Comentario a las páginas 74 -94 de la novela "Intemperie", de Jesús Carrasco. Para la lectura colectiva de "La acequia", dirigida por Pedro Ojeda.
Habla "Chico", el niño de Intemperie:
Hay luna creciente. El viejo me despierta en medio de la noche, nos dirigimos al norte, cruzamos la llanura bajo la luna. Me siento más descansado, y más tranquilo, y me abandono a mis recuerdos, mecido por el balanceo del burro. Veo, aunque no lo vea, mi pueblo, "levantado sobre el fondo de una rambla chata por la que en algún momento corrió el agua”, con sus casitas arracimadas en torno a la iglesia y al palacio de cuando los moros y las huertas que ahora no pueden darnos de comer.
Pequeña huerta en la primavera de Campo Real (Madrid) 15-5-2007
“Hubo un tiempo en que el llano era un mar de cereales”. Ahora arcilla rota y polvo.
Trigal en Palacios de Benaver (Burgos) verano 2013
La vía férrea, la estación, un embarcadero de ganado, un silo de grano, la casa del guardagujas que era la mía; la única de piedra, con sus gallinas y sus lechones. Mi padre asistía al jefe de estación, atendía la barrera, arriba y abajo; los mercancías llegaban vacíos y se marchaban cargados de avena, trigo y cebada. Llegó la sequía, dejó de crecer el grano, cerraron la estación, muchos se fueron; mi familia no tenía pozo ni fortuna, pero se quedó.
Vía de tren abandonada en Oña (Burgos) 10-7-2007
Me parece que ahora el cabrero sí sabe adónde vamos. Con las primeras luces, vemos aparecer en el horizonte el castillo donde tan mal lo voy a pasar. Un muro de piedra y una torre redonda con una figura de Jesús. De pequeño, me contaban que había un castillo en el norte, con un hombre que cazaba chiquillos y les hacía cosas muy malas. Y que de su cabeza brotaban rayos. Todos los niños del pueblo lo sabíamos, ni asomar por allí.
Bajamos por la vereda que conduce al castillo. Llegamos hasta un punto en que la pared, de caerse, no nos aplastaría. Precaución o miedo, vete a saber. Contemplamos el muro, nunca había visto algo así. La imagen es como la del Sagrado Corazón de Jesús de la iglesia de mi pueblo. El viejo se queda de pie mucho tiempo, con la mirada clavada en las piedras, llego a pensar que se ha dormido. Creo que se enfada porque llamo su atención con un "señor".
Llegamos y se deja caer contra la pared mientras yo descargo el burro. Lo veo más cansado, me parece que está enfermo. Dice que pararemos dos días porque cerca hay un pozo. No sé yo, aquí las cabras tienen muy poco de comer. El cabrero no puede con sus huesos, está agotado de tanto camino, menea las garrafas y calcula el agua que nos queda. Desde su cama de piedra con albarda, el pastor me explica cómo ir al pozo y lo que voy a encontrar. Cargo en el burro las garrafas y el cubo de ordeñar. No está muy lejos pero sudo a goterones. Y la que me espera...porque hay unos palos atravesados dentro y no hay hueco para meter el cubo. Me cuesta mucho levantarlos y sacarlos fuera. Y, una vez abierta una ventanita, dos horas subiendo agua.
Lleno las garrafas pero tengo que tirar la mitad porque no puedo con el peso. Mi corazón se va detrás del agua derramada.
Llego reventado al castillo. Descargo el agua, doy de beber a las cabras. Me siento junto al viejo, la luz del sol cambia de estatura, las palomas van a dormir, cenamos almendras y pasas a la luz de la luna, despejo de piedras un trozo de tierra a dos metros de donde duerme el viejo, encuentro un craneo de liebre, "un trofeo de caza enano", enrollo el ropón, almohada improvisada, huele a burro, no me importa porque estoy muy, muy cansado.
Doy al viejo las buenas noches, no contesta, como siempre, tumbado busco las estrellas conocidas, cierro los ojos y el fogonazo de la luna no se va.
El craneo de la liebre, un trofeo, la galería de trofeos en la casa del alguacil, mi padre y el alguacil, "es un niño hermoso", dice mi padre. Soy yo el trofeo. Y el recuerdo me raja los ojos, sangro, me muerdo los labios, sorbo los mocos, hago ruido, que no me oiga el viejo. Me oye. Su voz brota de la mismísima tierra:
Me despierto pegado al cuerpo del cabrero, no lo entiendo, el viejo no se ha alejado de mí. Siento su olor, tan apestoso como el mío, pero menos conocido. Me pide que le acerque una cabra.
Desayunamos, me pide que le monte un tenderete en la muralla, con la manta, para protegerse del sol de la mañana. Me siento junto a él, aunque fuera de la sombra, respeto su autoridad y espero órdenes. Me canso y me voy a la sombra, al otro lado del muro. Duermo. Comemos algo, nos queda muy poco. Hambre.
El viejo pasa la tarde leyendo una Biblia muy gastada, señala las palabras con el dedo y las lee a pedacitos, como en la escuela. No imagino al cabrero como amigo de los curas.
Mientras él lee, yo recorro los alrededores del castillo y el perro va detrás. Me pregunto dónde habrán ido a parar las piedras, tan bonitas, las que faltan.Y encuentro lagartos secos y bolas de esas que escupen las aves carniceras, con huesecitos y pelos. E-ga-gró-pi-las decía el maestro, el que me meó en el agujero. Y plumas, y tiras de piel retorcidas, comer o ser comido, no hay otra salida.
