miércoles, 23 de diciembre de 2015

"Los Pazos de Ulloa": "la naturaleza...casi le infundía temor por la vital impetuosidad que sentía palpitar en ella"

En el día de la Salud

Comentario al tercer capítulo de "Los Pazos de Ulloa", de Emilia Pardo Bazán. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Os saludo a todos los que pasáis por aquí, en el llamado Día de la Salud.  Recordáis de la entrada anterior que, de perspectiva a perspectiva, cometí una travesura literaria y de la tercera pasé a la primera persona porque...me resultaba más cómoda. Siguiendo al narrador sabelotodo, me perdonará doña Emilia, me inventé un cuentecillo:

Érase una vez una vieja carpeta, encontrada en una vieja casona de Santiago de Compostela. Estaba en un cajoncillo oculto en un viejo bargueño y encontrola, por casualidad, un peregrino alojado en la casona, convertida en albergue. Contenía unas cartas que Julián Alvárez envió a su madre, poco después de su llegada a los pazos. Ya sabéis, misia Rosario, ama de llaves de los de la Lage, personaje apenas esbozado por doña Emilia. Entregómelas el peregrino para que se las custodiase, pronto volvería a por ellas. Me había conocido leyendo "Los Pazos de Ulloa", junto a las tapias del Paseo del Parral, un lugar que ve pasar a muchos que van camino de Compostela. Le parecí persona de confianza, que no esperaba encontrar una lectora de la Pardo Bazán por estas castellanas tierras. Y colorín colorado.


Aquí tenéis la segunda carta:

Mi queridísima madre:

Comienzo esta carta deseando, de todo corazón, que al recibo de la presente se encuentre usted bien de salud. Su hijo de usted, el que esto escribe, hállase sano de cuerpo y alma, gracias sean dadas a Dios y a la Santísima Virgen.


Contábale en mi anterior carta como, a la hora de acostarme, los acontecimientos de la jornada danzaban en mi cabeza: el caballejo, la cruz negra, la cena, la bulla, el niño borracho, la criada provocativa, el capataz insolente, el abad bebedor, los perros sobradamente atendidos y el marqués...Todo un resumen como el que los autores de los novelones ofrecen a sus lectores para repasar lo acontecido y dar tregua a la montaña de acontecimientos. 



Al día siguiente, "un sol de otoño dorado y apacible" daba de lleno en la habitación que me han destinado. La conozco a usted y seguro que se está preguntando cómo es tal estancia. Le diré que vastísima y sin cielo raso, con tres ventanas de anchos poyos y vidrieras faltosas de vidrios, suplidos por papeles pegados con obleas. Por todas partes, asomaban reliquias del paso del anterior ocupante, el abad de Ulloa: puntas de cigarros adheridas al suelo, botas inservibles, collares de perros, jaulas, una piel de conejo maloliente...Entre las vigas pendían las telarañas y el polvo descansaba tranquilamente por todas partes. Para su tranquilidad, le diré que ahora está barrida y recogidiña.

¡Si usted la viera antes! No hubiera parado hasta dar con una escoba, seguro. Tanta porquería me infundía deseos de primor y limpieza, en consonancia con la pureza del alma a la que aspiro. Nunca le comenté como mis compañeros de Seminario me llamaban San Julián y añadían que sólo me faltaba la palomita en la mano. Algunos me tildaban de pacato y doncellita, de niño cosido a las faldas de mamá, ignorante de las cosas de la vida. ¡Cómo si los libros piadosos no enseñaran tal materia! ¡Qué ignorantes!


San Julián, San Xiao.

Porque usted me empujó desde la más tierna edad hacia la Iglesia y yo me dejé de buen grado, que era  muy dulce el empujón. Que de niño ya jugaba a cantar misa. La gracia de Dios vino en mi ayuda y la continencia me fue fácil. Sin ardores ni rebeldías, como una malva; mas no me faltan energías súbitas, de esas un tanto explosivas. 



¡Ay! Miro la habitación y la veo, madre, sahumar mi ropa con espliego y colocar una camuesa en cada par de calcetines. ¡Y aquellos desaseados compañeros que me llamaban seminarista "pollo"! Todo por mis frecuentes abluciones de manos y cara que extendería sin duda al resto del cuerpo, sino fuera por el pudor ante mi propia carne, ocasión próxima de pecado.

Aquella primera mañana, necesitaba chapuzarme, todavía llevaba encima el polvo del camino; pero no había ni jarra, ni toalla, ni jabón, ni cubo. Sólo una palangana en el poyo. Decidí refrescarme con aire, ya que con agua era imposible. Abrí la ventana  y la vista me dejó encantado. Viñas, castañares, campos de maíz y robledas ascendían en suave pendiente. El huerto verde y amarillo, con el estanque como un espejo. El aire oxigenado entraba en mis pulmones y sentía disipar el vago terror que me infundía la gran casa y sus moradores. 


Como para renovar ese terror, entreoí detrás de mí rumor de pisadas cautelosas y, al volverme, vi a Sabel, la muchacha de la cocina, que traía una jícara de chocolate y un púlpito de agua con una gruesa toalla.


 Diccionario de la RAE, edición 1899.

Venía arremangada y con el pelo alborotado, como del calor de la cama. Me apresuré a ponerme el levitín y le pedí que otra vez hiciera el favor de llamar antes de entrar, que podría estar en la cama...o vistiéndome. Me miró y no se turbó lo más mínimo, exclamó que no sabía y el que no sabe...

