J.T: “Nunca fueron más favorables las noticias económicas; y sin embargo leer los periódicos o escuchar la radio podía helarle a uno la sangre en las venas…La derecha y sus portavoces voluntarios o asalariados aseguraban que el gobierno socialista manipulaba a los jueces y a la policía y utilizaba a los servicios secretos para atribuir los atentados del 11 de marzo de 2004 a una célula islamista y proteger a los verdaderos autores, los terroristas de ETA, aliados con los socialistas en una conspiración para robar las elecciones a sus ganadores legítimos…”

M: Que las del 2004 las ganamos nosotros, que fue una conspiración, que eso me lo leí de pe a pa en “El Mundo”, aunque yo soy más de ABC. Que fueron los de ETA, que estaba claro.

J.T: ¿Todavía estás con eso? No mujer, hay que reconocerlo. Que, como me dijo mi Rodrigo, por todo el Internet circulaba que el atentado era islamista mientras a nosotros nos aseguraban que era la ETA, en televisión y en boca de nuestro presidente. Que yo no le llamo mentiroso ¿eh? Dios me libre.



Escucha esto: “Obsesionados con la exhumación de fosas comunes no reparábamos en el fragor de las excavadoras que abrían por todas partes zanjas para construir chalets y bloques de viviendas sobre terrenos rústicos recalificados por alcaldes ladrones …El presente se disolvía en las escenificaciones del pasado …En nombre de la República más soñada que recordada de 1931 se menospreciaba la democracia que en 2006 llevaba durando casi treinta años…Ciudadanos acostumbrados a todos los privilegios de la paz civil y el desarrollo económico manifestaban una virulenta añoranza por el heroísmo en blanco y negro de aquella guerra simplificada hasta el extremo halagador de un catecismo político o de un tebeo de aventuras”. ¿Ves como Antonio Muñoz Molina da una de cal y otra de arena?


Campo Real con grúas


M: Cal y arena, a montones, cuánta excavadora, todo el mundo a hipotecarse y a vivir en un chalet con jardín, a hacer barbacoas con más chistorras que chuletas. Alcaldes ladrones, de uno y otro lado, que el dinero no tiene color. Soñar la República, una pesadilla fue aquello. Que mi madre me cuenta que le tiraron una piedra por lucir la medalla de la Primera Comunión.

J.T: ¿Eso fue en Burgos?

M: No mujer, que mi madre pasó la guerra en zona roja, que a mi abuelo lo destinaron a Madrid, el hambre que pasaron, dicen que comieron borricas muertas.

J.T: “Ahora nos da miedo abrir el periódico o esperar la hora del telediario porque no sabemos si nos informarán de que ya no existe lo que creíamos perdurable, de que los billetes que guardamos en la cartera se han quedado sin valor o nuestro puesto de trabajo o nuestros ahorros los ha barrido un viento de desastre, de que iremos a un médico de urgencias y no habrá un médico que nos atienda…Ahora…el pasado es un lujo que no nos podemos permitir”.

M: Es verdad, que da miedo poner el telediario. Estuve a punto de coger unas preferentes de esas, menos mal que supe leer la letra pequeña. Y han volado trabajos de los buenos, quién lo iba a decir, empleados de las cajas burgalesas, las de toda la vida, que ahora mandan los catalanes, Dios, qué país. Lo del médico, iremos al particular, para colegios buenos los de los curas y monjas, que además están subvencionados, buenas ganas de mandar al niño a las públicas, llenas de emigrantes y gitanos.

J.T: Tú a tu bola, ya te veo. Seguiremos mañana a la hora del chocolate. Te contaré lo de la Lehman Brothers, Antonio Muñoz Molina pasaba por allí, no sé si sabes que vivió, o vive, en Nueva York.


Lehman Brothers

Dejo a doña María y a doña Juana Teresa abrigándose para salir a la intemperie burgalesa.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Nota: La autora no comparte, en absoluto, las ideas de sus personajes. Ya me conocéis...

miércoles, 27 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica: "la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente o sueña, y lo que le sucede."