Al otro lado del muro, encuentro una pendiente con muchas madrigueras de conejos. Voy y le cuento al viejo que hay huellas y cagadas por todas partes. Y le hablo de mis cacerías, de hurones, liebres y perdigones. Me gusta contar lo que sé a este hombre tan sabio. Me dice que de nada serviría cazar un conejo porque el fuego atraería a los que me buscan. Me desinflo.
Me voy a la pendiente de las madrigueras mientras él sigue con la Biblia y el dedo. Vuelvo a su lado, con el sol ya puesto.
Traigo una estaca en una mano y un conejo en la otra. El viejo se ha hecho daño en los dedos partiendo almendras, pero se pone a desollar el conejo y lo deja listo para asar. Y prepara el hogar mientras yo busco leña. Cenamos en silencio, no dejamos ni una hebra de carne. Hago desaparecer los restos de la fogata y de la comida; ahora recuerdo lo de los peligros de encender fuego. Revuelvo con la bota la tierra.
El cabrero orina de espaldas, con una mano en el muro. Se queda quieto y callado cuando yo le arrojo: "¿Cómo sabe que me buscan unos hombres?" Cuando se da la vuelta, hay humedad en sus pantalones y...lo que me hace salir corriendo: "de la bragueta, asomaba rosado su...". Su capullo. No sé llamarlo de otra manera. Recuerdo al alguacil cuando me obligaba a ...ya sabéis.
Tropiezo, paso delante del pastor dando patadas a las piedras. Huyo en dirección al pozo. Tumbado en medio de la noche, noto como se me va hinchando el pie. Me calmo un poco. "La imagen del viejo girándose torpemente..." hacia mí ocupa mi pensamiento. Me hago un dibujo falso en mi cabeza. Esta parada no es otra cosa que un punto de encuentro, el viejo me va a entregar, aquí, al alguacil. Imagino al cabrero contemplando como mi enenigo me martiriza delante de la muralla.¿Cómo pude imaginar una barbaridad así?
A la mañana siguiente, me despierta el perro, metiéndome el hocico por el cuello. Tiene colgada del cuello la lata que el cabrero me dio la primera vez. Quiere hacer las paces.Volvemos al castillo, el perro y yo.
Encontramos al viejo tumbado, sin humedad en la entrepierna, ya no le asoma nada. Me quedo de pie, me mira y...nunca le había oído tantas palabras seguidas. Creo que es nuestra primera conversación. Siéntate no quiero, no te voy a hacer nada, sabe que me buscan, va a entregarme, no es esa mi intención, la intención es la de todos, te equivocas...
Dice que me ha traido hasta aquí para que no me vean, que cualquiera podría delatarme. Le ataco: "como va a hacer usted...para tener algo que cobrar, supongo". Me muevo como si me hiciera pis. El viejo me arroja: "Yo no sé por qué huyes ni quiero saberlo...Lo único que sé es que el alguacil no tiene jurisdicción aquí".
No sé bien qué es jurisdicción, supongo que es mandar mucho, pero oír la palabra "alguacil" en su boca me abrasa por dentro. Me veo "desnudo frente al viejo y frente al mundo". Llego a pensar que precisamente, sin la ju-ris-dic-ción del alguacil, pueden hacerme lo que les dé la gana. Sólo las piedras que son mudas.
Digo que me voy y me contesta que haga lo que quiera. Guardo la lata del agua, acaricio al perro, me aprieto la cuerda que sujeta mi pantalón. Me voy, no vuelvo la mirada al pastor ,camino hacia el norte. El perro me sigue, el pastor le silba, le digo cosas al oído para que vuelva con su amo.
Noto "una brisa caliente en la nuca". Respiro para darme ánimos y es entonces cuando escucho "el rumor de un motor que la brisa traía...una nube de polvo sobre el camino de sirga". Busco con la mirada al cabrero y lo encuentro "de rodillas, haciendo visera con la mano en dirección de la nube de polvo". El aire revuelve las hojas de su Biblia, en el suelo. Me hace señales con la mano para que me agache. No tengo escapatoria, vuelvo al muro a cuatro patas y el pastor me pide que me esconda.
Me arrastro junto al muro, lo recorro entero para pasar al otro lado. Los guijarros se me clavan. El alguacil en su moto y dos hombres a caballo. El perro me sigue, el muy tonto, no me delates, amigo.
¿Dónde me escondo? ¿Encontraré en el castillo algún rincón donde esconderme? ¿Es el cabrero mi salvador?
Tras este último viaje, la mosca viajera de este blog ha cogido síndrome 'Willy Fog' (que ya sé que el original era Phileas, pero yo soy de la generación de Willy Fog, Rigodón y Tico). Porque veamos si no es para volverse medio loco: Salgo de Madrid, aterrizo en Suiza, cuando salgo del aeropuerto estoy en Francia; cojo un autobús, y cuando me bajo resulta que estoy en Alemania. Sí, les dejo que lo relean despacito. Bueno, pues más adelante verán que conocí un caso más grave. El destino esta vez era la ciudad de Friburgo, en Alemania. Y no tiene aeropuerto. Por eso uno tiene que volar al de Basilea, en Suiza, que en realidad está compartido con San Luis (en Francia). De ahí que cuando un aterriza, lo hace en suelo suizo, pero al llegar a la terminal puede elegir entre quedarse en la Helvecia, o irse al país franco. Lugar desde el que sale un autobús que lleva a Friburgo, a 60 km de distancia, y ya en tierras germanas.