Yo quería decir misa antes del chocolate. Ella me replicó que no podría ser, la llave de la capilla la tenía el señor abad de Ulloa, que "Dios sabe hasta cuando dormirá". "¡Dos días sin misar!". Le gustará saber, madre mía, que todavía siento el entusiasmo del misacantano, que me conmueve verme vestido con la ropa litúrgica, que tiemblo cuando alzo la Sagrada Forma, que la consumo recogidamente. No es cualquier cosa el cuerpo de Cristo.



Me resigné a no misar y tomar el chocolate. Quería que limpiase aquello y no sabía como decírselo. Le pregunté si hacía mucho que no dormía en el cuarto el señor abad. Me contestó que dos semanas, yo le indiqué que sería bueno barrer y pasar la escoba entre las vigas. Su respuesta me dejó pasmado. No, el señor abad no le mandó nunca que le barriera el cuarto; pero ella, muy sumisa, me aseguró que lo arreglaría muy arregladito. 



Ante tanta humildad, quise "mostrarle un poco de caritativo interés". Le pregunté por el niño, si no le sentó mal lo de ayer.  Me contestó que durmió como un santiño y andaba ya por la huerta. Así era, lo vi tirando piedras al estanque. Es increíble, madre, lo duros que son desde niños los de esta tierra. Mas yo hube de advertirle gravemente, no debía consentir que le emborracharan al chiquillo, era obligación suya el impedirlo. Sabel  fijaba en mí sus ojos azules, como quien no entiende. Al fin me dijo despacio: "Yo qué quiere que le haga... No me voy a reponer contra mi señor padre". 

Callé atónito, no supe replicar ni censurar. Me llevé la taza a la boca para disimular. Figúrese, madre, el que embriagó a la criatura, ese Primitivo, era su propio abuelo. Pregunté si el marqués andaba ya levantado, ante la respuesta afirmativa, le pedí que me llevara junto a él. 

Antes de dar con don Pedro, recorrimos casi toda la huerta. "Aquella vasta extensión de terreno debía haber sido en otro tiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de la jardinería simétrica y geométrica cuya moda nos vino de Francia".  Las armas de la casa, trazadas con mirto, son matorral de bojes, donde apenas se distingue rastro de los nobles emblemas: torres, lobos, roeles, ya sabe. El estanque parece charca fangosa, la maleza invade cenadores y bancos, crece el maíz en los tablares de hortalizas y los rosales, "espinosos y altísimos", van a besar las copas de los frutales. "Por entre estos residuos de pasada grandeza andaba el último vástago de los Ulloas, con las manos en los bolsillos, silbando distraídamente como quien no sabe qué hacer del tiempo". 



Mi presencia le solucionó el problema del aburrimiento, emparejamos y dimos un paseo por el huerto, el soto y los robledales. Don Pedro me hablaba de terrenos y arbolados. Yo me esforzaba en entender la ciencia rústica pero la naturaleza me parecía difícil asignatura. Casi me "infundía temor por la vital impetuosidad que sentía palpitar en ella, en el espesor de los matorrales, en el áspero vigor de los troncos, en la fertilidad de los frutales, en la picante pureza del aire libre". 

No sé, madre, si debí ser tan sincero con el señorito. Le confesé que de cosas de aldea, no entendía ni jota. Me sentí aliviado cuando don Pedro indicó que íbamos a ver la casa, "la más grande del país".



El caserón era enorme. Atravesamos el claustro formado por arcadas de sillería, varios salones con destartalado mueblaje y pinturas descoloridas por la humedad, no siendo la polilla más clemente con la madera del suelo. Pasamos a una habitación más chica y un tanto tétrica. Las negras vigas del techo semejaban remotísimas de puro altas y asombraban la vista unas grandes estanterías de castaño, con enrejado de alambre y sin cristales. El marqués de Ulloa anunció solemnemente: "El archivo de la casa".

Explicóme muy acalorado que aquello estaba revueltísimo, aclaración de todo punto innecesaria. "Y que semejante desorden se debía al descuido de un fray Venancio, administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos pecadoras había venido el archivo a parar". Aquello era un caos, las estanterías dejaban asomar papeles y más papeles. Encima de la mesa, por el suelo, en las sillas, en el alféizar de la ventana..."Amarillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y rotos". Olían a humedad, a rancío, sentía cosquillas en la garganta.



Aquello no podía seguir así y se lo manifesté con vehemencia al marqués. Don Pedro no quería ni mirar, ignoraba la magnitud de los desperfectos, aquello era "un desastre, una perdición". De pronto, me indicó que mirara lo que había debajo de mi bota. Levanté el pie asustado y el marqués recogió del suelo un libro del cual pendía sello rodado de plomo, Al abrirlo, vimos una soberbia miniatura heráldica, con sus colores frescos a pesar del tiempo. ¡Era una ejecutoria de nobleza!



Yo, madre, lo limpiaba del moho con mi pañuelo doblado, con delicadeza. Desde niño me enseñó usted  a reverenciar la sangre ilustre y aquel pergamino escrito con tinta roja, miniado, dorado, me parecía digno de veneración y compasión por haber sido pisoteado. Recordé que el señor de la Lage me habló del desbarajuste de la casa de su sobrino y de la caridad que haría yo si lo arreglase un poco. El señorito permanecía serio, de codos en la mesa.