Comentario a algunos contenidos de "La estafeta romántica", Episodio Nacional de Benito Pérez Galdós. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Burgos, a 27 de noviembre de 2013.

Señora doña Pilar Loaysa:
He sabido de usted a través de doña Valvanera. En lo que toca a Fernando Calpena, atienda a las  sensatas palabras de su amiga del alma. Que no habéis de esperar que se le pase tan pronto el malestar, que la situación fue muy desairada y él la vivió “con verdadero heroísmo”. Hay que equilibrarle, pero no en dos días ni en cuatro. Que ella conoce bien vuestros arranques y pueden ser inoportunos.
Pobrecito, aún se ve atormentado por la ira, la amargura y el despecho. No os preocupéis, que la de Maltrana no le quita ojo. Y no habéis de temer que imite al joven Werther.



Suicidio romántico

Él mismo dice “que ama su sufrimiento y no quiere desprenderse de él”. Se complace, eso sí, con un puntito masoquista, en contar la triste historia de sus amores con Aura, “como incendio repentino o como estallido de un volcán”, demasiado fuego.



Y vuestra amiga tiene la clave, su mal “no es otro que la desproporción monstruosa entre lo que piensa, siente o sueña, y lo que le sucede. " El mal de los románticos…Y lo de Bilbao fue “caer desde la poesía más alta a una prosa rastrera y tristísima”. Todavía sufre las magulladuras y los chichones.
El asunto de La Guardia debe esperar, aunque os conste “la adoración y entusiasmo” que Demetria y Gracia sienten por el enfermito. Las pretensiones de Rodriguito, el hijo de vuestra media hermana Juana Teresa, lo complican “terriblemente”. Y  Valvanera no quiere disgustos con su cuñada; tan lastimada en su amor propio, tras la negativa de Demetria que no vio en su niño al “mejor de los esposos”.  Y que no ha renunciado a convencerla, no. También están los Navarridas, don José María no tanto…pero doña María Tirgo trabaja a la desesperada por enderezar el negocio de su amiga de Cintruénigo.

Doña Valvanera piensa: “Si de acá echamos nuestro memorial y ellos fracasan nuevamente, verán en nosotros la causa del desastre, y no quiero decirte los disgustos que a Juan Antonio y a mí nos traerían las iras de Juana Teresa”. ¿Y si, por el contrario, ganan ellos la partida? Fernando, pobre, no soportaría un segundo desengaño. Además, no es airoso para un caballero “el quitar tan pronto la mancha de la mora madura con la verde”. Que Calpena no es un cazador de dotes.

Vuestra amiga os pide calma, que “los sucesos lleven su marcha natural” y déjalo de su cuenta. Ella será la acción y vos el pensamiento...Ella conoce “vuestro secretico de dos caras”, suplicio y gozo a la vez. El verdadero vínculo que os une a quien llamáis “adorado tontín”, “pobrecito mío”,“pobre niño mío”. Lo sé, Fernando Calpena es vuestro hijo. Os pregunta Valvanera si Juana Teresa sabe lo que ella sabe, le contestáis que…”lo cantarían los ciegos por las calles”. Descuidad, seré discreta.

Tras llorar “un poquito” abriendo viejas heridas, reís con el resultado de una broma que os ha salido del corazón. Pensáis que él también reirá cuando descubra vuestro juego. Le contaréis como sabéis tanto de todo lo que pasó “antes, en y después del entierro”, el de Larra. Yo también me pregunto cómo conocéis tanto de los poetas románticos y sus circunstancias no tan románticas, como el reúma de Espronceda, las penurias del guardarropa de los asistentes al entierro o el mimbre con que escribía Zorrilla, a falta de pluma… ¡Incluso os atrevéis con unos versos! ¡Qué ironía os gastáis, mi señora doña Pilar!


Y, a todo esto, Miguel de los Santos no pudo asistir al acto por no tener quien le prestara ropa de luto. Del juego de la carta falsa decís que os ha endulzado el alma, que os parece tener veinte años menos y le tenéis sobre vuestras rodillas, contándole lo del ratoncito Pérez. Una imagen de mujer con su pequeño que a vos os arrancaron unas criminales rigideces sociales.