Una vez en Fribugo, todavía tuve que coger un tranvía para llegar al hotel, que se hallaba a las afueras. Porque no sé por qué, pero encontrar hotel el Friburgo fue toda una odisea. Iba para 4 noches, y no pude encontrar un solo hotel cercano al centro que me pudiera alojar la semana entera. No tuve más remedio que irme a las afueras, eso sí, a medio camino del lugar de trabajo de los días siguiente. Alguna ventaja debía de tener buscarse el hotel a 45 minutos a pie del centro. Lo que en tranvía eran 10 minutillos escasos, a pie se convirtió en tres cuartos de hora. Me lo hice sabiendo que Google ya indicaba un tiempo similar, pero pensaba que eso era para ir de paseo tranquilo. Pues no, oigan, que yo fui a paso ligero, acabé con la lengua fuera, llegando para ver el ayuntamiento por la noche, y volverme con el penúltimo tranvía (no iba a cometer dos veces el error de irme a pata)
Hay dos ayuntamientos: el antiguo y el nuevo. Están uno al lado del otro. Al antiguo se puede acceder al patio interior, que es también muy bonito.
Me gusta el transporte público, pero tiene sus problemillas. Cada país tiene sus costumbres, y claro, llega un guiri y le puede pasar que se monte gratis sin querer. En España, como somos desconfiados por naturaleza, tenemos torniquetes u obstáculos que nos obligan a tener un billete o a comprárselo al conductor. No suele ser así en países como Alemania o Austria, que confían en la honradez de sus ciudadanos. Así que existen máquinas expendedoras automáticas, pero no torniquetes. Luego hay máquinas de picar dentro de los tranvías y los autobuses, pero en estos días no he podido descubrir si el billete hay que picarlo o no en la máquina. Había gente que lo hacía, y otros no. Lo único que tengo claro es que me monté dos veces gratis en el tranvía. Afortunadamente, el revisor no pasó, porque sí, serán todo lo confiados que quieran, pero la multa por no tener billete era de 400 €. Como siempre, servidor no ha viajado por turismo. Otra cosa es que la parte de trabajo no la cuente en estas crónicas porque la reuniones son aburridas por definición. Hoy sólo comentaré sobre el menú. Parábamos las reuniones para comer a las 12.30, que para un español como Dios manda es todavía la hora del desayuno. Si a eso le sumamos que el menú consistía en un triste puré de calabaza... entenderán que ya por la tarde, paseando por la ciudad, aprovechando una pertinaz lluvia y un cansancio de pies, no tuviera más remedio que entrar a cenar a horas tan intempestivas como las 7.00. El mesón, por cierto, era curiosón y la comida estaba rica. El camarero también era muy simpático, andaba de risas con un grupo de señoras maduritas ya (las 'chicas de oro', pa que me entiendan). No hice foto alguna, pero les describo el garito. Sea una sala con varias mesas de madera maciza, alargadas (para unas 6 u 8 personas). Entonces llegabas tú diciendo que eras uno, y te invitaba a sentarte en una mesa donde ya había una pareja o un trío. Así que con cara de circunstancia te sentabas en el extremo opuesto para no molestar mientras farfullabas un tímido guten abend. El tiempo me ha respetado. Excepto esa tarde, apenas ha llovido. Friburgo es una ciudad bonita. Tiene una catedral con una buena torre, aunque la he pillado en obras. Está en una plaza muy amplia donde durante el día colocan un mercadillo.
Detrás de ésta, esta el casco más antiguo de la ciudad. Calles empedradas, estrechas, lindando con una montaña llena de árboles y más árboles. Friburgo es la puerta de la 'Selva Negra' , y debe comenzar justo en esa montaña. Luego, la penumbra de las calles mal iluminadas también le daba su punto.
¿Han visto alguna vez un McDonald's con tranvía?:
Y los canales. En la mayor parte de la ciudad hay pequeños canales. Muy pequeños para meter góndolas, pero lo suficientemente grandes como para meter la pata y partírsela. Llegué a la conclusión de que sirven como 'desagüe' de la montaña tras la ciudad, para canalizar el agua cuando llueve y evitar riadas gordas.