Le presenté mi proyecto al señorito, parecióle de perlas. Apartar lo moderno de lo antiguo, sacar copia de lo estropeado, pegar lo roto con cuidadito, con papel transparente. Entre los dos, mal sería que no acertáramos. Yo no sabía gran cosa de legajos, pero con buena voluntad y paciencia...Comenzaríamos al día siguiente.

Pero al día siguiente, Primitivo descubrió un bando de codornices y el marqués prefirió terciar la carabina, dejando a su capellán bregar solo con los documentos. Con los documentos, el polvo, el desorden, los insectos, los gusanos, menuda fauna. Misia Rosario estaría orgullosa de verme con tan nobles legajos...y polvorientos.

Le escribiré para relatar mis luchas en el archivo. En la vida del señorito, no soy yo quien deba juzgarle. Sólo en el sacramento de la Penitencia...ahora recuerdo cuando aseguró que no tenía pecado alguno. Sí, el abad de Ulloa dijo que todos en el Pazo tenían la inocencia bautismal. Ya ve qué disparate.




Reciba un abrazo de su hijo Julián Álvarez.

Aquí acaba la segunda carta de Julián Álvarez a su madre, misia Rosario. 

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino

¡Y Feliz Navidad!


jueves, 17 de diciembre de 2015

"Los Pazos de Ulloa": "Dice que aquí me manda un santo para que me predique y me convierta..."



Comentario a los dos primeros capítulos de "Los Pazos de Ulloa", de Emilia Pardo Bazán. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

En la introducción a la lectura de "Los Pazos de Ulloa", comentaba la accidentada llegada de "un curita barbilindo". Conocíamos a  Julián Álvarez que, "rojo como una fresa", encendimiento propio de su linfática constitución, sofrenaba al caballo y al miedo. El corcel indómito era un caprichoso "cuártago" y no había ladrones ni lobos, sólo un peón caminero y una mujer que amamantaba a su hijo delante del estiércol vegetal. Comprobaba que no contaban en leguas ni en kilómetros sino que  la distancia era primero "un bocadito" y luego "la carrerita de un can". Y sentía "indefinible malestar" ante "la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza", menos mal  que los tiros procedían de escopetas de cazador que no de forajido. 


"...la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza". "Galicia Única. Revista Digital Independiente"

Porque los lectores empatizamos con el cándido y decimonónico cura, criado en los aires urbanos de Santiago de Compostela, extraño, como mosca en leche, en el ambiente rudo y decadente de los pazos.  En toda la novela, lo vemos  luchar contra una violencia que amenaza con hacerle "besar el suelo". La afrontará con "palabrillas calmantes y mansas", su fe católica a machamartillo, su bondad natural y un ingrediente con que el casto curilla no contaba: el amor. 

En esta línea, escribe María Ángeles Ayala, en su introducción a la edición de Cátedra: 

"Múltiples son los elementos que configuran y dan vida al mundo de ficción de "Los Pazos de Ulloa". El perspectivismo o el choque mismo de visiones opuestas producen el enfrentamiento y la rivalidad de unos personajes cuyo proceso aparece analizado desde ópticas distintas. En la primera estructura el narrador enfoca a Julián desde el inicio mismo de la novela hasta el final del capítulo VII... la vida del pazo está contemplada desde la perspectiva de un personaje, don Julián, acostumbrado a la vida urbana...Él escudriña, juzga, valora todo lo que desfila ante sus ojos, percibiendo el lector su peculiar forma de sentir y apreciar las cosas, los objetos, las personas..."

De perspectiva a perspectiva, me gustaría contaros como percibo yo la perspectiva del personaje. Como en otras ocasiones, voy a cometer una travesura literaria y de la tercera a la primera persona porque...me resulta más cómoda. Siguiendo al narrador sabelotodo, perdóneme usted doña Emilia, me voy a inventar un cuentecillo.

Érase una vez una vieja carpeta, encontrada en una vieja casona de Santiago de Compostela. Estaba en un cajoncillo oculto en un viejo bargueño y encontrola, por casualidad, un peregrino alojado en la casona, convertida en albergue. Contenía unas cartas que Julián Alvárez envió a su madre, poco después de su llegada a los pazos. Ya sabéis, misia Rosario, ama de llaves de los de la Lage, personaje apenas esbozado por doña Emilia. Entregómelas el peregrino para que se las custodiase, pronto volvería a por ellas. Me había conocido leyendo "Los Pazos de Ulloa", junto a las tapias del Paseo del Parral, un lugar que ve pasar a muchos que van camino de Compostela. Le parecí persona de confianza, que no esperaba encontrar una lectora de la Pardo Bazán por estas castellanas tierras. Y colorín colorado.



Aquí tenéis la primera:

Mi queridísima madre:

Comienzo esta carta deseando, de todo corazón, que al recibo de la presente se encuentre usted bien de salud. Su hijo de usted, el que esto escribe, hállase sano de cuerpo y alma, gracias sean dadas a Dios y a la Santísima Virgen.


Hallome vivo, a pesar de mi accidentada llegada a estas tierras, en un caballejo que dio señales de locura, en una pendiente del camino real de Santiago a Orense. Aunque me agarraba con todas las fuerzas a la rienda, el animal se empeñaba en bajar la cuesta a trote o a galope. Inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por las orejas. Sentí miedo, lo reconozco, madre, como si el cuártago fuese algún corcel rebosando fiereza y bríos. Mas mi escasa maestría hípica no ha de causarle preocupación, que en los Pazos de Ulloa habrá ocasión de ejercitarme en el arte de sujetar las riendas y evitar caídas. Hablo de caballos, que para domar la voluntad confío en mi formación de sacerdote y en la ayuda del Altísimo. 