Teméis por Calpena y la imagen del joven Werther es vuestro “fantasma perseguidor”, Dios perdone al Sr. de Göethe. Veis en Fernando a “un espíritu admirablemente preparado para la imitación”. Exhortáis a Valvanera, que "toda cautela es poca mientras dure el horrendo trastorno de una ilusión arrancada de cuajo”. ¿Os da miedo el romanticismo exaltado o la vulnerabilidad de vuestro “adorado tontín”?




 
Porque vuestro marido, Felipe, dio en llamaros romántica y vos proclamáis: “Yo acepto el mote, si romántico quiere decir revolucionario, porque... no te asustes... te advierto que yo lo soy. Me siento un poco masónica, quiero decir que prefiero los males de la libertad a los del orden”. Habéis llegado demasiado lejos con vuestra sinceridad y añadís: “esto es una broma, querida; no hagas caso”. No lo es, se os ha ido la pluma tras el corazón.

¿Qué significa “romántica” para don Felipe? Lo tenéis muy claro: “es su manera personalísima de repudiar lo que se sale de lo vulgar y lo corriente”. Vuestro matrimonio, “veinte años largos de ansiedad y lucha, de persecuciones, de estudio sutil para sortear el carácter receloso, inquisitorial de Felipe”. La lectura ha sido el refugio, habéis leído mucho, desde los clásicos a los románticos; lo proclama la famosa carta apócrifa del poeta “sonámbulo”.

Demasiada cultura para una dama burguesa de la España de María Cristina con sus “muñoces” y su inocente Isabel, de don Carlos María Isidro asomando la boina roja por Arganda, de liberales contra absolutistas. Qué importa la historia, las Marías Tirgo de su tiempo a lo suyo: labores, libros piadosos y urdir matrimonios de conveniencia, pobre Moratín, para qué escribiría “El sí de las niñas”. Como dice Pedro Ojeda: "La historia es algo que pasa lejos".


Lloráis por la muerte de vuestra sirvienta Justina, por el recuerdo de aquel envoltorio blanco que hubo que llevar a criar a Vera, en la clandestinidad. La fiel Justina que atendió al recién nacido Fernando y veló por su crianza.

Pusistéis en marcha un mecanismo benefactor, en torno a Fernando Calpena. Se suceden las cartas, de doña Valvanera a doña Pilar, de doña Pilar a Valvanera. Escribís más que el Tostado, sois “la Tostada”, vos misma os colocáis el remoquete. Él no sabe nada del maternal resorte que tanto desea mejorar su condición social y económica, su felicidad, según vos la entendéis. El sacrificio es grande, debéis revelar vuestro secreto al “inquisitorial” marido. ¿Cómo  lo tomará Felipe? Mal,  lo tomará mal, como podríamos anticipar, pero al final se resuelve todo, esto es una novela, no la vida real. Al fin:

“Dame mil abrazos y besos, mi amiga del alma, y recibe con mis ternuras la feliz noticia de que mi problema está resuelto. Felipe me perdona, y consiente en facilitar todos los arbitrios legales… para transmitir a Femando una parte de mis bienes, por donación inter vivos, por... en fin, no sé cómo, pero ello será. Felipe decreta mi libertad, permitiéndome que dentro de algún tiempo, previas las gradaciones y habilidades convenientes, viva con Fernando fuera de Madrid. ¡Ay, qué felicidad, qué descanso tan dulce al término de este fatigoso viaje de mi vida! "

Sois “pura pólvora” y la impaciencia os pierde. Adoráis la personalidad de  la mayorazga Demetria, veis en ella a una de las vuestras:

“Déjame, déjame que desahogue el ardor de mi alma. Luego me dicen revolucionaria, romántica. Sí, lo soy: quiero imitar a esa sin par niña, que odia, como yo, los raciocinios por papeleta, y cuando le han presentado la de su casamiento, la ha deshecho con garra de leona. ¡Esa, esa es la mujer que quiero para compañera de Fernando!"