Al día siguiente conocí a un vasco. Tambié sufría de síndrome de Willy Fog, pero más grave. Había tenido que cogerse un tren para ir al aeropuerto de la provincia vecina, volar a Bruselas, transbordo para ir a Basilea, y luego ya el autobús desde Francia a Alemania. Sólo le faltaba el viaje en elefante, y llevar mayordomo. ¿Se acuerdan de unos párrafos más arriba lo que decía del transporte público...? Pues el vasco lo sufrió en sus carnes. Nos subimos al autobús, yo pido mi billete al conductor, pago y entro (puedo presumir de tener un "Nivel Superviviencia" en alemán, obtenido cum laude al conseguir que en un taller de la República Checa me cambiaran la batería del coche... Mein wagen ist kaputt!. Una batallita que algún día contaré)... pero el vasco la lió en el bus. Bueno, se lió en conductor, que esperaba 2.20 € por el ticket, pero el vasco que no llevaba suelto le dio un billete de 5 y 20 céntimos. Cualquiera entiende que le facilitas que te devuelva el cambio de 3 euros. Pero no, el conductor creyó que le pedía dos billetes... que sólo quiero uno... ¿Uno de 24 horas?... que sólo quiero ir al centro... pero ese billete ya te le he dado... pero yo sólo quiero uno... No sé que le fastidió más al conductor, si el lío que le montó, o perder unos minutos que le hicieron ir fuera de horario (porque si en la parada del bus pone que pasa a y 47, el bus pasa a y 47, que para eso es Alemania). Y para colmo, en la siguiente parada se subió el revisor. Que iba de incógnito. En España, van con su uniforme, y es fácilmente identificable. También sabes que viene en el Cercanías cuando ves a varias personas desfilar sin prisa pero sin pausa hacia el fondo del tren. En Alemania el revisor iba de calle, con una gorra. Pasaría por un viajero cualquiera,sólo que llevaba un carnet de revisor que enseñaba para que le mostraramos el billete. Afortunadamente, el vasco ya había resuelto sus problemas con el ticket. A la tarde quedamos a cenar, junto con un navarro (que ya sabía que venía y habíamos medio quedado) en el mesón del día anterior. Les gustó el lugar. Acogedor, buena comida, y por supuesto, buena cerveza, que para eso es Alemania. (Y las salchichas, claro)
Y luego nos fuimos a un bar a arreglar el mundo alrededor de unas cervezas.Hay otros que arreglan el mundo a otras horas, como los rumanos que esperaban el bus a las 8.30 de la mañana con sus botellas de cerveza. Sería eso lo que me despistó para coger mi autobús en sentido contrario al que debía. De pronto me vi viajando hacia donde no debía. Por una autopista, para más señas, que cruzaba un canal y que tras 10 minutos me dejó a tomar vientos de donde estaba en la primera parada que pude encontrar. Menos mal que había tranvía, que pasaba con más frecuencia que el bus, y en 30 minutos pude volver al lugar de inicio para coger el mismo autobús, esta vez en el sentido correcto. Al tercer día nos despedimos del vasco, y nos quedamos el Navarro y yo para arreglar el mundo, esta vez acompañados de una buena sopa de gulash. Y unos tés. Porque al día siguiente el navarro madrugaba y no era plan de llegar a las 12 al hotel. Yo también viajaba al día siguiente, para hacer la ruta inversa: Alemania, Francia, Suiza, España, pero sin madrugar. Así que si hoy es Sábado, y son las 3 de la mañana, esto debe ser Carabaña... Picaporte, abra la puerta por favor.
Os cuento lo mío. Estoy con el viejo cabrero que no parece guardarme rencor alguno por haber intentado robarle el zurrón. Me da de la leche de sus cabras y comparte conmigo "cuñas de queso sudoroso, tiras de carne seca y algo de pan duro".
Acabada la comida, el viejo mete la mano en la aguadera del burro y saca una hoja de periódico muy arrugada. Me pregunto cómo ha podido llegar un periódico hasta aquí, Porque en mi pueblo ni siquiera vive un señorito que los pueda traer de la capital. Tampoco despachan tenderos que los compren ya pasados, para envolver.
Tal vez algún arriero, sí esos que van cargados de bragas y sartenes y que me llevarán muy lejos de aquí. Me esconderé en una carreta.
El cabrero envuelve algo de comida con lo que fue un periódico. Me lo tiende y yo no lo tomo, desconfío; aunque ya no sé de qué. Se cansa de sujetar el envoltorio y lo deja en el suelo, como hizo con la leche. No parece importarle mi desconfianza y me pide que le ayude a levantarse. Me acerco, huele a vino y a sudor. Arriba, le cuesta mucho levantarse, debe ser muy mayor, por lo menos cincuenta...aunque no es mucho más alto que yo.
Pero, ahora, ya en pie, sus movimientos, cada vez más ágiles, me dejan con la boca abierta; no parece el mismo hombre. Con ayuda del perro, encierra las cabras en el redil y las va sacando de una en una, para ordeñarlas. El cubo, la azuela, las varillas, el cotillo, los rejones; ahora conozco bien todo eso...aprendí el oficio.
Pero aquel día me quedo pasmao, como si estuviera viendo bajar a la Virgen María, qué precisión la del viejo con los trastos de cabrero. Y cómo maneja a las cabras, aunque me parece que está nervioso...Me pregunto qué hará con tanta leche, aquí en el páramo. La vierte en la lechera y pone la tapa.
Se vuelve y por fin me habla. Me coge desprevenido cuando me arroja: "Me da igual si te has escapado o te has perdido". Y añade: "Unos hombres están a punto de llegar para recoger la leche". Ya tengo la respuesta a lo de tanta leche, no puedo quedarme aquí. Siento el ruido de mi corazón. Me voy.
Paso la mañana, solo, bajo la sombra de un almendro.
El viejo me ha dado comida pero ni gota de agua. Sólo una lata vacía, dice que me vendrá bien. ¿Piensa que abundan por aquí los manantiales y que cualquiera puede encontrarlos? No sé, acaso sea una invitación para volvernos a encontrar, tomaré leche en la lata, qué rica y qué líquida.
Sed. Echo a andar. Con el sol en lo más alto, subo una loma hasta alcanzar una palmera agujereada y con "una papada de ramas muertas". Agua, quiero agua. Me quito la camisa y la pongo en el suelo, a guisa de mantel. Como si pusiera la mesa: la carne afilada como una navaja, el pan y el queso son para roer. La comida se me pega al paladar, es un tormento mucho peor que el hambre.
Desde aquí, veo las ruinas de una casa que el sol y el viento han convertido "en un cráter con cuatro esquinas". Me subo a una de ellas por ver si vienen mis enemigos o cualquier otra persona. Me acuerdo de la mía, en las afueras del pueblo.
Tiene que haber un pozo, busco sus restos. Hay una higuera que conserva sus hojas verdes y no huele a seco, me embelesa "el aroma dulzón de los higos ausentes".
Me veo de pequeñito, bajo la higuera de la estación, "embriagado por la abundancia laberíntica y cavernosa de las pulpas calientes". No sé de dónde me salen palabras tan extrañas, será que el calor me achicharra los sesos.