Advirtiome usted que la ruda y majestuosa soledad de la naturaleza puede acongojar al hombre de ciudad. Pudo comprobarlo este reciente misacantano, nacido y criado en Santiago. No pude menos que exclamar: "¡qué país de lobos!". Me venían a la cabeza historias de viajeros robados y asesinados. No, madre, no creo en agüeros; mas aquella cruz negra en el camino me hizo estremecer. Recé un padrenuestro. El caballo temblaba, sin duda olfateaba el rastro de algún zorro. Con un trotecillo medroso me condujo a una encrucijada. Entre las ramas de un castaño, erguíase el crucero, tosco, tan mal labrado que parecía románico; mas el dosel natural del árbol era poético y hermoso.



Me tranquilicé, recé lleno de devoción y mis ojos dieron, por fin, con los pazos de Ulloa. 



Poco duró la contemplación porque retumbaron dos tiros y estuve a punto de besar la tierra, pues el rocín huyó como loco de terror. Quedé frío de espanto, sin atreverme a averiguar dónde estarían ocultos los agresores. El susto fue corto, vi descender a tres cazadores con sus perros perdigueros. El primero era alto, robusto y de unos treinta años, bien vestido y equipado, con una moderna escopeta de dos cañones.  El segundo, más mayor, de más baja condición; llevaba una vieja escopeta de pistón y una expresión de astucia salvaje. Del tercero, era evidente su condición de sacerdote, a pesar de no llevar alzacuello; que el Orden Sacerdotal  imprime un sello tal que ni las llamas del infierno consiguen cancelar. 



Les pregunté si iba bien para la casa de don Pedro, el señor marqués de Ulloa. ¡Qué casualidad! Estaba ante el mismo señor marqués de Ulloa, era el cazador alto. Me preguntó si yo era el recomendado de su tío, don Manuel, el señor de la Lage. Respondí gozoso: "servidor y capellán" y eché el pie a tierra, auxiliado por el sacerdote que resultó ser el abad. 

Sé que se estará preguntando qué impresión me dio el marqués. Sé que usted le conoció de niño y tendrá un tierno recuerdo. Pero a mí no me pasó inadvertida su dura mirada, a pesar de su acogida tan llana y afable. 


Yo, respetuoso, me deshacía en explicaciones corteses y aduladoras, lo que se suele hacer con los señores.  Que el señor de la Lage tan bueno, con el humor de siempre y "guapote para su edad", que "si fuese su señor papá de usted no se le parecería más". Que las señoritas "muy bien, muy contentas y muy saludables". Que del señorito Gabriel, en Segovia, con buenas noticias. Ya sabe que las señoritas y el señorito son un poco mis hermanos, criados todos bajo el mismo techo, guardando una prudente distancia.



Mientras yo sacaba la carta que me entregó don Manuel para don Pedro Moscoso, el zorruno cazador de la escopeta vieja clavaba en mí sus ojuelos, "con pertinacia escrutadora". El marqués leyó la misiva y soltó una carcajada. Se reía porque su tío, tan guasón, le decía que le mandaba un santo, el santo era yo, para convertirle. Y el señorito porfiaba que "no parece sino que tiene uno pecados". Y preguntaba al abad: "¿Verdad que ni uno?". Qué sangre fría la del abad al asegurar que "aquí todos conservamos la inocencia bautismal". No podía creer que un sacerdote se tomara a broma lo más sagrado, madre. Me miraba con desdén "a través de sus erizadas y salvajinas cejas", nunca vi un colega tan desaseado y montaraz. Le cambió la cara cuando vio mis guantes y algo dijo de curas "miquitrefes" y de lo que haría si fuera arzobispo. ¡Dios nos libre!

San Xiao, San Julián 

Cuando llegamos al Pazo era noche cerrada, sin luna. Ninguna luz brillaba en el imponente edificio y el marqués se dirigió a un postigo lateral, muy bajo, donde apareció una mujer corpulenta, alumbrando con su candil. Cruzamos corredores sombríos y una bodega para llegar a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego que ardía en el hogar, consumiendo gruesos cepos de roble. Ya sabe: una elevada campana, chorizos, morcillas y algún jamón. A los lados, unos bancos para sentarse y calentarse "oyendo hervir el negro pote", el cielo y el infierno juntos.


"A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada junto al pote una vieja". Sólo la distinguí un instante, con sus greñas blancas sobre los ojos y su cara rojiza al resplandor del fuego. Porque no bien advirtió que venía gente, se levantó aprisa y , murmurando con voz quejumbrosa "buenas nochiñas nos dé Dios", se desvaneció como una sombra. El marqués se encaró con la moza, al parecer la vieja no era de su agrado: "¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?". La moza contestó apaciblemente que no hacía mal, que le ayudaba a pelar castañas. Primitivo paró las iras del amo, mostrando él aún "mayor imperio y enojo": "¿Qué estás parolando ahí? Mejor te fuera tener la comida lista. ¿A ver cómo nos la das corriendito? Menéate, despabílate.". ¡Era su hija!

