lunes, 11 de noviembre de 2013

"Intemperie": "pensó que el infierno que le esperaba al final de sus días no debía ser muy diferente del sufrimiento en que vivía"

 
 
La luna en cuarto creciente, miles de estrellas envían su luz a guiños y yo debo tomar el camino, en dirección norte, hasta llegar a una esclusa. Desde allí he de avanzar por una vereda y seguirla un par de horas hasta un pequeño encinar y, desde allí, se ve la aldea. Según el viejo, llegaré al alba.
 


 
El burro y yo avanzamos junto al canal seco. Cabeceo y estoy a punto de caerme, me espabilo y le atizo con la vara, el animalito rebuzna pero no se da más prisa; tal vez no admita órdenes que no vengan del cabrero. Ya sé que andando tardaría lo mismo, pero así voy más descansado y guardo fuerzas para cargar con el tesoro del agua que salvará nuestras vidas, la del cabrero, la mía. Agua.

 
Me despierto y rumio lo que me aconsejó el viejo: “Guárdate de la gente del pueblo”.No sé si me lo dijo pensando en mí o pensando en él. O en los dos. ¿Por qué no? Vuelvo a meterme en los recuerdos que me queman. Hoyo, palmera, emplasto, saetera, pene del cabrero y colillas del alguacil. Fuego.
 

 
Me despierto y veo la esclusa. El burro sigue sin obedecer a mis prisas. Al borde del canal lo dejo suelto y comienzo a buscar tallos secos. Me subo donde termina la acequia, su lecho está lleno de fango seco. Desde allí, llanura, piedras y barro. Ni rastro de agua.

Llego al encinar poco antes de que salga el sol, el viejo es sabio con la medida del tiempo. Amarro al asno y ando sobre hojas con dientes y caperuzas de bellota vacías.
 
 

 Diviso el pueblo, unas pocas casas y una iglesia. Tres cipreses se asoman, curiosos, fuera de la tapia de un cementerio pequeñito, la brisa los mece. Cae una bellota vacía, tengo hambre y en el pueblo no hay señales de vida. O está abandonado o es demasiado temprano.
 
 
Decido ir sin el burro para moverme sin llamar tanto la atención, luego si todo sale bien volveré a por el animal, lo cargaré de agua y volveremos al castillo.
 
 
Salgo a campo abierto con las primeras luces, una de mis botas abre la boca, me entra arenilla y voy a vaciarla. Mis manos apestan a humo, si hay algún perro, no tardará en ladrar. Me afloja el estómago pensar en perros. El alguacil tenía uno color chocolate, doberman decía. Y lo llamaba cuando yo no hacía lo que él pedía. Tiemblo, me orino en los pantalones, es la segunda vez. Miedo.
 
Wikipedia
 
La luz arranca al paisaje formas nuevas. A cuatro patas hasta el cementerio, me pongo de pie, veo algunas casas. ¿Y el pozo?
 
 
La iglesia se parece a la de mi pueblo, con un techado que da sombra a un pórtico. La puerta, desencajada, a punto de venirse abajo. Está abandonada, mejor y peor para mí. No tendré que esconderme de nadie, pero si no hay personas…tal vez tampoco haya agua. Agua.
 
 
Desde la cabecera, veo tejados hundidos, ventanas descolgadas y una cosechadora invadida por la maleza.
 
 
A ambos lados de la calle encuentro las mismas casas con puertas derribadas, vigas caídas, escombros, baldosas sucias, cuadros descolgados y almanaques atrasados.
 
 

Me acerco a una, huele “a sombra y a aceitunas podridas”, escucho aleteos y arrullos de palomas.


Hacia el final del pueblo, la calle se abre en una plaza con el pozo. Como necesito cuerda, me dedico a desliar pitas de la madera, en las ruinas de las casas. Cuando tengo suficiente, apaño una orza para que sirva de cubo.
 

 
En una despensa encuentro varias latas de conserva hinchadas. Consigo abrir una, huele tan mal que huyo a la calle. Vacío y limpio la lata, ya tengo vaso.
 
 
Vuelvo al pozo, arrojo una piedra y escucho el ruido del agua; de sobra sé lo malsana que es el agua de un pozo abandonado.
 
 
Saco agua llena de lombrices que se mueven. Me quito la camisa y la pongo sobre la boca de la lata a modo de filtro. Allí se van quedando lombrices y renacuajos que saltan como peces. El primer trago me sabe limoso pero es tanta mi sed que bebo hasta que no puedo más.
 
 
Me lavo como puedo, caen churretes y más churretes negros. Hollín, polvo, sangre y pis. Me echo mucha agua por la cabeza, he de volver en busca del burro.

A medio camino, noto retortijones que me obligan a encogerme, me golpean en la tripa. Allí mismo, hago caca y mi tripa vuelve a su ser. Me limpio con una piedra y ,cuando me subo los pantalones, otro retortijón. Soy un grifo.

Encuentro al burro donde lo dejé, tan tranquilo, mordiendo hierbajos. Volvemos al pueblo, el contoneo del animal me revuelve el estómago; menos mal que...ya no me queda nada dentro. Yo también me siento más tranquilo, he encontrado agua sin tener que enfrentarme a nadie, agua podrida pero agua.
 

Entro en el pueblo dormido y abrazado al cuello del burro que se va derechito al pozo de la plaza como si fuera un zahorí. Se pone a lamer el barro húmedo y casi me tira. Bajo, le doy de beber y el animalito mete la lengua hasta el fondo. Pienso en cómo apañármelas con las garrafas, decido llenarlas poco a poco sin descargarlas del burro.
 