Detrás de la higuera, encuentro el esqueleto de una torre de metal tendida en el suelo. Me parece un molino de pozo, a su dueño tal vez le faltó hierro para hacerla más alta.
Gira que te gira, hubiera recogido aire de capas más altas, el granjero y su familia hubiera podido vivir aquí. ¡Que tonto el granjero! Un niño como yo le da la solución, tarde, muy tarde.
Unas ramas entrelazadas, "lianas gordezuelas", se enmarañan en torno una reja. Ahí está el hueco del pozo, agua, tiene que haber agua. Busco un guijarro, lo dejo caer. Sueño con un ruido cantarín, "de agua clara y fresca". Espero, me duermo. Ahora si voy a poner todos mis sentidos , arrojo otra piedra y el fondo me devuelve "un golpe ensordecido". Nada, ha caído en "un barrizal pastoso",seguro. Bien conozco yo la música del agua y la del barro. Regreso a la palmera. La corteza de queso suda sobre mi camisa, la lata arde, tengo hambre pero la comida me daría más sed. Descanso en una escueta sombra, espero a que la tarde pierda su fuerza. Las horas pasan lentas.
Me viene a la cabeza una y otra vez el tonel de casa. Padre obliga a madre a mantenerlo lleno hasta cubrir una señal que él marcó con su navaja. La pobre no para de ir y venir con el cántaro a la fuente, el chorro llega a ser "un hilo lastimoso y desesperante". Aquel día que padre la zarandeó, la puso frente al tonel y marcó dentro una hendidura. Madre se dejó caer, aterrada, la navaja, el pañuelo negro en su boca...virutas y serrín sobre el agua. Mi padre es un avaricioso del agua. Y mi madre, una mujer sometida.
Me quedo dormido, cuando me despierto llevo unas dos horas al sol. Me tira la piel de la cabeza. La raíz de cada uno de mis pelos vive "en una angustia microscópica"."Un zumbido eléctrico azul cobalto" inflama mi sesera que va a estallar de un momento a otro. Deliro, todo es aceitoso y como de goma, no hay horizonte, la oscuridad va ganando la batalla. Me muero...
¡No! Alguien dentro de mí toma las riendas, me ordena abrir los ojos, no puedo, los párpados me "pesan como cortinas de guadamecí". Viaja por mi cuerpo para buscar una salida, suelta descargas en mis dedos inmóviles. Algo como lija caliente recorre mi cara y se cuela entre mis dientes. Nada, voy a morir y me van a enterrar. Mejor, así no me comerán los perros. Masticarían mis huesos y yo tendría una muerte lenta y dolorosa.
¿Perros? El perro del cabrero me lame las manos. Y el viejo me dice: "¡Chico, chico! Despierta". Vierte agua de la lata en mi boca ya abierta como un ojal. Grito porque he regresado "por el túnel que conecta la vida con la muerte". Ya de noche, enciende el fuego y prepara un refrito con hojas de llantén y de caléndula. Va rompiendo encima trozos de cera de un panal abandonado, lo mezcla todo y me envuelve la cabeza con el mejunje. Duermo sobre la cama que el cabrero ha dispuesto para mí: su manta de colchón y la albarda de almohada. Noto la rigidez de los emplastos, una máscara con dos huecos para la boca y la nariz. Parezco un fantasma, uu, uu.
Pienso en el revés que me ha dejado postrado sobre la manta de un pastor anciano. Debería, tal vez, pensar en la fortuna de haber contado con un salvador. No pienso más, huele a pan y mi boca hace saliva. Bebo leche a sorbitos, no me decido a comerme la media torta que queda en la sartén y el viejo me anima a ello.Me duele al tragar, mas el hambre duele más. Desde que salí de casa no había comido nada caliente.
Porque no había pensado, en mi huida, en la falta de alimentos ni en tener que pedir ayuda a alguien. "Simplemente, un día, una gota derramó un caldero". No conocía lo duro que era el llano, me veía tan feliz tendiendo trampas a los conejos o corriendo detrás de los perdigones.
Mi padre me lo decía: "algo malo". Algo malo habré hecho yo para merecer quemaduras, hambre y una familia como la mía. Hambre, al día siguiente el cuenco vuelve a estar lleno de gachas con leche recién ordeñada. Busco los ojos del pastor y , aunque sé que no me va a mirar, "levanto el alimento hacia él en señal de gratitud". Asisto, por primera vez, al aparejo del burro. Una "liturgia" que habré de reproducir el resto de mi vida y que formará parte de mi oficio. Ya os dais cuenta de que me salen palabras extrañas que no son de gente de pueblo. Alguien, con hablar de señorito, me las dicta.
Se van. "El viejo y el burro por delante, el perro enloquecido y luego las cabras , dejando tras de sí una estela de cagadas como la cola de un cometa". Cuando han recorrido unos pocos metros, el pastor se vuelve hacia donde me he quedado yo. "No te voy a esperar toda la vida"
Mis cabras para todo.
Me uno a ellos. Atravesamos campos de desolación, "restos de surcos y eras". El sol agobia, tan alto que me quito la camisa para taparme la cabeza y la espalda. De vez en cuando, miro al anciano, pero él sigue trazando el rumbo, sin importarle el calor. Yo bufo de fastidio y él me toma el pelo fingiendo que vierte agua de una garrafa vacía y se lleva el cacillo a la boca. Aprieto el paso para alcanzarlo antes de que se lo beba todo. Cuando lo consigo, pone el corcho...