Sabel, que así se llama la cocinera, puso la mesa. Ay, pensé, si lo viera Misia Rosario, tan pulcra para las cosas de la casa. Una mesa de roble denegrida, un mantel grosero manchado de vino y grasa, platos de peltre, "cubiertos de antigua y maciza plata", un enorme mollete y un jarro de vino en sintonía con el pan. Primitivo vació allí mismo su morral, salieron dos perdigones con una liebre muerta y ensangrentada. ¡La plata de los antepasados sobre el más que sucio mantel! Sabel revolvía y destapaba tarteras, "tomó del vasar una sopera magna" y de nuevo sufrió las iras del marqués. 

Los perros, los perros, ahora eran los perros que acudieron como si comprendieran su derecho a ser atendidos antes que nadie. Creí que había aumentado el número de los canes de tres a cuatro. Pero, al entrar el grupo canino a la luz del fuego, advertí que lo que yo tomaba por otro chucho no era sino un rapazuelo de tres o cuatro años, con una ropa acastañada y blanca que podía equivocarse con la piel de los perdigueros. El pequeño vivía en la más estrecha fraternidad con los canes, era uno más. 


Perucho

"Primitivo y la moza disponían  en cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor y más grueso del pote". El marqués vigilaba la operación y, no quedando satisfecho, escudriñó las profundidades del caldo hasta sacar tres gruesas tajadas de cerdo que distribuyó en las cubetas. Los perros daban alaridos entrecortados, como preguntando si podían comer esa comida tan apetitosa. A una voz de Primitivo, sumieron el hocico en ella y se oía el batir de sus mandíbulas y el chasquido de sus lenguas. Aquello era el mundo al revés, nadie se había preocupado de dar de comer al chiquillo que gateaba por entre las patas de los perdigueros, los cuales le amenazaban enseñándole los dientes. De pronto la criatura echó mano a un tasajo de la cubeta de la perra Chula que le lanzó una feroz dentellada. Por fortuna, sólo le alcanzó la manga y le obligó a esconderse entre las sayas de la moza que ya había empezado a repartir el caldo a los racionales. ¿Su madre?

Yo me compadecí del chiquillo y lo tomé en brazos. Pude ver que "a pesar del mugre, la roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo". No se imagina usted madre un ángel tan bello y tan sucio. 



Yo le hablaba con cariño: pobre, te ha mordido la perra, vamos a reñirla a la pícara malvada. Pero aquello le sentó mal al marqués que me lo arrancó bruscamente. Lo sentó en sus rodillas, le palpó las manos y , seguro de que sólo sufrió el chaquetón, soltó la risa. Le llamó farsante, le advirtió que un día le comería media nalga, para qué te metes con ella. Hasta aquí, todo normal. Pero tras la pregunta "¿En qué se conocen los valientes?", colmó su vaso de vino y se lo dio al niño que lo apuró de un sorbo. Yo le advertía al marqués que el vino es veneno para las criaturas, que podía morirse, que lo que tendría es hambre. El marqués ordenó imperiosamente a la criada que le diera de comer. El niño, Perucho, acabaría mortalmente pálido. Primitivo me miró friamente y puso una moneda de cobre en la mano del niño y la botella en su boca, consiguiendo que todo el vino fuera a parar al infantil estómago. Aquello era un pecado y yo imploraba por Dios y por la Virgen. ¡Lo iban a matar! Yo estaba encendido de indignación, eché a un lado mi habitual mansedumbre y timidez. 



Nunca olvidaré aquella cena, madre. El caldo, el cocido, la montaña de huevos con chorizo, el vino "tostado". Qué pesadilla, el banquete se prolongaba, el vino calentaba las cabezas. Y Sabel servía con más y más familiaridad y reía, apoyada en la mesa, los chistes subidos de tono, los que me hacían bajar los ojos. Yo no sabía nada de bromas de cazadores. Sabel me desagradaba, a pesar de sus lozanas carnes, sus ojos azules, sus trenzas, su nariz. Evitaba mirarla, miraba al niño, a Perucho. En el Seminario me enseñaron a evitar ocasiones de pecado. 

Sabel se alejó cargada con el niño, como una cuba, con sus  piernecitas balanceándose inertes. La cena acabó en silencio. Ya en la habitación que me habían destinado, saqué una estampa de la Virgen del Carmen y recé arrodillado la media corona, contando con los dedos. Estaba molido y las sábanas me llamaban. Me eché y los acontecimientos de la jornada danzaban en mi cabeza: el caballejo, la cruz negra, la cena, la bulla, el niño borracho, Sabel provocativa, Primitivo insolente, el abad bebedor, los perros sobradamente atendidos y el marqués...Todo un resumen como el de un escritor de novelones.



El señor de la Lage ya me advirtió que encontraría a su sobrino"bastante adocenado". Que la aldea "envilece, empobrece y embrutece". Casi al punto de que acudiera a mi memoria tan severo dictamen, me arrepentí, sentí una penosa inquietud. ¿Quién me mandaba a mí hacer juicios temerarios? Yo estaba allí para decir misa y ayudar al marqués en su administración, no para fallar acerca de su conducta y su carácter. Me dormí profundamente. 

No deseo ser causa de su preocupación, madre. Podré ser un buen capellán y arreglaré los documentos de su archivo, por muy desordenados y empolvados que se hallen, aunque críen gusanos de esos que crecen con la humedad. Y no juzgaré a mi señor don Pedro Moscoso, marqués de Ulloa. 

Seguiré contándole, madre. Reciba un abrazo de su hijo Julián Álvarez.

Aquí termina la primera carta. Un abrazo para los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino


jueves, 3 de diciembre de 2015

Introducción a "Los Pazos de Ulloa": el loco galope de un rocín, con ínfulas de hipogrifo calderoniano.