 
Doy la vuelta al pozo y me siento en la parte más sombreada. El sol está muy alto y la sombra es muy chica. No quiero meterme en ninguna de las casas, los techos son una ruina. Coloco al burro cerca del brocal, para que me proteja del sol.

Me despierto acalorado, hundido en pis y caca del burro. El animal está algo más allá. No sé cuanto tiempo llevo al sol, me acuerdo de las quemaduras , me mareo, me entra rabia contra el asno que me niega la sombra. Y voy y le arreo un puñetazo. Noto un calambrazo que recorre mis huesos, grito hasta caer agotado.
 
 
Y oigo una voz a mis espaldas:

-"No pareces muy contento, chico"

Salto como un gato, corro al pozo y me tiro tras el brocal. Oigo el chirrido metálico de un eje. Me imagino a un labrador. La voz me dice que salga, que no me va a hacer nada, que me lleva viendo desde lo de la iglesia. Le hago saber que yo no he hecho nada, que me deje marchar.

Me dice que salga, no puedo hacer otra cosa. La calle es demasiado larga, el hombre tendrá una escopeta. Llegar hasta el castillo, imposible. Si vuelvo sin agua, el viejo morirá y yo también.

Asomo la cabeza y lo que veo a un extraño hombrecillo tullido. Barba negra y sayo de tela de saco. Manos incompletas, piernas amputadas por debajo de la rodilla, unas correas unen sus muslos a una tabla. Madera y hombre, los dos parecen uno, igual de sucios y malolientes. Me parece tan inofensivo que le hablo con algo de desprecio, me olvido que puede ser el dueño del pozo o esconder una pistola.

 
Me doy cuenta de que no me conviene irritarle. Le digo que "sólo he cogido un poco de agua". Me dice que puedo tomar la que quiera, que quizá me haya entrado cagalera. Aprieto el culo para dentro cuando me dice eso último.

Me pregunta qué hago aquí solo y le contesto que mi padre y mi hermano me esperan en el encinar. Me dice que vaya a buscarlos, que podemos comer en su posada, que no nos cobrará mucho. No veo posada alguna. ¿Quién va a tenerla en un sitio así?

El enano me señala una casa con la puerta abierta y no del todo derruida, al final de la calle. Me resisto a acompañarle; pero él me habla de pan y de dulces, de "perrunillas" con almendras y azúcar, y me engatusa. Le sigo mientras él avanza con un par de tacos de madera que sujeta con fuerza, aunque sólo tiene dos dedos en cada mano.

 
A medio camino se atasca y me cuenta que, a veces, engancha al cerdo para tirar del carrito. Me imagino al cochino enganchado como un caballo y me hace gracia; hace cuatro inviernos´tuvimos uno en casa, padre lo mató, madre hizo embutido, mis hermanos y yo metíamos las manos en la sangre. Fue la última matanza.

Entro en la casa, noto frescor y un olor a, a...embutidos, algo increíble: "chacinas colgadas, paletillas, costillares ahumados, una careta de cerdo seca...costales grandes de harina...almendras, botellas de vino...sardinas saladas, piezas de bacalao, castañas secas, carillas, azúcar y, al fondo, una puerta...que prometía más viandas".

Como un plato de alubias y berzas con unto, rebaño el plato con rebanadas de hogaza, pido agua, la del tonel hay que cocerla y enfriarla. Me trae medio chato de vino, perrunillas, dátiles y garrapiñadas. Nunca, en mi vida, había comido tanto.

 
Mientras como, me cuenta que el pueblo se marchó cuando el pozo dejó de dar buen agua. Antes de la sequía, vivía allí con su hermano, su cuñada y su sobrino. Se fueron a la ciudad en busca de trabajo y dijeron que volverían por él...hace un año. Sigue hablando y me quedo "amodorrado sobre la mesa". Tengo un mal sueño, corro delante de alguien al que no puedo ver...acabo en la estrechez de un ataud.

Y, cuando despierto, estoy solo y encadenado. Me duele la cabeza y el estómago, necesito hacer caca, pero no me puedo mover más de un metro. Intento sacar la mano del grillete. Estiro el brazo para alcanzar la ventana cerrada con el pie, la posición me hace eructar, noto los ácidos, la boca me sabe a limón malo. Consigo romper la silla y golpeo el cristal con las tablas del respaldo y una pata, entra la luz, descubro que el burro no está y que estoy apresado con una argolla de hierro.

 
Estoy rodeado de cosas buenas para comer pero no puedo moverme. El tullido tenía comida para aguantar un año pero ha huido...¿por un burro viejo?

Pienso en el cabrero, lo imagino "tirado al pie de la muralla a punto de dejar de respirar". Los cuervos esperan quietos el momento y las cabras enloquecen. Yo también moriré de sed y de hambre y atado. Pienso en mi familia, no, ellos me han llevado hasta aquí. Mi familia es el cabrero.


Sobre la mesa, todavía está el plato en que he comido. En una esquina hay un cenicero de lata con una única colilla marrón, el estómago se me revuelve, ahora comprendo, el alguacil estuvo aquí. El enano va a delatarme y tengo que alcanzarlo.


Forcejeo, nada. Consigo alcanzar un tocino y froto mi muñeca con el sebo, la mano no sale. Cojo el metal con la mano libre y tiro con la otra mientras la giro. Nada. Movilizo el dedo chico, lo masajeo, pongo los dedos juntos, tiro, qué dolor, me arde la piel, lloro, sigo tirando, caigo de espaldas, estoy libre. Salgo a la calle, la tarde cae anaranjada. Llevo el pulgar ensangrentado, me cuelga un trozo de piel, el hueso se me ve. Lavo mi herida con agua, agua. De prisa, chico, deprisa.