No soportáis la idea de que se la lleve el "fantasmón" de vuestro sobrino, Rodriguito. Pero… ¿y Fernando? ¿qué le parecerá a vuestro “adorado tontín”? A ver si ahora un nuevo Moratín va a tener que escribir “El sí de los niños”.

De momento, se expresa así, muy comedidamente:

“Amada madre mía: …Deseo vivir y tener salud para gloria y felicidad de la que ha vivido padeciendo por mí; deseo agradarla en todo, amoldar absolutamente mis acciones a sus deseos. Acepto la explicación que se sirve darme de su plan referente a mi matrimonio con la niña de Castro-Amézaga, y le agradezco infinito que haya tenido en cuenta las razones que por conducto de Valvanera le expuse para no precipitar este asunto y someterlo a los trámites que me imponen la dignidad de todos y mi delicadeza. No haré, pues, manifestación alguna de propósitos matrimoniales, concretándome a pasar por La Guardia de regreso de Vitoria, en compañía del buen Hillo. “

Ya ve usted, no hará manifestación. ¿Se casará Fernando Calpena con Demetria Castro? “La estafeta romántica” nos deja con el interrogante, Galdós nos ha puesto la trampa. Hemos de ir a por el siguiente “Episodio nacional”.
 La última carta  es de Juana Teresa a Valvanera, para cantar las cuarenta a su media hermana:

"Amiga y hermana: No tengo sosiego hasta no desahogar mis agravios contra ti, y hoy me decido a manifestártelos, que si en ello tardo más, de seguro reviento. Ya sé que tu casa es, como si dijéramos, el cuartel general de las intrigas fraguadas contra mi hijo y contra mí, lo que no entiendo, a menos que me demuestres la razón de querer más a tu sentimental y misterioso huésped que a tu sobrino, hijo de tu hermano, mi esposo, que santa gloria haya.”

Juana Teresa lo sabía todo y lo canta ahora. Y canta algo más. Sí, aquel príncipe polaco, 1811 y 1812, señor de Poniatowsky, el padre de Fernando, vuestro secreto al completo. Murió tempranamente, no complica la trama. Fue real...y napoleónico.


Leemos que Juana Teresa se haya dispuesta a la indulgencia y al olvido, y a reconoceros a vos como "mujer ejemplar", siempre que seáis "comedida". Se despide de vos, con mil afectos, vuestra cariñosa hermana, bla, bla, bla.  Valiente…urraca, vuestra querida media hermana. Cuidado con ella, no os fiéis.

Me despido de vos y os deseo que seáis muy feliz.

En cuanto a los lectores, ya sabéis: “Vergara”.


Un abrazo de.

María Ángeles Merino

miércoles, 20 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica": «Paréceme…que aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives, vienes a desmentir la noticia de tu suicidio...».

El parque del Parral, ayer, de camino a la lectura colectiva dirigida por Pedro Ojeda

Comentario a algunos contenidos de la novela epistolar "La estafeta romántica" de Benito Pérez Galdós (Episodios Nacionales). Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Ilustre señor:

Tuve a bien despedirme de vos, en mi última carta, tras vuestras primeras confidencias a don Pedro Hillo, presbítero, buen amigo y consejero, personaje de confianza y paradigma del sentido común. Abrís vuestro corazón pero os cuesta llegar al meollo; tal vez porque todavía os estéis lamiendo la herida. Entretenéis la pluma con la amable pintura de los Maltrana, el tipo de familia culta y cariñosa que a vos os faltó, dadas las circunstancias desafortunadas de vuestro nacimiento.



 
Y proyectáis en las tiernas Nicolasa y Pepita Maltrana vuestro lúgubre estado de ánimo. Os preguntáis para qué las obligan a estudiar tanto, si “las casarán con mayorazgos o con militaritos bien apadrinados que lleguen pronto a generales”. Y serán desgraciadas porque su educación les habrá abierto los ojos. O, peor aún, dada su endeble salud, se morirán “en el paso peligroso de los diez y ocho a los veinte años”. Y, en cuanto a los hijos varoncitos…también se morirán, siguiendo la estela del primogénito, muerto de tisis, en la Villa y Corte. Cásenlas bien y no los condene a tan prematura muerte, don Fernando.