Introducción a la lectura de "Los Pazos de Ulloa", de Emilia Pardo Bazán. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Pedro Ojeda concluyó la sesión del martes pasado, dando fe de lo satisfactoria que ha sido nuestra lectura de “El mudejarillo”, de Jiménez Lozano. Y añadió: “ahora pasamos a un novelón, a “Los Pazos de Ulloa” de Emilia Pardo Bazán. Veamos a doña Emilia, la del novelón.



Emilia Pardo Bazán es bien conocida por los lectores de literatura española. Busco en mis caóticas estanterías y encuentro "La piedra angular", "La sirena negra" y "Un viaje de novios", en ediciones del siglo pasado. También di con "Los Pazos de Ulloa", aunque deteriorada,  y no desespero de encontrar "La Madre Naturaleza". No recuerdo cuándo las leí, pero seguramente fue tras la emisión en 1985 de una versión televisiva de "Los Pazos de Ulloa", con actores de primera fila. Lo que sí recuerdo es que pude comprobar la superioridad de la palabra escrita frente a la imagen. 



Como dice María Ángeles Ayala, en su edición para Cátedra, se encuentra entre los novelistas más destacados del XIX. Es una de las mayores intelectuales de ese siglo, fue lectora voraz y cosmopolita que avivó la polémica sobre el naturalismo en “La cuestión palpitante”, ayudando a difundir la literatura francesa en nuestro país. Los Pazos de Ulloa”, su novela más conseguida, es la saga de una clase social en decadencia: la aristocracia rural gallega. Las descripciones de una estructura política corrupta alternan con las evocaciones del campo. Novela regional, pero no regionalista, que se inspira en Galicia para hacernos una declaración universal de la época.


Quiero escribir una breve introducción a “Los Pazos de Ulloa”. Vuelvo a leer el primer capítulo y me viene a la memoria: 

Hipogrifo violento 
 te arrastras y despeñas?
...
¿Calderón de la Barca? ¿"La vida es sueño? ¿No íbamos acaso a comentar “Los Pazos de Ulloa” de Emilia Pardo Bazán? Así es, pero no he podido evitar acordarme de aquella Rosaura calderoniana vestida de hombre y “desesperada” que, a punto de despeñarse, increpaba con metáforas hiperbólicas a su caballo, metamorfoseado en “hipogrifo violento”. 



No, no es una estéril digresión, no me increpéis como Rosaura a su caballo. Leemos:

“Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabrillas calmantes y mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho del camino real  de Santiago a Orense…”

El hipogrifo violento es un “peludo rocín” de resonancias quijotescas, y el jinete, al mismo tiempo que emplea todas sus fuerzas en sofrenarlo, le susurra "palabrillas calmantes y mansas". ¿Quién es este personaje que habla dulcemente al caballejo mientras, "colorado como una fresa", se agarra para no caer?

Es Julián. "Un curita barbilindo, con cara de niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la compostura ascética de las facciones". . No podía disimular su escasa maestría hípica: "con las piernas encogidas y a dos dedos de salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al cuártago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos". 



Preguntó si iba bien para casa del señor marqués de Ulloa. Debía ser aquel edificio con torres, en el fondo del valle. Retumbaron dos tiros, a punto estuvo de besar la tierra, el rocín huyó "con las orejas enhiestas, loco de terror".

En los Pazos de Ulloa, Julián Álvarez va a convertir en hábito lo de sujetar las riendas para no caer, al mismo tiempo que susurra "palabrillas calmantes y mansas". Un difícil equilibrio. Sujetará al hipogrifo violento de las pasiones. "Y era pendiente de veras aquel repecho del camino real  de Santiago a Orense…”.

Con "un trote cochinero que descuadernaba los intestinos",  "descoyuntados los huesos todos de la región sacro-iliaca", sirviendo a  un marqués que despedía "cierto tufillo bravío y montaraz", en compañía de la " expresión de encubierta sagacidad, de astucia salvaje" del criado Primitivo y la  mirada crítica del abad, poco amigo de curas de "alzacuellitos" y "guantecitos". Y Sabel con su cocina aquelarre aldeano y el salvaje y guapo Perucho. Y el señor de la Lage con sus hijas casaderas...y Nucha. 

El amor es también un "hipogrifo violento". 

Un abrazo de María Ángeles Merino

martes, 1 de diciembre de 2015

Pequeña crónica en torno a un mudejarillo que no elabora un discurso sino que lo vive.


Murallas de Ávila

Pequeña crónica de la reunión del Club de Lectura presencial, de la UBU. Comentamos "El mudejarillo" de José Jiménez Lozano. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por el profesor Pedro Ojeda. 

Ayer, día 24 de noviembre de 2015, a las cuatro y media dela tarde, tuvo lugar, en la Biblioteca Central de la UBU,  la segunda reunión, en su formato habitual, de nuestro Club de Lectura, en el presente curso 2015-2016. 

Llego un poco tarde a la reunión de la lectura colectiva, por problemillas de transporte. Entro, saludo a Pedro, mis disculpas y me siento a su lado, que hay una silla libre. Abro la cartera, la de la escuela, aún he de dar cuatro clases esta tarde. Saco mis cuadernillos y el "pilot" para apuntar lo que se pueda, con mi letruja pseudotaquígrafa.

Pedro Ojeda en la lectura del 24 de noviembre de 2015

La sala está llena, Pedro Ojeda dice: 

Que "El mudejarillo" sea diferente nos gana. Un lujo de libro, con capas de profundidad: las cuestiones sociológicas y espirituales que hay en la novela.