La servilleta como vendaje, enseguida se pone roja, roja. Cojo algo de comida, una botella de agua, vino y cerillas. Dos o tres horas de luz todavía. Un rastro de herraduras y rodadas, corro como nunca he corrido, no puedo dejar que el del carrito encuentre al alguacil.

Es de noche cuando alcanzo a ver al asno avanzando hacia el sur. Mis botas asoman la lengua, me entra gravilla pero no me paro, a no ser que algo me pinche. Troto y ando, ando y troto. El "bastardo lisiado" ha montado su carroza: una collera para el burro unida a una cuerda atada a la tabla. Avanza torpe a ras de suelo, muy codicioso debe ser este hombrecito; a saber la recompensa que habrá ofrecido el alguacil.

Me voy acercando en silencio, agarro una piedra como una patata grande y apunto a la cabeza del enano. No le da sino que pasa  por encima y golpea al burro en el trasero. El animal rebuzna, rebrinca y suelta coces a un lado y otro, nunca lo vi así. Una da de lleno en la frente del conductor del carrito y lo deja sin sentido.


Corre sin rumbo, arrastra el cuerpo con la tabla atada a los muslos, la cabeza rebota sobre las piedras. Luego, el animalito se calma y viene hacia mí. Lo miro fijamente, estiro la mano y la olisquea. Busco su quijada, le masajeo el pellejo fofo , bufa enfadado, me perdona la pedrada.

Pasamos un rato abrazados, me falta valor  para comprobar si  está vivo o muerto. Por fin, acerco la oreja a la boca del hombre, respira, vive. Le palpo la chaqueta y encuentro el bando de mi búsqueda, ofrecen veinticinco monedas por dar noticias mías.

Corto la cuerda y deshago el carruaje. El animal se hace a un lado, dejando al tullido en el suelo, atado a la tabla. Lleva una U en la frente, la marca de la herradura. Una línea de sangre brota de la herida que ha abierto uno de los clavos.

Pienso que estoy ante quien me iba a entregar a mis verdugos, le doy una patada detrás que lo cambia de postura, al borde del camino. Dejarlo allí sería condenarlo a morir bajo el sol. Si me lo llevo, sería un problema. Si pierdo el tiempo en llevarlo a la aldea, será tarde para el cabrero. No sé qué hacer.


Pienso en que he de tomar una decisión que salva a un hombre y condena a otro a una muerte segura. Mi corazón está con el viejo cabrero pero es el cuerpo del tullido el que se desangra a mis pies. Haga lo que haga será pecado mortal.


Recuerdo del cura de mi pueblo en el púlpito, el dedo en alto y echando salivazos sobre los que estábamos abajo. Aquellos sermones que hablaban de justos, de fariseos, de meretrices, palabras que nunca entendí. Sí, iré al infierno pero el infierno no será peor que el llano con el alguacil, el tullido y...mi padre.


El lisiado parece volver en sí,  le arreo una patada en la boca, la sangre abre "una ventana entre sus colmillos podridos". Y noto la sangre, la mía, recorriendo mi cuerpo, abrasándome por dentro. Me pica la cabeza, tengo la bota llena de chinas, miro a mi alrededor; tal vez haya testigos o gente que me pueda ayudar. Nadie.

Se me pasa por la cabeza llevarlo a la alberca y tirarlo dentro. "Arrastrar su cuerpo desnudo sobre las rocas, atar sus manos a las tuberías de hierro...y desmembrarlo con la ayuda del burro". Pecado.
 
 Podría llevarlo conmigo, curar sus heridas, pedirle perdón. Por un instante debe rondar por aquí mi ángel bueno. No, ni hablar.

Gime otra vez, le propino una nueva patada en la cara que le destroza la nariz. Me alejo cuanto antes del lugar en que reposa el tullido. A ver qué me aconseja el cabrero. Rumio algo "sobre justos y pecadores o sobre la aguja, el camello y el reino de Dios". Busco una posible justificación.

"Todavía era de noche cuando divisó el perfil roto del castillo". Allá iremos.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

miércoles, 6 de noviembre de 2013

"La estafeta romántica": a doña María no le placen los que piensan y obran a la romántica.




Comentario a la carta número 1 de "La estafeta romántica", de Benito Pérez Galdós. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Uno

De doña María Ángeles Merino a doña María Tirgo

En Burgos, a 5 de noviembre de 2013.

Amiga y señora: Por la suya del 20, enviada desde La Guardia, la cual me trajo don
Benito Pérez Galdós en su Episodio Nacional número 26 tercera serie, he comprendido que las cartas en su tiempo andaban por esos caminos "atontadas y perezosas", que era algo que solía acontecer a todo papel que al correo se fiaba, de tal manera que le daban el nombre de “la mala”. La presente no va en manos de ribereños que lleven trigo sino en unos canalículos infernales de un invento del demonio llamado Internet, el cual no veo fácil de explicar a una dama madura y terrateniente que vive en 1837.
Y, en cuanto a Galdós, es un viejo amigo mío; si tuviera que elegir una entre sus obras me quedaría con "Fortunata y Jacinta", o con "Misericordia", tal vez. De los "Episodios Nacionales" leí "Trafalgar" y , me avergüenza decirlo, casi no lo recuerdo. Confío en que "La estafeta romántica" no se me olvide...una lectura colectiva se graba mejor en el disco duro, digo en el cerebro.
Doce de Galdós tengo, con éste trece.
 