El sol es insoportable. Paramos. "Dos alisos exhaustos agitaban hojitas lacias a unos metros de un carrizal, en la orilla de lo que debió ser una charca". El hombre desaparece con una garrafa, entre juncos y espadañas, va abriendo camino a las cabras que ansían beber. Huele mal, me recuerda la reguera del pueblo, donde iban a parar las aguas sucias. El agua limpia y fresca es un sueño.
El agua recogida sabe limosa, me rechinan los dientes, me da igual. Comemos. El cabrero me trae una hoja de aloe vera, para que me embadurne las quemaduras.
Cuando el sol pierde algo de fuerza, coge una hoz y me pide que le acompañe hasta un albardinar, al otro lado de la charca. Me muestra cómo he de segar el esparto y me pide que le lleve ocho o diez haces. Aunque yo ya sabía hacer eso...Aquella noche, leche y pan, me quedo dormido viendo como el pastor convierte en cuerdas las hierbas que yo había segado. Es muy hábil.
No pude escuchar "el ruido de cascos que, a lo lejos, atravesaba la planicie oscura". El pastor me despierta empujándome el costado con su bota, me ordena que me levante. Creo que está a punto de amanecer y que voy a desayunar. Busco el tazón, sólo la manta está sin recoger. Todo está cargado en el asno. Me dice que recoja la manta y que nos vamos.
"La luna creciente todavía era una tajada estrecha amarilleando sobre el horizonte". El viejo tira del ronzal con paso decidido, no entiendo lo que pasa, creo que partimos antes del alba "para evitar el aplastante sol del mediodía".
Al alba, llegamos junto a una loma calcinada. Subimos a la parte más alta, frente a nosotros una vaguada maloliente. Es un muladar donde se amontonan animales muertos, huesos calcinados y cadáveres pudriéndose al sol. "Un saco hediondo en medio del día que despuntaba". ¿Por qué me ha traído hasta aquí?
Nos instalamos bajo un espino, las cabras buscan alimento debajo de los huesos. Tras un desayuno de pan y vino, caigo dormido. La noche en vela, el sopor del vino y "aquella olla maloliente". Cuando despierto, el cabrero está en lo alto de la loma, haciendo visera con las manos.
Bajo el espino, compruebo que ha trenzado casi todo el albardín, cordeles resistentes. Cuando regresa, me ordena que no salga del muladar. Descuide, le contesto. Nunca había estado en un lugar así.
El macho cabrío rebusca comida debajo de un buey muerto y lo empuja con los cuernos. Una rata sale del interior del cadáver, olisquea el aire y vuelve a meterse. Se lo cuento al pastor que deja de trenzar, coge un palo y una manta, se dirige hacia el buey y lo golpea haciendo salir a la rata. La apalea hasta que deja de moverse. No podía imaginar una cacería así.
Cae la tarde y cabrero ha terminado de tejer la red de albardín. Monta un cercado con cuatro ramas gruesas y la red. Me dice que he de ayudarle "a dar portillo". Me pongo en la puerta del redil y voy sacando las cabras de una en una, cuando él me lo diga. Las ordeña poco, han dado muy poca leche. Con tanto calor y tan poca agua, qué van a dar los animalitos.
Se hace de noche, el viejo desuella la rata, la abre y enciende una lumbre. Se la comen espetada, entre él y el perro. Yo no puedo, aunque tengo hambre; no me atrevo a pedirle almendras y pasas que sé que hay en un serijo. No me las ofreció. Dura enseñanza.
Me despertará en medio de la noche, me siento más descansado y más tranquilo. Nos dirigimos al norte, cruzamos la llanura bajo la luna.
Seguiré contando mi "intemperie". ¿O es mejor que ahora hable el cabrero? ¿Por qué no me habláis, vosotros, de cuando os quedasteis a la "intemperie"?
Aquí estoy, como un conejo, en mi agujero de arcilla, lo que me costó ehar fuera tanta tierra. Las ramas de poda me cubren, las ramitas más finas me
pinchan. Oigo voces. Son como los grillos que cazo para jugar. Cierro un poco
los ojos y abro los oídos. Sé dónde está cada uno de mis buscadores, pero…ahora
soy yo el grillo. Cri cri, silencio.
Una gota de agua se
abre en muchas gotas. Mi nombre salta de árbol en árbol y se abre en muchos
nombres. Conozco algunas voces, otras las supongo. ¿Dónde está la de mi enemigo?
¡Qué tonto soy! Me da gusto pensar en tantos hombrones
buscándome, noto algo calentito y mojado en el fondo de mi escondite. Y se me
pone la piel de gallina. Amigos y enemigos hablarán de mí en la taberna y a la salida de misa.
¡Qué mentiroso mi padre! Estará dando explicaciones a unos y otros. Que si me habré caído en un pozo ciego cazando perdigones. Que si la desgracia se ceba en la familia. Que si Dios le arranca un pedazo de su carne. El alguacil se lleva a los niños, bien escondidos en la zapatilla de la moto, bien tapados con la manta de bordes de hule roto. Pero yo soy más desgraciado que ninguno porque mi padre se conchabó con el del bigotito azucarado.
Oigo una voz muy cerca, el corazón se me sale del
pecho, es el maestro. Casi me decido a salir. Matar, robar, tomar el nombre de
Dios en vano, no he cometido ningún pecado que esté en el catecismo. Movería las ramas y entonces: silencio, me encontrarían todo encogido, me haría el casi muerto, “un momento
de gloria”. Acudirían entre gritos de alegría. Me llevarían al pueblo
en unas parihuelas, entre cantos y tragos de vino caliente. Y la mano de mi padre
sobre mi pecho, qué hombre tan cariñoso, dirían, yo sé la que vendría después. A solas, en la
cocina, la hebilla cobriza de su cinturón gastado, “tan veloz como incapaz de
devolver destellos”.