Jiménez Lozano dirigió "El Norte de Castilla". No es un hombre público que toda persona reconozca. Es un escritor que tiene una profundidad y un acercamiento a los débiles, a los desprotegidos de la sociedad. Es muy cristiano, muy espiritual y su acercamiento parte de esa espiritualidad. Tiene obras más conocidas que ""El mudejarillo", su obra más conseguida. Tiene también libros de poesía.

Su último libro ha sido muy polémico, en cuanto a la edición. A la hora de sacar el libro, publicado por la Junta de Castilla y León,  faltaba el prólogo de Juan Vicente Herrera y el logotipo de la Junta. Después de barajar la posibilidad de triturar el libro, una locura carísima, se optó por ponerlo en el mercado con una cinta añadida en el lomo. 



Se trata de "Sobre Teresa de Jesús", una biografía de la santa, realizada junto a  Teófanes Egido, catedrático de Historia moderna y carmelita descalzo. José Jiménez se encarga de la interpretación literaria y Teófanes de la histórica. Nos dice Pedro que es un libro muy recomendable porque, en él, hace con Santa Teresa lo mismo que con San Juan de la Cruz en "El mudejarillo".



En "El mudejarillo", si sois de pueblo, reconocéis palabras de pueblo. No es un vocabulario rebuscado. Es el lenguaje de Castilla donde la gente es muy callada y usa pocas y rotundas palabras:

-"Que se venda".

Gruñón y laísta, así lo define Pedro, tras conocerlo personalmente.  Es un laísmo hecho adrede, evidentemente laísta , no lo corrige porque no quiere. Desea reflejar esas cosas del pueblo, caracterizar a los personajes por su forma de hablar. Usa el formato oral, como si nos lo estuviera contando y, de repente, tras unas frases orales muy largas, nos sorprende con un latigazo, como: "O hambre".

"Cabezas llenas de greñas casi todas; bocas desdentadas y negras que reían, mientras los niños asidos de las manos de las personas adultas o a sus ropas miraban con pasmo y seriedad. O hambre". 

¿Quién cuenta esta historia? El narrador aparece en "El robo", cuando le roban los papeles los agentes de la Inquisición:

"Y así, por alguna confianza mía debieran sospechar mi cartapacio y hallaron mi bujeta en aquella posada, y me la secuestraron y robaron". 

 Es una persona que ha conocido a San Juan de la Cruz y hace una recopilación distinta a la oficial.

En el capítulo "Paisaje", le preguntan al niño cómo es su pueblo Fontiveros. Contesta: "pues un pueblo"...Pero que estaba lleno de cosas y tenía la torre, y la iglesia, las campanas y la cigüeña, la plaza y las calles, los palacios, las casas y las nagüelas..."




Pedro Ojeda nos lee la larguísima enumeración que ocupa casi toda la página 31, toda la 32 y gran parte de la 33. Cuando concluye, le dicen: "¿Y cómo va a haber tantas cosas en tu pueblo, si es más pequeño que Arévalo?". El niño responde: "No sé".


Arévalo

El autor nos da una caracterización psicológica de un  personaje que pone en valor las cosas normales, un niño lo contaría así. Caracteriza su bondad, Juan no perderá nunca la pureza infantil. "No crezcas nunca" le dice su vecino. "Frailecillo" dice la monja Teresa.

Una de las claves del libro es el origen del origen, la relación con el vecino, con el otro.  Cuando nacen Teresa y Juan, la Inquisición no se mete todavía con los conversos. Durante gran parte del XVI no tuvieron problemas y está reflejado en la literatura. Por ejemplo, Sancho Panza se encuentra con su antiguo vecino, el morisco Ricote. Sancho es un cristiano viejo pero se relaciona con él de manera normal, habla y come con él. Cervantes plantea ese nivel cotidiano, la saña de la Inquisición todavía no funcionaba y no tenía poder sobre judíos y moriscos. 


Los excesos fueron a partir de Felipe II, hay un cambio reflejado en la Inquisición. 
Teresa de Jesús y Juan de la Cruz son peligrosos para el estado, pertenecen  a las clases medias que están cambiando el sistema. Su espiritualidad tiene éxito entre los sectores urbanos de origen judeoconverso que quieren tener poder. Son vigilados y amenazados, pueden tener problemas que resuelve,en muchos casos, el dinero. Se disfrazan apellidos, pagando se consigue un árbol genealógico. Se compran las hidalguías, te casas o las compras. Teófanes Egido demuestra que la santificación de Santa Teresa se aceleró con dinero judeoconverso. 


Puerta de la antigua judería en la muralla de Burgos

La visión teológica de San Juan de la Cruz es judía y semítica, es una visión heterodoxa que parte de la mística sufí. 



Su espiritualidad no se puede explicar, está en las cosas naturales. La de una persona humilde que no elabora un discurso sino que lo vive. Lo natural, lo directo, lo sencillo, el agua que mana.


Agua que mana

La grandeza del XVI está en heterodoxos como Juan y Teresa, recordamos la polémica entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. San Juan de la Cruz quedó deslumbrado ante Santa Teresa. A ésta el frailecillo le pareció "un Séneca".



 Pedro Ojeda  lee el pasaje de "Los desiertos" donde hablan de lugares donde no hay nada:

"Ni éste-decía el frailecillo. 
Ni éste-decía ella. 
Ni éste.
Ni éste.
-Nada.
-Nada."