A salvo de alifafes con los cuales, todavía, no me obsequia mi más de medio siglo de edad, disfruto de salud corporal, gracias a Dios. Y la tristeza no me visita más que a cualquier mortal, de vez en cuando, que la risa suele ir por barrios.

Siento que su hermano, don José María, y usted no hallen fácil consuelo al término desairado de aquellos planes que eran su ilusión. Me alegra que las niñas estén sanas y alegres como si nada hubiera pasado; pues, en verdad, nada ha ocurrido, doña María, piénselo así. Me place imaginar a Demetria, “inalterable en sus hábitos de mayorazga y gobernadora de hacienda”. Y a Gracia, “juguetona y risueña los más de los días”, su nombre así nos lo sugiere. Que su sobrina pequeña pase algunos días “caída y quejumbrosa” no se aparta de lo natural; que los humanos solemos padecer altos y bajos en nuestro estado de ánimo.

Ruégole encarecidamente que cese de buscar razones a la negativa de su sobrina Demetria, la muchacha no lo desea y es suficiente, no me sea usted
una doña Irene. Que… ¿quién es esa señora? Dejemos el teatro  para otra carta, que tiempo habrá para hablar de literatura, que de eso trata “La estafeta romántica”, de literatura cruzada con nuestra vida cotidiana. ¿Qué no conoce tal estafeta? Al tiempo. ¿Que no le placen los románticos? Como estilo de vida y de escritura pasarán, doña María, se lo aseguro. Y otros le sucederán...

Su amiga Doña Juana Teresa le sugiere la posibilidad de otro amor, usted piensa en “otra inclinación”, que no “en otro novio”; pasando seguidamente revista a los posibles jóvenes varones culpables del “no” de una niña que desbarata sus planes de unir las casas de Idiáquez y Castro-Amézaga.
 
Vieja casona blasonada en Barbadillo del Mercado (Burgos).
El primero de la lista es don Fernando, al que usted denomina, con escaso afecto, “el sujeto”. Y lo considera “causante” del desaguisado; mas aclara usted que “sin intención suya ni buena ni mala”. Porque entre “tal sujeto y la perla de la familia no se ha cruzado declaración, ni síes ni noes, ni frase alguna que haya traído o llevado melindres de amor”. Y, de los demás pretendientes presentados, la niña hace caso como del canto de los grillos. Entonces... ¿por qué le da tantas vueltas, mi querida doña María?

Se lo diré yo. A usted no se le escapa Demetria, ni de día ni de noche. Y la conoce bien. Liviandades, no, por supuesto. Ni coquetismo, ni presunciones, ni vanidades, eso para otras, que hay mucha descocada por ahí. Muy seria, metida en sí, sin manifestar preferencias, engañando su soledad con labores continuas. Pero usted atrapa ese puntito de tristeza que la muy pícara mete para adentro. Y no le cabe duda, para ella no hay más sujeto que don Fernando. De ahí la desazón de usted.

También dice usted de las cartas que, en su casa, se recibieron de tal “sujeto”, enviadas desde las burgalesas villas de Medina y Villarcayo. He de reprocharle que lea cartas ajenas, valga en su descargo los usos de su época; que en 1837 una mujer soltera es una menor de edad, posea la edad que posea, sometida a la tutela de sus tutores hasta que contraiga matrimonio y…pase a la del marido, cadena perpetua. Pues bien, vos, doña María Tirgo, habéis leído a fondo las cartas de don Fernando y las contestaciones de Demetria. Y nos aseguráis que no contienen más que “las finezas propias de una amistad respetuosísima, expresadas por él con gallarda pluma, por ella con frialdad cortesana y decorosa, como de joven soltera que tiene cabal idea de los comedimientos de palabra y escritura que le impone su estado”.

 Comedimientos, sí, su sobrina de usted posee una excelente educación, la que inspira
“el temor, la astucia y el silencio de un esclavo”. Palabras estas últimas que tomo prestadas de un don Diego que tiene mucho que ver con la doña Irene que mencioné antes; ya, ya hablaremos de don Leandro Fernández de Moratín y “El sí de las niñas”.


Y, dicho esto, que no es poco, pasa usted a comunicar a su amiga Juana Teresa la novedad que motiva sus renglones, que no es otro que “las tremendas calabazas que ha dado al sujeto su novia, una tal Aura”. Al parecer, había compromiso e incluso mediaba palabra de matrimonio. En el fragor de la guerra carlista, llega a Bilbao, donde reside la niña con sus tutores; y la primera noticia que recibe es la de la boda de su prometida con un primo “miliciano nacional y comerciante de quincalla”. Mira que cambiar a don Fernando por un quincallero...
Vos opináis que don Fernando “no merece tan feo desaire, pues no hay otro más caballero y delicado”, vaya que, en el fondo, no os cae tan mal. A continuación, torcéis el rumbo, por juicioso no le tenéis: “es de estos que con tanta lectura y la facilidad para discurrir, se llenan la cabeza de viento, y piensan y obran a la romántica”. Acabáramos, doña María, don Fernando es un romántico, una moda que no es de vuestro agrado.
Al enteraros de las calabazas del “sujeto”, no pensáis en ello como un suceso desfavorable, no. Cualquiera razonaría: ahora que está libre, irá a La Guardia a buscar el remedio a su tristeza en Demetria. Pero vos decís conocer a don Fernando y desecháis tan simple razonamiento. Que no os cuadra que don Fernando Calpena se presente ante Demetria con la cara enrojecida por el bofetón de otra mujer. No; el desairado amante se irá a Madrid, donde podrá dorar y desfigurar su descalabro “con una mano de romanticismo”. Y ancha es Castilla, os dejan el campo libre.