Y, a continuación, la anticipadamente asesinada por vos es la misma patria española que se suicida “con la espada siniestra de las guerras civiles”, en esto algo de razón lleva…la aúltima se vivió cien años después de la primera carlista...Y de la patria a la juventud española, tan romántica que ha de seguir las huellas del joven Werther. Un instinto aniquilador de nuestra raza a la que oís decir: “Puesto que ya no sirvo para nada, quiero darme a la tierra». En todo caso, una minoría de la juventud española, que en su 1837 no era muy elevado el índice de alfabetización y los lectores no abundaban.

Suicidio romántico

Por Dios, don Fernando, el "ignaro capellán" no le tiene a mano para tirarle de las orejas a usted y es una lástima. Una depresión de caballo padece su persona, romántica pero depresión, neurasténico perdido, dicho en palabras más antiguas; no sé si en 1837 existía palabra para su padecimiento.

Conténgase y no extienda su tristeza como el calamar la tinta. Considere el teatro a la manera clásica, en su faceta educativa; tal vez el didáctico mensaje de “El sí de las niñas” cale en las criaturas, y en sus padres, y contraigan matrimonio por amor, ellas solitas, sin que las casen. Y, quizás los aires saludables de Villarcayo, más los higiénicos cuidados, alejen la enfermedad de la descendencia de la ejemplar doña Valvanera, uno de sus ángeles custodios, ya verá usted.



Y, algo de gafe tenéis, porque en esas que llega la noticia de la muerte del padre de su ángel, el carlista simpaticón y vividor don Beltrán de Urdaneta, hundiendo a la ejemplar familia en el lógico dolor. Se queda usted solo con la “cavilación tétrica” que le caldea los sesos, casi hirviendo los tiene.

A ver, suéltelo ya. Que don Fernando Calpena entra en un Bilbao ronco de canciones patrióticas y descubre que…han desaparecido, sí, Aura Negretti y la familia Arratia que la protege. Porque la niña, su novia, se ha casado con Zoilo Arratia, tras recibir la noticia del fallecimiento de usted, comprobado por diferentes testimonios. Los cónyuges han tomado las de Villadiego y embarcarán para Francia. Un complot doméstico muñido por la que usted califica de “marimacho ariscado y astuto”, mamá Prudencia Negretti . …y don Fernando vivito y coleando recibiendo tamaña noticia.


Os aconsejan que deis por terminado el asunto, que no persigáis a la pareja recién casada, que vuestra prolongada ausencia provocó el complot. Intentáis olvidar y empezáis a echar tierra, mas el cadáver no se cubre y resucita…Nunca habéis sido un llorón y no os encaja lo de ser un “Werther sin suicidio”, no deseáis provocar la conmiseración burlona de los amigos. No, no desistís de investigar…decidís seguir a Espartero por el interior de Vizcaya buscando el rastro de “la res perdida”, pasáis a Balmaseda y de ahí al dulce destierro en Villarcayo, por orden inexcusable. “Bendito sea el despotismo” clama un liberal como vos. Ya os habéis autodiseccionado, ha sido doloroso. Antes de seguir, reprocharle lo de la res, mala metáfora para una mujer. Hombres...


En la siguiente carta, os dirigís a don Pedro como “desocupado sacerdote”, a la manera cervantina. Y le contáis que Larra se os ha aparecido en sueños. Es el Larra que vos tratasteis hace año y medio, estáis en un bosquecillo de Villarcayo, veis a Mariano más barbudo y sólo de cintura para arriba; los sueños son así de extraños, convierten la realidad en un batiburrillo incomprensible. Pero eso le pasa a todo el mundo, don Fernando...