Borro de mi cabeza el dibujo anterior. Ni moverme, quieto en
mi hoyo. Guardo silencio, mientras el maestro se sopla ruidosamente los mocos, el
pañuelo seco tiene vida, cómo nos reíamos con esa simpleza los chicos de la escuela. Lo que me faltaba, va el maestro y
se mea sobre mi tejadillo de varas. Aguanto con el pelo espeso de meados, el mordisco del hambre y pensar en la familia. No sé cómo, pero me quedo dormido.
Cuando despierto, el sol brilla en lo alto. A mi cuello le cuesta moverse, como
a una bisagra oxidada; separo, al fin, algunas varas. No hay nadie. Andaré rumbo al
norte, sé que hay una fuente donde los arrieros dan de beber a sus mulas. Me
colaré en la carreta de algún vendedor, de los que venden bragas y sartenes a las mujeres, en la plaza del pueblo. Kilómetros y kilómetros después, asomaré la nariz entre la mercancia. Otro dibujo mío, este no está mal, adelante.
Esperaré. Porque, en la llanura, a plena luz del día, me podrían reconocer. ¿No es ese el niño perdido?
Al caer la tarde, bajo “el sol naranja”, me confundirán con un matojo seco.
Los bichos se pasean sin contemplaciones, por mi cara. Lombrices,
escarabajos, qué más da un niño que un topo. Muerdo despacito un poco de salchichón, bebo
agua caliente de la bota hinchada “como un gato muerto”. Me hago pis, no puedo
bajarme los pantalones, consigo quedarme con el culo al aire, la cosa entre las
piernas, no aguanto más y me dejo “ir como una rueda cuesta abajo”. Mi refugio
es ahora como una cazuela con un guiso de pis y barro, me cuesta respirar. Busco los huecos,
aspiro con ansia el aire del olivar, me agarro a unas raíces. Aflojo y otra vez
me agazapo en el hoyo.
Me quedo amodorrado y me despierta un ruido crujiente, abro una rendija entre
las hojas, es un ratoncillo de campo. La luz ha perdido su fuerza, desmonto
rama a rama mi tejadillo como si hiciera un nido, pero al revés. Barro el
olivar con los ojos, solo veo al ratón que escapa. No corras, ratoncito, que no voy a hacerte nada.
Ya no hay sol, me estiro, me retuerzo, me agacho, me levanto y pataleo. No, no puedo ir dejando por ahí esos trozos de barro en zigzag que se arrancan de mis suelas. Elegí este lugar hace meses porque los olivos me esconden un poco. Y, desde aquí, se ve mejor la llanura con la que tendré que pelear. Valor y a ella.
Me quito las ropas mojadas y apestosas, las tiendo en unas ramas. Me froto con tierra seca, como un elefante. ¡Que sé yo de elefantes! Me siento desnudo en el suelo, la espalda contra un olivo. Las piedrecillas se me clavan, la corteza me pincha.
Busco en el morral, queso duro y pan. Engullo el queso mientras cae la noche. Me quedo con hambre , solo tengo ahora medio salchichón seco; lo huelo, lo lamo y lo guardo para mayor necesidad. Me paso la lengua por el paladar porque el queso pica. Mendrugo, agua caliente de la bota y la cabeza sobre una raíz como almohada. Pero disfruto con este cielo y este olor: "El cielo era de un azul oscurísimo. Las estrellas en lo alto parecen incrustadas en una esfera transparente. Delante de él, el llano se sacudía el sufrimiento que el sol le había causado durante el día, desprendiendo un olor a tierra quemada y pasto seco." Para mí, este olivar es el lugar conocido más alejado del pueblo. Ahora ya voy por tierras desconocidas, hacia el norte, de noche. Evito los senderos, avanzo por los barbechos, busco la paja para no dejar huellas, levanto alguna perdiz, oigo el pataleo de las liebres.
Mantengo el rumbo, sé buscar la Estrella Polar. Entre la uve doble y el carro, cosa fácil para un chico de pueblo como yo.
Pobre madre. No llevo ni un día pero sé que las mujeres la rodean, "arrugada como una patata vieja, tendida lacia sobre la cama". Y que el pueblo andará agitado y curioso. Y que la moto del alguacil estará aparcada junto a mi casa. El ruido de su motor anuncia el Juicio Final, he de huir. Nunca más ese olor a grasa bajo la manta polvorienta.
Me estoy alejando del pueblo, del alguacil y de mi padre. Daré la vuelta al mundo y, al final, volveré a encontrarme con el pueblo. Pero habrá pasado mucho tiempo y mis puños serán de roca, habré aprendido lo suficiente, el alguacil no podrá someterme más.
Me pregunto si seguirá ardiendo la misma llama que me quema ahora por dentro. Tal vez, mi rabia se vaya desgastando con el paso del tiempo. Como el globo terráqueo que tenemos en la escuela, con un punto borrado por los dedos de cientos de niños, el que señala dónde vivimos.
Veo a lo lejos algo que parece una hoguera. Puede ser una cerilla encendida o una casa entera ardiendo, vete tú a saber. Me acerco como un indio ¿qué sé yo de indios? Llevo la brisa de cara, el de la hoguera, si tiene perros, no me descubrirá si no hago ruido. No sé si será un asesino, si tendrá perros sarnosos, es igual. Necesito su comida y su agua.