Sólo falta un pequeño detalle, y es que la perla mayorazga entre en razón y os rinda su arisca voluntad. Vuestro hermano, don José María, también está de acuerdo, cómo no va a estarlo, el pobre. Y su Divina Majestad no os llevará de esta vida sin ver unidas las gloriosas casas de Idiáquez y Castro Amézaga. ¡Que felicidad la de doña María, la de don José María y la de doña Juana Teresa! ¡Y la del feliz poseedor de "la perla"!

Vieja casona blasonada en Barbadillo del Mercado (Burgos)
Algo se os olvidaba en vuestra carta y lo añadís. Habéis de expresar vuestro sentimiento por la desaparición misteriosa de don Beltrán, el suegro de doña Juana Teresa. Y lo hacéis con muy corteses y sentidas palabras: "sentiré mucho se confirmen tus temores respecto a tu desquiciado suegro...¿es cierto que su desatino ha llegado al extremo caso de abandonaros, escapándose como un colegial y corriendo a tierras de Teruel...Que Dios le conserve y le guíe...Os supongo disgustadísimos con esta chiquillada del viejo...". Que lo lleven con paciencia y estén a las resultas "que podrían ser fatales," así consuela usted a su amiga del alma. Cerráis la misiva con un "A Dios amiga, que te me guarde como deseo. María".
Y no acaba ahí porque recibís, poco después, una "novedad calentita" que os hace abrir la carta y añadir una posdata. En la tertulia de las niñas han hablado del suicidio, con un tiro en la sién, de "un joven de talento y fama, por despecho amoroso, de la rabia que le dieron los desdenes de su amante, la cual es casada". Era "hombre de pluma y firmaba sus escritos con un nombre supuesto" y "figuraba entre los llamados románticos, y qué sé yo qué".

 
 Usted no está bien segura de saber lo que significa el romanticismo que llega de "extranjis", como tantas cosas que les traen a ustedes revueltos; pero entiende "que en ello hay violencia, acciones arrebatadas y palabras retorcidas". Llega a una curiosa conclusión: "es romántico el que se mata porque le deja la novia, o se le casa".
 Y extiende el romanticismo a las guerras carlistas que están padeciendo, con fusilamientos a troche y moche:

 "El mundo está perdido, y España acabará de volverse loca si Dios no ataja estas guerras, que también me van pareciendo a mí algo románticas".




Primera guerra carlista
Vos, doña María, al oír la noticia, tenéis a bien observar la palidez de Demetria y os ponéis a atar cabitos. El "sujeto" es romántico y sus ideas no van "por lo corriente y natural", como las rectísimas ideas de usted y la gente de orden. Debió de parar en Madrid,  plantado por una novia que lo desprecia casándose. Y, por si faltaba un detalle, también usa remoquete; que para usted que Calpena no es su verdadero nombre. ¡Ya está! ¡El suicidado es don Fernando Calpena!

Una simpleza, se lo dirá su amiga Juana. Su corazonada es una simpleza porque el sujeto Don Fernando no tiene nada que ver con Mariano José de Larra, de remoquete Fígaro, el hombre de pluma que acaba de suicidarse. Gran escritor romántico, sí, de esos con la cabeza llena de viento que piensan y obran a la romántica. Y mueren a la romántica, triste destino.


Mas no deja usted de sorprenderme, ahora dice "que el sujeto, romanticismos parte, es digno del mayor aprecio". No ha podido usted dormir pensando en una hermosa vida cortada por sí misma en un arrebato. No, si...unión de mayorazgos aparte, a usted no le disgusta el muchacho, tranquila, vive...en Villarcayo.

Y cierra la posdata deseando, como buena cristiana, que le perdone Dios, que entre el disparo y la muerte tuviera el pobrecito espacio para el arrepentimiento. Una dama del Antiguo Régimen es así, como usted.

Cierre, que ya vienen los del trigo que han de llevar bien segurita la carta para su amiga, la señora marquesa de Sariñán, Juanita.

Seguiremos con las cartas de "La estafeta romántica" de Benito Pérez Galdós, un episodio nacional que no nos esperábamos, cruce de literatura y vida cotidiana. Porque el romanticismo fue mucho más que escritura.

Un saludo afectuoso, para usted, doña María Tirgo, y para los que pasan por aquí, de:

María Ángeles Merino

P.D: Volveré con el chico de "Intemperie", a quien dejé en mitad del pueblo abandonado. Acabaré la entrada que tengo a medio cocer. Y seguiré hasta que entierre al cabrero y llueva.

sábado, 2 de noviembre de 2013

No hay mujeres en "Intemperie"


Para la lectura colectiva de "Intemperie", de Jesús Carrasco. La de "La acequia", la dirigida por Pedro Ojeda.

Porque ayer escribí un comentario en el blog de Pancho:

"Había reunido en torno a él a los hombres del pueblo, a todos los brazos curtidos y poderosos que hundían los arados en la tierra y llenaban los doblados de grano"

(Tomado de "Intemperie" de Jesús Carrasco)

Y caí en la cuenta de que, en "Intemperie", encontramos:

Un mundo de hombres rudos, no hay mujeres en "Intemperie", sólo algunas menciones a la madre y a las que presuntamente la consolarían de la desaparición de su hijo. Ah, sí, el muchacho, todavía en el agujero,  se alegra de que los galgos no puedan seguir su rastro como lo harían los perros señoritos de la ciudad. De los galgos pasa a las fustas que someten por igual a mujeres, niños y perros. Un mundo sin mujeres, un mundo violento, de ojo por ojo y diente por diente.
 