Nuestro admirado Fígaro os mira fijamente tal y como lo hacía cuando antaño tramaba una broma. Tiene los ojos como de haber llorado. Le saludáis con un “Hola Mariano, dichosos los ojos…” y él se lamenta: “Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin oír hablar mal de mí... Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala, porque me he quedado enteramente sordo. Háblame por señas. Y tú, ¿por qué lloras? ¿Por mí acaso?».

Le respondéis que no lloráis “por él ni por nadie”. Larra os dice que habéis hecho mal en mataros tan joven. Y le contestáis: «Paréceme…que aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives, vienes a desmentir la noticia de tu suicidio...».

 

Os desvanecéis y aparecéis en el comedor, los dos. Ni él ni vos tenéis piernas y él os aconseja con triste sonrisa: «Debemos matarlas a ellas…y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de sus traiciones?”. Muy guasón el pobrecito hablador. Y práctico...el romanticismo debe perderse en el más allá.
 




Y os habla de sus obras, Larra sólo recuerda “El día de difuntos" y "Nadie pase sin hablar al portero”. A sus dudas de si era buen escritor, vos le manifestáis vuestra admiración: “habéis sido único, Mariano”. Y le nombráis algunos títulos, él asiente, todo eso fue suyo, pero la pólvora mata la memoria y no hay medicina para ello. Os toca con su mano fría, un témpano de hielo. Tiembla agónicamente, os contagia. Y despertáis con frío glacial, enredado en la colcha. Pasáis el resto de la noche “angustiado, febril y tembloroso”, temiendo ser sorprendido por la presencia del fantasma del glorioso escritor. 
 

 
Estáis a punto de romper lo que habéis escrito a don Pedro acerca de vuestro encuentro con Larra, cambiáis de opinión, pensáis que no hay que menospreciar estas aberraciones de la mente, por ridículas que os parezcan. Preparáis a don Pedro para lo que vais a escribir a continuación, le pedís que no se ría. O que no piense e buscaros una institución para enfermos mentales...

Se os ocurre que la aparición en sueños del escritor es como un vaticinio para el encuentro real que tenéis con un tal Churi, un sordo que habla. Qué casualidad, igualito que el Larra de vuestra “idolopeya”, en el mismo bosquecillo villarcayés del sueño, qué casualidad…Vuestros sesos hierven. Churi fue quien os anticipó la traición que os preparaban en Bilbao. Y viene a informaros de que la traidora Aura no lo fue por voluntad propia sino por el maleficio con que la trastornó el tal Zoilo y que él podría ayudaros a quebrantar el encantamiento. Una tentación irresistible que rechazáis, lo pensaréis. Reconocedlo, estáis loco, las brasas se han avivado.



 
Os aconsejo que las apaguéis de una vez, don Fernando. Estáis contento, no estáis contento, llamo a Churi, no le llamo...Os encontráis en un estado nervioso tal que da la impresión de que os están achicharrando vivo. Presagiáis las mayores desdichas, receláis de todo el mundo, os entregan una carta y no os decidís a abrirla...Os reclaman para seguir con el ensayo de “El sí de las niñas”, no os acordabais, tan concentrado estabais abriendo vuestro corazón en la carta a don Pedro. Ha sido doloroso, pero necesario

No os preocupéis, se va a poner en marcha un mecanismo benefactor en torno vuestro, femenino para más señas. Doña Pilar de Loaysa escribe a doña Valvanera de Maltrana y viceversa. Escriben y escriben, doña Pilar se califica a sí misma como la “Tostada”, en recuerdo de aquel “Tostado”que tanto escribía.
Doña María Tirgo y doña Juana Teresa no os quieren mal, pero os quieren lejos, desean impedir el acercamiento de vuestra persona a la sin par Demetria. Porque estorbáis su acariciado objetivo de unir las casas Idiáquez y Castro Amézaga, a través del matrimonio de la mayorazga con Rodrigo de Urdaneta Idiáquez. Que estáis en Babia y desconocéis las fuerzas que os quieren alejar de Cintruénigo y las niñas, fijaos en Gracia que es…más graciosa. Y, además, que todo viene bien, es mayorazga al cincuenta por ciento, gracias a la generosidad de su hermana Demetria.