Oigo cencerros, estoy más tranquilo. Camino "posando las plantas de los pies como si estuviera en un lagar de pétalos de rosas". Me coloco tras unas chumberas, hay un hombre acostado sobre el suelo. No sé si es viejo o joven, una manta lo cubre hasta la coronilla.
"Un suave resplandor como una brasa lejana comenzaba a elevarse por el horizonte revelando unas formas arbóreas que la noche había ocultado."
"Una cabra emergió de la oscuridad del fondo y cruzó por detrás del pastor hasta volver a desaparecer entre las bambalinas del amanecer"
Ahora veo chopos, si hay chopos hay un río, hay agua. Y una cabra con la música de su cencerro. Un burro, más cabras. Un zurrón y un perro pequeño, me interesa el zurrón.
¡Ay, mi brazo! Me pincho con la chumbera al intentar ver mejor la cara de ese hombre, entre las sombras bailonas del fuego.
El perro abre los ojos y levanta las orejotas, se pone de pie y olfatea el aire. Se mueve alrededor del pastor y se va aproximando a mí. No parece demasiado fiero, es un "garulo", un milleches. Huele el aire, me detecta y mueve el rabo. Le acerco la mano para que no ladre. La lame, mi olor a tierra y a orina no debe ser muy distinto al de los perros. Agarro su cabeza y lo acaricio metiendo los dedos por debajo de su mandíbula. A todos los perros les gusta que les acaricien así. Le doy el medio salchichón que me queda y se queda muy entretenido. Ya no hay vuelta atrás, el garulillo se está zampando toda la comida que me queda.
Me acercaré en silencio, tiraré de la correa y lo arrastraré hacia mí "entre el coro de balidos". Nunca he robado a un adulto, salvo la comida que ahora se termina el perro. En mi casa, los niños mostramos la nuca cuando hacemos algo malo, recibimos el pescozón o una paliza, depende.
Cerca ya del zurrón, considero la idea de no robarle; sólo me presentaré como un niño indefenso, tal vea una persona solitaria como el pastor agradezca la compañía. Un poco de agua, un poco de comida y cada uno por su lado. El hambre me borrará ese dibujo.
De repente, siento un bufido a mi espalda y algo duro que me empuja el costado. El miedo hace que me sienta como de piedra. Me doy la vuelta. ¡El perrillo! Me busca con el hocico y trae la cuerda del salchichón. ¡Tonto!
El zurrón es grueso y huele a cebolla seca. Agarro con dos dedos la correa y tiro suavemente de ella. Noto el peso de la bolsa. Mi cabeza se llena de imágenes de comida y más comida. Ya no veo más.
El silencio dura muy poco, el respaldo del zurrón vibra sobre las chinas. Me paraliza una voz ronca, al otro lado de la hoguera:
"¿Adónde vas con eso? "
La culpa me sorprende y sólo acierto a decir lo principal:
"Tengo hambre, señor."
Tras el "¿Es que no te han enseñado a pedir?" del pastor, me hubiera gustado salir corriendo con la bolsa y dejar allí al hombre. Aún no sabía nada de lealtades que el tiempo cose con puntadas apretadas.
El cabrero no me regaña más. Como si no hubiera pasado nada, me pide:
"Ayúdame a levantarme, chico."
Dejo caer la correa y me aproximo con pasos cortos. El hombre se mueve débilmente bajo la manta, se ata los pantalones o busca algo, asoma la cabeza y yo ya estoy junto a las chumberas, por si acaso.
La claridad comienza a dejarme ver los chopos, nueve cabras y un macho, un chamizo de ramas y un cercado. Los movimientos del pastor son muy torpes, se ha hecho un lío con la manta. Es muy viejo y duerme vestido. Chaqueta oscura, pelo cano y "brochazo blanco" debajo de la nariz.
Ahora el viejo está entretenido soplando la mecha de su encendedor. Me mira. Creo que se ha fijado en mi pelo sucio y en los codos rotos de mi chaqueta. Sujeta el cigarro en una oreja y con la palma de una mano tapa la mecha naranja. Con el pulgar y el índice forma una uve y se limpia de saliva los bordes de los labios. Se lo veré hacer tantas veces...
Por fin, pronuncia las palabras mágicas:
"Siéntate que vas a comer"
Me siento donde el viejo me señala y se me mueven las manos solas porque el viejo no acierta a darle a la rueda. ¡Tantas veces he usado yo un mechero como ese!
¿Qué voy a comer? El viejo se levanta y silba. El perro corre hacia donde están las cabras, las rodea y las conduce. El pastor engancha a una cabra por una de las pezuñas, con una vara que tiene un gancho. Me sorprende la habilidad de este anciano que, hace un momento, no podía encender un cigarrillo.
Cuando tiene el culo de la cabra delante de su cara, coloca un cazo debajo de las ubres. Caen los chorros y canturrea el metal, delicioso. Me extiende la escudilla y al ver que no me muevo, la deja en el suelo.
Roímos en silencio "cuñas de queso sudoroso, tiras de carne seca y algo de pan duro". él da buches de vino a la bota y yo me pregunto cuándo va a preguntarme quién soy y qué hago aquí. Se me ocurrió que la acogida podía ser una maniobra para retenerme mientras espera a la partida de búsqueda o al alguacil. Un mal dibujo. Correría hacia las chumberas , los caballos no se atreverían a entrar. Me llevarían a rastras, sangrando y con las camisas destrozadas. Me acribillarían a tiros desde los caballos y matarían al testigo. Muy mal dibujo.