Pienso que donde la mujer es excluida...la "intemperie" es más "intemperie".

La mujer civiliza al mundo, al menos yo lo pienso así.


 
Un abrazo de:

María Ángeles Merino

 

miércoles, 30 de octubre de 2013

"Intemperie": "las llamas iluminaron el interior de la torre"




Ya sé que no es una torre, es el ábside de San Pelayo (San Pedro Samuel)
 
Comentario a las páginas 94- 126 de la novela "Intemperie", de Jesús Carrasco. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.

Habla "Chico", el niño de Intemperie:

Yo me iba. Un respiro ante lo incierto del camino que iba a tomar. Y no lo tomé porque la brisa me trajo un ruido de motor. Me vuelvo y descubro
una nube de polvo. Es el alguacil en su moto y dos hombres a caballo. El cabrero me dice "escóndete" y yo, desesperadamente, me arrastro como una culebra. Los guijarros se me clavan y me rompen las mangas de la camisa. Recorro entero el muro, tengo que pasar al otro lado. El perro me sigue, el muy tonto, no me delates, amigo.


Cesa el ruido de la moto, las cabras balan y menean sus cencerros, pero el silencio me eriza el pelo de aquí atrás. La voz del alguacil corta como un cuchillo. Noto un calor húmedo, el orín empapa mis botas. "Buenas tardes, viejo. Señor. ¿Ahora me llamas señor? Mucho calor. Ya lo creo. ¿Un trago? Te lo agradezco, viejo".

Oigo los esfuerzos del viejo que no puede con la garrafa. Se preguntarán quién se la ha llenado. Oigo el descorche y el ruido del agua que cae por su garganta. Y el agua que chorrea. Uno que llaman "Colorao" no quiere beber agua y dice algo del vino que tendrá el cabrero. Y de alguien que no bebe agua desde los doce años. Silencio.

El alguacil dice lo que yo temía: "Andamos buscando a un niño desaparecido". El viejo asegura que lleva semanas sin ver a un cristiano. Que debe sentirse muy solo, las cabras me hacen compañía, contesta. Y una tercera voz que si el viejo se entretiene mucho con ellas. Y suelta una carcajada.




El alguacil que si has venido muy lejos , el viejo que soy pastor y busco pastos. Uno de los de a caballo avanza hacia donde estoy yo. Voy a ver por dónde escapo. Mi perseguidor desmonta, espero que no vea mi pis. Va a entrar al torreón. Hay cacas de aves por todas partes y bichos muertos. La escalera de caracol está muy mala para subir, no se ve nada. Oigo:

Escalera interior de la puerta de San Martín (Burgos)
-"Sal de donde estés bastardo".

Esa voz me bate los sesos. Tiemblo, encaramado a una piedra saliente. Casi pierdo pie y me caigo.

-"Sal si estás ahí, renegado".

Ahora oigo a los tres, ahí abajo. Uno de los de a caballo dice que o estoy muerto o estoy aquí. Oigo claramente: "Si está ahí, saldrá".

Mi oído es fino. Siento como revuelve el suelo con la bota y revuelve los restos de la fogata donde asamos el conejo. Es él, ahí abajo, fuma, me llegan hebras de humo blanquecino. Juega a abrir y cerrar su mechero de gasolina plateado, clic clac, clic clac. Van a asarme como a un conejo. Huele a paja quemada.


Las llamas van a llegar hasta mí pero no tengo tiempo de asustarme. Aprieto la espalda contra la pared, tal vez tenga que "saltar sobre el humo y las llamas". No, no me dejaré caer sobre el fuego, antes dejaré que el fuego me muerda hasta matarme.


Las llamas no alcanzan mis pies pero iluminan  la torre y ahora distingo una estrecha sombra vertical justo enfrente de mí, puede ser mi salvación. "Podría ser una ventana o la hornacina de un santo a media escalera". Me giro y palpo la pared, busco donde agarrarme. Consigo avanzar, alcanzo la sombra, es una saetera cegada que se abre paso al exterior, me acuclillo e introduzco mis manos entre las piedras que la taponan. El humo está llegando a mí. Consigo sacar dos rocas que caen al fuego, encajo la cara en la abertura y, por fin, respiro hondo. No han oído la caída, esperan un cuerpo, no una piedra.


Saetera en la ermita visigótica de Quintanilla de las Viñas (Burgos)
El humo comienza a escapar por el mismo agujero, entra en mi boca abierta y en mis ojos. Me retiro para toser dentro de la torre, que no se den cuenta los de fuera. Poco a poco, la humareda va disminuyendo y puedo despegar la cara de la saetera.

Más tarde supe que ardieron los serones de esparto y el relleno de paja de la albarda. El fuego se apaga y se van.´Pasa mucho tiempo y yo sigo en mi escondrijo. Me duelen las piernas pero no quiero encontrarme al alguacil al pie de la torre, esperándome. Estoy todo ennegrecido pero vivo. Me pregunto si han quemado la torre siguiendo el dedo del cabrero o es que consideraban al torreón el único escondite posible.


Desde la saetera veo caer la tarde, la piel me tira, me suenan las tripas y mis rodillas ya no se quejan, para qué. La voz del cabrero no llega y me quedo dormido. Me despierta un grito ahogado, en medio de la noche, al pie de la torre.

"La voz que le llamaba se hizo más fuerte, aunque no más clara.

-"¿Estás ahí, chico?"