 
Y desconocéis la existencia del maternal resorte que desea mejorar vuestra condición social, aunque el sacrificio suponga abrir cajas  secretss celosamente guardadas, ante quien peor lo pueda recibir, un marido de 1837.

Dos fuerzas femeninas en sentido contrario, Pilar de Loaysa tirará de la cuerda más fuerte que doña María y doña Juana Teresa.Todavía no os revelo qué mueve a Pilar a buscar tan celosamente una posición social y un matrimonio adecuado para vos. Un gran personaje de mujer, nacido de la pluma de vuestro creador, don Benito Pérez Galdós, un gran conocedor del alma femenina. No sé si tenéis noticias de una tal Fortunata, o Jacinta, o Benigna, o Marianela. Grandiosas, pero no creo que se tropiecen con vos, son de otro tiempo.
 
Aparcad el romanticismo exaltado y seréis ´menos infeliz, aunque mucho me temo que, buscando a vuestra Aura, vais a representar, en vivo, toda una obra romántica, con cementerio y muerta desenterrada incluida.


Me despido de vos, don Fernando. La semana que viene he de escribir a doña Pilar.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

martes, 12 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica": "Ya habrás comprendido que no me pegué el tiro mortal ni tuve intención de ello".

 
 
Dos
 
De doña María Ángeles Merino a don Fernando Calpena.
 
Ilustre señor:
 
Por la presente deseo analizar vuestra romántica y atractiva personalidad y las circunstancias, románticas asimismo, que os rodean; ambas trazadas magistralmente por la pluma del escritor Benito Pérez Galdós, en absoluto romántico.
 
 
 Y no cesáis en vuestro empeño de seducirnos, a pesar de la carta que abre fuego en "La estafeta romántica", la de doña María Tirgo desde la Guardia; la cual se refiere a usted, con cierto retintin, como "el sujeto". Sí, el"sujeto", un obstáculo en los planes de casar a su sobrina, la mayorazga y comedidísima Demetria Castro Amézaga,  con Rodriguito de Urdaneta Idiáquez, el hijo de Juana Teresa Idiáquez, la señora marquesa de Sariñán a la que dirige cartas de amiga a amiga. Y el sueño de unir las gloriosas casas se viene abajo con la negativa de "la perla" de la familia. Porque doña María está segura, para Demetria "no hay más sujeto que el sujeto" y ese soy vos.

 
 Y no debería extrañarle a doña María, puesto que ella misma cae en las redes de vuestro encanto personal y se le escapa el puntito de admiración cuando manifiesta que " no hay otro más caballero y delicado"; aunque "por juicioso" no le tenga a usted, que es de esos "que piensan  y obran a la romántica". Y, cuando oye comentar el suicidio de "un joven de talento y fama" por los desdenes de su amante... casada...ya está: no puede ser otro que don Fernando Calpena que acaba de encontrar casada a su novia, posee un apellido que suena a falso y su muerte  hace palidecer a Demetria. Ya lo ha suicidado a usted  y pide a Dios que lo perdone.  Porque el sujeto "romanticismos aparte, es digno del mayor aprecio".
 
Tras la primera carta quedamos atrapados por su hechizo de personaje, don Fernando. Galdós ya nos ha metido dentro el gusanillo. Sigamos.
 
 
"Mariquita mía, estás en Babia", así contesta Juana Teresa, desde Cintruénigo, en una larga carta donde no cesa de despotricar contra  su festivo y criticado suegro don Beltrán, a la vez que informa de la noticia de su muerte y da detalles del gastoso funeral...sin muerto.
 
Y , entre medias, tras la lista de viandas que han despachado los señores sacerdotes, que oficiar misa de difuntos da mucha hambre, dedica unas líneas a aclarar la identidad del suicidado: "Larra, un escritor satírico de tanto talento como mala intención". Ya sabe usted, don Fernando, su admirado "Fígaro", un escritor que no suelen leer las viejas damas, ocupadas en  labores y lecturas piadosas, nada de sátiras que ocultan "venenillo en la hojarasca". El satírico no sois vos ,"el calabaceado de Vizcaya", dicho sea con todos los respetos.
 