Como vemos, estamos ante un libro con una carga espiritual y sociológica enorme. Pedro Ojeda nos lleva al año de su publicación. Estamos en 1992, hay un exceso de materialismo y consumismo. 



En la Iglesia Católica se abandona el Concilio Vaticano II, se empieza a condenar la Teología de la Liberación y J.J.L. quiere dar su visión a favor de los débiles, los que sufren. 


Juan Pablo II

En "El mudejarillo" el Visitador vende todo para quitar el hambre del pueblo y se encara con nobles, hidalgos y clérigos advirtiéndoles que les pedirá cuentas: "Hago a vuestras mercedes cargo de esta pobreza". Jiménez Lozano pide una Iglesia de los pobres. San Juan de la Cruz tenía una formación teológica muy profunda, estudió en Salamanca, pero la vive de forma sencilla. 


Pedro Ojeda en la lectura del 24 de noviembre de 2015

"El mudejarillo" es una obra muy bien documentada pero no es una biografía al uso. Lo que nos cuenta es lo que hace un personaje que se queda embobado ante lo normal, lo cotidiano. No es una biografía sino una lección para el presente, el año 1992, un año de derroche y fiesta. J.J.L. estuvo en el Concilio Vaticano II, como corresponsal de "El Norte de Castilla" y habló de religión cuando un seglar no podía hacerlo. 

Concilio Vaticano II

Ahora lleva a San Juan al Vaticano II, nos muestra la espiritualidad de la Naturaleza, de lo sencillo. Es un católico con una vivencia de lo humano, lo sencillo, lo directo, muy contrario a la parafernalia. Podemos leerlo en su recopilación de artículos de "El Norte de Castilla". Su director, Miguel Delibes, lo acogió en el periódico para que diera esa visión.



Otro punto clave es la imagen de la ballena que se traga a Juan, una interiorización de la visión de Jonás. El niño Juan vio una ballena en el río Zapardiel, "un hilillo de agua". Era una premonición, el sistema que no le va a dejar.

Ya de adulto le traga la ballena, la Inquisición lo acusa y lo mete en la cárcel:

"Y a poco de esto fue cuando a fray Juan se le tragó la ballena...y no quedó rastro de Juan en el invierno...Nada". Y, a continuación, nos encontramos con un capítulo en blanco: "Ni rastro de nada". 


San Juan de la Cruz escribió sus mejores poemas cuando estaba encarcelado, escribía de puntillas para poder ver, con la luz de un ventanuco:

"...un laberinto de muchas y maravillosas cosas y de versos de amor y de una fuente, un jardín, una noche".


Le ayuda a escapar y lo esconden en un convento femenino de clausura. 

"Y cuando la ballena le vomitó, el frailecillo sólo dijo que él creyera que se muriera, atrapado en aquel corral de monjas..."



La persecución contra la reforma de Santa Teresa fue feroz. Parecía que se iba a echar abajo y no se hizo por una reacción judeoconversa que engrasaría la maquinaria. Era una revolución que predicaba la pobreza y la sencillez y a los poderes fácticos, incluidos también algunos judeoconversos, les daba miedo de que aquello pudiera crecer y crecer.  

"Lo que menos entendían y más les encolerizaba era que, siendo tan poco viento el frailecillo, levantase tal tempestad..."

"El mudejarillo" es una obra que no va a pasar nunca, que no responde a una moda y va contra corriente. Sus capítulos son muy densos, cada uno aborda una cuestión espiritual.

Hasta aquí, he intentado resumir la exposición del profesor Ojeda, tan brillante y amena como nos tiene acostumbrados. Ahora le llega el turno a los compañeros lectores, allí presentes:

Es una novela que no te esperas.

Había que coger el diccionario.


Engancha desde el principio.


Recuerda mucho a Miguel Delibes.


Se pone a favor de los débiles.

Me ha llegado su obediencia.


Lo que choca es que es una prosa poética, con los recursos de la poesía.


Descripciones impresionantes de su pueblo. El capítulo "El paisaje": sin ser Nueva York tenía tantas cosas. 


Es muy ameno, te da tranquilidad, da gusto.


Tienes que elegir tú los libros, le dicen a Pedro Ojeda. Gracias por proponer este libro.


El uso del diminutivo, muy afectuoso.


Con dos palabras te deja quieto.


Alguien que escribe de forma diferente.


Un capítulo en blanco.


Judío, moro, cristiano y pobre.

No es una biografía ni una hagiografía.


Es una novela histórica con una visión para el presente.


Es una novela muy plástica, estás viendo el hambre.


Como un cuadro impresionista. Pinceladas.




O como un cuadro barroco, los monjes de Zurbarán. 



Las palabras caracterizan al niño, describen al niño. Cómo caben tantas cosas en un pueblo.

Se fija en las cosas cotidianas.


El agua, el fuego, la naturaleza.


Era judío, moro, cristiano y pobre.

Me recuerda a la película "El gran silencio". No estamos preparados para la renuncia.




Te hace leer muy despacito.


Pedro Ojeda concluye: hemos disfrutado de esta novela y ahora pasamos a un novelón, a "Los Pazos de Ulloa" de Emilia Pardo Bazán. Nos vemos el día 18, en la presentación del libro de nuestro profesor: "Piel". La sesión de lectura próxima será el primer martes después de Reyes.

Un abrazo para todos los que pasáis por aquí de:

María Ángeles Merino