En la oscuridad, me llegan las toses del cabrero y, a continuación, el ruido de algo que se cae. Tardo mucho en bajar, destrepo tanteando los huecos con mis botas, las piedras me parecen de manteca. Cuando llego al suelo, encuentro tendido al viejo, le tiro de las mangas y le muevo la cara para que espabile. Pongo la oreja en su pecho para saber si late su corazón, lleva demasiada ropa. Palpo su cuerpo, noto una humedad pegajosa sobre su pecho.

Quiero sacarlo fuera, tiro de sus piernas. Consigo llegar a la puerta, acerco mi cara a su boca, respira, no sé lo que le pasa. Paso la noche acurrucado junto  a él, esperando la luz de la mañana. Le arde la frente y gime en sueños su dolor. Me siento culpable de no haber confiado en un hombre bueno.


Amanece y descubro lo sucedido. Le quitaron la chaqueta y le arrearon con una vara,  la camisa puesta. "Tenía la cara llena de sangre reseca...labos astrosos...ojos inflamados como higos maduros". Todo amoratado y lleno de marcas. Tiro de su brazo para levantarlo, le abofeteo, por fin da señales de vida. Me pide que deje de pegarle, que ya ha tenido bastante.

Mis manos lijan mi cara; tan duras, tan ásperas, tan negras. Quiero llorar, gritar o hacerme daño. El cabrero  me pide agua. Salgo fuera y descubro seis cabras degolladas, las moscas taponan sus heridas. Quedan tres cabras y el burro. Ni rastro del macho cabrío ni del perro.

Alcuza
Todo esparcido. La alcuza derramada, la sartén, trapos, la vara de gancho y las tijeras de esquilar. El serijo de las pasas y la tabaquera, sin pasas ni tabaco. Y lo peor, "las garrafas tumbadas y con los corchos quitados". Ni gota. Una condena a muerte.
Serijo
El viejo bufa de desesperación, no se mata porque está demasiado débil, pienso. Me pide que ordeñe una cabra. Con la lata de beber en la mano, me acerco a una cabra que, en cuanto ve mis intenciones, sale corriendo. Se me escapa la otra y la otra. Tomo la vara de gancho como si fuera el don Quijote con lanza que hay en mi escuela.


No podía imaginar lo que pesaba el gancho, casi me caigo. Me acerco por detrás, meto la vara entre sus patas, la cabra no es tonta, se percata y huye. Ya me canso, consigo derribar a una, suelto la vara y me abalanzo sobre ella. La agarro de una pata y la arrastro hasta el muro, como a un saco pesado.

Y ahora a ordeñarla, el pobre viejo tiene que beber algo. Me hubiera gustado demostrarle  que he aprovechado los días junto a él. Coloco la lata bajo las ubres y me arrodillo detrás. Recibo tales coces que hinchan mis mejillas; coloreadas y brillantes, como "manzanas de feria bañadas en caramelo", Por qué me acordaré ahora de manzanas y de caramelo, tan cubierto de hollín y con un olor a humo rancio que no se me quitará nunca. Será el hambre.

El viejo gime, he de darle leche. Busco algo de paja y coloco al animal delante de mi cara, Mientras come, me coloco a un lado, agarro los pezones y tiro; se alargan como si fueran de goma pero no sale nada. Me escupo las manos y las froto con una mezcla de  sangre, hollin y saliva. Mis dedos resbalan, por fin brota algo de leche que cae a tierra, la lata es demasiado estrecha. Acerco la lata al pezón, consigo un par de dedos de líquido. Voy aprendiendo.



De aquí
Voy en busca del viejo, lo encuentro tendido al sol, sin protección, he tardado demasiado. Quiero llevarlo a la sombra, mi cansancio es muy grande, me bebo los dos dedos de leche y aprieto la lata contra mi cara. Camino sobre terrones, busco al burro, es muy dócil, tiro de la cuerda despeluchada, lo llevo junto al viejo. Necesito una soga larga para moverlo de sitio.

No encuentro nada que sirva, solo dos colillas marrones del tabaco del alguacil, fumando tan tranquilo mientras me asa en el torréon. Aprieto los dientes.

Ato el cabo del ronzal, tan corto, a los tobillos del pastor. Empujo al burro, las lajas se le clavan en la espalda, gime, todavía respira. Le hago daño, no puedo dejarlo al sol, se moriría. Tal vez el ropón del burro debajo de su cuerpo...imposible. Seguimos.

"Los pies en alto tensionados por la cuerda, la esplada desgarrándose contra el suelo y los brazos como timones sin gobierno al final de todo. Romería de difuntos."


Consigo acomodarlo junto a la puerta cegada del castillo. Le elevo la cabeza metiendo una piedra plana bajo la tela, quiero escucharle. Lo he conseguido, ahora a por leche, ya sé ordeñar.

Vuelvo con la lata medio llena de leche, abro la boca del viejo metiéndole los dedos y vierto chorritos por el agujero. Se le mueven la nuez y los pelos de su barba. Vive. Bebo lo que queda de un trago.

Orino...muy poco, muy espeso, muy amarillo. Le limpio las heridas con un jirón de mi ropa empapado en orina,  El roce de la tela le hace sufrir y se le caen algunas lágrimas,  me agarra del brazo pidiéndome un respiro,  detengo la cura. Al completarla, intento levantarme pero la mano del cabrero sigue cogida a mi codo. Nos dormimos así, ya no temo el contacto con su cuerpo, al contrario...

Despierto cuando el sol ya no recorta la sombra de pared sobre la tierra. El viejo también está despierto y me pregunta. "Cuántas cabras han quedado, tres, el macho no cuenta, no está, ¿también lo han matado?, no lo sé, aquí sólo hay cabras muertas, mira bien, seis cabras muertas, el perro y el macho han desaparecido, debes ir a por agua lo antes posible, si tiene sed, puede ordeñar una cabra, ya sé, son ellas las que tienen que beber."