Vos no estáis muerto ni don Beltrán tampoco, que ha aparecido en Utiel, sin fusilar, tan alegre como siempre, carlista de los del tigre Cabrera y con  nueve misas aplicadas que ya no valen, vaya por Dios.

Doña María dice alegrarse por vos, mas no desea que haya carteo, no vaya a ser que os sintáis obligado a aparecer por La Guardia. "Bien se está San Pedro...en Villarcayo", ya sabéis...Quietecito en la villa burgalesa, que bien está allí don Fernando Calpena, con la encantadora familia Maltrana, bajo los cuidados casi maternales de doña Valvanera y entretenido en la representación doméstica de "El sí de las niñas".


Y vayamos con el difunto verdadero : Mariano José de Larra. Demetria conserva la biblioteca de su difunto padre y está muy enterada, dice "que el difunto suicida era un hombre que con su propio pensamiento, como la cicuta, se amargaba y envenenaba la vida". Lo cual no es obstáculo para que la sensata mayorazga se lea, por segunda vez, un libro romántico "de los gordos" y se lo muestre, a propósito de suicidios por desengaño amoroso, a su antirromántica tía. Llámase "Las cuitas del joven Uberte" y es de un tedesco que parece vizcaíno, llamado Goiti o Goitia. No, no os riáis, así denomina doña María a "Las cuitas del joven Werther" de Goethe. Y a la tiíta le da mala espina que la mayorazga dedique tiempo a leer libros de amores contrariados. Estará con cien ojos. Demetria tan perfecta, tan poco amiga de frivolidades leyendo "El doncel de no sé qué rey"...del escritor suicida. Son pocos cien ojos.


Y vos. ¿Tenéis  algo en común con el madrileño Larra o el tedesco Werther? Analizaremos las confidencias que hacéis a vuestro mentor y capellán, el presbítero don Pedro Hillo. Aunque yo, de momento, os veo muy comedido para romántico.


Suicidio romántico
Decís que no tenéis voluntad propia, que abrazáis la obediencia y "quien manda, manda". Alguien a quien llamáis "mi supremo tirano" dijo que a Villarcayo, a casa de los Maltrana. Pues a Villarcayo, que  la voluntad la tenéis condenada, viviendo un nuevo régimen de "pasividad o vida boba".

Lo que no os apetece nada es contar vuestra "atroz caída". Deseáis sosegar vuestro espíritu, que vuestro amor propio se cure de sus heridas. Por si don Pedro tiene dudas, aseguráis: "Ya habrás comprendido que no me pegué el tiro mortal ni tuve intención de ello".

A continuación, os pica la curiosidad y preguntáis al amigo presbítero por "lo del pobre Larra", si hay algo más de lo que se dice, si fue por la de C..., y si estuvo en el  entierro. Le pedís que os mande los versos de un nuevo poeta. Tratáis de despistar la pluma. Cotilleos.

No os sentís capaz de contarle detalles acerca de vuestro "tristísimo y pedestre desenlace".  En su lugar, le dais cumplidas noticias de la hidalga familia en cuyo seno habéis rendido vuestra voluntad. Y habláis del señor don Juan Antonio de Maltrana, liberal y templado, que detesta por igual el absolutismo y las revoluciones. Y de doña Valvanera, "la encarnación del buen gusto". Y de las niñas Nicolasa y Pepita, tiernas y lánguidas, con mala salud y desaplicadas.

Poco a poco, iréis abriendo vuestra alma hasta que acertéis a contarlo, en la siguiente carta. La leeremos, don Fernando, romántico pero no demasiado. Porque no os veis vestido de trovadorcito, soltando eso de: "y de la noche el aura silenciosa nuestros suspiros tiernos confundía".  Yo tampoco.



Un abrazo de:

María Ángeles Merino