Cojo el cubo de ordeñar, me marcho a por agua, al pozo. Hay cuervos volando en torno al brocal. Temo lo peor. Esos malnacidos decapitaron al macho cabrío y arrojaron su cadáver al pozo. Todas las moscas de los alrededores acuden al festín. Entran y salen, como invitados a una fiesta. El brocal cubierto de puntos negros, nos moriremos de sed.

Pozo abandonado

Es casi de noche cuando vuelvo a la pared, se lo cuento al viejo, resopla, nunca nunca había visto en él una desesperación así. Intento animarle. " No se preocupe. Seguro que encontraremos más agua por aquí cerca. No, no hay. ¿Cómo lo sabe? Lo sé. Pues iremos a otro lugar. Yo no puedo ir a ninguna parte".

Tengo miedo, si el viejo no puede tendré que ir yo a buscar agua. Si estoy vivo es gracias a él. Me lo pide, le digo que no sé donde hay, él me lo dirá, "tengo miedo, eres un muchacho valiente, no lo soy, has llegado hasta aquí, porque estaba usted",

Cuando el viejo asegura que he llegado hasta aquí porque tengo voluntad, no sé qué contestar. Y me pregunta si he visto la corona del Cristo de ahí arriba. Le contesto que sí, que tiene tres puntas. Y me explica que son las tres potencias. memoria, entendimiento y voluntad. Miro hacia lo alto, se pone el sol, ahí está, lleva túnica, manos y corona. Y me gusta mucho oír esto de boca del pastor, nada que ver con aquellas retahílas de catecismo que me enseña el maestro, el que me meó. Voluntad, tengo voluntad, lo dice el cabrero, lo dice Dios.


Me dice que Cristo también sufrió, yo que no quiero sufrir más, él me da el remedio: nos quedamos aquí, nos morimos de sed y pronto dejamos de sufrir. No, eso no. Me cuenta que hay una aldea con pozo hacia el norte. Me dice que debo partir cuanto antes con el burro, pero que antes tengo trabajo en el castillo, haré lo que el viejo quiera, es la persona más importante de mi vida.


.
Me pide que le traiga hasta el muro el cadáver de la cabra parda. Y que le quite los cencerros a los demás animales muertos y los lleve lo más lejos del castillo que pueda. Así lo hago y quedo reventado. Estaba a punto de quedarme dormido cuando noto la mano del cabrero en el codo.

Ahora toca quitar las vísceras y descuartizar a la cabra. Afila el cuchillo, pone al animal patas arriba y raja el vientre. Estoy acostumbrado a ver a mi madre degollar liebres y conejos, pero esto es distinto. Es un animal grande, sus entresijos no caben en la mano, el hedor me traspasa como un cuchillo. Los ojos del cabrero me empujan, mis manos son ahora sus manos. "Azules irisados, telas blanquecinas y formas globulosas" se retuercen hacia todos los lados. El viejo espera que lo haga yo, remangado y con el cuchillo en la mano me pongo a la tarea. Me pide que meta las manos debajo del mondongo , busque el cuello y corte. Me está enseñando el oficio.

 
Sigo sus instrucciones durante horas, despiezo, hago tiras con la carne, echo sal y cometo el error de limpiarme el sudor con las manos. Se cuela la sal en las heridas abiertas de mi cara, no grito, lloro, giro sobre mí mismo, me hubiera arrojado a una ciénaga...Me arrodillo, la cara me arde; viejo mantiene el brazo estirado hacia mí, lo deja caer, ya no puede más.

A la luz de la luna, con los ojos rojos y la cara ardiendo, preparo unas estacas para colgar las tiras de carne. Reúno a las cabras vivas y las agrupo con una cadena de collares, los de los cencerros de las muertas. Ato la recua en una piedra cerca del pastor, así el viejo las tendrá a mano.


En la madrugada, damos por acabados los preparativos del viaje. Comemos migas de pan, unas pocas pasas y algo de vino. Sólo le queda una lección, ha de enseñarme a ordeñar correctamente. Le digo que es tarde, que puede enseñarme a la vuelta.

Pasan varios pájaros negros en dirección al pozo. Se me llenan los ojos de lágrimas. Imagino el paraíso del que hablaba el cura. Un tapiz verde con muchos árboles de muchas clases, agua brotando entre rocas húmedas, fresco musgo, charcas, torrentes, la luz dibujando espirales con los colores del arco iris. Tal vez el viejo no tenga tiempo.


Decidido, agarro  a una de las cabras y la pongo delante del viejo, este me pide que agarre las ubres. Rodeo los pezones con los puños huecos y aprieto. Entonces el pastor me coge los pulgares y me los coloca de manera que las uñas empujen los pezones contra el interior de lso otros dedos. Envuelve sus manos con las mías. Ordeñamos. Me acaba de transmitir "el rudimento del oficio", la llave de su sabiduría. No es poca cosa sacar leche de una cabra, no se sonrían.

De aquí
Más tarde, montado ya sobre el burro, miro al pastor que me aconseja:

"Guárdate de la gente del pueblo"

Vuelvo la cabeza hacia el norte, no sé lo que me voy a encontrar. Le clavo los talones al asno y le arranco un trote que me aleja del castillo, entre eructos agrios.

Te seguiremos, chico.

Un abrazo de:

María Ángeles Merino

Nota: que siga acompañando al chico y al cabrero no es obstáculo para que comience con el análisis de las cartas de "La estafeta romántica" de Benito Pérez Galdós.